La cuestión de la actitud de la socialdemocracia o democracia obrera hacia la democracia burguesa es una cuestión vieja y al mismo tiempo siempre nueva. Es vieja, pues fue planteada desde los mismos tiempos en que surgió la socialdemocracia. Sus fundamentos teóricos fueron esclarecidos ya en las primerísimas obras de la literatura marxista, en el “Manifiesto Comunista” y en “El Capital”. Es siempre nueva, pues cada paso en el desarrollo de cada país capitalista ofrece una combinación particular y original de distintos matices de la democracia burguesa y de distintas corrientes en el movimiento socialista.

También entre nosotros, en Rusia, esta vieja cuestión se ha vuelto particularmente nueva en el momento actual. Para esclarecernos con mayor nitidez el planteamiento presente, comenzaremos con una pequeña referencia histórica. El viejo populismo revolucionario ruso se situaba en un punto de vista utópico, semianárquico. Se consideraba al mujik-comunero un socialista acabado. Tras el liberalismo de la sociedad rusa instruida se veían claramente las apetencias de la burguesía rusa. La lucha por la libertad política era negada, por ser una lucha por instituciones ventajosas para la burguesía. Los miembros de “Naródnaya Volia” dieron un paso adelante al pasar a la lucha política, pero no lograron ligarla al socialismo. El planteamiento nítidamente socialista de la cuestión fue oscurecido incluso cuando la fe decadente en el carácter socialista de nuestra comuna comenzó a ser remozada con teorías, en el espíritu del señor V. V., acerca del carácter no clasista y no burgués de la intelectualidad democrática rusa. Con esto se puso el inicio de que el populismo, que antes negaba incondicionalmente el liberalismo burgués, comenzara gradualmente a fundirse con este último en una sola corriente liberal-populista. La esencia democrático-burguesa del movimiento intelectual ruso, empezando por el más moderado, el culturalista, y terminando por el más extremo, el terrorista revolucionario, comenzó a esclarecerse cada vez más, simultáneamente con la aparición y el desarrollo de la ideología proletaria (la socialdemocracia) y del movimiento obrero de masas. Pero el crecimiento de este último estuvo acompañado de una escisión entre los socialdemócratas. Se manifestaron claramente un ala revolucionaria y un ala oportunista de la socialdemocracia, expresando la primera las tendencias proletarias y la segunda las intelectuales de nuestro movimiento. El marxismo legal{80} pronto resultó ser en la práctica un “reflejo del marxismo en la literatura burguesa”{81} y, a través del oportunismo bernsteiniano, llegó directamente al liberalismo. Los “economistas” en la socialdemocracia, por un lado, se entusiasmaban con una concepción semianárquica del movimiento puramente obrero, consideraban el apoyo socialista a la oposición burguesa como una traición al punto de vista de clase y declaraban que la democracia burguesa en Rusia era un fantasma[29]. Por otro lado, los “economistas” de otro matiz, entusiasmándose con el mismo movimiento puramente obrero, reprochaban a los socialdemócratas revolucionarios ignorar aquella lucha social contra la autocracia que libraban nuestros liberales, zemstvos y culturalistas[30]. La vieja “Iskra” mostraba los elementos de democracia burguesa en Rusia ya cuando muchos no los veían. Exigía el apoyo del proletariado a esta democracia (véase el núm. 2 de “Iskra” sobre el apoyo al movimiento estudiantil[31], el núm. 8 sobre el congreso ilegal de los zemstvos, el núm. 16 sobre los líderes liberales de la nobleza[32], el núm. 18[33] sobre la efervescencia en los zemstvos[34] y otros). Señalaba constantemente el carácter clasista, burgués, del movimiento liberal y radical, y decía a la dirección de los “Osvobozhdentsi”, que andaban con vacilaciones: “Ya es hora de comprender aquella sencilla verdad de que la acción conjunta real (y no verbal) en la lucha contra el enemigo común no se asegura con politiquería, no con aquello que el difunto Stepniak denominó en una ocasión automutilación y autoocultamiento, no con la mentira convencional del reconocimiento mutuo diplomático, sino con la participación real en la lucha, con la unidad real de la lucha. Cuando entre los socialdemócratas alemanes la lucha contra la reacción militar-policial y feudal-clerical se volvió realmente común con la lucha de algún partido verdadero que se apoya en una clase conocida del pueblo (por ejemplo, la burguesía liberal), entonces la acción conjunta se establecía sin fraseología sobre el reconocimiento mutuo” (núm. 26)[35].

Este planteamiento de la cuestión por la vieja “Iskra” nos conduce directamente a las actuales disputas sobre la actitud de los socialdemócratas hacia los liberales. Como se sabe, estas disputas comenzaron con el II Congreso, que aprobó dos resoluciones, correspondientes al punto de vista de la mayoría (resolución de Plejánov) y de la minoría (resolución de Starover). La primera resolución indica con precisión el carácter clasista del liberalismo como movimiento de la burguesía, y pone en primer plano la tarea de esclarecer al proletariado el carácter antirrevolucionario y antiproletario de la principal corriente liberal (el “osvobozhdenstvo”). Reconociendo la necesidad de que el proletariado apoye a la democracia burguesa, esta resolución no cae en el reconocimiento mutuo politiquero, sino que, en el espíritu de la vieja “Iskra”, reduce la cuestión a la acción conjunta en la lucha: “en la medida en que la burguesía es revolucionaria o solo opositora en su lucha contra el zarismo”, en esa medida los socialdemócratas “deben apoyarla”.

Por el contrario, la resolución de Starover no ofrece un análisis clasista del liberalismo y del democratismo. Está llena de buenas intenciones, inventa condiciones de acuerdo lo más elevadas y buenas posibles, pero, por desgracia, ficticias, verbales: los liberales o demócratas deben declarar tal cosa, no plantear exigencias de tal otra, hacer de tal otra su consigna. ¡Como si la historia de la democracia burguesa en todas partes y siempre no hubiera prevenido a los obreros contra la fe en declaraciones, exigencias y consignas! ¡Como si la historia no nos hubiera mostrado cientos de ejemplos en que los demócratas burgueses salían con consignas no solo de plena libertad, sino de igualdad, con consignas de socialismo, sin dejar por ello de ser demócratas burgueses y aportando con esto un “oscurecimiento” aún mayor a la conciencia del proletariado! El ala intelectual de la socialdemocracia quiere luchar contra este oscurecimiento mediante la presentación de condiciones a los demócratas burgueses sobre el no oscurecimiento. El ala proletaria lucha mediante el análisis del contenido clasista del democratismo. El ala intelectual persigue condiciones verbales de acuerdos. La proletaria exige acción conjunta real en la lucha. El ala intelectual se inventa una medida de burguesía buena, bondadosa y merecedora de un acuerdo con ella. La proletaria no espera ninguna bondad de la burguesía, sino que apoya a toda burguesía, aunque sea la peor, en la medida en que realmente luche contra el zarismo. El ala intelectual se desvía hacia el punto de vista del mercantilismo: si os ponéis del lado de los socialdemócratas y no del de los socialrevolucionarios, entonces estamos de acuerdo en pactar un acuerdo contra el enemigo común, pero si no, no. El ala proletaria se sitúa en el punto de vista de la conveniencia: os apoyamos exclusivamente en función de si podemos asestar más hábilmente algún que otro golpe a nuestro enemigo.

Todas las deficiencias de la resolución de Starover saltaron a la vista en su primer contacto con la realidad. Tal contacto fue el célebre plan de la redacción de la nueva “Iskra”, el plan del “tipo superior de movilización”, en relación con las argumentaciones de principio del núm. 77 (editorial: “La democracia en la encrucijada”) y del núm. 78 (folletín de Starover). Del plan ya se habló en el folleto de Lenin, pero sobre las argumentaciones habrá que detenerse aquí.

Tal es la nueva teoría. Como todas las nuevas teorías de la actual “Iskra”, representa una confusión total. En primer lugar, es infundada y ridícula la pretensión de prioridad en el descubrimiento de la democracia intelectual. En segundo lugar, es incorrecta la distinción entre liberalismo zemstvo y democracia burguesa. En tercer lugar, es insostenible la opinión de que la intelectualidad puede convertirse en una fuerza independiente. En cuarto lugar, es injusta la afirmación de que el liberalismo zemstvo (sin la “mitad democrático-burguesa”) sirve solo para ser fustigado, etc. Analicemos todos estos puntos.

Lenin supuestamente ignoró el nacimiento de la democracia intelectual y del tercer elemento.

Abrimos “Zariá” núm. 2-3. Tomamos el mismo “Balance interior” que se cita en el folletín de Starover. Leemos el título de la sección tercera: “El tercer elemento”[36]. Hojeamos esta sección y leemos sobre el “crecimiento del número y la influencia de los médicos, técnicos, etc., empleados en los zemstvos”, leemos sobre el “indómito desarrollo económico que suscita la necesidad de intelectuales, cuyo número crece constantemente”, sobre la “inevitabilidad de conflictos de estos intelectuales con la burocracia y con los peces gordos de las juntas”, sobre el “carácter directamente epidémico de estos conflictos en los últimos tiempos”, sobre la “incompatibilidad de la autocracia con los intereses de la intelectualidad en general”, leemos un llamamiento directo a estos elementos “bajo la bandera” de la socialdemocracia…

¿No es cierto que está bien? ¡La recién descubierta democracia intelectual y la necesidad de su llamamiento bajo la bandera de la socialdemocracia fueron “descubiertas” por el malvado Lenin hace tres años!

Por supuesto, entonces no se había descubierto aún la contraposición entre los zemstvos y la democracia burguesa. Pero esta contraposición es tan inteligente como si dijéramos: la provincia de Moscú y el territorio del Imperio ruso. Los zemstvos-censitarios y los líderes de la nobleza son demócratas en la medida en que se pronuncian contra la autocracia y la servidumbre. Su democratismo es limitado, estrecho e inconsecuente, como lo es, en distintos grados, limitado, estrecho e inconsecuente todo y cualquier democratismo burgués. El editorial del núm. 77 de “Iskra” analiza nuestro liberalismo, dividiéndolo en grupos: 1) terratenientes feudales; 2) terratenientes liberales; 3) intelectualidad liberal partidaria de una constitución censitaria, y 4) extrema izquierda: la intelectualidad democrática. Este análisis es incompleto y confuso, pues las divisiones intelectuales se mezclan con la división de las distintas clases y grupos cuyos intereses expresa la intelectualidad. Además de los intereses de una amplia capa de terratenientes, el democratismo burgués ruso refleja los intereses de la masa de comerciantes e industriales, predominantemente medianos y pequeños, así como (lo que es particularmente importante) la masa de propietarios y pequeños propietarios entre el campesinado. La ignorancia de esta capa más amplia de la democracia burguesa rusa es la primera laguna en el análisis de “Iskra”. La segunda laguna es el olvido de que la intelectualidad democrática rusa no se divide de manera casual, sino necesaria, por su posición política, en tres cauces: el osvobozhdentsi, el socialrevolucionario y el socialdemócrata. Todas estas corrientes tienen tras de sí una larga historia y cada una expresa (con la precisión posible en un Estado autocrático) el punto de vista de los ideólogos moderados y revolucionarios de la democracia burguesa y el punto de vista del proletariado. Nada hay más curioso que el inocente deseo de la nueva “Iskra”: “¡la democracia debe actuar en calidad de fuerza independiente!”, ¡identificando acto seguido la democracia con la intelectualidad radical! ¡La nueva “Iskra” ha olvidado que la intelectualidad radical, o democracia intelectual, devenida “fuerza independiente”, es precisamente nuestro “partido de los socialistas revolucionarios”! Otra “extrema izquierda” de nuestra intelectualidad democrática no podía ni haber. Pero claro está que de fuerza independiente de semejante intelectualidad se puede hablar solo en un sentido irónico o solo en un sentido bombista de la palabra. Mantenerse en el terreno de la democracia burguesa y moverse a la izquierda de “Osvobozhdenie” significa moverse hacia los socialistas revolucionarios y a ningún otro lugar.

Por último, resiste aún menos la crítica el último nuevo descubrimiento de la nueva “Iskra”: que el “liberalismo sin la mitad democrático-burguesa” apenas sirve para ser fustigado con escorpiones, que “es más razonable arrojar por la borda la idea de hegemonía” si no hay a quién dirigirse fuera de los zemstvos. Todo liberalismo sirve para que la socialdemocracia lo apoye exactamente en la medida en que realmente actúe como luchador contra la autocracia. Precisamente este apoyo por parte del único demócrata consecuente hasta el fin, esto es, el proletariado, a todos los demócratas inconsecuentes (esto es, burgueses) es lo que realiza la idea de hegemonía. Solo una comprensión pequeñoburguesa, mercantil, de la hegemonía ve su esencia en el acuerdo, en el reconocimiento mutuo, en las condiciones verbales. Desde el punto de vista proletario, en la guerra la hegemonía pertenece a quien lucha con más energía, a quien aprovecha cualquier ocasión para asestar un golpe al enemigo, a quien no separa la palabra del hecho, a quien es por ello el guía ideológico de la democracia, criticando toda timidez a medias[37]. Yerra profundamente la nueva “Iskra” al pensar que la timidez a medias es una propiedad moral, y no político-económica, de la democracia burguesa; al pensar que se puede y se debe encontrar una medida tal de timidez a medias hasta la cual el liberalismo merezca solo escorpiones, y a partir de la cual merezca un acuerdo. Esto significa justamente “determinar por adelantado la medida de la bajeza admisible”. En efecto, meditemos en las siguientes palabras: poner como condición para el acuerdo con los grupos de oposición su reconocimiento del sufragio universal, igual, directo y secreto significa “presentarles el irresistible reactivo de nuestra exigencia, el papel de tornasol del democratismo, y poner en la balanza de su cálculo político todo el valor de la cooperación proletaria” (núm. 78). ¡Qué belleza de escrito! ¡Y cómo dan ganas de decirle al autor de estas bellas palabras, Starover: amigo mío, Arkadi Nikoláyevich, no hables con frases bonitas! El señor Struve, de un plumazo, reflejó el irresistible reactivo de Starover cuando escribió en el programa de la “Unión de la Liberación” el sufragio universal. Y el mismo Struve en la práctica nos ha demostrado ya más de una vez que todos estos programas para los liberales son un simple papel, no de tornasol, sino papel ordinario, pues al demócrata burgués nada le cuesta escribir hoy una cosa y mañana otra. De esta propiedad se distinguen incluso muchos intelectuales burgueses que pasan a la socialdemocracia. Toda la historia del liberalismo europeo y ruso muestra cientos de ejemplos de divorcio entre la palabra y el hecho, y por eso mismo es ingenuo el afán de Starover de inventar irresistibles reactivos de papel. Este ingenuo afán conduce a Starover también a la gran idea de que apoyar en su lucha contra el zarismo a un burgués que no está de acuerdo con el sufragio universal ¡significa “reducir a cero la idea del sufragio universal”! ¿Acaso Starover nos escribirá todavía otro bonito[38] folletín demostrando que, al apoyar a los monárquicos en su lucha contra la autocracia, reducimos a cero la “idea” de república? He ahí la desgracia: el pensamiento de Starover gira impotentemente en el marco de condiciones, consignas, exigencias, declaraciones, y pierde de vista el único criterio real: el grado de participación real en la lucha. De ahí que en la práctica se obtenga inevitablemente un embellecimiento de la intelectualidad radical, con la que se declara posible un “acuerdo”. La intelectualidad, en burla del marxismo, es declarada “el nervio motor” (¿y no el lacayo charlatán?) del liberalismo. Los radicales franceses e italianos son galardonados con el título de gente a la que son ajenas las exigencias antidemocráticas o antiproletarias, aunque todo el mundo sabe que esos radicales han traicionado sus programas innumerables veces y han oscurecido la conciencia del proletariado, aunque en el mismo número (núm. 78) de “Iskra”, en la página siguiente (la 7ª), pueden ustedes leer cómo los monárquicos y los republicanos en Italia resultaron “de acuerdo en la lucha contra el socialismo”. La resolución de los intelectuales de Sarátov (de la sociedad sanitaria) sobre la necesidad de participación de representantes de todo el pueblo en la legislación es declarada “la voz auténtica (!!) de la democracia” (núm. 77). El plan práctico de participación de los proletarios en la campaña de los zemstvos va acompañado del consejo de “entrar en cierto acuerdo con los representantes del ala izquierda de la burguesía opositora” (el célebre acuerdo sobre la no producción del pánico). A la pregunta de Lenin sobre dónde habían ido a parar las famosas condiciones de acuerdos de Starover, la redacción de la nueva “Iskra” respondía:

“Estas condiciones deben estar siempre en la memoria de los miembros del partido, y estos últimos, sabiendo en qué condiciones únicamente consiente el partido entrar formalmente en acuerdos políticos con un partido democrático, están moralmente obligados, también en los acuerdos privados de los que se habla en la carta, a distinguir estrictamente entre los representantes fiables de la oposición burguesa –los demócratas auténticos– y los liberales rascamuguetas”[39].

De escalón en escalón. Junto al acuerdo partidario (el único admisible, según la resolución de Starover) aparecieron los acuerdos privados en ciudades aisladas. Junto a los acuerdos formales aparecieron los morales. El reconocimiento verbal de las “condiciones” y de su obligatoriedad “moral” resultó ser lo que otorgaba el título de demócrata “fiable” y “auténtico”, aunque cualquier niño comprende que decenas y cientos de charlatanes de los zemstvos harán cualesquiera declaraciones verbales, asegurarán incluso bajo palabra de honor de radical que son socialistas, con tal de tranquilizar a los socialdemócratas.

No, el proletariado no entrará en este juego de consignas, declaraciones y acuerdos. El proletariado jamás olvidará que los demócratas fiables no pueden ser demócratas burgueses. El proletariado apoyará a la democracia burguesa no sobre la base de pactos con ella de no producir el pánico, no sobre la base de la fe en su fiabilidad, sino cuando y en la medida en que realmente luche contra la autocracia. Tal apoyo es necesario en interés de alcanzar los fines social-revolucionarios independientes del proletariado.

“Vperiod” núm. 3, 24 (11) de enero de 1905.

Se imprime según el manuscrito.