La larga y tenaz lucha por el congreso del POSDR ha terminado por fin. El Tercer Congreso se ha celebrado. Una valoración detallada de todos sus trabajos sólo será posible cuando se publiquen las actas del congreso. Por el momento, nos limitaremos a esbozar, basándonos en la «Noticia» publicada[70] y en las impresiones de los participantes en el congreso, los principales hitos del desarrollo del partido que han cuajado en las resoluciones del III Congreso.

Tres cuestiones principales se planteaban ante el partido del proletariado consciente en Rusia en vísperas del III Congreso. En primer lugar, la cuestión de la crisis del partido. En segundo lugar, la cuestión, más importante, de la forma de organización del partido en general. En tercer lugar, la cuestión principal: nuestra táctica en el momento revolucionario actual. Examinemos la solución de estas tres cuestiones, pasando de la menos a la más sustancial.

La crisis del partido se resolvió por sí misma con el mero hecho de la convocatoria del congreso. La base de la crisis, como es sabido, era la obstinada negativa de la minoría del II Congreso a someterse a su mayoría. Lo doloroso de esta crisis y su carácter prolongado se debían a la demora en la convocatoria del III Congreso, a la existencia de una escisión de hecho del partido, escisión oculta y secreta, mientras se mantenía hipócritamente una unidad externa y aparente, y a los desesperados esfuerzos de la mayoría por acelerar una salida directa de la situación imposible. El congreso dio esta salida, planteando a la minoría sin ambages la cuestión del reconocimiento de las resoluciones de la mayoría, es decir, el restablecimiento de hecho o la ruptura formal completa de la unidad del partido. La minoría resolvió esta cuestión en el segundo sentido, prefiriendo la escisión. La negativa del Consejo a participar en el congreso, contra la voluntad indudablemente expresada de la mayoría de las organizaciones de pleno derecho del partido, y la negativa de toda la minoría a comparecer en el congreso fueron, como ya se dice en la «Noticia», el último paso hacia la escisión.

No nos detendremos aquí en la legalidad formal del congreso, plenamente demostrada en la «Noticia». El argumento de que el congreso, convocado no por el Consejo, es decir, no según los estatutos del partido, es ilegal, resulta difícil de tomar en serio después de toda la historia del conflicto en el partido. Para cualquiera que haya asimilado los fundamentos de toda organización de partido en general, está claro que la disciplina con respecto a un organismo inferior está condicionada por la disciplina con respecto al organismo superior; la disciplina con respecto al Consejo está condicionada por la subordinación del Consejo a sus mandantes, es decir, a los comités y a su conjunto, al congreso del partido. Quien no esté de acuerdo con este abecé, llega inevitablemente a la conclusión absurda de que no son las personas mandatadas las responsables ante sus mandantes y les rinden cuentas, sino al revés.

Pero, repetimos, no vale la pena detenerse mucho en este problema, no sólo porque sólo quienes no quieren entender pueden no comprenderlo, sino también porque, desde el momento de la escisión, la disputa sobre las formalidades entre las partes escindidas se convierte en una escolástica particularmente árida y sin objeto. La minoría se ha separado ahora del partido; es un hecho consumado. Una parte de ella, probablemente, se convencerá por las resoluciones y, aún más, por las actas del congreso de la ingenuidad de toda clase de fábulas sobre la represión mecánica, etc., de la existencia de plenas garantías de los derechos de la minoría en general en los nuevos estatutos, del perjuicio de la escisión, y se incorporará al partido. Otra parte, tal vez, persistirá durante algún tiempo en no reconocer el congreso del partido. Con respecto a esta parte, no nos queda sino desear que se organice internamente cuanto antes en una organización íntegra, con su táctica particular y sus estatutos particulares. Cuanto antes suceda esto, más fácil será para todos y cada uno, para la amplia masa de los militantes del partido, desentrañar las causas de la escisión y valorarla; más viables serán los acuerdos prácticos entre el partido y la organización escindida, según las necesidades del trabajo local, y, por último, más pronto se perfilará el camino hacia la inevitable y futura restauración de la unidad del partido.

Pasemos ahora a la segunda cuestión, a las normas generales de organización del partido. El III Congreso ha reelaborado de manera bastante sustancial estas normas, revisando todos los estatutos del partido. Esta revisión afectó a tres puntos principales: a) la modificación del § 1 de los estatutos; b) la determinación precisa de los derechos del CC y de la autonomía de los comités, ampliando esta última; c) la creación de un centro único.

En cuanto a la manida cuestión del § 1 de los estatutos, la literatura del partido ya la ha aclarado suficientemente. La incorrección de la defensa de principio de la formulación difusa de Mártov está plenamente demostrada. El intento de Kautsky de defender esta formulación no con argumentos de principio, sino por la comodidad desde el punto de vista de las condiciones conspirativas rusas, no ha tenido ni podía tener éxito. Quien ha trabajado en Rusia sabe perfectamente que tales consideraciones de comodidad no existen. Sólo queda esperar la primera experiencia del trabajo colectivo del partido en la aplicación del nuevo § 1 de los estatutos. Subrayamos que sobre su aplicación hay que trabajar aún, y trabajar mucho. Para inscribirse uno mismo como miembro del partido «bajo el control de una de las organizaciones del partido» no se requiere ningún trabajo, pues esta fórmula es un sonido hueco y lo ha sido todo el tiempo, desde el segundo hasta el tercer congreso. Para crear una amplia red de organizaciones diversas del partido, desde las estrechas y conspirativas hasta las más amplias posibles y lo menos conspirativas posibles, se necesita un trabajo organizativo tenaz, prolongado y hábil, que ahora recae sobre nuestro CC y, más aún, sobre nuestros comités locales.

Precisamente a los comités les corresponderá reconocer como organizaciones del partido al mayor número de organizaciones; tendrán que evitar toda dilación innecesaria y toda quisquillosidad; tendrán que propagar siempre y sin cesar entre los obreros la idea de la necesidad de crear el mayor número posible de las más diversas organizaciones obreras que ingresen en nuestro partido. No podemos detenernos más aquí en esta interesante cuestión. Sólo señalemos que la época revolucionaria hace particularmente necesaria una delimitación tajante de la socialdemocracia respecto a todos y cada uno de los partidos democráticos. Y tal delimitación es impensable sin un trabajo constante de ampliación del número de organizaciones del partido y de fortalecimiento de sus vínculos mutuos. A este fortalecimiento de los vínculos deben servir, entre otras cosas, los informes quincenales establecidos por el congreso. Deseemos que estos informes no queden en el papel, que los militantes prácticos no se imaginen horrores de papeleo y burocratismo al respecto, que se habitúen, primero a algo pequeño, a la simple comunicación del número de miembros de cada organización del partido, incluso la más pequeña, la más alejada del centro. «Lo difícil es empezar», dice el refrán, y luego ya se verá la enorme importancia que tiene el hábito de las relaciones organizativas regulares.

En la cuestión del centro único no nos detendremos mucho. El III Congreso rechazó el «doble centro» por la misma inmensa mayoría con que el II Congreso lo había adoptado. Las razones de esto las comprenderá fácilmente cualquiera que siga atentamente la historia del partido. Los congresos no tanto crean algo nuevo cuanto consolidan los resultados ya elaborados. En los tiempos del II Congreso, el apoyo de la estabilidad era y se consideraba que era la redacción de «Iskra», a la que se dio preponderancia. La preponderancia de los camaradas de Rusia sobre los del extranjero parecía aún problemática en aquel nivel de desarrollo del partido. Después del segundo congreso, resultó inestable precisamente la redacción del extranjero, mientras que el partido creció, indudable y considerablemente, precisamente en Rusia. La designación de la redacción del Órgano Central por el Comité Central del partido no podía dejar de encontrar, en estas condiciones, la simpatía de la masa de los militantes del partido.

Por último, los intentos de deslindar con mayor precisión los derechos del CC y de los comités locales, la lucha ideológica de la trifulca desorganizadora, se derivaban asimismo con inevitabilidad de todo el curso de los acontecimientos posteriores al II Congreso. Tenemos aquí una «acumulación de experiencia del partido» consecuente y sistemática. La carta de Plejánov y Lenin a los redactores descontentos del 6 de octubre de 1903[71], un afán por separar los elementos de irritación y de divergencia. El ultimátum del CC del 25 de noviembre de 1903 {98}, el mismo afán en forma de propuesta formalizada del grupo literario. La declaración de los representantes del CC en el Consejo a fines de enero de 1904[72], un intento de llamar a todo el partido a separar las formas ideológicas de lucha del boicot, etc. La carta de Lenin a los miembros rusos del CC del 26 de mayo de 1904[73], el reconocimiento de la necesidad de garantizar formalmente los derechos de la minoría. La conocida «declaración de los 22» (otoño de 1904), lo mismo en una forma más clara, elaborada y categórica. Es completamente natural que por este camino haya seguido también el III Congreso, quien «disipó definitivamente, con resoluciones formales, el espejismo del estado de sitio».

En qué consisten exactamente estas resoluciones formales, es decir, las modificaciones de los estatutos del partido, no lo repetiremos aquí, pues se desprende de los estatutos y de la «Noticia». Señalemos sólo dos cosas. En primer lugar, es lícito esperar que la garantía del derecho a editar literatura y la protección de los comités contra la «disolución» facilitarán el retorno al partido de las organizaciones socialdemócratas nacionales escindidas. En segundo lugar, el establecimiento de la inamovilidad del personal de los comités obligó a prever la posibilidad de abusos de esta inamovilidad, es decir, el inconveniente de la «inamovilidad» de un comité absolutamente inservible. Así surgió el § 9 de los nuevos estatutos del partido, que establece las condiciones de disolución de un comité a petición de los 2/3 de los obreros locales que formen parte de las organizaciones del partido. Esperemos las indicaciones de la experiencia para decidir en qué medida ha resultado práctica esta regla.

Por último, pasando a la última y más importante materia de los trabajos del congreso, al establecimiento de la táctica del partido, debemos señalar que no es éste el lugar de enumerar las resoluciones particulares y examinar detalladamente su contenido. Quizá tengamos que hacerlo en artículos especiales dedicados a las resoluciones principales. Aquí es necesario esbozar la situación política general en la que el congreso tenía que orientarse. Es posible un doble curso y desenlace de la revolución rusa comenzada. Es posible que el gobierno zarista logre aún zafarse de las tenazas en que está apretado mediante concesiones insignificantes, mediante alguna constitución «shípov» {99}. Tal desenlace es poco probable, pero si la situación internacional de la autocracia mejora en caso, por ejemplo, de una paz relativamente exitosa, si la traición de la burguesía a la causa de la libertad se realiza rápidamente en un pacto con los poderosos, si el inevitable estallido o estallidos revolucionarios terminan con la derrota del pueblo, entonces se producirá este desenlace.

A nosotros, los socialdemócratas, y a todo el proletariado consciente, nos esperarían entonces largos y grises días de feroz dominación seudoconstitucional de la burguesía como clase, de toda clase de represión de la iniciativa política de los obreros, de lento progreso económico en las nuevas condiciones. No nos desanimaremos, por supuesto, cualesquiera que sean los desenlaces de la revolución; utilizaremos todo cambio de condiciones para ampliar y fortalecer la organización independiente del partido obrero, para la educación política del proletariado con vistas a una nueva lucha. Con esta tarea contó, entre otras cosas, el congreso en la resolución sobre la actuación abierta del POSDR.

Es posible, y más probable, otro desenlace de la revolución, precisamente esa «victoria completa de la democracia con la clase obrera a su cabeza» de la que habla la «Noticia»[74]. Huelga decir que haremos cuanto esté en nuestras fuerzas para alcanzar este resultado, para eliminar las condiciones que permiten el primer desenlace. Y las condiciones históricas objetivas se presentan favorables para la revolución rusa. La guerra insensata y vergonzosa aprieta el dogal alrededor del gobierno zarista y crea un momento extraordinariamente propicio para la supresión revolucionaria de la casta militar, para la amplia propaganda del armamento del pueblo en lugar de los ejércitos permanentes, para la rápida aplicación de esta medida contando con la simpatía de la masa de la población. La larga e indivisa dominación de la autocracia ha acumulado en el pueblo una cantidad inaudita, tal vez en la historia, de energía revolucionaria: junto al enorme movimiento obrero se extiende y crece la insurrección campesina, se cohesionan los demócratas pequeñoburgueses, representados principalmente por los profesionales liberales.

La ironía de la historia ha castigado a la autocracia haciendo que incluso fuerzas sociales afines a ella, como el clericalismo, tengan que organizarse en parte contra ella, rompiendo o ensanchando los marcos del burocratismo policial. La efervescencia entre el clero, su aspiración a nuevas formas de vida, la diferenciación de los clericales, la aparición de socialistas cristianos y demócratas cristianos, la indignación de los «heterodoxos», sectarios, etc.: todo esto juega a las mil maravillas a favor de la revolución, creando el terreno más propicio para la agitación por la separación completa de la iglesia y el Estado. Los aliados voluntarios e involuntarios, conscientes e inconscientes de la revolución crecen y se multiplican no por días, sino por horas. La probabilidad de la victoria del pueblo sobre la autocracia aumenta.

Esta victoria sólo es posible con una tensión heroica de las fuerzas del proletariado. Plantea a la socialdemocracia exigencias como jamás y en ninguna parte la historia ha planteado a un partido obrero en la época de una revolución democrática. Aquí no tenemos ante nosotros los caminos trillados del lento trabajo preparatorio, sino grandiosas tareas de organización de la insurrección, de concentración de las fuerzas revolucionarias del proletariado, de unión de éstas con las fuerzas de todo el pueblo revolucionario, de ataque armado, de instauración de un gobierno revolucionario provisional. En las resoluciones que se han publicado ahora a conocimiento general, el III Congreso ha tratado de tener en cuenta estas nuevas tareas y de dar directivas viables a las organizaciones de los proletarios conscientes.

Rusia se aproxima al desenlace de la lucha secular de todas las fuerzas populares progresistas contra la autocracia. Ya nadie duda de que el proletariado tomará la participación más enérgica en esta lucha y de que precisamente su participación en la lucha decidirá el desenlace de la revolución en Rusia. A nosotros, los socialdemócratas, nos corresponde ahora mostrarnos dignos representantes y dirigentes de la clase más revolucionaria, ayudarle a conquistar la más amplia libertad, prenda de la marcha victoriosa hacia el socialismo.

«Proletari» № 1, 27 (14) de mayo de 1905.

Se publica según el texto del periódico «Proletari».