El nuevo movimiento campesino, que cada día crece y se fortalece, vuelve a situar en primer plano la cuestión de nuestro programa agrario. El principio fundamental de este programa, por supuesto, no puede suscitar divergencias ni discusiones. El partido del proletariado debe apoyar el movimiento del campesinado. Jamás defenderá la propiedad terrateniente actual frente al embate revolucionario de los campesinos, pero al mismo tiempo se esforzará siempre por desarrollar la lucha de clases en el campo y por introducir conciencia en esta lucha. Estos principios, me parece, son compartidos por todos los socialdemócratas. La divergencia comienza solo cuando estos principios deben aplicarse a la realidad, cuando deben formularse en el programa de acuerdo con las tareas del momento.

La realidad es lo que mejor resuelve toda clase de divergencias teóricas, y estoy seguro de que la rápida marcha de los acontecimientos revolucionarios eliminará también estas divergencias sobre la cuestión agraria en el seno de la socialdemocracia. Difícilmente alguien negará que no es asunto nuestro elaborar proyectos sobre toda clase de reformas agrarias, que debemos fortalecer los vínculos con el proletariado, apoyar el movimiento campesino, sin perder de vista al mismo tiempo las tendencias propietarias del campesino-patrono, tendencias cuya hostilidad hacia el proletariado se manifestará tanto más rápida y bruscamente cuanto más rápido avance la revolución.

Pero, por otro lado, está claro que el momento revolucionario que atravesamos exige una consigna completamente definida y concreta. Esa consigna debe ser la formación de comités campesinos revolucionarios, y nuestro programa agrario de partido la ha planteado con toda razón. En el movimiento campesino hay mucha oscuridad, falta de conciencia, y sería extremadamente peligroso hacerse ilusiones al respecto. La oscuridad del mujik se expresa, ante todo, en la incomprensión del aspecto político del movimiento, en la incomprensión, por ejemplo, de que sin transformaciones democráticas radicales en todo el régimen político de todo el Estado son absolutamente imposibles pasos firmes de ningún tipo en el camino de la ampliación de la propiedad de la tierra. El campesino necesita tierra, y su sentimiento revolucionario, su democracia instintiva y primitiva no puede expresarse de otro modo que echando mano a la tierra de los terratenientes. Esto, por supuesto, nadie lo negará. Los socialistas-revolucionarios se detienen en esta tesis en lugar de abordar esta nebulosa aspiración del campesinado con un análisis de clase. Los socialdemócratas, sobre la base de dicho análisis, afirman que todo el campesinado difícilmente puede ir solidariamente más allá de la reivindicación de la devolución de las tierras recortadas, ya que más allá de los límites de tal transformación agraria surgirá inevitablemente, de forma nítida, el antagonismo del proletariado rural y los «campesinos acomodados». Los socialdemócratas, por supuesto, no pueden tener nada en contra de que el mujik sublevado «acabe de rematar al terrateniente», le quite toda la tierra, pero no pueden caer en el aventurerismo en el programa proletario, no pueden eclipsar la lucha de clases contra los propietarios con las perspectivas color de rosa de tales reestructuraciones de la propiedad de la tierra (aunque sean reestructuraciones democráticas), que resultarán ser solo un desplazamiento de clases o categorías de propietarios.

Hasta ahora en nuestro programa se ha planteado la reivindicación de la devolución de las tierras recortadas, y en diversos comentarios al programa se señalaba que las tierras recortadas no son en absoluto una cerca, sino «una puerta para ir más lejos»[102], que el proletariado apoyará de buen grado al campesinado en este camino ulterior, pero vigilando y observando atentamente a su aliado temporal, el campesino-patrono, no sea que saque sus garras de propietario. Ahora, ante los acontecimientos revolucionarios, surge involuntariamente la pregunta: ¿no sería más conveniente trasladar esta tesis de nuestra táctica de los comentarios al propio programa? Pues, al fin y al cabo, el programa es la expresión oficial, de todo el partido, de las opiniones de la socialdemocracia, mientras que cualquier comentario, por necesidad, representa una concepción más o menos personal de uno u otro socialdemócrata. ¿No es, por tanto, más razonable incluir en el programa una tesis más general de nuestra política sobre esta cuestión, y desarrollar en los comentarios las medidas particulares, las reivindicaciones aisladas, como, por ejemplo, las tierras recortadas?

Para aclarar más concretamente mi idea, expondré aquí la formulación que adoptaría el lugar correspondiente de nuestro programa: (El POSDR exige ante todo)... «4) la creación de comités campesinos revolucionarios para la eliminación de todos los vestigios del feudalismo, para la transformación democrática de todas las relaciones rurales en general y para la adopción de medidas revolucionarias encaminadas a mejorar la situación del campesinado, sin detenerse ante la expropiación de la tierra de los terratenientes. La socialdemocracia apoyará al campesinado en todas sus empresas democrático-revolucionarias, defendiendo los intereses independientes y la organización independiente del proletariado rural».

En la formulación propuesta se incluye en el programa lo que hasta ahora se desarrollaba habitualmente en los comentarios, mientras que las «tierras recortadas» se trasladan del programa a los comentarios. Tal cambio tiene la ventaja de que en el programa se indica con mayor claridad la particularidad de la posición proletaria, y la claridad en una cuestión tan importante prevalece sobre todas las inconveniencias de redacción (tal inconveniencia es la inclusión en el programa, en lugar de una reivindicación definida, de una explicación que habitualmente se remite a los comentarios. Debe señalarse, por lo demás, que en nuestro programa ya existen tales explicaciones: compárese, por ejemplo, el punto sobre la lucha contra las reformas vinculadas al fortalecimiento de la tutela policial-burocrática{117}. Otra ventaja consiste también en que el programa elimina de una vez por todas la absurda idea de que la socialdemocracia le dice al campesino que no puede ni debe ir más allá de las tierras recortadas. Esta idea debe ser eliminada mediante una formulación clara del programa, y no limitarse a explicarla en los comentarios. Un defecto de la formulación que propongo puede parecer el hecho de que en ella no se indica ningún procedimiento definido de expropiación de la tierra. Pero, ¿es esto, hablando propiamente, un defecto?

Los socialdemócratas que han escrito sobre la cuestión agraria han mostrado repetidamente cuán inoportuno es para nosotros lanzarnos a hacer proyectos al respecto, pues la medida más importante de reforma agraria –la nacionalización de la tierra– en un Estado policial será inevitablemente tergiversada y servirá para oscurecer el carácter de clase del movimiento. Mientras tanto, todas las demás medidas para la transformación de las relaciones agrarias serán, bajo el régimen capitalista, solo una aproximación a la nacionalización, solo medidas parciales, solo algunas de las medidas posibles, es decir, medidas a las que la socialdemocracia no tiene la menor intención de limitarse. En la actualidad, los socialdemócratas están en contra de la nacionalización, e incluso los socialistas-revolucionarios, bajo la influencia de nuestra crítica, han empezado a mostrarse mucho más cautelosos respecto a esta nacionalización (compárese el proyecto de su programa con su anterior «osadía»).

Pero la cuestión es que el movimiento revolucionario nos conduce a la república democrática, que representa una de nuestras reivindicaciones inmediatas, junto con la supresión del ejército permanente, etc.

En una república democrática, con el pueblo armado, con la realización de otras medidas republicanas similares, la socialdemocracia no puede hacer renuncias ni atarse las manos en relación con la nacionalización de la tierra. Así pues, el defecto de la formulación que propongo es solo aparente. En realidad, ofrece una consigna de clase consecuente para el momento dado —una consigna además plenamente concreta—, dejando al mismo tiempo plena libertad para aquellos pasos «democrático-revolucionarios» que puedan resultar necesarios o deseables en caso de un desarrollo favorable de nuestra revolución. En la actualidad, y también en el futuro hasta la victoria completa de la insurrección campesina, la consigna revolucionaria debe necesariamente tener en cuenta el antagonismo entre el mujik y el terrateniente; y el punto sobre las tierras recortadas subrayaba esta circunstancia con toda razón; mientras que toda clase de «nacionalizaciones», «transferencias de la renta», «socializaciones», etc. —y en esto radica precisamente su defecto— ignoran y oscurecen el antagonismo característico.

La formulación que propongo amplía al mismo tiempo la tarea de los comités campesinos revolucionarios hasta la «transformación democrática de todas las relaciones rurales en general». En nuestro programa los comités campesinos se plantean como consigna, y con toda razón se les caracteriza como campesinos, es decir, estamentales, pues la opresión estamental solo puede ser destruida por todo el estamento inferior oprimido. Pero, ¿hay fundamento para limitar las tareas de estos comités únicamente a las reformas agrarias? ¿Acaso para otras transformaciones, por ejemplo, administrativas, etc., sería necesario crear otros comités? Pues toda la desgracia de los campesinos, como ya he señalado, reside en la total incomprensión del aspecto político del movimiento. Si se lograra vincular, aunque fuera en casos aislados, las exitosas medidas revolucionarias de los campesinos para mejorar su situación (confiscación de cereales, ganado, tierra) con la creación y la actividad de los comités campesinos y con la plena sanción de estos comités por los partidos revolucionarios (y, en condiciones particularmente favorables, por un gobierno revolucionario provisional), entonces se podría considerar ganada la lucha por atraer a los campesinos al lado de la república democrática. Sin dicha atracción, todos los pasos revolucionarios del campesinado serán muy inestables, y todas sus conquistas serán fácilmente arrebatadas por las clases sociales que detentan el poder.

Por último, al hablar del apoyo a las medidas «democrático-revolucionarias», la formulación propuesta traza nítidamente la frontera entre la apariencia engañosa, pretendidamente socialista, de medidas como el acaparamiento de la tierra por los campesinos, y su verdadero contenido democrático. Para ver cuán importante es para un socialdemócrata trazar dicha frontera, basta recordar la actitud de Marx y Engels hacia el movimiento agrario, por ejemplo, en América (Marx en 1848 sobre Kriege{118}, Engels en 1885 sobre Henry George{119}). Ahora, por supuesto, nadie negará la guerra campesina por la tierra, la búsqueda de la tierra (en los países semifeudales o en las colonias). Reconocemos plenamente su legitimidad y su carácter progresista, pero al mismo tiempo desenmascaramos su contenido democrático, es decir, en última instancia, democrático-burgués, y por eso, apoyando este contenido, introducimos por nuestra parte «reservas» especiales, señalamos el papel «independiente» de la democracia proletaria, los objetivos especiales de la socialdemocracia como partido de clase que aspira a la revolución socialista.

Estas son las consideraciones por las cuales propongo a los camaradas discutir mi propuesta en el próximo congreso y ampliar el punto correspondiente del programa en el espíritu que he indicado.

«Adelante» № 12, 29 (16) de marzo de 1905. Firma: – ъ

Se publica según el texto del periódico «Adelante»