1

He planteado la cuestión de las medidas para restablecer la buena paz y las relaciones normales en el partido precisamente porque el cúmulo de malentendidos entre los trabajadores del partido ha alcanzado proporciones amenazadoras. No creo que sea posible un trabajo fructífero del partido si no existe un terreno común en el que puedan apoyarse en su actividad los distintos miembros del partido, llevados por la fuerza de unas u otras circunstancias a malentendidos mutuos. Para nadie es un secreto que la anormalidad de las relaciones entre miembros o partes aisladas del partido es tal, que hoy sería difícil hablar de un partido obrero socialdemócrata único, si no fuera jugando con las palabras. Puedo, por supuesto, si es necesario, presentar pruebas detalladas en confirmación de esta tesis (recordemos, por ejemplo, muchos episodios de la correspondencia oficial del CC y del OC{65}), pero, tal vez, en vista de la notoriedad del hecho que afirmo, sería mejor no recurrir ahora a semejantes ilustraciones espinosas. Así pues, debemos intentar tomar medidas más decisivas para eliminar el mal fundamental. De lo contrario, se produce una situación en la que, a propósito del acto más simple, más ordinario del partido, surgirá un intercambio de opiniones en alto grado indeseable, con una selección sistemática de expresiones muy fuertes y de los más selectos... ¿cómo decirlo más suavemente?... cumplidos, o algo así... Aunque pueda parecer que tengo la inclinación de atentar en cierto modo contra la «libertad de lenguaje», la cuestión de fondo es que tampoco en el terreno de las acciones todo marcha bien. Como miembros del Consejo, cuyo principal propósito es unir dentro del partido lo que tiene tendencias a la división, debemos intentar eliminar las fricciones que obstaculizan la marcha del trabajo del partido, y con deseo esto no sería imposible. Así pues, pregunto, ¿no se podrían tomar algunas medidas contra ciertos métodos de lucha dentro del partido, que rebajan a este último a la posición de un grupo desorganizado, que lo convierten en una simple ficción? Tal vez, el Consejo podría adoptar, en interés de la causa común, una resolución, cuyo proyecto, esbozado por mí, leeré ahora. Considero importante, en un sentido de principio, una decisión del Consejo de este tipo, que perseguiría el objetivo de eliminar y condenar las formas inadmisibles de lucha entre diferentes unidades o grupos en el seno del partido que disienten entre sí sobre unas u otras cuestiones. Repito que la situación actual es demasiado anormal y necesita correctivos. (Axelrod: «Todos estamos de acuerdo en esto».) Pido a los secretarios que hagan constar en el acta la observación del camarada Axelrod.

Ahora leeré el proyecto de resolución que propongo[42].

Este es el proyecto que presento en nombre del CC, con la firma de sus dos representantes, y que podría servir de motivo no para resolver cuestiones particulares sobre la eliminación de estas o aquellas discrepancias entre los miembros del partido, sino para crear un terreno común bajo los pies de los socialdemócratas rusos que trabajan en interés de una misma causa común.

2

He comprobado con satisfacción, por los discursos de ambos representantes del OC, que en principio aprueban la necesidad de medidas decisivas para establecer una unidad efectiva en el partido. Esto ya crea un cierto terreno común entre nosotros. En cuanto a la propuesta del camarada Plejánov, considero necesario decir lo siguiente: el camarada Plejánov me propone que destaque de mi proyecto de resolución las medidas prácticas más esenciales, dirigidas a eliminar el mal constatado en la vida del partido, y señala al mismo tiempo que esta resolución tiene carácter de llamamiento; sí, ciertamente, mi propuesta tiene carácter de llamamiento, pero precisamente está concebida para eso. La idea de este «llamamiento» consiste en que el Consejo, en nombre de los dos centros, se pronuncie por deslindar las formas de lucha admisibles en el partido de las inadmisibles. Sé que, en general, la lucha en sí es inevitable, pero hay lucha y lucha. Hay tales métodos de lucha que son completamente anormales e inadmisibles en un partido medianamente viable. Y el camarada Mártof dijo con razón que, además de la lucha de ideas, hubo también lo que él llamó «complicaciones organizativas».

Nosotros, reunidos aquí no para luchar, sino para eliminar las condiciones anormales en la vida del partido, podemos y debemos influir sobre nuestros otros camaradas con una indicación autorizada sobre los límites de la lucha admisible dentro del partido. Pero no conozco otros medios de influencia que el llamamiento. Destacar propuestas prácticas aquí no tendría sentido. En cuanto a la declaración de los representantes del OC de que yo, al constatar la anormalidad en la vida del partido, no toco las causas de este tipo de anormalidad, debo decir que elegí esta posición no por casualidad, sino de manera completamente consciente, temiendo que si ahora tocamos aunque sea un poquitito este ovillo, ya de por sí muy enredado, no solo no lo desenredaremos, sino que lo enredaremos aún más. Pues no se puede, en realidad, olvidar que nosotros somos, respecto a este ovillo, dos partes igualmente interesadas y muy subjetivamente predispuestas, de modo que si se intentara desenredarlo, en todo caso no nos corresponde a nosotros, sino a aquellos que fueron completamente ajenos a la tarea de enredarlo. Por nuestra parte, tal intento nos llevaría a revisar toda clase de documentos, lo que, con la composición actual del Consejo, conduciría una vez más a... una trifulca.

Tomemos como punto de partida de nuestras reflexiones lo que existe, ya que la realidad no se puede borrar, y estoy perfectamente dispuesto a coincidir con el camarada Mártof en que es imposible eliminar todas las discrepancias y choques con alguna palabra salvífica. Esto es cierto, pero ¿quién podrá erigirse en juez de este tipo de aspectos lamentables de nuestra vida partidaria? Creo que tal papel no puede corresponder, en todo caso, a nosotros mismos, sino a un gran número de personas, revolucionarios prácticos, abnegados a la causa, que no participaron en la trifulca. Rodeando con cautela la cuestión de las causas de nuestras discordias, me permitiré, sin embargo, aclarar mi pensamiento con un ejemplo de nuestro pasado reciente. La lucha se prolonga ya 5 meses. Durante este período ha habido ya, según creo, hasta 50 personas que actuaron de mediadores, intentando poner fin a las discordias del partido, pero conozco solo a uno cuya actividad en esta dirección tuvo, aunque muy modestos, pero aun así resultados relativamente felices. Hablo del camarada Travnski, respecto al cual hay que señalar que es una persona, por así decirlo, sumergida hasta las cejas en el trabajo revolucionario práctico positivo, de modo que su atención estaba casi por completo concentrada en este trabajo, y que él no participó en la riña. Solo por estas felices circunstancias se puede explicar, quizás, un cierto resultado positivo de sus intentos conciliadores. Creo que con la participación de este tipo de personas en el análisis de las causas del malestar del partido sería posible desenredar el ovillo ante el cual ahora permanecemos perplejos. Pero nosotros debemos guardarnos de entrar a discutir estas o aquellas causas de la riña, porque esto, a pesar de nuestra voluntad, podría llevarnos a infligirnos (según la expresión del camarada Mártof) nuevas heridas unos a otros, además de las numerosas heridas viejas, todavía muy lejos de cicatrizar. He aquí por qué estoy contra el análisis de las causas y abogo por buscar medios que permitieran, al menos, encauzar los métodos de lucha dentro de un marco más o menos admisible. Una de dos: si en esta dirección se puede hacer algo, hay que intentar hacerlo, y si no, si no se puede influir sobre las partes en lucha mediante la convicción autorizada, entonces solo queda una cosa: dirigirse a esas terceras personas, situadas fuera del campo de las hostilidades y que realizan sus tareas prácticas positivas, de las que ya he hablado. Dudo de que nosotros mismos podamos convencernos de la razón de una u otra parte. Me parece que esto es imposible.

3

No entiendo del todo la propuesta del camarada Plejánov. Cuando él dice que es necesario tomar algunas medidas prácticas, resulta que en mi proyecto ya hay una indicación sobre la posibilidad de tal medida práctica. Solo hay que decir, decirlo con autoridad, que la lucha normal, la lucha ideológica, la lucha que se lleva dentro de ciertos límites, es admisible, pero son inadmisibles: el boicot, la negativa a trabajar bajo la dirección del CC, la negativa a apoyar con medios monetarios la caja central del partido, etc. Se dice que con palabras no convenceremos a nadie. Yo tampoco asumiré la osadía de afirmar que esto sería suficiente para establecer buenas relaciones entre las dos partes del partido, porque la enfermedad que hay que curar es ciertamente crónica, porque, como se expresa el camarada Mártof, entre ambas partes del partido ha crecido ciertamente un muro muy sólido. Quizá ese muro no lo rompamos nosotros, que lo hemos creado, pero no hay nada imposible en el hecho de que nosotros, los que con más fuerza nos hemos infligido heridas mutuas —nosotros, como miembros del Consejo—, con nuestro autorizado llamamiento contengamos a los camaradas de formas indignas de lucha. En cuanto a la destrucción del muro, en mi opinión, el tiempo jugará un papel tal que todo lo demás irá en descenso. Y en lo que respecta a que ciertos pasajes del llamamiento puedan ser interpretados a su manera por ambas partes, en mi opinión, digamos lo que digamos aquí, todo, tal vez, será interpretado a su manera. (Axelrod: «Por eso no solo hay que hablar, sino también hacer».) Además, por qué el camarada Axelrod piensa que mi propuesta puede resultar solo una nueva fuente de lucha, eso no lo comprendo. Repito que el muro que ha crecido entre las dos partes del partido no lo romperemos nosotros, pues nosotros mismos hemos contribuido con muchos esfuerzos a crearlo, sino que derribar este muro podrían aquellos de nuestros camaradas que, estando ocupados en el trabajo práctico, se mantienen al margen de nuestras discordias. El camarada Mártof, como hoy he tenido la satisfacción de comprobar, está en principio de acuerdo con esta tesis, sobre el posible papel útil en el asunto de nuestra riña de otros camaradas nuestros ajenos a esta riña. Pero además de esto, pienso que ya solo el hecho de un acuerdo entre los representantes de las instituciones centrales acerca de que se puede luchar de tal o cual modo, y de tal o cual modo no se puede —ya solo esto podría abrir la primera brecha en el muro que separa a ambas partes, tras lo cual la anormalidad existente en la vida del partido podría comenzar a disminuir.

4

La propuesta del camarada Plejánov{66} ha suscitado en mí un sentimiento muy mezclado. Al hablar de las causas de la lucha, ha llegado precisamente por este camino a aquellas mismas heridas que nos infligimos mutuamente, lo que constató también el camarada Mártof. Yo, en mi proyecto, intento deslindar lo admisible en nuestra lucha de lo inadmisible, independientemente de qué parte provengan los ataques. Si nos pusiéramos a hablar de cuándo, de quién, qué partió, con ello estaríamos iniciando el comienzo del fin, es decir, el fin de nuestra conversación. Juzgarnos a nosotros mismos es, simple y llanamente, psicológica, moralmente, por completo imposible. Si volvemos a discutir aquí las causas de las relaciones exacerbadas entre los miembros del partido, ¿podremos nosotros mismos elevarnos por encima del nivel de las pequeñas rencillas? (Axelrod: «¡Podremos!».) No comparto el optimismo del camarada Axelrod. El camarada Plejánov, al analizar las causas que provocaron la escisión del partido, dio su interpretación de los hechos, con la que no estoy de acuerdo. Y si empezamos las disputas, habrá que sacar los protocolos y acudir allí en busca de información. Así, por ejemplo, el camarada Plejánov dice que en la cuestión de la elección para las instituciones centrales el congreso se dividió en partes casi iguales, que un miembro del congreso, que se apartó de la mayoría hacia la minoría, estableció con ello el hecho de la igualdad numérica de ambas mitades del congreso, que de este modo el CC representa solo a una parte del partido, etc. ¡Pero es que no se puede razonar así!; no se puede en realidad hablar de la existencia de una sola parte del partido que eligió al Comité Central. Muchos, quizás, votarían ahora sobre algunas cuestiones de manera diferente a como votaron en el congreso. Y tal vez yo mismo votaría sobre muchas cuestiones de otra manera. Pero esto no significa que los posibles cambios en este campo y las nuevas combinaciones nieguen de algún modo los resultados de las votaciones anteriores. En cuanto se trata de lucha, siempre existe una división del todo en partes. Sí, el CC ahora, y no en el congreso, es el representante de una parte, pero sé bien que, en opinión de los camaradas, también el OC es en tal sentido representante solo de una parte. Solo desde un punto de vista podría reconocer como correcta la expresión del camarada Plejánov, a saber, desde el punto de vista de la escisión realmente existente. Se puede hablar de «anormalidad» en la composición de tal o cual institución central no porque el congreso tenga la culpa de algo, sino solo porque, dada la existencia de tales y cuales circunstancias, las personas no desean trabajar conjuntamente unas con otras... Así pues, tan pronto como tocamos las causas de la anormalidad, llegamos de nuevo a la necesidad de desenrollar un ovillo que no solo no podremos desenredar, sino que enredaremos aún más. Que muchos están descontentos con la composición del CC, eso es cierto; pero en la misma medida es cierto que hay toda una serie de personas descontentas con la actual composición del Órgano Central. A la pregunta del camarada Mártof sobre si es admisible la «destrucción» de las organizaciones existentes, yo diría: «¡Sí! ¡La reestructuración de las organizaciones es perfectamente admisible!». ¿Es admisible que la institución competente del partido aparte a tal o cual persona de tal o cual tipo de trabajo revolucionario? Respondo: «¡Sí, es admisible!». Pero si yo pregunto por qué y cómo surgió tal o cual «atentado» contra la integridad e inviolabilidad de alguna organización, por qué tal persona no obtuvo acceso a tal o cual esfera del trabajo del partido, etc., con ello tiendo de nuevo la mano a ese mismo ovillo que no tenemos fuerzas para desenredar. De este modo, también en la cuestión de la admisibilidad o inadmisibilidad de la «destrucción» de las organizaciones volvemos a llegar a discrepancias. Todo esto demuestra que razonar ahora sobre las causas de nuestras riñas sería una pérdida de tiempo completamente inútil e incluso perjudicial. — Volveré a la cuestión de la representación proporcional. Hablar de ella se podría solo partiendo del reconocimiento de una escisión ya existente. Nosotros estamos aquí como representantes de dos partes en lucha... (Plejánov: «Nos hemos reunido aquí como miembros del Consejo, y no como partes en lucha».) La observación del camarada Plejánov contradice su propia resolución, en la que se habla de la riña existente dentro del partido, que ha escindido al partido en dos mitades, y una mitad, según las palabras de la resolución, no está representada en absoluto en una institución central como el Comité Central. Por supuesto, oficialmente no somos representantes de dos partes en lucha, pero, en la medida en que esta representación se deriva del curso de nuestros debates, tenía derecho lógico a hablar de ella. (Plejánov: «Usted se expresó diciendo que nos hemos reunido aquí como representantes de dos partes en lucha, y a este respecto hice mi observación».) No niego que quizás me expresé no del todo con exactitud... (Plejánov: «Usted se expresó incorrectamente».) Posiblemente me expresé incorrectamente, no voy a discutirlo. Yo solo afirmo que la resolución del camarada Plejánov lleva la disputa al terreno del reconocimiento efectivo de la escisión. Nosotros nos hemos escindido, eso lo constato. Si no fuera así, la resolución sería ilegítima. La mayoría del partido también está descontenta con la composición del OC, una composición en la que 4 de 5 pertenecen a la minoría. Por parte del CC podría surgir la misma pretensión de cambiar la composición del OC, que ahora se presenta al Comité Central. En esencia, la resolución del camarada Plejánov equivale a la declaración de las condiciones de solo una parte... (Plejánov: «No pertenezco ni a la mayoría ni a la minoría».) El camarada Plejánov nos ha dicho que no pertenece ni a la mayoría ni a la minoría, pero aparte de él nadie en el Consejo dirá esto. Razonando formalísticamente, desde el punto de vista de los estatutos, la resolución propuesta por el camarada Plejánov es ilegítima. Pero, repito, en esencia puede ser comprendida en la medida en que parte del hecho de la escisión. Pero si una parte expresa sus «condiciones», la otra parte también tendría el derecho de exponer exactamente de la misma manera sus «condiciones». No estamos por encima de «ambas partes», sino que somos precisamente esas «ambas partes». Por lo tanto, si nos situamos en el terreno del reconocimiento de la escisión ya efectiva en el partido, para resolver nuestras disputas y «malentendidos» debemos reconocer solo un medio radical: dirigirnos a terceras personas. En el partido hay personas, como ya he dicho antes, personas que están ocupadas en el trabajo positivo y que no participaron en la lucha de la «mayoría» y la «minoría». Solo a estas personas se puede recurrir.

5

No estoy de acuerdo ni con Mártof ni con Plejánov. Ellos dicen que no se puede ni hablar de la ilegitimidad de tal resolución, y aportan dos argumentos. 1) El argumento de Mártof consistió en señalar que el Consejo es la institución suprema del partido. Pero es que el Consejo está limitado en su competencia por disposiciones especiales de los estatutos, cosa por la que en su día se esforzó mucho el propio camarada Mártof. 2) El segundo argumento consiste en que el Consejo con la resolución propuesta expresa solo su opinión y su deseo. El Consejo, por supuesto, puede manifestar su opinión y expresar sus deseos, pero sin atentar contra esto o aquello. (Plejánov: «¡Por supuesto! ¡Por supuesto!».) El Consejo solo puede proponer la cooptación al CC, pero entonces el CC exigirá cambiar la composición del Órgano Central. Yo, bajo ciertas condiciones, estoy dispuesto a aceptar la representación proporcional. Pero pregunto, ¿existe en el OC la representación proporcional? La composición del OC es tal: 1 a 4, y además ese uno no pertenece ni a la mayoría ni a la minoría. El Comité Central propuso en su momento 2 sobre 9{67}; eso fue en la época de total dispersión, en vísperas de la escisión. Todo desacuerdo es en cierto sentido una escisión, y cuando dos partes no quieren trabajar conjuntamente, entonces eso es una escisión efectiva. Solo desde el punto de vista de la escisión podríamos reconocer sentido a la resolución del camarada Plejánov. Se la podría considerar como ultima ratio[43], pero en tal caso ambas partes podrían tener el mismo derecho a la modificación de la composición de las instituciones centrales. Estoy firmemente convencido de que el CC también está descontento con la composición del Órgano Central. Tan pronto como toquemos la cuestión del pasado congreso, se producirá un choque, y no llegaremos a nada. Así, por ejemplo, Plejánov dice que el congreso no eligió al tercero para la redacción supuestamente porque no había tal tercero. Yo afirmo que el congreso no eligió al tercero porque estaba convencido de que el camarada Mártof entraría en la redacción. Lo mismo se puede decir sobre la composición del Consejo. Muchos en el congreso pensaban que el camarada Mártof entraría en la composición del Consejo como miembro de la redacción. La mayoría puede decir y dirá que, si se trata de representación proporcional, hay que completar el OC con seis miembros más de la llamada mayoría. Pero razonamientos de este tipo no nos acercarán al fin deseado, en vista de lo cual considero que la resolución del camarada Plejánov es peor que la mía. Mi resolución sobre «lo admisible y lo inadmisible» tendría la importancia de que nosotros, como representantes de las partes en lucha, propondríamos a los demás camaradas no salirse del marco de las formas permitidas de lucha.

No debemos situarnos en un solo punto de vista jurídico, pues en esencia nuestro reconocimiento común de la anormalidad de las relaciones en el partido equivale al reconocimiento de que nosotros somos dos partes en lucha, el Órgano Central y el Comité Central. (Plejánov: «Aquí no es una sesión de la redacción, sino una sesión del Consejo».) Sí, no lo olvido. Desde el punto de vista jurídico no podemos hablar de representación proporcional en las instituciones centrales. Pero también desde el punto de vista político no es conveniente operar con esta idea, porque tendremos que tomar en consideración el deseo de una parte, sin haber escuchado el deseo de la otra. Entre nosotros no existe ese tercero que podría resolver nuestra disputa. Y sin embargo, solo la opinión de ese tercero podría tener importancia tanto política como moral. La escisión existe de hecho, y estamos en vísperas de la escisión formal, si la minoría continúa, sin reparar en los medios, esforzándose por convertirse en mayoría.