En el n.º 12 de *Vperiod*[29] se mencionó la intervención de Marx contra Kriege en la cuestión agraria. Esto no fue en 1848, como erróneamente se dice en el artículo del camarada —ъ, sino en 1846. Hermann Kriege, colaborador de Marx, entonces todavía muy joven, emigró en 1845 a América y fundó allí la revista *Volks-Tribun* (*Tribuna del Pueblo*){29} para propagar el comunismo. Sin embargo, llevó esta propaganda de tal modo que Marx se vio obligado, en nombre de los comunistas alemanes, a alzarse resueltamente contra la desacreditación del Partido Comunista por Hermann Kriege. La crítica de la tendencia de Kriege, publicada en 1846 en el *Westphälische Dampfboot*{30} y reproducida en el segundo tomo de las obras de Marx editadas por Mehring, presenta un enorme interés para los actuales socialdemócratas rusos.

El hecho es que la cuestión agraria era entonces impulsada a uno de los primeros planos por el propio curso del movimiento social norteamericano, tal como ocurre hoy en Rusia, y no se trataba precisamente de una sociedad capitalista desarrollada, sino de la creación de las condiciones iniciales, básicas, para el verdadero desarrollo del capitalismo. Esta última circunstancia es particularmente importante para establecer un paralelismo entre la actitud de Marx hacia las ideas norteamericanas del "Reparto Negro" y la actitud de los socialdemócratas rusos hacia el actual movimiento campesino.

Kriege, en su revista, no proporcionaba ningún material para el estudio de las particularidades sociales concretas del régimen norteamericano, para esclarecer el verdadero carácter del movimiento de entonces de los reformadores agrarios que aspiraban a la supresión de la renta. En cambio, Kriege (exactamente igual que nuestros "socialistas-revolucionarios") revestía la cuestión de la revolución agraria con frases pomposas y grandilocuentes. "Todo pobre –escribía Kriege– se convierte en el acto en un miembro útil de la sociedad humana tan pronto se le garantice la posibilidad de un trabajo productivo. Tal posibilidad le será asegurada para siempre si la sociedad le da un pedazo de tierra del que pueda alimentarse él y su familia. Si esta gigantesca superficie de tierra (precisamente 1.400 millones de acres de tierras estatales norteamericanas) es retirada del tráfico comercial y asegurada al trabajo en cantidades limitadas[30], de un golpe se pondrá fin a la miseria en América"...

Marx objeta a esto: "Se podría haber esperado la comprensión de que no está al alcance de los legisladores detener por decreto el desarrollo del régimen patriarcal hacia el industrial, deseado por Kriege, o hacer retroceder a los estados industriales y comerciales de la costa oriental a la barbarie patriarcal".

Así pues, tenemos ante nosotros un verdadero plan de Reparto Negro norteamericano: sustracción de la masa de tierra del tráfico comercial, derecho a la tierra, limitación de los límites de la propiedad territorial o del usufructo de la tierra. Y Marx, desde el principio, interviene con una crítica sensata del utopismo, señala la inevitabilidad de la transformación del régimen patriarcal en industrial, es decir, la inevitabilidad del desarrollo del capitalismo, hablando en lenguaje moderno. Pero sería un gran error pensar que los sueños utópicos de los participantes en el movimiento hacen que Marx adopte una actitud negativa hacia el movimiento mismo en general. Nada de eso. Ya entonces, en los comienzos mismos de su carrera literaria, Marx sabía distinguir el contenido real y progresivo del movimiento de sus oropeles ideológicos. En la segunda parte de su crítica, titulada: "La economía (es decir, la economía política) del *Volks-Tribun* y su actitud hacia la joven América", Marx escribía:

"Reconocemos plenamente el movimiento de los nacional-reformistas norteamericanos en su justificación histórica. Sabemos que este movimiento aspira a alcanzar un resultado que, ciertamente, en el momento actual daría un impulso al desarrollo del industrialismo de la sociedad burguesa moderna, pero que, siendo fruto del movimiento proletario, inevitablemente debe, como ataque a la propiedad territorial en general y, en particular, bajo las condiciones actualmente existentes en América, conducir más allá, gracias a sus propias consecuencias, al comunismo. Kriege, que se adhirió, junto con los comunistas alemanes en Nueva York, al movimiento contra la renta (*Anti-Rent-Bewegung*), reviste este simple hecho con frases ampulosas, sin adentrarse en el examen del contenido mismo del movimiento. Demuestra con esto que le es completamente confuso el vínculo entre la joven América y las condiciones sociales norteamericanas. Aduzcamos otro ejemplo de sus frases ampulosas sobre el plan de los agrarios de parcelar la propiedad territorial a escala norteamericana.

En el n.º 10 del 'Volks-Tribun', en el artículo 'Lo que queremos', se dice: 'Los nacional-reformistas norteamericanos llaman a la tierra patrimonio común de todos los hombres... y exigen que la legislación popular adopte medidas tales que los 1.400 millones de acres de tierra, que aún no han caído en manos de los acaparadores-especuladores, sean conservados como patrimonio común inalienable de toda la humanidad'. Y he aquí que, para conservar para toda la humanidad este 'patrimonio inalienable y común', asume el plan de los nacional-reformistas: 'proporcionar a cada campesino, de cualquier país que sea oriundo, 160 acres de tierra norteamericana para su sustento'. En el n.º 14, en el artículo 'Respuesta a Konze', este plan se expone así: 'De este patrimonio popular aún intacto, nadie debe recibir en posesión más de 160 acres, y aun esta cantidad sólo bajo la condición de que él mismo los cultive'. Así pues, con el fin de conservar la tierra como 'patrimonio común inalienable' y, además, de 'toda la humanidad', hay que empezar inmediatamente por repartir esta tierra. Kriege se imagina que está en condiciones de prohibir mediante alguna ley las consecuencias necesarias de este reparto: la concentración, el progreso industrial, etc. Concibe los 160 acres de tierra como algo igual a sí mismo, como si el valor de tal superficie no fuese diverso según su calidad. Los 'campesinos' intercambiarán entre sí y con otras gentes, sino la tierra misma, sí los productos de ella. Y, tan pronto se llegue a esto, pronto se verá que un 'campesino', aun sin capital, gracias a su trabajo y a la mayor fertilidad natural de sus 160 acres, reducirá al otro a la condición de su jornalero. Y luego, ¿acaso no es lo mismo que 'la tierra' o los productos de la tierra 'caigan en manos de los acaparadores-especuladores'? Examinemos seriamente este regalo que Kriege hace a la humanidad. 1.400 millones de acres deben ser conservados 'como patrimonio común inalienable de toda la humanidad'. A cada campesino le deben tocar 160 acres. Podemos, por consiguiente, calcular cuán grande es la 'humanidad' de Kriege: exactamente 8 3/4 millones de 'campesinos' o, contando 5 cabezas por familia, 43 3/4 millones de personas. Podemos igualmente calcular cuánto durarán estos 'tiempos eternos' durante los cuales 'el proletariado, en calidad de representante de la humanidad, debe adueñarse de toda la tierra', al menos en los Estados Unidos. Si la población de los Estados Unidos se duplica tan rápidamente como hasta ahora, es decir, cada 25 años, entonces estos 'tiempos eternos' durarán poco menos de 40 años. En 40 años estarán ocupados estos 1.400 millones de acres, y a las generaciones siguientes no les quedará nada de qué 'adueñarse'. Pero como el reparto gratuito de la tierra reforzará extraordinariamente la inmigración, los 'tiempos eternos' de Kriege pueden terminar aún antes, sobre todo si se tiene en cuenta que la cantidad de tierra para 44 millones de personas no bastaría ni siquiera como canal de desagüe del actual pauperismo europeo. En Europa, cada décima persona es pauper: sólo las Islas Británicas cuentan 7 millones de ellos. Una ingenuidad político-económica semejante encontramos en el n.º 13, en el artículo 'A las mujeres', donde Kriege dice que si la ciudad de Nueva York entregase sus 52.000 acres de tierra en Long Island, esto bastaría para liberar 'de golpe' a Nueva York, para siempre, de todo el pauperismo, miseria y crímenes.

Si Kriege hubiera considerado el movimiento que aspira a la liberación de la tierra como una primera forma necesaria, bajo ciertas condiciones, del movimiento proletario; si hubiera valorado este movimiento como tal que, en virtud de la situación vital de la clase de la cual parte, debe desarrollarse necesariamente más allá en un movimiento comunista; si hubiera mostrado cómo las aspiraciones comunistas en América debían surgir inicialmente en esta forma agraria, a primera vista contradictoria con todo comunismo, entonces nada habría que objetar contra esto. Pero Kriege declara esta forma del movimiento de ciertos hombres reales, que tiene una importancia meramente subordinada, como la obra de la humanidad en general. Kriege presenta esta obra como el fin último y supremo de todo movimiento en general, transformando así los fines determinados del movimiento en la más pura y ampulosa insensatez. En el mismo artículo del número 10, entona tales cantos triunfales: 'Y he aquí que, de este modo, se realizarían al fin los sueños seculares de los europeos; se les habría preparado, a este lado del océano, una tierra que no tendrían más que tomar y fecundar con el trabajo de sus manos para lanzar a la cara de todos los tiranos del mundo la orgullosa declaración: ésta es mi choza, que no habéis construido vosotros, éste es mi hogar, cuyo calor llena de envidia vuestros corazones'.

Kriege podría añadir: éste es mi montón de estiércol, producido por mí, mi mujer y mis hijos, mi jornalero y mi ganado. ¿Y qué europeos verían aquí la realización de sus 'sueños'? ¡No los obreros comunistas, ciertamente! ¡Sino los tenderos y maestros artesanos en bancarrota o los campesinos arruinados que aspiran a la dicha de volver a ser en América pequeños burgueses y campesinos! ¿Y en qué consiste el 'sueño' realizado con ayuda de estos 1.400 millones de acres? En nada más que en convertir a todos los hombres en propietarios privados. Tal sueño es tan irrealizable y tan comunista como el sueño de convertir a todos los hombres en emperadores, reyes y papas".

La crítica de Marx está llena de veneno y sarcasmo. Fustiga a Kriege precisamente por aquellos rasgos de sus concepciones que vemos ahora en nuestros "socialistas-revolucionarios": predominio de la frase, utopías pequeñoburguesas presentadas como utopismo revolucionario supremo, incomprensión de las bases reales del régimen económico moderno y de su desarrollo. Con notable perspicacia, Marx, que representaba entonces sólo a un futuro economista, señala el papel del intercambio, de la economía mercantil. Si no con la tierra –dice–, con los productos de la tierra intercambiarán los campesinos, ¡y esto ya lo dice todo! Todo este planteamiento de la cuestión es aplicable en muchísimos aspectos al movimiento campesino ruso y a sus ideólogos pequeñoburgueses "socialistas".

Pero Marx, al mismo tiempo, está lejos de una mera "negación" de este movimiento pequeñoburgués, de su ignorancia doctrinaria, del temor, propio de muchos dogmáticos, a ensuciarse las manos al contacto con la democracia revolucionaria pequeñoburguesa. Mientras ridiculiza implacablemente la inconsistencia de los ropajes ideológicos del movimiento, Marx se esfuerza, con sensatez materialista, por determinar su verdadero contenido histórico, sus inevitables consecuencias, que deben sobrevenir en virtud de condiciones objetivas, independientemente de la voluntad y la conciencia, de los sueños y las teorías de tales o cuales personas. Por eso Marx no reprueba, sino que aprueba plenamente, el apoyo a este movimiento por parte de los comunistas. Adoptando el punto de vista dialéctico, es decir, examinando el movimiento en todos sus aspectos, tomando en consideración tanto el pasado como el futuro, Marx señala el lado revolucionario del ataque a la propiedad territorial; Marx reconoce el movimiento pequeñoburgués como una peculiar forma inicial del movimiento proletario, comunista. Lo que vosotros soñáis alcanzar con este movimiento, viene a decir Marx dirigiéndose a Kriege, no lo alcanzaréis: en lugar de la fraternidad, advendrá el aislamiento pequeñoburgués; en lugar de la inalienabilidad de las parcelas campesinas, la incorporación de la tierra al tráfico comercial; en lugar de un golpe a los acaparadores-especuladores, la ampliación de la base para el desarrollo capitalista. Pero ese mal capitalista que vosotros en vano imagináis eludir es un bien histórico, pues acelerará terriblemente el desarrollo social y acercará en mucho las formas nuevas, superiores, del movimiento comunista. El golpe asestado a la propiedad territorial facilitará los inevitables golpes ulteriores a la propiedad en general; la intervención revolucionaria de la clase inferior con una transformación que otorga temporalmente un bienestar estrecho a lejos no todos, facilitará la inevitable intervención revolucionaria ulterior de la clase más inferior con una transformación que asegure realmente la felicidad humana plena a todos los trabajadores.

Para nosotros, los socialdemócratas rusos, el planteamiento de la cuestión por Marx contra Kriege debe servir de modelo. El verdadero carácter pequeñoburgués del actual movimiento campesino en Rusia es indudable; debemos esclarecerlo con todas nuestras fuerzas y luchar implacablemente, sin conciliación, contra todas las ilusiones de toda clase de "socialistas-revolucionarios" o socialistas primitivos al respecto. Una organización especial de un partido independiente del proletariado, que aspire a través de todas las transformaciones democráticas a la revolución socialista completa, debe ser nuestro objetivo constante, sin perderlo de vista ni por un minuto. Pero apartarse por ello del movimiento campesino sería el filisteísmo y el pedantismo más desesperanzados. No, el carácter democrático-revolucionario de este movimiento es indudable, y debemos apoyarlo con todas nuestras fuerzas, desarrollarlo, hacerlo políticamente consciente y clasistamente definido, empujarlo más adelante, ir junto con él, codo a codo hasta el fin, pues nosotros vamos mucho más allá del fin de todo movimiento campesino, nosotros vamos hasta el fin completo de la propia división de la sociedad en clases. Difícilmente se encontrará otro país en el mundo donde el campesinado sufra tales padecimientos, tal opresión y vejación como en Rusia. Cuanto más desesperada era esta opresión, tanto más poderoso será ahora su despertar, tanto más incontenible será su empuje revolucionario. Es tarea del proletariado consciente y revolucionario apoyar con todas sus fuerzas este empuje, para que no deje piedra sobre piedra en la vieja, maldita Rusia feudal-autocrática y esclavista, para que cree una nueva generación de hombres libres y audaces, cree un nuevo país republicano, en el que se despliegue con libertad nuestra lucha proletaria por el socialismo.