En el artículo impreso más arriba el camarada Mártov aborda una cuestión de suma importancia, o, mejor dicho, un conjunto de cuestiones relativas al objetivo de la lucha del proletariado y de la socialdemocracia en nuestra revolución. Aborda la historia de estas cuestiones en nuestro partido, aborda su relación con los fundamentos del marxismo y con el populismo, aborda las opiniones de todos los matices expresadas al respecto: aborda todos los aspectos del problema, pero no esclarece ninguno. Para responder al fondo, es preciso ofrecer un esbozo sistemático de todas las facetas del problema.

I

Comencemos por la historia del debate de esta cuestión en la socialdemocracia rusa. Fue planteada a principios de 1905 por bolcheviques y mencheviques. Los primeros la resolvieron mediante una «fórmula»: dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado (cf. _Vperiod_{142}, n.° 14, del 12 de abril de 1905)[62]. Los segundos rechazaron categóricamente semejante definición del contenido de clase de una revolución burguesa victoriosa. El III Congreso (bolchevique) en Londres, en mayo de 1905, y la conferencia menchevique simultánea en Ginebra dieron expresión oficial a los puntos de vista de ambas partes del partido. Entonces, de acuerdo con el espíritu de aquella época, en las resoluciones ambas partes del partido no planteaban la cuestión teórica general del objetivo de la lucha ni del contenido de clase de la revolución victoriosa en general, sino una cuestión más limitada: la del gobierno provisional revolucionario. La resolución bolchevique dice: «...La realización de la república democrática en Rusia solo es posible como resultado de una insurrección popular victoriosa, cuyo órgano será un gobierno provisional revolucionario;... dependiendo de la correlación de fuerzas y de otros factores que no se presten a una determinación previa exacta, es admisible la participación en el gobierno provisional revolucionario de representantes autorizados de nuestro partido, con el fin de luchar sin tregua contra todas las intentonas contrarrevolucionarias y de defender los intereses independientes de la clase obrera». La resolución menchevique: «...La socialdemocracia no debe fijarse como objetivo apoderarse del poder ni compartirlo en el gobierno provisional, sino que debe seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema».

De aquí se desprende que los propios bolcheviques, en su resolución oficial aprobada en un congreso puramente bolchevique, no incluyen nada parecido a la «fórmula»: dictadura del proletariado y el campesinado; solo hablan de la admisibilidad de la participación en el gobierno provisional y de la «vocación» del proletariado de «desempeñar un papel dirigente» (resolución sobre la insurrección armada). La «fórmula»: «dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado», expuesta en la prensa bolchevique antes del III Congreso, se repite en el folleto _Dos tácticas_[63] después de dicho congreso, y a nadie se le ocurrió acusar a los bolcheviques de falta de correspondencia entre sus comentarios y sus resoluciones. A nadie se le ocurrió exigir una coincidencia literal entre las resoluciones de un partido de masas que libra una lucha política y las fórmulas de la definición marxista del contenido de clase de la revolución victoriosa.

Otra conclusión importante de nuestro recuento histórico: en la primavera de 1905, ambas partes del partido situaban el centro de gravedad del problema en discusión en la conquista del poder por el proletariado y las clases revolucionarias en general, sin entrar en absoluto en la cuestión de cuáles podían o debían ser en ese caso las relaciones entre esas clases que conquistaban el poder. Los mencheviques, como hemos visto, rechazan por igual el objetivo de apoderarse del poder y el de compartirlo. Los bolcheviques hablan del «papel dirigente del proletariado en la revolución» (resolución sobre la insurrección armada), de la «admisibilidad» de la participación de los socialdemócratas en el gobierno provisional, del «mantenimiento invariable de la independencia de la socialdemocracia, que aspira a la revolución socialista completa» (resolución sobre el gobierno provisional revolucionario), del «apoyo» al movimiento revolucionario del campesinado, de «depurar el contenido democrático-revolucionario del movimiento campesino de toda la escoria reaccionaria», de «desarrollar la autoconciencia revolucionaria de los campesinos y llevar hasta sus últimas consecuencias sus exigencias democráticas» (resolución sobre la actitud ante el movimiento campesino). Las resoluciones del congreso bolchevique de 1905 no contienen ninguna otra «fórmula» sobre la relación entre el proletariado y el campesinado.

Pasemos a los proyectos de resolución elaborados por ambas fracciones un año después, antes del congreso de Estocolmo. Estos proyectos se olvidan o ignoran con especial frecuencia en la prensa en general y en nuestro partido en particular, lo cual es tanto más lamentable cuanto que su importancia en la historia de las ideas tácticas de la socialdemocracia es enorme. Precisamente estos proyectos de resolución muestran las lecciones que ambas partes del partido extrajeron de la experiencia de la lucha de octubre y diciembre de 1905.

Los bolcheviques escriben en su proyecto de resolución sobre las tareas de clase del proletariado: «...sólo el proletariado es capaz de llevar hasta el fin la revolución democrática, a condición de que, como única clase consecuentemente revolucionaria de la sociedad moderna, conduzca tras de sí a la masa del campesinado, infundiendo conciencia política a su lucha espontánea contra la propiedad terrateniente y el Estado feudal»{143} (repetido en el proyecto de resolución para el congreso de Londres; véase _Proletari_ n.° 14, del 4 de marzo de 1907).

Así pues, la «fórmula» que los propios bolcheviques eligieron aquí para sí mismos reza: el proletariado, que conduce tras de sí al campesinado. En las resoluciones bolcheviques no hay ninguna otra fórmula para expresar la idea de la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado. Este hecho no puede ser subrayado con suficiente energía, pues sobre su olvido o su silenciamiento se basa todo el intento del camarada Mártov de presentar de una manera completamente falsa el significado de la resolución adoptada en la Conferencia de Diciembre de 1908.

Los mencheviques, en su proyecto de resolución (reproducido de _Izvestia del Partido_{144} en el _Informe_ de Lenin, págs. 68-70), denominan tarea del proletariado «ser el motor de la revolución burguesa» —nótese: no «el caudillo», no «el dirigente», como se dice en la resolución bolchevique, ¡sino el motor!— e indican entre las tareas de éste «apoyar con la presión de masas aquellos pasos oposicionistas de la democracia burguesa que no contradigan nuestras reivindicaciones programáticas, que puedan contribuir a su consecución y convertirse en punto de partida para el ulterior avance de la revolución».

La divergencia queda, pues, reducida por las propias fracciones bolchevique y menchevique a la contraposición: «caudillo» y «dirigente» de la revolución, «que conduce tras de sí» al campesinado, o «motor de la revolución», «que apoya» estos o aquellos pasos de la democracia burguesa. Añadamos que los mencheviques, vencedores en el congreso de Estocolmo, retiraron ellos mismos esta resolución en contra de las protestas y exigencias de los bolcheviques. Por qué lo hicieron los mencheviques: el lector podrá hallar respuesta a esta pregunta si conoce el siguiente pasaje del mismo proyecto menchevique de resolución: «el cumplimiento idóneo de la tarea de ser motor de la revolución burguesa solo es posible para el proletariado por el camino de que, organizándose a sí mismo, el proletariado, con su lucha, incorpore a capas cada vez nuevas de la burguesía urbana y del campesinado a la lucha revolucionaria, democratizando sus demandas, empujándolas a la organización, y con ello crea las condiciones para la victoria de la revolución».

Esto es una evidente concesión a medias a los bolcheviques, pues el proletariado se describe aquí no solo como motor, sino, al menos en parte, como dirigente, ya que él «incorpora» y «empuja» al campesinado y a nuevas capas de la burguesía urbana.

Además. Sobre la cuestión del gobierno provisional, el proyecto menchevique de resolución dice: «La socialdemocracia, en las condiciones del auge revolucionario general en el país, debe contribuir en todas partes a la formación de Soviets de diputados obreros, incitar a otros elementos de la democracia revolucionaria a formar órganos semejantes, contribuir a la unión de todos estos órganos en organizaciones generales sin partido de la lucha revolucionaria del pueblo, planteando ante ellas las tareas nacionales generales de la revolución que, desde el punto de vista del proletariado, pueden y deben ser resueltas en el momento dado por la revolución» (pág. 91, ibídem).

Este olvidado proyecto menchevique de resolución muestra claramente que, bajo la influencia de la experiencia de octubre-diciembre de 1905, los mencheviques se enredaron por completo y cedieron la posición a los bolcheviques. En realidad, ¿acaso es compatible el pasaje citado con los siguientes puntos del mismo proyecto: «La socialdemocracia no debe plantearse como tarea la conquista del poder y la dictadura en la actual revolución burguesa» (pág. 92)? Esta última tesis es estrictamente de principio y repite por completo (salvo la indicación sobre «compartir el poder») la resolución de 1905. Pero se halla en contradicción irreconciliable con la experiencia de octubre-diciembre de 1905, experiencia que los propios mencheviques reducen a ¡la unión de todos los órganos del proletariado y de «otros elementos de la democracia revolucionaria» en «organizaciones generales sin partido de la lucha revolucionaria del pueblo»! Pues si los Soviets de diputados obreros «se unen» con órganos semejantes de la democracia revolucionaria en organizaciones sin partido de la lucha revolucionaria del pueblo, es evidente que el proletariado se fija como tarea «la conquista del poder y la dictadura», participa en la obra de tal conquista. La resolución misma dice que la «tarea primordial» de la revolución es «arrancar el poder estatal de manos del gobierno reaccionario». Temiendo las palabras, rehuyendo la «conquista del poder y la dictadura», renunciando a estas cosas terribles del modo más categórico, los mencheviques se vieron obligados a reconocer después de 1905 que la «unión» de los Soviets de diputados obreros con otros órganos «semejantes» de la democracia revolucionaria se deriva ineludiblemente del curso de las cosas y que tal unión da «organizaciones generales sin partido» (inexacto; habría que decir: sin partido o interpartidarias) «de la lucha revolucionaria del pueblo». ¡Esta organización general es, precisamente, el gobierno provisional revolucionario! Los mencheviques temían la palabra exacta y directa, sustituyéndola por una descripción. La cosa no cambia por ello. El «órgano de la lucha revolucionaria del pueblo», que «arranca el poder estatal» al viejo gobierno, eso es lo que se llama gobierno provisional revolucionario.

Y si los mencheviques se vieron obligados a tener en cuenta la experiencia de octubre-diciembre de 1905, enredándose y tropezando, los bolcheviques extrajeron abierta y claramente sus conclusiones. El proyecto bolchevique de resolución sobre el gobierno provisional reza: «... en esta lucha abierta» (de finales de 1905) «los elementos de la población local capaces de actuar resueltamente contra el viejo poder (casi exclusivamente el proletariado y sectores avanzados de la pequeña burguesía) se vieron llevados a la necesidad de crear aquellas organizaciones que de hecho aparecían como embriones de un nuevo poder revolucionario: los Soviets de diputados obreros en Petersburgo, Moscú y otras ciudades, los Soviets de diputados soldados en Vladivostok, Krasnoyarsk, etc., los comités ferroviarios en Siberia y en el sur, los comités campesinos en la provincia de Sarátov, los comités revolucionarios urbanos en Novorossiisk y otras ciudades y, por último, los órganos rurales electivos en el Cáucaso y en la región del Báltico» (pág. 92). La dispersión y el estado embrionario de estos órganos causaron el fracaso —se dice más adelante—, y el gobierno provisional revolucionario se define como el «órgano de la insurrección victoriosa». «Ante el proletariado —continúa la resolución—, en interés de llevar la revolución hasta el fin, se plantea ahora la imperiosa tarea de contribuir, conjuntamente con la democracia revolucionaria, a la unión de la insurrección y a la creación de un centro unificador de esta insurrección en forma de gobierno provisional revolucionario». A continuación se repite casi literalmente la resolución del III Congreso de 1905.

Los pasajes citados de los proyectos de resolución de ambas fracciones antes del congreso de Estocolmo permiten situar la cuestión de la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado sobre un terreno histórico concreto. Todo aquel que desee dar una respuesta directa y clara a este problema debe tomar en consideración la experiencia de finales de 1905. Eludir el examen directo de esta experiencia significa no solo ignorar el material más valioso para un marxista ruso —es más que eso—: significa también condenarse a sí mismo inevitablemente a una interpretación «capciosa» de las fórmulas, al «emborronamiento» y al «tapar con parches» (según la acertada expresión del camarada Mártov) de la esencia de las divergencias de principio, significa condenarse uno mismo inevitablemente a esa manera de renquear sin principios en las cuestiones teóricas y prácticas de la «dictadura» que mejor se expresa con la fórmula: el movimiento lo es todo, el fin no es nada.

La experiencia de finales de 1905 ha establecido de modo indiscutible que «el auge revolucionario general en el país» crea «organizaciones especiales de la lucha revolucionaria del pueblo» (según la formulación menchevique; «órganos embrionarios del nuevo poder revolucionario», según la bolchevique). Es igualmente indiscutible que estos órganos, en la historia de la revolución burguesa rusa, fueron creados, en primer lugar, por el proletariado y, en segundo lugar, por «otros elementos de la democracia revolucionaria»; una simple referencia a la composición de la población de Rusia en general y de la Gran Rusia en particular muestra el enorme predominio del campesinado en el número de esos «otros elementos». Por último, no es menos indiscutible la tendencia histórica a la unión de estos órganos u organizaciones locales. De estos hechos indiscutibles se desprende irremediablemente la conclusión de que la revolución victoriosa en la Rusia actual no puede ser otra cosa que la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado. ¡De otro modo que mediante «argucias» y «tapar con parches» las divergencias, no se puede eludir esta conclusión ineludible! Si no se toman fragmentos sueltos del problema, si no se separa artificial y arbitrariamente la ciudad del campo, una localidad de otra, si no se sustituye la cuestión de la dictadura de las clases por el problema de la composición de uno u otro gobierno, en una palabra, si se examina el problema realmente en su conjunto, nadie podrá mostrar, a base de ejemplos concretos de la experiencia de 1905, cómo la revolución victoriosa podría no ser la dictadura del proletariado y el campesinado.

Pero concluyamos primero la cuestión de la historia en el partido de la «fórmula» examinada, antes de proseguir. Hemos visto cuál fue la formulación exacta de los puntos de vista de ambas fracciones en 1905 y 1906. En 1907, en vísperas del congreso de Londres, los mencheviques presentaron primero un proyecto de resolución sobre la actitud ante los partidos burgueses (_Duma del Pueblo_{145}, 1907, n.° 12, del 24/III 1907), luego presentaron otro en el propio congreso. En el primer proyecto se habla de la «combinación» de las acciones del proletariado con las acciones de otras clases; en el segundo, de la «utilización» del movimiento de otras clases «para los fines» del proletariado, del «apoyo» por el proletariado de ciertos «pasos oposicionistas y revolucionarios» de otras clases, de los «acuerdos» de la socialdemocracia «en determinados casos aislados» con las clases liberales y democráticas.

En el proyecto bolchevique, así como en la resolución aprobada por el congreso de Londres, se habla de que la socialdemocracia «obligue a esos partidos (partidos populistas o laboristas, que “expresan de modo más o menos cercano los intereses y el punto de vista de las amplias masas del campesinado y de la pequeña burguesía urbana”) a ponerse al lado de la socialdemocracia contra los centurias negras y los demócratas constitucionalistas» y de «las acciones conjuntas que de ello se derivan», que deben «servir únicamente a los fines de la ofensiva común». En la resolución del congreso, a diferencia del proyecto bolchevique, se insertaron además, por iniciativa de un polaco, las palabras: «en la lucha por llevar la revolución hasta el fin»{146}. También aquí se obtuvo la más clara confirmación de la idea de la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado, ¡pues tal dictadura es la «acción conjunta» de estas clases, «que llevaban o llevan la revolución hasta el fin»!

II

Basta con echar una mirada general a la historia de las opiniones en el partido sobre la cuestión de la dictadura del proletariado y el campesinado para ver hasta qué punto se perjudica a sí mismo el camarada Mártov al hablar de argucias y de movimiento sin fin. En efecto, la primera conclusión de esta historia es que los propios bolcheviques no insertaron ni una sola vez en sus proyectos de resolución ni en sus resoluciones la expresión o «fórmula»: dictadura del proletariado y el campesinado. Y, sin embargo, a nadie se le ha ocurrido hasta ahora negar que todos los proyectos y resoluciones bolcheviques de 1905-1907 se basan por completo en la idea de la dictadura del proletariado y el campesinado. Negarlo es ridículo. Negarlo significa precisamente recurrir a argucias, tapar la esencia del problema con vacías objeciones verbales. «El proletariado, que “agrega a sí mismo” la masa del campesinado», decía Lenin en _Dos tácticas_ (_En doce años_, pág. 445)[64]; «el proletariado, que conduce tras de sí» a la masa del campesinado, dice el proyecto bolchevique de resolución en 1906; «acciones conjuntas del proletariado y el campesinado en la lucha por llevar la revolución democrática hasta el fin», dice la resolución del congreso de Londres. ¿Acaso no es evidente que la idea de todas estas formulaciones es una y la misma? ¿Que esta idea expresa precisamente la dictadura del proletariado y el campesinado? ¿Que la «fórmula»: el proletariado que se apoya en el campesinado, se mantiene enteramente dentro de los límites de esa misma dictadura del proletariado y el campesinado?

El camarada Mártov hace esfuerzos desesperados para refutar esto último. Se inicia una discusión a propósito de la «y». No hay «y», se ha rechazado la fórmula con la «y» — exclama el camarada Mártov— ¡no oséis ahora insertar esa «y» en los artículos no firmados del Órgano Central! Tarde, tarde, querido camarada Mártov: deberíais haber formulado semejante pretensión a todos los órganos bolcheviques de todo el período revolucionario, pues todos esos órganos hablaron siempre de la dictadura del proletariado y el campesinado, y lo hicieron sobre la base de resoluciones que no contenían dicha «y». El camarada Mártov ha perdido la campaña de principios que ha desatado a propósito de la «y», la ha perdido no solo porque el plazo de prescripción ha expirado, sino también porque su majestad la lógica conduce inexorablemente bajo la infortunada «y»: tanto «agregación», como «conducción tras de sí», «acciones conjuntas», «que se apoya en» y «con la ayuda de» (esta última expresión figura en la resolución del VI congreso del Partido Socialdemócrata polaco{147}).

Pero los bolcheviques discutieron precisamente contra lo de «que se apoya en» —continúa su discusión de principios el camarada Mártov—. Sí, discutieron, pero no porque se rechazara aquí la dictadura del proletariado y el campesinado, sino porque en ruso esta «fórmula» no es del todo acertada. Se apoya normalmente el más débil en el más fuerte. La repetición literal de la fórmula polaca «el proletariado con la ayuda del campesinado» es para los bolcheviques perfectamente aceptable, aunque quizá sería aún mejor decir: «el proletariado, que conduce tras de sí». Se puede discutir a propósito de todas estas fórmulas, pero hacer de esa discusión una «discusión de principios» es sencillamente una extravagancia. Negar, como intenta el camarada Mártov, que «que se apoya en» entra en el concepto de acción conjunta significa dar un ejemplo de argucia. Decir que la conquista del poder por el «proletariado que se apoya en el campesinado» es la conquista del poder «por el proletariado solo», como dicen los camaradas Dan, Axelrod y Semiónov citados por el camarada Mártov, significa hacer reír al lector. Si decimos: Mártov y Potrésov, apoyándose en Cherevanin, Prokopóvich y Cía., han liquidado la idea de la hegemonía del proletariado en la revolución, ¿acaso alguien nos creerá que Mártov y Potrésov, ellos solos, liquidaron esa idea, sin Cherevanin, Prokopóvich y Cía.?

No, camaradas, la discusión en el Órgano Central no debe reducirse a argucias. No se puede, con semejantes procedimientos, hurtarse al reconocimiento del hecho fundamental e indudable que consiste en que la mayoría del POSDR, incluidos los polacos y los bolcheviques, sostiene resueltamente:

1) el reconocimiento del papel dirigente del proletariado, el papel de caudillo en la revolución; 2) el reconocimiento como objetivo de la lucha de la conquista del poder por el proletariado con la ayuda de otras clases revolucionarias; 3) el que en el primer, e incluso quizá único lugar entre esos «ayudantes», se sitúa el campesinado. Quien quiera una discusión sobre el fondo del problema, debe intentar refutar al menos una sola de estas tres tesis. El camarada Mártov no ha examinado por el fondo ninguna de ellas. El camarada Mártov se ha olvidado de decir al lector que en cada una de estas tres tesis los mencheviques se sitúan en un punto de vista rechazado por el partido, ¡que entre los errores rechazados por el partido figura precisamente el menchevismo y solo el menchevismo! La política de los mencheviques en la revolución fue cabalmente un movimiento sin fin y, por tanto, un movimiento dependiente de las vacilaciones del partido demócrata constitucionalista; lo fue precisamente porque los mencheviques no sabían si el proletariado debía aspirar al papel de caudillo, si debía aspirar a la conquista del poder, si debía contar para ello con la ayuda de alguna clase determinada. El desconocimiento de esto condena inevitable e ineludiblemente la política de los socialdemócratas a deambular, a errores, a la falta de principios, a la dependencia de los liberales.

La Conferencia no ha enterrado la «dictadura del proletariado y el campesinado» ni ha emitido una letra de cambio sobre su eliminación del uso del partido, sino que, por el contrario, la ha confirmado, ha dado un paso más hacia su reconocimiento más pleno. El congreso de Londres reconoció: 1) el papel del proletariado como «caudillo en la revolución democrático-burguesa» y 2) las «acciones conjuntas» del proletariado y el campesinado, «que sirven únicamente a los fines de la ofensiva común», acciones, entre otras cosas, encaminadas a «llevar la revolución hasta el fin». Solo faltaba reconocer como objetivo de la lucha en la actual revolución la conquista del poder por el proletariado y el campesinado. Esto lo ha hecho la Conferencia en la fórmula: «conquista del poder por el proletariado que se apoya en el campesinado».

Al decir esto, nosotros no negamos ni disimulamos en absoluto las divergencias entre bolcheviques y polacos. Los socialdemócratas polacos tienen plena posibilidad de exponer esas divergencias tanto en sus publicaciones separadas en ruso como en las páginas de los periódicos bolcheviques y en el Órgano Central. Y los socialdemócratas polacos ya han comenzado a aprovechar esa posibilidad. Si el camarada Mártov logra el objetivo que persigue, a saber, que los socialdemócratas polacos intervengan en nuestro debate, todos y cada uno verán nuestra solidaridad con el Partido Socialdemócrata Polaco (PSD) contra los mencheviques en todo lo fundamental, verán que discrepamos solo en detalles.

III

En lo que se refiere a Trotski, a quien el camarada Mártov ha hecho participar en la discusión de terceros, discusión de todos salvo del polemista, no podemos entrar aquí, resueltamente, en el examen completo de sus opiniones. Eso exigiría un amplio artículo aparte. Al abordar los puntos de vista erróneos de Trotski, al ofrecer fragmentos de esos puntos de vista, el camarada Mártov siembra en los lectores toda una serie de malentendidos, pues los fragmentos de citas no aclaran, sino que enredan el asunto. El error fundamental de Trotski es ignorar el carácter burgués de la revolución, la falta de un pensamiento claro acerca del paso de esta revolución a la revolución socialista. De este error básico se derivan los errores particulares que el camarada Mártov repite, citando un par de citas con simpatía y aprobación. Para no dejar el asunto en ese estado embarullado en que lo expone el camarada Mártov, mostraremos, al menos, lo incorrecto de esos razonamientos de Trotski que han merecido la aprobación del camarada Mártov. La coalición del proletariado y el campesinado «presupone que, o bien uno de los partidos burgueses existentes se adueña del campesinado, o bien el campesinado crea un partido independiente y poderoso». Esto es evidentemente falso tanto desde el punto de vista teórico general como desde el punto de vista de la experiencia de la revolución rusa. La «coalición» de clases no presupone en absoluto la existencia de tal o cual partido poderoso, ni la existencia de partidos en general. Esto es una confusión de la cuestión de las clases con la cuestión de los partidos. ¡La «coalición» de las clases indicadas no presupone en absoluto ni que uno de los partidos burgueses existentes se adueñe del campesinado, ni que el campesinado cree un partido independiente y poderoso! Teóricamente, esto es claro porque, en primer lugar, el campesinado se presta con especial dificultad a la organización partidaria y, en segundo lugar, la creación de partidos campesinos es un proceso particularmente difícil y prolongado en la revolución burguesa, de modo que un partido «poderoso e independiente» puede aparecer, por ejemplo, solo hacia el final de la revolución. De la experiencia de la revolución rusa también se desprende que la «coalición» del proletariado y el campesinado se realizó decenas y cientos de veces en las más diversas formas, sin «ningún partido poderoso e independiente» del campesinado. Esta coalición se realizaba cuando existía una «acción conjunta» de, digamos, el Soviet de diputados obreros y el Soviet de diputados soldados, o del comité de huelga ferroviaria, o de los diputados campesinos, etc. Todas esas organizaciones eran predominantemente sin partido y, no obstante, la «coalición» de clases tenía lugar indudablemente en cada acción conjunta de tales organizaciones. Al mismo tiempo, un partido campesino se esbozaba, se gestaba, surgía —en forma de la «Unión Campesina»{148} de 1905 o del «Grupo del Trabajo» de 1906— y, a medida que crecía, se desarrollaba y se autodeterminaba ese partido, la coalición de clases adoptaba formas diversas, desde las indefinidas e informes hasta los acuerdos políticos perfectamente definidos y formalizados. Por ejemplo, después de la disolución de la primera Duma se lanzaron los tres llamamientos siguientes a la insurrección: 1) «Al ejército y la marina»; 2) «A todo el campesinado ruso»; 3) «A todo el pueblo». Bajo el primer llamamiento firmaron la fracción socialdemócrata de la Duma y el comité del «Grupo del Trabajo». ¿Se manifestó en esa «acción conjunta» la coalición de dos clases? Por supuesto que sí. Negarlo significa precisamente recurrir a argucias o transformar el amplio concepto científico de «coalición de clases» en un concepto jurídico estrecho, casi notarial, diría yo. Además, ¿se puede negar que ese llamamiento conjunto a la insurrección, firmado por los diputados de la Duma de la clase obrera y del campesinado, estuvo acompañado de acciones conjuntas en insurrecciones locales parciales de representantes de ambas clases? ¿Se puede negar que el llamamiento conjunto a la insurrección general y la participación conjunta en insurrecciones locales y parciales obligan a deducir la conclusión sobre la formación conjunta de un gobierno provisional revolucionario? Negarlo significaría recurrir a argucias, reducir el concepto de «gobierno» exclusivamente a un fenómeno acabado, formalizado, olvidando que lo acabado y formalizado surge de lo inacabado e informe.

Además, el segundo llamamiento a la insurrección está firmado por el Comité Central (¡menchevique!) del POSDR, también por el partido socialrevolucionario (SR), la Unión Campesina de toda Rusia, la Unión Ferroviaria{149} de toda Rusia y la Unión de Maestros{150} de toda Rusia, además del comité del Grupo del Trabajo y la fracción socialdemócrata; y bajo el tercer llamamiento a la insurrección figuran las firmas del Partido Socialista Polaco (PPS) y del Bund{151} más todas las firmas anteriores, salvo las tres uniones.

¡He ahí una coalición política formalizada de partidos y de organizaciones sin partido! ¡He ahí la «dictadura del proletariado y el campesinado», proclamada en forma de amenaza al zarismo, en forma de llamamiento a todo el pueblo, pero aún no realizada! Y en la actualidad difícilmente se encontrarán muchos socialdemócratas que estén de acuerdo con el menchevique _Sotsial-Demokrat_{152} de 1906, n.° 6, donde se decía acerca de esos llamamientos: «En el caso indicado, nuestro partido concertó con otros partidos y grupos revolucionarios no un bloque político, sino un acuerdo de combate, que nosotros siempre hemos considerado conveniente y necesario» (cf. _Proletari_ n.° 1, del 21 de agosto de 1906, y n.° 8, del 23 de noviembre de 1906)[65]. El acuerdo de combate no puede oponerse al bloque político, pues entra dentro de este último concepto. El bloque político se realiza en diversos momentos históricos, ya como «acuerdo de combate» en la causa de la insurrección, ya como acuerdo parlamentario respecto a las «acciones conjuntas contra los centurias negras y contra los demócratas constitucionalistas», etc. La idea de la dictadura del proletariado y el campesinado encontró su expresión práctica a lo largo de toda la revolución en mil formas, comenzando por la firma del manifiesto sobre la negativa a pagar impuestos y sobre la retirada de los depósitos (diciembre de 1905) o por la firma de los llamamientos a la insurrección (julio de 1906) y terminando por las votaciones en la II y III Dumas en 1907 y 1908.

Exactamente igual de falsa es la segunda afirmación de Trotski que cita el camarada Mártov. Es falso que «todo el problema estriba en quién dará el contenido a la política gubernamental, quién cohesionará en él una mayoría homogénea», etc. Esto es especialmente falso cuando el camarada Mártov lo presenta como argumento contra la dictadura del proletariado y el campesinado. En este razonamiento, Trotski mismo admite «la participación de representantes de la población democrática» en el «gobierno obrero», es decir, admite un gobierno de representantes del proletariado y el campesinado. En qué condiciones admitir la participación del proletariado en el gobierno de la revolución es una cuestión especial, y en esta cuestión, muy posiblemente, los bolcheviques no coincidirán no solo con Trotski, sino también con los socialdemócratas polacos. Pero la cuestión de la dictadura de las clases revolucionarias no se reduce de ningún modo a la cuestión de la «mayoría» en tal o cual gobierno revolucionario, ni a las condiciones de admisibilidad de la participación de los socialdemócratas en tal o cual gobierno.

Por último, la más falsa de todas es la tercera de las opiniones de Trotski citadas por el camarada Mártov, que al camarada Mártov le parece «justa»: «aunque ello (el campesinado) lo haga (“se sume al régimen de la democracia obrera”) sin una conciencia mayor que aquella con que habitualmente se suma al régimen burgués». El proletariado no puede contar con la inconsciencia y los prejuicios del campesinado, como cuentan con ellos y se apoyan en ellos los señores del régimen burgués, ni puede suponer que se conserven en el período revolucionario ni siquiera la habitual inconsciencia y pasividad del campesinado. Los hechos de la historia de la revolución rusa muestran que la primera ola del ascenso, a finales de 1905, impulsa de inmediato al campesinado hacia una organización política (Unión Campesina de toda Rusia) que, indudablemente, constituía el germen de un partido campesino particular. En la I y II Dumas, a pesar del exterminio por la contrarrevolución de la primera hornada de campesinos avanzados, el campesinado —esta vez por primera vez a escala nacional, en elecciones de toda Rusia— pone de inmediato los cimientos del «Grupo del Trabajo», germen indudable de un partido campesino particular. En esos gérmenes y embriones hay mucho de inestable, indefinido, vacilante, sin duda, pero si el inicio de la revolución creó tales agrupaciones políticas, no cabe la menor duda de que la revolución, llevada hasta tal «fin» o, más exactamente, hasta un grado tan alto de desarrollo como la dictadura revolucionaria, creará un partido revolucionario campesino más formalizado y más fuerte. Razonar de otro modo significaría suponer que en un hombre adulto algunos órganos esenciales pueden seguir siendo infantiles en tamaño, forma y grado de desarrollo.

En todo caso, la conclusión del camarada Mártov de que la Conferencia estuvo de acuerdo precisamente con Trotski en la cuestión de la interrelación entre el proletariado y el campesinado en la lucha por el poder es una sorprendente inadecuación a los hechos, es un intento, verdaderamente, de «sacar con sacacorchos» de las palabras lo que en la Conferencia no se discutió en absoluto, no se adujo, no se tuvo en cuenta.

IV

Al abordar a Kautsky, el camarada Mártov, una vez más, concentra en pocas palabras tal abundancia de inexactitudes que, para responderle por el fondo, resulta inevitable contarle al lector casi todo desde el principio.

Es completamente falso que «muchos, incluido Lenin en el prefacio al artículo de Kautsky sobre las “Perspectivas”[66], negaron resueltamente el carácter burgués de nuestra revolución»; y exactamente igual de falso es que Kautsky «declarara que la revolución rusa no era una revolución burguesa». El asunto fue totalmente distinto.

Plejánov dirigió una serie de preguntas a muchos representantes de la socialdemocracia internacional, preguntando en la 1.ª cuestión sobre el «carácter general» de la revolución rusa, y en la 2.ª sobre «la conducta del partido socialdemócrata respecto a la democracia burguesa, que lucha a su modo por la libertad política». En esa formulación de las preguntas se hallaban ya dos errores del camarada Plejánov contra el marxismo: el primer error, la confusión del «carácter general» de la revolución en el sentido de su contenido económico-social con la cuestión de las fuerzas motrices de la revolución. Los marxistas no pueden confundir estas cuestiones, ni siquiera pueden derivar directamente la respuesta a la segunda cuestión de la respuesta a la primera sin un análisis concreto especial. El segundo error, la confusión del problema del papel del campesinado en nuestra revolución con el papel de la democracia burguesa en general. En realidad, tanto el campesinado como los liberales caen bajo el concepto científico de «democracia burguesa», pero la actitud del proletariado hacia esas dos variedades de «democracia burguesa» ha de ser inevitablemente distinta en lo esencial.

Kautsky advirtió de inmediato los errores del camarada Plejánov y los corrigió con su respuesta. En lo que al contenido económico-social de la revolución se refiere, Kautsky no solo no pensaba negar su carácter burgués, sino que, por el contrario, lo reconoció terminantemente. He aquí las declaraciones de Kautsky al respecto en esas mismas «Perspectivas» que el camarada Mártov expone de manera tan profundamente incorrecta:

«La actual revolución (en Rusia) puede llevar en el campo únicamente a la creación de un campesinado fuerte sobre la base de la propiedad privada de la tierra, y con ello cavar entre el proletariado y la parte propietaria de la población rural el mismo abismo que existe ya en Europa Occidental. Por eso, no se puede imaginar que la actual revolución rusa conduzca ya a la implantación del modo de producción socialista, aunque provisionalmente pusiera el timón del gobierno en manos de los socialdemócratas» (pág. 31 de la traducción editada por N. Lenin).

En el prefacio de Lenin se tiene en cuenta precisamente este pasaje cuando se dice (pág. 6, ibídem): «Ni que decir tiene que las tesis fundamentales de todos los socialdemócratas rusos sobre el carácter no socialista del movimiento campesino, sobre la imposibilidad del surgimiento del socialismo a partir de la pequeña producción campesina, etc., Kautsky las comparte por completo» (cursiva de N. Lenin en el prefacio).

La afirmación del camarada Mártov de que Lenin negó resueltamente el carácter burgués de nuestra revolución contradice terminantemente la verdad. Lenin dice exactamente lo contrario. Kautsky reconoció terminantemente que nuestra revolución era burguesa por su carácter general, en el sentido del contenido económico-social de la revolución.

«A la primera pregunta» de Plejánov, escribía Kautsky en ese mismo lugar, «me parece que no se puede responder simplemente en un sentido u otro. El tiempo de las revoluciones burguesas, es decir, de las revoluciones cuya fuerza motriz fue la burguesía, ha pasado, ha pasado también para Rusia... La burguesía no pertenece a las fuerzas motrices del actual movimiento revolucionario en Rusia, y en esa medida este movimiento no puede ser llamado burgués» (pág. 29). El lector ve que Kautsky define aquí con total claridad de qué se trata, habla con total claridad de la revolución burguesa no en el sentido del contenido económico-social, sino en el sentido de revolución, «cuya fuerza motriz es la burguesía».

Además. El segundo error de Plejánov lo corrigió Kautsky al deslindar clara y nítidamente la democracia burguesa «liberal» de la democracia burguesa campesina. Kautsky reconoció que «en la comunidad de intereses del proletariado industrial y del campesinado reside la fuerza revolucionaria de la socialdemocracia rusa», que «sin los campesinos no podemos obtener ahora la victoria en Rusia» (pág. 31). Es interesante señalar —a propósito de esa poco interesante cuestión de la «y» que llena la discusión de principios del camarada Mártov— que Kautsky, en ese mismo artículo, es decir, en 1906, emplea en una página tanto la expresión «apoyarse» («¿en qué clase puede apoyarse el proletariado ruso?») como la expresión «la alianza del proletariado con otras clases en la lucha revolucionaria debe basarse, ante todo, en la comunidad de intereses económicos» (pág. 30).

¿No acusará el camarada Mártov a K. Kautsky de que en 1906, previendo la conferencia de diciembre del POSDR de 1908, se propuso «despistar a los lectores», «emborronar y tapar con parches» las divergencias entre bolcheviques y socialdemócratas polacos, de «argucias», etc.?

Observemos que, al defender la idea de la alianza del proletariado y el campesinado en la revolución burguesa rusa, Kautsky en esencia no plantea ninguna idea «nueva», sino que sigue por completo los pasos de Marx y Engels. Marx escribió en 1848 en la _Nueva Gaceta Renana_{153}: «La gran burguesía —se refiere a la burguesía alemana después del 18 de marzo de 1848—, antirrevolucionaria desde el primer momento, concertó una alianza defensiva y ofensiva con la reacción por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y a la burguesía democrática» (véase el tercer tomo de las obras de Marx editado por Mehring; en ruso solo han aparecido, de momento, dos tomos). «La revolución alemana de 1848 —escribía Marx el 29 de julio de 1848— no es más que una parodia de la revolución francesa de 1789... La burguesía francesa de 1789 no abandonó ni por un instante a sus aliados, los campesinos... La burguesía alemana de 1848 traiciona sin el menor escrúpulo a los campesinos...»

Marx contrapone aquí claramente, respecto a la revolución burguesa, la burguesía contrarrevolucionaria en alianza con la reacción, a la clase obrera más la burguesía democrática, es decir, principalmente, el campesinado. Y no se puede pensar que este punto de vista se explique por lo inacabado de la concepción socialista del mundo de Marx en aquel momento. 44 años más tarde, en 1892, Engels escribía en su artículo «Sobre el materialismo histórico» (_Neue Zeit_, XI, t. I; en ruso, en la recopilación _Materialismo histórico_): «... en las tres grandes revoluciones burguesas (la Reforma y la guerra campesina del siglo XVI en Alemania, la revolución inglesa del siglo XVII y la francesa del XVIII) los campesinos constituyen el ejército combatiente... Únicamente gracias a la intervención del campesinado» (los _yeomen_ en la revolución inglesa) «y del elemento plebeyo de las ciudades, la lucha fue llevada hasta su última y decisiva conclusión, y Carlos I fue a parar al cadalso»{154}.

Por consiguiente, la peculiaridad de la revolución burguesa rusa consiste solo en que, en lugar del elemento plebeyo de las ciudades que ocupaba el segundo lugar en los siglos XVI, XVII y XVIII, en el siglo XX ocupa el primer lugar el proletariado.

V

Concluimos. El camarada Mártov ha abordado una cuestión de extrema importancia, que merece una discusión amplísima en las páginas del Órgano Central del partido. Pero esta cuestión no puede «abordarse», hay que examinarla por el fondo, apoyándose no solo en la doctrina de Marx y Engels, sino también en la experiencia de la revolución rusa de 1905-1907.

La idea de que la dictadura revolucionaria del proletariado y el campesinado es un cautiverio populista de los socialdemócratas solo provoca una sonrisa. De cautiverio populista tendrían que acusar, en primer lugar, a Kautsky, Marx y Engels quienes razonan de ese modo como _quasi_[67] marxistas. En todas las grandes revoluciones burguesas solo el proletariado (más o menos desarrollado) en alianza con el campesinado ha podido obtener una victoria decisiva, y ésa es también la condición de la victoria de la revolución burguesa en Rusia. La experiencia de 1905-1907 dio, con cada gran viraje de los acontecimientos, una confirmación práctica de esta verdad, pues, de hecho, todas las intervenciones decisivas, tanto «de combate» como parlamentarias, fueron precisamente «acciones conjuntas» del proletariado y el campesinado.

Nuestro partido se mantiene firme en el punto de vista de que el papel del proletariado es el de caudillo en la revolución democrático-burguesa, de que para llevarla hasta el fin son necesarias las acciones conjuntas del proletariado y el campesinado, de que sin la conquista del poder político por las clases revolucionarias no puede haber victoria. La renuncia a estas verdades condena inevitablemente a los socialdemócratas a las vacilaciones, al «movimiento sin fin», a la prédica de acuerdos sin principios según el caso; en la práctica, esto significa precisamente el cautiverio demócrata-constitucionalista, es decir, la dependencia de la clase obrera respecto a la burguesía liberal-monárquica, contrarrevolucionaria.

«Sotsial-Demokrat», n.° 3 y 4,
9 (22) y 21 de marzo (3 de abril) de 1909.
Firmado: _N. Lenin_