«Rusia Revolucionaria» dice (núm. 58): «Que al fin, aunque sea ahora, el espíritu de la unidad combativa penetre en las filas de las fracciones revolucionario-socialistas, corroídas por la enemistad fratricida, y resucite la conciencia, criminalmente minada, de la solidaridad socialista… ¡Conservemos, pues, todas las fuerzas revolucionarias posibles, multiplicando su acción mediante un empuje concertado!».

Más de una vez hemos tenido que protestar contra el imperio de la frase entre los socialistas-revolucionarios, y debemos protestar contra él también ahora. ¿A qué vienen esas terribles palabras, señores, sobre la «enemistad fratricida», etc.? ¿Son acaso dignas de revolucionarios? Justamente ahora, cuando se libra una lucha verdadera, cuando se vierte sangre —sobre la cual «Rusia Revolucionaria» habla asimismo con una elocuencia desmedidamente bella—, precisamente ahora, esas deformes exageraciones sobre la «enemistad fratricida» suenan con particular falsedad. ¿Decís conservar fuerzas? Pero las fuerzas se conservan mediante una organización única, unida y de principios concordantes, y no mediante el pegamento de elementos heterogéneos. Las fuerzas no se conservan, sino que se dilapidan en intentos estériles de semejante pegamento. Para llevar a la práctica —y no de palabra— la «unidad combativa», es preciso saber de manera clara, precisa y, además, por experiencia, en qué y hasta qué punto exactamente podemos estar unidos. Sin esto, las conversaciones sobre la unidad combativa no son más que palabras, palabras y palabras; y ese conocimiento lo proporciona, entre otras cosas, justamente la polémica, la lucha y la enemistad de las que vosotros habláis en términos tan «horribles». ¿Acaso habría sido mejor que hubiésemos callado acerca de las divergencias que separan franjas gigantescas enteras del pensamiento social ruso y del pensamiento socialista ruso? ¿Acaso es solo el «culto de las discordias» lo que ha provocado la encarnizada lucha entre el populismo —esa ideología confusa, henchida de ensoñaciones socialistas, de la burguesía democrática— y el marxismo, ideología del proletariado? Basta, señores; no hacéis más que poneros en ridículo cuando llegáis a decir eso, cuando seguís considerando una «ofensa» la concepción marxista de la esencia democrático-burguesa del populismo y de vuestro «socialrevolucionismo». De manera inevitable seguiremos discutiendo, divergiendo y estando enemistados también en los futuros comités revolucionarios de Rusia; pero hay que aprender de la historia. Hay que pensar en que esas discusiones no sean inesperadas, incomprensibles para nadie, confusas en el momento de la acción; hay que prepararse para discutir con apego a principios, para conocer los puntos de partida de cada corriente, para señalar de antemano la unión posible y la enemistad inevitable. La historia de las épocas revolucionarias ofrece muchísimos ejemplos del daño gigantesco que causan las experiencias precipitadas e inmaduras de «unidad combativa», que, para mutuas fricciones y amargas desilusiones, pegan elementos de lo más heterogéneos en los comités del pueblo revolucionario.

Queremos aprovechar la lección de esa historia. Vemos en el marxismo, que os parece un dogma estrecho, precisamente la quintaesencia de esta lección histórica y de esta guía. Vemos en el partido independiente e intransigentemente marxista del proletariado revolucionario la única garantía de la victoria del socialismo y la vía hacia la victoria más libre de vacilaciones. Por eso, nunca, sin excluir los momentos más revolucionarios, renunciaremos a la plena independencia del partido socialdemócrata ni a la intransigencia absoluta de nuestra ideología.

¿Os parece que esto excluye la unidad combativa? Os equivocáis. Podéis ver por la resolución de nuestro II Congreso que nosotros no renunciamos a los acuerdos para la lucha ni en la lucha. Hemos subrayado en el núm. 4 de *Vperiod* que el comienzo de la revolución en Rusia aproxima indudablemente el momento de la realización práctica de esos acuerdos[70]. La lucha conjunta de la socialdemocracia revolucionaria y de los elementos revolucionarios de la democracia es inevitable y necesaria en la época de la caída de la autocracia. Pensamos que serviremos mejor a la causa de los futuros acuerdos de combate si, en vez de frases amargas y recriminatorias, sopesamos con sobriedad y sangre fría las condiciones de su posibilidad y los probables límites de su —si puede decirse así— «competencia». Hemos iniciado este trabajo en el núm. 3 de *Vperiod*, al emprender el estudio del progreso del «partido socialrevolucionario» desde el populismo hacia el marxismo[71].

«La masa misma ha empuñado las armas» —escribe «Rusia Revolucionaria» a propósito del 9 de enero—. «Es indudable que, tarde o temprano, se resolverá la cuestión del armamento de la masa». «Y entonces será cuando se manifieste y se realice del modo más brillante esa fusión del terrorismo y el movimiento de masas a la que nosotros, conforme a todo el espíritu de nuestra táctica de partido, aspiramos de palabra y obra». (Observemos entre paréntesis que a esta última palabra le pondríamos de buen grado un signo de interrogación, y prosigamos la cita.) «No hace aún mucho tiempo que, ante nuestros ojos, estos dos factores del movimiento estaban desunidos y, por esta desunión, privados de la fuerza debida».

¡Eso sí que es verdad! Exactamente. El terror intelectualista y el movimiento obrero de masas estaban desunidos y, por esa desunión, privados de la fuerza debida. Justamente eso es lo que siempre ha dicho la socialdemocracia revolucionaria. Justamente por eso ha luchado siempre no solo contra el terror, sino también contra esas vacilaciones hacia el terror que manifestaron más de una vez los representantes del ala intelectualista de nuestro partido[72]. Justamente por eso discutía contra el terror también la vieja *Iskra*, cuando escribía en su núm. 48: «la lucha terrorista al viejo estilo era el tipo más arriesgado de lucha revolucionaria, y las personas que la emprendían tenían reputación de luchadores decididos y abnegados… Ahora, en cambio, cuando las manifestaciones se transforman en abierta resistencia al poder…, nuestro viejo terrorismo deja de ser un método de lucha excepcionalmente audaz… Ahora el heroísmo ha salido a la plaza; los verdaderos héroes de nuestro tiempo son ahora aquellos revolucionarios que marchan al frente de la masa popular que se alza contra sus opresores… El terrorismo de la gran revolución francesa… comenzó el 14 de julio de 1789 con la toma de la Bastilla. Su fuerza era la fuerza del movimiento revolucionario del pueblo… Este terrorismo no fue provocado por la decepción respecto a la fuerza del movimiento de masas, sino, al contrario, por una fe inconmovible en su fuerza… La historia de este terrorismo es sumamente instructiva para el revolucionario ruso»[73].

¡Sí, y mil veces sí! La historia de este terrorismo es sumamente instructiva. Instructivas son también las citas aducidas de *Iskra*, correspondientes a la época de hace año y medio. Estas citas nos muestran, en toda su magnitud, los pensamientos a los que, bajo la influencia de las lecciones revolucionarias, quisieran llegar también los socialistas-revolucionarios. Estas citas nos recuerdan la importancia de la fe en el movimiento de masas; nos recuerdan la firmeza revolucionaria que solo da la consecuencia en los principios, y que es la única que puede librarnos de las «decepciones» provocadas por la prolongada y aparente detención de ese movimiento. Ahora, después del 9 de enero, a primera vista no puede haber ya discursos sobre «decepción» alguna con respecto al movimiento de masas. Pero esto es solo a primera vista. Hay que distinguir el «encanto» momentáneo por una brillante manifestación del heroísmo de la masa, de las convicciones sólidas y meditadas que, en virtud del principio de la lucha de clases colocado a la cabeza, vinculan indisolublemente toda la actividad del partido con el movimiento de la masa. Hay que recordar que, por muy alto que sea el actual grado del movimiento revolucionario alcanzado después del 9 de enero, este movimiento, en todo caso, pasará aún por no pocas etapas hasta el momento en que nuestros partidos socialista y democrático renazcan sobre una nueva base en la Rusia libre. Y nosotros debemos llevar a través de todas estas etapas, a través de todas las peripecias de la lucha, la vinculación inconmovible de la socialdemocracia con la lucha de clase del proletariado, y preocuparnos sin cesar de fortalecer y afianzar ese vínculo.

Por eso nos parece una evidente exageración la siguiente afirmación de «Rusia Revolucionaria»: «Los pioneros de la lucha armada se han hundido en las filas de la masa excitada…». Esto es, más bien, un futuro deseable que un presente ya realizado. El asesinato de Serguéi en Moscú el 17 (4) de febrero, del que justamente hoy ha informado el telégrafo, constituye, evidentemente, un acto de terrorismo al viejo estilo{100}. Los pioneros de la lucha armada no se han hundido aún en las filas de la masa excitada. Los pioneros con bombas acechaban, por lo visto, a Serguéi en Moscú, en tanto que la masa (en Petersburgo), sin pioneros, sin armas, sin oficiales revolucionarios y sin estado mayor revolucionario, «se lanzaba con furor colérico contra la erizada barrera de bayonetas», como se expresa la misma «Rusia Revolucionaria». La desunión, de la que se ha hablado más arriba, subsiste aún, y el terror aislado e intelectualista resulta tanto más chocante por su insatisfactoriedad cuanto más claro ha quedado ahora para todos que «la masa se ha elevado hasta la altura de los héroes individuales, en ella se ha despertado un heroísmo de masas» («Rusia Revolucionaria», núm. 58). Los pioneros deben hundirse de hecho en la masa, es decir, aplicar su abnegada energía en una ligazón indisoluble y fáctica con la masa insurrecta, marchar junto con la masa no en sentido figurado, no en sentido simbólico, sino literal. Que esto es necesario, difícilmente puede ahora suscitar duda alguna. Que esto es posible, lo demuestran el nueve de enero y la sorda y profunda efervescencia de las masas obreras, que prosigue sin cesar. Que se trata de una tarea nueva y superior, más difícil en comparación con las anteriores, no puede ni debe detenernos de emprender de inmediato, de manera práctica, su solución.

La unidad combativa del partido socialdemócrata con el partido revolucionario-democrático, con el partido socialrevolucionario, podría resultar uno de los medios que facilitaran esa solución. Tal unidad será tanto más factible cuanto más pronto se «hundan» los pioneros de la lucha armada en las filas de la masa insurrecta, cuanto más resueltamente marchen los socialrevolucionarios por el camino que ellos mismos trazan con las siguientes palabras: «¡que crezca y se fortalezca esta fusión incipiente del terrorismo revolucionario y del movimiento de masas, que la masa pueda actuar cuanto antes pertrechada con todos los medios terroristas de lucha!». Con vistas a la pronta realización de los intentos de esa unidad combativa, publicamos con gusto la siguiente carta de Gueorgui Gapón que hemos recibido:

«Carta abierta a los partidos socialistas de Rusia.

Los sangrientos días de enero en Petersburgo y en el resto de Rusia han puesto cara a cara a la clase obrera oprimida y al régimen autocrático encabezado por el zar sanguinario. La gran revolución rusa ha comenzado. Todos aquellos a quienes realmente es cara la libertad del pueblo, tienen que vencer o morir. Consciente de la importancia del momento histórico que vivimos, dadas las actuales circunstancias, siendo, ante todo, un revolucionario y un hombre de acción, llamo a todos los partidos socialistas de Rusia a que entren sin demora en un acuerdo entre sí y pongan manos a la obra de la insurrección armada contra el zarismo. Todas las fuerzas de cada partido deben ser movilizadas. El plan técnico de combate debe ser común para todos. Bombas y dinamita, terror individual y de masas, todo lo que pueda contribuir a la insurrección popular. El objetivo inmediato es el derrocamiento de la autocracia, un gobierno revolucionario provisional que proclame sin demora la amnistía para todos los luchadores por la libertad política y religiosa, arme sin demora al pueblo y convoque sin demora la asamblea constituyente sobre la base del sufragio universal, igual, secreto y directo. ¡Manos a la obra, camaradas! ¡Adelante, al combate! Repitamos, pues, la consigna de los obreros de Petersburgo del 9 de enero: ¡libertad o muerte! Ahora cualquier dilación y desbarajuste es un crimen ante el pueblo cuyos intereses vosotros defendéis. Habiendo entregado todas mis fuerzas al servicio del pueblo de cuyas entrañas yo mismo he salido (hijo de campesino), habiendo vinculado sin vuelta atrás mi destino a la lucha contra los opresores y explotadores de la clase obrera, yo, naturalmente, estaré con todo el corazón y con toda el alma con aquellos que se ocupen de la verdadera obra de la verdadera liberación del proletariado y de toda la masa trabajadora de la opresión capitalista y de la esclavitud política.

A propósito de esta carta, nosotros, por nuestra parte, consideramos necesario pronunciarnos con la mayor franqueza y nitidez posibles. Consideramos posible, útil y necesario el «acuerdo» que él propone. Saludamos el hecho de que G. Gapón hable precisamente de «acuerdo», pues solo el mantenimiento de la plena independencia de principios y de organización de cada partido por separado puede hacer que los intentos de su unidad combativa no carezcan de esperanza. Debemos ser muy cautelosos con estos intentos, para no echar a perder la causa con una ligazón inútil de lo heterogéneo en un todo. Nos será inevitable *getrennt marschieren* (marchar por separado), pero podremos más de una vez, y justamente ahora podemos, *vereint schlagen* (golpear juntos). Sería deseable, desde nuestro punto de vista, que este acuerdo abarcase no solo a los partidos socialistas, sino también a los revolucionarios, pues en el objetivo más inmediato de la lucha no hay nada socialista, y nosotros no debemos confundir —y jamás permitiremos que se confundan— los objetivos democráticos inmediatos con nuestros objetivos finales de la revolución socialista. Sería deseable, y desde nuestro punto de vista necesario para el acuerdo, que, en lugar del llamamiento general al «terror individual y de masas», se plantease como tarea de las acciones conjuntas, directa y nítidamente, la fusión inmediata y fáctica, en la práctica, del terrorismo con la insurrección de la masa. Es cierto que la añadidura de Gapón: «todo lo que pueda contribuir a la insurrección popular», muestra con claridad su deseo de subordinar precisamente a este objetivo también el terror individual, pero este deseo, que apunta a la misma idea que nosotros señalábamos en el núm. 58 de «Rusia Revolucionaria», debe ser expresado con mayor nitidez y plasmarse en decisiones prácticas absolutamente inequívocas. Observamos, en fin —con independencia de las condiciones de posibilidad del acuerdo propuesto—, que también nos parece un fenómeno negativo la posición extrapartidista de G. Gapón. Es evidente por sí mismo que, al haber pasado con tal rapidez de la fe en el zar y de la petición dirigida a él, a los objetivos revolucionarios, Gapón no podía elaborar de golpe una concepción revolucionaria clara del mundo. Esto es inevitable, y cuanto más rápido y amplio sea el desarrollo de la revolución, tanto más a menudo se repetirá este fenómeno. Pero la claridad y la nitidez completas en las relaciones entre partidos, corrientes y matices constituyen una condición absolutamente necesaria para cualquier acuerdo temporal entre ellos mínimamente exitoso. La claridad y la nitidez serán necesarias a cada paso práctico y condicionarán la precisión y la ausencia de vacilaciones en la presente obra práctica. El comienzo de la revolución en Rusia llevará probablemente a que aparezcan en la escena política muchas personas, y acaso también corrientes, que sostendrán la opinión de que la consigna «revolución» constituye una definición plenamente suficiente, para los «hombres de acción», de sus objetivos y de sus medios de acción. Nada puede ser más erróneo que semejante opinión. La posición extrapartidista, que parece más elevada, o más cómoda, o más «diplomática», en realidad solo es más confusa, más turbia e inevitablemente preñada de inconsecuencias y vacilaciones en la actividad práctica. En nombre de la revolución, nuestro ideal no debe consistir, en absoluto, en que todos los partidos, todas las corrientes y matices se fundan en un solo caos revolucionario. Al contrario, el crecimiento y la ampliación del movimiento revolucionario, su acercamiento a profundidades cada vez mayores de las distintas clases y capas del pueblo, provocará de manera inevitable (y es bueno que lo provoque) nuevas y nuevas corrientes y matices. Solo la completa claridad y nitidez de estos en sus relaciones mutuas y en su relación con la posición del proletariado revolucionario pueden asegurar el mayor éxito del movimiento revolucionario. Solo la completa claridad de las relaciones mutuas puede asegurar el éxito de un acuerdo para alcanzar el objetivo común inmediato.

Este objetivo inmediato está señalado, en nuestra opinión, de manera completamente justa en la carta de G. Gapón: 1) derrocamiento de la autocracia, 2) gobierno revolucionario provisional, 3) amnistía inmediata para los luchadores por la libertad política y religiosa —por supuesto, también por la libertad de huelga, etc.—, 4) armamento inmediato del pueblo y 5) convocatoria inmediata de la asamblea constituyente de toda Rusia sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto. La realización inmediata por el gobierno revolucionario de la plena igualdad de todos los ciudadanos y de la plena libertad política en las elecciones se sobreentiende, como es natural, en Gapón, pero podría ser indicada también directamente. Después, sería conveniente incluir en el programa del gobierno provisional también la creación por doquier de comités revolucionarios campesinos con el fin de apoyar la transformación democrática y realizarla en sus detalles. De la actividad revolucionaria independiente del campesinado depende muchísimo en el éxito de la revolución, y sobre una consigna semejante a la que nosotros hemos señalado podrían coincidir, probablemente, distintos partidos socialistas y democrático-revolucionarios.

Deseemos que G. Gapón, que tan profundamente ha vivido y sentido el tránsito de las concepciones del pueblo políticamente inconsciente a las concepciones revolucionarias, consiga elaborar hasta el fin la claridad de la concepción revolucionaria del mundo, necesaria para el hombre político. Deseemos que su llamamiento a un acuerdo de combate para la insurrección se vea coronado por el éxito, y que el proletariado revolucionario, marchando al lado de la democracia revolucionaria, pueda golpear a la autocracia y derrocarla más rápida, más seguramente y a costa de menores sacrificios.

Escrito el 4 (17) de febrero de 1905.

Publicado el 21 (8) de febrero de 1905 en el periódico *Vperiod*, núm. 7.

Se publica según el texto del periódico.