Comienzan las insurrecciones campesinas. De distintas provincias llegan noticias sobre ataques de los campesinos a las haciendas señoriales, sobre la confiscación del grano y del ganado de los terratenientes por parte de los campesinos. El ejército zarista, totalmente derrotado por los japoneses en Manchuria, toma la revancha contra el pueblo desarmado, emprendiendo expediciones contra el enemigo interno: contra la población pobre del campo. El movimiento obrero urbano adquiere un nuevo aliado en el campesinado revolucionario. La cuestión de la actitud de la vanguardia consciente del proletariado, de la socialdemocracia, hacia el movimiento campesino adquiere una importancia práctica inmediata y debe ser colocada en el primer plano de la actualidad en todas nuestras organizaciones del partido, en cada intervención de los propagandistas y agitadores.

La socialdemocracia ha señalado ya más de una vez que el movimiento campesino le plantea una doble tarea. Debemos apoyarlo e impulsarlo incondicionalmente hacia adelante, en la medida en que sea un movimiento democrático-revolucionario. Debemos, al mismo tiempo, mantenernos firmemente en nuestro punto de vista clasista proletario, organizando al proletariado rural, al igual que al urbano y junto con él, en un partido clasista independiente, explicándole el antagonismo hostil de sus intereses y los intereses del campesinado burgués, llamándolo a la lucha por la revolución socialista, indicándole que la liberación de la opresión y la miseria no reside en convertir a varias capas del campesinado en pequeños burgueses, sino en sustituir todo el régimen burgués por el socialista.

Esta doble tarea de la socialdemocracia fue subrayada más de una vez en el viejo *Iskra*, a partir del número 3[95], es decir, aún antes del primer movimiento campesino de 1902; también está expresada en nuestro programa del partido; y fue repetida en nuestro periódico (núm. 3)[96]. Ahora, cuando es particularmente importante esclarecer esta tarea en su planteamiento práctico, resulta interesante citar las observaciones de Karl Kautsky, quien publicó en la revista socialdemócrata alemana *Die Neue Zeit* el artículo «Los campesinos y la revolución en Rusia». Como socialdemócrata, Kautsky defiende de manera consecuente la verdad de que ante nuestra revolución se alza ahora la tarea no de una transformación socialista, sino de eliminar los obstáculos políticos del camino de desarrollo del modo de producción existente, es decir, capitalista. Y Kautsky continúa: «El movimiento revolucionario urbano debe permanecer neutral en la cuestión de las relaciones entre el campesino y el terrateniente. No tiene ningún fundamento para interponerse entre los campesinos y el terrateniente, para salir en defensa de este último contra los primeros; su simpatía está enteramente del lado del campesinado. Pero la tarea del movimiento revolucionario urbano no consiste en modo alguno en azuzar a los campesinos contra los terratenientes, quienes en la Rusia contemporánea no desempeñan en absoluto el mismo papel que, por ejemplo, la nobleza feudal francesa en los tiempos del “antiguo régimen”. Por lo demás, los revolucionarios urbanos, incluso si lo quisieran, podrían ejercer muy poca influencia sobre las relaciones entre los terratenientes y los campesinos. Estas relaciones las determinarán ya entre sí los propios terratenientes y campesinos». Para comprender correctamente estas observaciones de Kautsky, que, sacadas de contexto, podrían provocar no pocos malentendidos, es indispensable tener en cuenta también la siguiente observación suya al final del artículo. «Una revolución victoriosa —dice allí— no encontraría, seguramente, dificultades especiales para emplear los grandes latifundios de los peores enemigos de la revolución en la mejora de las condiciones de vida proletarias y campesinas».

El lector que confronte atentamente todas estas afirmaciones de Kautsky verá fácilmente en ellas justamente ese planteamiento socialdemócrata de la cuestión que acabamos de esbozar. Algunas imprecisiones e indefiniciones en las expresiones de Kautsky pueden explicarse por el carácter sucinto de sus observaciones y por un conocimiento insuficiente del programa agrario de la socialdemocracia rusa. La esencia de la cuestión radica en que la actitud del proletariado revolucionario hacia el litigio entre los campesinos y los terratenientes no puede ser idéntica en todos los casos y bajo todas las condiciones, en las distintas peripecias de la revolución rusa. Bajo unas condiciones, en determinadas coyunturas, esta actitud debe ser de no solo simpatía, sino también de apoyo directo, y no solo de apoyo, sino también de «azuzamiento». Bajo otras condiciones, esta actitud puede y debe ser neutral. Kautsky, a juzgar por sus observaciones citadas, ha captado correctamente este doble aspecto de nuestra tarea, a diferencia no solo de nuestros «socialistas-revolucionarios», completamente hundidos en las ilusiones vulgares de la democracia revolucionaria, sino también de muchos socialdemócratas que, como Riazánov o Iks, buscaban una solución «simple», idéntica para todas las combinaciones. El error fundamental de tales socialdemócratas (y de todos los socialistas-revolucionarios) consiste en que no mantienen el punto de vista clasista y, al buscar una solución idéntica para toda clase de combinaciones, olvidan la naturaleza dual del campesinado acomodado y medio. En sus cálculos operan, en esencia, solo con dos clases: o con los terratenientes y «la clase obrero-campesina», o con los propietarios y los proletarios. En realidad, tenemos ante nosotros tres clases distintas por sus objetivos inmediatos y finales: los terratenientes, el campesinado acomodado y en parte medio y, por último, el proletariado. En realidad, la tarea del proletariado, en semejante estado de cosas, no puede sino ser bilateral, y toda la dificultad del programa agrario y la táctica agraria socialdemócratas en Rusia consiste en determinar, de la manera más clara y precisa posible, en qué condiciones es obligatoria para el proletariado la neutralidad y en cuáles lo es el apoyo y el «azuzamiento».

La solución de esta tarea solo puede ser una: junto con la burguesía campesina contra toda forma de servidumbre y contra los terratenientes feudales; junto con el proletariado urbano contra la burguesía campesina y cualquier otra burguesía: tal es la «línea» del proletario rural y de su ideólogo socialdemócrata. En otras palabras: apoyar e impulsar al campesinado hasta llegar a todo tipo de confiscaciones de cualquier «sagrada» propiedad «señorial», en la medida en que este campesinado actúe de manera democrático-revolucionaria. Desconfiar del campesinado, organizarse aparte de él, estar preparados para la lucha contra él, en la medida en que este campesinado actúe de manera reaccionaria o antiproletaria. Dicho de otro modo: ayudar al campesino cuando su lucha contra el terrateniente beneficie el desarrollo y fortalecimiento de la democracia; neutralidad respecto al campesino cuando su lucha contra el terrateniente sea exclusivamente un ajuste de cuentas, indiferente para el proletariado y la democracia, entre dos fracciones de la clase terrateniente.

Naturalmente, tal respuesta no satisfará a quienes abordan la cuestión campesina sin concepciones teóricas meditadas, a quienes persiguen una consigna «revolucionaria» (de palabra) llamativa y efectista, a quienes no comprenden el enorme y serio peligro del aventurerismo revolucionario precisamente en el terreno de la cuestión campesina. Respecto a esas personas —y ya no son pocas entre nosotros, a ellas pertenecen los socialistas-revolucionarios, y el desarrollo de la revolución junto con el movimiento campesino garantiza el aumento de sus filas—, respecto a ellas, los socialdemócratas deben defender inflexiblemente el punto de vista de la lucha de clases contra toda vaguedad revolucionaria, el balance sobrio de los diversos elementos del campesinado frente a la fraseología revolucionaria. Hablando de manera práctica y concreta, lo más cercano a la verdad se puede afirmar así: todos los adversarios de la socialdemocracia en la cuestión agraria no toman en cuenta el hecho de que en la Rusia propiamente europea existe toda una capa (1 1/2 a 2 millones de hogares de un total de alrededor de 10 millones) de campesinos acomodados. En manos de esta capa se encuentra no menos de la mitad de todos los instrumentos de producción y de toda la propiedad de que dispone el campesinado. Esta capa no puede existir sin contratar jornaleros y peones. Esta capa, indudablemente, es hostil a la servidumbre, a los terratenientes, a la burocracia; es capaz de convertirse en demócrata, pero aún más indudable es su hostilidad hacia el proletariado rural. Todo intento de disimular, de soslayar este antagonismo de clase en el programa y la táctica agrarios es un abandono consciente o inconsciente del punto de vista socialista.

Entre el proletariado rural y la burguesía campesina se encuentra la capa del campesinado medio, en cuya posición hay rasgos de uno y otro de los dos polos opuestos. Los rasgos comunes en la posición de todas estas capas, de todo el campesinado en su conjunto, hacen que todo su movimiento sea indudablemente democrático, por grandes que sean tales o cuales manifestaciones de inconsciencia y reaccionarismo. Nuestra tarea consiste en no apartarnos jamás del punto de vista clasista y en organizar la más estrecha alianza del proletariado urbano y rural. Nuestra tarea consiste en esclarecernos a nosotros mismos y al pueblo el verdadero contenido democrático y revolucionario que se oculta tras el anhelo general, pero nebuloso, de «tierra y libertad». Nuestra tarea, por tanto, consiste en el más enérgico apoyo e impulso de este anhelo hacia adelante, junto con la preparación de los elementos de la lucha socialista también en el campo.

Para determinar con precisión la actitud del Partido Obrero Socialdemócrata en la práctica hacia el movimiento campesino, el III Congreso de nuestro partido debe adoptar una resolución sobre el apoyo al movimiento campesino. He aquí el proyecto de dicha resolución, que formula los puntos de vista antes expuestos y desarrollados reiteradamente en la literatura socialdemócrata, y que debe ser discutido ahora por el círculo más amplio posible de militantes del partido:

«El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, como partido del proletariado consciente, aspira a la total liberación de todos los trabajadores de toda explotación y apoya todo movimiento revolucionario contra el régimen social y político actual. Por eso, el POSDR apoya del modo más enérgico también el actual movimiento campesino, defendiendo todas las medidas revolucionarias capaces de mejorar la situación del campesinado, sin detenerse para estos fines ante la expropiación de la tierra de los terratenientes. Al mismo tiempo, el POSDR, siendo el partido clasista del proletariado, aspira de manera consecuente a la organización clasista independiente del proletariado rural, sin olvidar ni por un minuto la tarea de explicarle el antagonismo hostil de sus intereses y los intereses de la burguesía campesina, explicarle que solo la lucha conjunta del proletariado rural y urbano contra toda la sociedad burguesa puede conducir a la revolución socialista, la única capaz de liberar realmente de la miseria y la explotación a toda la masa de la población pobre del campo.

Como consigna práctica de agitación entre el campesinado y como medio de introducir la mayor conciencia en este movimiento, el POSDR plantea la formación inmediata de comités campesinos revolucionarios para el apoyo integral de todas las transformaciones democráticas y su realización en cada caso particular. Y en dichos comités, el POSDR se esforzará por la organización independiente de los proletarios rurales con el fin de, por un lado, apoyar a todo el campesinado en todas sus acciones democrático-revolucionarias y, por otro lado, con el fin de salvaguardar los verdaderos intereses del proletariado rural en su lucha contra la burguesía campesina».

*Vperiod*, núm. 11, 23 (10) de marzo de 1905.

Se publica según el texto del periódico *Vperiod*.