Para analizar la posición de principio de la nueva «Iskra» debemos tomar, sin duda, como base los dos folletines del camarada Axelrod[157]. El significado concreto de toda una serie de sus vocablos favoritos ya lo hemos mostrado en detalle más arriba, y ahora debemos esforzarnos por prescindir de ese significado concreto, ahondar en el curso de pensamiento que llevó a la «minoría» (por uno u otro motivo pequeño y mezquino) a estos y no a otros lemas cualesquiera, examinar el significado de principio de estos lemas, independientemente de su origen, independientemente de la «cooptación». Vivimos ahora bajo el signo de la conciliación: hagamos, pues, una concesión al camarada Axelrod y «tomemos en serio» su «teoría».

La tesis principal del camarada Axelrod (núm. 57 de «Iskra») es que «nuestro movimiento ocultó en sí, desde el comienzo mismo, dos tendencias opuestas, cuyo antagonismo mutuo no podía dejar de desarrollarse y de reflejarse en él paralelamente a su propio desarrollo». Es decir: «por principio, el objetivo proletario del movimiento (en Rusia) es el mismo que el de la socialdemocracia occidental». Pero en nosotros la influencia sobre las masas obreras parte «de un elemento social ajeno a ellas»: la intelectualidad radical. Así, pues, el camarada Axelrod constata un antagonismo entre las tendencias proletarias y las tendencias radical-intelectuales en nuestro partido.

En esto el camarada Axelrod tiene toda la razón. La existencia de este antagonismo (y no sólo en el partido socialdemócrata ruso) no está sujeta a duda. Más aún. Todo el mundo sabe que precisamente este antagonismo explica en gran medida la división de la socialdemocracia contemporánea en revolucionaria (es decir, ortodoxa) y oportunista (revisionista, ministerialista, reformista), división que se ha manifestado plenamente también en Rusia durante los últimos diez años de nuestro movimiento. Todo el mundo sabe también que las tendencias proletarias del movimiento las expresa la socialdemocracia ortodoxa, y las tendencias democrático-intelectuales, la socialdemocracia oportunista.

Pero el camarada Axelrod, acercándose de lleno a este hecho archiconocido, comienza a retroceder con temor. No hace el menor intento de analizar cómo se manifestó dicha división en la historia de la socialdemocracia rusa en general y en nuestro congreso del partido en particular, ¡aunque el camarada Axelrod escribe precisamente a propósito del congreso! Como toda la redacción de la nueva «Iskra», el camarada Axelrod manifiesta un miedo mortal a las actas de este congreso. Esto no debe sorprendernos, después de todo lo expuesto más arriba, pero en un «teórico» que investiga supuestamente las diversas tendencias en nuestro movimiento, esto constituye un caso original de miedo a la verdad. Apartando de sí, en virtud de esta su propiedad, el material más reciente y más exacto sobre las tendencias de nuestro movimiento, el camarada Axelrod busca salvación en el terreno de las gratas ensoñaciones. «Pues el marxismo legal o semimarxismo dio un líder a nuestros liberales —dice—. ¿Por qué la historia, tan traviesa, no habría de proporcionar a la democracia burguesa revolucionaria un líder salido de la escuela del marxismo ortodoxo, revolucionario?» A propósito de esta ensoñación, grata para el camarada Axelrod, sólo podemos decir que si a la historia le ocurre hacer travesuras, eso no justifica las travesuras de pensamiento de quien se pone a analizar esa historia. Cuando del líder del semimarxismo asomaba el liberal, quienes querían (y sabían) seguir sus «tendencias» no se remitían a las posibles travesuras de la historia, sino a decenas y centenares de muestras de la psicología y la lógica de ese líder, a las peculiaridades de toda su fisonomía literaria que delataban el reflejo del marxismo en la literatura burguesa{117}. En cambio, el camarada Axelrod, que se puso a analizar «las tendencias revolucionarias generales y proletarias en nuestro movimiento», no supo demostrar ni mostrar con nada, absolutamente con nada, en tales o cuales representantes del ala ortodoxa del partido, odiosa para él, las tendencias en cuestión, y con ello no hizo sino otorgarse un solemne certificado de pobreza. ¡Debe de andar muy mal la situación del camarada Axelrod si no le queda más remedio que remitirse a las posibles travesuras de la historia!

Otra referencia del camarada Axelrod —a los «jacobinos»— es aún más instructiva. Al camarada Axelrod no le es desconocido, probablemente, que la división de la socialdemocracia contemporánea en revolucionaria y oportunista ha dado ya desde hace mucho, y no sólo en Rusia, motivo para «analogías históricas con la época de la gran Revolución Francesa». Al camarada Axelrod no le es desconocido, probablemente, que los girondinos de la socialdemocracia contemporánea recurren siempre y en todas partes a los términos «jacobinismo», «blanquismo», etc., para caracterizar a sus adversarios. No imitemos, pues, el miedo a la verdad del camarada Axelrod y examinemos las actas de nuestro congreso: ¿no habrá en ellas material para analizar y verificar las tendencias que examinamos y las analogías que desmenuzamos?

Primer ejemplo. La discusión sobre el programa en el congreso del partido. El camarada Akímov («totalmente de acuerdo» con el camarada Martínov) declara: «el párrafo sobre la conquista del poder político (sobre la dictadura del proletariado) recibió, en comparación con todos los demás programas socialdemócratas, una redacción tal que puede ser interpretado, y de hecho fue interpretado por Plejánov, en el sentido de que el papel de la organización dirigente debería relegar a la clase dirigida por ella y separar a la primera de la segunda. Y la formulación de nuestras tareas políticas es, por tanto, exactamente igual que la de “Naródnaya Volia”» (pág. 124 del acta). Al camarada Akímov le replican el camarada Plejánov y otros iskristas, acusándolo de oportunismo. ¿No encuentra el camarada Axelrod que esta discusión nos muestra (en la práctica, no en las imaginarias travesuras de la historia) el antagonismo de los jacobinos contemporáneos y los girondinos contemporáneos en la socialdemocracia? ¿Y no será que el camarada Axelrod habló de los jacobinos porque resultó estar (en virtud de los errores cometidos por él) en compañía de los girondinos de la socialdemocracia?

Segundo ejemplo. El camarada Posadovski plantea la cuestión de una «seria divergencia» sobre la «cuestión fundamental» del «valor absoluto de los principios democráticos» (pág. 169). Junto con Plejánov, niega su valor absoluto. Los líderes del «centro» o pantano (Egórov) y de los antiiskristas (Goldblat) se alzan resueltamente contra esto, viendo en Plejánov una «imitación de la táctica burguesa» (pág. 170) —es justamente la idea del camarada Axelrod sobre el vínculo de la ortodoxia con la tendencia burguesa, con la única diferencia de que en Axelrod esta idea flota en el aire, mientras que en Goldblat está ligada a debates concretos. Preguntamos una vez más: ¿no encuentra el camarada Axelrod que también esta discusión nos muestra de manera patente, en nuestro congreso del partido, el antagonismo de los jacobinos y los girondinos de la socialdemocracia contemporánea? ¿No será por eso por lo que el camarada Axelrod clama contra los jacobinos, por haber resultado estar en compañía de los girondinos?

Tercer ejemplo. Las discusiones sobre el § 1 de los estatutos. ¿Quién defiende las «tendencias proletarias en nuestro movimiento», quién subraya que el obrero no teme a la organización, que el proletario no simpatiza con la anarquía, que valora el estímulo «¡organizaos!», quién previene contra la intelectualidad burguesa, imbuida de oportunismo hasta la médula? Los jacobinos de la socialdemocracia. ¿Y quién mete de contrabando en el partido a la intelectualidad radical, quién se preocupa por los profesores, los estudiantes de bachillerato, los individuos aislados, la juventud radical? El girondino Axelrod junto con el girondino Liber.

¡Con poca destreza se defiende el camarada Axelrod de la «falsa acusación de oportunismo» que se difundió abiertamente en nuestro congreso del partido contra la mayoría del grupo «Emancipación del Trabajo»! Se defiende confirmando la acusación con su repetición de la manida melodía bernsteiniana sobre el jacobinismo, el blanquismo, etc. Clama sobre el peligro de la intelectualidad radical para acallar sus propios discursos en el congreso del partido, que respiran preocupación por esa intelectualidad.

Absolutamente nada, salvo oportunismo, expresan esas «palabrotas terribles»: jacobinismo, etc. Un jacobino indisolublemente ligado a la organización del proletariado, consciente de sus intereses de clase, eso es cabalmente un socialdemócrata revolucionario. Un girondino que añora a los profesores, a los estudiantes de bachillerato, que teme la dictadura del proletariado, que suspira por el valor absoluto de las reivindicaciones democráticas, eso es cabalmente un oportunista. Sólo los oportunistas pueden aún ver en la actualidad un peligro en las organizaciones conspirativas, cuando la idea de reducir la lucha política a una conspiración ha sido refutada miles de veces en la literatura, refutada y desplazada desde hace mucho por la vida, cuando la importancia cardinal de la agitación política de masas ha sido esclarecida y rumiada hasta la saciedad. La base real del miedo al conspiracionismo, al blanquismo, no es tal o cual rasgo puesto de manifiesto por el movimiento práctico (como intentan mostrar desde hace tiempo y en vano Bernstein y Cía.), sino la timidez girondina del intelectual burgués, cuya psicología irrumpe con tanta frecuencia entre los socialdemócratas contemporáneos. Nada más cómico que esos esfuerzos de la nueva «Iskra» por decir una palabra nueva (dicha cientos de veces en su momento) en forma de advertencia contra la táctica de los revolucionarios-conspiradores franceses de los años cuarenta y sesenta (núm. 62, artículo de fondo){118}. En el número más próximo de «Iskra», los girondinos de la socialdemocracia contemporánea nos señalarán, probablemente, un grupo de conspiradores franceses de los años cuarenta para el cual el significado de la agitación política entre las masas obreras, el significado de los periódicos obreros como base de la influencia del partido sobre la clase, sería un abecé aprendido y repasado desde hace mucho. La aspiración de la nueva «Iskra» de repetir lo trillado y rumiar el abecé bajo el aspecto de palabras nuevas no es, sin embargo, en absoluto casual, sino una consecuencia inevitable de la situación en que se hallaron Axelrod y Mártov, al caer en el ala oportunista de nuestro partido. La situación obliga. Hay que repetir frases oportunistas, hay que retroceder para intentar encontrar en el pasado lejano al menos alguna justificación de su posición, indefendible desde el punto de vista de la lucha del congreso y de los matices y divisiones del partido formados en el congreso. A la profunda reflexión de Akímov sobre el jacobinismo y el blanquismo, el camarada Axelrod añade las mismas lamentaciones de Akímov acerca de que no sólo los «economistas», sino también los «políticos», fueron «unilaterales», se «entusiasmaron» demasiado, etc., etc. Al leer las enfáticas disertaciones sobre este tema en la nueva «Iskra», que pretende con engreimiento estar por encima de todas esas unilateralidades y entusiasmos, uno se pregunta con perplejidad: ¿de quién pintan los retratos? ¿dónde oyen estas conversaciones?{119} ¿Pues quién no sabe que la división de los socialdemócratas rusos en economistas y políticos ha caducado ya desde hace mucho? Revisen «Iskra» del último año o dos antes del congreso del partido, y verán que la lucha contra el «economismo» se apacigua y cesa por completo ya en 1902, verán que, por ejemplo, en julio de 1903 (núm. 43) se habla de los «tiempos del economismo» como de una etapa «definitivamente superada», se considera el economismo como «definitivamente enterrado», y los entusiasmos de los políticos se examinan como un atavismo evidente. ¿A qué viene, pues, que la nueva redacción de «Iskra» vuelva a esa división definitivamente enterrada? ¿Acaso luchamos en el congreso contra los Akímov por los errores que cometían dos años atrás en «Rabócheie Delo»? Si hubiéramos actuado así, seríamos unos redomados idiotas. Pero todo el mundo sabe que no actuamos así, que luchamos contra los Akímov en el congreso no por sus viejos errores, definitivamente enterrados, de «Rabócheie Delo», sino por los nuevos errores que cometían en sus razonamientos y en sus votaciones en el congreso. No por su posición en «Rabócheie Delo», sino por su posición en el congreso, juzgábamos qué errores estaban realmente superados y cuáles seguían vivos y provocaban la necesidad de discusiones. En el momento del congreso ya no existía la vieja división en economistas y políticos, pero seguían existiendo diversas tendencias oportunistas, que se expresaron en los debates y votaciones sobre una serie de cuestiones y que llevaron, en fin de cuentas, a la nueva división del partido en «mayoría» y «minoría». Todo el meollo está en que la nueva redacción de «Iskra» se esfuerza, por razones fácilmente comprensibles, en disimular el vínculo de esta nueva división con el oportunismo contemporáneo en nuestro partido, y por eso se ve obligada a retroceder de la nueva a la vieja división. La incapacidad de explicar el origen político de la nueva división (o el deseo, en nombre de la conciliación, de echar un velo[158] sobre ese origen) obliga a rumiar el bolo alimenticio de la vieja división, caducada hace mucho. Todo el mundo sabe que en la base de la nueva división yace la divergencia sobre las cuestiones de organización, comenzada por la discusión sobre los principios de organización (§ 1 de los estatutos) y terminada con una «práctica» digna de anarquistas. En la base de la vieja división en economistas y políticos yacía la divergencia sobre cuestiones, principalmente, tácticas.

Este retroceso desde las cuestiones más complejas, verdaderamente contemporáneas y candentes de la vida del partido, hacia cuestiones resueltas hace mucho y desenterradas artificialmente, la nueva «Iskra» intenta justificarlo con una profunda reflexión risible, que no se puede calificar de otro modo que de seguidismo. De la mano ligera del camarada Axelrod, a través de todos los escritos de la nueva «Iskra» corre como un hilo rojo la profunda «idea» de que el contenido es más importante que la forma, el programa y la táctica más importantes que la organización, que «la capacidad vital de la organización es directamente proporcional al volumen y al significado del contenido que ella aporte al movimiento», que el centralismo no es «algo autosuficiente», no es un «talismán omnipotente», etc., etc. ¡Profundas, grandes verdades! El programa, en verdad, es más importante que la táctica, la táctica más importante que la organización. El abecé es más importante que la etimología, la etimología más importante que la sintaxis, —pero ¿qué decir de personas que fracasaron en el examen de sintaxis y ahora se pavonean y presumen de que repiten el segundo año en el grado inferior? El camarada Axelrod razonaba sobre las cuestiones de principio de la organización como un oportunista (§ 1), y actuaba en la organización como un anarquista (congreso de la Liga), —¡y ahora profundiza la socialdemocracia: están verdes las uvas! En realidad, ¿qué es la organización? no es más que una forma; ¿qué es el centralismo? no es un talismán; ¿qué es la sintaxis? es menos importante que la etimología, es sólo la forma de unión de los elementos etimológicos… «¿No estará de acuerdo con nosotros el camarada Alexándrov —pregunta triunfalmente la nueva redacción de «Iskra»— si decimos que el congreso, con la elaboración del programa del partido, contribuyó mucho más a la centralización del trabajo del partido que con la adopción de los estatutos, por perfectos que estos últimos pudieran parecer?» (núm. 56, suplemento). Cabe esperar que esta sentencia clásica obtendrá una fama histórica no menos amplia y no menos duradera que la célebre frase del camarada Krichevski de que la socialdemocracia, al igual que la humanidad, se plantea siempre tareas realizables. Pues esta profunda reflexión de la nueva «Iskra» es exactamente del mismo cuño. ¿Por qué se ridiculizaba la frase del camarada Krichevski? Porque justificaba un error de cierta parte de los socialdemócratas en cuestiones de táctica, la incapacidad de plantear correctamente las tareas políticas, —con un lugar común hecho pasar por filosofía. Exactamente igual, la nueva «Iskra» justifica un error de cierta parte de los socialdemócratas en cuestiones de organización, la inestabilidad intelectual de ciertos camaradas, que los llevó a la frase anárquica, —con un lugar común de que ¡el programa es más importante que los estatutos, que las cuestiones de programa son más importantes que las cuestiones de organización! Pues bien, ¿acaso no es esto seguidismo? ¿Acaso no es esto jactancia por el hecho de que personas repiten el segundo año en el grado inferior?

La adopción del programa contribuye más a la centralización del trabajo que la adopción de los estatutos. ¡Cómo apesta este lugar común, hecho pasar por filosofía, a espíritu de intelectual radical, mucho más cercano al decadentismo burgués que a la socialdemocracia! Pues la palabra centralización, en esta célebre frase, se entiende en un sentido ya completamente simbólico. Si los autores de esta frase no saben o no quieren pensar, que al menos recuerden el simple hecho de que la adopción del programa, junto con los bundistas, no sólo no condujo a la centralización de nuestro trabajo común, sino que ni siquiera nos preservó de la escisión. La unidad en las cuestiones de programa y en las cuestiones de táctica es una condición necesaria, pero aún insuficiente para la unificación del partido, para la centralización del trabajo del partido (¡válgame Dios! ¡qué abecé hay que rumiar en los tiempos actuales, cuando todos los conceptos se han embarullado!). Para esto último es necesaria además la unidad de organización, impensable en un partido que haya crecido, aunque sea un poco, fuera del marco del círculo familiar, sin estatutos formalizados, sin subordinación de la minoría a la mayoría, sin subordinación de la parte al todo. Mientras no tuvimos unidad en las cuestiones fundamentales del programa y la táctica, decíamos abiertamente que vivíamos en una época de dispersión y de espíritu de círculo, declarábamos abiertamente que, antes de unirnos, había que deslindarse, y ni siquiera hablábamos de las formas de organización común, sino que discutíamos exclusivamente sobre las nuevas (entonces realmente nuevas) cuestiones de la lucha programática y táctica contra el oportunismo. Ahora, esta lucha, según nuestro reconocimiento común, ha asegurado ya una unidad suficiente, formulada en el programa del partido y en las resoluciones del partido sobre la táctica; ahora necesitamos dar el paso siguiente, y lo dimos, por común acuerdo nuestro: elaboramos las formas de una organización única que fusiona todos los círculos en uno. Nos han tirado ahora para atrás, destruyendo a medias estas formas, nos han tirado hacia una conducta anárquica, hacia la frase anárquica, hacia el restablecimiento del círculo en lugar de la redacción del partido, y ahora justifican este paso atrás con que ¡el abecé contribuye más al habla letrada que el conocimiento de la sintaxis!

La filosofía del seguidismo, que florecía tres años atrás en las cuestiones de táctica, resucita ahora en su aplicación a las cuestiones de organización. Tomemos este razonamiento de la nueva redacción. «La orientación socialdemócrata combativa —dice el camarada Alexándrov— debe aplicarse en el partido no sólo mediante la lucha ideológica, sino también mediante determinadas formas de organización». La redacción nos alecciona: «No está mal esta yuxtaposición de lucha ideológica y formas de organización. La lucha ideológica es un proceso, y las formas de organización son sólo… formas» (¡válgame Dios, así está impreso en el núm. 56, suplemento, pág. 4, columna 1, al pie!), «que deben revestir el contenido fluido y en desarrollo, el trabajo práctico en desarrollo del partido». Esto está ya totalmente en el espíritu del chascarrillo de que el núcleo es núcleo y la bomba es bomba. ¡La lucha ideológica es un proceso, y las formas de organización son sólo formas que revisten el contenido! La cuestión reside en si nuestra lucha ideológica se revestirá de formas más elevadas, las formas de una organización partidaria obligatoria para todos, o de las formas de la vieja dispersión y el viejo espíritu de círculo. Nos han tirado para atrás, de formas más elevadas a formas más primitivas, y justifican esto con que la lucha ideológica es un proceso, y las formas son sólo formas. Exactamente lo mismo, el camarada Krichevski antaño nos tiraba para atrás de la táctica-plan a la táctica-proceso. Tomemos esas frases pretenciosas de la nueva «Iskra» sobre la «autoeducación del proletariado», contrapuestas a quienes supuestamente por la forma eran capaces de pasar por alto el contenido (núm. 58, artículo de fondo). ¿Acaso no es esto akimovismo número dos? El akimovismo número uno justificaba el atraso de cierta parte de la intelectualidad socialdemócrata en el planteamiento de las tareas tácticas con referencias al contenido más «profundo» de la «lucha proletaria», con referencias a la autoeducación del proletariado. El akimovismo número dos justifica el atraso de cierta parte de la intelectualidad socialdemócrata en las cuestiones de la teoría y la práctica de la organización con las mismas profundas referencias a que la organización es sólo la forma, y que todo el meollo está en la autoeducación del proletariado. ¡El proletariado no teme a la organización ni a la disciplina, señores que se preocupan del hermano menor! El proletariado no se pondrá a cuidar de que los señores profesores y estudiantes de bachillerato, que no desean ingresar en la organización, sean reconocidos como miembros del partido por su trabajo bajo el control de la organización. El proletariado se educa para la organización con toda su vida de modo mucho más radical que muchos intelectualillos. El proletariado, una vez que ha tomado conciencia aunque sea en cierta medida de nuestro programa y nuestra táctica, no justificará el atraso en la organización con referencias a que la forma es menos importante que el contenido. No al proletariado, sino a ciertos intelectuales en nuestro partido, les falta autoeducación en el espíritu de organización y disciplina, en el espíritu de hostilidad y desprecio hacia la frase anárquica. Los Akímov número dos calumnian al proletariado en la cuestión de la falta de preparación para la organización, tanto como lo calumniaban los Akímov número uno en la cuestión de la falta de preparación para la lucha política. El proletario que se ha convertido en socialdemócrata consciente y se ha sentido miembro del partido, rechazará con el mismo desprecio el seguidismo en las cuestiones de organización con que rechazó el seguidismo en las cuestiones de táctica.

Tomemos, por fin, la profunda reflexión del «Práctico» de la nueva «Iskra». «La idea verdaderamente comprendida de una organización centralista “combativa” —dice— que unifica y centraliza la actividad» (la cursiva es de quien profundiza) «de los revolucionarios, se plasma en vida de modo natural sólo cuando existe esta actividad» (¡es nuevo y agudo!); «la organización misma, como forma» (¡escuchad, escuchad!), «sólo puede crecer simultáneamente» (cursiva del autor, como en toda esta cita) «con el crecimiento del trabajo revolucionario que constituye su contenido» (núm. 57). ¿No recuerda esto una y otra vez a aquel héroe de la epopeya popular que, al ver una procesión fúnebre, gritaba: ¡a acarrear no acabaríais? Seguramente, en nuestro partido no se encontrará ni un solo práctico (sin comillas) que no entienda que precisamente la forma de nuestra actividad (es decir, la organización) se ha quedado rezagada desde hace mucho, muchísimo, y desesperadamente, respecto al contenido, y que los gritos dirigidos a los rezagados: ¡caminad al paso!, ¡no os adelantéis!, son dignos únicamente de los Ivanuchkas del partido. Intenten comparar, aunque sea, por ejemplo, a nuestro partido con el Bund. No está sujeto a la menor duda que el contenido[159] del trabajo de nuestro partido es inconmensurablemente más rico, más variado, más amplio y profundo que el del Bund. El alcance teórico es mayor, el programa más desarrollado, la influencia sobre las masas obreras (y no sólo sobre los artesanos organizados) más amplia y profunda, la propaganda y la agitación más variadas, el pulso del trabajo político en los destacamentos de vanguardia y en las bases es más vivo, los movimientos populares en las manifestaciones y las huelgas generales son más grandiosos, la actividad entre las capas no proletarias más enérgica. ¿Y la «forma»? La «forma» de nuestro trabajo ha quedado a la zaga, en comparación con la del Bund, de manera imperdonable, hasta el punto de que salta a la vista, provoca el rubor de vergüenza en cualquiera que no mire los asuntos de su partido «hurgándose la nariz». El atraso de la organización del trabajo en comparación con su contenido es nuestro punto doloroso, y era punto doloroso mucho antes del congreso, mucho antes de la formación del CO. La falta de desarrollo y la fragilidad de la forma imposibilitan dar nuevos pasos serios en el desarrollo del contenido, provocan un estancamiento vergonzoso, conducen al despilfarro de fuerzas, a la discordancia entre la palabra y los hechos. Todos han sufrido por esta discordancia, ¡y entonces aparecen los Axelrod y los «Prácticos» de la nueva «Iskra» con una profunda prédica de que la forma debe crecer naturalmente sólo de manera simultánea con el contenido!

He ahí a dónde conduce un pequeño error en la cuestión de organización (§ 1), si os proponéis profundizar el disparate y fundamentar filosóficamente la frase oportunista. ¡Paso lento, tímido zigzag!{120} —escuchamos este motivo aplicado a las cuestiones de táctica; lo escuchamos ahora aplicado a las cuestiones de organización. El seguidismo en las cuestiones de organización constituye un producto natural e inevitable de la psicología del individualista anárquico, cuando este último comienza a elevar a sistema de concepciones, a divergencias de principio particulares, sus (en un principio, quizás casuales) desviaciones anárquicas. En el congreso de la Liga vimos el inicio de este anarquismo, en la nueva «Iskra» vemos los intentos de elevarlo a sistema de concepciones. Estos intentos confirman de modo notable la idea, expresada ya en el congreso del partido, sobre la diferencia de puntos de vista entre el intelectual burgués que se adhiere a la socialdemocracia y el proletario consciente de sus intereses de clase. Por ejemplo, el mismo «Práctico» de la nueva «Iskra», con cuya profunda reflexión ya nos hemos familiarizado, me denuncia por representarme el partido «como una enorme fábrica» con un director, en forma de CC, a su cabeza (núm. 57, suplemento). El «Práctico» ni siquiera sospecha que la terrible palabra que esgrime delata de golpe la psicología del intelectual burgués, no familiarizado ni con la práctica ni con la teoría de la organización proletaria. Precisamente la fábrica, que a algunos les parece sólo un espantajo, representa esa forma superior de cooperación capitalista que unificó, disciplinó al proletariado, le enseñó la organización, lo colocó a la cabeza de todas las demás capas de la población trabajadora y explotada. Precisamente el marxismo, como ideología del proletariado adiestrado por el capitalismo, enseñó y enseña a los intelectuales inestables la diferencia entre la faceta explotadora de la fábrica (disciplina basada en el miedo a la muerte por hambre) y su faceta organizadora (disciplina basada en el trabajo común, unido por las condiciones de una producción altamente desarrollada en lo técnico). La disciplina y la organización, que con tanta dificultad se conceden al intelectual burgués, son asimiladas con particular facilidad por el proletariado precisamente gracias a esta «escuela» fabril. El miedo mortal ante esta escuela, la total incomprensión de su significado organizador son características justamente de los modos de pensamiento que reflejan las condiciones pequeñoburguesas de existencia, que engendran esa variedad de anarquismo que los socialdemócratas alemanes llaman Edelanarchismus, es decir, anarquismo del señor «noble», anarquismo señorial, como yo diría. Al nihilista ruso le es particularmente propio este anarquismo señorial. La organización del partido le parece una monstruosa «fábrica», la subordinación de la parte al todo y de la minoría a la mayoría se le presenta como «esclavización» (véase los folletines de Axelrod), la división del trabajo bajo la dirección del centro suscita por su parte aullidos tragicómicos contra la transformación de los hombres en «ruedecitas y tornillitos» (siendo un tipo particularmente mortífero de esta transformación el convertir a los redactores en colaboradores), la mención del estatuto orgánico del partido provoca una mueca despectiva y un comentario (dirigido a los «formalistas») desdeñoso de que se podría perfectamente prescindir del todo de estatutos.

Es increíble, pero es un hecho: exactamente esta observación edificante me hace el camarada Mártov en el núm. 58 de «Iskra», remitiéndose, para mayor convicción, a mis propias palabras de la «Carta a un camarada». Pues bien, ¿no es esto «anarquismo señorial», no es esto seguidismo, cuando con ejemplos de la época de la dispersión, de la época de los círculos se justifica la conservación y el enaltecimiento del espíritu de círculo y la anarquía en la época de la partidaridad?

¿Por qué no necesitábamos antes los estatutos? Porque el partido se componía de círculos sueltos, no ligados entre sí por ningún vínculo organizativo. El paso de un círculo a otro era obra únicamente de la «buena voluntad» de tal o cual individuo, que no tenía ante sí ninguna expresión formalizada de la voluntad del todo. Las cuestiones controvertidas dentro de los círculos no se resolvían según los estatutos, «sino por la lucha y la amenaza de irse»: así me expresaba yo en la «Carta a un camarada»[160], basándome en la experiencia de una serie de círculos en general y, en particular, de nuestro propio sexteto redaccional. En la época de los círculos este fenómeno era natural e inevitable, pero a nadie se le ocurría ensalzarlo, considerarlo un ideal; todos se quejaban de esa dispersión, todos se sentían agobiados por ella y anhelaban la fusión de los círculos dispersos en una organización partidaria formalizada. Y ahora, cuando esta fusión se ha realizado, ¡nos tiran para atrás, nos obsequian —bajo la apariencia de concepciones organizativas superiores— con la frase anárquica! A las personas acostumbradas a la bata y las zapatillas libres del oblomovismo del círculo familiar, el estatuto formal les parece estrecho, y ajustado, y gravoso, y mezquino, y burocrático, y propio de la servidumbre, y coactivo para el libre «proceso» de la lucha ideológica. El anarquismo señorial no comprende que el estatuto formal es necesario precisamente para sustituir los estrechos vínculos de círculo por un amplio vínculo de partido. El vínculo dentro del círculo o entre círculos no era necesario ni posible formalizarlo, pues ese vínculo se basaba en el amiguismo o en una «confianza» irreflexiva, no motivada. El vínculo de partido no puede ni debe basarse ni en lo uno ni en lo otro; es necesario fundamentarlo precisamente en un estatuto formal, redactado «burocráticamente» (desde el punto de vista del intelectual relajado), y cuya observancia estricta es lo único que nos garantiza contra la arbitrariedad de círculo, contra los caprichos de círculo, contra los procedimientos de círculo de riña, llamados libre «proceso» de lucha ideológica.

La redacción de la nueva «Iskra» echa en cara a Alexándrov la indicación edificante de que «la confianza es una cosa delicada, que de ningún modo se puede clavar a martillazos en los corazones y las cabezas» (núm. 56, suplemento). La redacción no comprende que precisamente ese poner en primer plano la categoría de confianza, de la mera confianza, delata una vez más con toda evidencia su anarquismo señorial y su seguidismo organizativo. Cuando yo era miembro sólo de un círculo, ya del sexteto redaccional o de la organización de «Iskra», tenía derecho a remitirme, en justificación de, digamos, mi falta de deseo de trabajar con X, a la sola desconfianza, irreflexiva e inmotivada. Cuando me convertí en miembro del partido, no tengo derecho a remitirme sólo a la desconfianza no formalizada, porque tal remisión abriría de par en par las puertas a cualquier capricho y a cualquier arbitrariedad del viejo espíritu de círculo; estoy obligado a motivar mi «confianza» o «desconfianza» con un argumento formal, es decir, remitiéndome a tal o cual disposición formalmente establecida de nuestro programa, de nuestra táctica, de nuestro estatuto; estoy obligado a no limitarme a un irreflexivo «confío» o «no confío», sino a reconocer la obligación de dar cuenta de mis decisiones y de todas las decisiones en general de cualquier parte del partido ante todo el partido; estoy obligado a seguir la vía formalmente prescrita para expresar mi «desconfianza», para hacer valer las concepciones y los deseos que se derivan de esa desconfianza. Hemos ascendido ya del punto de vista de círculo de la «confianza» irreflexiva al punto de vista de partido, que exige la observancia de los modos, regulados y formalmente prescritos, de expresión y verificación de la confianza, ¡y la redacción nos tira para atrás y califica su seguidismo de nuevas concepciones organizativas!

Fijaos en cómo razona nuestra llamada redacción del partido acerca de los grupos literarios que podrían exigir representación en la redacción. «No nos indignaremos, no nos pondremos a gritar sobre la disciplina —nos aleccionan los anarquistas señoriales, que siempre y en todas partes han mirado por encima del hombro a una disciplina cualquiera—. Nosotros —dicen— o “nos pondremos de acuerdo” (¡sic!) con el grupo, si es un grupo capaz, o nos reiremos de sus exigencias.»

¡Imaginaos qué elevada nobleza se contrapone aquí al formalismo vulgar-«fabril»! En realidad, estamos ante la fraseología remozada del espíritu de círculo, ofrecida al partido por una redacción que siente que ella no representa una institución del partido, sino un fragmento del viejo círculo. La falsedad interna de esta posición conduce inevitablemente a una profunda reflexión anárquica, que eleva a principio de la organización socialdemócrata la dispersión que de palabra se declara farisaicamente ya superada. No hace falta ninguna jerarquía de colegios e instancias inferiores y superiores del partido —al anarquismo señorial tal jerarquía le parece una invención cancilleresca de departamentos, despachos y demás (véase el folletín de Axelrod)—, no hace falta ninguna subordinación de la parte al todo, no hace falta ninguna determinación «formal-burocrática» de los modos partidarios de «ponerse de acuerdo» o deslindarse, dejemos que la vieja riña de círculo se consagre con la fraseología acerca de los procedimientos «verdaderamente socialdemócratas» de organización.

He ahí donde el proletario que ha pasado por la escuela de la «fábrica» puede y debe dar una lección al individualismo anárquico. El obrero consciente ha salido hace ya tiempo de aquellos pañales en que rehuía al intelectual como tal. El obrero consciente sabe valorar el acervo más rico de conocimientos, el horizonte político más amplio que encuentra en los intelectuales socialdemócratas. Pero a medida que se va formando en nosotros un verdadero partido, el obrero consciente debe aprender a distinguir la psicología del soldado del ejército proletario de la psicología del intelectual burgués que alardea de frase anárquica, debe aprender a exigir el cumplimiento de los deberes de miembro del partido no sólo de los militantes de base, sino también de la «gente de arriba», ¡debe aprender a acoger con el mismo desprecio el seguidismo en las cuestiones de organización con que premiaba antaño el seguidismo en las cuestiones de táctica!

En indisoluble conexión con el girondismo y el anarquismo señorial está la última característica peculiar de la posición de la nueva «Iskra» en las cuestiones de organización: la defensa del autonomismo contra el centralismo. Precisamente ese sentido de principio tienen (si es que tienen[161]) los lamentos sobre el burocratismo y la autocracia, las quejas sobre la «inmerecida falta de atención hacia los no iskristas» (que defendían el autonomismo en el congreso), los gritos cómicos acerca de la exigencia de «obediencia sin réplica», las amargas quejas sobre el «pompadurismo», etc., etc., etc. El ala oportunista de cualquier partido siempre defiende y justifica todo atraso, tanto programático como táctico y organizativo. La defensa del atraso organizativo (seguidismo) por la nueva «Iskra» está estrechamente vinculada a la defensa del autonomismo. Cierto es que el autonomismo ha quedado ya tan desacreditado, en general, por la prédica de tres años de la vieja «Iskra», que a la nueva «Iskra» le da vergüenza todavía pronunciarse abiertamente por él; aún nos asegura sus simpatías por el centralismo, pero lo demuestra sólo con que la palabra centralismo se escribe en cursiva. En realidad, el mero contacto de la crítica con los «principios» del cuasi-centralismo «verdaderamente socialdemócrata» (¿y no anárquico?) de la nueva «Iskra» desenmascara a cada paso el punto de vista del autonomismo. ¿Acaso no está claro ahora para todo el mundo que Axelrod y Mártov, en las cuestiones de organización, viraron hacia Akímov? ¿Acaso no lo reconocieron ellos mismos solemnemente en las significativas palabras sobre la «inmerecida falta de atención hacia los no iskristas»? ¿Y acaso no defendían el autonomismo en nuestro congreso del partido Akímov y sus amigos?

Precisamente el autonomismo (si no el anarquismo) defendían Mártov y Axelrod en el congreso de la Liga, cuando con risible celo demostraban que la parte no debe subordinarse al todo, que la parte es autónoma en la determinación de sus relaciones con el todo, que el estatuto de la Liga en el Extranjero, que formula estas relaciones, es válido contra la voluntad de la mayoría del partido, contra la voluntad del centro del partido. Precisamente el autonomismo defiende ahora el camarada Mártov abiertamente en las páginas de la nueva «Iskra» (núm. 60) sobre la cuestión de la incorporación de miembros a los comités locales por el Comité Central{121}. No voy a hablar de los sofismas infantiles con que defendía el autonomismo el camarada Mártov en el congreso de la Liga y lo defiende en la nueva «Iskra»[162]; me importa aquí señalar la tendencia indudable a defender el autonomismo contra el centralismo, como un rasgo de principio, propio del oportunismo en las cuestiones de organización.

Acaso el único intento de analizar el concepto de burocratismo es la contraposición en la nueva «Iskra» (núm. 53) del «principio democrático-formal» (cursiva del autor) al «burocrático-formal». Esta contraposición (por desgracia, tan poco desarrollada y aclarada como la indicación sobre los no iskristas) contiene un grano de verdad. Burocratismo versus[163] democratismo, eso es centralismo versus autonomismo, eso es el principio organizativo de la socialdemocracia revolucionaria en comparación con el principio organizativo de los oportunistas de la socialdemocracia. Este último tiende a ir de abajo arriba, y por eso defiende, donde puede y en la medida de lo posible, el autonomismo, el «democratismo», que llega (en quienes se exceden sin razón) al anarquismo. El primero tiende a partir de arriba, defendiendo la ampliación de los derechos y las atribuciones del centro en relación con la parte. En la época de la dispersión y el espíritu de círculo, esta cima desde la cual se esforzaba por partir organizativamente la socialdemocracia revolucionaria era, inevitablemente, uno de los círculos, el más influyente en virtud de su actividad y su consecuencia revolucionaria (en nuestro caso, la organización de «Iskra»). En la época del restablecimiento de la unidad efectiva del partido y de la disolución en esta unidad de los círculos anticuados, tal cima es inevitablemente el congreso del partido como órgano supremo del partido; el congreso reúne en lo posible a todos los representantes de las organizaciones activas y, al designar las instituciones centrales (no raramente en una composición que satisface más a los elementos avanzados que a los atrasados del partido, que gusta más al ala revolucionaria que a la oportunista de este), las convierte en la cima hasta el siguiente congreso. Así sucede, al menos, entre los europeos de la socialdemocracia, aunque poco a poco, no sin trabajo, no sin lucha y no sin querellas, esta costumbre, por principio odiosa para los anarquistas, comienza a extenderse también a los asiáticos de la socialdemocracia.

Es altamente interesante señalar que los rasgos de principio del oportunismo en las cuestiones de organización que he indicado (autonomismo, anarquismo señorial o intelectualista, seguidismo y girondismo) se observan mutatis mutandis (con los cambios correspondientes) en todos los partidos socialdemócratas de todo el mundo, dondequiera que existe división en ala revolucionaria y oportunista (¿y dónde no existe?). De modo particularmente relevante ha salido esto a la luz justamente en los últimos tiempos en el Partido Socialdemócrata Alemán, cuando la derrota en las elecciones en el 20° distrito electoral sajón (el llamado incidente Görre[164]) puso a la orden del día los principios de la organización del partido. El celo de los oportunistas alemanes contribuyó especialmente a suscitar la cuestión de principio a propósito de dicho incidente. Görre (antiguo pastor, autor del no desconocido libro «Drei Monate Fabrikarbeiter»[165] y uno de los «héroes» del Congreso de Dresde) es un ferviente oportunista, y el órgano de los oportunistas alemanes consecuentes, «Sozialistische Monatshefte» («Sozialistische Monatshefte»){122}, salió enseguida «en su defensa».

El oportunismo en el programa está naturalmente ligado al oportunismo en la táctica y al oportunismo en las cuestiones de organización. A exponer el «nuevo» punto de vista se lanzó el camarada Wolfgang Heine. Para caracterizar ante el lector la fisonomía de este típico intelectual, adherido a la socialdemocracia y portador de hábitos mentales oportunistas, bastará decir que el camarada Wolfgang Heine es un poco menos que el camarada alemán Akímov, y un poquito más que el camarada alemán Egórov.

El camarada Wolfgang Heine emprendió campaña en el «Sozialistische Monatshefte» con no menos pompa que el camarada Axelrod en la nueva «Iskra». ¡Valga ya el título del artículo: «Más notas sobre el incidente Görre» (núm. 4, abril, «Sozialistische Monatshefte»). Y el contenido no es menos estruendoso. El camarada W. Heine se alza contra los «atentados a la autonomía del distrito electoral», defiende el «principio democrático», protesta contra la injerencia de la «autoridad designada» (es decir, la dirección central del partido) en la libre elección de delegados por el pueblo. No se trata aquí de un incidente casual, nos alecciona el camarada W. Heine, sino de una «tendencia general al burocratismo y al centralismo en el partido», tendencia que se observaba ya antes, pero que ahora se torna particularmente peligrosa. Hay que «reconocer por principio que las instituciones locales del partido son las portadoras de su vida» (plagio del folleto del camarada Mártov: «Otra vez en minoría»). No hay que «acostumbrarse a que todas las decisiones políticas importantes emanen de un solo centro», hay que prevenir al partido contra «una política doctrinaria que pierde el vínculo con la vida» (tomado del discurso del camarada Mártov en el congreso del partido sobre que «la vida se cobrará lo suyo»). «… Si se mira a la raíz de las cosas —profundiza su argumentación el camarada W. Heine—, si se prescinde de los choques personales que también aquí, como siempre, desempeñaron un papel no pequeño, veremos en este enconamiento contra los revisionistas (cursiva del autor, que alude, hay que pensar, a la diferencia de conceptos: lucha contra el revisionismo y lucha contra los revisionistas) principalmente la desconfianza de las personas oficiales del partido hacia el «elemento extraño» (W. Heine, por lo visto, no ha leído aún el folleto sobre la lucha contra el estado de sitio, y por eso recurre al anglicismo: Outsidertum), la desconfianza de la tradición hacia lo no habitual, de la institución impersonal hacia lo individual» (véase la resolución de Axelrod en el congreso de la Liga sobre la supresión de la iniciativa individual), «en una palabra, la misma tendencia que ya hemos caracterizado más arriba como tendencia al burocratismo y al centralismo en el partido».

El concepto de «disciplina» infunde al camarada W. Heine no menos noble indignación que al camarada Axelrod. «… A los revisionistas —escribe— se les reprochaba falta de disciplina por escribir en el “Sozialistische Monatshefte”, órgano que incluso se negaban a reconocer como socialdemócrata, pues no está bajo el control del partido. Ya este solo intento de restringir el concepto: “socialdemócrata”, ya esta sola exigencia de disciplina en la esfera de la producción ideológica, donde debe reinar una libertad incondicional» (recuerde: la lucha ideológica es un proceso, y las formas de organización son sólo formas), «atestiguan la tendencia al burocratismo y a la represión de la individualidad». Y por largo tiempo, largo tiempo truena W. Heine en todos los tonos contra esta odiosa tendencia a crear «una gran organización omnicomprensiva, lo más centralizada posible, una táctica única, una teoría única», truena contra la exigencia de «la más incondicional obediencia», el «sometimiento ciego», truena contra el «centralismo simplificado», etc., etc., literalmente «a lo Axelrod».

La discusión suscitada por W. Heine se inflamó, y como en el partido alemán no la enturbiaban querellas por cooptaciones, como los Akímov alemanes aclaran su fisonomía no sólo en los congresos, sino constantemente en un órgano especial, la discusión se redujo rápidamente al análisis de las tendencias de principio de la ortodoxia y del revisionismo en la cuestión de organización. Como uno de los representantes de la corriente revolucionaria (acusada, naturalmente, como entre nosotros, de «dictatorialismo», «inquisitorialismo» y otras cosas terribles) intervino K. Kautsky («Neue Zeit», 1904, núm. 28, artículo «Wahlkreis und Partei» — «El distrito electoral y el partido»). El artículo de W. Heine —declara él— «muestra el curso de pensamiento de toda la corriente revisionista». No sólo en Alemania, sino también en Francia y en Italia los oportunistas defienden a ultranza el autonomismo, el debilitamiento de la disciplina del partido, su reducción a cero; en todas partes sus tendencias conducen a la desorganización, a la tergiversación del «principio democrático» en anarquismo. «La democracia no es ausencia de poder —alecciona K. Kautsky a los oportunistas en la cuestión de organización—, la democracia no es anarquía, es el dominio de la masa sobre sus delegados, a diferencia de otras formas de poder, cuando los supuestos servidores del pueblo son en realidad sus dominadores.» K. Kautsky sigue en detalle el papel desorganizador del autonomismo oportunista en distintos países, muestra que justamente la adhesión a la socialdemocracia de «la masa de elementos burgueses»[166] refuerza el oportunismo, el autonomismo y las tendencias a infringir la disciplina, recuerda una y otra vez que justamente «la organización es el arma con que se liberará el proletariado», justamente «la organización es el arma propia del proletariado en la lucha de clases».

En Alemania, donde el oportunismo es más débil que en Francia e Italia, «las tendencias autonomistas han llevado por ahora sólo a declamaciones más o menos patéticas contra dictadores y grandes inquisidores, contra excomuniones[167] y pesquisas de herejías, a infinitas quisquillosidades y querellas, cuyo examen conduciría sólo a una discordia sin fin».

No es sorprendente que en Rusia, donde el oportunismo en el partido es aún más débil que en Alemania, las tendencias autonomistas hayan engendrado menos ideas y más «declamaciones patéticas» y querellas.

No es sorprendente que Kautsky llegue a la conclusión: «Quizás en ninguna otra cuestión el revisionismo de todos los países se distingue por tal homogeneidad, a pesar de todas sus variedades, todo su policromismo, como justamente en la cuestión de organización». Las tendencias fundamentales de la ortodoxia y del revisionismo en este terreno también K. Kautsky las formula con ayuda de la «palabra terrible»: burocratismo versus (contra) democratismo. Se nos dice, escribe K. Kautsky, que otorgar a la dirección del partido el derecho de influir en la elección del candidato (a diputado del parlamento) por los distritos electorales locales significa «atentar vergonzosamente contra el principio democrático, que exige que toda la actividad política se despliegue de abajo arriba, por la acción autónoma de las masas, y no de arriba abajo, por vía burocrática… Pero si hay algún principio verdaderamente democrático, es el de que la mayoría debe prevalecer sobre la minoría, y no al revés…» La elección de diputados al parlamento por un distrito electoral aislado cualquiera es una cuestión importante para todo el partido en su conjunto, el cual debe influir en la designación de candidatos, aunque sea por mediación de los hombres de confianza del partido (Vertrauensmänner). «A quien esto le parezca demasiado burocrático o centralista, que pruebe a proponer que los candidatos sean designados por votaciones directas de todos los miembros del partido en general (sämtliche Parteigenossen). Puesto que esto es irrealizable, no hay de qué quejarse de la falta de democratismo cuando dicha función, de modo similar a muchas otras que atañen a todo el partido, se cumple por una o varias instancias del partido.» Según el «derecho consuetudinario» del partido alemán, también antes los distritos electorales aislados «se ponían de acuerdo camaraderilmente» con la dirección del partido sobre la presentación de tal o cual candidato. «Pero el partido ha llegado a ser ya demasiado grande para que bastara ese derecho consuetudinario tácito. El derecho consuetudinario deja de ser derecho cuando se deja de reconocerlo como algo por sí mismo entendido, cuando el contenido de sus definiciones e incluso su misma existencia se impugnan. Entonces se hace absolutamente necesario formular exactamente este derecho, codificarlo…», pasar a una «más precisa fijación estatutaria[168] (statutarische Festlegung), y con ello al reforzamiento de la rigurosidad (größere Straffheit) de la organización».

Veis, pues, en otro ambiente la misma lucha del ala oportunista y revolucionaria del partido en torno a la cuestión de organización, el mismo conflicto del autonomismo y el centralismo, del democratismo y el «burocratismo», de las tendencias a debilitar la rigurosidad y a reforzar la rigurosidad de la organización y la disciplina, la psicología del intelectual inestable y del proletario firme, del individualismo intelectual y de la cohesión proletaria. Se pregunta, ¿cómo se comportó ante este conflicto la democracia burguesa, —no la que la historia traviesa apenas prometía mostrar un día en secreto al camarada Axelrod—, sino la verdadera, real democracia burguesa, que tiene en Alemania representantes no menos inteligentes y observadores que nuestros señores Osvobozhdenie? La democracia burguesa alemana respondió de inmediato a la nueva discusión y se puso en pie con firmeza, —como la rusa, como siempre, como en todas partes—, en defensa del ala oportunista del Partido Socialdemócrata. El destacado órgano del capital bursátil alemán, el «Frankfurter Zeitung»{123}, publicó un estruendoso artículo de fondo («Frankf. Ztg.», 1904, 7 de abril, núm. 97, Abendblatt[169]) que muestra que los plagios desvergonzados de Axelrod se convierten francamente en una especie de enfermedad de la prensa alemana. Los terribles demócratas de la bolsa de Fráncfort fustigan la «autocracia» en el partido socialdemócrata, la «dictadura del partido», la «dominación autocrática de la jerarquía del partido», esas «excomuniones» con las que se quiere «como castigar a todo el revisionismo» (recuerde la «falsa acusación de oportunismo»), esa exigencia de «obediencia ciega», de «disciplina mortecina», la exigencia de «sometimiento lacayuno», de convertir a los miembros del partido en «cadáveres políticos» (¡esto es mucho más fuerte que los tornillitos y ruedecillas!). «Toda peculiaridad personal —se indignan los caballeros de la bolsa ante los órdenes antidemocráticos en la socialdemocracia—, toda individualidad debe, ¡figuraos!, ser sometida a persecución, porque amenazan con conducir a los órdenes franceses, al jaurèsismo y al millerandismo, como declaró abiertamente Sindermann, que informó sobre esta cuestión» en el congreso del partido de los socialdemócratas sajones.

Así, pues, en la medida en que hay un sentido de principio en los nuevos vocablos de la nueva «Iskra» sobre la cuestión de organización, no está sujeto a duda alguna que ese sentido es oportunista. Esta conclusión se ve reforzada tanto por todo el análisis de nuestro congreso del partido, dividido en un ala revolucionaria y otra oportunista, como por el ejemplo de todos los partidos socialdemócratas europeos, en los cuales el oportunismo en la cuestión de organización se expresa en las mismas tendencias, en las mismas acusaciones y a menudo incluso en los mismos vocablos. Naturalmente, las peculiaridades nacionales de los distintos partidos y la desigualdad de las condiciones políticas en los diferentes países imprimen su sello, haciendo que el oportunismo alemán no se parezca en nada al francés, el francés al italiano, el italiano al ruso. Pero la homogeneidad de la división básica de todos estos partidos en un ala revolucionaria y un ala oportunista, la homogeneidad del curso de pensamiento y de las tendencias del oportunismo en la cuestión de organización se destacan con nitidez, a pesar de todas las diferencias de condiciones señaladas[170]. La abundancia de representantes de la intelectualidad radical en las filas de nuestros marxistas y nuestros socialdemócratas hizo y hace inevitable la existencia de un oportunismo engendrado por su psicología en los más diversos ámbitos y en las más diversas formas. Hemos luchado contra el oportunismo en las cuestiones fundamentales de nuestra concepción del mundo, en las cuestiones del programa, y la divergencia total en los fines condujo inevitablemente a un deslinde irrevocable entre los liberales, que habían corrompido el marxismo legal, y los socialdemócratas. Hemos luchado contra el oportunismo en las cuestiones de táctica, y la divergencia con los camaradas Krichevski y Akímov en estas cuestiones menos importantes fue, naturalmente, sólo temporal y no estuvo acompañada de ninguna formación de partidos distintos. Debemos ahora vencer el oportunismo de Mártov y Axelrod en las cuestiones de organización, aún menos cardinales, por supuesto, que las cuestiones programáticas y tácticas, pero que han aflorado en el momento actual al proscenio de nuestra vida partidaria.

Cuando se habla de la lucha contra el oportunismo, nunca se debe olvidar un rasgo característico de todo el oportunismo contemporáneo en todos los ámbitos imaginables: su indefinición, su vaguedad, su escurridiza inaprensibilidad. El oportunista, por su propia naturaleza, rehúye siempre el planteamiento definido e irrevocable de la cuestión, busca una resultante, se desliza como una culebra entre puntos de vista que se excluyen mutuamente, esforzándose en «estar de acuerdo» con uno y con otro, reduciendo sus divergencias a enmiendillas, a dudas, a buenos e inocentes deseos, etc., etc. El oportunista en las cuestiones del programa, el camarada Ed. Bernstein, «está de acuerdo» con el programa revolucionario del partido y, aunque desearía, seguramente, una «reforma radical» del mismo, considera esto inoportuno, inadecuado, no tan importante como el esclarecimiento de los «principios generales» de la «crítica» (que consisten principalmente en una adopción no crítica de principios y vocablos de la democracia burguesa). El oportunista en las cuestiones de táctica, el camarada von Vollmar, está también de acuerdo con la vieja táctica de la socialdemocracia revolucionaria y también se limita más a declamaciones, enmiendillas, burlillas, sin presentar en absoluto ninguna «táctica ministerialista» definida{124}. Los oportunistas en las cuestiones de organización, los camaradas Mártov y Axelrod, tampoco han dado hasta ahora, a pesar de los retos directos, ninguna tesis de principio definida que pudiera ser «fijada por vía estatutaria»; ellos también desearían, sin duda desearían, una «reforma radical» de nuestro estatuto orgánico («Iskra» núm. 58, pág. 2, columna 3), pero preferiblemente se ocuparían primero de las «cuestiones generales de organización» (porque una reforma realmente radical de nuestro estatuto, a pesar del § 1, sin embargo centralista, conduciría inevitablemente, si se hiciera en el espíritu de la nueva «Iskra», al autonomismo, y confesar su tendencia de principio al autonomismo el camarada Mártov no quiere, por supuesto, ni siquiera ante sí mismo). Su posición «de principio» en la cuestión de organización juega, por ello, con todos los colores del arcoíris: predominan inocentes declamaciones patéticas sobre la autocracia y el burocratismo, sobre la obediencia ciega, los tornillitos y ruedecillas, —declamaciones tan inocentes que en ellas es todavía muy, muy difícil separar el sentido realmente de principio del sentido realmente de cooptación. Pero —cuanto más adentro en el bosque, más leña: los intentos de análisis y de definición exacta del odioso «burocratismo» conducen inevitablemente al autonomismo, los intentos de «profundización» y fundamentación llevan inexorablemente a justificar el atraso, al seguidismo, a las frases girondinas. Finalmente, como único principio realmente definido y que por ello resalta en la práctica de modo particularmente brillante (la práctica siempre va por delante de la teoría), aparece el principio del anarquismo. Beffa de la disciplina — autonomismo — anarquismo, he ahí la escalerilla por la que desciende y asciende nuestro oportunismo organizativo, saltando de peldaño en peldaño y escurriendo hábilmente el bulto a toda formulación definida de sus principios[171]. Exactamente la misma gradación se observa en el oportunismo en el programa y en la táctica: befa de la «ortodoxia», del dogmatismo, de la estrechez e inmovilidad — «crítica» revisionista y ministerialismo — democracia burguesa. En estrecha conexión psicológica con el odio a la disciplina está esa nota incesante, cansina, de agravio que suena en todos los escritos de todos los oportunistas contemporáneos en general, y de nuestra minoría en particular. Los persiguen, los oprimen, los desalojan, los asedian, los arrollan. En estos vocablos hay mucha más verdad psicológica y política de lo que, probablemente, sospechaba el propio autor de la amable y aguda broma sobre los arrollados y los arrolladores{125}. Tomad, en efecto, las actas de nuestro congreso del partido: veréis que la minoría son todos agraviados, todos aquellos a quienes alguna vez y por algo agravió la socialdemocracia revolucionaria. Aquí los bundistas y los de «Rabócheie Delo», a quienes «agraviábamos» hasta el punto de que se marcharon del congreso; aquí los de «Yuzhni Rabochi», mortalmente agraviados por el asesinato de las organizaciones en general y de la suya propia en particular; aquí el camarada Majov, a quien agraviaban cada vez que tomaba la palabra (porque cada vez se cubría de ridículo con puntualidad); aquí, en fin, el camarada Mártov y el camarada Axelrod, a quienes agraviaron con la «falsa acusación de oportunismo» por el § 1 de los estatutos y con la derrota en las elecciones. Y todos estos amargos agravios no fueron resultado casual de chistes inadmisibles, de salidas bruscas, de polémica rabiosa, de portazos y amenazas con el puño, como piensan hasta el día de hoy muchísimos filisteos, sino el inevitable resultado político de toda la labor ideológica de tres años de «Iskra». Si durante esos tres años no nos dedicamos a hacer demagogia sólo de palabra, sino que expresamos las convicciones que deben traducirse en hechos, no podíamos dejar de luchar en el congreso contra los antiiskristas y contra el «pantano». Y cuando, junto con el camarada Mártov, que batallaba en primera fila con la visera alzada, agraviamos a tal montón de gente, nos quedaba ya muy poquito, poquitísimo, agraviar al camarada Axelrod y al camarada Mártov para que la copa se derramase. La cantidad se transformó en calidad. Se produjo la negación de la negación. Todos los agraviados olvidaron las cuentas mutuas, se arrojaron con lágrimas a los brazos unos de otros y alzaron la bandera de la «insurrección contra el leninismo»[172].

La insurrección es una cosa magnífica, cuando se insurreccionan los elementos avanzados contra los reaccionarios. Cuando el ala revolucionaria se insurrecciona contra el ala oportunista, esto es bueno. Cuando el ala oportunista se insurrecciona contra el ala revolucionaria, esto es malo.

Al camarada Plejánov le toca participar en este mal asunto en calidad, por así decirlo, de prisionero de guerra. Se esfuerza en «desahogar la bilis», pescando frases torpes sueltas de los autores de tal o cual resolución a favor de la «mayoría», y exclama al hacerlo: «¡Pobre camarada Lenin! ¡Vaya unos partidarios ortodoxos que tiene!» («Iskra» núm. 63, suplemento).

Pues bien, sabed, camarada Plejánov, que si yo soy pobre, la redacción de la nueva «Iskra» ya está verdaderamente en la mendicidad. Por pobre que sea yo, todavía no he llegado a un empobrecimiento tan absoluto como para tener que cerrar los ojos al congreso del partido y buscar material para ejercitar mi agudeza en las resoluciones de los comiteros. Por pobre que sea yo, soy mil veces más rico que aquellos cuyos partidarios no esporádicamente expresan tal o cual frase torpe, sino que en todas las cuestiones, tanto organizativas como tácticas y programáticas, se aferran tenaz y firmemente a principios opuestos a los principios de la socialdemocracia revolucionaria. Por pobre que sea yo, todavía no he llegado al extremo de tener que ocultar al público los elogios que me dedican tales partidarios. Y a la redacción de la nueva «Iskra» le toca hacerlo.

¿Sabéis, lector, qué es el Comité de Vorónezh del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia? Si no lo sabéis, leed las actas del congreso del partido. Sabréis por ellas que la orientación de este comité la expresan enteramente el camarada Akímov y el camarada Brúker, que lucharon en toda la línea contra el ala revolucionaria del partido en el congreso y que decenas de veces fueron calificados de oportunistas por todos, desde el camarada Plejánov hasta el camarada Popov. Y he aquí que este Comité de Vorónezh, en su hoja de enero (núm. 12, enero de 1904), declara:

«En nuestro partido en incesante crecimiento tuvo lugar el año pasado un acontecimiento grande e importante para el partido: se celebró el segundo congreso del POSDR, de representantes de sus organizaciones. La convocatoria de un congreso del partido es un asunto muy complejo y, en las condiciones monárquicas, muy arriesgado y difícil, por lo cual no es de extrañar que la tarea de convocar el congreso se cumpliera lejos de ser perfecta, y el congreso mismo, aunque transcurrió con toda felicidad, no satisfizo todas las exigencias que le planteó el partido. Los camaradas a quienes la conferencia (reunión) de 1902 encomendó convocar el congreso fueron arrestados, y organizaron el congreso personas destacadas por una sola corriente de la socialdemocracia rusa: la iskrista. Muchas organizaciones de socialdemócratas, pero no iskristas, no fueron atraídas a los trabajos del congreso: en parte, por ello, la tarea del congreso de elaborar el programa y los estatutos del partido se cumplió de manera extremadamente imperfecta, las grandes lagunas en los estatutos, “que pueden conducir a peligrosos malentendidos”, son reconocidas por los propios participantes del congreso. En el congreso los propios iskristas se escindieron, y muchos destacados dirigentes de nuestro POSDR, que antes, según parecía, aceptaban por entero el programa de acción de “Iskra”, reconocieron la inviabilidad de muchas de sus concepciones, sostenidas principalmente por Lenin y Plejánov. Aunque en el congreso estos últimos se impusieron, la fuerza de la vida práctica, las exigencias del trabajo real, en cuyas filas están también todos los no iskristas, corrigen rápidamente los errores de los teóricos y después del congreso ya introdujeron serias enmiendas. “Iskra” ha cambiado fuertemente y promete prestar atento oído a las exigencias de los militantes en general de la socialdemocracia. De este modo, aunque los trabajos del congreso están sujetos a revisión por el siguiente congreso y, como es evidente para los propios participantes del congreso, no son satisfactorios, y por tanto no pueden incorporarse al partido como disposiciones irrevocables, el congreso esclareció la situación de los asuntos del partido, dio abundante material para la ulterior actividad teórica y organizativa del partido y resultó una grandiosa experiencia instructiva para el trabajo común del partido. Las resoluciones del congreso y los estatutos por él elaborados serán tomados en consideración por todas las organizaciones, pero muchas se abstendrán de guiarse exclusivamente por ellos, en vista de sus evidentes imperfecciones.

El Comité de Vorónezh, comprendiendo toda la importancia del trabajo común del partido, respondió vivamente a todas las cuestiones sobre la organización del congreso. Es consciente de toda la importancia de lo sucedido en el congreso, saluda el viraje operado en “Iskra”, convertida en Órgano Central (órgano principal). Aunque la situación de los asuntos en el partido y en el CC todavía no nos satisface, creemos que con esfuerzos comunes la difícil labor de organización del partido será perfeccionada. En vista de falsos rumores, el Comité de Vorónezh declara a los camaradas que de la salida del Comité de Vorónezh del partido no puede haber ni palabra. El Comité de Vorónezh comprende perfectamente qué peligroso precedente (ejemplo) sería la salida de una organización obrera, como es el Comité de Vorónezh, del POSDR, y qué reproche recaería sobre el partido y cuán desventajoso sería para las organizaciones obreras que pudieran seguir tal ejemplo. No debemos crear nuevas escisiones, sino tender con perseverancia a la unión de todos los obreros conscientes y socialistas en un solo partido. Además, el segundo congreso fue un congreso ordinario, no constituyente. La exclusión del partido sólo puede hacerse por un tribunal del partido, y ninguna organización, ni el propio Comité Central, tiene derecho a excluir a organización socialdemócrata alguna del partido. Más aún, en el segundo congreso fue aprobado el párrafo octavo de los estatutos, según el cual toda organización en sus asuntos locales es autónoma (autónoma), y por tanto el Comité de Vorónezh tiene pleno derecho a hacer pasar sus concepciones organizativas a la vida y al partido.»

La redacción de la nueva «Iskra», al remitirse a esta hoja en el núm. 61, reprodujo la segunda parte, compuesta en tipo grande, de la cita transcrita; la primera parte, compuesta en pequeño, la redacción prefirió omitirla.

Les dio vergüenza.