La inconsistencia de principios de los adversarios de Iskra y del «centro» se manifestó claramente también en los debates sobre el programa agrario, que ocuparon bastante tiempo del Congreso (véanse págs. 190-226 del protocolo) y plantearon numerosas cuestiones sumamente interesantes. Como era de esperar, la ofensiva contra el programa la emprende el camarada Martínov (tras las observaciones de poca monta de los camaradas Liber y Egórov). Él esgrime el viejo argumento de la reparación de «precisamente esa injusticia histórica dada», con lo cual, según él, indirectamente «santificamos otras injusticias históricas», etc. A su lado se sitúa también el camarada Egórov, a quien incluso «no le queda claro cuál es el significado de este programa. ¿Es un programa para nosotros, es decir, define las reivindicaciones que nosotros planteamos, o nosotros queremos hacerlo popular?» (¡?!?). El camarada Liber «quisiera hacer las mismas indicaciones que el camarada Egórov». El camarada Majov interviene con su característica contundencia, declarando que «la mayoría (?) de los que han hablado no comprende en absoluto qué representa el programa presentado y qué objetivos persigue». El programa propuesto, verán ustedes, «difícilmente puede considerarse un programa agrario socialdemócrata»; tiene… «un cierto tufillo a juego de reparación de injusticias históricas», le es inherente un «matiz de demagogia y aventurerismo». La confirmación teórica de esta profundidad de pensamiento es la exageración y simplificación habituales del marxismo vulgar: los iskristas, supuestamente, «pretenden operar con los campesinos como con algo homogéneo en su composición; y como el campesinado ya desde hace mucho tiempo (?) está dividido en clases, la presentación de un programa único conduce inevitablemente a que el programa en su conjunto se vuelva demagógico y, al ser llevado a la práctica, se convierta en una aventura» (202). El camarada Majov «suelta» aquí la verdadera causa de la actitud negativa hacia nuestro programa agrario por parte de muchos socialdemócratas dispuestos a «reconocer» a «Iskra» (como la reconoció el propio Majov), pero que no han meditado en absoluto su orientación, su posición teórica y táctica. Precisamente la vulgarización del marxismo al aplicarlo a un fenómeno tan complejo y multifacético como la actual estructura de la economía campesina rusa, ha provocado y provoca la incomprensión de este programa, y no discrepancias en detalles aislados. Y en este punto de vista marxista vulgar coincidieron rápidamente los líderes de los elementos antiiskristas (Liber y Martínov) y del «centro»: Egórov y Majov. El camarada Egórov expresó además con franqueza uno de los rasgos característicos de «Obrero del Sur» y de los grupos y círculos que gravitan hacia él, a saber: la incomprensión de la importancia del movimiento campesino, la incomprensión de que no era una sobrestimación, sino, por el contrario, más bien una subestimación de esta importancia (y la falta de fuerzas para utilizar el movimiento) lo que constituía el punto débil de nuestros socialdemócratas durante las primeras y célebres insurrecciones campesinas. «Estoy lejos del entusiasmo de la redacción por el movimiento campesino —dijo el camarada Egórov—, entusiasmo que, después de los disturbios campesinos, se apoderó de muchos socialdemócratas». Sólo que el camarada Egórov no se tomó la molestia, por desgracia, de informar al Congreso con cierta precisión en qué se expresó ese entusiasmo de la redacción, no se tomó la molestia de dar indicaciones concretas sobre el material literario proporcionado por «Iskra». Olvidó, además, que todos los puntos fundamentales de nuestro programa agrario fueron desarrollados por «Iskra» ya en su tercer número[65], es decir, mucho antes de los disturbios campesinos. ¡A quien «reconocía» a «Iskra» no sólo de palabra, no le habría venido mal mostrar un poco más de atención a sus principios teóricos y tácticos!

«¡No, en el campesinado no podemos hacer mucho!» —exclama el camarada Egórov, y explica a continuación esta exclamación no en el sentido de una protesta contra tal o cual «entusiasmo» aislado, sino en el sentido de la negación de toda nuestra posición: «Esto significa, pues, que nuestra consigna no puede competir con la consigna aventurera». ¡Formulación característica en sumo grado de una actitud carente de principios hacia el asunto, que lo reduce todo a la «competencia» de consignas de distintos partidos! Y esto se dice después de que el orador se declara «satisfecho» con las explicaciones teóricas en las que se señalaba que nosotros aspiramos a un éxito duradero en la agitación, sin perturbarnos por los fracasos temporales, y que el éxito duradero (a despecho de los gritos estridentes de los «competidores»… por un minuto) es imposible sin una base teórica estable del programa (pág. 196). ¡Qué confusión se revela en esa declaración de «satisfacción» y la inmediata repetición de las tesis vulgares heredadas del viejo economismo, para el cual la «competencia de consignas» decidía todas las cuestiones, no sólo del programa agrario, sino de todo el programa y de toda la táctica de la lucha económica y política! «Ustedes no obligarán al jornalero —decía el camarada Egórov— a luchar al lado del campesino rico por las tierras segregadas, que en una parte nada pequeña ya se encuentran en manos de ese campesino rico».

Una vez más la misma simplificación, sin duda emparentada con nuestro economismo oportunista, que insistía en que es imposible «obligar» al proletario a luchar por lo que en una parte nada pequeña está en manos de la burguesía y en una parte aún mayor caerá en sus manos en el futuro. Una vez más la misma vulgarización, que olvida las particularidades rusas de la relación capitalista general entre el jornalero y el campesino rico. Las tierras segregadas oprimen ahora, oprimen de hecho también al jornalero, a quien no hay necesidad de «obligar» a luchar por liberarse de la servidumbre. A quienes hay que «obligar» es a ciertos intelectuales: obligarlos a mirar con mayor amplitud sus tareas, obligarlos a renunciar a los esquemas al discutir cuestiones concretas, obligarlos a tener en cuenta la coyuntura histórica que complica y modifica nuestros objetivos. Precisamente sólo el prejuicio de que el mujik es tonto —prejuicio que, según la justa observación del camarada Mártov (pág. 202), se deslizaba en los discursos del camarada Majov y otros adversarios del programa agrario—, sólo el prejuicio explica que estos adversarios olviden las condiciones reales de la vida de nuestro jornalero.

Simplificando la cuestión hasta la mera contraposición: obrero y capitalista, los representantes de nuestro «centro» intentaban, como de costumbre, cargar su propia estrechez sobre el mujik. «Precisamente porque —decía el camarada Majov— considero al mujik inteligente en la medida de su estrecho punto de vista de clase, supongo que él estará a favor del ideal pequeñoburgués de acaparamiento y reparto». Aquí se confunden evidentemente dos cosas: la caracterización del punto de vista de clase del mujik como pequeñoburgués, y la reducción de ese punto de vista, su limitación a la «medida estrecha». Pues bien, en esa reducción reside el error de los Egórov y los Majov (exactamente igual que en la reducción del punto de vista del proletariado a la «medida estrecha» consistía el error de los Martínov y los Akímov). Sin embargo, tanto la lógica como la historia enseñan que el punto de vista de clase pequeñoburgués puede ser más o menos estrecho, más o menos progresivo, precisamente en virtud de la dualidad de la situación del pequeño burgués. Y nuestra tarea no puede consistir de ningún modo en cruzarnos de brazos por la estrechez («estupidez») del mujik o por el dominio sobre él del «prejuicio», sino, por el contrario, en la ampliación infatigable de su punto de vista, en contribuir a la victoria de su raciocinio sobre su prejuicio.

El punto de vista marxista vulgar sobre la cuestión agraria rusa encontró su expresión culminante en las palabras finales del discurso de principios del camarada Majov, fiel defensor de la vieja redacción de «Iskra». No en vano estas palabras fueron recibidas con aplausos… cierto, irónicos. «No sé, por supuesto, qué llamar desastre —dice el camarada Majov, indignado por la indicación de Plejánov de que el movimiento a favor del Reparto Negro no nos asusta en absoluto, que nosotros no seríamos quienes frenáramos ese movimiento progresivo (burgués-progresivo)—. Pero esta revolución, si es que se la puede llamar así, será no revolucionaria. Yo diría más correctamente que será ya no una revolución, sino una reacción (risas), una revolución a modo de revuelta… Semejante revolución nos hará retroceder, y será necesario cierto tiempo para volver a llegar a la situación que tenemos ahora. Y ahora nosotros tenemos mucho más que durante la Revolución Francesa (aplausos irónicos), tenemos un partido socialdemócrata (risas)»… Sí, un partido socialdemócrata que razonara al modo de Majov, o que tuviera instituciones centrales apoyadas en los Majov, merecería realmente sólo risas…

Vemos, pues, que también en las cuestiones puramente de principios suscitadas por el programa agrario se manifestó enseguida la agrupación que ya nos es conocida. Los antiiskristas (8 votos) inician la ofensiva en nombre del marxismo vulgar; tras ellos marchan a rastras los jefes del «centro», los Egórov y Majov, enredándose y desviándose constantemente hacia el mismo punto de vista estrecho. Por eso es completamente natural que en la votación de algunos puntos del programa agrario las cifras den 30 y 35 votos a favor (págs. 225 y 226), es decir, justamente ese número aproximado que vimos tanto en la discusión sobre el lugar de debate de la cuestión del Bund, como en el incidente con el OK, y en la cuestión del cierre de «Obrero del Sur». Apenas surge una cuestión que sale un tanto de los marcos del esquema habitual y establecido, que exige en alguna medida la aplicación autónoma de la teoría de Marx a relaciones socioeconómicas originales y nuevas (nuevas para los alemanes), de inmediato los iskristas capaces de estar a la altura de la tarea resultan ser sólo 3/5 partes de los votos; de inmediato todo el «centro» se vuelve hacia los Liber y los Martínov. ¡Y el camarada Mártov se esfuerza aún por velar este hecho evidente, rehuyendo temerosamente las votaciones donde se revelaron con claridad los matices!

De los debates sobre el programa agrario se desprende nítidamente la lucha de los iskristas contra dos buenas quintas partes del Congreso. Los delegados del Cáucaso ocupaban aquí una posición completamente correcta, en grado significativo, probablemente, gracias a que el conocimiento cercano de las formas locales de los numerosos vestigios del feudalismo les precavía contra las abstractas y escolásticas contraposiciones desnudas que satisfacían a los Majov. Contra Martínov y Liber, Majov y Egórov se pronunciaban tanto Plejánov, como Gúsev (quien confirma que «un punto de vista tan pesimista sobre nuestro trabajo en el campo»… como el del camarada Egórov… «le ha tocado encontrarlo no pocas veces entre camaradas que actuaban en Rusia»), y Kóstrov, y Karski, y Trotski. Este último señala acertadamente que los «consejos benévolos» de los críticos del programa agrario «huelen demasiado a filisteísmo». Sólo cabe observar, en lo tocante al estudio de las agrupaciones políticas en el Congreso, que en este pasaje de su discurso (página 208) difícilmente está puesto acertadamente al lado de Egórov y Majov el camarada Lange. Quien lea atentamente los protocolos verá que Lange y Gorin no ocupan en absoluto la misma posición que Egórov y Majov. A Lange y Gorin no les gusta la formulación del punto sobre las tierras segregadas, comprenden perfectamente la idea de nuestro programa agrario, intentan llevarla a la práctica de otro modo, trabajan positivamente para encontrar una formulación más intachable, desde su punto de vista, presentan proyectos de resolución para convencer a los autores del programa o para ponerse de su lado contra todos los no iskristas. Basta comparar, por ejemplo, las propuestas de Majov de rechazar todo el programa agrario (pág. 212, nueve a favor, 38 en contra) y sus puntos aislados (pág. 216 y otras) con la posición de Lange, que presenta una redacción autónoma del punto sobre las tierras segregadas (pág. 225), para convencerse de la diferencia radical entre ellos[66].

Al hablar más adelante de los argumentos que huelen a «filisteísmo», el camarada Trotski señaló que «en el inminente período revolucionario debemos ligarnos al campesinado»… «Ante esta tarea, el escepticismo y la "clarividencia" política de Majov y Egórov son más perniciosos que cualquier miopía». El camarada Kóstich, otro iskrista de la minoría, señaló con mucho tino la «falta de confianza en sí mismo, en su propia firmeza de principios» por parte del camarada Majov, caracterización que da no en la ceja, sino en el ojo a nuestro «centro». «En el pesimismo, el camarada Majov coincidió con el camarada Egórov, aunque entre ellos hay matices —prosiguió el camarada Kóstich—. Él olvida que ya en el momento actual los socialdemócratas trabajan en el campesinado, ya dirigen su movimiento en la medida en que ello es posible. Y con este pesimismo suyo reducen la envergadura de nuestro trabajo» (pág. 210).

Para terminar con la cuestión de los debates programáticos en el Congreso, vale la pena señalar aún los breves debates sobre el apoyo a las corrientes de oposición. En nuestro programa se dice claramente que el partido socialdemócrata apoya «todo movimiento de oposición y revolucionario dirigido contra el orden social y político existente en Rusia»{99}. Parecería que esta última apostilla muestra con suficiente precisión cuáles exactamente de las corrientes de oposición apoyamos. No obstante, la diferencia de matices, formados desde hace tiempo en nuestro partido, se manifestó de inmediato también aquí, ¡por difícil que fuera suponer que fueran posibles aún «perplejidades y malentendidos» sobre una cuestión tan trillada! La cuestión residía, evidentemente, justo no en malentendidos, sino en matices. Majov, Liber y Martínov dieron enseguida la voz de alarma y una vez más resultaron estar en una minoría tan «compacta» que el camarada Mártov se habría visto obligado, quizá, también aquí a explicarlo por la intriga, el amaño, la diplomacia y otras lindezas (véase su discurso en el Congreso de la Liga), a las que recurren personas incapaces de profundizar en las causas políticas de la formación de grupos y minorías y mayorías «compactos».

Majov empieza de nuevo por una simplificación vulgar del marxismo. «Nuestra única clase revolucionaria es el proletariado —declara, y de esta justa tesis saca de inmediato una conclusión injusta—: los demás son algo así, advenedizos (risas generales)… Sí, advenedizos y sólo quieren aprovecharse. Yo estoy en contra de apoyarlos» (pág. 226). La insuperable formulación de su posición por el camarada Majov desconcertó a muchos (de sus partidarios), pero en esencia coincidieron con él también Liber y Martínov, proponiendo eliminar la palabra «de oposición» o limitarla añadiendo «democrático-de oposición». Contra esta enmienda de Martínov se alzó justamente Plejánov. «Debemos criticar a los liberales —decía—, desenmascarar su tibieza. Eso es cierto… Pero, al desenmascarar la estrechez y limitación de todos los demás movimientos, excepto el socialdemócrata, estamos obligados a explicar al proletariado que, en comparación con el absolutismo, incluso una constitución que no otorga el sufragio universal es un paso adelante, y que por eso él no debe preferir el orden existente a tal constitución». Los camaradas Martínov, Liber y Majov no están de acuerdo con esto y defienden su posición, a la que atacan Axelrod, Starover, Trotski y una vez más Plejánov. El camarada Majov consiguió de paso, una vez más, derrotarse a sí mismo. Primero dijo que las demás clases (excepto el proletariado) son «algo así» y él está «en contra de apoyarlas». Luego se apiadó y reconoció que «siendo reaccionaria de por sí, la burguesía a menudo es revolucionaria, cuando, por ejemplo, se trata de la lucha contra el feudalismo y sus vestigios». «Pero hay grupos —prosiguió, enmendándose otra vez cayendo del fuego a las brasas— que siempre (?) son reaccionarios: tal es el caso de los artesanos». ¡He ahí las perlas en cuestiones de principios a las que llegaban precisamente esos líderes de nuestro «centro», que luego defendían echando espumarajos por la boca a la vieja redacción! Precisamente los artesanos, incluso en Europa Occidental, donde la organización gremial fue tan fuerte, mostraron, al igual que otros pequeños burgueses en las ciudades, una especial actitud revolucionaria en la época de la caída del absolutismo. Precisamente a un socialdemócrata ruso le resulta particularmente absurdo repetir sin pensar lo que los camaradas occidentales dicen de los artesanos actuales en una época que dista un siglo o medio siglo de la caída del absolutismo. En Rusia, el carácter reaccionario de los artesanos en comparación con la burguesía en el terreno de las cuestiones políticas no es más que una frase aprendida de manera estereotipada.

Por desgracia, en los protocolos no se conservó ninguna indicación sobre el número de votos que reunieron las enmiendas rechazadas de Martínov, Majov y Liber sobre esta cuestión. Sólo podemos decir que los líderes de los elementos antiiskristas y uno de los líderes del «centro»[67] se agruparon también aquí en la alineación que ya nos es conocida, contra los iskristas. Al hacer el balance de todos los debates sobre el programa, es imposible no llegar a la conclusión de que no hubo ni un solo debate medianamente animado, que suscitara el interés general, que no revelara la diferencia de matices que ahora es silenciada por el camarada Mártov y la nueva redacción de «Iskra».