Después de aprobar los estatutos, el congreso aprobó una resolución sobre las organizaciones de distrito, una serie de resoluciones sobre organizaciones aisladas del partido y, tras los sumamente instructivos debates sobre el grupo “Obrero del Sur”, que he analizado más arriba, pasó a la cuestión de las elecciones a las instituciones centrales del partido.

Ya sabemos que la organización de “Iskra”, de la que todo el congreso esperaba una recomendación autorizada, se escindió respecto a esta cuestión, pues la minoría de la organización quiso probar en el congreso, en lucha abierta y libre, si lograba conquistar una mayoría. Sabemos también que mucho antes del congreso y en el congreso mismo todos los delegados conocían el plan de renovación de la redacción mediante la elección de dos troikas, una para el Órgano Central y otra para el Comité Central. Detengámonos más detalladamente en este plan para esclarecer los debates del congreso.

He aquí el texto exacto de mi comentario al proyecto de *Tagesordnung* del congreso, donde se exponía este plan[108]: “El congreso elige a tres personas para la redacción del Órgano Central y a tres para el Comité Central. Estas seis personas, reunidas, completan por mayoría de dos tercios, si ello es necesario, la composición de la redacción del Órgano Central y del Comité Central por cooptación, e informan correspondientemente al congreso. Una vez aprobado este informe por el congreso, la cooptación ulterior la efectúan por separado la redacción del Órgano Central y el Comité Central”.

De este texto se desprende el plan con absoluta claridad e inequivocidad: significa la renovación de la redacción con la participación de los más influyentes dirigentes del trabajo práctico. Los dos rasgos de este plan que señalé destacan de inmediato para cualquiera que se tome la molestia de leer con alguna atención el texto citado. Pero en los tiempos que corren hay que detenerse a explicar incluso las cosas más elementales. El plan significa precisamente renovación de la redacción, no ampliación obligatoria ni reducción obligatoria del número de sus miembros, sino justamente renovación, pues la cuestión de una posible ampliación o reducción queda abierta: la cooptación solo se prevé en caso de necesidad. Entre las suposiciones que se hicieron por distintas personas acerca de esta renovación, había planes de posible reducción y de aumento del número de miembros de la redacción hasta siete (yo personalmente siempre consideré mucho más adecuada la troika de siete que la de seis) e incluso de aumento de este número hasta once (yo lo consideraba posible en caso de unirse pacíficamente con todas las organizaciones socialdemócratas en general, en particular con el Bund y la socialdemocracia polaca). Pero lo más importante, que suelen pasar por alto quienes hablan de la “troika”, es la exigencia de que los miembros del Comité Central participen en la solución de la cuestión de la ulterior cooptación en el Órgano Central. Ni un solo camarada de toda la masa de miembros de la organización ni de los delegados del congreso pertenecientes a la “minoría” que conocían este plan y lo aprobaban (ya fuera mediante expresión especial de su conformidad o mediante su silencio) se tomó la molestia de explicar el significado de esta exigencia. En primer lugar, ¿por qué se tomó precisamente la troika, y solo la troika, como punto de partida para la renovación de la redacción? Evidentemente, habría sido totalmente absurdo si se hubiera tenido en cuenta exclusiva, o al menos principalmente, la ampliación del colegio, si este colegio se considerara realmente “armónico”. Sería extraño que para ampliar un colegio “armónico” no se partiese de todo ese colegio, sino solo de una parte del mismo. Evidentemente, no todos los miembros del colegio eran considerados plenamente idóneos para discutir y decidir la cuestión de la renovación de su composición, de la transformación del viejo círculo de redactores en una institución del partido. Evidentemente, incluso quien deseaba personalmente la renovación en forma de ampliación reconocía que la vieja composición no era armónica, que no correspondía al ideal de institución del partido, pues de lo contrario no habría sido necesario reducir la troika de seis primero a tres para luego ampliarla. Repito: esto es claro de por sí, y solo el temporal embrollamiento de la cuestión con “personalidades” pudo hacer que se olvidara.

En segundo lugar, del texto arriba citado se desprende que ni siquiera el consenso de los tres miembros del Órgano Central bastaría para ampliar la troika. También esto se pasa siempre por alto. Para la cooptación se necesitan dos tercios de seis, es decir, cuatro votos; por consiguiente, bastaba con que los tres miembros elegidos del Comité Central dijeran “veto” para que ninguna ampliación de la troika fuera posible. A la inversa, aunque dos de los tres miembros de la redacción del Órgano Central se opusieran a la ulterior cooptación, la cooptación podría realizarse si los tres miembros del Comité Central estaban de acuerdo. Es evidente, pues, que al transformar el viejo círculo en una institución del partido se pretendía dar voz decisiva a los dirigentes del trabajo práctico elegidos por el congreso. En qué camaradas pensábamos aproximadamente a este respecto se desprende del hecho de que, antes del congreso, la redacción eligió por unanimidad como séptimo miembro al camarada Pávlovich, para el caso de que hubiera que presentarse en el congreso en nombre del colegio; además del camarada Pávlovich, se había propuesto para el séptimo puesto a un antiguo miembro de la organización de “Iskra” y miembro del Comité Organizador, que más tarde fue elegido miembro del Comité Central{109}.

De este modo, el plan de elección de dos troikas estaba calculado evidentemente: 1) para la renovación de la redacción, 2) para eliminar de ella algunos rasgos del viejo espíritu de círculo, inadecuado en una institución del partido (si no hubiera nada que eliminar, ¡no habría por qué inventar la troika inicial!), y finalmente, 3) para eliminar los rasgos “teocráticos” de un colegio de literatos (eliminación mediante la incorporación de prácticos destacados a la solución de la cuestión de la ampliación de la troika). Este plan, del que tenían conocimiento todos los redactores, se basaba evidentemente en la experiencia de tres años de trabajo y correspondía de manera perfectamente consecuente a los principios de organización revolucionaria que nosotros manteníamos: en la época de dispersión en que surgió “Iskra”, los distintos grupos se formaban a menudo de manera casual y espontánea, sufriendo inevitablemente de ciertas manifestaciones nocivas del espíritu de círculo. La creación del partido suponía y exigía la eliminación de tales rasgos; la participación en esta eliminación de prácticos destacados era necesaria, pues algunos miembros de la redacción siempre estaban a cargo de cuestiones organizativas, y en el sistema de instituciones del partido debía entrar no solo un colegio de literatos, sino un colegio de dirigentes políticos. Dejar que el congreso eligiera la troika inicial era igualmente natural desde el punto de vista de la política de siempre de “Iskra”: nosotros preparamos el congreso con sumo cuidado, esperando el total esclarecimiento de las cuestiones de principio en disputa sobre el programa, la táctica y la organización; no dudábamos de que el congreso sería iskrista en el sentido de la solidaridad de la inmensa mayoría en estas cuestiones fundamentales (de ello daban fe, en parte, las resoluciones sobre el reconocimiento de “Iskra” como órgano dirigente); debíamos, por tanto, dejar que los camaradas que habían cargado sobre sus hombros todo el trabajo de difusión de las ideas de “Iskra” y de preparación de su transformación en partido, decidieran por sí mismos la cuestión de los candidatos más idóneos para la nueva institución del partido. Solo por esta naturalidad del plan de las “dos troikas”, solo por su plena correspondencia con toda la política de “Iskra” y con todo lo que conocían de “Iskra” las personas más o menos cercanas al asunto, se explica que el plan recibiese general aprobación y que no surgiera ningún plan rival.

Y he aquí que en el congreso el camarada Rúsov propuso en primer lugar elegir dos troikas. Los partidarios de Mártov, que nos había comunicado por escrito que relacionaba este plan con una falsa acusación de oportunismo, no pensaron, sin embargo, trasladar la disputa sobre la troika de seis o de tres al terreno de si esta acusación era correcta o incorrecta. ¡Ni uno de ellos dijo una palabra al respecto! Ninguno se atrevió a decir palabra sobre la diferencia de matices de principio vinculados a la troika de seis o de tres. Prefirieron un recurso más manido y barato: apelar a la compasión, aludir a una posible ofensa, fingir que la cuestión de la redacción ya estaba decidida por la designación de “Iskra” como Órgano Central. Este último argumento, esgrimido por el camarada Koltsov contra el camarada Rúsov, constituye una falsedad directa. En el orden del día del congreso figuraban —por supuesto que no por casualidad— dos puntos especiales (véase pág. 10 del protocolo): punto 4, “Órgano Central del partido”, y punto 18, “Elecciones al Comité Central y a la redacción del Órgano Central”. Esto es lo primero. En segundo lugar, al designarse el Órgano Central, todos los delegados declararon categóricamente que con ello no se ratificaba la redacción, sino solo la tendencia[109], y no se produjo ni una sola protesta contra tales declaraciones.

Por consiguiente, la afirmación de que, al ratificar un órgano determinado, el congreso, en esencia, había ratificado ya con ello la redacción —afirmación repetida muchas veces por los partidarios de la minoría (Koltsov, pág. 321, Posadovski, ibíd., Popov, pág. 322, y muchos otros)— era de hecho directamente falsa. Se trataba de una maniobra evidente para todos, que encubría la retirada de la posición adoptada cuando todos podían todavía considerar con verdadera imparcialidad la cuestión de la composición de los centros. Era imposible justificar la retirada ni con motivos de principio (pues en el congreso era demasiado desventajoso para la minoría plantear la cuestión de la “falsa acusación de oportunismo”, y la minoría ni siquiera insinuó nada al respecto) ni remitiéndose a datos fácticos sobre la real capacidad de trabajo de la troika de seis o de la de tres (pues al rozar estos datos se habría producido una montaña de indicios contra la minoría). No quedó más remedio que salirse con frases sobre la “totalidad armoniosa”, el “colectivo armónico”, la “totalidad armoniosa y cristalinamente íntegra”, etc. No es de extrañar que tales argumentos fueran calificados de inmediato con su verdadero nombre: “palabras lastimeras” (pág. 328). El mismo plan de la troika demostraba ya la falta de “armonía”, y las impresiones recogidas por los delegados durante más de un mes de trabajo en común proporcionaron, evidentemente, abundante material para el juicio independiente de los delegados. Cuando el camarada Posadovski aludió (de modo imprudente e irreflexivo desde su punto de vista: véase págs. 321 y 325, sobre el empleo “condicional” que él hacía de la palabra “asperezas”) a este material, el camarada Muraviov declaró directamente: “En mi opinión, para la mayoría del congreso resulta actualmente del todo evidente que tales[110] asperezas existen indudablemente” (321). La minoría quiso entender la palabra “asperezas” (lanzada por Posadovski, no por Muraviov) exclusivamente en el sentido de algo personal, sin atreverse a recoger el guante lanzado por el camarada Muraviov, sin atreverse a presentar ni un solo argumento sustancial en defensa de la troika de seis. Resultó un debate ridículo por su esterilidad: la mayoría (por boca del camarada Muraviov) declara que para ella está perfectamente claro el verdadero significado de la troika de seis y de la de tres, y la minoría se obstina en no oírlo y asegura que “no tenemos posibilidad de entrar en análisis”. La mayoría no solo considera que es posible entrar en análisis, sino que ya “ha entrado en análisis” y habla de los resultados de este análisis, que para ella son perfectamente claros, mientras que la minoría, al parecer, teme el análisis y se escuda solo en “palabras lastimeras”. La mayoría aconseja “tener en cuenta que nuestro Órgano Central no es solo un grupo literario”, la mayoría “quiere que al frente del Órgano Central estén personas completamente definidas, conocidas por el congreso, que satisfagan las exigencias de las que he hablado” (es decir, precisamente exigencias no solo literarias, pág. 327, discurso del camarada Lange). La minoría, una vez más, no se atreve a recoger el guante y no dice ni una palabra sobre quién es idóneo, en su opinión, para un colegio no solo literario, quién es una magnitud “completamente definida y conocida por el congreso”. La minoría sigue escudándose en la archiconocida “armonía”. Más aún. La minoría introduce incluso en la argumentación razones que son absolutamente falsas en principio y que por ello provocan con razón un enérgico rechazo. “El congreso —verán ustedes— no tiene ni el derecho moral ni el político de rehacer la redacción” (Trotski, pág. 326), “es una cuestión demasiado espinosa (sic!)” (él mismo), “¿cómo deben reaccionar los miembros no elegidos de la redacción ante el hecho de que el congreso no desea verlos ya en la composición de la redacción?” (Tsariov, página 324)[111].

Semejantes argumentos situaban ya plenamente la cuestión en el terreno de la compasión y la ofensa, siendo un reconocimiento directo de la bancarrota en el plano de los argumentos realmente de principio, realmente políticos. Y la mayoría caracterizó de inmediato este planteamiento de la cuestión con la palabra justa: espíritu pequeñoburgués (camarada Rúsov). “En labios de revolucionarios —dijo con justicia el camarada Rúsov— se escuchan discursos tan extraños que están en aguda disarmonía con el concepto del trabajo del partido, de la ética del partido. El argumento principal en que se apoyan los adversarios de la elección de las troikas se reduce a una concepción puramente pequeñoburguesa de los asuntos del partido” (en todas partes la cursiva es mía)… “Emplazándonos en este punto de vista, no partidista, sino pequeñoburgués, en cada elección nos enfrentaremos a la pregunta: ¿acaso no se ofenderá Petrov de que no lo eligieran a él, sino a Ivánov; acaso no se ofenderá tal miembro del Comité Organizador de que no lo eligieran a él, sino a otro para el Comité Central? ¿Adónde nos llevará esto, camaradas? Si nos hemos reunido aquí no para pronunciar discursos mutuamente gratos, no para ternuras pequeñoburguesas, sino para crear el partido, no podemos en modo alguno aceptar semejante punto de vista. Tenemos ante nosotros la cuestión de la elección de funcionarios, y aquí no puede haber cuestión de desconfianza hacia tal o cual no elegido, sino solo cuestión de la utilidad de la causa y de la correspondencia de la persona elegida con el cargo para el que se la elige” (pág. 325).

Aconsejaríamos a todos los que quieran comprender por sí mismos las causas de la escisión del partido y encontrar sus raíces en el congreso, que lean y relean el discurso del camarada Rúsov, cuyos argumentos la minoría no solo no refutó, sino que ni siquiera discutió. Y no se pueden discutir verdades tan elementales, tan primarias, cuyo olvido ya el mismo camarada Rúsov explicó con justicia únicamente por la “excitación nerviosa”. Y esta es, en efecto, la explicación menos desagradable para la minoría de cómo pudieron descender del punto de vista del partido al punto de vista del espíritu pequeñoburgués y del espíritu de círculo[112].

Pero la minoría estaba hasta tal punto privada de la posibilidad de encontrar argumentos razonables y prácticos contra las elecciones, que, además de introducir en el asunto del partido el espíritu pequeñoburgués, llegó a procedimientos de carácter directamente escandaloso. En efecto, ¿cómo no calificar con ese nombre el procedimiento del camarada Popov, que aconsejó al camarada Muraviov “no encargarse de misiones delicadas” (pág. 322)? ¿Qué es esto sino “meterse en el alma ajena”, según la justa expresión del camarada Sorokin (pág. 328)? ¿Qué es esto sino especular con las “personalidades” a falta de argumentos políticos? ¿Dijo o no la verdad el camarada Sorokin al afirmar que “contra tales procedimientos siempre hemos protestado”? “¿Es tolerable la conducta del camarada Deich cuando intentó de modo ostensible clavar en la picota a camaradas que no estaban de acuerdo con él?”[113] (pág. 328).

Resumamos los debates sobre la cuestión de la redacción. La minoría no refutó (ni refutaba) las numerosas indicaciones de la mayoría de que el proyecto de la troika era conocido por los delegados desde el comienzo mismo del congreso y antes del congreso, de que, por consiguiente, dicho proyecto partía de consideraciones y datos independientes de los incidentes y discusiones del congreso. La minoría, al defender la troika de seis, adoptó una postura de principio errónea e inadmisible basada en consideraciones pequeñoburguesas. La minoría manifestó un olvido total del punto de vista del partido sobre la elección de funcionarios, sin ni siquiera rozar la valoración de cada candidato al cargo y su idoneidad o no idoneidad para las funciones de dicho cargo. La minoría rehuyó la discusión del fondo de la cuestión, remitiéndose a la archiconocida armonía, “derramando lágrimas” y “cayendo en el patetismo” (pág. 327, discurso de Lange), como si “quisieran matar a alguien”. La minoría llegó incluso a “meterse en el alma ajena”, a gritos sobre la “criminalidad” de la elección y otros procedimientos inadmisibles semejantes, llegó a ello bajo la influencia de la “excitación nerviosa” (pág. 325).

Lucha del espíritu pequeñoburgués contra el espíritu de partido, de las “personalidades” de la peor especie contra las consideraciones políticas, de las palabras lastimeras contra los conceptos elementales del deber revolucionario: he aquí lo que fue la lucha en torno a la troika de seis y la de tres en la trigésima sesión de nuestro congreso.

Y en la 31ª sesión, cuando el congreso, por mayoría de 19 votos contra 17 y tres abstenciones, rechazó la proposición de ratificar a toda la vieja redacción (véase pág. 330 y fe de erratas) y cuando los antiguos redactores regresaron a la sala de sesiones, el camarada Mártov, en su “declaración en nombre de la mayoría de la antigua redacción” (págs. 330–331), manifestó en proporciones aún mayores la misma inconsistencia e inestabilidad de su posición política y de sus conceptos políticos. Analicemos más detalladamente cada punto de la declaración colectiva y de mi respuesta (págs. 332–333) a la misma.

“A partir de ahora —dice el camarada Mártov después de la no ratificación de la vieja redacción— la vieja ‘Iskra’ deja de existir, y sería más consecuente cambiarle el nombre. En todo caso, en el nuevo acuerdo del congreso vemos una limitación sustancial del voto de confianza a ‘Iskra’ que fue aprobado en una de las primeras sesiones del congreso”.

El camarada Mártov y sus colegas plantean una cuestión verdaderamente interesante e instructiva en muchos sentidos sobre la consecuencia política. Ya he respondido a esto remitiéndome a lo que todos dijeron al ratificar a “Iskra” (pág. 349 del protocolo, compárese más arriba, pág. 82)[114]. No hay duda de que nos hallamos ante uno de los casos más flagrantes de inconsecuencia política; de qué lado, si del de la mayoría del congreso o del de la mayoría de la antigua redacción, lo dejamos al juicio del lector. Dejamos también al lector la solución de otras dos cuestiones, planteadas muy oportunamente por el camarada Mártov y sus colegas: 1) ¿el punto de vista pequeñoburgués o el punto de vista del partido se manifiesta en el deseo de ver “una limitación del voto de confianza a ‘Iskra’” en la decisión del congreso de proceder a la elección de funcionarios para la redacción del Órgano Central? 2) ¿A partir de qué momento deja de existir realmente la vieja “Iskra”: desde el número 46, cuando comenzamos a dirigirla a dúo con Plejánov, o desde el número 53, cuando la mayoría de la vieja redacción comenzó a dirigirla? Si la primera cuestión es una interesantísima cuestión de principio, la segunda lo es de hecho.

“Puesto que ahora se ha decidido —continuó el camarada Mártov— elegir una redacción de tres personas, yo, en nombre mío y de otros tres camaradas, declaro que ninguno de nosotros participará en esa nueva redacción. Personalmente añado que, si es cierto que algunos camaradas querían inscribir mi nombre como uno de los candidatos a esta ‘troika’, debo ver en ello una ofensa que no he merecido (sic!). Lo digo en vista de las circunstancias en que se decidió cambiar la redacción. Se decidió en vista de ciertas ‘fricciones’[115], de la incapacidad de trabajo de la antigua redacción, y el congreso decidió esta cuestión en un sentido determinado sin preguntar a la redacción acerca de esas fricciones y sin nombrar siquiera una comisión para plantear la cuestión de su incapacidad de trabajo”… (Es extraño que nadie de la minoría cayera en la cuenta de proponer al congreso “preguntar a la redacción” o nombrar una comisión. ¿No ocurrió porque, después de la escisión de la organización de “Iskra” y del fracaso de las negociaciones sobre las que escribieron los camaradas Mártov y Starovier, esto habría sido inútil?)… “En tales circunstancias, la suposición de algunos camaradas de que yo aceptaría trabajar en una redacción reformada de este modo la debo considerar como una mancha en mi reputación política”…[116]

He transcrito íntegramente este razonamiento a propósito para mostrar al lector un ejemplo y el comienzo de lo que floreció tan lozanamente después del congreso y que no puede calificarse sino de querella. Ya empleé esta expresión en mi “Carta a la redacción de ‘Iskra’”, y, a pesar del descontento de la redacción, me veo obligado a repetirla, pues su exactitud es indiscutible. Se piensa erróneamente que la querella presupone “motivos bajos” (como dedujo la redacción de la nueva “Iskra”): todo revolucionario que conozca un poco nuestras colonias de desterrados y emigrados habrá visto seguramente decenas de casos de querellas en que se lanzaban y rumiaban las más absurdas acusaciones, sospechas, autoacusaciones, “personalidades”, etc., sobre la base de la “excitación nerviosa” y de condiciones de vida anormales y viciadas. Ninguna persona sensata buscará a la fuerza motivos bajos en estas querellas, por bajas que sean sus manifestaciones. Y precisamente solo con la “excitación nerviosa” se puede explicar este embrollado ovillo de absurdos, personalidades, horrores fantásticos, intromisiones en el alma ajena, ofensas y manchas amañadas, como es el párrafo que he transcrito del discurso del camarada Mártov. Las condiciones de vida viciadas originan entre nosotros centenares de tales querellas, y un partido político no merecería respeto si no se atreviera a llamar a su enfermedad por su nombre, a hacer un diagnóstico implacable y a buscar los medios de curarla.

En la medida en que de este ovillo se puede extraer algo de principio, es inevitable llegar a la conclusión de que “las elecciones no tienen nada que ver con la ofensa a la reputación política”, que “negar al congreso el derecho a nuevas elecciones, a modificar en todo lo posible la composición de los funcionarios, a remodelar los colegios que él autoriza”, significa introducir confusión en la cuestión, y que “en las concepciones del camarada Mártov sobre la admisibilidad de la elección de una parte del antiguo colegio se manifiesta la mayor confusión de conceptos políticos” (como me expresé en el congreso, pág. 332)[117].

Omito la observación “personal” del camarada Mártov sobre la cuestión de quién es el autor del plan de la troika y paso a su caracterización “política” del significado que tiene la no ratificación de la vieja redacción:… “Lo ocurrido ahora es el último acto de la lucha que tuvo lugar durante la segunda mitad del congreso”… (¡Correcto! Y esta segunda mitad comienza desde el momento en que Mártov cayó en los tenaces brazos del camarada Akímov en la cuestión del § 1 de los estatutos.)… “Para todos no es un secreto que en esta reforma no se trata de la ‘capacidad de trabajo’, sino de la lucha por la influencia sobre el Comité Central” (En primer lugar, para todos no es un secreto que aquí se trataba tanto de la capacidad de trabajo como de la divergencia sobre la composición del Comité Central, pues el plan de “reforma” fue planteado cuando aún no se podía hablar de la segunda divergencia, cuando nosotros, juntamente con el camarada Mártov, elegíamos como séptimo participante del colegio de redacción al camarada Pávlovich. En segundo lugar, ya hemos mostrado, basándonos en datos documentales, que se trataba de la composición personal del Comité Central, que el asunto se reducía *à la fin des fins*[118] a la diferencia de listas: Glébov–Travinski–Popov y Glébov–Trotski–Popov.)… “La mayoría de la redacción ha mostrado que no desea que el Comité Central se convierta en un instrumento de la redacción”… (Comienza la canción akinovista: la cuestión de la influencia, por la que lucha toda mayoría en todo congreso del partido siempre y en todas partes para consolidar esa influencia con la mayoría en las instituciones centrales, se traslada al terreno del chismorreo oportunista sobre el “instrumento” de la redacción, sobre el “simple apéndice” de la redacción, como dijo el mismo camarada Mártov un poco más tarde, pág. 334.)… “He aquí por qué fue necesario reducir el número de miembros de la redacción (!!). Y por eso yo no puedo entrar en semejante redacción”… (Mire usted con más atención este “por eso”: ¿cómo podría la redacción convertir al Comité Central en un apéndice o en un instrumento? Solo de una manera y en el caso de que tuviera tres votos en el Consejo y abusara de esta ventaja. ¿No está claro? ¿Y no está claro también que, al ser elegido tercero, el camarada Mártov siempre podría impedir todo abuso y anular con su solo voto toda ventaja de la redacción en el Consejo? El asunto se reduce, por consiguiente, precisamente a la composición personal del Comité Central, y los discursos sobre instrumento y apéndice resultan de inmediato chismorreo.)… “Junto con la mayoría de la antigua redacción, yo pensaba que el congreso pondría fin al ‘estado de sitio’ en el interior del partido e implantaría en él un orden normal. En realidad, el estado de sitio con leyes excepcionales contra grupos aislados ha sido prolongado e incluso agravado. Solo con toda la antigua redacción podemos garantizar que los derechos concedidos a la redacción por los estatutos no sirvan en perjuicio del partido”…

He aquí íntegramente el pasaje del discurso del camarada Mártov en el que por primera vez lanzó el archiconocido lema del “estado de sitio”. Y ahora vean mi respuesta:

…“Al rectificar la declaración de Mártov sobre el carácter privado del plan de las dos troikas, no pienso, sin embargo, poner en tela de juicio con ello las afirmaciones del mismo Mártov sobre el ‘significado político’ del paso que hemos dado al no ratificar a la antigua redacción. Por el contrario, estoy plena e incondicionalmente de acuerdo con el camarada Mártov en que este paso tiene una gran importancia política, solo que no la que le atribuye Mártov. Él decía que esto es un acto de la lucha por la influencia sobre el Comité Central en Rusia. Yo iré más lejos que Mártov. Hasta ahora toda la actividad de ‘Iskra’, como grupo privado, era una lucha por la influencia, pero ahora se trata ya de algo más, de la consolidación organizativa de la influencia, y no solo de la lucha por ella. Hasta qué punto divergimos aquí políticamente con el camarada Mártov se ve por el hecho de que él me reprocha ese deseo de influir sobre el Comité Central, mientras que yo considero un mérito haber aspirado y aspirar a consolidar esa influencia por vía organizativa. Resulta que hablamos incluso en idiomas diferentes. ¿Para qué habría servido todo nuestro trabajo, todos nuestros esfuerzos, si su corona fuese la misma vieja lucha por la influencia, y no la consecución plena y el afianzamiento de la influencia? Sí, el camarada Mártov tiene toda la razón: el paso dado es indudablemente un importante paso político, que testimonia la elección de una de las tendencias que ahora se han perfilado en el trabajo ulterior de nuestro partido. Y a mí no me asustan en absoluto las terribles palabras sobre el ‘estado de sitio en el partido’, sobre ‘leyes excepcionales contra personas y grupos aislados’, etc. Con respecto a elementos inestables y vacilantes, no solo podemos, sino que estamos obligados a crear un ‘estado de sitio’, y todo nuestro estatuto del partido, todo el centralismo aprobado desde ahora por el congreso, no es sino un ‘estado de sitio’ para tan numerosas fuentes de difuminación política. Contra la difuminación precisamente hacen falta leyes especiales, aunque sean excepcionales, y el paso dado por el congreso ha señalado correctamente la tendencia política, creando una base firme para tales leyes y tales medidas”[119].

He subrayado en este resumen de mi discurso en el congreso la frase que el camarada Mártov, en su “Estado de sitio” (pág. 16), prefirió omitir. No es de extrañar que esta frase no le gustara y que no quisiera entender su claro sentido.

¿Qué significa la expresión “terribles palabras”, camarada Mártov?

Significa burla, burla de quien aplica grandes nombres a pequeñas cosas, de quien embrolla una cuestión sencilla con una fraseología pretenciosa.

El hecho pequeño y sencillo, el único que pudo dar y dio motivo a la “excitación nerviosa” del camarada Mártov, consistió exclusivamente en que el camarada Mártov sufrió una derrota en el congreso en la cuestión de la composición personal de los centros. El significado político de este simple hecho consistió en que la mayoría del congreso del partido, al vencer, consolidaba su influencia haciendo que la mayoría pasara también a la dirección del partido, creando la base organizativa para luchar, con ayuda de los estatutos, contra aquello que dicha mayoría consideraba vacilación, inestabilidad y difuminación[120]. Hablar a este respecto de “lucha por la influencia” con espanto en los ojos y quejarse del “estado de sitio” no era otra cosa que fraseología pretenciosa, terribles palabras.

¿No está de acuerdo el camarada Mártov con esto? ¿Acaso intentará mostrarnos que ha existido en el mundo un congreso del partido, que es pensable en general un congreso del partido en el que la mayoría no consolide la influencia conquistada: 1) haciendo pasar esa mayoría también a los centros, 2) entregándole el poder para paralizar la vacilación, la inestabilidad y la difuminación?

Antes de las elecciones, nuestro congreso debía resolver la cuestión: ¿entregar un tercio de los votos en el Órgano Central y en el Comité Central a la mayoría del partido o a la minoría del partido? La troika de seis y la lista del camarada Mártov significaban entregar un tercio a nosotros, dos tercios a sus partidarios. La troika de tres en el Órgano Central y nuestra lista significaban entregar dos tercios a nosotros y un tercio a los partidarios del camarada Mártov. El camarada Mártov se negó a pactar con nosotros o a ceder, y por escrito nos desafió al combate ante el congreso; pero, habiendo sido derrotado ante el congreso, se echó a llorar y se puso a quejarse del “estado de sitio”. ¿Acaso no es esto una querella? ¿Acaso no es esto una nueva manifestación de la flojedad intelectual?

No se puede dejar de recordar a este propósito la brillante caracterización sociopsicológica de esta última cualidad que ha dado recientemente K. Kautsky. Los partidos socialdemócratas de distintos países tienen que pasar a menudo ahora por las mismas enfermedades, y a nosotros nos es muy, muy útil aprender el diagnóstico correcto y el tratamiento correcto de camaradas más experimentados. La caracterización de algunos intelectuales hecha por K. Kautsky será, por tanto, solo una aparente digresión de nuestro tema.

…“Actualmente nos vuelve a interesar vivamente la cuestión del antagonismo entre la intelectualidad[121] y el proletariado. Mis colegas” (Kautsky es también un intelectual, literato y redactor) “se indignarán a menudo porque yo reconozca este antagonismo. Pero él existe de hecho, y sería la táctica más inadecuada (aquí, como en otros casos) pretender quitárselo de encima negando el hecho. Este antagonismo es un antagonismo social que se manifiesta en las clases, no en individuos aislados. Tanto el capitalista aislado como el intelectual aislado pueden incorporarse plenamente a la lucha de clase del proletariado. En los casos en que esto ocurre, el intelectual cambia también su carácter. Y en lo sucesivo se tratará, principalmente, no de los intelectuales de este tipo, que aun hoy son una excepción dentro de su clase. En lo sucesivo, si no hay reservas especiales, por intelectual entiendo yo solo al intelectual corriente, que está en el terreno de la sociedad burguesa y es representante característico de la clase de los intelectuales. Esta clase se halla en cierto antagonismo con respecto al proletariado.
”
“Este antagonismo es de un género distinto del antagonismo entre el trabajo y el capital. El intelectual no es un capitalista. Cierto que su nivel de vida es burgués y se ve obligado a mantener ese nivel mientras no se convierte en un desclasado, pero al mismo tiempo se ve forzado a vender el producto de su trabajo y, a menudo, también su fuerza de trabajo, sufre con frecuencia la explotación del capitalista y una cierta humillación social. Por consiguiente, el intelectual no se halla en ningún antagonismo económico respecto al proletariado. Pero su situación vital, sus condiciones de trabajo, no son proletarias, y de aquí se deriva un cierto antagonismo en el estado de ánimo y en el pensamiento.”

“El proletario no es nada mientras es un individuo aislado. Toda su fuerza, toda su capacidad de progreso, todas sus esperanzas y anhelos los extrae de la organización, de la actividad planificada y conjunta con sus camaradas. Se siente grande y fuerte cuando es parte de un organismo grande y fuerte. Este organismo lo es todo para él; el individuo aislado significa, en comparación, muy poco. El proletario libra su lucha con la mayor abnegación, como partícula de una masa anónima, sin miras al provecho personal, a la gloria personal, cumpliendo con su deber en cualquier puesto en que lo pongan, sometiéndose voluntariamente a la disciplina que impregna todo su sentimiento, todo su pensamiento.”

“Completamente distinto es el caso del intelectual. Él lucha no mediante tal o cual aplicación de la fuerza, sino con ayuda de argumentos. Sus armas son su saber personal, sus capacidades personales, su convicción personal. Solo puede alcanzar cierta relevancia gracias a sus cualidades personales. La plena libertad de manifestación de su personalidad se le presenta, por tanto, como la primera condición del éxito de su trabajo. Solo con dificultad se somete a un determinado todo como parte servicial de ese todo, se somete por necesidad y no por impulso propio. La necesidad de disciplina la reconoce solo para la masa, no para las almas selectas. Él se cuenta, naturalmente, entre las almas selectas…”

“…La filosofía de Nietzsche, con su culto al superhombre, para quien todo consiste en asegurar el pleno desarrollo de su propia personalidad, y al que toda supeditación de su persona a un gran fin social le parece algo vulgar y despreciable, esta filosofía es la verdadera cosmovisión del intelectual, lo convierte en completamente inepto para participar en la lucha de clase del proletariado.”

“Junto a Nietzsche, un representante notable de la cosmovisión de la intelectualidad, correspondiente a su estado de ánimo, es Ibsen. Su doctor Stockmann (en el drama ‘Un enemigo del pueblo’) no es un socialista, como muchos han pensado, sino un tipo de intelectual que inevitablemente tiene que entrar en colisión con el movimiento proletario, con todo movimiento popular, en cuanto intenta actuar en él. Ello se debe a que la base del movimiento proletario, como de todo movimiento democrático[122], es el respeto a la mayoría de los camaradas. El intelectual típico à la Stockmann ve en la ‘mayoría compacta’ un monstruo que debe ser derrocado.”

“…El modelo ideal de intelectual que ha llegado a penetrarse totalmente del temple proletario, que, siendo un brillante escritor, ha perdido los rasgos específicamente intelectuales de la psique, que marchaba sin rezongar en filas y en formación, trabajaba en cualquier puesto en que se le designara, supeditaba todo su ser a nuestra gran causa y despreciaba ese flojo lloriqueo (weichliches Gewinsel) sobre la supresión de su personalidad que oímos a menudo de intelectuales educados en Ibsen y Nietzsche, cuando les toca quedarse en minoría; el modelo ideal de tal intelectual, como los que necesita el movimiento socialista, fue Liebknecht. Se puede mencionar aquí también a Marx, que jamás se abrió paso a codazos hacia el primer puesto y se sometió de modo ejemplar a la disciplina del partido en la Internacional, donde más de una vez quedó en minoría”[123].

Precisamente ese flojo lloriqueo de un intelectual que ha quedado en minoría, y nada más, fueron la renuncia de Mártov y sus colegas al cargo tras una sola no ratificación del viejo círculo, las quejas sobre el estado de sitio y las leyes excepcionales “contra grupos aislados”, que no eran queridos para Mártov cuando se disolvió “Obrero del Sur” y “Rabócheie Dielo”, pero se convirtieron en queridos cuando se disolvió su colegio.

Precisamente ese flojo lloriqueo de intelectuales que han quedado en minoría fueron todas esas interminables quejas, reproches, alusiones, reconvenciones, chismes e insinuaciones acerca de la “mayoría compacta” que manaron a raudales en nuestro congreso del partido[124] (y más aún después de él) a raíz de la iniciativa de Mártov.

Amargamente se lamentaba la minoría de que la mayoría compacta tuviera sus reuniones privadas: en efecto, la minoría tenía que encubrir de algún modo el hecho desagradable para ella de que aquellos delegados a los que invitaba a sus reuniones privadas se negaban a asistir, y aquellos que habrían asistido de buena gana (Egórov, Májov, Bruker) no podían ser invitados por la minoría después de toda la lucha del congreso entre unos y otros.

Amargamente se quejaban de la “falsa acusación de oportunismo”: en efecto, tenían que encubrir de algún modo el hecho desagradable de que precisamente los oportunistas, que con mucha mayor frecuencia habían marchado con los antiiskristas, y en parte también esos mismos antiiskristas, constituyeron una minoría compacta, agarrándose con ambas manos al apoyo del espíritu de círculo en las instituciones, del oportunismo en los razonamientos, del espíritu pequeñoburgués en el asunto del partido, de la vacilación y la flojedad intelectuales.

En el siguiente parágrafo mostraremos en qué consiste la explicación de aquel interesantísimo hecho político de que al final del congreso se formase una “mayoría compacta”, y por qué la minoría rehúye tan cuidadosamente, a pesar de todos los desafíos, la cuestión de las causas y la historia de su formación. Pero antes terminemos el análisis de los debates del congreso.

En las elecciones al Comité Central, el camarada Mártov presentó una resolución sumamente característica (pág. 336), cuyos tres rasgos principales yo solía llamar “jaque mate en tres jugadas”. He aquí esos rasgos: 1) se votan listas de candidatos al Comité Central y no candidatos aislados; 2) después de leídas las listas, se dejan transcurrir dos sesiones (para su discusión, evidentemente); 3) a falta de mayoría absoluta, la segunda votación se considera definitiva. Esta resolución es una estrategia bien pensada (¡hay que hacerle justicia al adversario!), con la cual no estuvo de acuerdo el camarada Egórov (pág. 337), pero que habría asegurado con certeza la plena victoria de Mártov si el grupo de los siete bundistas y rabóchedielistas no se hubiera marchado del congreso. La estrategia se explica precisamente porque la minoría iskrista no tenía ni podía tener un “acuerdo directo” (que sí tenía la mayoría iskrista) no solo con el Bund y con Bruker, sino tampoco con los camaradas Egórov y Májov.

Recuerde el lector que el camarada Mártov se quejó en el congreso de la Liga de que la “falsa acusación de oportunismo” presuponía un acuerdo directo suyo con el Bund. Repito: esto le pareció a Mártov por el miedo, y precisamente el desacuerdo del camarada Egórov con la votación de listas (el camarada Egórov “todavía no ha dilapidado sus principios”, probablemente aquellos principios que le obligaban a fundirse con Goldblat en la valoración del significado absoluto de las garantías democráticas) muestra de manera palpable ese hecho de enorme importancia de que incluso con Egórov no podía hablarse de “acuerdo directo”. Pero la coalición podía haberla, y la hubo, tanto con Egórov como con Bruker, coalición en el sentido de que a los martovistas se les aseguraba el apoyo de estos cada vez que los martovistas entraban en conflicto serio con nosotros y cuando Akímov y sus amigos debían elegir el mal menor. No estuvo ni está sujeto a la menor duda que, como mal menor, como aquello que peor alcanza los fines de “Iskra” (véase el discurso de Akímov sobre el § 1 y sus “esperanzas” en Mártov), los camaradas Akímov y Liber habrían elegido sin falta tanto la troika de seis en el Órgano Central como la lista de Mártov para el Comité Central. La votación de listas, la pausa de dos sesiones y la segunda votación estaban destinadas justamente a alcanzar este resultado con casi mecánica exactitud, sin ningún acuerdo directo.

Pero como nuestra mayoría compacta seguía siendo mayoría compacta, la maniobra envolvente del camarada Mártov no era más que una dilación, y nosotros no pudimos por menos que rechazarla. La minoría, por escrito (en una declaración, pág. 341), vertió sus quejas sobre ello, negándose, a ejemplo de Martínov y Akímov, a participar en las votaciones y en la elección del Comité Central “dadas las condiciones en que estas se efectuaban”. Después del congreso, estas quejas sobre la anormalidad de las condiciones de la elección (véase “El estado de sitio”, pág. 31) se prodigaron a diestro y siniestro ante centenares de comadres del partido. Pero ¿en qué consistía esa anormalidad? ¿En la votación secreta, que ya estaba prevista de antemano por el reglamento del congreso (§ 6, pág. 11 del protocolo) y en la que era ridículo ver “hipocresía” o “injusticia”? ¿En la formación de la mayoría compacta, ese “monstruo” para los intelectuales flojos? ¿O en el deseo anormal de esos honorables intelectuales de violar la palabra que empeñaron ante el congreso de reconocer todas sus elecciones (pág. 380, § 18 del estatuto del congreso)?

El camarada Popov insinuó finamente ese deseo, cuando en el congreso, el día de las elecciones, preguntó directamente: “¿Está seguro el Bureau de que la decisión del congreso es válida y legal si la mitad de los participantes se ha negado a votar?”[125]. El Bureau respondió, como es natural, que estaba seguro, y recordó el incidente con los camaradas Akímov y Martínov. El camarada Mártov se sumó al Bureau y declaró directamente que el camarada Popov se equivocaba, que “las decisiones del congreso son legales” (pág. 343). Que el lector juzgue por sí mismo esta —sin duda, sumamente normal— consecuencia política que se revela al confrontar esta declaración ante el partido con la conducta después del congreso y con la frase de “El estado de sitio” sobre la “insurrección de la mitad del partido comenzada ya en el congreso” (pág. 20). Las esperanzas que el camarada Akímov había depositado en el camarada Mártov pesaron más que las fugaces buenas intenciones del propio Mártov.

“¡Venciste, camarada Akímov!”

Para caracterizar hasta qué punto fue “terrible palabra” la archiconocida frase sobre el “estado de sitio”, a la que ahora se ha dado para siempre un sentido tragicómico, pueden servir algunos pequeños rasgos en apariencia, pero muy importantes en esencia, del final del congreso, de ese final que tuvo lugar después de las elecciones. El camarada Mártov va ahora por ahí con ese tragicómico “estado de sitio”, asegurando muy en serio a sí mismo y a los lectores que ese espantajo por él inventado significaba una especie de persecución anormal, de hostigamiento, de acorralamiento de la “minoría” por la “mayoría”. Mostraremos en seguida cómo fueron las cosas después del congreso. Pero tomen incluso el final del congreso, y verán que, después de las elecciones, la “mayoría compacta” no solo no persigue a los desdichados, acorralados, ofendidos y conducidos al suplicio mártovistas, sino que, al contrario, ella misma les ofrece (por boca de Liádov) dos de los tres puestos en la comisión de protocolos (pág. 354). Tomen las resoluciones sobre cuestiones tácticas y otras (pág. 355 y sigs.), y verán una discusión puramente práctica sobre el fondo, en la que las firmas de los camaradas que presentaban las resoluciones muestran, a menudo entremezclados, tanto a representantes de la monstruosa “mayoría” compacta como a partidarios de la “minoría” “humillada y ofendida” (págs. 355, 357, 363, 365, 367 del protocolo). ¿Verdad que esto se parece mucho a la “exclusión del trabajo” y a toda clase de “acorralamiento”?

La única discusión interesante, pero, por desgracia, demasiado breve, sobre el fondo, surgió a propósito de la resolución de Starovier sobre los liberales. Fue aprobada por el congreso, como puede juzgarse por las firmas que la respaldan (págs. 357 y 358), porque tres partidarios de la “mayoría” (Braun, Orlov, Ósipov) votaron tanto por ella como por la resolución de Plejánov, no viendo contradicción irreconciliable entre ambas. A primera vista, contradicción irreconciliable no hay, pues la de Plejánov establece un principio general, expresa una actitud de principio y táctica bien definida hacia el liberalismo burgués en Rusia, mientras que la de Starovier intenta determinar las condiciones concretas de admisibilidad de “acuerdos eventuales” con las “corrientes liberales o liberal-democráticas”. Los temas de ambas resoluciones son diferentes. Pero la de Starovier adolece precisamente de difuminación política, siendo por ello mezquina y minuciosa. No define el contenido de clase del liberalismo ruso, no señala las corrientes políticas definidas que lo expresan, no explica al proletariado sus tareas fundamentales de propaganda y agitación respecto a esas corrientes definidas, confunde (en virtud de su difuminación) cosas tan distintas como el movimiento estudiantil y “Osvobozhdenie”, prescribe de manera demasiado minuciosa y casuística tres condiciones concretas bajo las cuales son admisibles los “acuerdos temporales”. La difuminación política también en este caso, como en muchos otros, conduce a la casuística. La ausencia de un principio general y el intento de enumerar “condiciones” llevan a señalar estas condiciones de modo minucioso y, hablando con rigor, incorrecto. Efectivamente, observen estas tres condiciones de Starovier: 1) las “corrientes liberales o liberal-democráticas” deben “declarar clara e inequívocamente que en su lucha contra el gobierno autocrático se ponen resueltamente del lado de la socialdemocracia rusa”. ¿En qué se diferencian las corrientes liberales de las liberal-democráticas? La resolución no da ningún material para responder a esta pregunta. ¿No será en que las corrientes liberales expresan la posición de las capas políticamente menos progresistas de la burguesía, y las liberal-democráticas, la posición de las capas más progresistas de la burguesía y de la pequeña burguesía? Si es así, ¿acaso considera el camarada Starovier posible que las capas menos progresistas (pero aun así progresistas, pues de lo contrario no se podría hablar de liberalismo) de la burguesía “se pongan resueltamente del lado de la socialdemocracia”? Esto es un absurdo, y si los representantes de semejante corriente “lo declarasen clara e inequívocamente” (suposición del todo imposible), nosotros, como partido del proletariado, estaríamos obligados a no creer en sus declaraciones. Ser liberal y ponerse resueltamente del lado de la socialdemocracia se excluyen mutuamente.

Además. Supongamos un caso en que las “corrientes liberales o liberal-democráticas” declaren clara e inequívocamente que en su lucha contra la autocracia se ponen resueltamente del lado de los socialistas-revolucionarios. Esta suposición es mucho menos inverosímil (dada la esencia democrático-burguesa de la tendencia de los socialistas-revolucionarios) que la suposición del camarada Starovier. Según el sentido de su resolución, en virtud de su difuminación y casuística, resulta que en ese caso los acuerdos temporales con tales liberales son inadmisibles. Sin embargo, esta inevitable conclusión de la resolución de Starovier conduce a una tesis directamente falsa. Los acuerdos temporales son admisibles también con los socialistas-revolucionarios (véase la resolución del congreso sobre ellos), y por consiguiente, también con los liberales que se pusieran del lado de los socialistas-revolucionarios.

Segunda condición: si esas corrientes “no presentan en sus programas reivindicaciones que vayan en contra de los intereses de la clase obrera y de la democracia en general o que oscurezcan su conciencia”. Aquí también el mismo error: no ha habido ni puede haber corrientes liberal-democráticas que no presenten en sus programas reivindicaciones que vayan en contra de los intereses de la clase obrera y no oscurezcan su conciencia (la del proletariado). Incluso una de las fracciones más democráticas de nuestra corriente liberal-democrática, la fracción de los socialistas-revolucionarios, presenta en su programa, tan confuso como todos los programas liberales, reivindicaciones que van en contra de los intereses de la clase obrera y oscurecen su conciencia. De este hecho hay que sacar la conclusión de la necesidad de “desenmascarar la limitación y la insuficiencia del movimiento de liberación de la burguesía”, pero en modo alguno la inadmisibilidad de los acuerdos temporales.

Finalmente, la tercera “condición” del camarada Starovier (que los liberales-demócratas hagan del sufragio universal, igual, secreto y directo el lema de su lucha) es incorrecta en el planteamiento general que se le ha dado: sería irrazonable declarar inadmisibles en ningún caso los acuerdos temporales y privados con aquellas corrientes liberal-democráticas que enarbolaran el lema de una constitución censitaria, de una constitución “raquítica” en general. En esencia, a esto corresponde precisamente la “corriente” de los señores “osvobozhdentsi”, pero atarse las manos prohibiendo de antemano “acuerdos temporales”, aunque fuera con los liberales más tímidos, sería una miopía política incompatible con los principios del marxismo.

Conclusión: la resolución del camarada Starovier, firmada también por los camaradas Mártov y Axelrod, es errónea, y el III Congreso actuará razonablemente si la deroga. Adolece de difuminación política en su posición teórica y táctica, y de casuística en las “condiciones” prácticas que exige. Confunde dos cuestiones: 1) el desenmascaramiento de los rasgos “antirrevolucionarios y antiproletarios” de toda corriente liberal-democrática, y la obligación de luchar contra esos rasgos, y 2) la condición de acuerdos temporales y privados con cualquiera de tales corrientes. No da lo que hace falta (análisis del contenido de clase del liberalismo), y da lo que no hace falta (prescripción de “condiciones”). En un congreso del partido es absurdo en general elaborar “condiciones” concretas de acuerdos temporales cuando ni siquiera está presente un contratante definido, un sujeto de tales acuerdos posibles; y si tal “sujeto” estuviera presente, sería cien veces más racional dejar la determinación de las “condiciones” del acuerdo temporal a las instituciones centrales del partido, como así lo ha hecho el congreso respecto a la “corriente” de los señores socialistas-revolucionarios (véase la modificación plejanoviana del final de la resolución del camarada Axelrod, págs. 362 y 15 del protocolo).

En cuanto a las objeciones de la “minoría” contra la resolución de Plejánov, el único argumento del camarada Mártov decía: la resolución de Plejánov “termina con una conclusión mísera: hay que desenmascarar a un literato. ¿No será ir a por una mosca con un cañón?” (pág. 358). Este argumento, en el que la ausencia de pensamiento se disimula con una palabreja brillante —“conclusión mísera”—, nos da un nuevo ejemplo de fraseología pretenciosa. En primer lugar, la resolución de Plejánov habla de “desenmascarar ante el proletariado la limitación y la insuficiencia del movimiento de liberación de la burguesía dondequiera que se manifieste esa limitación e insuficiencia”. Por eso es una pura vaciedad la afirmación del camarada Mártov (en el congreso de la Liga, pág. 88 del protocolo) de que “toda la atención debe concentrarse en un Struve, en un liberal”. En segundo lugar, comparar al señor Struve con una “mosca” cuando se trata de la posibilidad de acuerdos temporales con los liberales rusos es sacrificar a la brillantez de la frase la más elemental evidencia política. No, el señor Struve no es una mosca, sino una magnitud política, y lo es no porque sea personalmente una figura muy grande. La significación de magnitud política se la da su posición, la posición del único representante del liberalismo ruso, un liberalismo al menos mínimamente capaz y organizado, en el mundo ilegal. Por eso, hablar de los liberales rusos y de la actitud de nuestro partido hacia ellos sin tener en cuenta precisamente al señor Struve, precisamente al “Osvobozhdenie”, es hablar por no decir nada. ¿O acaso el camarada Mártov intentará señalarnos una sola “corriente liberal o liberal-democrática” en Rusia que, aunque fuera remotamente, pudiera compararse en la actualidad con la corriente “osvobozhdénskaya”? ¡Interesante sería ver semejante intento![126]

“El nombre de Struve no dice nada a los obreros”, apoyó el camarada Kóstrov al camarada Mártov. Esto ya es un argumento, con perdón sea dicho de los camaradas Kóstrov y Mártov, akinovista. Esto es ya como lo del proletariado en genitivo{110}.

¿A qué obreros “no les dice nada el nombre de Struve” (y el nombre de “Osvobozhdenie”, mencionado en la resolución del camarada Plejánov junto al nombre del señor Struve)? A aquellos que están muy poco familiarizados o no lo están en absoluto con las “corrientes liberales y liberal-democráticas” en Rusia. Se pregunta: ¿en qué debe consistir la actitud de nuestro congreso del partido hacia tales obreros? ¿En encargar a los miembros del partido que familiaricen a esos obreros con la única corriente liberal definida en Rusia? ¿O en silenciar un nombre poco conocido por los obreros debido precisamente a su escaso conocimiento de la política? Si el camarada Kóstrov, después de haber dado el primer paso tras el camarada Akímov, no quiere dar también el segundo tras él, seguramente resolverá esta cuestión en el primer sentido. Y resolviéndola en el primer sentido, verá cuán inconsistente era su argumento. En todo caso, las palabras “Struve” y “Osvobozhdenie” en la resolución de Plejánov pueden dar a los obreros muchas veces más que las palabras “corriente liberal y liberal-democrática” en la resolución de Starovier.

El obrero ruso no puede en la actualidad conocer en la práctica las tendencias políticas más o menos francas de nuestro liberalismo si no es a través de “Osvobozhdenie”. La literatura liberal legal no sirve aquí precisamente por su nebulosidad. Y nosotros debemos dirigir el arma de nuestra crítica contra los osvobozhdentsi con el mayor celo (y ante las masas obreras más amplias posible), para que, en el momento de la futura revolución, el proletariado ruso pueda, con la verdadera crítica de las armas, paralizar los inevitables intentos de los señores osvobozhdentsi de cercenar el carácter democrático de la transformación.

Aparte de la “perplejidad” del camarada Egórov, señalada por mí más arriba, sobre la cuestión de nuestro “apoyo” al movimiento oposicionista y revolucionario, los debates sobre las resoluciones no dieron material interesante, y casi no hubo debates.

El congreso terminó con una breve advertencia del presidente sobre la obligatoriedad de las decisiones del congreso para todos los miembros del partido.