Un grave defecto de casi toda la prensa socialdemócrata sobre la cuestión del programa agrario en general, y en particular un defecto de los debates en el Congreso de Estocolmo, consiste en que predominan las consideraciones prácticas sobre las teóricas, y las políticas sobre las económicas[78]. La excusa para la mayoría de nosotros la constituyen, naturalmente, las condiciones de intenso trabajo de partido en las que discutimos la cuestión agraria durante la revolución: primero, después del 9 de enero de 1905, unos meses antes del estallido (el «III Congreso del POSDR» de los bolcheviques en Londres en 1905 y la conferencia simultánea de la minoría en Ginebra), y luego, al día siguiente del levantamiento de diciembre{98} y en vísperas de la primera Duma, en Estocolmo. Pero este defecto debe ser corregido ahora, en todo caso, y en particular es especialmente necesario el análisis del aspecto teórico de la cuestión de la nacionalización y la municipalización.

1. ¿Qué es la nacionalización de la tierra?

Más arriba hemos citado la fórmula corriente de la tesis hoy generalmente reconocida: «todos los grupos populistas se pronuncian por la nacionalización de la tierra». Pero en realidad esta fórmula corriente es muy imprecisa, y de «generalmente reconocida», si se tiene en cuenta la efectiva identidad de concepción de esta «nacionalización» entre los representantes de las distintas corrientes políticas, tiene muy poco. La masa campesina exige la tierra de manera espontánea, oprimida por los latifundios feudales y sin vincular ninguna noción económica medianamente precisa al traspaso de la tierra al pueblo. El campesino sólo tiene una exigencia plenamente madurada, sufrida, por así decirlo, y curtida por largos años de opresión: renovar, fortalecer, consolidar, ampliar la pequeña agricultura, hacerla predominante, nada más. El campesino sólo se imagina el traspaso de los latifundios de los terratenientes a sus manos; el campesino reviste la vaga idea de la unidad de todos los campesinos, como masa, en esta lucha, con las palabras sobre la propiedad popular de la tierra. Al campesino lo guía el instinto del propietario, al que estorban la infinita fragmentación de las formas actuales de la propiedad territorial medieval y la imposibilidad de organizar el cultivo de la tierra plenamente conforme a las exigencias del «propietario», si toda esta abigarrada variedad medieval de la propiedad territorial se mantiene. La necesidad económica de suprimir la propiedad terrateniente, de suprimir también las «trabas» de la propiedad parcelaria, he ahí los conceptos negativos que agotan la idea campesina de la nacionalización. Qué formas de propiedad territorial resultarán necesarias ulteriormente para la renovada pequeña hacienda que haya digerido, por así decirlo, los latifundios de los terratenientes, sobre esto el campesino no piensa.

También en la ideología populista, que expresa las exigencias y esperanzas del campesinado, los aspectos negativos en el concepto (o en la vaga idea) de la nacionalización predominan sin duda alguna. Eliminar los viejos estorbos, quitar de en medio al terrateniente, «deslindar» las tierras, romper las trabas de la propiedad parcelaria, fortalecer la pequeña hacienda, sustituir la «desigualdad» (los latifundios terratenientes) por «la igualdad, la fraternidad, la libertad»: he ahí lo que constituye, en sus nueve décimas partes, la ideología populista. El derecho igual a la tierra, el uso igualitario de la misma, la socialización, todo esto no son sino diferentes formas de expresión de las mismas ideas, y todo ello constituye conceptos predominantemente negativos, pues el populista no se representa un nuevo orden como un determinado régimen de relaciones económico-sociales. Para el populista, la transformación agraria en curso es un tránsito de la feudalidad, la desigualdad, la opresión en general, a la igualdad y la libertad, y nada más. Es la típica limitación del revolucionario burgués, que no ve las propiedades capitalistas de la nueva sociedad que él mismo está creando.

El marxismo, en contraposición a la ingenua concepción del populismo, investiga el nuevo régimen que se está formando. Con la más completa libertad de la hacienda campesina, con la más completa igualdad de los pequeños propietarios asentados en tierra de todo el pueblo, o de nadie, o «de Dios», tenemos ante nosotros un régimen de producción mercantil. A los pequeños productores los une y los somete el mercado. Del intercambio de productos surge el poder del dinero; a la transformación en dinero del producto agrícola sigue la transformación en dinero de la fuerza de trabajo. La producción mercantil se convierte en producción capitalista. Y esta teoría no es un dogma, sino una simple descripción, una generalización de lo que está ocurriendo también en la hacienda campesina rusa. Cuanto más libre está esta hacienda de la estrechez de tierras, de la opresión terrateniente, de la presión de las relaciones y los órdenes medievales de la propiedad territorial, de la servidumbre y la arbitrariedad, tanto más fuertemente se desarrollan las relaciones capitalistas dentro de la propia hacienda campesina. Es un hecho que testimonia con la más absoluta certeza toda la historia de Rusia posterior a la reforma.

Por consiguiente, el concepto de nacionalización de la tierra, reducido al terreno de la realidad económica, es una categoría de la sociedad mercantil y capitalista. Lo real en este concepto no es lo que los campesinos piensan o los populistas dicen, sino lo que se desprende de las relaciones económicas de la sociedad dada. La nacionalización de la tierra bajo las relaciones capitalistas es la entrega de la renta al Estado, ni más ni menos. ¿Y qué es la renta en la sociedad capitalista? No es, en absoluto, el ingreso de la tierra en general. Es aquella parte de la plusvalía que queda después de deducir la ganancia media del capital. Es decir, la renta presupone el trabajo asalariado en la agricultura, la transformación del agricultor en arrendatario, en empresario. La nacionalización (en su forma pura) presupone que el Estado percibe la renta de los empresarios agrícolas, que pagan salarios a los obreros asalariados y obtienen la ganancia media sobre su capital, media en relación con todas las empresas, tanto agrícolas como no agrícolas, del país o del conjunto de países dados.

De este modo, el concepto teórico de la nacionalización está indisolublemente vinculado a la teoría de la renta, es decir, precisamente la renta capitalista, como un tipo especial de ingreso de una clase especial (la de los terratenientes) en la sociedad capitalista.

La teoría de Marx distingue dos tipos de renta: la diferencial y la absoluta. La primera es resultado de la limitación de la tierra, de su ocupación por las haciendas capitalistas, independientemente por completo de que exista o no la propiedad sobre la tierra y de cuál sea la forma de propiedad territorial. Entre las distintas haciendas en la tierra son inevitables las diferencias que provienen de las diferencias en la fertilidad del suelo, en la ubicación de las parcelas con respecto al mercado, en la productividad de las inversiones adicionales de capital en la tierra. Para abreviar, se pueden resumir estas diferencias (sin olvidar, no obstante, la desigualdad de las fuentes de unas y otras diferencias) como diferencias de tierras mejores y peores. Además. El precio de producción del producto agrícola lo determinan las condiciones de producción no en las tierras medias, sino en las peores, ya que el producto de las tierras mejores por sí solo es insuficiente para cubrir la demanda. La diferencia entre el precio de producción individual y el precio de producción más alto constituye la renta diferencial. (Recordemos que Marx llama precio de producción a los costos del capital para la producción del producto más la ganancia media sobre el capital.)

La renta diferencial se forma inevitablemente en la agricultura capitalista, aunque se aboliera por completo la propiedad privada sobre la tierra. Si existe la propiedad territorial, esta renta la percibirá el terrateniente, pues la competencia de los capitales obligará al arrendatario (granjero) a conformarse con la ganancia media sobre el capital. Abolida la propiedad privada sobre la tierra, esta renta la percibirá el Estado. La supresión de esta renta es imposible mientras exista el modo de producción capitalista.

La renta absoluta proviene de la propiedad privada sobre la tierra. En esta renta hay un elemento de monopolio, un elemento de precio de monopolio[79]. La propiedad privada sobre la tierra estorba la libre competencia, impide la nivelación de la ganancia, la formación de la ganancia media en las empresas agrícolas y no agrícolas. Y como en la agricultura la técnica es más baja, la composición del capital se distingue por una mayor proporción de capital variable en comparación con el constante que en la industria, el valor individual del producto agrícola es superior al medio. Por eso, la propiedad privada sobre la tierra, al frenar la libre nivelación de la ganancia en las empresas agrícolas a la par de las no agrícolas, hace posible vender el producto agrícola no al precio de producción más alto, sino al valor individual del producto, aún más elevado (pues el precio de producción se determina por la ganancia media sobre el capital, y la renta absoluta impide que se forme esta «media», consolidando monopolísticamente un valor individual más alto que el medio).

Así, la renta diferencial es inherente inevitablemente a toda agricultura capitalista. La absoluta, no a toda, sino sólo bajo la condición de la propiedad privada sobre la tierra, sólo a condición del atraso de la agricultura, creado históricamente[80] y consolidado por el monopolio.

Kautsky contrapone ambos tipos de renta, entre otras cosas en su relación específica con la nacionalización de la tierra, en los siguientes términos:

«En la medida en que la renta territorial es renta diferencial, proviene de la competencia. En la medida en que es renta absoluta, del monopolio... En la práctica, la renta territorial se nos presenta sin dividir en partes; no se puede saber qué parte de ella es renta diferencial y cuál absoluta. Además, por lo común se mezcla con ella el interés del capital por los gastos realizados por el terrateniente. Allí donde el terrateniente es al mismo tiempo agricultor, la renta territorial se une junto con la ganancia agrícola.

No obstante, la diferencia entre ambos tipos de renta tiene la mayor importancia.

La renta diferencial proviene del carácter capitalista de la producción, y no de la propiedad privada sobre la tierra.

Esta renta se conservaría también con la nacionalización de la tierra, exigida (en Alemania) por los partidarios de la reforma agraria que mantienen la explotación capitalista de la agricultura. Sólo que entonces esta renta no iría a parar a manos de particulares, sino al Estado.

La renta absoluta proviene de la propiedad privada sobre la tierra, de la contraposición de intereses entre el terrateniente y el resto de la sociedad. La nacionalización de la tierra daría la posibilidad de suprimir esta renta y reducir, en el monto de esta renta, los precios de los productos agrícolas (subrayado nuestro).

Además, la segunda diferencia entre la renta diferencial y la absoluta consiste en que la primera no influye, como parte componente, en el precio de los productos agrícolas, mientras que la segunda sí influye. La primera proviene del precio de producción, la segunda, del excedente de los precios de mercado sobre los precios de producción. La primera surge del excedente, de la superganancia que proporciona el trabajo más productivo en la mejor tierra o en la mejor ubicación. La segunda no proviene del ingreso adicional de algunos tipos de trabajo agrícola; sólo es posible como una deducción de la cantidad disponible de valores en favor del terrateniente, una deducción de la masa de plusvalía, por consiguiente, o bien una disminución de la ganancia, o bien una deducción del salario. Si los precios del pan suben y también sube el salario, entonces disminuye la ganancia del capital. Si los precios del pan suben sin que suba el salario, el perjuicio recae sobre los obreros. Por último, puede ocurrir —y esto debe considerarse incluso la regla general— que el perjuicio causado por la renta absoluta lo soporten tanto los obreros como los capitalistas juntos»[81].

Así pues, la cuestión de la nacionalización de la tierra en la sociedad capitalista se divide en dos partes sustancialmente distintas: la cuestión de la renta diferencial y de la renta absoluta. La nacionalización cambia al perceptor de la primera y socava la existencia misma de la segunda. La nacionalización es, por consiguiente, de un lado, una reforma parcial dentro de los límites del capitalismo (cambio del perceptor de una parte de la plusvalía), y de otro lado, la abolición del monopolio que restringe todo el desarrollo del capitalismo en general.

Sin distinguir estos dos aspectos, es decir, la nacionalización de la renta diferencial y de la absoluta, no se puede comprender toda la significación económica de la cuestión de la nacionalización en Rusia. Pero aquí nos topamos con la negación de la teoría de la renta absoluta por parte de P. Máslov.

2. Piotr Máslov corrige los borradores de Carlos Marx{99}

En 1901, en la revista extranjera «Zariá», ya tuve ocasión de señalar la comprensión incorrecta de la teoría de la renta por Máslov, a propósito de sus artículos en la revista «Zhizn»[82].

Los debates antes de Estocolmo y en Estocolmo se concentraron, como ya he indicado, en un grado absolutamente desmesurado, en el aspecto político de la cuestión. Pero después de Estocolmo, M. Olénov, en su artículo «Sobre las bases teóricas de la municipalización de la tierra» («Obrazovánie», 1907, núm. 1), analizó el libro de Máslov sobre la cuestión agraria en Rusia y subrayó en especial la incorrección de la teoría económica de Máslov, que niega en general la renta absoluta.

Máslov respondió a Olénov con un artículo en los números 2 y 3 de «Obrazovánie». Acusaba a su oponente de «desvergüenza», «ataques insolentes», «desfachatez», etc. En realidad, en el terreno de la teoría marxista, es precisamente Piotr Máslov quien es un insolente y torpe advenedizo, pues difícilmente se puede imaginar algo más ignorante que la autocomplaciente «crítica» de Marx por Máslov, que insiste en sus viejos errores.

Escribir semejante cosa sólo pudo hacerlo, en general, una persona que no hubiera entendido nada en la teoría de la renta de Marx. ¡Pero la condescendiente despreocupación del magnífico Piotr Máslov hacia el autor de los borradores es verdaderamente inigualable! ¡Este «marxista» está por encima de considerar necesario, para instruir a otros, familiarizarse con Marx, estudiar al menos las «Teorías sobre la plusvalía» publicadas en 1905, donde la teoría de la renta está masticada, puede decirse, incluso para los Máslov!

He aquí los argumentos de Máslov contra Marx:

«La renta absoluta se obtiene, según se dice, gracias a la baja composición del capital agrícola... Dado que la composición del capital no influye ni en el precio del producto, ni en la tasa de ganancia, ni en general en la distribución de la plusvalía entre los empresarios, no puede crear renta alguna. Si la composición del capital agrícola es más baja que la del industrial, la renta diferencial se obtiene de la plusvalía obtenida en la agricultura misma, pero esto no tiene importancia para la formación de la renta. Por consiguiente, si la "composición" del capital cambiara, esto no influiría en absoluto en la renta. La magnitud de la renta no está determinada en modo alguno por el carácter de su origen, sino únicamente por la mencionada diferencia en la productividad del trabajo en distintas condiciones» (págs. 108-109 de la obra citada. Subrayado de Máslov).

Sería interesante saber si alguna vez los «críticos de Marx» burgueses han llegado a semejante ligereza en la refutación. ¡Pues nuestro magnífico Máslov lo confunde todo por completo, confunde ya cuando expone a Marx (por lo demás, esta es también la manera del señor Bulgákov y de todos los demoledores burgueses del marxismo, que se diferencian de Máslov por una mayor honestidad, en el sentido de que no se llaman marxistas). No es cierto que según Marx la renta absoluta se obtenga gracias a la baja composición del capital agrícola. La renta absoluta se obtiene gracias a la propiedad privada sobre la tierra. Esta propiedad privada crea un monopolio especial, que no tiene nada en común con el modo de producción capitalista, el cual puede existir tanto en tierra comunal como en tierra nacionalizada[83]. El monopolio no capitalista de la propiedad privada territorial impide la nivelación de la ganancia en aquellas ramas de la producción que están resguardadas por este monopolio. Para que «la composición del capital no influya en la tasa de ganancia» (hay que añadir: la composición del capital individual o del capital de una rama aislada de la industria; Máslov también aquí confunde al exponer a Marx), para que se forme la tasa media de ganancia, es necesaria la nivelación de la ganancia de todas las empresas individuales y de todas las esferas aisladas de la industria. La nivelación se efectúa por la libertad de competencia, la libertad de aplicación del capital a todas las ramas de la producción indistintamente. ¿Puede existir esta libertad allí donde existe un monopolio no capitalista? No, no puede. El monopolio de la propiedad privada sobre la tierra estorba la libertad de aplicación del capital, estorba la libre competencia, impide la nivelación de la ganancia agrícola desproporcionadamente alta (a consecuencia de la baja composición del capital agrícola). La objeción de Máslov es una total falta de reflexión, y esta falta de reflexión se nos presenta con particular evidencia cuando leemos dos páginas más adelante una referencia... a la producción de ladrillos (pág. 111), donde la técnica también es atrasada, la composición orgánica del capital también es más baja que la media, como en la agricultura, ¡y no hay renta!

Y no puede haber renta en la producción de ladrillos, estimado «teórico», porque la renta absoluta la engendra no la baja composición del capital agrícola, sino el monopolio de la propiedad privada territorial, que impide que la competencia nivele la ganancia del capital de «baja composición». Negar la renta absoluta equivale a negar la significación económica de la propiedad privada sobre la tierra.

El segundo argumento de Máslov contra Marx:

«La renta del "último" capital invertido, la renta de Rodbertus y la renta absoluta de Marx desaparecerá, porque el arrendatario siempre puede convertir el "último" capital en "penúltimo", si éste da algo más que la ganancia habitual» (pág. 112).

Confunde, confunde «desvergonzadamente» Piotr Máslov.

En primer lugar, la comparación de Rodbertus y Marx en la cuestión de la renta es una ignorancia redonda. La teoría de Rodbertus se basa en el supuesto de que el erróneo cálculo del terrateniente pomerano («¡no contar» el producto bruto en la agricultura!) es obligatorio también para el capitalista-arrendatario. En la teoría de Rodbertus no hay un ápice de historicismo, ni un ápice de realidad histórica, porque él toma la agricultura en general, fuera del tiempo y del espacio, la agricultura de cualquier país y de cualquier época. Marx toma un período histórico particular, cuando el capitalismo desarrolló más rápidamente la técnica de la industria que la de la agricultura. Marx toma la agricultura capitalista, constreñida por la propiedad privada no capitalista sobre la tierra.

En segundo lugar, la referencia al arrendatario, que «siempre puede» convertir el último capital en penúltimo, muestra que el magnífico Piotr Máslov no ha entendido no sólo la renta absoluta, ¡sino tampoco la renta diferencial de Marx! Esto es increíble, pero es un hecho. El arrendatario, durante el plazo por el cual ha arrendado la tierra, «siempre puede» apropiarse y siempre se apropia de toda renta, en cuanto «convierte el último capital en penúltimo», en cuanto —hablando más sencillamente y (ahora lo veremos) con más exactitud— invierte un nuevo capital en la tierra. Durante el plazo de vigencia del contrato de arriendo, la propiedad privada sobre la tierra deja de existir para el arrendatario: él ya ha «pagado su rescate», ha pagado el arriendo, se ha liberado de ese monopolio, éste ya no puede estorbarle[84]. Por eso, cuando una nueva inversión de capital por el arrendatario en su parcela le da tanto nueva ganancia como nueva renta, esta renta no la percibe el terrateniente, sino el arrendatario. El terrateniente empezará a percibir esta nueva renta sólo después de que termine el plazo del viejo contrato de arriendo, después de que se celebre un nuevo contrato de arriendo. ¿Qué mecanismo transferirá entonces la nueva renta del bolsillo del arrendatario al bolsillo del terrateniente? El mecanismo de la libre competencia, pues la obtención por el arrendatario no sólo de la ganancia media, sino también de la superganancia (= renta) atraerá capitales hacia la empresa desacostumbradamente rentable. De aquí se comprende, por un lado, por qué a los arrendatarios, en igualdad de condiciones, les conviene el arriendo a largo plazo, y a los terratenientes, a corto plazo. De aquí se comprende, por otro lado, por qué, por ejemplo, los terratenientes ingleses, después de la abolición de las leyes cerealeras en Inglaterra, obligaban por contrato a los arrendatarios a invertir no menos de doce libras esterlinas (unos 110 rublos) por acre en su parcela, en lugar de ocho. Los terratenientes tomaban así en cuenta la técnica agrícola socialmente necesaria, que había progresado a consecuencia de la abolición de las leyes cerealeras.

Ahora cabe preguntarse: la nueva renta que el arrendatario se apropia durante el plazo de vigencia del contrato de arriendo, ¿de qué tipo es? ¿Sólo absoluta, o también diferencial? De ambos tipos. Pues si Piotr Máslov se hubiera preocupado por entender a Marx antes de ponerse a «criticar los borradores» de manera divertida, sabría que la renta diferencial la proporcionan no sólo las distintas parcelas de tierra, sino también las distintas inversiones de capital en una misma parcela[85].

En tercer lugar (pedimos disculpas por fatigar al lector con una enumeración tan larga de los errores de Máslov a propósito de cada una de sus frases, pero ¿qué hacer si tenemos delante a semejante «fecundo» Konfusionsrat, «consejero confuso», como dicen los alemanes?), en tercer lugar, el razonamiento de Máslov sobre el último y el penúltimo capital está construido sobre la famosa «ley de la productividad decreciente del suelo». Al igual que los economistas burgueses, Máslov reconoce esta ley (llamando incluso a esta estúpida invención «para darle importancia» un hecho). Al igual que los economistas burgueses, Máslov vincula esta ley con la teoría de la renta, declarando, con la audacia del completo ignorante en teoría: «si no existiera el hecho de la disminución de la productividad de las últimas inversiones de capital, no existiría tampoco la renta territorial» (114).

Remitimos al lector, para la crítica de esta trivial y burguesa «ley de la productividad decreciente del suelo», a lo que dije en 1901 contra el señor Bulgákov[86]. En esta cuestión, no hay ninguna diferencia de esencia entre Bulgákov y Máslov.

Como complemento a lo dicho contra Bulgákov, citaremos solamente un pasaje más de los «borradores» del tomo III, que revela de manera especialmente clara la magnificencia de la crítica de Máslov y Bulgákov:

«En lugar de examinar las causas histórico-naturales reales del agotamiento de la tierra —causas que, por lo demás, eran desconocidas para los economistas que escribían sobre la renta diferencial, debido al estado de la química agrícola en su tiempo—, en lugar de ello recurrían a la trivial consideración de que no se puede invertir una cantidad ilimitada de capital en una parcela de tierra espacialmente limitada; por ejemplo, el "Westminster Review" objetaba a Richard Jones que no se puede alimentar a toda Inglaterra con el cultivo de Soho Square[87]...»{100}.

Esta objeción es el único argumento con que argumenta tanto Máslov como todos los demás partidarios de la «ley de la productividad decreciente»: si no existiera esta ley, si las inversiones sucesivas de capital pudieran ser tan productivas como las anteriores, entonces, dicen, no habría necesidad de ampliar la superficie de cultivo, entonces se podría obtener cualquier cantidad de producto agrícola de la más pequeña superficie, por medio del aumento de las inversiones de nuevo capital en la tierra; es decir, entonces se podría «alimentar a toda Inglaterra con un solo Soho Square» o «concentrar la agricultura de todo el globo terrestre en una sola desiatina»[88], etc. Marx somete a análisis, por consiguiente, el argumento fundamental a favor de la «ley» de la productividad decreciente.

«...Si esto —continúa Marx— se considera como una desventaja especial de la agricultura, entonces la posición exactamente contraria es la correcta. En la agricultura, pueden ser empleadas productivamente inversiones sucesivas de capital, porque la tierra misma actúa como instrumento de producción, mientras que en la fábrica, donde la tierra sólo sirve de base, de lugar de emplazamiento, de base territorial de operaciones, en la fábrica esto no ocurre, o tiene lugar en límites muy estrechos. Es cierto que se puede concentrar una gran producción en un espacio pequeño, en comparación con la artesanía dispersa, y la gran industria procede precisamente de esta manera. Pero, si está dada una determinada fase de desarrollo de la fuerza productiva, siempre se requiere también un espacio determinado, y la construcción en altura tiene también sus límites prácticos definidos. Más allá de estos límites, la ampliación de la producción requiere también la ampliación de la superficie de tierra. El capital fijo invertido en maquinaria, etc., no mejora a consecuencia del uso, sino que, por el contrario, se desgasta. Nuevos inventos pueden también aquí producir mejoras aisladas, pero si tomamos una fase dada de desarrollo de la fuerza productiva, la máquina sólo puede empeorar. Con el rápido desarrollo de la fuerza productiva, todas las máquinas viejas deben ser sustituidas por otras más ventajosas, es decir, deben ser desechadas por completo. La tierra, por el contrario, mejora constantemente, si se la trata correctamente. La ventaja de la tierra, de que las inversiones sucesivas de capital pueden dar ganancia sin ninguna pérdida de las inversiones anteriores, esta ventaja incluye también la posibilidad de diferente productividad de las inversiones sucesivas de capital» («Das Kapital», III. Band, 2. Teil, Seite 314){101}.

Máslov prefirió repetir la manida parábola de la economía burguesa sobre la ley de la productividad decreciente, antes que reflexionar sobre la crítica de Marx. ¡Y Máslov todavía tiene la audacia, justamente en estas mismas cuestiones, desfigurando a Marx, de pretender exponer el marxismo!

Hasta qué punto Máslov deforma, con su punto de vista puramente burgués sobre la «ley natural» de la productividad decreciente, la teoría de la renta, se ve también por la siguiente tirada, que Máslov escribe en cursiva: «Si las inversiones sucesivas de capital en la misma superficie de tierra, conduciendo a la intensificación de la agricultura, fueran igual de productivas, la competencia de las nuevas tierras desaparecería inmediatamente, ya que el costo del transporte recae, aparte de los costos de producción, sobre el precio del pan» (pág. 107).

¡Así que la competencia ultramarina se explica sólo con ayuda de la ley de la productividad decreciente! ¡Exactamente como en los economistas burgueses! Pero si Máslov no supo leer o no fue capaz de entender el tomo III, entonces debería haberse familiarizado por lo menos con «La cuestión agraria» de Kautsky o con el folleto de Párvus sobre la crisis agrícola. Máslov, tal vez, habría comprendido por las exposiciones divulgativas de estos marxistas que el capitalismo infla la renta, aumentando la población industrial. Y el precio de la tierra (= renta capitalizada) consolida rentas desmesuradamente infladas. Esto se refiere también a la renta diferencial, de manera que vemos aquí por segunda vez que Máslov no entendió nada de Marx ni siquiera en relación con el tipo más simple de renta.

La economía burguesa explica la «competencia de las nuevas tierras» mediante la «ley de la productividad decreciente», porque el burgués, queriéndolo o no, ignora el aspecto histórico-social de la cuestión. La economía socialista (es decir, el marxismo) explica la competencia ultramarina porque las tierras que no pagan renta socavan los precios desmesuradamente altos del pan, consolidados por el capitalismo de los viejos países europeos, que ha inflado hasta dimensiones increíbles la renta territorial. El economista burgués no comprende (u oculta de sí mismo y de los demás) que la altura de la renta, consolidada mediante la propiedad privada sobre la tierra, constituye un obstáculo para el progreso de la agricultura, y echa la culpa al obstáculo «natural» del «hecho» de la productividad decreciente.

3. ¿Es necesario, para refutar al populismo, refutar a Marx?

Según la opinión de Piotr Máslov, es necesario. «Desarrollando» más su tonta «teoría», nos instruye en «Obrazovánie»:

«Si no existiera el "hecho" de la caída de la productividad de las inversiones sucesivas de trabajo en la misma superficie de tierra, entonces todavía podría, tal vez, realizarse el idilio que pintan los socialistas-revolucionarios y los socialpopulistas: cada campesino disfruta del pedacito de tierra que le corresponde e invierte en él tanto trabajo como quiere, y la tierra le "retribuye" por cada "inversión" una cantidad correspondiente de producto» (núm. 2, 1907, pág. 123).

Así que, ¡si Marx no hubiera sido refutado por Piotr Máslov, entonces, tal vez, los populistas tendrían razón! He aquí las perlas a las que llega nuestro «teórico». Y nosotros que hasta ahora pensábamos sencillamente, a la manera marxista, que el idilio de la perpetuación de la pequeña producción se refuta de ningún modo por la «ley» burguesa y estúpida de la productividad decreciente, sino por el hecho de la producción mercantil, el dominio del mercado, las ventajas de la gran agricultura capitalista sobre la pequeña, etc. ¡Máslov lo ha cambiado todo! ¡Máslov ha descubierto que si no existiera la ley burguesa refutada por Marx, los populistas tendrían razón!

Es poco. También los revisionistas tendrían razón. He aquí otro razonamiento de nuestro economista autóctono:

«Si no me equivoco, a mí (Piotr Máslov) me tocó ser el primero (¡vaya!) en subrayar de manera especialmente tajante la diferencia entre el significado del cultivo de la tierra y el progreso técnico para el desarrollo de la agricultura y, en particular, para la lucha entre la producción grande y la pequeña. Si la intensificación de la agricultura, las inversiones adicionales de trabajo y capital, son igualmente menos productivas tanto en la hacienda grande como en la pequeña, el progreso técnico, que aumenta la productividad del trabajo agrícola, como en la industria, proporciona enormes y exclusivas ventajas a la gran hacienda. Estas ventajas dependen casi exclusivamente de las condiciones técnicas...». Confunde usted, estimado: las ventajas de la gran producción en el aspecto comercial tienen una importancia grande.

«... Por el contrario, el cultivo de la tierra, por lo común, puede aplicarse igualmente tanto en la hacienda grande como en la pequeña...». El cultivo de la tierra «puede» aplicarse.

El profundo Máslov conoce, evidentemente, una hacienda en la que puede no aplicarse el cultivo de la tierra. «...Por ejemplo, la rotación de cultivos en lugar de la rotación trienal, el aumento de la cantidad de abono, la profundización de la labranza, etc., son igualmente aplicables en la hacienda grande y en la pequeña, e influyen igualmente en la productividad del trabajo. Pero, por ejemplo, la introducción de la segadora aumenta la productividad del trabajo sólo en las haciendas más grandes, porque las pequeñas franjas de cereal se pueden segar o guadañar con mayor comodidad...».

¡Sí, a Máslov, indudablemente, le tocó ser el «primero» en introducir una confusión tan infinita en la cuestión! Piénsese nada más: ¡el arado de vapor (profundización de la labranza), eso es «cultivo de la tierra»; la segadora, eso es «técnica»! ¡Resulta, según la doctrina de nuestro incomparable Máslov, que el arado de vapor no es técnica! Resulta que la segadora no es una inversión adicional de trabajo y capital. Los abonos artificiales, el arado de vapor, el cultivo de hierbas, eso es «intensificación». La segadora y en general «la mayor parte de las máquinas agrícolas», eso es «progreso técnico». ¡Inventar semejante estupidez le «tocó» a Máslov porque es necesario, de algún modo, salir del atolladero con la «ley de la productividad decreciente», refutada por el progreso técnico! Bulgákov salía del atolladero diciendo: el progreso técnico es temporal, el estancamiento es permanente. Máslov sale del atolladero inventando una divertidísima división del progreso técnico en la agricultura en «intensificación» y «técnica».

¿Qué es la intensificación? La inversión adicional de trabajo y capital. ¡La segadora, según el descubrimiento del gran Máslov, no es una inversión de capital! ¡La sembradora en líneas no es una inversión de capital! «La rotación de cultivos en lugar de la rotación trienal» ¿es igualmente aplicable en la hacienda grande y en la pequeña? No es cierto. La introducción de la rotación de cultivos también requiere inversiones adicionales de capital, y es mucho más aplicable en la hacienda grande. Véase sobre esto, entre otras cosas, más arriba en los datos sobre la agricultura alemana («La cuestión agraria y los "críticos de Marx"»[89]). También los datos rusos testimonian lo mismo. Y la más simple reflexión le mostrará a usted que no puede ser de otro modo, que la rotación de cultivos no puede ser igualmente aplicable en la hacienda pequeña y en la grande. No puede ser «igualmente aplicable» el aumento de la cantidad de abono, porque la gran hacienda: 1) tiene más ganado mayor, que es lo más importante en este aspecto; 2) alimenta mejor al ganado y no «ahorra» tanto la paja, etc.; 3) tiene mejores dispositivos para conservar el abono; 4) emplea más abonos artificiales. Máslov, realmente, deforma «desvergonzadamente» los datos comúnmente conocidos sobre la agricultura moderna. Por último, tampoco puede ser igualmente aplicable en la hacienda pequeña y en la grande la profundización de la labranza. Basta señalar dos hechos: en primer lugar, en la gran hacienda crece el empleo del arado de vapor (compárense más arriba los datos sobre Alemania[90]; ahora, probablemente, también el arado eléctrico). Quizá también Máslov caiga en la cuenta de que éste no es «igualmente» aplicable en la hacienda grande y en la pequeña. En esta última se difunde el empleo de vacas como ganado de tiro. Piense usted, gran Máslov, ¿puede esto significar una igual aplicabilidad de la profundización de la labranza? En segundo lugar, incluso cuando la hacienda grande y la pequeña emplean tipos iguales de ganado de trabajo, éste es más débil en la hacienda pequeña, y por eso no puede haber igualdad de condiciones en la profundidad de la labranza.

En una palabra, es difícil encontrar una frase en Máslov que encierre pretensiones de pensamiento «teórico» sin toparse con una masa inagotable de la más increíble confusión y de la más asombrosa ignorancia. Pero Máslov, sin inmutarse, concluye:

«Quien se ha aclarado la diferencia entre los dos aspectos señalados del desarrollo de la agricultura (mejora del cultivo y mejora de la técnica), ése refutará fácilmente toda la argumentación del revisionismo, y entre nosotros, del populismo» («Obrazovánie», 1907, núm. 2, pág. 125).

Así. Así. Máslov no es populista ni revisionista sólo porque ha sabido elevarse por encima de los borradores de Marx hasta «aclararse» los caducos prejuicios de la caduca economía burguesa. ¡Vieja tonada con nueva letra! ¡Marx contra Marx!, exclamaban Bernstein y Struve. No se puede refutar el revisionismo sin refutar a Marx, pregona Máslov.

Para concluir, un detalle característico. Si Marx está equivocado al crear la teoría de la renta absoluta, si no puede haber renta sin la «ley de la productividad decreciente», si los populistas y los revisionistas podrían tener razón en caso de no existir esta ley, entonces, al parecer, en la «teoría» de Máslov sus «correcciones» al marxismo deberían ocupar un lugar clave. Sí, así lo ocupan. Pero Máslov prefiere, de todos modos, ocultarlas. Hace poco salió la traducción alemana de su libro «La cuestión agraria en Rusia». Me interesé por ver en qué forma presenta Máslov a los socialdemócratas europeos sus increíbles banalidades teóricas. Resultó que en ninguna. Ante los europeos, Máslov se ha guardado en el bolsillo «toda» su teoría. Ha suprimido todo lo referente a la negación de la renta absoluta, de la ley de la productividad decreciente, etc. A este respecto me vino involuntariamente a la memoria el relato sobre un desconocido que asistía por primera vez a las conversaciones de los filósofos antiguos y permanecía todo el tiempo callado. —Si eres inteligente —le dijo a este desconocido uno de los filósofos—, entonces obras estúpidamente. Si eres estúpido, obras inteligentemente.

4. ¿Está vinculada la negación de la renta absoluta con el programa de municipalización?

Por muy lleno que esté Máslov de la conciencia de la importancia de sus notables descubrimientos en el terreno de la teoría de la economía política, sin embargo, visiblemente, duda un poco acerca de si existe semejante vínculo. Por lo menos, en el artículo citado («Obrazovánie», núm. 2, pág. 120), niega el vínculo de la municipalización con el «hecho» de la productividad decreciente. Resulta algo extraño: la «ley de la productividad decreciente» está vinculada con la negación de la renta absoluta, está vinculada también con la lucha contra el populismo, pero no está vinculada, según se dice, ¡con el programa agrario de Máslov! Pero de lo incorrecto de esta opinión sobre la ausencia de vínculo entre la teoría agraria general y el programa agrario ruso de Máslov es fácil convencerse también por vía directa.

La negación de la renta absoluta es la negación de la significación económica de la propiedad privada territorial bajo el capitalismo. Quien reconoce la existencia únicamente de la renta diferencial, llega inevitablemente a la conclusión de que las condiciones de la economía capitalista y del desarrollo capitalista no cambian en absoluto en dependencia de si la tierra será propiedad del Estado o propiedad de particulares. En ambos casos, desde el punto de vista de la teoría que niega la renta absoluta, existe sólo una renta diferencial. Es comprensible que semejante teoría deba llevar a la negación de toda significación de la nacionalización como medida que influya en el desarrollo del capitalismo en el sentido de su aceleración, en el sentido de despejar el camino para él, etc. Pues semejante enfoque de la nacionalización se desprende del reconocimiento de dos tipos de renta: la capitalista, es decir, no eliminable bajo el capitalismo ni siquiera en tierra nacionalizada (la renta diferencial), y la no capitalista, vinculada al monopolio, innecesaria para el capitalismo y que estorba el pleno desarrollo del mismo (la renta absoluta).

Por eso Máslov llegó inevitablemente, partiendo de su «teoría», a la conclusión de que «da lo mismo llamarla (a la renta territorial) absoluta o diferencial» («Obrazovánie», núm. 3, pág. 103), y que la cuestión está sólo en si transferir esta renta a las instituciones locales o al poder central. Pero semejante punto de vista es resultado de la ignorancia teórica. Con absoluta independencia de la cuestión de a manos de quién será transferida la renta y con qué fines políticos se la utilizará, existe todavía una cuestión incomparablemente más profunda sobre los cambios en las condiciones generales de la economía capitalista y del desarrollo capitalista, provocados por la supresión de la propiedad privada sobre la tierra.

Esta cuestión puramente económica ni siquiera ha sido planteada por Máslov, no ha sido comprendida por él, y no podía ser comprendida negando la renta absoluta. De aquí la reducción deformemente unilateral, «politiquera», si se me permite decirlo, de la cuestión de la confiscación de la tierra terrateniente exclusivamente a quién percibirá la renta. De aquí el dualismo deforme en el programa, calculado para el «desarrollo victorioso de la revolución» (expresión de la resolución táctica añadida en el Congreso de Estocolmo al programa de Máslov). El desarrollo victorioso de la revolución burguesa presupone ante todo transformaciones económicas fundamentales, que barran, realmente, todas y cada una de las supervivencias del feudalismo y de los monopolios medievales. En tanto que en la municipalización vemos un auténtico bimetalismo agrario: la combinación de la más vieja, caduca y anticuada propiedad parcelaria medieval con la ausencia de propiedad privada sobre la tierra, es decir, con la organización más avanzada, teóricamente ideal, de las relaciones territoriales en la sociedad capitalista. Este bimetalismo agrario es un absurdo teórico, algo imposible desde un punto de vista puramente económico. La unión de la propiedad privada sobre la tierra y la propiedad pública es aquí puramente mecánica, «inventada» por un hombre que no ve ninguna diferencia en el propio régimen de la economía capitalista bajo la propiedad privada sobre la tierra y sin propiedad privada sobre la tierra. Para semejante «teórico» la cuestión está exclusivamente en cómo repartirse la renta, «da lo mismo llamarla absoluta o diferencial».

En realidad, en un país capitalista es imposible dejar la mitad de la tierra (138 millones de desiatinas de 280) en propiedad privada. Una de dos. O la propiedad privada sobre la tierra es realmente requerida por la fase dada de desarrollo económico, realmente corresponde a los intereses fundamentales de la clase de los propietarios capitalistas en la tierra. Entonces es inevitable la propiedad privada sobre la tierra en todas partes y por doquier, como base de la sociedad burguesa formada según tal o cual tipo.

O la propiedad privada sobre la tierra no es obligatoria en la fase dada de desarrollo capitalista, no se desprende con inevitable necesidad de los intereses de la clase de los arrendatarios, contradice incluso estos intereses, y entonces es imposible la conservación de esta propiedad en su forma anticuada.

La conservación del monopolio en una mitad de la superficie de tierra cultivable, la creación de un privilegio para una categoría de pequeños propietarios, la perpetuación en la sociedad libremente capitalista de una «zona de residencia» que separe a los propietarios y a los arrendatarios de tierra pública, es un disparate indisolublemente vinculado al disparate de la teoría económica de Máslov.

Y debemos pasar ahora al examen de la significación económica de la nacionalización, relegada a segundo plano por Máslov y sus partidarios[91].

5. Crítica de la propiedad privada sobre la tierra desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo

La errónea negación de la renta absoluta, de esta forma de realización de la propiedad privada territorial en los ingresos capitalistas, llevó a un importante defecto de la literatura socialdemócrata y de toda la posición socialdemócrata sobre la cuestión agraria en la revolución rusa. En lugar de tomar en sus manos la crítica de la propiedad privada sobre la tierra, en lugar de poner esta crítica sobre la base del análisis económico, del análisis de una determinada evolución económica, nuestros socialdemócratas, siguiendo a Máslov, entregaron esta crítica en manos de los populistas. Resultó una doble vulgarización teórica del marxismo y una tergiversación de sus tareas propagandísticas en la revolución. La crítica de la propiedad privada sobre la tierra en los discursos de la Duma, en la literatura propagandística y de agitación, etc., se llevó a cabo sólo desde el punto de vista populista, es decir, pequeñoburgués, cuasi socialista. Los marxistas no supieron extraer el núcleo real de esta ideología pequeñoburguesa, no comprendieron su tarea de introducir el elemento histórico en el examen de la cuestión y de sustituir el punto de vista de los pequeños burgueses (la idea abstracta de igualación, justicia, etc.) por el punto de vista del proletariado sobre las verdaderas raíces de la lucha contra la propiedad privada territorial en la sociedad capitalista en desarrollo. El populista cree que la negación de la propiedad privada sobre la tierra es la negación del capitalismo. Esto es falso. La negación de la propiedad privada sobre la tierra es la expresión de las exigencias del más puro desarrollo capitalista. Y a nosotros nos toca reavivar en la conciencia de los marxistas las «palabras olvidadas» de Marx, que criticó la propiedad territorial privada desde el punto de vista de las condiciones de la economía capitalista.

Tal crítica la dirigía Marx no sólo contra la gran propiedad territorial, sino también contra la pequeña. La libre propiedad del pequeño campesino sobre la tierra es un acompañante necesario de la pequeña producción en la agricultura bajo determinadas condiciones históricas. A. Finn tenía toda la razón contra Máslov al subrayar esto. Pero semejante reconocimiento de la necesidad histórica, demostrada por la experiencia, no excluye la obligación del marxista de valorar multilateralmente la pequeña propiedad territorial. La libertad real de semejante propiedad es inconcebible sin la libertad de compraventa de la tierra. La propiedad privada sobre la tierra significa la necesidad de invertir capital en la compra de tierra. A este respecto, Marx escribía en el tomo III de «El Capital»: «Uno de los defectos específicos de la pequeña agricultura, allí donde está vinculada a la libre propiedad sobre la tierra, proviene de que el cultivador invierte capital en la compra de tierra» (III, 2, 342). «La inversión de capital en la compra de tierra quita este capital al cultivo» (ib.[92], 341){102}.

«La inversión de capital monetario en la compra de tierra no representa, en modo alguno, una inversión de capital agrícola. Por el contrario, significa una disminución correspondiente del capital de que pueden disponer en su esfera de producción los pequeños campesinos. Disminuye en medida correspondiente el volumen de sus medios de producción y, por tanto, estrecha la base económica de la reproducción. Somete al pequeño campesino a la usura, ya que en esta esfera son más raras, en general, las verdaderas relaciones crediticias. Representa un estorbo para la agricultura también en el caso de que tenga lugar la compra de grandes haciendas terratenientes. De hecho, contradice el modo de producción capitalista, para el cual en conjunto es indiferente el endeudamiento del terrateniente, ya sea que haya heredado su parcela de tierra o la haya comprado» (344-345){103}.

Así, tanto la hipoteca de la tierra como la usura son, por así decirlo, formas de eludir, por parte del capital, las dificultades que la propiedad territorial privada opone a la libre penetración del capital en la agricultura. Sin capital no se puede llevar la hacienda en la sociedad de producción mercantil. El campesino, y su ideólogo populista, no pueden dejar de darse cuenta de esto. De modo que la cuestión se reduce a si el capital puede aplicarse libremente a la agricultura de manera directa e inmediata, o a través de la mediación del usurero y de la institución crediticia. El pensamiento del campesino y del populista, que en parte no tienen conciencia del pleno dominio del capital en la sociedad moderna, y en parte se encasquetan el gorro de las ilusiones y los sueños para no ver la desagradable realidad, este pensamiento se orienta hacia la ayuda monetaria desde fuera. «A las personas que reciban tierra del fondo de todo el pueblo —reza el § 15 del proyecto agrario de los 104— y que no dispongan de medios suficientes para adquirir todo lo necesario para la hacienda, se les debe prestar ayuda por cuenta del Estado en forma de préstamos y subsidios». Naturalmente, no cabe duda de que semejante ayuda monetaria sería necesaria en la reorganización de la agricultura rusa por una revolución campesina victoriosa. Kautsky, en su trabajo «La cuestión agraria en Rusia», lo subraya con toda razón. Pero de lo que se trata ahora es de cuál es la significación económico-social, inadvertida por el populista, de todos esos «préstamos y subsidios monetarios». El Estado no puede ser más que un intermediario en la transmisión de dinero de los capitalistas; pero tomar dinero, él mismo sólo puede tomarlo de los capitalistas. Por consiguiente, aun con la mejor organización posible de la ayuda estatal, el dominio del capital no se elimina en lo más mínimo, y la cuestión sigue siendo la misma: cuáles son las formas posibles de aplicación del capital a la agricultura.

Y esta cuestión conduce inevitablemente a la crítica marxista de la propiedad privada sobre la tierra. Esta propiedad es un estorbo a la libre aplicación del capital a la tierra. O bien plena libertad de esta aplicación —y entonces la abolición de la propiedad privada sobre la tierra, es decir, la nacionalización de la tierra—. O bien el mantenimiento de la propiedad privada territorial, y entonces las formas indirectas de penetración del capital: la hipoteca de la tierra por el terrateniente y el campesino, el sojuzgamiento del campesino por el usurero, el arriendo de la tierra al arrendatario poseedor de capital.

«En la pequeña agricultura —dice Marx— el precio de la tierra, esta forma de la propiedad privada sobre la tierra y resultado de tal propiedad, se presenta ella misma como limitación de la producción. En la gran agricultura y en la gran propiedad territorial, basada en el modo capitalista de explotación, la propiedad también es una limitación, puesto que restringe al arrendatario en las inversiones productivas de capital, que en última instancia no benefician a él, sino al terrateniente» (346-347, 2. Teil, III. Band, «Das Kapital»){104}.

Por consiguiente, la abolición de la propiedad privada sobre la tierra es la eliminación máxima, posible en la sociedad burguesa, de todos y cada uno de los valladares que estorban la libre aplicación del capital a la agricultura y el libre paso del capital de una rama de la producción a otra. La libertad, la amplitud y la rapidez del desarrollo del capitalismo, la plena libertad de la lucha de clases, la eliminación de todos los intermediarios superfluos que hacen que la agricultura se parezca a la industria «sudorífera»: he ahí lo que es la nacionalización de la tierra bajo la producción capitalista.

6. La nacionalización de la tierra y la renta «en dinero»

Un interesante argumento económico contra la nacionalización fue presentado por el partidario del reparto A. Finn. Tanto la nacionalización como la municipalización, dice, son la transferencia de la renta a una determinada colectividad social. Pero cabe preguntarse, ¿de qué renta se trata aquí? No de la renta capitalista, pues «los campesinos, por lo general, no obtienen de su tierra una renta en el sentido capitalista» («La cuestión agraria y la socialdemocracia», pág. 77, cf. pág. 63), sino de la renta monetaria precapitalista.

Por renta monetaria entiende Marx el pago por el campesino al terrateniente de todo el producto excedente en forma monetaria. La forma primitiva de dependencia económica del campesino respecto al terrateniente es, en los modos de producción precapitalistas, la renta en trabajo (Arbeitsrente), es decir, la corvea; después, la renta en productos o renta en especie; y, por último, la renta monetaria. Esta renta —dice A. Finn— «es la más difundida entre nosotros aún hoy» (pág. 63).

Es indudable que el arriendo servil y de servidumbre está extraordinariamente difundido entre nosotros y que, según la teoría de Marx, el pago de los campesinos en semejante arriendo es, en una parte considerable, renta monetaria. ¿Qué fuerza da la posibilidad de exprimir tal renta de los campesinos? ¿Acaso la fuerza de la burguesía y del capitalismo en desarrollo? De ningún modo. La fuerza de los latifundios feudales. En la medida en que éstos sean destruidos —y éste es el punto de partida y la condición fundamental de la revolución agraria campesina—, en esa medida no cabe hablar de «renta monetaria» en el sentido precapitalista. La objeción de Finn tiene, por consiguiente, solamente la significación de subrayar una vez más el absurdo de separar las tierras parcelarias de los campesinos de las demás tierras en el curso de la transformación agraria revolucionaria: como las tierras parcelarias a menudo están rodeadas por las de los terratenientes, como de las actuales condiciones del deslinde de las tierras campesinas y terratenientes se desprende la servidumbre, el mantenimiento de este deslinde es reaccionario. Y la municipalización lo mantiene, a diferencia tanto del reparto como de la nacionalización.

La existencia de la pequeña propiedad territorial o, más exactamente, de la pequeña hacienda, introduce, por supuesto, ciertas modificaciones en las tesis generales de la teoría sobre la renta capitalista, pero no suprime esta teoría. Marx señala, por ejemplo, que la renta absoluta, como tal, por lo común no existe en la pequeña agricultura que trabaja principalmente para la satisfacción de las necesidades del propio agricultor (III, 2, 339, 344){105}. Pero cuanto más se desarrolla la economía mercantil, tanto más aplicables se hacen todas las tesis de la teoría económica también a la hacienda campesina, una vez que ésta se ha colocado en las condiciones del mundo capitalista. No hay que olvidar que ninguna nacionalización de la tierra, ninguna igualación en el uso de la tierra eliminará el fenómeno, ya plenamente formado en Rusia, de que el campesinado acomodado ya explota su hacienda de manera capitalista. He mostrado en «El desarrollo del capitalismo» que, según los datos de los años 80 y 90 del siglo pasado, alrededor de 1/5 de los hogares campesinos concentran en sus manos hasta la mitad de la producción agrícola campesina y una proporción mucho mayor del arriendo; que la economía de tales campesinos es hoy ya más mercantil que natural; que, por último, este campesinado no puede existir sin el contingente millonario de braceros y jornaleros[93]. En este campesinado, los elementos de la renta capitalista están dados de antemano. Este campesinado expresa sus intereses por boca de los señores Peshejónov, que rechazan «cuerdamente» tanto la prohibición del trabajo asalariado como la «socialización de la tierra», defendiendo con cordura el punto de vista del individualismo económico del campesino que se abre camino. Si separamos estrictamente en las utopías de los populistas el momento económico real de la ideología falsa, veremos en seguida que de la supresión de los latifundios feudales —tanto con el reparto, como con la nacionalización, como con la municipalización— quien más saldrá ganando es precisamente el campesinado burgués. Los «préstamos y subsidios» del Estado no pueden asimismo dejar de beneficiar ante todo a este mismo. La «revolución agraria campesina» no es otra cosa que la subordinación de toda la propiedad territorial a las condiciones del progreso y la prosperidad precisamente de estas haciendas de tipo "farmer".

La renta monetaria es el ayer que agoniza y que no puede dejar de agonizar. La renta capitalista es el mañana que nace y que no puede dejar de desarrollarse, tanto con la expropiación estolipiniana de los campesinos más pobres («según el artículo 87») como con la expropiación campesina de los terratenientes más ricos.

7. ¿En qué condiciones puede realizarse la nacionalización?

Entre los marxistas se encuentra a menudo la opinión de que la nacionalización es realizable sólo en una fase elevada de desarrollo del capitalismo, cuando éste haya preparado ya plenamente las condiciones de «separación de los propietarios de la tierra respecto a la agricultura» (a través de la mediación del arriendo y la hipoteca). Se supone que la gran agricultura capitalista debe haberse formado ya antes de que sea realizable la nacionalización de la tierra, que cercena la renta y no afecta al organismo económico[94].

¿Es correcta esta opinión? Teóricamente no puede fundamentarse; no puede apoyarse en referencias directas a Marx; los datos de la experiencia hablan más bien contra ella.

Teóricamente, la nacionalización representa el desarrollo «idealmente» puro del capitalismo en la agricultura. Otra cosa es la cuestión de cuán a menudo son realizables en la historia semejantes combinaciones de condiciones y semejante correlación de fuerzas que permiten la nacionalización en la sociedad capitalista. Pero ella no es sólo una consecuencia, sino también una condición del rápido desarrollo del capitalismo. Pensar que la nacionalización es posible sólo con un desarrollo muy alto del capitalismo en la agricultura equivale, tal vez, a negar la nacionalización como medida de progreso burgués, pues el alto desarrollo del capitalismo agrícola ha colocado ya en todas partes en el orden del día (y lo colocará inevitablemente a su tiempo en los nuevos países) la «socialización de la producción agrícola», es decir, la revolución socialista. Una medida de progreso burgués, como medida burguesa, es inconcebible en medio de una aguda exacerbación de la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía. Semejante medida es más verosímil, más bien, en una sociedad burguesa «joven», que aún no ha desarrollado sus fuerzas, que aún no ha desplegado sus contradicciones hasta el fin, que aún no ha creado un proletariado tan fuerte que aspire directamente a la revolución socialista. Y Marx admitía, y en parte defendía directamente, la nacionalización no sólo en la época de la revolución burguesa en Alemania en 1848, sino también en 1846 para América, respecto de la cual él mismo indicaba entonces con plena exactitud que apenas comenzaba su desarrollo «industrial». La experiencia de los distintos países capitalistas no nos muestra la nacionalización de la tierra en una forma medianamente pura. Algo análogo vemos en Nueva Zelanda, una joven democracia capitalista, donde no se puede hablar de un alto desarrollo del capitalismo agrícola. Algo análogo hubo también en América cuando el Estado dictó la ley de homesteads y repartía por una renta nominal parcelas de tierra a los pequeños propietarios.

No. Remitir la nacionalización a la época del capitalismo altamente desarrollado equivale a negarla como medida de progreso burgués. Y semejante negación contradice directamente la teoría económica. Me parece que en el siguiente razonamiento de las «Teorías sobre la plusvalía», Marx apuntó otras condiciones de realización de la nacionalización que las que se suponen habitualmente.

Después de mostrar que el terrateniente es una figura completamente superflua para la producción capitalista, y que el fin de esta última «se alcanza plenamente» si la tierra pertenece al Estado, Marx prosigue:

«Por eso el burgués radical llega teóricamente a la negación de la propiedad privada sobre la tierra... Sin embargo, en la práctica le falta valentía, ya que el ataque a una forma de propiedad, a la forma de la propiedad privada sobre las condiciones de trabajo, sería muy peligroso también para la otra forma. Además, el burgués se ha territorializado a sí mismo» («Theorien über den Mehrwert», II. Band, 1. Teil, S. 208){106}.

Marx no señala aquí como obstáculo para la realización de la nacionalización el insuficiente desarrollo del capitalismo en la agricultura. Señala otros dos obstáculos, que hablan mucho más en favor de la idea de la viabilidad de la nacionalización en la época de la revolución burguesa.

Primer obstáculo: al burgués radical le falta valentía para atacar la propiedad territorial privada en vista del peligro del ataque socialista a toda propiedad privada, es decir, de la revolución socialista.

Segundo obstáculo: «el burgués se ha territorializado a sí mismo». Marx tiene en vista, evidentemente, que precisamente el modo burgués de producción se ha consolidado ya en la propiedad privada sobre la tierra, es decir, que esta propiedad privada se ha vuelto mucho más burguesa que feudal. Cuando la burguesía, como clase, en amplias y predominantes proporciones, se ha vinculado ya con la propiedad territorial, ya «se ha territorializado a sí misma», «se ha asentado en la tierra», ha sometido plenamente a su dominio la propiedad territorial, entonces no puede haber un auténtico movimiento social de la burguesía en pro de la nacionalización. No puede haberlo por la sencilla razón de que ninguna clase se alzará contra sí misma.

Estos dos obstáculos, en general, son eliminables sólo en la época del capitalismo que comienza, y no del que termina; en la época de la revolución burguesa, y no en vísperas de la revolución socialista. La opinión de que la nacionalización es realizable sólo con un capitalismo altamente desarrollado no puede ser calificada de marxista. Contradice tanto las premisas generales de la teoría de Marx como las palabras suyas citadas. Simplifica la cuestión del marco histórico-concreto de la nacionalización como medida aplicada por tales o cuales fuerzas y clases, hasta convertirla en una abstracción esquemática y escueta.

El «burgués radical» no puede ser valiente en la época del capitalismo fuertemente desarrollado. En semejante época, este burgués es ya inevitablemente contrarrevolucionario en su masa. En semejante época es ya inevitable una «territorialización» casi completa de la burguesía. Por el contrario, en la época de la revolución burguesa, las condiciones objetivas obligan al «burgués radical» a ser valiente, pues él, al resolver la tarea histórica del momento dado, no puede todavía, como clase, temer la revolución proletaria. En la época de la revolución burguesa, la burguesía aún no se ha territorializado a sí misma: la propiedad territorial está todavía demasiado impregnada de feudalismo en semejante época. Se hace posible el fenómeno de que la masa de los agricultores burgueses, de los "farmers", luche contra las principales formas de propiedad territorial y, por consiguiente, llegue a la realización práctica de la plena «liberación de la tierra» burguesa, es decir, a la nacionalización.

En todos estos aspectos, la revolución burguesa rusa se encuentra en condiciones particularmente favorables. Razonando desde un punto de vista puramente económico, debemos reconocer sin ninguna duda el máximo de residuos del feudalismo en la propiedad territorial rusa, tanto en la de los terratenientes como en la parcelaria campesina. En semejantes condiciones, la contradicción entre el capitalismo relativamente desarrollado en la industria y el monstruoso atraso del campo se hace clamorosa y empuja, en virtud de causas objetivas, a la mayor profundidad de la revolución burguesa, a la creación de las condiciones del más rápido progreso agrícola. La nacionalización de la tierra es precisamente la condición del más rápido progreso capitalista en nuestra agricultura. En Rusia existe un «burgués radical» que aún no se ha «territorializado» a sí mismo, que no puede temer en el momento actual el «ataque» proletario. Este burgués radical es el campesino ruso.

Desde el punto de vista señalado se vuelve plenamente comprensible la actitud distinta hacia la nacionalización de la tierra de la masa de los burgueses liberales rusos y de la masa de los campesinos rusos. El terrateniente liberal, el abogado, el gran industrial, el comerciante: todos ellos están ya suficientemente «territorializados». No pueden no temer el ataque proletario. No pueden no preferir la vía estolipiniana-cadete. ¡Piénsese nada más qué río de oro fluye ahora a los terratenientes, funcionarios, abogados, comerciantes en forma de millones repartidos por el banco "campesino" a los aterrados terratenientes! Con el «rescate» cadete, este río de oro se encauzaría de un modo ligeramente distinto, sería tal vez un poco menos abundante, pero, con todo, se compondría de cientos de millones, fluiría a las mismas manos.

Del derrocamiento revolucionario de todas las viejas formas de propiedad territorial no puede caer ni un kopek ni al funcionario ni al abogado. Y el comerciante —en su masa— no puede mirar tan lejos como para preferir la futura ampliación del mercado interior mujik a la posibilidad inmediata de arrebatarle algo al señor. Sólo el campesino, a quien la vieja Rusia está metiendo en el ataúd a martillazos, es capaz de luchar por la renovación completa de la propiedad territorial.

8. La nacionalización, ¿es un tránsito hacia el reparto?

Si se mira la nacionalización como una medida sumamente realizable en la época de la revolución burguesa, semejante punto de vista lleva forzosamente a admitir que la nacionalización puede resultar un simple tránsito hacia el reparto. La necesidad económica real que obliga a la masa del campesinado a luchar por la nacionalización es la necesidad de renovar de raíz todas las viejas relaciones de propiedad territorial, de «limpiar» todas las tierras, de readaptarlas de nuevo para la nueva hacienda de tipo "farmer". Siendo esto así, es claro que los farmers adaptados, que hayan renovado toda la propiedad territorial, pueden exigir la consolidación de estos nuevos órdenes agrarios, es decir, la transformación de las parcelas arrendadas por ellos al Estado en propiedad privada.

Sí, esto es absolutamente indiscutible. Nosotros deducimos la nacionalización no de consideraciones abstractas, sino del cálculo concreto de los intereses concretos de una época concreta. Y, naturalmente, sería ridículo considerar «idealistas» a la masa de pequeños propietarios; sería ridículo pensar que ellos se detendrían ante el reparto cuando sus intereses lo exijan. Debemos, por consiguiente, examinar: 1) si sus intereses pueden exigir el reparto; 2) en qué condiciones; y 3) cómo debe esto repercutir en el programa agrario proletario.

A la primera pregunta ya hemos dado una respuesta afirmativa. A la segunda no se puede responder en la actualidad con certeza. El reparto puede ser provocado, después de un período de nacionalización revolucionaria, por la aspiración a consolidar en el grado máximo posible las nuevas relaciones de propiedad territorial, correspondientes a las exigencias del capitalismo. Puede ser provocado por la aspiración de los actuales poseedores de la tierra a aumentar sus ingresos a costa del resto de la sociedad. Por último, puede ser provocado por la aspiración a «tranquilizar» (o, hablando más sencillamente, amordazar) al proletariado y a las capas semiproletarias, para quienes la nacionalización de la tierra será un elemento que «despierte el apetito» por la socialización de toda la producción social. Estas tres posibilidades se reducen a una misma base económica, pues del afianzamiento de la nueva propiedad territorial capitalista de los nuevos farmers se desprenderá por sí mismo el ánimo antiproletario y la aspiración a crearse un nuevo privilegio en forma de derecho de propiedad. Así, la cuestión se reduce precisamente a este afianzamiento económico. Una rémora permanente para él será el desarrollo del capitalismo, que intensifica la superioridad de la gran agricultura y exige una constante facilidad para la «consolidación» de las pequeñas parcelas de los farmers en grandes parcelas. Una rémora temporal será el fondo de colonización de Rusia: afianzar la nueva hacienda significa elevar la técnica agrícola. Y ya hemos mostrado que cada paso adelante de la técnica agrícola «abre» para Rusia nuevas y nuevas extensiones de su fondo de colonización.

Como resultado del análisis de la segunda cuestión por nosotros planteada, hay que sacar la conclusión de que no se puede prever con exactitud las condiciones en que la exigencia del reparto por parte de los nuevos farmers superará todas las influencias contrarias. Hay que contar con que el ulterior desarrollo capitalista creará inevitablemente, después de la revolución burguesa, tales condiciones.

En cambio, a la última cuestión, sobre la actitud del partido obrero ante la posible exigencia del reparto por los nuevos farmers, se puede dar una respuesta plenamente definida. El proletariado puede y debe apoyar a la burguesía combatiente cuando ésta libra una lucha realmente revolucionaria contra el feudalismo. Pero no es asunto del proletariado apoyar a la burguesía cuando ésta se tranquiliza. Si es indudable que la revolución burguesa victoriosa en Rusia es imposible sin la nacionalización de la tierra, aún es más indudable que el viraje subsiguiente hacia el reparto es imposible sin cierta «restauración», sin un viraje del campesinado (o más exactamente, desde el punto de vista de las relaciones supuestas: del farmerismo) hacia el lado de la contrarrevolución. El proletariado defenderá la tradición revolucionaria contra todas esas aspiraciones, y no las ayudará.

Sería en todo caso profundamente erróneo creer que la nacionalización, en el caso de que el nuevo farmerismo virara hacia el reparto, seguiría siendo un fenómeno fugaz, sin importancia seria. La nacionalización tendría en todo caso una importancia gigantesca, tanto material como moral. Material, en el sentido de que nada es capaz de barrer tan completamente los residuos del medioevo en Rusia, de renovar tan completamente la aldea semipodrida en la barbarie asiática, de impulsar tan rápidamente hacia adelante el progreso agrícola, como la nacionalización. Cualquier otra solución de la cuestión agraria en la revolución crea puntos de partida menos favorables para el desarrollo económico ulterior.

El significado moral de la nacionalización en la época revolucionaria consiste en que el proletariado ayuda a asestar un golpe tal a «una forma de la propiedad privada», cuyos ecos serán inevitables en todo el mundo. El proletariado defiende la transformación burguesa más consecuente y más decidida, las condiciones más favorables del desarrollo capitalista, contrarrestando de este modo con el mayor éxito toda mediatización, flojedad, falta de carácter, pasividad: cualidades que la burguesía no puede dejar de mostrar.