Esto fue hace mucho, mucho tiempo, más de un año atrás. En el partido ruso, según testimonio del conocido socialdemócrata alemán Parvus, surgían «divergencias de principio». La tarea política primordial del partido del proletariado pasaba a ser la lucha contra los extremos del centralismo, contra la idea de «mandar» sobre los obreros desde cualquier Ginebra, contra la exageración de la idea de una organización de agitadores, de una organización de dirigentes. Tal era la profunda, firme e inconmovible convicción del menchevique Parvus, expuesta en su hoja semanal alemana «Aus der Weltpolitik» («De la Política Mundial») del 30 de noviembre de 1903.

Al bondadoso Parvus se le señaló entonces (ver la carta de Lenin a la redacción de «Iskra», diciembre de 1903[67]) que había sido víctima de un chisme, que en la base de las divergencias de principio por él percibidas yacía una riña, y que el incipiente giro ideológico de la nueva «Iskra» que comenzaba a delinearse era un giro hacia el oportunismo. Parvus calló, pero sus «pensamientos» acerca de la exagerada importancia de la organización de dirigentes fueron masticados de cien maneras por los neoiskristas.

Pasaron catorce meses. La desorganización del trabajo del partido por los mencheviques y el carácter oportunista de su prédica quedaron plenamente dibujados. El nueve de enero de 1905 puso de manifiesto toda la gigantesca reserva de energía revolucionaria del proletariado y toda la insuficiencia de la organización de los socialdemócratas. Parvus entró en razón. En el número 85 de «Iskra» apareció con un artículo que, en esencia, significa un giro completo desde las nuevas ideas de la oportunista nueva «Iskra» hacia las ideas de la revolucionaria vieja «Iskra». «Había un héroe —exclama Parvus a propósito de Gapón—, pero no había un dirigente político, no había un programa de acción, no había organización»… «Se revelaron las trágicas consecuencias de la ausencia de organización»… «Las masas se desunieron, todo anda disperso, no hay un centro aglutinante, no hay un programa de acción rector»… «El movimiento cayó a causa de la falta de una organización aglutinante y dirigente». Y Parvus lanza una consigna que ya recordamos en el número 6 de «Vperiod»: «organizar la revolución»[68]. Parvus, bajo la influencia de las lecciones de la revolución, se convenció de que «en las actuales condiciones políticas no podemos organizar a estos cientos de miles» (se refiere a la masa dispuesta a la insurrección). «Pero podemos —repite con razón el viejo pensamiento del libro ¿Qué hacer?— podemos crear una organización que sirva de fermento aglutinante y que, en el momento de la revolución, agrupe en torno suyo a esos cientos de miles». «Deben organizarse círculos obreros con una tarea claramente delineada: preparar a las masas para la insurrección, agruparlas en torno suyo durante la insurrección, alzar la insurrección según una consigna dada».

¡Por fin! —exclamamos aliviados al encontrarnos con estos viejos y fieles pensamientos, sepultados bajo la basura de la nueva «Iskra»—. ¡Por fin el instinto revolucionario del militante del partido proletario se impuso, aunque sea temporalmente, sobre el oportunismo rabochedeísta! ¡Por fin escuchamos la voz de un socialdemócrata que no se arrastra ante la retaguardia de la revolución, sino que señala con audacia la tarea de apoyar a su vanguardia!

¡Claro! ¡Cómo no iban a «compartir» esos pensamientos que «golpean en pleno rostro» toda su charlatanería oportunista de año y medio!

«¡Organizar la revolución!». Pero, si tenemos al inteligente camarada Martynov, que sabe que la revolución es provocada por una transformación en las relaciones sociales, que la revolución no puede ser decretada. Martynov explicará a Parvus su error y demostrará que, aunque Parvus tuviera en mente la organización de la vanguardia de la revolución, ésa es una idea «estrecha» y perniciosamente «jacobina». Y aún más. Nuestro inteligente Martynov lleva de la correa a Triapichkin-Martov[98], quien es capaz de profundizar aún más a su maestro, quien podría, quizás, sustituir la consigna «organizar la revolución» por la consigna «desatar la revolución» (ver núm. 85, cursiva del autor).

Sí, lector, precisamente esa consigna se nos ofrece en el editorial de «Iskra». Es evidente que en los tiempos que corren basta «desatar» la lengua en un proceso de libre charlatanería o en un proceso de charlatanería, para escribir artículos de orientación. El oportunista siempre necesita consignas en las cuales, examinándolas de cerca, no resulta haber nada más que una frase sonora, una especie de retorcimiento verbal decadente.

Organizar y organizar, machaca Parvus, como si de repente se hubiera vuelto bolchevique. No comprende, el desdichado, que la organización es un proceso («Iskra» núm. 85, y también todos los números anteriores de la nueva «Iskra» y especialmente los exuberantes folletines de la exuberante Rosa). No sabe, el pobrecillo, que según todo el espíritu del materialismo dialéctico no sólo la organización, sino también la táctica, son un proceso. Y él, cual «conspirador», se aferra a una organización-plan. Y él, cual «utopista», se imagina que se puede así de golpe, en algún —Dios nos libre— segundo o tercer congreso, tomar y organizar.

Parvus reconoce la imposibilidad de organizar ahora a cientos de miles y coloca en primer plano la tarea de «crear una organización que sirva de fermento aglutinante». ¿Cómo no van a retorcerse nuestros neoiskristas cuando cosas semejantes se escriben en las páginas de su órgano? Pues una organización en calidad de fermento aglutinante, eso es precisamente la organización de revolucionarios profesionales, ante cuya sola mención nuestros neoiskristas se desmayan.

¡Cuán agradecidos estamos a «Iskra» por su editorial junto al artículo de Parvus! ¡Con qué relieve se destaca la fraseología huera, confusa y rabocaudista al lado de las claras, nítidas, directas y audaces consignas revolucionarias de la vieja «Iskra»! ¿Acaso no es una frase vacía e inflada eso de que «se retira de la escena la política de confianza para no engatusar más ni a Rusia ni a Europa»? En realidad, cualquier número de un periódico burgués europeo muestra que esa engatusamiento continúa y progresa. «El liberalismo ruso moderado ha sido herido de muerte». Es una ingenuidad política infantil tomar por muerte del liberalismo su «político» deseo de agazaparse. En realidad, el liberalismo está vivo, vive y revive. Precisamente ahora se halla en vísperas del poder. Precisamente para eso se ha agazapado, para tender la mano hacia el poder con mayor seguridad y certeza en el momento oportuno. Precisamente para eso coquetea con todas sus fuerzas con la clase obrera. Hay que ser miope hasta el último extremo para tomar por moneda sana ese coqueteo (cien veces más peligroso en el momento que atravesamos), para declarar con jactancia: «el proletariado, libertador de la patria, el proletariado, vanguardia de toda la nación en estos días, ha sido reconocido en su heroico papel por la opinión pública de los elementos avanzados de la burguesía liberal-democrática». ¡Comprended por fin, señores neoiskristas, que los burgueses liberales reconocen al proletariado como héroe precisamente porque, al asestar golpes al zarismo, este proletariado aún no es suficientemente fuerte, aún no es suficientemente socialdemócrata, como para conquistar la libertad que desea! Comprended que no debemos enorgullecernos de las actuales reverencias liberales, sino prevenir al proletariado y mostrarle el trasfondo de esas reverencias. ¿No veis ese trasfondo? ¡Pues mirad las declaraciones de los fabricantes, comerciantes, bolsistas sobre la necesidad de una constitución! ¿Acaso no hablan con claridad estas declaraciones de la muerte del liberalismo moderado? Los charlatanes liberales murmuran sobre el heroísmo de los proletarios, mientras los fabricantes exigen con peso y autoridad una constitución recortada. ¡Así están las cosas, estimadísimos «dirigentes»![69]

Pero lo más insuperable son las disquisiciones de «Iskra» sobre la cuestión del armamento. «La labor de armar al proletariado, de preparar sistemáticamente una organización que garantice la universalidad y simultaneidad del ataque del pueblo al gobierno», es declarada una tarea «técnica» (¡¿?!). Y nosotros, claro, estamos por encima de la despreciable técnica y miramos al fondo de las cosas. «Por importantes que sean ellas (las tareas «técnicas»), no está en ellas el centro de gravedad de nuestra labor de preparación de las masas para la insurrección»… «Todos los esfuerzos de las organizaciones clandestinas no tendrán importancia alguna si no logran armar al pueblo con un arma insustituible: la imperiosa necesidad de atacar a la autocracia y de armarse para ello. He aquí hacia dónde debemos dirigir nuestros esfuerzos: hacia la propaganda entre las masas del autoarmamento para los fines de la insurrección» (los dos últimos pasajes subrayados por el autor).

Sí, sí, ésta es realmente una manera profunda de plantear la cuestión, no como la del estrecho Parvus, que casi llega al «jacobinismo». El centro de gravedad no está en la labor de armamento ni en la preparación sistemática de la organización, sino en armar al pueblo de la imperiosa necesidad de armarse y, además, autoarmarse. ¡Qué profundo sentimiento de vergüenza ante la socialdemocracia experimentamos al ver esta trivialidad filistea que intenta hacer retroceder nuestro movimiento! Armar al pueblo de la imperiosa necesidad de armarse es una tarea constante y general, de siempre y en todas partes, de la socialdemocracia, una tarea aplicable por igual tanto a Japón como a Inglaterra, Alemania e Italia. En todas partes donde hay clases oprimidas y que luchan contra la explotación, la prédica del socialista siempre las arma, desde el comienzo mismo y ante todo, de la imperiosa necesidad de armarse, y esta «necesidad» ya existe cuando comienza el movimiento obrero. A la socialdemocracia le incumbe únicamente hacer consciente esa imperiosa necesidad, obligar a quienes la experimentan a tener en cuenta la necesidad de la organización y de la acción planificada, de toda la coyuntura política. Asómese usted, por favor, señor redactor de «Iskra», a cualquier reunión obrera alemana; observe con qué odio arden los rostros, por ejemplo, hacia la policía, cómo llueven los sarcasmos encolerizados, cómo se aprietan los puños. ¿Qué fuerza contiene esta imperiosa necesidad de ajustar cuentas de inmediato con los burgueses que escarnecen al pueblo y con sus lacayos? La fuerza de la organización y de la disciplina, la fuerza de la conciencia, de la conciencia de que los asesinatos individuales son absurdos, de que aún no ha llegado la hora de la lucha revolucionaria seria, popular, de que no hay para ello una coyuntura política adecuada. He aquí por qué en semejantes condiciones el socialista no dice ni dirá jamás al pueblo: armaos, pero siempre y obligatoriamente (si no, no es socialista, sino un paliqueador hueco) lo arma de la imperiosa necesidad de armarse y de atacar al enemigo. Precisamente de estas condiciones del trabajo cotidiano se diferencian ahora las condiciones en Rusia. Precisamente por eso los socialdemócratas revolucionarios, que hasta ahora nunca dijeron: ¡a las armas!, sino que siempre armaban a los obreros con la imperiosa necesidad de armarse, ahora todos los socialdemócratas revolucionarios, siguiendo a los obreros de iniciativa revolucionaria, han lanzado la consigna: ¡a las armas! Y he aquí que en un momento así, cuando por fin se ha dado esta consigna, «Iskra» sentencia: el centro de gravedad no está en el armamento, sino en la imperiosa necesidad del autoarmamento. ¿Acaso no es esto un razonamiento intelectualoide y mortecino? ¿Acaso no es un triapichkinismo sin remedio? ¿No están arrastrando estas gentes al partido hacia atrás, desde las tareas urgentes de la vanguardia revolucionaria hacia la contemplación de la «retaguardia» del proletariado? Y no son las cualidades individuales de tal o cual Triapichkin las que determinan esta increíble trivialización de nuestras tareas, sino toda su postura, tan insuperablemente formulada con esas palabrejas aladas acerca de la organización-proceso o la táctica-proceso. Esa misma postura condena inevitable e ineludiblemente a la persona a temer toda consigna definida, a rehuir todo «plan», a retroceder ante la audaz iniciativa revolucionaria, a razonar y rumiar el viejo bolo alimenticio, a temer adelantarse, en un momento en que nosotros, los socialdemócratas, nos hemos quedado manifiestamente a la zaga de la actividad revolucionaria del proletariado. En verdad: el muerto ha agarrado al vivo, las muertas teorías rabochedeístas han amortajado sin remedio también a la nueva «Iskra».

Observen las disquisiciones de «Iskra» «sobre el papel políticamente dirigente de la socialdemocracia como vanguardia de la clase libertadora de la nación». «Este papel —nos enseñan— no puede ser ni alcanzado ni consolidado firmemente por nosotros por el mero hecho de que logremos tomar por completo en nuestras manos la organización técnica y la realización de la insurrección». ¡Piénsese tan sólo: el papel de vanguardia no puede ser alcanzado si logramos tomar por completo en nuestras manos la realización de la insurrección! ¡Y estas gentes aún hablan de vanguardia! Temen que la historia no les imponga un papel dirigente en la revolución democrática, piensan con miedo en que tal vez les toque «realizar la insurrección». Les ronda la idea —sólo que aún no se atreven a expresarla directamente en las páginas de «Iskra»— de que la organización socialdemócrata no debe «realizar la insurrección», no debe esforzarse por tomar por completo en sus manos la transición revolucionaria hacia la república democrática. A estos incorregibles girondinos del socialismo les parece ver un jacobinismo monstruoso. No comprenden que cuanto más enérgicamente nos esforcemos por tomar por completo en nuestras manos la realización de la insurrección, tanto mayor será la parte de esa empresa que tomemos en nuestras manos, y que cuanto mayor sea esa parte, tanto menor será la influencia de la democracia antiproletaria o no proletaria. Ellos a toda costa quieren estar a la cola, se inventan incluso una filosofía especial de que hay que estar a la cola, —Martynov ya ha comenzado a exponerla y mañana, probablemente, se explayará por completo en las páginas de «Iskra».

Traten de analizar paso a paso sus razonamientos:

«El proletariado consciente, apoyándose en la lógica del proceso espontáneo del desarrollo histórico, utiliza para sus fines todos los elementos de organización, todos los elementos de efervescencia que crea el momento de la víspera de la revolución…»

¡Muy bien! Pero utilizar todos los elementos significa precisamente tomar por completo en sus manos la dirección. «Iskra» se golpea a sí misma y, sintiéndolo, se apresura a añadir:

«…sin turbarse en lo más mínimo por el hecho de que todos estos elementos le arrebaten una parte de la dirección técnica de la propia revolución y, de ese modo, de grado o por fuerza, contribuyan a difundir nuestras reivindicaciones entre las capas más atrasadas de la masa popular».

¿Entiende usted algo, lector? ¿Utilizar todos los elementos sin turbarse por el hecho de que le arrebaten parte de la dirección? ¡¿!? ¡Teman a Dios, señores! Si realmente utilizamos todos los elementos, si realmente nuestras reivindicaciones son asumidas por aquellos a quienes utilizamos, entonces no nos arrebatan la dirección, sino que aceptan nuestra dirección. Pero si todos esos elementos nos arrebatan realmente la dirección (y, por supuesto, no sólo la «técnica», pues separar el aspecto «técnico» de la revolución del político es el mayor de los disparates), entonces significa que no somos nosotros quienes los utilizamos, sino ellos a nosotros.

«Nos alegraremos únicamente de que después del pope que popularizó entre las masas nuestra exigencia de separación del Estado y la Iglesia, después de la sociedad obrera monárquica que organizó la marcha popular hacia el Palacio de Invierno, la revolución rusa se enriquezca con un general que sea el primero en conducir a las masas populares al último combate contra la tropa zarista, o con un funcionario que sea el primero en proclamar oficialmente el derrocamiento del poder zarista».

Sí, también nosotros nos alegraremos de eso, pero quisiéramos que el sentimiento de alegría ante posibles cosas agradables no ofuscara nuestra lógica. ¿Qué significa que la revolución rusa se enriquezca con un pope o un general? Significa que el pope o el general se convertirán en partidarios o jefes de la revolución. Estos «novatos» pueden ser partidarios plenamente conscientes de la revolución o no serlo del todo. En este último caso (el más probable con respecto a los novatos) no debemos alegrarnos, sino apenarnos de su falta de conciencia y corregirla, completarla con todas nuestras fuerzas. Mientras no lo hayamos hecho, mientras la masa siga a un jefe poco consciente, habrá que decir que no es la socialdemocracia la que utiliza todos los elementos, sino que todos los elementos la utilizan a ella. Un partidario de la revolución, el pope, el general o el funcionario de ayer, puede ser un demócrata burgués lleno de prejuicios, y en la medida en que los obreros lo sigan, en esa medida la democracia burguesa «utilizará» a los obreros. ¿Les está claro, señores neoiskristas? Si está claro, ¿por qué temen entonces que los partidarios plenamente conscientes de la revolución (es decir, los socialdemócratas) asuman la dirección? ¿Por qué temen que un oficial socialdemócrata (tomo a propósito un ejemplo análogo al de ustedes) y miembro de la organización socialdemócrata asuma, por iniciativa y encargo de esa organización, «tome por completo en sus manos» las funciones y tareas de ese supuesto general de ustedes?

Volvamos a Parvus. Termina su excelente artículo con un excelente consejo: «echar por la borda» a los desorganizadores. La eliminación de los desorganizadores, como se desprende de las comunicaciones publicadas por nosotros en la sección «Del Partido»[99], es la consigna más apasionada y decidida de la mayoría de los socialdemócratas rusos. Exactamente, camarada Parvus: ¡«echar por la borda» del modo más implacable, y comenzar a echar con esos héroes de la prensa socialdemócrata que santificaron y santifican la desorganización con «teorías» de la organización-proceso, la organización-tendencia! No sólo hay que hablar de ello, sino hacerlo. Hay que convocar de inmediato un congreso de todos los militantes del partido que quieran organizar el partido. No hay que limitarse a persuasiones y exhortaciones, sino plantear a todos los vacilantes, a todos los inseguros y dudosos un ultimátum directo e inconmovible: ¡elegid! Desde el primer número de nuestro periódico nosotros planteábamos este ultimátum en nombre de la redacción de «Vperiod», en nombre de toda esa masa de militantes rusos del partido que han sido llevados a una exasperación sin precedentes por los desorganizadores. ¡Daos prisa, pues, en echarlos por la borda, camaradas, y manos a la obra en un trabajo de organización unido! ¡Mejor una centena de socialdemócratas revolucionarios que hayan aceptado una organización-plan que un millar de Triapichkins intelectualoides parloteando sobre la organización-proceso!

Escrito entre el 1 y el 8 (14 y 21) de febrero de 1905.

Publicado el 21 (8) de febrero de 1905 en el periódico «Vperiod», núm. 7.

Se publica según el texto del periódico.