Ya hemos citado las diversas formulaciones que suscitaron el interesante debate en el congreso. Dicho debate se prolongó durante casi dos sesiones enteras y concluyó con dos votaciones nominales (en el transcurso del congreso, si no me equivoco, tan solo hubo ocho votaciones nominales, a las que se recurría únicamente en casos particularmente importantes, dada la enorme pérdida de tiempo que ocasionaban). Era indudable que se trataba de una cuestión de principio. El interés del congreso por el debate era enorme. En la votación participaron todos los delegados, fenómeno poco frecuente en nuestro congreso (como en todo congreso numeroso) y que testimonia asimismo el interés de los contendientes.

Ahora bien, cabe preguntarse: ¿en qué consistía la esencia de la cuestión debatida? Ya dije en el congreso y repetí luego más de una vez que «en modo alguno considero que nuestra divergencia (en torno al § 1) sea tan sustancial como para que de ella dependa la vida o la muerte del partido. ¡No pereceremos ni mucho menos por un mal punto de los estatutos!» (250)[77]. De por sí, esta divergencia, aunque revela matices de principio, en absoluto habría podido provocar una escisión tal (de hecho, hablando sin ambages, la escisión) como la que se produjo después del congreso. Pero toda pequeña divergencia puede convertirse en grande si se insiste en ella, si se la sitúa en primer plano, si se emprende la búsqueda de todas sus raíces y ramificaciones. Toda pequeña divergencia puede alcanzar una importancia enorme si sirve de punto de partida para un giro hacia determinadas concepciones erróneas y si estas concepciones erróneas se unen, en virtud de nuevas y adicionales divergencias, a acciones anarquistas que conducen al partido a la escisión.

Así ocurrió precisamente en este caso. La divergencia, relativamente pequeña, en torno al § 1 ha adquirido ahora una importancia enorme, pues sirvió precisamente de punto de inflexión hacia el profundo oportunismo y la fraseología anarquista de la minoría (en el congreso de la Liga en particular, y después también en las páginas de la nueva *Iskra*). Fue precisamente ella la que inició aquella coalición de la minoría iskrista con los antiiskristas y con el pantano, la cual cobró formas definitivas ya para el momento de las elecciones, y sin cuya comprensión es imposible entender la divergencia principal y de raíz en la cuestión de la composición de los centros. El pequeño error de Mártov y Akselrod en el artículo primero representaba una pequeña grieta en nuestra vasija (como me expresé en el congreso de la Liga). Se podía haber amarrado la vasija más firmemente, con un nudo muerto (y no una lazada muerta, como le pareció oír a Mártov, quien durante el congreso de la Liga se hallaba en un estado cercano a la histeria). Se podía haber orientado todos los esfuerzos a hacer la grieta más grande, a romper la vasija. Gracias al boicot y a similares medidas anarquistas de los celosos martovistas, ocurrió esto último. La divergencia en torno al párrafo primero desempeñó un papel nada insignificante en la cuestión de la elección de los centros, y la derrota de Mártov en esta cuestión lo condujo a una «lucha de principios» mediante medios groseramente mecánicos e incluso escandalosos (discursos en el congreso de la «Liga de la Socialdemocracia Revolucionaria Rusa en el Extranjero»).

Ahora, después de todos estos acontecimientos, la cuestión del § 1 ha adquirido, pues, una enorme importancia, y debemos darnos cuenta exacta tanto del carácter de las agrupaciones en el congreso durante la votación de este artículo como —lo que es incomparablemente más importante— del verdadero carácter de aquellos matices de concepciones que se perfilaron o comenzaron a perfilarse en torno al § 1. Ahora, después de los acontecimientos que el lector conoce, la cuestión se plantea ya de este modo: ¿reflejaba la formulación de Mártov, defendida por Akselrod, su (o su) inconstancia, vacilación e imprecisión política, como yo decía en el congreso del partido (333), su (o su) desviación hacia el jaurésisme[^1] y el anarquismo, como consideraba Plejánov en el congreso de la Liga (102 y otras págs. del acta de la Liga)? ¿O bien reflejaba mi formulación, defendida por Plejánov, una concepción incorrecta, burocrática, formalista, pompadourista[^2], no socialdemócrata, del centralismo? ¿Oportunismo y anarquismo, o burocratismo y formalismo?: así está planteada la cuestión ahora, cuando la pequeña divergencia se ha convertido en grande. Y debemos tener presente precisamente este planteamiento de la cuestión —impuesto a todos nosotros por los acontecimientos, dado históricamente, diría yo, si no sonara demasiado grandilocuente— al discutir en esencia los argumentos a favor y en contra de mi formulación.

Comencemos el análisis de estos argumentos por el examen de los debates del congreso. El primer discurso, el del camarada Egórov, solo es interesante porque su actitud (*non liquet*, aún no me está claro, aún no sé dónde está la verdad) es muy característica de la actitud de muchos delegados a quienes no les resultaba fácil orientarse en una cuestión realmente nueva, bastante compleja y detallada. El discurso siguiente, el del camarada Akselrod, plantea ya de inmediato la cuestión de principio. Es el primer discurso de principio, o mejor dicho, el primer discurso en general del camarada Akselrod en el congreso, y es difícil considerar su debut con el famoso «profesor» como particularmente afortunado. «Creo que debemos —decía el camarada Akselrod— deslindar los conceptos de partido y organización. Y aquí se confunden estos dos conceptos. Esta confusión es peligrosa». Tal es el primer argumento contra mi formulación. Examinémoslo más de cerca. Si yo digo que el partido debe ser la suma (y no una simple suma aritmética, sino un complejo) de organizaciones[^3], ¿significa esto acaso que «confundo» los conceptos de partido y organización? Claro que no. Con ello expreso de manera absolutamente clara y precisa mi deseo, mi exigencia de que el partido, como destacamento de vanguardia de la clase, constituya algo lo más organizado posible, de que el partido solo incorpore a aquellos elementos que admitan un mínimo, por lo menos, de organización. Por el contrario, mi oponente confunde dentro del partido los elementos organizados con los no organizados, los que se someten a la dirección y los que no, los avanzados y los incorregiblemente atrasados, pues los corregiblemente atrasados pueden entrar en la organización. Esta confusión sí es realmente peligrosa. El camarada Akselrod se remite luego a las «organizaciones estrictamente conspirativas y centralistas del pasado» (*Zemliá i Volia*{100} y *Naródnaia Volia*{101}): en torno a ellas «se agrupaba toda una serie de personas que no pertenecían a la organización, pero que de uno u otro modo la ayudaban y se consideraban miembros del partido... Este principio debe ser aplicado aún más estrictamente en la organización socialdemócrata». Precisamente aquí tocamos uno de los puntos clave de la cuestión: ¿es realmente «este principio» socialdemócrata, el principio que permite llamarse miembros del partido a quienes no pertenecen a ninguna de las organizaciones del partido, sino que tan solo «la ayudan de uno u otro modo»? Y Plejánov dio la única respuesta posible a esta cuestión: «Akselrod no tenía razón al remitirse a los años 70. Entonces existía un centro bien organizado y magníficamente disciplinado, existían en torno a él organizaciones de distintos tipos creadas por él, y lo que estaba fuera de estas organizaciones era el caos, la anarquía. Los elementos componentes de este caos se llamaban a sí mismos miembros del partido, pero la causa no ganaba, sino que perdía con ello. Nosotros no debemos imitar la anarquía de los años 70, sino evitarla». Así pues, «este principio», que el camarada Akselrod quería hacer pasar por socialdemócrata, es en realidad un principio anárquico. Para refutar esto, habría que demostrar la posibilidad del control, la dirección y la disciplina fuera de la organización, habría que demostrar la necesidad de que a los «elementos del caos» se les confiriera el título de miembros del partido. Los defensores de la formulación del camarada Mártov no demostraron ni pudieron demostrar ni lo uno ni lo otro. El camarada Akselrod tomó como ejemplo al «profesor que se considera socialdemócrata y lo declara». Para llevar hasta el final la idea contenida en este ejemplo, el camarada Akselrod tendría que haber dicho además: ¿reconocen los propios socialdemócratas organizados a este profesor como socialdemócrata? Al no plantear esta cuestión ulterior, el camarada Akselrod dejó su argumentación a medias. En efecto, una de dos: o bien los socialdemócratas organizados reconocen al profesor que nos interesa como socialdemócrata, y entonces ¿por qué no incluirlo en tal o cual organización socialdemócrata? Solo con esta inclusión las «declaraciones» del profesor corresponderían a sus hechos, no serían frases vacías (como con demasiada frecuencia suelen ser las declaraciones de los profesores). O bien los socialdemócratas organizados no reconocen al profesor como socialdemócrata, y entonces es absurdo, insensato y perjudicial concederle el derecho a llevar el título honorífico y responsable de miembro del partido. La cuestión se reduce, pues, precisamente a aplicar consecuentemente el principio de organización o a consagrar la dispersión y la anarquía. ¿Construimos el partido partiendo de ese núcleo de socialdemócratas ya creado y cohesionado que ha organizado, por ejemplo, el congreso del partido y que debe ampliar y multiplicar toda clase de organizaciones del partido, o nos contentamos con la tranquilizadora frase de que todos los que ayudan son miembros del partido? «Si adoptamos la fórmula de Lenin —continuó el camarada Akselrod—, arrojaremos por la borda a una parte de personas que, aunque no puedan ser admitidas directamente en la organización, son sin embargo miembros del partido». La confusión de conceptos de la que el camarada Akselrod pretendía acusarme se manifiesta aquí en él mismo con toda claridad: él da ya por sentado que todos los que ayudan son miembros del partido, cuando precisamente sobre esto versa la disputa, y los oponentes aún deben demostrar la necesidad y la utilidad de semejante interpretación. ¿Cuál es el contenido de esta frase, terrible a primera vista: arrojar por la borda? Si se reconoce como miembros del partido únicamente a los miembros de las organizaciones reconocidas como del partido, entonces las personas que no pueden entrar «directamente» en ninguna organización del partido pueden trabajar en una organización no partidista, pero afín al partido. De arrojarlos por la borda en el sentido de apartarlos del trabajo, de la participación en el movimiento, no puede hablarse, por consiguiente. Al contrario: cuanto más sólidas sean nuestras organizaciones del partido, que incluyan a socialdemócratas reales, cuanto menor sea la vacilación e inconstancia dentro del partido, tanto más amplia, multilateral, rica y fecunda será la influencia del partido sobre los elementos de las masas obreras que lo rodean y son dirigidos por él. Pues en realidad no se debe confundir al partido, como destacamento de vanguardia de la clase obrera, con toda la clase. Y precisamente en semejante confusión (característica de nuestro economismo oportunista en general) incurre el camarada Akselrod cuando dice: «Nosotros creamos, por supuesto, ante todo la organización de los elementos más activos del partido, la organización de revolucionarios, pero debemos, puesto que somos el partido de la clase, pensar en no dejar fuera del partido a personas que, conscientemente, aunque quizás no del todo activamente, se adhieren a este partido». En primer lugar, dentro de los elementos activos del partido obrero socialdemócrata no entrarán únicamente las organizaciones de revolucionarios, sino toda una serie de organizaciones obreras reconocidas como del partido. En segundo lugar, ¿por qué razón, en virtud de qué lógica, del hecho de que seamos el partido de la clase podría deducirse que es innecesario distinguir entre los que pertenecen al partido y los que se adhieren a él? Justamente al revés: precisamente en virtud de la existencia de diferencias en el grado de conciencia y en el grado de actividad, es necesario establecer una diferencia en el grado de cercanía al partido. Somos el partido de la clase, y por eso casi toda la clase (y en tiempos de guerra, en la época de guerra civil, absolutamente toda la clase) debe actuar bajo la dirección de nuestro partido, debe adherirse a nuestro partido lo más estrechamente posible, pero sería manilovismo[^4] y «rabo-caudillismo»[^5] pensar que alguna vez, bajo el capitalismo, casi toda la clase o toda la clase esté en condiciones de elevarse hasta la conciencia y la actividad de su destacamento de vanguardia, de su partido socialdemócrata. Ningún socialdemócrata sensato ha dudado jamás de que, bajo el capitalismo, ni siquiera la organización sindical (más primitiva, más accesible a la conciencia de las capas poco desarrolladas) está en condiciones de abarcar a casi toda o a toda la clase obrera. Solo engañarse a sí mismo, cerrar los ojos ante la enormidad de nuestras tareas, reducir estas tareas, significaría olvidar la diferencia entre el destacamento de vanguardia y todas las masas que gravitan hacia él, olvidar la obligación constante del destacamento de vanguardia de elevar capas cada vez más vastas hasta este nivel de vanguardia. Justamente, cerrar los ojos y olvidarlo es borrar la diferencia entre los que se adhieren y los que pertenecen, entre los conscientes y activos y los que ayudan.

Remitirse a que somos el partido de la clase para justificar la imprecisión organizativa, para justificar la confusión de organización y desorganización, significa repetir el error de Nadezhdin, quien confundía «la cuestión filosófica e histórico-social de las "raíces" del movimiento en la "profundidad" con la cuestión técnico-organizativa» (*¿Qué hacer?*, pág. 91)[79]. Precisamente esta confusión, a partir del camarada Akselrod, fue repetida luego decenas de veces por los oradores que defendían la formulación del camarada Mártov. «Cuanto más ampliamente se difunda el título de miembro del partido, tanto mejor», dice Mártov, sin explicar, no obstante, qué beneficio aporta la amplia difusión de un título que no corresponde a su contenido. ¿Se puede acaso negar que el control sobre los miembros del partido que no pertenecen a la organización del partido es una ficción? La amplia difusión de una ficción es perjudicial, no útil. «Solo podemos alegrarnos de que cada huelguista, cada manifestante, respondiendo de sus actos, pueda declararse miembro del partido» (pág. 239). ¿De veras? ¿Cada huelguista debe tener el derecho a declararse miembro del partido? Con esta tesis, el camarada Mártov lleva de golpe su error al absurdo, rebajando el socialdemocratismo al huelguismo, repitiendo las desventuras de Akímov. Solo podemos alegrarnos de que la socialdemocracia consiga dirigir cada huelga, pues es deber directo e incondicional de la socialdemocracia dirigir todas las manifestaciones de la lucha de clase del proletariado, y la huelga es una de las manifestaciones más profundas y poderosas de esta lucha. Pero seríamos rabo-caudillistas si permitiésemos la identificación de una forma de lucha tan primaria, que *ipso facto*[^6] no es más que tradeunionista, con la lucha socialdemócrata consciente y multilateral. Legalizaríamos de manera oportunista una falsedad a sabiendas si diésemos a cada huelguista el derecho a «declararse miembro del partido», pues semejante «declaración» en la masa de los casos sería una declaración falsa. Nos adormeceríamos con sueños manilovistas si nos pusiéramos a asegurarnos a nosotros mismos y a los demás que cada huelguista puede ser socialdemócrata y miembro del partido socialdemócrata, dado el infinito fraccionamiento, la opresión y el embrutecimiento que, bajo el capitalismo, pesará inevitablemente sobre capas muy, pero que muy amplias de obreros «no instruidos», no cualificados. Precisamente en el ejemplo del «huelguista» se ve con especial claridad la diferencia entre la aspiración revolucionaria de la socialdemocracia de dirigir *de manera auténtica* cada huelga y la frase oportunista que declara miembro del partido a cada huelguista. Somos el partido de la clase en la medida en que *de hecho* dirigimos de manera socialdemócrata a casi toda o incluso a toda la clase proletaria; pero de esto solo los Akímov pueden deducir que *de palabra* debemos identificar al partido y a la clase.

«No temo a la organización conspirativa», decía en el mismo discurso el camarada Mártov, pero añadía: «la organización conspirativa para mí solo tiene sentido en la medida en que la envuelve un amplio partido obrero socialdemócrata» (pág. 239). Para ser exactos, habría que haber dicho: en la medida en que la envuelve un amplio *movimiento* obrero socialdemócrata. Y en esta forma, la tesis del camarada Mártov no solo es indiscutible, sino un truismo directo. Me detengo en este punto solo porque, del truismo del camarada Mártov, los oradores posteriores extrajeron un argumento muy socorrido y muy vulgar: que Lenin quiere «limitar toda la suma de los miembros del partido a la suma de los conspiradores». Esta conclusión, que solo puede provocar una sonrisa, la hacían tanto el camarada Posadovski como el camarada Popov, y cuando la recogieron Martínov y Akímov, su verdadero carácter se perfiló ya por completo: precisamente el carácter de una frase oportunista. En la actualidad, este mismo argumento lo desarrolla en la nueva *Iskra* el camarada Akselrod para dar a conocer al público lector las nuevas concepciones organizativas de la nueva redacción. Ya en el congreso, en la primera sesión que discutió la cuestión del § 1, advertí que los oponentes querían aprovecharse de un arma tan barata, y por eso previne en mi discurso (pág. 240): «No hay que pensar que las organizaciones del partido deban estar compuestas únicamente por revolucionarios profesionales. Necesitamos las más diversas organizaciones de todos los tipos, rangos y matices, desde las extremadamente estrechas y conspirativas hasta las muy amplias, libres, *lose Organisationen*»[^7]. Esta es una verdad tan evidente, tan obvia, que consideré superfluo detenerme en ella. Pero en los tiempos actuales, cuando nos han arrastrado hacia atrás en muchísimos aspectos, es necesario «repetir lo archisabido» también aquí. Para tal repetición, citaré algunos extractos de *¿Qué hacer?* y de la *Carta a un camarada*:

...«Al círculo de los corifeos, como Alexéiev y Myshkin, Jalturin y Zheliábov, le son accesibles las tareas políticas en el sentido más real, en el sentido más práctico de esta palabra, le son accesibles precisamente porque, y en la medida en que, su prédica ardiente encuentra eco en la masa que despierta espontáneamente, en la medida en que su energía hirviente es recogida y apoyada por la energía de la clase revolucionaria»[82]. Para ser un partido socialdemócrata, hay que conseguir el apoyo precisamente de la clase. No es el partido quien debe envolver a la organización conspirativa, como pensaba el camarada Mártov, sino la clase revolucionaria, el proletariado, quien debe envolver al partido, que incluye en sí tanto a las organizaciones conspirativas como a las no conspirativas.

...«Las organizaciones de los obreros para la lucha económica deben ser organizaciones sindicales. Todo obrero socialdemócrata debe, en la medida de lo posible, prestar ayuda y trabajar activamente en estas organizaciones... Pero no nos interesa en absoluto exigir que solo los socialdemócratas puedan ser miembros de los sindicatos gremiales: esto reduciría la amplitud de nuestra influencia sobre la masa. Que participe en el sindicato gremial todo obrero que comprenda la necesidad de la unión para luchar contra los patronos y contra el gobierno. El objetivo mismo de los sindicatos gremiales sería inalcanzable si no unieran a todos aquellos a quienes les es accesible al menos este escalón elemental de comprensión, si estos sindicatos gremiales no fueran organizaciones muy amplias. Y cuanto más amplias sean estas organizaciones, tanto más amplia será nuestra influencia sobre ellas, influencia ejercida no solo por el desarrollo “espontáneo” de la lucha económica, sino también por la acción consciente y directa de los compañeros de sindicato miembros del partido socialista» (pág. 86)[83]. Dicho sea de paso, el ejemplo de los sindicatos profesionales es particularmente característico para valorar la cuestión debatida del § 1. Que estos sindicatos deben trabajar «bajo el control y la dirección» de las organizaciones socialdemócratas, no puede haber dos opiniones entre los socialdemócratas. Pero, en virtud de esto, conceder el derecho a todos los miembros de tales sindicatos a «declararse» miembros del partido socialdemócrata sería un evidente absurdo y amenazaría con acarrear un doble perjuicio: reducir la amplitud del movimiento gremial y debilitar la solidaridad de los obreros sobre esta base, por un lado. Por otro lado, esto abriría las puertas del partido socialdemócrata a la imprecisión y la vacilación. La socialdemocracia alemana tuvo ocasión de resolver una cuestión similar en su planteamiento concreto, cuando surgió el famoso incidente con los obreros del ramo de la construcción de Hamburgo que trabajaban a destajo{102}. La socialdemocracia no vaciló un minuto en reconocer el esquirolaje como un acto deshonroso desde el punto de vista de un socialdemócrata, es decir, en reconocer la dirección de las huelgas y su apoyo como causa propia y vital, pero al mismo tiempo rechazó con igual determinación la exigencia de identificar los intereses del partido con los intereses de los sindicatos gremiales, de cargar sobre el partido la responsabilidad por los pasos particulares de los sindicatos particulares. El partido debe y tratará de impregnar con su espíritu, de someter a su influencia a los sindicatos gremiales, pero precisamente en interés de esta influencia, debe distinguir los elementos plenamente socialdemócratas (que pertenecen al partido socialdemócrata) de estos sindicatos, de aquellos no plenamente conscientes y no plenamente activos en el plano político, y no confundir unos y otros, como quiere el camarada Akselrod.

...«La centralización de las funciones más conspirativas por la organización de revolucionarios no debilitará, sino que enriquecerá la amplitud y el contenido de la actividad de toda una masa de otras organizaciones, destinadas al gran público y, por ello, lo menos formalizadas posible y lo menos conspirativas posible: tanto los sindicatos obreros, como los círculos obreros de autoformación y de lectura de literatura ilegal, y los círculos socialistas, así como democráticos, en todas las demás capas de la población, etc., etc. Tales círculos, sindicatos y organizaciones son necesarios en todas partes, en el más amplio número y con las más diversas funciones, pero es absurdo y perjudicial confundirlos con la organización de revolucionarios, borrar la línea divisoria entre ellos...» (pág. 96)[84]. De esta referencia se desprende cuán inoportunamente me recordaba el camarada Mártov que la organización de revolucionarios debía estar envuelta por amplias organizaciones obreras. Yo ya señalaba esto en *¿Qué hacer?*, y en la *Carta a un camarada* desarrollaba esta idea de manera más concreta. Los círculos de fábrica —escribía allí— «son para nosotros particularmente importantes: pues toda la fuerza principal del movimiento reside en la organización de los obreros en las grandes fábricas, ya que las grandes fábricas (y factorías) incluyen no solo la parte predominante por su número, sino también la más predominante por su influencia, desarrollo y capacidad de lucha de la clase obrera. Cada fábrica debe ser nuestra fortaleza... El subcomité de fábrica debe esforzarse por abarcar toda la fábrica, la mayor parte posible de los obreros, mediante una red de toda clase de círculos (o agentes)... Todos los grupos, círculos, subcomités, etc., deben estar en calidad de instituciones del comité o de secciones filiales del comité. Unos declararán directamente su deseo de formar parte del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y, a condición de ser ratificados por el comité, entrarán a formar parte de él, asumirán (por encargo del comité o de acuerdo con él) ciertas funciones, se obligarán a obedecer las disposiciones de los órganos del partido, recibirán los derechos de todos los miembros del partido, serán considerados candidatos inmediatos a miembros del comité, etc. Otros no entrarán en el POSDR, estando en calidad de círculos organizados por miembros del partido, o adheridos a uno u otro grupo del partido, etc.» (págs. 17-18)[85]. Por las palabras que he subrayado se ve con especial claridad que la idea de mi formulación del § 1 ya está plenamente expresada en la *Carta a un camarada*. Las condiciones para ingresar en el partido están directamente indicadas aquí, a saber: 1) un cierto grado de organización, y 2) la ratificación por un comité del partido. Una página más adelante indico, aproximadamente, qué grupos y organizaciones y por qué razones deben (o no deben) ser incorporados al partido: «El grupo de distribuidores de literatura debe pertenecer al POSDR y conocer a un número determinado de sus miembros y de sus funcionarios. El grupo que estudia las condiciones profesionales del trabajo y elabora los tipos de reivindicaciones profesionales no tiene por qué pertenecer obligatoriamente al POSDR. El grupo de estudiantes, oficiales, empleados, que se ocupan de la autoformación con la participación de uno o dos miembros del partido, a veces incluso no debe saber en absoluto que estos pertenecen al partido, etc.» (págs. 18-19)[86].

¡He aquí más material para la cuestión de la «visera abierta»! Mientras que la fórmula del proyecto del camarada Mártov no aborda en absoluto la relación del partido con las organizaciones, yo ya indicaba casi un año antes del congreso que unas organizaciones debían entrar en el partido y otras no. En la *Carta a un camarada* aparece claramente ya la idea que yo defendía en el congreso. El asunto podría representarse gráficamente del siguiente modo. Según el grado de organización en general y de carácter conspirativo de la organización en particular, se pueden distinguir, aproximadamente, las siguientes categorías: 1) organizaciones de revolucionarios; 2) organizaciones de obreros, lo más amplias y diversas posible (me limito solo a la clase obrera, dando por supuesto que, bajo ciertas condiciones, también entrarán aquí determinados elementos de otras clases). Estas dos categorías constituyen el partido. Luego, 3) organizaciones de obreros adheridas al partido; 4) organizaciones de obreros no adheridas al partido, pero que de hecho se someten a su control y dirección; 5) elementos no organizados de la clase obrera, que en parte también se someten, por lo menos en los casos de grandes manifestaciones de la lucha de clase, a la dirección de la socialdemocracia. Así es como se presenta la cuestión, aproximadamente, desde mi punto de vista. Por el contrario, desde el punto de vista del camarada Mártov, la frontera del partido queda completamente indeterminada, pues «cada huelguista» puede «declararse miembro del partido». ¿Qué beneficio aporta esta imprecisión? Una amplia difusión del «título». Su perjuicio es introducir una idea desorganizadora sobre la confusión de la clase y el partido.

Para ilustrar las tesis generales que hemos expuesto, echemos todavía una ojeada a los debates ulteriores en el congreso sobre el § 1. El camarada Brúker se pronuncia (para satisfacción del camarada Mártov) a favor de mi formulación, pero su alianza conmigo resulta, a diferencia de la alianza del camarada Akímov con Mártov, basada en un malentendido. El camarada Brúker «no está de acuerdo con todos los estatutos y con todo su espíritu» (pág. 239) y defiende mi fórmula como base del democratismo deseado por los partidarios de *Rábocheie Dielo*. El camarada Brúker no se había elevado aún al punto de vista de que en la lucha política a veces hay que elegir el menor de los males; el camarada Brúker no advirtió que defender el democratismo en un congreso como el nuestro es inútil. El camarada Akímov se mostró más perspicaz. Planteó la cuestión de manera completamente acertada, reconociendo que «los camaradas Mártov y Lenin discuten cuál (formulación) alcanza mejor su objetivo común» (pág. 252). «Yo y Brúker —continúa— queremos elegir la que menos alcanza el objetivo. En este sentido, elijo la formulación de Mártov». Y el camarada Akímov explicó con franqueza que «el objetivo mismo de ellos» (de Plejánov, Mártov y mío: la creación de una organización dirigente de revolucionarios) lo considera «irrealizable y perjudicial»; defiende, al igual que el camarada Martínov[87], la idea de los economistas sobre la inutilidad de la «organización de revolucionarios». Él «está lleno de fe en que la vida irrumpirá de todos modos en nuestra organización del partido, independientemente de que le cerréis el paso con la fórmula de Mártov o con la fórmula de Lenin». No valdría la pena detenerse en esta comprensión «rabo-caudillista» de la «vida» si no la encontráramos también en el camarada Mártov. El segundo discurso del camarada Mártov (pág. 245) es, en general, tan interesante que merece ser analizado en detalle.

Primer argumento del camarada Mártov: el control de las organizaciones del partido sobre los miembros del partido que no pertenecen a las organizaciones «es realizable en la medida en que el comité, al encargar a alguien una función determinada, tiene la posibilidad de vigilarla» (pág. 245). Esta tesis es notablemente característica, pues «delata», si se puede expresar así, a quién le hace falta y a quién servirá en la práctica la formulación de Mártov: ¿a los individuos aislados de la intelectualidad o a los grupos obreros y a las masas obreras? El hecho es que son posibles dos interpretaciones de la fórmula de Mártov: 1) tiene derecho a «declararse» miembro del partido (palabras del propio camarada Mártov) todo aquel que le preste un concurso personal regular bajo la dirección de una de sus organizaciones; 2) toda organización del partido tiene derecho a reconocer como miembro del partido a todo aquel que le preste un concurso personal regular bajo su dirección. Solo la primera interpretación da realmente la posibilidad a «cada huelguista» de llamarse miembro del partido, y solo ella, por eso, conquistó de inmediato los corazones de los Líber, los Akímov y los Martínov. Pero esta interpretación ya es, evidentemente, una frase, pues entonces cabría aquí toda la clase obrera y se borraría la diferencia entre el partido y la clase; del control y la dirección sobre «cada huelguista» solo se puede hablar «simbólicamente». He aquí por qué el camarada Mártov se desvió ya en su segundo discurso hacia la segunda interpretación (aunque, dicho sea entre paréntesis, fue directamente rechazada por el congreso, que desestimó la resolución de Kóstich{103}, pág. 255): el comité encargará funciones y vigilará su cumplimiento. Tales encargos especiales nunca, por supuesto, tendrán lugar con relación a la masa de los obreros, a los miles de proletarios (de quienes hablan el camarada Akselrod y el camarada Martínov): se darán a menudo precisamente a esos profesores que mencionaba el camarada Akselrod, a esos estudiantes de bachillerato por los que se preocupaban el camarada Líber y el camarada Popov (pág. 241), a esa juventud revolucionaria a la que se refería el camarada Akselrod en su segundo discurso (pág. 242). En una palabra, la fórmula del camarada Mártov, o bien quedará como letra muerta, como una frase vacía, o bien beneficiará principal y casi exclusivamente a los «intelectuales impregnados hasta la médula de individualismo burgués» y que no desean entrar en la organización. De palabra, la fórmula de Mártov defiende los intereses de las amplias capas del proletariado; de hecho, esta fórmula servirá a los intereses de la intelectualidad burguesa, que rehúye la disciplina y la organización proletarias. Nadie se atreverá a negar que la intelectualidad, como capa especial de las sociedades capitalistas modernas, se caracteriza, en general y en su conjunto, precisamente por el individualismo y la incapacidad para la disciplina y la organización (cf., aunque sea, los conocidos artículos de Kautsky sobre la intelectualidad); en esto consiste, entre otras cosas, la diferencia desventajosa de esta capa social con respecto al proletariado; en ello radica una de las explicaciones de la flacidez e inconstancia intelectuales, que tan a menudo se hacen sentir al proletariado; y esta propiedad de la intelectualidad está indisolublemente ligada a las condiciones habituales de su vida, a las condiciones de sus ingresos, que se aproximan en muchísimos aspectos a las condiciones de la existencia pequeñoburguesa (trabajo en solitario o en colectivos muy pequeños, etc.). No es casual, en fin, que precisamente los defensores de la fórmula del camarada Mártov tuvieran que sacar a relucir los ejemplos de profesores y estudiantes de bachillerato. No fueron los paladines de la amplia lucha proletaria quienes se enfrentaron, en las disputas sobre el § 1, a los paladines de la organización radical-conspirativa, como pensaban los camaradas Martínov y Akselrod, sino los partidarios del individualismo intelectual-burgués quienes chocaron con los partidarios de la organización y la disciplina proletarias.

El camarada Popov decía: «En todas partes, en Petersburgo, como en Nikoláiev o en Odesa, según el testimonio de los representantes de estas ciudades, hay decenas de obreros que distribuyen literatura, realizan agitación oral y que no pueden ser miembros de la organización. Se les puede adscribir a la organización, pero no se les puede considerar miembros» (pág. 241). ¿Por qué no pueden ser miembros de la organización? Esto quedó como un secreto del camarada Popov. Ya he citado más arriba un pasaje de la *Carta a un camarada* que muestra que es posible y necesario incluir a todos esos obreros (por centenares, no por decenas) en las organizaciones, y que muchísimas de estas organizaciones pueden y deben entrar en el partido.

Segundo argumento del camarada Mártov: «Para Lenin no existen otras organizaciones en el partido más que las organizaciones del partido...» ¡Perfectamente cierto!... «Para mí, por el contrario, tales organizaciones deben existir. La vida crea y multiplica organizaciones más rápido de lo que nosotros conseguimos incluirlas en la jerarquía de nuestra organización combativa de revolucionarios profesionales...» Esto es inexacto en dos sentidos: 1) la «vida» multiplica muchas menos organizaciones eficientes de revolucionarios de las que necesitamos, de las que requiere el movimiento obrero; 2) nuestro partido debe ser una jerarquía no solo de organizaciones de revolucionarios, sino también de una masa de organizaciones obreras... «Lenin piensa que el CC ratificará como organizaciones del partido solo aquellas que sean plenamente fiables en el aspecto de principios. Pero el camarada Brúker comprende bien que la vida (¡*sic*!) se saldrá con la suya y que el CC, para no dejar fuera del partido a multitud de organizaciones, deberá legalizarlas, a pesar de su carácter no plenamente fiable; por eso el camarada Brúker se suma a Lenin...» ¡He aquí una comprensión verdaderamente rabo-caudillista de la «vida»! Claro que si el CC estuviera compuesto obligatoriamente por personas que se guían no por su propia opinión, sino por lo que digan los demás (véase el incidente con el Comité de Organización), entonces la «vida» se «saldría con la suya» en el sentido de que los elementos más atrasados del partido se impondrían (como ha ocurrido ahora, cuando la «minoría» del partido se formó con los elementos atrasados). Pero no se puede aducir ni una sola razón sensata que obligue a un CC sensato a incorporar al partido elementos «no fiables». ¡Precisamente con esta referencia a la «vida» que «multiplica» elementos no fiables, el camarada Mártov muestra de manera palpable el carácter oportunista de su plan organizativo!... «Yo, en cambio, pienso —continúa— que si tal organización (no plenamente fiable) acepta adoptar el programa del partido y el control del partido, podemos incorporarla al partido, sin hacer de ella con ello una organización del partido. Consideraría un gran triunfo de nuestro partido si, por ejemplo, cualquier unión de “independientes” determinara que acepta el punto de vista de la socialdemocracia y su programa y entra en el partido, lo que no significa, sin embargo, que incluyamos a la unión en la organización del partido...» ¡He aquí a qué confusión conduce la fórmula de Mártov: organizaciones no partidistas que entran en el partido! Imagínense tan solo su esquema: partido = 1) organizaciones de revolucionarios + 2) organizaciones de obreros reconocidas como del partido + 3) organizaciones de obreros no reconocidas como del partido (predominantemente de los «independientes») + 4) individuos aislados que desempeñan diversas funciones, profesores, estudiantes de bachillerato, etc. + 5) «cada huelguista». Junto a este notable plan solo cabe situar las palabras del camarada Líber: «Nuestra tarea no es solo organizar la organización (¡!), podemos y debemos organizar al partido» (pág. 241). Sí, por supuesto, podemos y debemos hacerlo, pero para ello no hacen falta palabras huecas sobre la «organización de las organizaciones», sino la exigencia directa a los miembros del partido de que trabajen en la organización *de hecho*. Hablar de «organizar al partido» y defender el encubrimiento con la palabra partido de toda desorganización y de toda dispersión es decir palabras vacías.

«Nuestra formulación —dice el camarada Mártov— expresa la aspiración a que entre la organización de revolucionarios y la masa haya una serie de organizaciones». Precisamente no. Esta aspiración, realmente obligatoria, es la que no expresa la fórmula de Mártov, pues no da un estímulo para organizarse, no contiene la exigencia de organizarse, no separa lo organizado de lo no organizado. Da únicamente un *título*[^8], y a este respecto no se puede dejar de recordar las palabras del camarada Akselrod: «Mediante ningún decreto se les puede prohibir a ellos (a los círculos de la juventud revolucionaria, etc.) ni a las personas aisladas llamarse socialdemócratas» (¡santa verdad!) «e incluso considerarse parte del partido»... ¡Esto último ya es absolutamente falso! Prohibir llamarse socialdemócrata no se puede ni se debe, pues esta palabra expresa directamente solo un sistema de convicciones, y no determinadas relaciones organizativas. Prohibir a círculos y personas aisladas «considerarse parte del partido» se puede y se debe cuando estos círculos y personas perjudican la causa del partido, lo corrompen o lo desorganizan. ¡Sería ridículo hablar del partido como un todo, como una magnitud política, si no pudiera «prohibir por decreto» a un círculo «considerarse parte» del todo! Y entonces, ¿para qué definir el procedimiento y las condiciones de expulsión del partido? El camarada Akselrod llevó de manera gráfica al absurdo el error fundamental del camarada Mártov; elevó incluso este error a teoría oportunista cuando añadió: «en la formulación de Lenin, el § 1 es una directa contradicción de principio con la esencia misma (¡!), con las tareas del partido socialdemócrata del proletariado» (pág. 243). Esto significa, ni más ni menos, que plantear exigencias más elevadas al partido que a la clase es una contradicción de principio con la esencia misma de las tareas del proletariado. No es de extrañar que Akímov se alzara en firme por semejante teoría.

La última expresión, que he entrecomillado, pertenece al camarada Pavlóvich, quien muy acertadamente calificó de anarquismo el reconocimiento de miembros «irresponsables y que se inscriben a sí mismos en el partido». «Traducido al lenguaje sencillo» —explicaba el camarada Pavlóvich mi formulación al camarada Líber— significa: «si quieres ser miembro del partido, debes reconocer no solo platónicamente también las relaciones organizativas». Por muy simple que sea esta «traducción», resultó no ser superflua (como demostraron los acontecimientos posteriores al congreso) no solo para diferentes profesores y estudiantes de bachillerato sospechosos, sino también para los más auténticos miembros del partido, para personas de la cúpula... Con no menos acierto señaló el camarada Pavlóvich la contradicción entre la fórmula del camarada Mártov y aquella tesis indiscutible del socialismo científico que el mismo camarada Mártov citó de manera tan desafortunada. «Nuestro partido es el expresador consciente de un proceso inconsciente». Exactamente. Y justamente por eso es incorrecto pretender que «cada huelguista» pueda llamarse miembro del partido, pues si «cada huelga» no fuera solo la expresión espontánea de un poderoso instinto de clase y de una lucha de clase que conduce inevitablemente a la revolución social, sino la expresión *consciente* de este proceso, entonces... entonces la huelga universal no sería una frase anarquista, entonces nuestro partido cubriría de inmediato y de golpe a toda la clase obrera, y, por consiguiente, acabaría de golpe también con toda la sociedad burguesa. Para ser de hecho un expresador consciente, el partido debe saber elaborar relaciones organizativas que aseguren un determinado nivel de conciencia y lo eleven sistemáticamente. «Si ya se va por el camino de Mártov —dijo el camarada Pavlóvich—, ante todo habría que suprimir el punto sobre el reconocimiento del programa, pues para adoptar el programa, hay que asimilarlo y comprenderlo... El reconocimiento del programa está condicionado por un nivel bastante alto de conciencia política». Nosotros nunca permitiremos que el apoyo a la socialdemocracia, que la participación en la lucha dirigida por ella, sea artificialmente limitada por ninguna clase de exigencias (de asimilación, comprensión, etc.), pues esta misma participación, por el mero hecho de manifestarse, eleva tanto la conciencia como los instintos organizativos, pero una vez que nos hemos unido en partido para un trabajo planificado, debemos preocuparnos de asegurar esta planificación.

Que la advertencia del camarada Pavlóvich sobre el programa no fue superflua se puso de manifiesto de inmediato, en el curso de esa misma sesión. Los camaradas Akímov y Líber, que hicieron triunfar la formulación del camarada Mártov[91], descubrieron enseguida su verdadera naturaleza, exigiendo (págs. 254-255) que también el programa debía ser reconocido (para la «calidad de miembro» del partido) solo platónicamente, solo en sus «tesis fundamentales». «La propuesta del camarada Akímov es completamente lógica desde el punto de vista del camarada Mártov», señaló el camarada Pavlóvich. Lamentablemente, no vemos en las actas cuántos votos reunió esta propuesta de Akímov; con toda probabilidad, no menos de siete (cinco bundistas, Akímov y Brúker). ¡Y justamente la retirada de esos siete delegados del congreso convirtió la «mayoría compacta» (de antiiskristas, del «centro» y martovistas) que comenzaba a formarse en torno al § 1 de los estatutos, en una minoría compacta! ¡Justamente la retirada de esos siete delegados condujo al fracaso de la propuesta de ratificar a la antigua redacción, esa supuesta violación flagrante de la «continuidad» en la dirección de *Iskra*! La original *séptuple* era la única salvación y garantía de la «continuidad» iskrista: esta séptuple la componían los bundistas, Akímov y Brúker, es decir, justamente los delegados que votaron contra los motivos del reconocimiento de *Iskra* como Órgano Central, justamente los delegados cuyo oportunismo fue reconocido decenas de veces por el congreso y reconocido, en particular, por Mártov y Plejánov en la cuestión de suavizar el § 1 en lo referente al programa. ¡La «continuidad» de *Iskra*, custodiada por los antiiskristas!: aquí tocamos el nudo de la tragicomedia postcongresual.

La agrupación de votos en torno al artículo primero de los estatutos reveló un fenómeno del mismo tipo que en el incidente de la igualdad de derechos de las lenguas: el desprendimiento de una cuarta parte (aproximadamente) de la mayoría iskrista da la posibilidad de la victoria a los antiiskristas, a los que sigue el «centro». Claro que también aquí hay votos aislados que rompen la plena armonía del cuadro; en una asamblea tan numerosa como nuestro congreso, es inevitable que haya una parte de «salvajes» que caen casualmente ya de un lado, ya de otro, especialmente en una cuestión como el artículo primero, donde el verdadero carácter de la divergencia apenas empezaba a perfilarse y muchos sencillamente no conseguían orientarse (ante la falta de una elaboración previa de la cuestión en la literatura). De los iskristas de la mayoría se desprendieron cinco votos (Rúsov y Karski, con dos votos cada uno, y Lenski, con un voto); por el contrario, se sumaron a ellos un antiiskrista (Brúker) y tres del centro (Medvédev, Egórov y Tsariov); se obtuvo una suma de 23 votos (24 – 5 + 4), un voto menos que la agrupación definitiva para las elecciones. La mayoría se la dieron a Mártov los antiiskristas, de los cuales siete estuvieron por él y uno por mí (del «centro» también siete estuvieron por Mártov, tres por mí). La coalición de la minoría iskrista con los antiiskristas y con el «centro», que formó la minoría compacta al final del congreso y después del congreso, comenzaba a tomar forma. El error político de Mártov y Akselrod, que dieron un paso indudable hacia el oportunismo y hacia el individualismo anarquista en la formulación del artículo primero y sobre todo en la defensa de esta formulación, se puso de manifiesto de inmediato y con especial relieve gracias a la arena libre y abierta del congreso, se puso de manifiesto en el hecho de que los elementos menos estables y menos consecuentes en los principios movilizaron enseguida todas sus fuerzas para ensanchar aquella grieta, aquella brecha que apareció en las concepciones de la socialdemocracia revolucionaria. El trabajo conjunto en el congreso de personas que perseguían abiertamente en la esfera organizativa objetivos diferentes (véase el discurso de Akímov) empujó de inmediato a los adversarios de principio de nuestro plan organizativo y de nuestros estatutos a apoyar el error de los camaradas Mártov y Akselrod. Los iskristas que también en esta cuestión permanecieron fieles a las concepciones de la socialdemocracia revolucionaria resultaron estar en minoría. Esta es una circunstancia de enorme importancia, pues sin esclarecerla es absolutamente imposible comprender ni la lucha por los detalles de los estatutos, ni la lucha por la composición personal del Órgano Central y del Comité Central.