Hace unos días, un periódico legal expresó la opinión de que ahora no es el momento de señalar las «contradicciones» de intereses entre las distintas clases que se alzan contra la autocracia. Esta opinión no es nueva. La encontramos en las páginas de *Osvobozhdenie* y *Rusia Revolucionaria*, por supuesto, con una u otra reserva. Es natural que tal punto de vista predomine entre los representantes de la democracia burguesa. En cuanto a los socialdemócratas, entre ellos no puede haber dos opiniones sobre esta cuestión. La lucha conjunta del proletariado y la burguesía contra la autocracia no debe ni puede hacer olvidar al proletariado la oposición hostil entre sus intereses y los de las clases poseedoras. Y la clarificación de esta oposición exige necesariamente la clarificación de las profundas diferencias entre las concepciones de las distintas corrientes. De aquí no se deduce en absoluto, por supuesto, que debamos renunciar a los acuerdos temporales con los partidarios de otras corrientes, acuerdos que el segundo congreso de nuestro partido consideró admisibles para los socialdemócratas, tanto con los socialistas-revolucionarios como con los liberales.

Los socialdemócratas consideran a los socialistas-revolucionarios representantes de la fracción de extrema izquierda de nuestra democracia burguesa. Los socialistas-revolucionarios se indignan ante esto y ven en tal opinión nada más que un pésimo afán de rebajar al adversario y sembrar sospechas sobre la pureza de sus intenciones y su honradez. En realidad, tal opinión no tiene nada en común con sospecha alguna, siendo simplemente una caracterización marxista del origen de clase y del carácter de clase de las concepciones de los socialistas-revolucionarios. Cuanto más clara y definidamente exponen sus concepciones los socialistas-revolucionarios, tanto más se confirma la caracterización marxista de las mismas. En este sentido, un enorme interés presenta el proyecto de programa del partido de los socialistas-revolucionarios, publicado en el número 46 de *Rusia Revolucionaria*.

El proyecto constituye un paso adelante significativo no sólo en cuanto a una mayor claridad en la exposición de los principios. El progreso se manifiesta también en el contenido de los principios, un progreso del populismo al marxismo, de la democracia al socialismo. Los frutos de nuestra crítica dirigida contra los socialistas-revolucionarios están a la vista: la crítica les ha obligado a subrayar con especial fuerza sus buenas intenciones socialistas y sus concepciones comunes con el marxismo. Tanto más resaltan los rasgos de las viejas concepciones populistas, vagamente democráticas. A quien nos reprochara una contradicción (por un lado, reconocimiento de las buenas intenciones socialistas de los socialistas-revolucionarios; por otro, caracterización de su naturaleza social como democrático-burguesa), le recordamos que ya en el *Manifiesto Comunista* se analizaron ejemplos de socialismo no sólo pequeñoburgués, sino también burgués. Las buenas intenciones de ser socialista no excluyen la esencia democrático-burguesa.

Tres rasgos fundamentales de la cosmovisión de los socialistas-revolucionarios aparecen ante nosotros al conocer el proyecto. En primer lugar, enmiendas teóricas al marxismo. En segundo lugar, una pervivencia del populismo en las concepciones sobre el campesinado trabajador y la cuestión agraria. En tercer lugar, una pervivencia análoga de las opiniones populistas sobre el carácter supuestamente no burgués de la revolución que se avecina en Rusia.

He dicho: enmiendas al marxismo. Exactamente así. Todo el curso fundamental de las ideas, toda la osamenta del programa testimonia la victoria del marxismo sobre el populismo. Este último aún sigue vivo (con ayuda de inyecciones del revisionismo de última moda), pero sólo en forma de «correcciones» parciales al marxismo. Tomemos la principal enmienda teórica general: la teoría de la relación favorable y desfavorable entre los aspectos positivos y negativos del capitalismo. Esta enmienda, en la medida en que no se reduce a una mera confusión, es la introducción en el marxismo del viejo subjetivismo ruso. El reconocimiento de la labor histórica «creadora» del capitalismo, que socializa el trabajo y crea la «fuerza social» capaz de transformar la sociedad, la fuerza del proletariado, tal reconocimiento es una ruptura con el populismo y un paso al marxismo. En la base de la teoría del socialismo se coloca el desarrollo objetivo de la economía y la división de clases. La enmienda: «en algunas ramas de la industria, y en especial en la agricultura, y en países enteros», la relación entre los aspectos positivos y negativos del capitalismo «se vuelve (¡y de qué manera!) cada vez menos favorable». Esto es una repetición de Hertz y David, de Nik.-on y V. V., con toda su teoría sobre los «destinos especiales del capitalismo en Rusia». El atraso de Rusia en general y de la agricultura rusa en particular aparece ya no como atraso del capitalismo, sino como una originalidad que justifica teorías atrasadas. Junto a la comprensión materialista de la historia se vislumbra la vetusta concepción de la intelectualidad, que supuestamente estaría en condiciones de elegir vías más o menos favorables para la patria y convertirse en juez supraclasista del capitalismo, y no en portavoz de la clase que surge precisamente en virtud de la destrucción de las viejas formas de vida por el capitalismo. De manera puramente populista se pierde de vista el hecho de que la explotación capitalista en Rusia adquiere formas particularmente repugnantes a consecuencia de la pervivencia de relaciones precapitalistas.

Aún más claramente aparece la teoría populista en las disquisiciones sobre el campesinado. En todo el proyecto se emplean indistintamente los términos: trabajadores, explotados, clase obrera, masa trabajadora, clase de los explotados, clases de los explotados. Si los autores hubieran reflexionado al menos sobre esta última expresión (clases), que se les escapó involuntariamente, comprenderían que bajo el capitalismo no sólo trabajan y son explotados los proletarios, sino también los pequeñoburgueses. A propósito de nuestros socialistas-revolucionarios hay que decir lo mismo que se dijo de los populistas legales: les cabía el honor de descubrir un capitalismo sin pequeña burguesía, jamás visto en el mundo. Hablan del campesinado trabajador, cerrando los ojos ante el hecho comprobado, estudiado, calculado, descrito y masticado de que entre ese campesinado trabajador ya predomina hoy de manera indiscutible entre nosotros la burguesía campesina, de que el campesinado acomodado, teniendo sin duda derecho al título de trabajador, no por ello prescinde de la contratación de trabajadores y concentra ya en sus manos más de la mitad de las fuerzas productivas del campesinado.

Resulta de lo más curiosa, desde este punto de vista, la tarea que se plantea el partido de los socialistas-revolucionarios en el programa mínimo: «utilizar, en interés del socialismo y de la lucha contra los principios de la propiedad burguesa, tanto las concepciones comunales como en general las concepciones, tradiciones y formas de vida laborales del campesinado ruso, y en particular la visión de la tierra como propiedad común de todos los trabajadores». Esta tarea parece, a primera vista, una repetición completamente inocua, puramente académica, de utopías comunales hace tiempo refutadas tanto por la teoría como por la vida. Pero en realidad nos enfrentamos aquí a una candente cuestión política, cuya solución la revolución rusa promete dar en un futuro próximo: ¿quién utilizará a quién? ¿La intelectualidad revolucionaria, que se imagina socialista, utilizará en interés de la lucha contra los principios de la propiedad burguesa las concepciones laborales del campesinado? ¿O el campesinado propietario-burgués y al mismo tiempo trabajador utilizará la fraseología socialista de la intelectualidad democrático-revolucionaria en interés de la lucha contra el socialismo?

Creemos que se realizará la segunda perspectiva (contra la voluntad y la conciencia de nuestros oponentes). Estamos convencidos de que se realizará, pues ya se ha realizado en nueve décimas partes. Precisamente el campesinado «propietario-burgués» (y al mismo tiempo trabajador) ha utilizado ya en su interés la fraseología socialista de la intelectualidad populista y democrática, la cual, con sus arteles, cooperativas, siembras de pastos, pequeños arados, almacenes de los zemstvos, bancos, imaginaba apoyar las «tradiciones y formas de vida laborales», pero en realidad apoyó el desarrollo del capitalismo dentro de la comuna. La historia económica rusa ha demostrado ya de este modo lo que mañana será demostrado por la historia política rusa. Y toda la tarea del proletariado consciente consiste en, sin renunciar en absoluto al apoyo a las aspiraciones progresistas y revolucionarias del campesinado trabajador burgués, explicar al proletario rural la inevitabilidad de la lucha de mañana contra ese campesinado, explicarle los objetivos verdaderamente socialistas, a diferencia de los sueños democrático-burgueses sobre el uso igualitario de la tierra. Junto con el campesinado burgués contra los vestigios del feudalismo, contra la autocracia, los popes, los terratenientes; junto con el proletariado urbano contra la burguesía en general y el campesinado burgués en particular: he aquí la única consigna correcta del proletario rural, he aquí el único programa agrario correcto de la socialdemocracia rusa en el momento actual. Precisamente ese programa agrario fue adoptado por nuestro segundo congreso. Junto con la burguesía campesina por la democracia, junto con el proletario urbano por el socialismo: esta consigna será asimilada por los pobres del campo de manera mucho más sólida que las brillantes pero superficiales consignas de los socialistas-revolucionarios populistas.

Hemos llegado ahora al tercero de los puntos principales del proyecto esbozados más arriba. Sus autores han roto ya con la concepción de los populistas consecuentes, que estaban contra la libertad política, la cual supuestamente sólo entregaría el poder a la burguesía. Pero los restos de populismo aparecen muy claramente cuando el proyecto caracteriza a la autocracia y la actitud hacia ella de las distintas clases. También aquí —como siempre— vemos que los primeros intentos de la intelectualidad revolucionaria pequeñoburguesa de exponer con precisión la comprensión de la realidad conducen inevitablemente a desenmascarar por completo la contradicción y el anacronismo de su punto de vista. (Señalemos por ello, entre paréntesis, que precisamente a la cuestión de la comprensión de la realidad hay que reducir siempre las disputas con los socialistas-revolucionarios, pues sólo esta cuestión pone de manifiesto con nitidez las causas de nuestra profunda divergencia política.)

«Más reaccionaria que en parte alguna —leemos en el proyecto—, la clase de los grandes industriales y comerciantes necesita cada vez más de la protección de la autocracia contra el proletariado…» Esto es incorrecto, pues en ninguna parte de Europa se manifiesta tanto como entre nosotros la indiferencia de los burgueses avanzados respecto a la forma de gobierno autocrática. El descontento con la autocracia se intensifica entre la burguesía, a pesar del temor al proletariado, en parte ya simplemente porque la policía, con todo su poder ilimitado, no puede extirpar el movimiento obrero. Al hablar de la «clase» de los grandes industriales, el proyecto confunde las subdivisiones y fracciones de la burguesía con toda la burguesía como clase. Tanto más incorrecto es esto cuanto que a las capas medias y pequeñas de la burguesía la autocracia es la que menos puede satisfacer.

«…La nobleza terrateniente y los kulaks rurales necesitan cada vez más un apoyo semejante contra las masas trabajadoras del campo…» ¿Ah, sí? ¿De dónde proviene entonces el liberalismo de los zemstvos? ¿De dónde la mutua atracción entre la intelectualidad culturalista (democrática) y el mujik hacendoso, y viceversa? ¿Acaso el kulak no tiene nada en común con el mujik hacendoso?

«…La existencia de la autocracia entra en una contradicción irreconciliable y progresivamente agudizada con todo el crecimiento económico, sociopolítico y cultural del país…»

¡Bueno, han llevado sus premisas al absurdo! ¿Acaso es concebible una «contradicción irreconciliable» con todo el crecimiento económico, etc., del país que no se exprese en el estado de ánimo de las clases que mandan en la economía? Una de dos. O la autocracia es realmente irreconciliable con el crecimiento económico del país. Entonces es irreconciliable también con los intereses de toda la clase de industriales, comerciantes, terratenientes, mujiks hacendosos. El hecho de que precisamente esa clase tiene en sus manos «nuestro» crecimiento económico desde 1861, probablemente no es desconocido para los socialistas-revolucionarios (aunque con V. V. aprendieran lo contrario). Que un gobierno irreconciliable con la clase de la burguesía en general puede especular con las discordias entre las fracciones y capas de la burguesía, transigir con los proteccionistas contra los librecambistas, apoyarse en una capa contra otra y mantener tal equilibrismo durante años y decenios, es algo que enseña toda la historia europea. O bien entre nosotros los industriales, los terratenientes y los burgueses campesinos «necesitan cada vez más» de la autocracia. Entonces habrá que aceptar que ellos, los señores económicos del país, no comprenden, ni siquiera tomados en su conjunto como clase, los intereses del crecimiento económico del país, que esos intereses no los comprenden ni siquiera los representantes y líderes avanzados, cultos e instruidos de esas clases.

¿Pero no es más natural aceptar que quienes no comprenden la cuestión son nuestros socialistas-revolucionarios? Veamos: un poco más adelante ellos mismos reconocen «la existencia de una oposición democrático-liberal que abarca principalmente a los elementos intermedios en cuanto a su posición de clase de la sociedad instruida». ¿Acaso nuestra sociedad instruida no es una sociedad burguesa? ¿Acaso no está unida por miles de hilos con los comerciantes, industriales, terratenientes, mujiks hacendosos? ¿Acaso a Rusia el destino le ha deparado vivir un capitalismo en el que la oposición democrático-liberal no represente una oposición democrático-burguesa? ¿Acaso los socialistas-revolucionarios conocen un ejemplo histórico tal, acaso pueden imaginarse un caso en que la oposición de la burguesía a la autocracia no se exprese a través de la «sociedad» liberal e instruida?

La confusión del proyecto es resultado inevitable de la mezcla de populismo con marxismo. Sólo el marxismo ha dado un análisis científicamente correcto, confirmado cada vez más por la realidad, de la relación entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo. También entre nosotros, como en todo el mundo, existe una democracia burguesa y una democracia obrera. También entre nosotros, como en todo el mundo, la socialdemocracia debe desenmascarar implacablemente las ilusiones inevitables de la democracia burguesa y su incomprensión de su propia naturaleza. También entre nosotros, como en todo el mundo, el proletariado consciente debe apoyar a la democracia burguesa en su oposición y en su lucha contra los vestigios del feudalismo, contra la autocracia, sin olvidar ni por un minuto su peculiaridad de clase y su objetivo de clase de derrocar a la burguesía.

*Vperiod* nº 3, 24 (11) de enero de 1905.

Se imprime según el texto del periódico *Vperiod*.