Hace poco se celebró el III Congreso del POSDR, que debe inaugurar un nuevo período en la historia de nuestro movimiento obrero socialdemócrata. Rusia vive un gran momento histórico. La revolución ha estallado y se extiende cada vez más, abarcando nuevas localidades y nuevas capas de la población. El proletariado está al frente de las fuerzas combativas de la revolución. Ya ha hecho los mayores sacrificios por la causa de la libertad y se prepara ahora para la lucha decisiva contra la autocracia zarista. Los representantes conscientes del proletariado saben que la libertad no librará a los trabajadores de la miseria, de la opresión y de la explotación. La burguesía, que ahora defiende la causa de la libertad, intentará al día siguiente de la revolución arrebatar a los obreros la mayor parte posible de sus conquistas y se erigirá en enemigo irreconciliable de las reivindicaciones socialistas del proletariado. Pero no tememos a la burguesía libre, unida y fortalecida. Sabemos que la libertad nos dará la posibilidad de una lucha amplia, abierta, de masas, por el socialismo. Sabemos que el desarrollo económico, con fuerza inexorable —y tanto más rápido cuanto más libre sea—, irá socavando el poder del capital y preparando la victoria del socialismo.

¡Camaradas obreros! Para alcanzar este gran objetivo, debemos unir a todos los proletarios conscientes en un solo Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Nuestro partido comenzó a formarse ya hace tiempo, inmediatamente después del amplio movimiento obrero de 1895 y 1896. En 1898 se reunió el primer congreso, que fundó el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y definió sus tareas. En 1903 se celebró el segundo congreso, que dotó al partido de un programa, adoptó una serie de resoluciones sobre la táctica e intentó por primera vez crear una organización completa del partido. Cierto es que esta última tarea no fue lograda de inmediato por el partido. La minoría del segundo congreso no quiso someterse a la mayoría e inició una escisión que causó un profundo daño al movimiento obrero socialdemócrata. El primer paso de esta escisión fue la negativa a cumplir las decisiones del segundo congreso, el rechazo a trabajar bajo la dirección de los organismos centrales creados por él; el último paso fue la negativa a participar en el III Congreso. El III Congreso fue convocado por la Oficina elegida por la mayoría de los comités que trabajan en Rusia y por el Comité Central del partido. Al congreso fueron invitados todos los comités, las fracciones separadas y las periferias descontentas con los comités, y la inmensa mayoría de ellos, incluidos casi todos los comités y organizaciones de la minoría, eligieron a sus delegados y los enviaron al congreso en el extranjero. De este modo se logró todo lo viable, en nuestras condiciones policíacas, para convocar un congreso de todo el partido, y sólo la negativa de tres miembros del extranjero del antiguo Consejo del partido provocó el boicot al congreso por toda la minoría del partido. El III Congreso, como se desprende de su resolución que se reproduce a continuación{96}, hace recaer sobre estos tres miembros toda la responsabilidad por la escisión del partido. Pero, no obstante, el III Congreso, a pesar de la ausencia de la minoría, adoptó todas las medidas para que la minoría pudiera trabajar junto con la mayoría en un mismo partido. El III Congreso reconoció lo incorrecto del giro hacia las ideas caducas y anticuadas del «economismo» que se había perfilado en nuestro partido, pero al mismo tiempo el congreso creó garantías precisas y concretas, fijadas por los estatutos del partido, obligatorias para todos sus miembros, de los derechos de cualquier minoría. La minoría tiene ahora el derecho incondicional, asegurado por los estatutos del partido, de defender sus puntos de vista, de librar la lucha ideológica, siempre que las disputas y divergencias no conduzcan a la desorganización, no estorben el trabajo positivo, no dispersen nuestras fuerzas, no obstaculicen la lucha unida contra la autocracia y los capitalistas. El derecho a editar literatura del partido ha sido concedido ahora por los estatutos a toda organización del partido con plenos derechos. El Comité Central del partido está ahora obligado a transportar cualquier literatura del partido si así lo exigen cinco comités con plenos derechos, es decir, una sexta parte de todos los comités del partido con plenos derechos. La autonomía de los comités ha sido definida con mayor precisión, la composición de los comités declarada inviolable, es decir, al Comité Central se le ha quitado el derecho de excluir miembros de los comités locales e incorporar otros nuevos sin el consentimiento del comité. La única excepción a esto es el caso en que 2/3 de los obreros organizados exijan la remoción del comité: entonces, según los estatutos aprobados por el III Congreso, esta remoción es obligatoria para el Comité Central si 2/3 de éste están de acuerdo con la decisión de los obreros. A cada comité local se le ha otorgado el derecho de confirmar a las organizaciones periféricas en calidad de organizaciones del partido. A la periferia se le ha dado el derecho de presentar candidatos a miembros de los comités. Los límites del partido han sido definidos con mayor precisión, en consonancia con el deseo de la mayoría del partido. Se ha creado un centro único en lugar de dos o tres. Se ha asegurado el predominio decisivo de los camaradas que trabajan en Rusia sobre la parte del partido en el extranjero. En una palabra, el tercer congreso ha hecho todo para disipar cualquier posibilidad de quejas sobre abusos de la mayoría debido a su preponderancia, sobre la opresión mecánica, sobre el despotismo de los organismos centrales del partido, etc., etc. Se ha creado una posibilidad plena para que todos los socialdemócratas trabajen juntos, ingresen con confianza en las filas de un partido único, lo bastante amplio y vital, lo bastante fortalecido y fuerte como para paralizar las tradiciones del viejo espíritu de círculo, para borrar las huellas de las fricciones pasadas y de los mezquinos conflictos. Que todos los trabajadores socialdemócratas que valoran realmente el espíritu de partido sigan ahora el llamamiento del III Congreso, que sus decisiones sirvan de punto de partida para restablecer la unidad del partido, para eliminar toda desorganización, para cohesionar las filas del proletariado. Estamos seguros de que precisamente los obreros conscientes, que mejor saben valorar el significado del trabajo cohesionado y unido, que más profundamente han sentido todo el perjuicio de las discordias, las vacilaciones y las riñas internas, ¡insistirán ahora con toda energía en el reconocimiento universal e incondicional de la disciplina de partido por todos los miembros del partido, tanto de las bases como de sus cumbres!

Esforzándose por mantener en todas sus resoluciones organizativas y tácticas una continuidad con los trabajos del segundo congreso, el III Congreso procuró tener en cuenta las nuevas tareas del momento en las resoluciones sobre la preparación del partido para la acción abierta, sobre la necesidad de la participación práctica más enérgica en la insurrección armada y de su dirección por el partido, y, por último, sobre su actitud hacia el gobierno revolucionario provisional. El congreso llamó la atención de todos los miembros del partido sobre la necesidad de aprovechar toda vacilación del gobierno, toda ampliación legal o de hecho de la libertad de nuestra actividad para fortalecer la organización de clase del proletariado, para preparar su acción abierta. Pero además de estas tareas generales y fundamentales del partido obrero socialdemócrata, el momento revolucionario que estamos viviendo le asigna el papel de combatiente de vanguardia por la libertad, el papel de destacamento avanzado en la insurrección armada contra la autocracia. Cuanto más tenaz se torna la resistencia del poder zarista a la aspiración popular a la libertad, con tanta mayor pujanza crece la fuerza del embate revolucionario, tanto más probable es la victoria completa de la democracia con la clase obrera a su cabeza. La realización de la revolución victoriosa y la defensa de sus conquistas echan sobre los hombros del proletariado tareas gigantescas. Pero el proletariado no se amedrentará ante estas grandes tareas. Despreciará y rechazará a quienes le auguren desgracias por su victoria. El proletariado ruso sabrá cumplir con su deber hasta el fin. Sabrá ponerse al frente de la insurrección armada popular. No se asustará ante la difícil tarea de participar en el gobierno revolucionario provisional, si esta tarea recae sobre él. Sabrá rechazar todas las intentonas contrarrevolucionarias, aplastar sin piedad a todos los enemigos de la libertad, defender con el pecho la república democrática, conquistar por la vía revolucionaria la realización de todo nuestro programa mínimo. Los proletarios rusos no deben temer, sino desear apasionadamente este desenlace. Triunfando en la revolución democrática que se avecina, daremos con ello un paso gigantesco hacia nuestra meta socialista, quitaremos de encima de toda Europa el pesado yugo de la potencia militar reaccionaria y ayudaremos a avanzar más rápida, más resuelta y audazmente hacia el socialismo a nuestros hermanos, los obreros conscientes de todo el mundo, que tanto se han extenuado bajo la reacción burguesa y que reviven espiritualmente ahora a la vista de los éxitos de la revolución en Rusia. Y con la ayuda del proletariado socialista de Europa sabremos no sólo defender la república democrática, sino también marchar hacia el socialismo a pasos agigantados.

¡Adelante, pues, camaradas obreros, a la lucha organizada, unida y firme por la libertad!

¡Viva la revolución!

¡Viva la socialdemocracia revolucionaria internacional!

Comité Central del POSDR.

«Proletario» nº 1, 27 (14) de mayo de 1905.

Se imprime según el texto del periódico «Proletario», cotejado con el manuscrito.