El desarrollo del movimiento obrero de masas en Rusia, en relación con el desarrollo de la socialdemocracia, se caracteriza por tres transiciones notables. La primera transición: de los estrechos círculos de propaganda a la amplia agitación económica entre las masas; la segunda: a la agitación política en gran escala y a las manifestaciones abiertas y callejeras; la tercera: a la auténtica guerra civil, a la lucha revolucionaria directa, a la insurrección popular armada. Cada una de estas transiciones fue preparada, por un lado, por el trabajo del pensamiento socialista en una dirección predominantemente, y por otro lado, por cambios profundos en las condiciones de vida y en toda la constitución psíquica de la clase obrera, por el despertar de nuevas y nuevas capas de esta a una lucha más consciente y activa. Estos cambios se producían a veces de modo silencioso, la acumulación de fuerzas por el proletariado se realizaba entre bastidores, de manera imperceptible, provocando a menudo la decepción de los intelectuales respecto a la solidez y vitalidad del movimiento de masas. Luego sobrevenía el viraje, y todo el movimiento revolucionario parecía elevarse de golpe a una nueva etapa, superior. Ante el proletariado y su destacamento de vanguardia, la socialdemocracia, se erguían prácticamente nuevas tareas; para la resolución de estas tareas surgían como de la tierra nuevas fuerzas, que nadie sospechaba aún en vísperas del viraje. Pero todo esto no ocurría de golpe, ni sin vacilaciones, ni sin lucha de tendencias en la socialdemocracia, ni sin retornos a concepciones anticuadas, que parecían ya hace tiempo caducas y enterradas.

Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «Nuevas tareas y nuevas fuerzas». – 1905. (Reducido)

Uno de estos períodos de vacilaciones lo atraviesa también ahora la socialdemocracia en Rusia. Hubo un tiempo en que el tránsito a la agitación política se abría paso a través de teorías oportunistas, en que se temía que no hubiera fuerzas suficientes para las nuevas tareas, en que el retraso de la socialdemocracia respecto a las demandas del proletariado se justificaba con la repetición desmesuradamente frecuente de la palabra «de clase» o con la interpretación seguidista de la relación del partido con la clase. La marcha del movimiento barrió todos estos temores miopes y concepciones atrasadas. Ahora, el nuevo auge va acompañado de nuevo, aunque en una forma algo distinta, por la lucha contra los círculos y tendencias caducos. Los partidarios de *Rabócheie Dielo* han resucitado en la persona de los neoiskristas. Para adaptar nuestra táctica y organización a las nuevas tareas, es preciso superar la resistencia de las teorías oportunistas acerca del «tipo superior de manifestaciones» (el plan de la campaña de los zemstvos) o acerca de la «organización-proceso»; es preciso luchar contra el temor reaccionario a la «designación» de la insurrección o a la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado. El retraso de la socialdemocracia respecto a las demandas perentorias del proletariado se justifica de nuevo con la repetición desmesuradamente frecuente (y muy a menudo torpe) de la palabra «de clase» y con la minimización de las tareas del partido en relación con la clase. De la consigna de la «autonomía obrera» se abusa de nuevo, postrándose ante las formas inferiores de autonomía e ignorando las formas superiores de la autonomía auténticamente socialdemócrata, de la iniciativa auténticamente revolucionaria del propio proletariado.

No está sujeto a la menor duda que la marcha del movimiento barrerá también esta vez todas estas supervivencias de concepciones anticuadas y carentes de vida. Sin embargo, tal barrido debe consistar, no sólo ni mucho menos en la refutación de viejos errores, sino aún, de modo incomparablemente mayor, en un trabajo revolucionario positivo para la realización práctica de nuevas tareas, para la atracción a nuestro partido y la utilización por él de las nuevas fuerzas que en tan gigantesca masa se lanzan ahora a la palestra revolucionaria. Precisamente estas cuestiones del trabajo revolucionario positivo deben constituir el principal objeto de ocupación del próximo tercer congreso; precisamente en ellas deben concentrar ahora todos sus pensamientos todos los miembros de nuestro partido, en su trabajo local y general. Cuáles son las nuevas tareas que se alzan ante nosotros, ya lo hemos dicho repetidas veces en líneas generales: ampliación de la agitación hacia nuevas capas de la población pobre urbana y rural, creación de una organización más amplia, móvil y sólida, preparación de la insurrección y armamento del pueblo, acuerdo para estos fines con la democracia revolucionaria. Cuáles son las nuevas fuerzas para la realización de estas tareas: de ello hablan elocuentemente las noticias sobre las huelgas generales en toda Rusia, sobre los paros y el estado de ánimo revolucionario de la juventud, de la intelectualidad democrática en general e incluso de muchos círculos de la burguesía. La existencia de estas enormes fuerzas frescas, la plena seguridad de que incluso la efervescencia revolucionaria actual, nunca vista en Rusia, ha abarcado sólo una pequeña parte de toda la gigantesca reserva de material combustible en la clase obrera y en el campesinado: todo esto garantiza plena e incondicionalmente que las nuevas tareas pueden ser resueltas y serán inevitablemente resueltas. La cuestión práctica que se alza ante nosotros consiste ante todo en cómo utilizar, dirigir, unir, organizar precisamente estas nuevas fuerzas, cómo concentrar precisamente el trabajo socialdemócrata principalmente en las nuevas tareas superiores, planteadas por el momento, sin olvidar en absoluto las viejas y habituales tareas que se alzan y se alzarán ante nosotros mientras se mantenga el mundo de la explotación capitalista.

Para esbozar algunos modos de resolver esta cuestión práctica, comencemos por un ejemplo particular, pero muy característico, a nuestro juicio. Hace poco, justo en vísperas del comienzo de la revolución, el periódico liberal-burgués «Osvobozhdenie» (núm. 63) abordó la cuestión del trabajo organizativo de la socialdemocracia. Siguiendo atentamente la lucha de las dos tendencias en la socialdemocracia, «Osvobozhdenie» no dejó de aprovechar una y otra vez el giro de la nueva «Iskra» hacia el «economismo» y de subrayar (a propósito del folleto demagógico «El Obrero») su profunda simpatía de principio por el «economismo». El órgano liberal señaló correctamente que de ese folleto (véase sobre él «Vperiod», núm. 2)[76] se deducía la inevitable negación o aminoración del papel de la socialdemocracia revolucionaria. Y a propósito de las afirmaciones completamente incorrectas de «El Obrero» sobre la ignorancia de la lucha económica tras la victoria de los marxistas ortodoxos, «Osvobozhdenie» dice:

«La ilusión de la socialdemocracia rusa contemporánea consiste en que teme el trabajo cultural, teme las vías legales, teme el “economismo”, teme las llamadas formas no políticas del movimiento obrero, sin comprender que solo el trabajo cultural, las vías legales y las formas no políticas pueden crear una base suficientemente sólida y suficientemente amplia para un movimiento de la clase obrera que merezca el nombre de revolucionario». Y «Osvobozhdenie» aconseja a los miembros de la Unión de la Liberación «tomar la iniciativa en la creación del movimiento obrero profesional» no contra la socialdemocracia, sino junto con ella, trazando un paralelo con las condiciones del movimiento obrero alemán en la época de la ley de excepción contra los socialistas.

Aquí no es lugar para hablar de este paralelo, que es profundamente erróneo. Es necesario ante todo restablecer la verdad sobre la actitud de la socialdemocracia hacia las formas legales del movimiento obrero. «La legalización de los sindicatos obreros no socialistas y no políticos en Rusia ya ha comenzado», se decía en 1902 en *¿Qué hacer?*[77]. «De ahora en adelante no podemos dejar de contar con esta corriente». ¿Cómo contar? se plantea allí la cuestión y se señala la necesidad de desenmascarar no solo las doctrinas de Zubátov, sino también todos los discursos armonicistas, liberales, sobre el tema de la «cooperación de clases» («Osvobozhdenie», al invitar a la socialdemocracia a cooperar, reconoce plenamente la primera tarea y silencia la segunda). «Hacer esto», se dice más adelante, «no significa en absoluto olvidar que, en última instancia, la legalización del movimiento obrero reportará beneficio precisamente a nosotros, y no a los Zubátov». Nosotros separamos la cizaña del trigo, desenmascarando la zubátovshchina y el liberalismo en las reuniones legales. «El trigo es la atracción de la atención de capas aún más amplias y de las más atrasadas de los obreros hacia las cuestiones sociales y políticas; es la liberación de nosotros, los revolucionarios, de funciones que son por esencia legales (difusión de libros legales, ayuda mutua, etc.) y cuyo desarrollo inevitablemente nos irá dando cada vez más material para la agitación».

De aquí se ve claramente que, en la cuestión del «miedo» a las formas legales de movimiento, quien ha sido víctima total de la «ilusión» es *Osvobozhdenie*. Los socialdemócratas revolucionarios no solo no temen estas formas, sino que señalan directamente la existencia en ellas tanto de cizaña como de trigo. Con sus razonamientos, *Osvobozhdenie* lo único que hace es encubrir, por consiguiente, el temor real (y fundado) de los liberales ante la denuncia, por parte de la socialdemocracia revolucionaria, de la esencia de clase del liberalismo.

Pero lo que nos interesa en especial desde el punto de vista de las tareas actuales es la cuestión de la liberación de los revolucionarios de una parte de sus funciones. Justamente el momento que vivimos de inicio de la revolución confiere a esta cuestión una actualidad particularmente candente y un significado particularmente amplio. «Cuanto más enérgicamente llevemos la lucha revolucionaria, tanto más se verá obligado el gobierno a legalizar una parte del trabajo profesional, quitándonos con ello una parte de nuestra carga», se decía en *¿Qué hacer?*[78]. Pero la enérgica lucha revolucionaria nos libra de «una parte de nuestra carga» no solo por este camino, sino también por muchos otros. El momento actual no solo ha «legalizado» mucho de lo que antes estaba prohibido. Ha ampliado hasta tal punto el movimiento que, al margen de la legalización gubernamental, ha entrado en la práctica, se ha hecho habitual, accesible a la masa, mucho de lo que antes se consideraba accesible y lo era solo para el revolucionario. Todo el curso histórico del desarrollo del movimiento socialdemócrata se caracteriza por el hecho de que este conquista para sí, a pesar de todos los obstáculos, una libertad de acción cada vez más significativa, a contrapelo de las leyes del zarismo y de las medidas policiales. El proletariado revolucionario se rodea, por así decirlo, de una cierta atmósfera de simpatía y apoyo, inaccesible para el gobierno, tanto en la clase obrera como en otras clases (que comparten, naturalmente, solo una pequeña parte de las reivindicaciones de la democracia obrera). Al comienzo del movimiento, el socialdemócrata tenía que realizar una masa de trabajo casi de índole cultural, ocupar sus fuerzas casi exclusivamente en la agitación económica. Y he aquí que una tras otra de tales funciones van pasando cada vez más a manos de nuevas fuerzas, de sectores más amplios atraídos al movimiento. En manos de las organizaciones revolucionarias se fue concentrando cada vez más la función de auténtica dirección política, la función de señalar las conclusiones socialdemócratas de las manifestaciones de protesta obrera y del descontento popular. Al principio teníamos que enseñar a los obreros a leer y escribir, tanto en sentido literal como figurado. Ahora, el nivel de alfabetización política se ha elevado tan gigantescamente que se puede y se debe concentrar todas las fuerzas en los objetivos socialdemócratas más directos de dirección organizada de la corriente revolucionaria. Ahora, los liberales y la prensa legal realizan una masa de ese trabajo «preparatorio» que hasta ahora ocupaba demasiado nuestras fuerzas. Ahora, la propaganda abierta, no perseguida por un gobierno debilitado, de las ideas y reivindicaciones democráticas se ha extendido tan ampliamente que debemos adaptarnos a una envergadura del movimiento completamente nueva. Por supuesto, en este trabajo preparatorio hay tanto cizaña como trigo; por supuesto, los socialdemócratas tendrán ahora que dedicar cada vez más atención a la lucha contra la influencia de la democracia burguesa sobre los obreros. Pero precisamente ese trabajo contendrá un contenido mucho más realmente socialdemócrata que nuestra actividad anterior, dirigida principalmente a despertar a las masas políticamente inconscientes.

Cuanto más se amplía el movimiento popular, tanto más se revela la verdadera naturaleza de las diversas clases, tanto más perentoria se vuelve la tarea del partido de dirigir a la clase, de ser su organizador, y no de ir a remolque de los acontecimientos. Cuanto más se desarrolla por doquier toda suerte de actividad independiente revolucionaria, tanto más evidente resulta la vacuidad y la inconsistencia de las frases del *Rabócheie Delo* sobre la actividad independiente en general, tan gustosamente repetidas por todo vocinglero[79], tanto más destaca la importancia de la actividad independiente socialdemócrata, tanto más elevadas son las exigencias que los acontecimientos plantean a nuestra iniciativa revolucionaria. Cuanto más amplios son los nuevos torrentes del movimiento social, tanto más importante es una sólida organización socialdemócrata, capaz de crear nuevos cauces para esos torrentes. Cuanto más trabaja en favor nuestro la propaganda y agitación democrática que avanza independientemente de nosotros, tanto más importante es la dirección organizada de la socialdemocracia para salvaguardar la independencia de la clase obrera respecto a la democracia burguesa.

La época revolucionaria es para la socialdemocracia lo que el tiempo de guerra para el ejército. Hay que ampliar los cuadros de nuestro ejército, pasarlos de los contingentes de paz a los de guerra, movilizar a los reservistas y a los de la reserva, llamar bajo las banderas a los que han recibido licencia, organizar nuevos cuerpos auxiliares, destacamentos y servicios. No hay que olvidar que en la guerra es inevitable y necesario completar las filas con reclutas menos preparados, sustituir con frecuencia a los oficiales por simples soldados, acelerar y simplificar el ascenso de soldados a oficiales.

Hablando sin metáforas: hay que ampliar enérgicamente la composición de todas las organizaciones del partido y de las afines al partido para poder marchar, al menos en cierta medida, al paso de la corriente, centuplicada, de energía revolucionaria popular. Esto no significa, desde luego, que deba dejarse en la sombra la preparación firme y la enseñanza sistemática de las verdades del marxismo. No, pero hay que recordar que ahora tienen mucha mayor importancia en la labor de preparación y enseñanza las propias acciones bélicas, que enseñan a los no preparados precisamente en nuestro sentido y totalmente en nuestro sentido. Hay que recordar que nuestra fidelidad «doctrinaria» al marxismo se ve ahora reforzada por el hecho de que el curso de los acontecimientos revolucionarios da por doquier lecciones objetivas a la masa, y todas estas lecciones confirman precisamente nuestro dogma. No hablamos, por tanto, de renunciar al dogma, ni de debilitar nuestra actitud desconfiada y recelosa hacia los intelectuales difusos y las flores de invernadero revolucionarias; todo lo contrario. Hablamos de nuevos métodos de enseñanza del dogma, que un socialdemócrata no tendría derecho a olvidar. Hablamos de lo importante que es ahora aprovechar las lecciones palpables de los grandes acontecimientos revolucionarios para impartir no ya a los círculos, sino a las masas nuestras viejas lecciones «dogmáticas» acerca, por ejemplo, de que es necesaria la fusión en la práctica del terror con la insurrección de masas, de que tras el liberalismo de la culta sociedad rusa hay que saber ver los intereses de clase de nuestra burguesía (cf. la polémica sobre esta cuestión con los socialrevolucionarios en el núm. 3 de *Vperiod*[80]).

Así que no se trata de debilitar nuestra exigencia socialdemócrata, nuestra intransigencia ortodoxa, sino de fortalecer ambas por caminos nuevos, con nuevos métodos de enseñanza. En tiempo de guerra, a los reclutas hay que instruirlos directamente en las acciones militares. ¡Emprended con más audacia los nuevos procedimientos de enseñanza, camaradas! ¡Con más audacia formad nuevas y nuevas brigadas, enviadlas al combate, reclutad más jóvenes obreros, extended los marcos habituales de todas las organizaciones del partido, desde los comités hasta los grupos fabriles, los sindicatos de oficio, los círculos estudiantiles! Recordad que cualquier tardanza nuestra en esta labor beneficiará a los enemigos de la socialdemocracia, pues los nuevos torrentes buscan salida inmediatamente y, al no encontrar el cauce socialdemócrata, se precipitarán hacia lo no socialdemócrata. Recordad que cada paso práctico del movimiento revolucionario enseñará inevitable e ineludiblemente a los jóvenes reclutas precisamente la ciencia socialdemócrata, pues esta ciencia se basa en un balance objetivamente correcto de las fuerzas y tendencias de las distintas clases, y la revolución no es otra cosa que la demolición de las viejas superestructuras y la intervención independiente de las distintas clases que pugnan por crear a su modo una nueva superestructura. Sólo no rebajéis nuestra ciencia revolucionaria a mero dogma libresco, no la vulgaricéis con frases despreciables sobre la táctica-proceso, la organización-proceso, frases que justifican la dispersión, la falta de decisión y de iniciativa. Dad mayor espacio a las más diversas empresas de los más distintos grupos y círculos, recordando que la fidelidad a su camino, además de nuestros consejos e independientemente de ellos, está asegurada por las exigencias ineludibles de la propia marcha de los acontecimientos revolucionarios. Hace ya mucho que se ha dicho que en política a menudo es necesario aprender del enemigo. Y en los momentos revolucionarios, el enemigo siempre nos impone las conclusiones correctas de manera particularmente instructiva y rápida.

Así pues, resumamos: es preciso tener en cuenta el movimiento centuplicado, el nuevo ritmo de trabajo, la atmósfera más libre, el campo de actividad más amplio. Se necesita una envergadura completamente distinta de toda la labor. Es necesario trasladar el centro de gravedad de los métodos de enseñanza de las lecciones pedagógicas pacíficas a las acciones militares. Es necesario reclutar con más audacia, amplitud y rapidez a los jóvenes combatientes para las filas de todas y cada una de nuestras organizaciones. Para ello, sin demorarse ni un minuto, hay que crear cientos de organizaciones nuevas. Sí, cientos, no es una hipérbole, y no me objetéis que ahora es «tarde» para emprender un trabajo organizativo tan amplio. No, para organizarse nunca es tarde. Y la libertad que adquirimos legalmente y la que conquistamos a contrapelo de la ley debemos aprovecharlas para multiplicar y fortalecer todas y cada una de las organizaciones del partido. Sea cual fuere la marcha y el desenlace de la revolución, por pronto que la detengan unas u otras circunstancias, todas sus conquistas reales serán sólidas y seguras sólo en la medida de la organización del proletariado.

La consigna: ¡organizaos!, que los partidarios de la mayoría querían dar de forma articulada en el segundo congreso del partido, debe ser realizada ahora inmediatamente. Si no somos capaces de crear audaz y emprendedoramente nuevas organizaciones, deberemos entonces renunciar a las vanas pretensiones de desempeñar el papel de vanguardia. Si nos detenemos impotentes en los límites, formas y marcos ya alcanzados de los comités, grupos, asambleas, círculos, demostraremos con ello nuestra impericia. Miles de círculos surgen ahora por doquier, al margen de nosotros, sin programa ni objetivo definidos, simplemente por influjo de los acontecimientos. Es preciso que los socialdemócratas se planteen como tarea crear y fortalecer relaciones directas con el mayor número posible de tales círculos, prestarles ayuda, ilustrarlos con el caudal de sus conocimientos y experiencia, vivificarlos con su iniciativa revolucionaria. Que todos esos círculos, salvo los conscientemente no socialdemócratas, ingresen directamente en el partido o se adhieran a él. En este último caso no se puede exigir ni la aceptación de nuestro programa ni relaciones organizativas obligatorias con nosotros: basta un sentimiento de protesta, una simpatía por la causa de la socialdemocracia revolucionaria internacional para que, mediante la intervención enérgica de los socialdemócratas ante ellos y bajo la presión de la marcha de los acontecimientos, estos círculos adheridos se conviertan primero en auxiliares democráticos del partido obrero socialdemócrata y luego en miembros convencidos del mismo.

La gente abunda y no hay gente: en esta fórmula contradictoria se resumían ya desde hace tiempo las contradicciones de la vida organizativa y de las demandas organizativas de la socialdemocracia. Y esta contradicción se manifiesta ahora con especial fuerza: con igual frecuencia se oyen por doquier encendidos llamamientos de fuerzas nuevas, quejas por la falta de gente en las organizaciones y, junto con ello, en todas partes y a cada paso, una oferta gigantesca de servicios, un crecimiento de las fuerzas jóvenes, sobre todo entre la clase obrera. El organizador práctico que en estas condiciones se queja de falta de gente incurre en la misma ilusión que, en la época de desarrollo culminante de la gran revolución francesa, sufría la señora Roland, quien escribía en 1793: en Francia no hay hombres, todo son pigmeos alrededor. Quien así habla, no ve el bosque tras los árboles, confiesa que los acontecimientos lo han cegado, que no es él, el revolucionario, quien los domina en su conciencia y en su actividad, sino que ellos lo dominan a él, lo han aplastado. Para semejante organizador es mejor retirarse a descansar, ceder el puesto a las fuerzas jóvenes, cuya energía compensará con creces la rutina habitual y aprendida.

Hombres hay, nunca hubo en la Rusia revolucionaria una masa tal de ellos como ahora. Nunca tuvo una clase revolucionaria condiciones tan endiabladamente favorables —en cuanto a aliados temporales, amigos conscientes, auxiliares involuntarios— como las que tiene hoy el proletariado ruso. Sobra gente, sólo es preciso echar por la borda los pensamientos y enseñanzas seguidistas, sólo es necesario dar espacio a la iniciativa y al espíritu emprendedor, a los «planes» y «empresas», y entonces resultaremos dignos representantes de la gran clase revolucionaria, entonces el proletariado de Rusia llevará a cabo toda la gran revolución rusa con el mismo heroísmo con que la ha iniciado.

«Vperiod» nº 9, 8 de marzo (23 de febrero) de 1905.  
Se imprime según el manuscrito.