Desde el comienzo mismo del movimiento obrero de masas en Rusia, es decir, aproximadamente desde hace ya diez años, existen entre los socialdemócratas profundas divergencias en cuestiones de táctica. Como es sabido, precisamente divergencias de este tipo provocaron, en la segunda mitad de los años 90, la corriente del «economismo», que condujo a la escisión en un ala oportunista (la de *Rabócheie Dielo*) y otra revolucionaria (la del viejo *Iskra*) del partido. Pero el oportunismo socialdemócrata ruso se distinguía del de Europa occidental por ciertas peculiaridades singulares. Reflejaba con extraordinario relieve el punto de vista o, mejor dicho, la ausencia de todo punto de vista independiente del ala intelectual del partido, que se entusiasmaba con las fórmulas de moda del bernsteinianismo y con los resultados y formas inmediatos del movimiento puramente obrero. Este entusiasmo condujo a la deserción masiva de los marxistas legales, que emigraron al liberalismo, y a la creación, por parte de los socialdemócratas, de la célebre teoría de la «táctica-proceso», que consolidó para nuestros oportunistas el apodo de *jvostistas*. Se arrastraban impotentes a la cola de los acontecimientos, se lanzaban de un extremo a otro, rebajaban en todos los casos la envergadura de la actividad del proletariado revolucionario y la fe en sus fuerzas, encubriendo todo esto, con mayor frecuencia e insistencia, con referencias a la autoactividad del proletariado. Resulta curioso, pero es un hecho. Nadie habló tanto de la autoactividad de los obreros y nadie restringió, recortó y rebajó con su prédica esta autoactividad como los de *Rabócheie Dielo*. «Hablad menos de “elevar la actividad de la masa obrera”», decían los obreros conscientes y de vanguardia a sus celosos pero torpes consejeros. «¡Tenemos mucha más actividad de la que vosotros creéis, y sabemos apoyar con la lucha abierta y callejera incluso reivindicaciones que no prometen ningún “resultado tangible”! Y no sois vosotros quienes debéis “elevar” nuestra actividad, pues sois precisamente vosotros a quienes os falta actividad. ¡Reverenciad menos la espontaneidad y pensad más en elevar vuestra propia actividad, señores!». Así es como se veía uno obligado a caracterizar la actitud de los obreros revolucionarios hacia los intelectuales oportunistas (*¿Qué hacer?*, pág. 55)\[61\].

Los dos pasos atrás dados por la nueva *Iskra* hacia *Rabócheie Dielo* han resucitado esta actitud. De las páginas de *Iskra* ha vuelto a manar la prédica del *jvostismo*, encubierta con los mismos juramentos nauseabundos: sí, Señor, creo y confieso la autoactividad del proletariado. En nombre de la autoactividad del proletariado, Axelrod y Martýnov, Mártov y Líber (el bundista) defendían en el congreso el derecho de los profesores y alumnos de enseñanza media a inscribirse como miembros del partido sin ingresar en ninguna organización. En nombre de la autoactividad del proletariado, se elaboró la teoría de la «organización-proceso», que justificaba la desorganización y glorificaba el anarquismo intelectual. En nombre de la autoactividad del proletariado, se inventó la no menos célebre teoría del «tipo superior de manifestaciones», en forma de un acuerdo entre una delegación obrera, pasada por el tamiz de una triple elección, y los *zemtsi* para manifestarse pacíficamente sin provocar temor pánico. En nombre de la autoactividad del proletariado, se tergiversaba y vulgarizaba, se rebajaba y enredaba la idea de la insurrección armada.

Sobre esta última cuestión, en vista de su enorme importancia práctica, queremos detener la atención del lector. El desarrollo del movimiento obrero se ha burlado cruelmente de los sabios de la nueva *Iskra*. Aún no había llegado a difundirse por Rusia su primera carta, en la que, en nombre del «proceso de desarrollo planificado de la autoconciencia de clase y de la autoactividad del proletariado», se recomendaba como tipo superior de manifestaciones «la entrega de una declaración de los obreros a los diputados, por correo a domicilio, y su difusión en un número considerable de ejemplares en la sala de la asamblea del *zemstvo*»; aún no había llegado a Rusia su segunda carta, en la que se hacía un descubrimiento verdaderamente pasmoso, a saber, que en el actual «momento histórico la escena política está ocupada (!) por el pleito entre la burguesía organizada y la burocracia» y que «el sentido objetivo de todo (¡escuchad, escuchad!) movimiento revolucionario en las capas bajas es uno solo (!) y se reduce a apoyar las consignas de una de las dos (¡!) fuerzas que está interesada en la demolición del régimen dado» (se declaraba «fuerza» a la intelectualidad democrática); aún no habían tenido tiempo los obreros conscientes de leer estas magníficas cartas y de ridiculizarlas como se merecían, cuando los acontecimientos de la lucha real del proletariado barrieron de golpe todo este cascote político de los publicistas neoiskristas y lo echaron al basurero. El proletariado demostró que existe una tercera fuerza (en rigor, por supuesto, no la tercera, sino la segunda en orden y la primera en capacidad combativa), no sólo interesada en la demolición, sino dispuesta a emprender la demolición real de la autocracia. A partir del 9 de enero, el movimiento obrero se está convirtiendo ante nuestros ojos en una insurrección popular.

Veamos, pues, cómo valoraban este paso a la insurrección los socialdemócratas que discurrían de antemano sobre él como cuestión táctica, y cómo los propios obreros se pusieron a resolver esta cuestión en la práctica.

He aquí lo que se decía tres años atrás sobre la insurrección como consigna que define nuestras tareas prácticas inmediatas: «Imaginémonos una insurrección popular. En la actualidad, probablemente, todos estarán de acuerdo en que debemos pensar en ella y prepararnos para ella. Pero ¿cómo prepararse? ¡No va a nombrar el Comité Central agentes por todos los lugares para preparar la insurrección! Incluso si tuviéramos un CC, con tales nombramientos no conseguiría absolutamente nada en las condiciones rusas actuales. Por el contrario, la red de agentes que se forme por sí misma en el trabajo de organización y difusión de un periódico común, no debería “sentarse y esperar” la consigna de la insurrección, sino que realizaría precisamente una labor regular que le garantizara la máxima probabilidad de éxito en caso de insurrección. Precisamente esa labor consolidaría los vínculos tanto con las más amplias masas obreras como con todas las capas descontentas con la autocracia, lo cual es tan importante para la insurrección. Precisamente en esa labor se educaría la capacidad de valorar certeramente la situación política general y, por consiguiente, la capacidad de elegir el momento adecuado para la insurrección. Precisamente esa labor enseñaría a todas las organizaciones locales a responder simultáneamente a las mismas cuestiones, casos y acontecimientos políticos que conmueven a toda Rusia, a reaccionar ante esos acontecimientos del modo más enérgico, más unitario y más conveniente posible; y la insurrección, en esencia, no es sino la “respuesta” más enérgica, más unitaria y más conveniente de todo el pueblo al gobierno. Precisamente esa labor, en fin, enseñaría a todas las organizaciones revolucionarias de todos los confines de Rusia a mantener relaciones lo más constantes y al mismo tiempo lo más conspirativas, creando la unidad efectiva del partido; y sin tales relaciones es imposible discutir colectivamente el plan de la insurrección y adoptar, en vísperas de ella, las necesarias medidas preparatorias que deben guardarse en el más estricto secreto.

En una palabra, el “plan de un periódico político para toda Rusia” no sólo no representa el fruto de un trabajo de gabinete de personas infectadas de doctrinarismo y literaturismo (como les pareció a quienes no lo meditaron bien), sino que, al contrario, es el plan más práctico para empezar, desde todos los flancos y ya mismo, a prepararse para la insurrección, sin olvidar ni por un minuto, al mismo tiempo, el trabajo cotidiano e impostergable» (*¿Qué hacer?*)\[62\].

Las palabras finales que hemos subrayado dan una clara respuesta a la pregunta de cómo concebían la labor de preparación de la insurrección los socialdemócratas revolucionarios. Pero, por muy clara que sea esta respuesta, la vieja táctica *jvostista* no podía dejar de manifestarse también en este punto. Martýnov publicó, no hace mucho, el folleto *Dos dictaduras*, especialmente recomendado por la nueva *Iskra* (núm. 84). El autor, desde toda la profundidad de su corazón *rabochedelista*, se indigna de que Lenin haya podido hablar de «la preparación, la designación y la realización de la insurrección armada de todo el pueblo». El temible Martýnov fulmina al enemigo: «La socialdemocracia internacional, basándose en la experiencia histórica y en el análisis científico de la dinámica de las fuerzas sociales, siempre ha reconocido que sólo los golpes palaciegos y los pronunciamientos pueden ser designados de antemano y llevados a cabo con éxito según un plan previamente elaborado, y precisamente porque no son revoluciones populares, es decir, transformaciones en las relaciones sociales, sino meros reacomodos en la camarilla gobernante. La socialdemocracia ha reconocido siempre y en todas partes que la revolución popular no puede ser designada de antemano, que no se fabrica artificialmente, sino que se produce por sí misma».

Quizá el lector diga, después de leer esta tirada, que Martýnov, evidentemente, «no es» un adversario serio y que tomarlo en serio da risa. Estaríamos completamente de acuerdo con semejante lector. Le diríamos incluso a tal lector que no hay en la tierra tormento más amargo que tomar en serio todas las teorías y todos los razonamientos de nuestros neoiskristas. El problema es que estas tonterías figuran también en los editoriales de *Iskra* (núm. 62). Problema aún mayor es que hay gente en el partido, y no poca, que se llena la cabeza de estas tonterías. Y hay que hablar de cosas no serias, tal como tenemos que hablar de la «teoría» de Rosa Luxemburgo, que descubrió la «organización-proceso». Hay que explicarle a Martýnov que no se debe confundir la insurrección con la revolución popular. Hay que hacerle entender que las profundas referencias a la transformación de las relaciones sociales, al resolver la cuestión práctica de los medios para derrocar la autocracia rusa, sólo son dignas de Kifá Mokíevich. Esa transformación comenzó en Rusia ya con la caída del régimen de servidumbre, y precisamente el rezago de nuestra superestructura política con respecto a la transformación ya operada en las relaciones sociales hace inevitable el derrumbe de la superestructura, siendo perfectamente posible un derrumbe súbito, de un solo golpe, pues la «revolución popular» en Rusia ya ha asestado al zarismo un centenar de golpes, y si acabará con él el golpe ciento uno o el ciento diez, eso no se sabe. Solamente los intelectuales oportunistas, que cargan su filisteísmo sobre los proletarios, pueden, en un momento en que se examinan en la práctica los modos de asestar uno de los golpes de la segunda centena, manifestar sus conocimientos de gymnasium sobre la «transformación en las relaciones sociales». ¡Solamente los oportunistas de la nueva *Iskra* pueden gritar histéricamente sobre un horrible plan «jacobino» en el que el centro de gravedad reside, como hemos visto, en la agitación massiva y multiforme con ayuda de un periódico político!

La revolución popular no puede ser designada, esto es justo. No podemos menos que elogiar a Martýnov y al autor del editorial del núm. 62 de *Iskra* por su conocimiento de esta verdad («y, en general, ¿de qué preparación de la insurrección puede hablarse en nuestro partido?», preguntaba allí, luchando contra los «utopistas», el fiel compañero de armas o discípulo de Martýnov). Pero designar la insurrección, si realmente la hemos preparado y si la insurrección popular es posible en virtud de las transformaciones ya operadas en las relaciones sociales, es cosa perfectamente realizable. Procuremos explicárselo a los neoiskristas con un sencillo ejemplo. ¿Puede designarse el movimiento obrero? No, no se puede, porque se compone de miles de actos aislados, engendrados por la transformación en las relaciones sociales. ¿Puede designarse una huelga? Sí, se puede, a pesar de que —figúrese, camarada Martýnov—, a pesar de que cada huelga es resultado de la transformación en las relaciones sociales. ¿Cuándo se puede designar una huelga? Cuando la organización o el círculo que la designan gozan de influencia entre la masa de los obreros en cuestión y saben valorar correctamente el momento de creciente descontento e irritación en la masa obrera. ¿Ha comprendido ahora de qué se trata, camarada Martýnov y camarada-«editorialista» del número 62 de *Iskra*? Si lo ha comprendido, haga el favor ahora de cotejar la insurrección con la revolución popular. «La revolución popular no puede ser designada de antemano». La insurrección puede ser designada cuando quienes la designan gozan de influencia entre la masa y saben valorar correctamente el momento.

Por suerte, la autoactividad de los obreros de vanguardia va muy por delante de la filosofía *jvostista* de la nueva *Iskra*. Mientras ella se esfuerza penosamente en elaborar teorías que demuestran que la insurrección no puede ser designada por quienes se han preparado para ella organizando al destacamento de vanguardia de la clase revolucionaria, los acontecimientos muestran que la insurrección sí pueden designarla, y se ven obligados a hacerlo, quienes no se han preparado.

He aquí una proclama que nos ha enviado un camarada de Petersburgo. Fue compuesta, impresa y difundida en más de 10.000 ejemplares por los propios obreros que el diez de enero se apoderaron en Petersburgo de una imprenta legal.

«¡Proletarios de todos los países, uníos!

¡Ciudadanos! ¡Ayer visteis las atrocidades del gobierno autocrático! ¡Visteis la sangre que inundó las calles! ¡Visteis a centenares de luchadores caídos por la causa obrera, visteis la muerte, oísteis los gemidos de mujeres y niños indefensos heridos! La sangre y los sesos de los obreros salpicaron el pavimento, empedrado por sus propias manos. ¿Quién lanzó las tropas, los fusiles y las balas contra el pecho obrero? El zar, los grandes duques, los ministros, los generales y la canalla cortesana.

¡Ellos son los asesinos! ¡Muerte a ellos! ¡A las armas, camaradas, tomad los arsenales, los depósitos de armas y las armerías. Derribad, camaradas, las cárceles, liberad a los luchadores por la libertad. Destrozad las administraciones de la gendarmería y de la policía y todas las instituciones gubernamentales. Derroquemos el gobierno zarista, instauremos el nuestro. ¡Viva la revolución, viva la asamblea constituyente de representantes del pueblo! — Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia».

El llamamiento a la insurrección de este puñado de obreros de vanguardia con iniciativa resultó fallido. No nos sorprendería ni nos desalentarían unos cuantos llamamientos fallidos a la insurrección o unas cuantas «designaciones» fallidas de la misma. Dejemos que la nueva *Iskra* perore a este respecto sobre la necesidad de la «transformación en las relaciones sociales» y condene con altisonancia el «utopismo» de los obreros que exclamaban: «¡instauremos nuestro gobierno!». Sólo los pedantes empedernidos o los ofuscados pueden ver el centro de gravedad de semejante proclama en ese grito. A nosotros nos importa señalar y subrayar este notable y audaz intento práctico de resolver la tarea que tenemos ahora planteada de manera inmediata.

El llamamiento de los obreros de Petersburgo no se realizó ni podía realizarse tan pronto como ellos querían. Este llamamiento se repetirá más de una vez, y los intentos de insurrección pueden aún, en repetidas ocasiones, desembocar en fracasos. Pero tiene una importancia gigantesca el mero hecho de que los propios obreros hayan planteado esta tarea. La conquista que ha hecho el movimiento obrero, al conducir a la conciencia de la urgencia práctica de esta tarea y al ponerla al orden del día ante cualquier oleada de agitación popular, esta conquista no podrá ser arrebatada al proletariado por nada.

Los socialdemócratas enarbolaron la consigna de la preparación de la insurrección ya hace tres años, sobre la base de consideraciones generales\[63\]. La autoactividad del proletariado ha llegado a esta misma consigna bajo la influencia de las lecciones directas de la guerra civil. Hay autoactividad y autoactividad. Existe la autoactividad del proletariado revolucionariamente iniciador, y existe la autoactividad del proletariado no desarrollado y llevado de la mano; existe la autoactividad conscientemente socialdemócrata y la autoactividad *zubatovista*. Y hay socialdemócratas que incluso en el momento actual contemplan con reverencia precisamente esta segunda variedad de autoactividad, que piensan que a las preguntas candentes del día se puede responder saliéndose por la tangera repitiendo un sinnúmero de veces la palabra «clase». Tomemos el núm. 84 de *Iskra*. «¿Por qué —nos ataca con aire triunfal su “editorialista”— por qué no fue la organización estrecha de revolucionarios profesionales la que dio impulso al movimiento de esta avalancha (el 9 de enero), sino la Asamblea de obreros? Porque esa Asamblea era realmente (¡escuchad!) una organización amplia, basada en la autoactividad de las masas obreras». Si el autor de esta frase clásica no fuera un admirador de Martýnov, tal vez comprendería que la Asamblea prestó servicio al movimiento del proletariado revolucionario precisamente entonces y en la medida en que, y cuando, de la autoactividad *zubatovista* pasó a la autoactividad socialdemócrata (tras lo cual, inmediatamente, dejó de existir como Asamblea legal).

Si los neoiskristas o neorabochedelistas no fueran *jvostistas*, verían que fue precisamente el nueve de enero lo que justificó la predicción de quienes decían: «al fin y al cabo, la legalización del movimiento obrero traerá provecho precisamente a nosotros, y no a los Zubátov» (*¿Qué hacer?*). Precisamente el nueve de enero mostró, una y otra vez, toda la importancia de la tarea allí formulada: «preparar segadores que sepan cortar hoy la cizaña» (es decir, paralizar la corrupción actual de la *zubatovschina*) «y segar mañana el trigo»\[64\] (es decir, dirigir revolucionariamente el movimiento que ha dado un paso adelante con ayuda de la legalización). ¡Y los Ivánushki de la nueva *Iskra* apelan a la exuberante cosecha del trigo para rebajar el significado de la sólida organización de los segadores revolucionarios! Al igual que los bundistas, ¡sólo llevan a cuestas, como un fetiche, la palabrita «autoactividad de los obreros»!

Sería criminal —prosigue el mismo editorialista neoiskrista— «atacar por la retaguardia a la revolución». Lo que significa en realidad esta frase, Alá lo sabe. Acerca de la relación que guarda con la fisonomía oportunista general de *Iskra*, probablemente hablaremos en otra ocasión por separado. Por ahora basta con señalar que el verdadero sentido político de esta frase es uno solo, a saber: el autor se arrastra servilmente ante la retaguardia de la revolución, arrugando con desprecio la nariz ante la «estrecha» y «jacobina» vanguardia de la revolución.

La táctica del *jvostismo* y la táctica de la socialdemocracia revolucionaria se perfilan en toda su contraposición tanto más cuanto más se afana la nueva *Iskra* en el espíritu de Martýnov. Ya hemos señalado en el núm. 1 de *Vperiod*\[65\] que la insurrección debe sumarse a uno de los movimientos espontáneos. No olvidamos, por lo tanto, en absoluto, la importancia de «asegurar la retaguardia», si se permite emplear una comparación militar. Hemos hablado en el núm. 4\[66\] de la acertada táctica de los miembros del comité de Petersburgo, que orientaron todos sus esfuerzos desde el comienzo mismo a apoyar y desarrollar los elementos revolucionarios de la espontaneidad, manteniendo una actitud comedida y desconfiada hacia la retaguardia oscura y *zubatovista* de esa espontaneidad. Concluiremos ahora con un consejo que tendremos que dar muchas veces a los neoiskristas: no rebajéis las tareas de la vanguardia de la revolución, no olvidéis nuestra obligación de apoyar a esa vanguardia con nuestra autoactividad organizada. Hablad menos en frases generales sobre el desarrollo de la autoactividad obrera —¡los obreros manifiestan un sinfín de autoactividad revolucionaria que vosotros no advertís!— y velad más por no corromper a los obreros poco desarrollados con vuestro propio *jvostismo*.

*Vperiod* núm. 6, 14 (1) de febrero de 1905 \[cotejado con el manuscrito\]

Se publica según el texto del periódico *Vperiod*,