Bajo este título me propongo dar algunos consejos útiles, fruto de la experiencia práctica que tan pocos dominan en la actualidad, consejos para todos los pueblos sin distinción, porque, en un futuro más o menos lejano, todos los necesitarán.

### Capítulo I. Consideraciones generales.

Hay que comprender bien que tanto en las guerras civiles como en la lucha contra el enemigo no se puede esperar piedad, y por consiguiente, tampoco hay que tenerla uno mismo.

Quemar inmediatamente las propias naves de modo que a los insurrectos no les quede otra alternativa que vencer o morir.

No tomar en cuenta en absoluto la opinión de tal o cual persona ni los intereses de tal o cual propiedad, y penetrarse únicamente de la idea de que quien quiere alcanzar el fin deseado de la lucha debe emplear todos los medios que a él conducen. El logro del objetivo señalado es una tarea demasiado elevada, los intereses que la impulsan demasiado importantes, los peligros a que se exponen demasiado grandes, la responsabilidad demasiado seria para que los héroes que emprenden esta lucha titánica se guíen por otras consideraciones que no sean el cálculo de la victoria. Todo sentimentalismo sería una traición.

La lucha callejera no se libra en la calle, sino en las casas; no al descubierto, sino en puntos bien defendidos.

Los principios fundamentales son los siguientes:

Sustituir la superioridad numérica por el valor individual y, en consecuencia, reducir al mínimo el campo de acción, es decir, luchar uno contra uno. Un hombre llevado a la desesperación, que lucha por el pan para sí y para sus hijos, vale por diez soldados que combaten por orden de sus oficiales.

Paralizar la superioridad de armamento haciendo imposible su empleo, es decir, tratando de no ser blanco de los disparos. Si el enemigo quiere utilizar su artillería, solo podrá destruir aquello que el insurrecto habría destruido por sí mismo; si quiere disparar, ¿contra quién? No se ve a nadie. Y en eso está toda la cuestión.

El pueblo insurrecto no tiene armas; el enemigo las posee en abundancia. De ahí una doble consecuencia: la insolencia de los gobernantes, el abatimiento de los gobernados. ¿Cómo luchar a pecho descubierto contra los fusiles de repetición? He aquí el medio: hacerlos inútiles, pues no darán en el blanco, y oponerles proyectiles explosivos, más funestos para los edificios y los bienes que para las personas... «¡Guerra a la propiedad!»: tal debe ser la consigna de las guerras futuras. No hay que vacilar ante la destrucción de lo que no se puede defender, aunque se trate de una ciudad entera. Esto es subvertir los principios de la guerra burguesa, guerra contra personas que no valen nada, con respeto a la propiedad, que cuesta muy cara. Si en 1870 se hubiera tenido el valor de considerar la guerra desde este punto de vista, Francia no habría sido despedazada. Rostopchín salvó a su patria incendiando Moscú. Pero ¿qué esperar de una sociedad que justifica a los Darbly, proveedores del enemigo en tiempo de guerra, y proclama así, en nombre de la justicia, que no hay otra patria que el saco de dinero?

### Capítulo II. Consideraciones generales.

El proyectil explosivo. — El arma de guerra. — Sin piedad. — Acerca de la propiedad.

La razón principal para sustituir el arma de guerra por el proyectil explosivo reside en la peculiaridad de la situación del pueblo insurrecto. Ya se levante contra su gobierno o contra un enemigo exterior, en todo caso su adversario es el dueño de la situación. Este vigila con celo, no dejará pasar ningún arma de guerra; fabricar armas tampoco es posible, y aun cuando lo fuera, no se lograría pertrechar a todos. Gracias a esto, del lado de los detentadores del poder habrá siempre una superioridad aplastante. Para disparar con fusiles hay que salir a descubierto. En una lucha como la que yo imagino, el fusil es inútil; más aún, solo estorba. Un lugar que no admite otra lucha que el cuerpo a cuerpo exige también un arma adecuada, a saber: cuchillo, hacha, revólver, bomba de mano y otros objetos explosivos e incendiarios, los únicos que pueden emplearse.

El proyectil explosivo tiene las siguientes ventajas: puede fabricarse en secreto; la devastación que produce es mucho más considerable que la que puede causar una descarga de fusilería; su efecto crea más pánico que víctimas y, arrojado desde los pisos superiores, no representa peligro alguno para quien lo emplea. El mismo resultado se obtiene si se arroja por un orificio abierto en la pared que separa la habitación contigua; la explosión barre cuanto hay en ella y permite a quien ha lanzado la bomba aprovechar el pánico para apoderarse del local y acabar con lo que allí se encuentra.

Lo que menos debe pensarse es en la piedad. La impresión moral que produce la bomba es tan fuerte que, tras unas cuantas explosiones logradas, la resistencia se reduce a cero y da la posibilidad de disminuir relativamente su uso.

Lo que menos hay que escatimar es a los jefes militares, ni antes, ni durante, ni después de la lucha. Porque el jefe militar es el exponente y ejecutor de la voluntad de los gobernantes; el soldado, en cambio, solo es una víctima. Los gobiernos, y no los pueblos, hacen las guerras, y el jefe militar representa al gobierno, como el soldado representa al pueblo.

El desplazamiento del centro de gravedad de la lucha hacia la destrucción de la propiedad, y no de las personas, es una regla dictada por las siguientes consideraciones. La principal de ellas es el egoísmo de las clases gobernantes, cuyo corazón solo late cuando se toca su propiedad. Por sus bienes inmuebles vendería cualquier forma de gobierno, y la patria aún con mayor gusto. La amenaza de destruir su propiedad los obligará a rendirse sin rechistar en cualesquiera condiciones. En la guerra civil esto constituye una buena y edificante lección. Cuanto mayor es el riesgo, tanto menor es el valor de la propiedad. Desvalorizar el capital en todas sus formas: tal debe ser el objetivo permanente de las guerras civiles. Pero esta cuestión no entra en mi especialidad.

En la lucha callejera, el pueblo insurrecto debe atenerse siempre a la táctica ofensiva, anticiparse al enemigo, pero manteniéndose siempre a cubierto.

Más adelante indicaré qué posiciones importa ocupar.

### Capítulo III. Antes de la batalla.

Hay que recordar bien que lo más importante es ocupar los siguientes puntos:

1) Los principales centros de la administración general y local, como: el palacio y el ayuntamiento; en las ciudades de provincia, la gobernación.

2) Puntos más secundarios, como: ministerios, bancos, policía, el estado mayor local principal; entre ellos, en primer lugar, el ministerio del interior, el de la guerra, el departamento de policía y la administración de correos;

3) Estudiar minuciosamente los conductos telegráficos subterráneos, las tuberías de gas y agua, las cloacas.

4) Todas las casas situadas en las inmediaciones de los puntos indicados.

5) Organizar destacamentos de albañiles, techadores, obreros del gas. Deben llevar consigo sus herramientas. Los albañiles son especialmente necesarios.

6) Preparar y almacenar la mayor cantidad posible de proyectiles explosivos, como: bombas de mano, dinamita, sustancias incendiarias que no puedan apagarse con agua, etc.

7) Fijar de antemano con exactitud dónde estará el cuartel general de los revolucionarios hasta que estos ocupen el principal punto señalado, e informar del lugar del cuartel general a los jefes de los destacamentos.

8) Evitar, antes del comienzo de las acciones decisivas, toda aglomeración, ruido y movimiento excesivo que pueda despertar sospechas y dar lugar a represalias. Evitar especialmente, por el momento, el uso aislado de proyectiles explosivos. Cuanto más profundamente duerma el enemigo, tanto más terrible será para él el despertar.

9) No escribir nunca nombres ni indicación alguna de casas, calles u objetos determinados para la lucha, a fin de que los registros resulten infructuosos;

10) Procurarse el mayor número posible de confidentes en las casas que se necesite ocupar.

11) Señalar minuciosamente las tiendas y almacenes de materiales que puedan ser útiles, como: droguerías y tiendas de ultramarinos, farmacias, almacenes de productos químicos, etc.

### Capítulo IV. Últimos preparativos.

Antes de la batalla. — Construcción de barricadas. — Ocupación de las casas.

En el capítulo anterior he indicado las medidas previas que es necesario tomar.

Cuando todos los trabajos preparatorios están hechos y el comité ejecutivo considera oportuno el momento, da la señal.

Cada destacamento actúa en su sector de la ciudad por separado, avanzando contra el enemigo con independencia de lo que hagan en ese momento los otros destacamentos, y sin perder un solo minuto.

Los destacamentos designados para luchar en la calle emprenden inmediatamente la construcción de barricadas, mientras que otros ocupan las casas de las esquinas.

Los primeros levantan con la mayor rapidez posible el mayor número posible de barricadas, partiendo del principio de que las barricadas no están destinadas a defender a los combatientes —estos actuarán desde las casas—, sino solo a cerrar el paso a las tropas, detenerlas y dar la posibilidad de cubrirlas desde arriba con proyectiles explosivos, muebles diversos y, en general, con todo lo que se pueda arrojar desde lo alto.

En consecuencia, no hay necesidad de que las barricadas sean especialmente perfectas. Carruajes volcados, puertas arrancadas de sus goznes, muebles diversos arrojados por las ventanas, adoquines donde los haya, vigas, barriles, etc., son completamente suficientes para este fin.

Delante de las barricadas, esparcir por las calles, a la mayor extensión posible, vidrio de botellas rotas, colocar tablas con clavos hincados con la punta hacia arriba. Si se dispone de bombas en cantidad suficiente, colocarlas hábilmente ocultas, pero de modo que puedan estallar. Si hay pocas bombas, es mejor reservarlas y arrojarlas para la defensa desde lo alto de las casas. Todas estas medidas se toman principalmente contra la caballería.

Detrás de las barricadas no debe quedar ni un solo hombre.

### Capítulo V. Durante la batalla.

Reglas para la ocupación de las casas. — Avance por los pisos superiores. — Condiciones de la rapidez de acción.

Los destacamentos designados para luchar desde las casas ocupan sin demora las cuatro casas de las esquinas de la calle previamente señaladas.

Una parte protege el piso bajo; otra sube rápidamente al piso superior y perfora inmediatamente la pared contigua a la casa vecina, y así sucesivamente, en el mayor espacio posible. Solo debe detenerse donde comience la resistencia. No oprimir a los habitantes, pero no escuchar sus protestas. No perder de vista ni un minuto que el éxito solo puede asegurarse mediante la rapidez de acción. El enemigo necesitará más tiempo para tomar por asalto una sola casa que el pueblo combatiente para ocupar un centenar. Y al comienzo de la lucha, las casas están indefensas, y quien ataca primero se queda con ellas.

Importa ocupar en seguida los pisos superiores, en virtud de que, si el enemigo intenta iniciar un contraataque desde el piso inferior, bastará perforar el techo y arrojar una o dos bombas para rechazarlo. Del mismo modo, si el enemigo avanza por el mismo piso ocupado por los combatientes, basta arrojar una bomba por el orificio practicado en la pared para despejar la posición. No hay que esperar a que el enemigo se reponga del susto, sino ocuparla inmediatamente. Si se dispone de suficiente número de hombres, se puede, por supuesto, atacar a la vez dos pisos.

Al comienzo mismo de la insurrección, solo se puede temer la intervención de la policía o de la patrulla. Así pues, si se procura paralizar el puesto de policía más próximo a las cuatro casas de las esquinas que se trata de ocupar, puede considerarse esta ocupación relativamente fácil de ejecutar, y, sin embargo, ella ya garantiza en un 60% el éxito final. Hay que ocupar los dos lados de la calle. De lo contrario, el enemigo tendrá la posibilidad de abrir fuego desde el otro lado, lo que prolongaría la lucha de manera imprevisible.

La regla que debe seguirse al avanzar por los pisos superiores de las casas hacia el edificio central señalado para ser ocupado es la siguiente: perforar las paredes de una casa a otra lo suficiente para hacer posible el paso de uno, a lo sumo dos hombres, actuar con la mayor rapidez posible y acercarse lo más posible al punto designado.

En el caso de que ese edificio central se encuentre en una plaza y esté aislado de otras construcciones, como sucede en la mayoría de los casos, hay que ocupar el mayor número posible de las casas más próximas y cortar toda comunicación con ese edificio. Hacer excavaciones alrededor de ese edificio y destruir todas las vías subterráneas de comunicación con él. No arriesgar un ataque abierto hasta que la insurrección, habiendo vencido en otros lugares de la ciudad, no se vuelva lo bastante fuerte para tal tentativa. Pero la resistencia de las tropas en la guerra civil rara vez llega tan lejos, y las tropas no tardarán en deponer las armas.

En el caso de que las cosas tomen otro cariz, hay que dedicarse exclusivamente a la destrucción y el incendio de lo que no se haya logrado ocupar.

### Capítulo VI. Durante la batalla (continuación).

Destrucción de casas. — Necesidad de aplicar el terror. — Pasos subterráneos. — Ejemplos.

Toda casa que no se pueda defender o que no se deje ocupar debe ser incendiada. El fuego presta aquí el mismo servicio que los cortafuegos durante un incendio; detiene de igual modo el avance del enemigo, y al mismo tiempo es un medio de ataque por nuestra parte.

Hay que evitar mostrarse en los tejados y balcones, no solo por seguridad, sino también para no dar al enemigo ninguna indicación sobre los éxitos alcanzados por la insurrección. Allí donde tropecemos con la resistencia del enemigo, ya sea al avanzar por los pisos superiores o cerca del edificio central señalado para su ocupación, hay que poner en juego todos los medios de destrucción de que dispongan los insurrectos y, en especial, los incendios. Aquí es mucho más importante incendiar que tratar de ocupar, aquí hay que dar al enemigo una lección ejemplar, esforzándose con todas las fuerzas en aterrorizarlo. El rasgo predominante de las sociedades modernas es la cobardía, como consecuencia lógica del egoísmo y de los excesos en los placeres. La ruina, los asesinatos, todo debe ser puesto en juego para obtener de ellos no vanas promesas de palabra, sino el sometimiento total. Esto último vale tanto para las guerras internacionales como para la lucha civil.

Cuando los destacamentos que operan en la calle hayan terminado sus preparativos, deben prestar atención a los diversos conductos subterráneos. Cortar cerca de la casa que se quiere ocupar los cables telegráficos, las tuberías de gas y agua, ocupar o inutilizar la canalización, según lo que resulte más conveniente para cada caso. En vista de todo esto, es necesaria la presencia en los destacamentos de obreros del gas, fontaneros y obreros de alcantarillado. El principio que determina y orienta su acción consiste en aislar por completo el punto señalado para su ocupación.

El avance por los conductos subterráneos de la canalización es cosa peligrosa, y el enemigo, en la mayoría de los casos, tiene aquí una posición más ventajosa. Es mejor destruirlos.

Si los insurrectos disponen de cierto número de fusiles y de hombres que sepan disparar bien, hay que situarlos en las ventanas que dan frente al edificio que se quiere ocupar, dar la consigna de hacer solo disparos bien calculados y disparar únicamente contra los oficiales, de ningún modo contra los simples soldados; de lo contrario, no será más que un despilfarro completamente improductivo de pólvora.

El momento más conveniente para la insurrección es hacia las dos de la madrugada, o el día de una fiesta nacional en el país.

En el primer caso, solo se tendrá que habérselas con la policía y los centinelas, si se trata de una guerra civil, o, a lo sumo, con la patrulla, si es una guerra contra un Estado extranjero. Tanto más cuanto que todos los habitantes duermen a esa hora el sueño más profundo y no pueden ser un estorbo.

El golpe de Estado del 2 de diciembre fue realizado por Napoleón III a las 4 de la madrugada, lo que en horario de verano correspondería a las dos de la madrugada.

La matanza de San Bartolomé ocurrió a medianoche.

Rostopchín incendió Moscú por la noche.

### Capítulo VII. Última fase.

El choque directo. — El incendio como medio de distracción. — La muerte como medio supremo.

Existe todavía otro modo de lucha, ya anticuado, que a veces resulta exitoso: es el combate cara a cara con el enemigo. A tal combate debe preceder una concentración de la multitud en un lugar determinado.

Las mujeres y los niños van delante y, al encontrarse con las tropas, se arrojan a los pies de los soldados, los abrazan, se hermanan con ellos, mientras los hombres disparan contra los oficiales, en el momento en que los soldados bajan las armas.

Yo lo he experimentado siendo oficial, y cada uno de nosotros considera un momento crítico semejante mil veces más peligroso que cualquier batalla. Sabemos perfectamente que, en cuanto se produce tal contacto, todo está perdido. Por eso se da a los oficiales la orden de evitarlo a toda costa. He aquí lo que explica las descargas cerradas en el bulevar de los Capuchinos el 24 de febrero de 1848. La única dificultad estriba en lograr ese contacto en contra de los oficiales.

A semejantes medios, así como a los incendios lejos del teatro de operaciones, solo se puede recurrir como estratagema militar que otorgue a los destacamentos que operan en la calle y en las casas una mayor libertad de acción. Si la cosa se decide mediante tal contacto, tanto mejor; si fracasa, al menos facilitará la iniciativa de los otros destacamentos.

En una lucha tan desesperada, en la que desde el comienzo hay que mirar con sangre fría a la muerte como desenlace probable, no hay que temblar ante ella, y en todas partes donde la posición se pierda, es mejor volarlo todo que tratar de esquivar la muerte con diversas argucias. Tales argucias no harían más que provocar el entusiasmo en las filas del odioso vencedor y ejercer un efecto deprimente sobre el estado moral de los insurrectos. No por ello se evitará la muerte; esta llegará de todos modos, pero será una muerte vergonzosa, acompañada de las burlas y mofas de los escoltas y los verdugos.

Por el contrario, los sacrificios heroicos siembran el terror en las filas enemigas, las desalientan y exaltan el espíritu de los combatientes, acercándolos a la victoria.

En realidad, ¿qué es lo que quieren los insurrectos? ¿La gloria para sí mismos? En tal caso, mejor harían en quedarse en casa. No; solo la idea, la gran idea de la liberación de los opresores, inspira a los hombres para tales sacrificios sobrehumanos. Que mueran, pues, tranquilamente, con el sentimiento satisfecho del deber cumplido de venganza sobre los enemigos y del logro del éxito deseado. Su muerte es la victoria segura de sus partidarios, la garantía de un castigo despiadado sobre los opresores, la certeza de un luminoso porvenir para sus descendientes.

¿Qué puede haber de más noble, de más supremo consuelo para ellos?