La feroz represión de todos los descontentos se convirtió en la consigna del gobierno después del 9 de enero. El martes fue nombrado gobernador general de Petersburgo con poderes dictatoriales Trépov, uno de los servidores del zarismo más odiados en toda Rusia, célebre en Moscú por su ferocidad, su grosería y su participación en los intentos de Zubátov de corromper a los obreros.

Los arrestos llovieron como de la cornucopia. Fueron detenidos, en primer lugar, los miembros de la delegación liberal que el sábado por la noche había ido a ver a Witte y a Sviatopolk-Mirski para pedir al gobierno que aceptara la petición de los obreros y que las tropas no respondieran a tiros a la manifestación pacífica. De sobra se comprende que estas peticiones no condujeron a nada: Witte remitió la delegación a Sviatopolk-Mirski, y este se negó a recibirla. El viceministro del Interior Rydzevski recibió a la delegación con mucha frialdad, declaró que había que convencer no al gobierno, sino a los obreros, que el gobierno estaba perfectamente informado de todo lo que ocurría y que había tomado ya decisiones que no podían ser modificadas por ninguna gestión. Es interesante que la asamblea de los liberales que eligió a esa delegación planteó también la cuestión de disuadir a los obreros de marchar hacia el Palacio de Invierno, pero un amigo de Gapón presente en la reunión declaró que era inútil, que la decisión de los obreros era irrevocable. (Información comunicada por el señor Dillon, corresponsal del periódico inglés «The Daily Telegraph»{91}, y confirmada posteriormente por otros corresponsales.)

A los miembros de la delegación arrestados —Hessen, Arséniev, Karéev, Peshejónov, Miakótin, Semevski, Kedrin, Shnitnikov, Ivánchin-Písarev y Gorki (detenido en Riga y trasladado a Petersburgo)— se les imputó la absurda acusación de pretender organizar un «gobierno provisional de Rusia» al día siguiente de la revolución. Se comprende que esa acusación se cae por sí sola. Muchos de los detenidos (Arséniev, Kedrin, Shnitnikov) ya han sido puestos en libertad. En el extranjero se ha iniciado una enérgica campaña entre la sociedad burguesa instruida a favor de Gorki, y la petición al zar para su liberación fue firmada por muchos destacados científicos y escritores alemanes. Ahora se han sumado a ellos científicos y literatos de Austria, Francia e Italia.

El viernes por la noche fueron detenidos cuatro colaboradores del periódico «Nasha Zhizn»: Prokopóvich con su esposa, Jizhniakóv y Yákovlev (Bogucharski). De los colaboradores del periódico «Nashi Dni»{92} fue detenido Ganieizer el sábado por la mañana. La policía busca con especial celo el dinero enviado desde el extranjero para los huelguistas o para ayudar a las viudas y huérfanos de los asesinados. Arrestan en masa: el número del acta de detención de Bogucharski era el 53, y el de Jizhniakóv, el 109. El sábado se realizaron registros en las redacciones de ambos periódicos mencionados y se incautaron todos los manuscritos sin excepción, incluidos informes detallados sobre los acontecimientos de toda la semana, informes redactados y firmados por testigos presenciales fidedignos que anotaron todo lo que vieron, para enseñanza de las generaciones futuras. Ahora todo este material nunca verá la luz.

El miércoles era tan grande el número de detenidos que hubo que encerrar a dos y tres en una misma celda. El nuevo dictador ya no guarda miramientos con los obreros. Desde el jueves comenzaron a cogerlos a montones y a deportarlos a sus lugares de origen. Allí, por supuesto, difundirán las noticias de los sucesos del nueve de enero y predicarán la lucha contra la autocracia.

Trépov recurre a su vieja política moscovita: atraer a la masa obrera con dádivas económicas.

Los empresarios se reúnen con el ministro de Finanzas y estudian diversas concesiones a los obreros; se habla de la jornada de 9 horas. El martes, el ministro de Finanzas recibe a una delegación de obreros, promete reformas económicas y advierte contra la agitación política.

La policía se desvive por sembrar la desconfianza y la hostilidad entre la población en general y los obreros. Desde el miércoles se transmite a los periódicos extranjeros, de la manera más concreta, que la policía se esfuerza por atemorizar a los habitantes de Petersburgo con sensacionales patrañas sobre robos y supuestas acciones sangrientas emprendidas por los huelguistas. Incluso el viceministro del Interior Rydzevski aseguraba el martes a un visitante que los huelguistas se proponían robar, incendiar, destruir, matar. Los huelguistas, al menos sus dirigentes conscientes, declararon donde pudieron que esto era una calumnia. La propia policía enviaba provocadores y porteros para romper cristales, quemar quioscos de periódicos y saquear tiendas, a fin de aterrorizar a la población. En realidad, los obreros se comportaron de un modo tan pacífico que causaron asombro a los corresponsales de periódicos extranjeros que presenciaron los horrores del 9 de enero.

Los agentes de policía se ocupan ahora de una nueva «organización obrera». Reclutan a obreros adecuados, distribuyen dinero entre ellos, los azuzan contra los estudiantes y los literatos, ensalzan la «verdadera política popular del zar nuestro padre». Entre doscientos o trescientos mil obreros incultos, agobiados por el hambre, no es difícil encontrar unos miles que piquen este anzuelo. Estos últimos serán «organizados»; los obligarán a maldecir a los «embaucadores liberales» y a proclamar en voz alta que fueron engañados el domingo pasado. Luego, esa escoria de la clase obrera elegirá una delegación que «pida humildemente al zar que les permita echarse a sus pies y arrepentirse de sus crímenes cometidos el domingo pasado». «Según mis informaciones —prosigue el corresponsal—, eso es exactamente lo que la policía está preparando ahora. Cuando esa organización esté ultimada, Su Majestad se dignará misericordiosamente recibir a la delegación en un picadero dispuesto especialmente para ese fin. En un conmovedor discurso declarará su paternal solicitud por los obreros y las medidas para mejorar su situación».

P. S. Estas líneas ya estaban compuestas cuando supimos por los telegramas que las predicciones del corresponsal inglés se han confirmado. El zar recibió en su residencia de Tsárskoe una delegación de 34 obreros seleccionados por la policía y pronunció un discurso lleno de la hipocresía oficial sobre la solicitud paternal del gobierno y el perdón de los crímenes de los obreros. Esta vil comedia no engañará, por supuesto, al proletariado ruso, que nunca olvidará el domingo sangriento. ¡El proletariado hablará al zar en un lenguaje bien distinto!

«Vperiod» núm. 5, 7 de febrero (25 de enero) de 1905.

Se publica según el texto del periódico «Vperiod».