Al echar una mirada general al desarrollo de nuestra crisis partidaria, veremos fácilmente que la composición fundamental de ambos bandos contendientes fue, salvo pequeñas excepciones, una y la misma durante todo el tiempo. Fue la lucha del ala revolucionaria y del ala oportunista de nuestro Partido. Pero esta lucha atravesó las más diversas etapas, y es necesario que todo aquel que quiera orientarse en la ya enorme cantidad de literatura acumulada, en la masa de indicaciones fragmentarias, de citas arrancadas de su contexto, de acusaciones aisladas, etc., etc., conozca con precisión las particularidades de cada una de estas etapas.

Enumeremos las principales etapas, que se diferencian nítidamente unas de otras: 1) La controversia sobre el § 1 de los Estatutos. Una lucha puramente ideológica sobre los principios básicos de organización. Plejánov y yo estamos en minoría. Mártov y Axelrod proponen una formulación oportunista y se encuentran en brazos de los oportunistas. 2) La escisión de la organización de «Iskra» a causa del problema de las listas de candidatos al Comité Central: Fomín o Vasíliev en la lista de cinco, Trotski o Travinski en la de tres. Plejánov y yo conquistamos la mayoría (nueve contra siete), en parte precisamente gracias a que habíamos sido minoría en el § 1. La coalición de Mártov con los oportunistas había confirmado de hecho todos mis temores, suscitados por el incidente con el Comité Organizador. 3) La continuación de las disputas sobre los detalles de los Estatutos. Una vez más los oportunistas salvan a Mártov. De nuevo estamos en minoría y defendemos los derechos de la minoría en los centros. 4) Los siete oportunistas extremos abandonan el congreso. Resultamos ser mayoría y vencemos en las elecciones a la coalición (de la minoría iskrista, del «pantano» y de los antiiskristas). Mártov y Popov rechazan los puestos en nuestras listas de tres. 5) Las rencillas posteriores al congreso a causa de la cooptación. Desenfreno de la conducta anarquista y de la frase anarquista. Los elementos menos firmes y estables del «minoría» toman la delantera. 6) Plejánov, para evitar la escisión, adopta la política de «kill with kindness» («matar con amabilidad»). La «minoría» ocupa la redacción del Órgano Central y el Consejo, y ataca con todas sus fuerzas al Comité Central. Las rencillas continúan invadiéndolo todo y a todos. 7) El primer ataque al Comité Central es rechazado. Las rencillas empiezan, al parecer, a amainar un poco. Surge la posibilidad de discutir con relativa calma dos cuestiones puramente ideológicas que agitan profundamente al Partido: a) ¿cuál es el significado político y la explicación de aquella división de nuestro Partido en «mayoría» y «minoría» que se formó en el II Congreso y reemplazó a todas las antiguas divisiones? b) ¿cuál es el significado de principio de la nueva posición del nuevo «Iskra» en la cuestión organizativa?

Cada una de estas etapas se caracteriza por una coyuntura de lucha esencialmente distinta y por un objetivo inmediato de ataque diferente; cada etapa representa, por así decirlo, un combate separado en una misma campaña militar general. Es imposible entender nada de nuestra lucha si no se estudia la situación concreta de cada combate. Pero, al estudiarla, veremos claramente que el desarrollo sigue efectivamente un camino dialéctico, un camino de contradicciones: la minoría se convierte en mayoría y la mayoría en minoría; cada bando pasa de la defensa al ataque y del ataque a la defensa; el punto de partida de la lucha ideológica (§ 1) es «negado», cediendo su lugar a las rencillas que lo llenan todo[173], pero luego comienza la «negación de la negación» y, «conllevándonos» de cualquier modo, a duras penas, con la esposa otorgada por Dios en los distintos centros, retornamos al punto de partida de la lucha puramente ideológica, pero ya esta «tesis» está enriquecida con todos los resultados de la «antítesis» y se ha convertido en una síntesis superior, en la que el error aislado y casual en torno al § 1 ha crecido hasta convertirse en un quasi-sistema de concepciones oportunistas sobre la cuestión organizativa, y en la que la conexión de este fenómeno con la división fundamental de nuestro Partido en ala revolucionaria y ala oportunista aparece ante todos de manera cada vez más evidente. En una palabra, no sólo la avena crece según Hegel, sino que también los socialdemócratas rusos luchan entre sí según Hegel.

Pero la gran dialéctica hegeliana, que el marxismo tomó, poniéndola sobre sus pies, nunca debe confundirse con el vulgar procedimiento de justificar los zigzags de los políticos que saltan del ala revolucionaria al ala oportunista del partido, ni con la vulgar manera de mezclar en un montón declaraciones aisladas, momentos aislados del desarrollo de distintas etapas de un proceso único. La verdadera dialéctica no justifica los errores personales, sino que estudia los virajes inevitables, demostrando su inevitabilidad sobre la base del estudio más detallado del desarrollo en toda su concreción. La posición fundamental de la dialéctica es: la verdad abstracta no existe, la verdad es siempre concreta… Y tampoco se debe confundir esta gran dialéctica hegeliana con esa trivial sabiduría mundana que se expresa con el refrán italiano: mettere la coda dove non va il capo (meter la cola donde no cabe la cabeza).

El resultado del desarrollo dialéctico de nuestra lucha partidaria se reduce a dos revoluciones. El congreso del Partido fue una verdadera revolución, como señaló justamente el camarada Mártov en su «Una vez más en minoría». También tienen razón esos guasones de la minoría que dicen: el mundo se mueve por revoluciones, ¡y nosotros hemos hecho la revolución! Ellos efectivamente hicieron una revolución después del congreso; también es cierto que el mundo, en general, se mueve por revoluciones. Pero el significado concreto de cada revolución concreta no se define aún con ese dicho general: hay revoluciones que vienen a ser como una reacción, para parafrasear la inolvidable expresión del inolvidable camarada Majov. Hay que saber si era el ala revolucionaria o el ala oportunista del partido la fuerza real que realizó la revolución, hay que saber si eran los principios revolucionarios o los principios oportunistas los que inspiraron a los combatientes, para determinar si la revolución concreta en cuestión movió «el mundo» (nuestro partido) hacia adelante o hacia atrás.

Nuestro congreso del Partido fue un fenómeno único en su género, sin precedentes en toda la historia del movimiento revolucionario ruso. Por primera vez un partido revolucionario clandestino logró salir de las tinieblas del subsuelo a la luz de Dios, mostrando a todos y a cada uno todo el curso y el resultado de nuestra lucha interna partidaria, toda la fisonomía de nuestro partido y de cada una de sus partes un tanto notables en los problemas del programa, la táctica y la organización. Por primera vez logramos liberarnos de las tradiciones de relajamiento de círculo y del filisteísmo revolucionario, reunir a decenas de grupos muy diversos, que a menudo estaban desesperadamente enfrentados entre sí, vinculados exclusivamente por la fuerza de la idea y dispuestos (en principio dispuestos) a sacrificar toda y cualquier peculiaridad de grupo e independencia de grupo en aras del gran todo, creado por nosotros, por primera vez de hecho: el partido. Pero en política los sacrificios no se dan gratis, sino que se toman con lucha. La lucha por la mortificación de las organizaciones resultó inevitablemente terriblemente encarnizada. El viento fresco de la lucha libre y abierta se convirtió en torbellino. Este torbellino barrió – ¡y es magnífico que barriera!– todos y cada uno de los residuos de todos los intereses, sentimientos y tradiciones de círculo, sin excepción, creando por primera vez colegios de funcionarios verdaderamente partidarios.

Pero una cosa es llamarse y otra es ser. Una cosa es sacrificar en principio el espíritu de círculo en aras del partido, y otra cosa es renunciar a su propio círculo. El viento fresco resultó ser todavía demasiado fresco para quienes estaban acostumbrados a la atmósfera viciada del filisteísmo. «El Partido no soportó su primer congreso», como acertadamente (acertadamente sin querer) lo expresó el camarada Mártov en su «Una vez más en minoría». La ofensa por la mortificación de las organizaciones fue demasiado fuerte. El torbellino furioso levantó todo el fango del fondo de la corriente de nuestro partido, y este fango tomó su revancha. El viejo y petrificado espíritu de círculo venció a la aún joven partidaridad. El ala oportunista del partido, completamente derrotada, se impuso – temporalmente, por supuesto – sobre el ala revolucionaria, reforzándose con el botín casual de Akímov.

Como resultado se obtuvo un nuevo «Iskra», obligado a desarrollar y profundizar el error cometido por sus editores en el congreso del Partido. El viejo «Iskra» enseñaba las verdades de la lucha revolucionaria. El nuevo «Iskra» enseña la sabiduría mundana: la condescendencia y la contemporización. El viejo «Iskra» era el órgano de la ortodoxia militante. El nuevo «Iskra» nos presenta un vómito de oportunismo, principalmente en las cuestiones organizativas. El viejo «Iskra» se había ganado la honrosa antipatía tanto de los oportunistas rusos como de los de Europa occidental. El nuevo «Iskra» «se ha vuelto más inteligente» y pronto dejará de avergonzarse de las alabanzas que le prodigan los oportunistas extremos. El viejo «Iskra» marchaba inflexiblemente hacia su objetivo, y su palabra no discrepaba de su obra. En el nuevo «Iskra», la falsedad interna de su posición engendra inevitablemente – independientemente incluso de la voluntad y la conciencia de nadie – una hipocresía política. Grita contra el espíritu de círculo para encubrir la victoria del espíritu de círculo sobre la partidaridad. Condena farisaicamente la escisión, como si fuera posible imaginar algún otro medio contra la escisión en un partido medianamente organizado que no sea la subordinación de la minoría a la mayoría. Declara la necesidad de tener en cuenta la opinión pública revolucionaria y, ocultando las alabanzas de los Akímov, se dedica a mezquinos chismorreos sobre los comités del ala revolucionaria del partido[174]. ¡Qué vergüenza! ¡Cómo han deshonrado nuestro viejo «Iskra»!

Un paso adelante, dos pasos atrás… Esto ocurre también en la vida de los individuos, en la historia de las naciones y en el desarrollo de los partidos. Sería la más criminal de las pusilanimidades dudar aunque fuera por un minuto del inevitable, pleno triunfo de los principios de la socialdemocracia revolucionaria, de la organización proletaria y de la disciplina partidaria. Hemos conquistado ya mucho, debemos seguir luchando, sin desanimarnos ante los fracasos, luchar con firmeza, despreciando los hábitos filisteos de la riña de círculo, preservando hasta la última posibilidad la unidad de los lazos partidarios de todos los socialdemócratas de Rusia, creada con tantos esfuerzos, y buscando, con un trabajo tenaz y sistemático, que todos los miembros del Partido, y en particular los obreros, adquieran un conocimiento pleno y consciente de los deberes partidarios, de la lucha en el II Congreso del Partido, de todas las causas y peripecias de nuestra divergencia, de toda la nocividad del oportunismo, que, también en el terreno de la cuestión organizativa, se pliega tan impotentemente a la psicología burguesa, asimila tan acríticamente el punto de vista de la democracia burguesa y embota de la misma manera el arma de la lucha de clases del proletariado, como lo hace en el terreno de nuestro programa y de nuestra táctica.

El proletariado no tiene más arma en la lucha por el poder que la organización. Desunido por el dominio de la competencia anárquica en el mundo burgués, oprimido por el trabajo forzado para el capital, arrojado constantemente «al fondo» de la miseria total, del embrutecimiento y de la degeneración, el proletariado puede llegar a ser, e inevitablemente llegará a ser, una fuerza invencible sólo gracias a que su unidad ideológica, basada en los principios del marxismo, se consolida por la unidad material de la organización que cohesiona a millones de trabajadores en un ejército de la clase obrera. Ante este ejército no resistirá ni el decrépito poder de la autocracia rusa, ni el decrépito poder del capital internacional. Este ejército irá cerrando sus filas cada vez más estrechamente, a pesar de todos los zigzags y pasos atrás, a pesar de las frases oportunistas de los girondinos de la socialdemocracia contemporánea, a pesar del autosatisfecho elogio del atrasado espíritu de círculo, a pesar de los destellos y el ruido del anarquismo intelectual.