La prensa socialdemócrata ha señalado ya reiteradamente que el capital europeo está salvando a la autocracia rusa. Sin los empréstitos extranjeros, ésta no habría podido sostenerse. A la burguesía francesa le resultaba ventajoso apoyar a su aliado militar, sobre todo mientras los pagos por los empréstitos se efectuaban puntualmente. Y los burgueses franceses prestaron al gobierno autocrático la pequeña suma de unos diez mil millones de francos (hasta 4.000 millones de rublos).

Pero… ¡nada es eterno bajo la luna! La guerra con Japón, al desenmascarar toda la podredumbre de la autocracia, minó por fin también su crédito incluso ante la «amistosa y aliada» burguesía francesa. En primer lugar, la guerra mostró la debilidad militar de Rusia; en segundo lugar, la serie ininterrumpida de derrotas, cada vez más graves, mostró el carácter desesperado de la guerra y lo inevitable del desplome total de todo el sistema gubernamental de la autocracia; en tercer lugar, el imponente crecimiento del movimiento revolucionario en Rusia provocó en la burguesía europea un miedo mortal ante una explosión que puede incendiar también a Europa. En los últimos decenios se han acumulado montañas de material inflamable. Y he aquí que todas estas circunstancias, tomadas en conjunto, condujeron por fin a la negativa de nuevos préstamos. El reciente intento del gobierno autocrático de obtener un préstamo de Francia, como antaño, fracasó: por un lado, el capital ya no cree en la autocracia; por otro lado, temiendo a la revolución, el capital quiere ejercer presión sobre la autocracia con el fin de concertar la paz con Japón y la paz con la burguesía liberal rusa.

El capital europeo especula con la paz. La burguesía no sólo en Rusia, sino también en Europa, ha comenzado a comprender la conexión entre la guerra y la revolución, ha comenzado a temer un movimiento auténticamente popular y victorioso contra el zarismo. La burguesía quiere preservar el «orden social» de la sociedad basada en la explotación de sacudidas excesivas, quiere conservar la monarquía rusa en forma de monarquía constitucional, o pseudoconstitucional, y por eso la burguesía especula con la paz en interés antiproletario y antirrevolucionario. Este hecho indudable nos muestra de manera patente cómo incluso una cuestión tan «simple» y clara como la cuestión de la guerra y la paz no puede ser planteada correctamente si se pierde de vista el antagonismo de clase de la sociedad moderna, si se pierde de vista que la burguesía, en todas y cada una de sus intervenciones, por muy democráticas y humanitarias que parezcan, salvaguarda ante todo y por encima de todo los intereses de su clase, los intereses de la «paz social», es decir, los intereses de la represión y el desarme de todas las clases oprimidas. Por consiguiente, el planteamiento proletario de la cuestión de la paz se diferencia y debe diferenciarse inevitablemente del planteamiento democrático-burgués de esta cuestión, tal como ocurre también en relación con el libre comercio, el anticlericalismo, etc. El proletariado lucha y luchará siempre de manera inquebrantable contra la guerra, sin olvidar, no obstante, ni por un minuto, que la supresión de las guerras sólo es posible junto con la completa supresión de la división de la sociedad en clases, que bajo el mantenimiento de la dominación de clase no se puede valorar las guerras únicamente desde un punto de vista democrático-sentimental, que en la guerra entre naciones explotadoras es necesario distinguir el papel de la burguesía progresista y de la reaccionaria de una u otra nación. La socialdemocracia rusa tuvo que aplicar en la práctica estas tesis generales del marxismo a la guerra japonesa. Cuando examinábamos su significado (núm. 2 de *Vperiod*, artículo: «La caída de Port Arthur»[108]), señalamos cómo no sólo nuestros socialistas-revolucionarios (que censuraban a Guesde y Hyndman por su simpatía hacia Japón), sino también los neoiskristas se desviaron hacia un punto de vista erróneo, democrático-burgués. En estos últimos, ello se expresó en discursos, primero, sobre «la paz a cualquier precio» y, segundo, sobre lo inadmisible de «la especulación con la victoria de la burguesía japonesa». Tanto unos como otros discursos eran dignos sólo de un demócrata burgués que plantea las cuestiones políticas sobre un terreno sentimental. Ahora la realidad ha mostrado que «la paz a cualquier precio» se ha convertido en consigna de los bolsistas europeos y de los reaccionarios rusos (el príncipe Mescherski en *Grazhdanín*{121} señala ya claramente ahora la necesidad de la paz para salvar a la autocracia). La especulación con la paz con el fin de reprimir la revolución se ha presentado ante nosotros de manera patente, como la especulación del reaccionario en contraposición a la especulación de la burguesía progresista con la victoria de la burguesía japonesa. Las frases neoiskristas contra la «especulación» en general resultaron ser precisamente frases sentimentales, ajenas al punto de vista de clase y a la consideración de las distintas fuerzas.

Los acontecimientos, que mostraron la nueva fisonomía de la burguesía reaccionaria, saltaban a la vista de manera tan patente que ahora también *Iskra* ha comenzado a comprender su error. Si por nuestro artículo en el núm. 2 de *Vperiod* replicaba airadamente en el núm. 83, ahora, en el núm. 90, leemos con satisfacción (editorial): «No se puede exigir sólo la paz, porque la paz bajo el mantenimiento de la autocracia significará la ruina del país». Esto sí que es cierto: no se puede exigir sólo la paz, pues la paz zarista no es mejor (y a veces es peor) que la guerra zarista; no se puede enarbolar la consigna de «la paz a cualquier precio», sino sólo la paz junto con la caída de la autocracia, la paz concertada por el pueblo liberado, por una libre asamblea constituyente, es decir, la paz no a cualquier precio, sino exclusivamente al precio del derrocamiento del absolutismo. Esperemos que, al comprender esto, *Iskra* comprenda también lo inoportuno de sus tiradas de elevada moral contra la especulación con la victoria de la burguesía japonesa.

Pero volvamos al capital europeo y a su «especulación» política. Hasta qué punto la Rusia zarista tiembla ante este capital se ve, entre otras cosas, por el siguiente instructivo suceso. El órgano de la conservadora burguesía inglesa, el *Times*, publicó un artículo titulado «¿Es solvente Rusia?». En el artículo se demostraba detalladamente la «astuta mecánica» de las trapisondas financieras de los señores Witte, Kokóvtsov y compañía. Ellos administran perpetuamente con pérdidas. Sólo se las arreglan endeudándose cada vez más profundamente. Con ello, el producto de los empréstitos se coloca, durante el tiempo que media entre un préstamo y otro, en el Tesoro público, y se señala triunfalmente la «reserva de oro» como «efectivo disponible». ¡El oro obtenido a préstamo se muestra a todo el mundo como prueba de la riqueza y la solvencia de Rusia! No es de extrañar que el comerciante inglés comparara esta artimaña con el ardid de los célebres estafadores Humbert, ¡quienes mostraban dinero obtenido a préstamo o mediante estafa (o incluso un armario que supuestamente contenía dinero) para concertar nuevos préstamos! «Las frecuentes apariciones del gobierno ruso como deudor en los mercados continentales —escribía el *Times*— no son provocadas por la falta de capital, ni por la necesidad de empresas productivas o por gastos temporales y excepcionales, sino casi exclusivamente por el déficit normal de la renta nacional. Y esto significa que, en tal estado de cosas, Rusia marcha directamente a la bancarrota. Su balance nacional la hunde cada año más profundamente en deudas. Sus deudas con los extranjeros superan los medios del pueblo, y no tiene garantías reales de estas deudas. Su reserva de oro es un colosal armario Humbert, cuyos famosos millones han sido prestados por las víctimas del engaño y sirven para continuar engañándolas».

Astuto, ¿verdad? Elegir a una víctima para el engaño, pedirle dinero prestado. Luego, mostrarle ese mismo dinero como prueba de riqueza, ¡y obtener de ella nuevos préstamos!

La comparación con la conocida familia de estafadores Humbert fue tan certera y clavó de tal modo en la picota la «esencia» y el sentido de la famosa «disponibilidad de efectivo», que el artículo del sólido periódico conservador causó revuelo. El propio ministro de Finanzas, Kokóvtsov, envió un telegrama al *Times*, que este periódico publicó de inmediato (23 (10) de marzo). El ofendido Kokóvtsov invitaba en este telegrama a la redacción del *Times* a viajar a Petersburgo y verificar personalmente el monto de la reserva de oro. La redacción respondió agradeciendo la amable invitación y rehusando por la sencilla razón de que el artículo que había ofendido al servidor del zar no negaba en absoluto que la reserva de oro existiera realmente. La comparación con los Humbert no significaba que Rusia no tuviera la reserva de oro a la que se remite, sino que esta reserva es en esencia dinero ajeno, prestado y sin garantía alguna, que no habla en modo alguno de la riqueza de Rusia y al que es ridículo remitirse para obtener nuevos préstamos.

El Sr. Kokóvtsov no comprendió la sal de la aguda y malvada comparación e hizo reír al mundo entero con su telegrama. Verificar las reservas de oro en los bancos no entra en las obligaciones de los periodistas, respondió el *Times* al ministro de Finanzas. Y, en efecto, la obligación de la prensa era desvelar la esencia de la artimaña que se realizaba con ayuda de esas «reservas de oro» realmente existentes, pero exhibidas ficticiamente como prueba de la riqueza del país. No se trata de eso —aleccionaba el periódico al ministro ruso en un artículo a propósito de este cómico telegrama—, no se trata de saber si ustedes tienen o no esa reserva de oro. Creemos que existe. La cuestión es: ¿cuál es su activo y su pasivo?, ¿cuál es la suma de sus deudas y las garantías de las mismas? O, dicho más simplemente, ¿esa reserva que tienen ahí depositada es suya o es prestada y está sujeta a devolución, sin que, además, tengan con qué devolver toda la deuda? Y los burgueses ingleses, burlándose del necio ministro, le mascaban de todas las formas posibles esta cosa no tan complicada, añadiendo instructivamente: si buscan a alguien para verificar su crédito y su débito, ¿por qué no se dirigen a los representantes del pueblo ruso? Los representantes del pueblo precisamente quieren reunirse ahora en un Zemski Sobor o Asamblea Nacional —como quiera que ustedes lo llamen—. Seguramente no se negarán a verificar como es debido, no sólo la famosa «reserva de oro», sino toda la hacienda financiera de la autocracia. Y, con toda seguridad, sabrán realizar tal verificación exhaustivamente y con pleno conocimiento de causa.

«Tal vez —concluía sarcásticamente el *Times*—, tal vez la certeza de que la asamblea representativa insistirá en su derecho a efectuar esta verificación, esta certeza es lo que hace que el gobierno zarista tema la convocación de tal asamblea, al menos en el caso de que dicha asamblea poseyera algún poder real, por pequeño que fuera».

Pregunta venenosa. Y es tanto más venenosa, tanto más significativa, cuanto que quien la plantea no es, en esencia, el periódico *Times*, sino toda la burguesía europea; la plantea no como una salida polémica, sino expresando con esta pregunta directamente su desconfianza hacia la autocracia, su falta de deseo de prestarle dinero, su aspiración a tratar con la representación legal de la burguesía rusa. Esto no es una pregunta, sino una advertencia. No es una burla, sino un ultimátum, el ultimátum del capital europeo a la autocracia rusa. Si los aliados de Japón, los ingleses, formulan este ultimátum en forma de sarcasmo, los aliados de Rusia, los franceses, en la persona del periódico más conservador y burgués, *Le Temps*{122}, dicen lo mismo, sólo que de manera más suave, dorando la píldora, pero en esencia negándose en cualquier caso a seguir prestando, aconsejando a la autocracia que concierte la paz tanto con Japón como con los liberales burgueses rusos. He aquí otra voz de una revista inglesa no menos sólida, *The Economist* (*El Economista*){123}: «La verdad sobre las finanzas rusas comienza por fin a ser reconocida en Francia. Hemos señalado ya muchas veces que Rusia vive desde hace tiempo del dinero prestado, que sus presupuestos, a pesar de las halagüeñas declaraciones de todos los ministros de Finanzas que se suceden unos a otros, se cierran año tras año con un elevado déficit, aunque estos déficits se ocultan muy astutamente mediante artificios contables; que, por último, el famoso "efectivo disponible" se compone principalmente del producto de los empréstitos y en parte de los depósitos en el banco del Estado». Y, tras expresar así a la autocracia rusa esta amarga verdad, esta revista financiera especializada considera necesario, no obstante, añadir consuelos burgueses: se dice que si ustedes supieran concertar ahora inmediatamente la paz y hacer pequeñas concesiones a los liberales, Europa, indudablemente, comenzaría de nuevo a prestarles millones y millones.

Ante nosotros se desarrolla lo que puede llamarse la especulación de la burguesía internacional para librar a Rusia de la revolución y al zarismo del desastre total. Los especuladores ejercen presión sobre el zar mediante la negativa del empréstito. Ponen en juego su fuerza: la fuerza del saco de dinero. Quieren un orden burgués-constitucional (o pseudoconstitucional) moderado y ordenado en Rusia. Se agrupan, bajo la influencia de los acontecimientos que se desarrollan rápidamente, de manera cada vez más estrecha en una sola alianza burguesa contrarrevolucionaria, por encima de las diferencias de nacionalidad: bolsistas franceses y magnates ingleses, capitalistas alemanes y comerciantes rusos. En el espíritu de este partido burgués moderadísimo actúa *Osvobozhdenie*. En el núm. 67, al exponer el «programa del partido democrático», reconociendo incluso (¿por mucho tiempo?) el sufragio universal, directo e igual con voto secreto (¡y omitiendo con modesto silencio el armamento del pueblo!), el Sr. Struve concluye su nuevo *profesión de foi*[109] con la siguiente característica declaración, impresa, «para darle importancia», en negrita: «En el momento actual, por encima del programa y sobre el programa de todo partido progresista en Rusia debe figurar la exigencia del cese inmediato de la guerra. En la práctica, esto significa que el gobierno actualmente existente en Rusia debe —con la mediación de Francia— iniciar negociaciones de paz con el gobierno japonés». Parece que no se puede exponer de manera más rotunda la diferencia entre la exigencia democrático-burguesa y la socialdemócrata de detener la guerra. El proletariado revolucionario no plantea esta exigencia «por encima del programa», no se dirige con ella al «gobierno actualmente existente», sino a una libre asamblea constituyente popular, auténticamente soberana. El proletariado revolucionario no «especula» con la mediación de la burguesía francesa, que busca la paz a sabiendas en intereses antirrevolucionarios y antiproletarios.

En fin, en esencia, con este mismo partido internacional de la burguesía moderada está regateando ahora el Sr. Buliguin, ganando tiempo hábilmente, cansando al adversario, dándole largas, sin conceder absolutamente nada positivo, dejando todo, absolutamente todo en Rusia como antes: desde el envío de tropas contra los huelguistas, continuando con las detenciones de personas no fiables y las represalias contra la prensa, hasta la vil instigación de los campesinos contra los intelectuales y la bárbara flagelación de los campesinos sublevados. Y los liberales pican el anzuelo, algunos empiezan ya a creer en Buliguin, ¡y el Sr. Kuzmín-Karaváyev, en la Sociedad Jurídica, persuade a la sociedad liberal a sacrificar el sufragio universal en aras... en aras... en aras de los bellos ojos del Sr. Buliguin!

A la alianza internacional de la burguesía moderada y conservadora sólo puede oponérsele una fuerza: la alianza internacional del proletariado revolucionario. Esta alianza se ha formado ya plenamente en el sentido de la solidaridad política. En cuanto al aspecto práctico de la cuestión y a la iniciativa revolucionaria, en este sentido todo depende de la clase obrera de Rusia y del éxito de su intervención democrática conjunta en el combate decisivo con los millones de pobres de la ciudad y del campo.

*«Vperiod» núm. 13, 5 de abril (23 de marzo) de 1905.*

*Se publica según el texto del periódico «Vperiod».*