Existe un dicho según el cual cada uno tiene derecho, durante 24 horas, a maldecir a sus jueces. Nuestro congreso del partido, como todo congreso de cualquier partido, fue también juez de algunas personas que pretendían ocupar el cargo de dirigentes y que naufragaron. Ahora, estos representantes de la «minoría», con una ingenuidad que llega a ser conmovedora, «maldicen a sus jueces» y tratan por todos los medios de desacreditar al congreso, de menoscabar su importancia y autoridad. Quizá esta tendencia se manifestó del modo más relevante en el artículo de Praktik en el número 57 de *Iskra*, que se indigna contra la idea de la «divinidad» soberana del congreso. Es un rasgo tan característico de la nueva *Iskra* que no podemos pasarlo por alto. La redacción, compuesta en su mayoría por personas rechazadas por el congreso, continúa, por un lado, llamándose a sí misma redacción «del partido», y, por otro lado, abre los brazos a las personas que afirman que el congreso no es una divinidad. Esto es muy bonito, ¿verdad? Sí, señores, el congreso, por supuesto, no es una divinidad, pero ¿qué hay que pensar de la gente que empieza a «desollar» al congreso después de haber sufrido en él una derrota?

Recordad, en efecto, los principales hechos de la historia de la preparación del congreso.

*Iskra*, desde el principio, en su anuncio de 1900[53] que precedió a la publicación del periódico, declaró que antes de unirnos debemos deslindarnos. *Iskra* se esforzó por convertir la conferencia de 1902{96} en una reunión privada, y no en un congreso del partido[54]. *Iskra* actuó con extrema cautela en el verano y otoño de 1902, renovando el Comité de Organización elegido en dicha conferencia. Por fin, la tarea de deslinde terminó, terminó según nuestro reconocimiento común. El Comité de Organización se constituyó a fines de 1902. *Iskra* saluda su consolidación y declara, en el editorial del número 32, que la convocatoria del congreso del partido es una necesidad de la mayor y más inaplazable urgencia[55]. Por lo tanto, a nosotros menos que a nadie se nos puede reprochar precipitación en lo que respecta a la convocatoria del Segundo Congreso. Actuamos precisamente según la regla: mide siete veces, corta una; teníamos el pleno derecho moral de confiar en que los camaradas, después de haber cortado, no se pondrían a lloriquear y a medir de nuevo. El Comité de Organización elaboró un reglamento extremadamente minucioso (formalista y burocrático, dirían las personas que ahora encubren con estas palabrejas su falta de carácter político) para el Segundo Congreso, hizo pasar este reglamento por todos los comités y, finalmente, lo aprobó, decretando entre otras cosas en el § 18: «Todas las decisiones del congreso y todas las elecciones realizadas por él son resoluciones del partido, obligatorias para todas las organizaciones del partido. Nadie, bajo ningún pretexto, puede protestar contra ellas, y solo pueden ser anuladas o modificadas por el siguiente congreso del partido»[56]. ¿No es cierto cuán inocentes son en sí mismas estas palabras, aceptadas en su momento en silencio, como algo obvio, y cuán extrañamente suenan ahora, como una sentencia dictada contra la «minoría»! ¿Con qué objetivo se redactó semejante párrafo? ¿Para cumplir con una mera formalidad? Por supuesto que no. Esta decisión parecía necesaria y era realmente necesaria, pues el partido consistía en una serie de grupos dispersos e independientes, de los cuales era de esperar el no reconocimiento del congreso. Esta decisión expresaba precisamente la buena voluntad de todos los revolucionarios (de la que ahora se habla tan a menudo y tan fuera de lugar, caracterizando eufemísticamente con el término de buena lo que más merece el epíteto de caprichosa). Equivalía a la palabra de honor mutua que se dieron todos los socialdemócratas rusos. Debía garantizar que los inmensos trabajos, peligros y gastos relacionados con el congreso no resultarían en vano, que el congreso no se convertiría en una comedia. Calificaba de antemano todo no reconocimiento de las decisiones y elecciones del congreso como una violación de la confianza.

Entonces, ¿de quién se burla la nueva *Iskra*, que ha hecho el nuevo descubrimiento de que el congreso no es una divinidad y sus decisiones no son un santuario? ¿Contiene su descubrimiento «nuevas concepciones organizativas» o solo nuevos intentos de borrar viejas huellas?