Un importante problema de la revolución rusa es el siguiente:

I ¿llegará hasta el derrocamiento total del gobierno zarista, hasta la república,

II o se limitará a la reducción, a la limitación del poder zarista, a una constitución monárquica?

O de otro modo: ¿estamos predestinados a una revolución de tipo 1789 o de tipo 1848[110]? (decimos tipo para descartar la absurda idea de la posibilidad de que se repita la situación sociopolítica e internacional, ya irremediablemente pasada, de 1789 y 1848).

Que un socialdemócrata debe desear y luchar por lo primero, difícilmente puede ser objeto de duda.

Sin embargo, el planteamiento de Martínov se desvía por completo hacia el deseo colista de una revolución más modesta. Con el tipo II, el «peligro» de que el proletariado y el campesinado tomen el poder, que tanto asusta a los Martínov, desaparece por completo. Permanecer «en la oposición» ulteriormente respecto a la revolución, en el segundo caso, es inevitable para la socialdemocracia; Martínov precisamente quiere seguir en la oposición aun respecto a la revolución.

Cabe preguntar: ¿qué tipo es más probable?

A favor de I hablan: (1) una reserva incomparablemente mayor de odio, de espíritu revolucionario en las clases bajas rusas que en la Alemania de 1848. Nuestro cambio es más brusco; entre la autocracia y la libertad política no ha habido ni hay ninguna etapa intermedia (el zemstvo no cuenta), nuestro despotismo es asiáticamente virgen. (2) En nuestro país, la guerra desdichada hace aún más probable un colapso brusco, pues enreda al gobierno zarista hasta el extremo. (3) Nuestra coyuntura internacional es más favorable, pues la Europa proletaria hará imposible la ayuda a la monarquía rusa por parte de los monarcas europeos. (4) El desarrollo de los partidos conscientemente revolucionarios, de la literatura y de su organización es entre nosotros muchas veces superior al de 1789, 1848 y 1871. (5) En nuestro país, toda una serie de nacionalidades oprimidas por el zarismo —polacos, finlandeses, etc.— hace que el embate contra la autocracia sea particularmente enérgico. (6) Nuestro campesinado está particularmente arruinado, increíblemente empobrecido y ya no tiene absolutamente nada que perder.

Todas estas consideraciones, por supuesto, distan mucho de ser absolutas. Se les puede contraponer otras: (1) Los vestigios del feudalismo son muy escasos en nuestro país. (2) El gobierno tiene más experiencia y dispone de mayores medios para reconocer el peligro revolucionario. (3) La guerra complica la inmediatez del estallido revolucionario con tareas ajenas a la revolución. La guerra demuestra la debilidad de las clases revolucionarias rusas, que sin ella no habrían tenido fuerzas para alzarse (compárese con Karl Kautsky en «La revolución social»). (4) Carecemos del impulso al derrocamiento proveniente de otros países. (5) Los movimientos nacionales tendentes a la desmembración de Rusia son capaces de apartar de nuestra revolución a una masa de la gran y pequeña burguesía rusa. (6) El antagonismo entre el proletariado y la burguesía es en nuestro país mucho más profundo que en 1789, 1848 y 1871, por lo cual la burguesía temerá más la revolución proletaria y se arrojará más rápidamente en brazos de la reacción.

Ponderar todos estos + y –, por supuesto, solo podrá hacerlo la historia. Nuestra tarea, la de la socialdemocracia, consiste en empujar la revolución burguesa lo más lejos posible, sin olvidar jamás nuestra labor principal: la organización independiente del proletariado.

He aquí donde se embrolla Martínov. La revolución completa es la toma del poder por el proletariado y el campesinado pobre. Y estas clases, al encontrarse en el poder, no pueden dejar de aspirar a la revolución socialista. Ergo[111], la toma del poder, siendo al principio un paso en el cambio democrático, por la fuerza de las cosas, contra la voluntad (y a veces contra la conciencia) de los participantes, se transformará en socialista. Y aquí el colapso es inevitable. Y ya que el colapso de las tentativas de revolución socialista es inevitable, debemos (como Marx en 1871, que previó el inevitable colapso de la insurrección de París) aconsejar al proletariado que no se levante, que espere, que se organice, reculer pour mieux sauter[112].

Tal es, en el fondo, la idea de Martínov (y de la nueva «Iskra»), si la hubiera pensado hasta el final.

Escrito en marzo-abril de 1905. Publicado por primera vez en 1926 en la Recopilación Leninista V.

Se publica según el manuscrito.