La primera ola de la tempestad revolucionaria retrocede. Estamos en vísperas de la inevitable e ineludible segunda ola. El movimiento proletario se amplía cada vez más, extendiéndose ahora hasta los confines más remotos. La efervescencia y el descontento abarcan a las capas más diversas y atrasadas de la sociedad. La vida comercial e industrial está paralizada, las instituciones educativas cerradas, y, a ejemplo de los obreros, los zemstvos están en huelga. En el intervalo entre los movimientos de masas, como siempre, se multiplican los actos terroristas aislados: atentado contra el jefe de la policía de Odesa, asesinatos en el Cáucaso, asesinato del fiscal del Senado en Helsingfors. El gobierno va de la política del látigo sangriento a la política de las promesas. Trata de engañar siquiera a algunos obreros con la comedia de la recepción zarista a la diputación[56]. Trata de desviar la atención pública con noticias militares y ordena a Kuropatkin que inicie la ofensiva sobre el Hun-ho. El 9 de enero fue la matanza en Petersburgo; el 12 se inició esa ofensiva, la más absurda desde el punto de vista militar, que terminó en una nueva y grave derrota de los generales zaristas. Los rusos fueron rechazados, perdiendo, según informes incluso del corresponsal de _Nóvoe Vremia_, hasta 13 mil hombres, es decir, aproximadamente el doble que los japoneses. En el ámbito de la administración militar en Manchuria hay la misma descomposición y desmoralización que en Petersburgo. En la prensa extranjera, los telegramas que confirman y desmienten la disputa entre Kuropatkin y Grippenberg son sustituidos por telegramas que confirman y desmienten la noticia de que el partido de los grandes duques ha comprendido el peligro de la guerra para la autocracia y quiere alcanzar la paz lo antes posible.

No es de extrañar que, en estas condiciones, incluso los órganos burgueses más sobrios de Europa no cesen de hablar de la revolución en Rusia. La revolución crece y madura con una rapidez nunca vista antes del 9 de enero. Que la segunda ola llegue mañana, pasado mañana o dentro de meses, depende de una serie de circunstancias que no se pueden prever. Tanto más imperiosa es la tarea de hacer un balance de los días revolucionarios e intentar extraer lecciones que puedan sernos de utilidad mucho antes de lo que algunos se inclinan a esperar.

Para una correcta valoración de los días revolucionarios, hay que echar una mirada general a la historia reciente de nuestro movimiento obrero. Hace casi 20 años, en 1885, tuvieron lugar las primeras grandes huelgas obreras en la región industrial central, en la fábrica de Morózov y otras. Entonces Katkov escribió acerca de la cuestión obrera que había aparecido en Rusia. ¡Y con qué rapidez asombrosa se desarrolló el proletariado, pasando de la lucha económica a las manifestaciones políticas, de las manifestaciones al embate revolucionario! Recordemos los principales hitos del camino recorrido. 1885: amplias huelgas con una participación insignificante de socialistas completamente aislados, no agrupados en organización alguna. La agitación social provocada por las huelgas hace que Katkov, el fiel perro de la autocracia, diga a propósito del proceso judicial de «los ciento un cañonazos de salva en honor de la cuestión obrera aparecida en Rusia»{94}. El gobierno otorga concesiones económicas. 1891: participación de los obreros petersburgueses en la manifestación durante los funerales de Shelgunov{95}, discursos políticos en la conmemoración del Primero de Mayo en Petersburgo. Tenemos ante nosotros una manifestación socialdemócrata de obreros de vanguardia en ausencia de un movimiento de masas. 1896: la huelga de Petersburgo de varias decenas de miles de obreros. Movimiento de masas con inicio de agitación callejera, ya con la participación de toda una organización socialdemócrata. Por pequeña que fuera aún esta organización, casi exclusivamente estudiantil, en comparación con nuestro partido actual, su intervención socialdemócrata consciente y planificada y su dirección hacen que el movimiento adquiera una envergadura y una importancia gigantescas en comparación con la huelga de Morózov. El gobierno vuelve a hacer concesiones económicas. Se sientan bases sólidas para el movimiento huelguístico en toda Rusia. La intelectualidad revolucionaria se vuelve socialdemócrata en masa. Se funda el partido socialdemócrata. 1901. El obrero acude en ayuda del estudiante. Comienza el movimiento de manifestaciones. ¡El proletariado lanza a la calle su consigna: abajo la autocracia! La intelectualidad radical se divide definitivamente en liberal, burguesa revolucionaria y socialdemócrata. La participación de las organizaciones de la socialdemocracia revolucionaria en las manifestaciones se torna cada vez más amplia, activa y directa. 1902: la enorme huelga de Rostov se transforma en una notable manifestación. El movimiento político del proletariado ya no se adhiere al movimiento intelectual o estudiantil, sino que surge directamente de la huelga. La participación de la socialdemocracia revolucionaria organizada es aún más activa. El proletariado conquista para sí y para los socialdemócratas revolucionarios de su comité la libertad de celebrar mítines masivos en la calle. Por primera vez, el proletariado se opone, como clase, a todas las demás clases y al gobierno zarista. 1903. Otra vez las huelgas se funden con la manifestación política, pero sobre una base aún más amplia. Las huelgas abarcan toda una región, participan en ellas más de cien mil obreros, y los mítines políticos de masas se repiten durante las huelgas en toda una serie de ciudades. Se siente que estamos en vísperas de las barricadas (comentario de los socialdemócratas locales sobre el movimiento de Kiev de 1903{96}). Pero la víspera resulta relativamente larga, como enseñándonos que las clases poderosas a veces acumulan fuerzas durante meses y años, como poniendo a prueba a los intelectuales de poca fe que se adhieren a la socialdemocracia. Y en efecto, el ala intelectual de nuestro partido, los neoiskristas o (lo que es lo mismo) los neorabócheedieltsi ya empezaron a buscar «tipos superiores» de manifestaciones en forma de acuerdos de los obreros con los zemstvos para no provocar pánico. Con la falta de principios propia de todos los oportunistas, los neoiskristas llegaron ya a la tesis increíble, la más increíble, de que en la arena política hay dos (¡!) fuerzas: la burocracia y la burguesía. (Véase la segunda carta de la redacción de _Iskra_ acerca de la campaña de los zemstvos.) ¡Los oportunistas de la nueva _Iskra_, aprovechando el momento, se olvidaron de la fuerza independiente del proletariado! Llegó el año 1905, y el nueve de enero desenmascaró una vez más a todos los intelectualillos que no recuerdan su parentesco. El movimiento proletario se elevó de golpe a un peldaño superior. La huelga general movilizó en toda Rusia seguramente a no menos de un millón de obreros. Las reivindicaciones políticas de la socialdemocracia se infiltraron incluso en las capas de la clase obrera capaces aún de creer en el zar. El proletariado rompió los marcos del zubatovismo policial, y toda la masa de miembros de la sociedad obrera legal, fundada para luchar contra la revolución, marchó junto con Gapón por la vía revolucionaria. La huelga y la manifestación comenzaron a transformarse, ante nuestros ojos, en insurrección. La participación de la socialdemocracia revolucionaria organizada fue incomparablemente más significativa que en las etapas anteriores del movimiento, pero aún débil, débil en comparación con la gigantesca demanda de dirección socialdemócrata por parte de la masa proletaria activa.

En general, el movimiento huelguístico y de manifestaciones, combinándose uno con otro en diversas formas y por diversas causas, crecía en amplitud y profundidad, tornándose cada vez más revolucionario, acercándose en la práctica cada vez más a la insurrección armada de todo el pueblo, de la que venía hablando desde hacía tiempo la socialdemocracia revolucionaria. Esta conclusión de los acontecimientos del 9 de enero la extrajimos ya en los números 4[57] y 5 de _Vperiod_. Esta conclusión la extrajeron de inmediato y directamente también los propios obreros petersburgueses. El diez de enero irrumpieron en una imprenta legal, compusieron la proclama que sigue (enviada a nosotros por los camaradas de Petersburgo), imprimieron más de diez mil ejemplares y los difundieron por Petersburgo. He aquí esa notable proclama[58].

Esta proclama no necesita comentarios. La autoactividad del proletariado revolucionario se expresó aquí plenamente. El llamamiento de los obreros petersburgueses no se realizó tan pronto como ellos querían, será repetido todavía más de una vez, y los intentos de realizarlo conducirán aún a fracasos en repetidas ocasiones. Pero la importancia gigantesca de este planteamiento de la tarea por los propios obreros es indiscutible. La conquista realizada por el movimiento revolucionario, que ha llevado a la conciencia de la perentoriedad práctica de esta tarea y ha aproximado su colocación en primer plano en cualquier movimiento popular, esta conquista ya no puede ser arrebatada al proletariado por nada.

Vale la pena detenerse en la historia de la idea de la insurrección. La nueva «Iskra» ha dicho tantas vulgaridades confusas sobre esta cuestión, empezando por el memorable artículo de fondo del número 62, tanta confusión oportunista, bien digna de nuestro viejo conocido, Martínov, que la reproducción exacta del antiguo planteamiento de la cuestión reviste especial importancia. De todas las vulgaridades y de toda la confusión de la nueva «Iskra» es imposible ocuparse. Es mucho más conveniente recordar más a menudo a la vieja «Iskra» y desarrollar de manera más concreta sus viejas consignas positivas.

Al final del folleto «¿Qué hacer?» de Lenin, en la página 136[59], se lanzó la consigna de la insurrección armada de todo el pueblo. He aquí lo que se decía al respecto a comienzos de 1902, es decir, hace tres años: «Imagínense una insurrección popular. En el momento actual, probablemente todos estarán de acuerdo en que debemos pensar en ella y prepararnos…[60]

Escrito antes del 1 (14) de febrero de 1905.

Publicado por primera vez en 1926 en la _Recopilación Leninista_ V.

Se imprime según el manuscrito.