El rechazo por la Liga de la resolución sobre la necesidad de que sus estatutos fueran aprobados por el Comité Central (pág. 105 de las actas de la Liga) fue, como señaló de inmediato toda la mayoría del congreso del partido, "una flagrante violación de los estatutos del partido". Semejante violación, si se la consideraba como un acto de gente de principios, era el más puro anarquismo; en la situación de la lucha posterior al congreso, producía inevitablemente la impresión de un "ajuste de cuentas" de la minoría del partido con la mayoría del partido (pág. 112 de las actas de la Liga), significaba la falta de voluntad de someterse al partido y de permanecer en él. La negativa de la Liga a aceptar una resolución a propuesta del Comité Central sobre la necesidad de modificar sus estatutos (págs. 124-125) condujo inevitablemente a que se considerara ilegal una asamblea que pretendía ser tenida por asamblea de una organización del partido y, al mismo tiempo, no someterse a la institución central del partido. Los partidarios de la mayoría del partido abandonaron de inmediato esta asamblea quasi-partidista para no participar en una comedia indigna.

El individualismo intelectual, con su reconocimiento platónico de las relaciones organizativas, que se manifestó en la vacilación del pensamiento acerca del § 1 de los estatutos, llegó así, en la práctica, a su conclusión lógica, predicha por mí ya en septiembre, es decir, un mes y medio antes: la destrucción de la organización del partido. Y en ese momento, la noche del mismo día en que terminó el congreso de la Liga, el camarada Plejánov declaró a sus colegas de ambas instituciones centrales del partido que no tenía fuerzas para "disparar contra los suyos", que "mejor una bala en la frente que la escisión", que para evitar un mal mayor era necesario hacer las máximas concesiones personales, por las cuales, en esencia (incomparablemente más que por los principios que asomaban en la posición errónea sobre el § 1), se libra esta lucha devastadora. Para caracterizar con mayor precisión este viraje del camarada Plejánov, que adquirió una notoria significación para todo el partido, considero más pertinente apoyarme no en conversaciones privadas ni en cartas privadas (ese refugio para casos extremos), sino en la exposición del asunto hecha por el propio Plejánov ante todo el partido, en su artículo "¿Qué no hacer?" en el número 52 de "Iskra", escrito justo después del congreso de la Liga, después de mi salida de la redacción del Órgano Central (1 de noviembre de 1903) y antes de la cooptación de los martovistas (26 de noviembre de 1903).

La idea fundamental del artículo "¿Qué no hacer?" consiste en que en política no se debe ser rectilíneo, inoportunamente duro e inoportunamente intransigente; que a veces es necesario, para evitar la escisión, ceder tanto ante los revisionistas (de entre los que se aproximan a nosotros o de los inconsecuentes) como ante los individualistas anarquistas. Es completamente natural que estas tesis generales y abstractas provocaran la perplejidad universal de los lectores de "Iskra". No se pueden leer sin reír las magníficas y orgullosas declaraciones del camarada Plejánov (en artículos posteriores) de que no fue comprendido debido a la novedad de sus ideas, debido al desconocimiento de la dialéctica. En realidad, el artículo "¿Qué no hacer?", cuando fue escrito, sólo podían comprenderlo unas diez personas en dos barrios de Ginebra cuyos nombres comienzan con las mismas dos primeras letras{113}. La desgracia del camarada Plejánov consistió en que puso en circulación ante una decena de miles de lectores una suma de alusiones, reproches, signos algebraicos y enigmas que estaban dirigidos únicamente a esa decena de personas que habían participado en todas las peripecias de la lucha posterior al congreso contra la minoría. El camarada Plejánov incurrió en esta desgracia porque violó la tesis fundamental de la dialéctica, tan inoportunamente mencionada por él: no hay verdad abstracta, la verdad es siempre concreta. Precisamente por eso era inoportuno revestir de una forma abstracta una idea muy concreta sobre la concesión a los martovistas después del congreso de la Liga.

La transigencia, esgrimida por el camarada Plejánov como nueva consigna de combate, es legítima y necesaria en dos casos: o bien cuando el que cede se ha convencido de la razón de quienes exigen la concesión (los políticos honestos, en este caso, reconocen directa y abiertamente su error), o bien cuando se hace una concesión a una exigencia irrazonable y perjudicial para la causa a fin de evitar un mal mayor. Del artículo que examinamos se desprende con toda claridad que el autor tiene en cuenta el segundo caso: habla directamente de ceder ante los revisionistas y los individualistas anarquistas (es decir, ante los martovistas, como ahora saben todos los miembros del partido por las actas de la Liga), una concesión obligada para evitar la escisión. Como puede verse, la idea supuestamente nueva del camarada Plejánov se reduce por completo a una sabiduría mundana no muy nueva: pequeñas molestias no deben estorbar un gran placer; una pequeña estupidez oportunista y una pequeña frase anarquista son mejores que una gran escisión del partido. El camarada Plejánov veía claramente, cuando escribió este artículo, que la minoría representaba el ala oportunista de nuestro partido y que luchaba con medios anarquistas. El camarada Plejánov presentó el proyecto de combatir a esta minoría mediante concesiones personales, algo así como (una vez más, si licet parva componere magnis) la socialdemocracia alemana combatió a Bernstein. Bebel declaraba públicamente en los congresos de su partido que no conocía a nadie más susceptible a la influencia del medio que el camarada Bernstein (no el señor Bernstein, como antes solía decir el camarada Plejánov, sino el camarada Bernstein): lo llevaremos a nuestro medio, lo llevaremos como diputado al Reichstag, lucharemos contra el revisionismo sin combatir con inoportuna dureza (à la Sobakévich-Parvus) contra el revisionista, a ese revisionista lo "mataremos con amabilidad" (kill with kindness), como lo caracterizó, según recuerdo, el camarada M. Beer en una reunión socialdemócrata inglesa, defendiendo la transigencia, el pacifismo, la suavidad, la flexibilidad y la prudencia alemanas frente a los ataques del Sobakévich inglés, Hyndman. Pues exactamente así el camarada Plejánov deseó "matar con amabilidad" el pequeño anarquismo y el pequeño oportunismo de los camaradas Axelrod y Mártov. Es cierto que, junto a alusiones completamente claras a los "individualistas anarquistas", el camarada Plejánov se expresó deliberadamente de manera poco clara acerca de los revisionistas, como si tuviera en mente a los partidarios de "Rabócheie Dielo" que viraban del oportunismo a la ortodoxia, y no a Axelrod y Mártov, que comenzaban a virar de la ortodoxia al revisionismo; pero esto era una inocente astucia militar[149], una mala obra de fortificación, incapaz de resistir el fuego de artillería de la publicidad del partido.

Así pues, quien conozca la coyuntura concreta del momento político descrito, quien penetre en la psicología del camarada Plejánov, comprenderá que yo no podía entonces actuar de otro modo que como actué. Digo esto dirigiéndome a aquellos partidarios de la mayoría que me reprocharon la cesión de la redacción. Cuando el camarada Plejánov viró después del congreso de la Liga y de partidario de la mayoría se convirtió en partidario de la conciliación a toda costa, yo estaba obligado a interpretar este viraje en el mejor sentido. ¿Acaso el camarada Plejánov quiso dar en su artículo un programa de paz buena y honrada? Todo programa semejante se reduce al reconocimiento sincero de los errores por ambas partes. ¿Qué error señalaba el camarada Plejánov en la mayoría? La dureza inoportuna, digna de Sobakévich, hacia los revisionistas. No se sabe qué tenía en mente el camarada Plejánov: si su agudeza acerca de los asnos o la mención, extremadamente imprudente en presencia de Axelrod, del anarquismo y el oportunismo; el camarada Plejánov prefirió expresarse "de manera abstracta" y además con un guiño hacia Pedro. Esto es cuestión de gustos, por supuesto. Pero yo reconocí abiertamente mi dureza personal tanto en mi carta a un iskrista como en el congreso de la Liga; ¿cómo podía no reconocer tal "error" en la mayoría? En cuanto a la minoría, el camarada Plejánov señalaba claramente su error: revisionismo (compárense sus observaciones sobre el oportunismo en el congreso del partido y sobre el jauresismo en el congreso de la Liga) y anarquismo, que condujo a la escisión. ¿Podía yo impedir el intento de lograr, mediante concesiones personales y toda clase de kindness (amabilidad, suavidad, etc.), el reconocimiento de estos errores y la paralización del daño que causaban? ¿Podía yo impedir semejante intento, cuando el camarada Plejánov exhortaba directamente en el artículo "¿Qué no hacer?" a "tener clemencia con los adversarios" de entre los revisionistas, que son revisionistas "sólo como consecuencia de cierta inconsecuencia"? Y si yo no creía en este intento, ¿podía acaso actuar de otro modo que haciendo una concesión personal en lo que respecta al Órgano Central y trasladándome al Comité Central para defender la posición de la mayoría?[150] No podía negar en absoluto la posibilidad de tales intentos y asumir sobre mí solo la responsabilidad de la inminente escisión, ya porque yo mismo me inclinaba, en mi carta del 6 de octubre, a explicar la refriega por la "irritación personal". Y defender la posición de la mayoría lo consideraba y lo considero mi deber político. Fiarme en este aspecto del camarada Plejánov era difícil y arriesgado, pues era evidente que su frase: "el dirigente del proletariado no tiene derecho a ceder a sus inclinaciones belicosas cuando éstas contradicen el cálculo político", el camarada Plejánov estaba dispuesto a interpretarla dialécticamente en el sentido de que, si había que disparar, era más calculado (según el clima ginebrino de noviembre) disparar contra la mayoría... Defender la posición de la mayoría era necesario, porque el camarada Plejánov —en burla de la dialéctica, que exige un examen concreto y multilateral—, al abordar la cuestión de la buena (?) voluntad del revolucionario, dejó modestamente de lado la cuestión de la confianza en el revolucionario, de la fe en tal "dirigente del proletariado" que dirigía a un ala determinada del partido. Hablando del individualismo anarquista y aconsejando "a veces" cerrar los ojos ante la violación de la disciplina, "en ocasiones" ceder ante la relajación intelectual, que "tiene sus raíces en un sentimiento que nada tiene en común con la devoción a la idea revolucionaria", el camarada Plejánov olvidaba visiblemente que también había que contar con la buena voluntad de la mayoría del partido, que era precisamente a los prácticos a quienes debía dejarse la determinación de la medida de las concesiones a los individualistas anarquistas. Tan fácil como es la lucha literaria contra los disparates anarquistas infantiles, tan difícil es el trabajo práctico con un individualista anarquista dentro de una misma organización. Un literato que pretendiera determinar por sí mismo la medida de las concesiones posibles al anarquismo en la práctica revelaría con ello únicamente su desmedida, verdaderamente doctrinaria, presunción de literato. El camarada Plejánov observaba majestuosamente (para dar importancia, como decía Bazárov{114}) que, en caso de una nueva escisión, los obreros dejarían de comprendernos, y al mismo tiempo él mismo ponía inicio a una serie interminable de artículos en la nueva "Iskra" que, en su significado real y concreto, seguían siendo inevitablemente incomprensibles no sólo para los obreros, sino para todo el mundo. No es de extrañar que un miembro del Comité Central{115} que leyó el artículo "¿Qué no hacer?" en pruebas advirtiera al camarada Plejánov de que su plan de cierta reducción de cierta publicación (de las actas del congreso del partido y del congreso de la Liga) era destruido precisamente por este artículo, que excitaba la curiosidad, llevaba algo picante y a la vez completamente confuso al juicio de la calle[151], provocando inevitablemente preguntas perplejas: "¿qué ha pasado?". No es de extrañar que precisamente este artículo del camarada Plejánov, debido a la abstracción de sus razonamientos y a la vaguedad de sus alusiones, provocara regocijo en las filas de los enemigos de la socialdemocracia: cancán en las páginas de "Rusia Revolucionaria" y alabanzas entusiastas de los revisionistas consecuentes de "Osvobozhdenie". La fuente de todos estos divertidos y tristes malentendidos, de los que tan divertida y tan tristemente intentó salir después el camarada Plejánov{116}, residía precisamente en la violación de la tesis fundamental de la dialéctica: las cuestiones concretas hay que analizarlas en toda su concreción. En particular, los entusiasmos del señor Struve eran completamente naturales: a él no le importaban los fines "buenos" (kill with kindness) que perseguía (pero podía no alcanzar) el camarada Plejánov; el señor Struve saludaba, y no podía dejar de saludar, aquel viraje hacia el ala oportunista de nuestro partido que comenzó en la nueva "Iskra", como ven ahora todos y cada uno. No son sólo los demócratas burgueses rusos quienes saludan cada viraje, aunque sea mínimo y temporal, hacia el oportunismo en todos los partidos socialdemócratas. En la apreciación de un enemigo inteligente, lo más raro es el malentendido total: dime quién te alaba y te diré en qué te has equivocado. Y en vano cuenta el camarada Plejánov con el lector desatento, pensando presentar el asunto como si la mayoría se hubiera alzado incondicionalmente contra la concesión personal en cuanto a la cooptación, y no contra el paso del ala izquierda del partido a la derecha. La cuestión no reside en absoluto en que el camarada Plejánov, para evitar la escisión, hiciera una concesión personal (eso es muy loable), sino en que, habiendo reconocido plenamente la necesidad de discutir con los revisionistas inconsecuentes y los individualistas anarquistas, prefirió discutir con la mayoría, de la que se apartó a causa de la medida de las concesiones prácticas posibles al anarquismo. La cuestión no reside en absoluto en que el camarada Plejánov cambiara la composición personal de la redacción, sino en que cambió su posición de debate con el revisionismo y el anarquismo, dejó de defender esa posición en el Órgano Central del partido. En cuanto al Comité Central, que entonces actuaba como único representante organizado de la mayoría, el camarada Plejánov se distanció de él (del CC) exclusivamente a causa de la medida de las concesiones prácticas posibles al anarquismo. Transcurrió casi un mes desde el 1 de noviembre, cuando yo, con mi renuncia, desaté las manos a la política de kill with kindness. El camarada Plejánov tuvo plenísima posibilidad de comprobar, mediante todo tipo de contactos, la idoneidad de esta política. El camarada Plejánov publicó en ese tiempo el artículo "¿Qué no hacer?", que fue —y sigue siendo— el único, por así decirlo, billete de entrada de los martovistas a la redacción. Las consignas: revisionismo (con el que se debe discutir, teniendo clemencia con el adversario) e individualismo anarquista (al que hay que mimar, matándolo con amabilidad) están impresas en ese billete con una cursiva impresionante. Adelante, señores, sean bienvenidos, yo los mataré con amabilidad: esto es lo que dice el camarada Plejánov con ese billete de invitación a sus nuevos colegas de redacción. Naturalmente, al Comité Central no le quedaba sino pronunciar su última palabra (ultimátum, eso significa precisamente: la última palabra sobre una paz posible) acerca de la medida de las concesiones prácticas al individualismo anarquista admisibles desde su punto de vista. O queréis la paz, y entonces he aquí un número determinado de puestecillos que demuestran nuestra suavidad, nuestro pacifismo, nuestra transigencia, etc. (no podemos dar más, garantizando la paz en el partido, paz no en el sentido de ausencia de disputas, sino en el de no destrucción del partido por el individualismo anarquista); tomad esos puestecillos y virad poco a poco de nuevo de Akímov a Plejánov. O queréis mantener y desarrollar vuestro punto de vista, virar definitivamente (aunque sólo sea en las cuestiones organizativas) hacia Akímov, convencer al partido de vuestra razón frente a Plejánov, entonces formad vuestro grupo literario, obtened representación en el congreso y empezad, mediante una lucha honrada, una polémica abierta, a conquistar la mayoría. Esta alternativa, planteada con toda claridad ante los martovistas en el ultimátum del Comité Central del 25 de noviembre de 1903 (véase "El estado de sitio" y el "Comentario a las actas de la Liga"[152]), se halla en plena correspondencia con mi carta y la de Plejánov del 6 de octubre de 1903 a los antiguos redactores: o irritación personal (y entonces se puede, en el peor de los casos, incluso "cooptar"), o divergencia de principios (y entonces primero hay que convencer al partido, y luego ya hablar de rehacer la composición personal de los centros). El Comité Central podía dejar la solución de este delicado dilema a los propios martovistas, tanto más cuanto que precisamente en ese tiempo el camarada Mártov escribía en su profession de foi[153] ("Una vez más en la minoría") las siguientes líneas:

"La minoría aspira a un solo honor: dar el primer ejemplo en la historia de nuestro partido de que se puede, habiendo resultado 'derrotados', no formar un nuevo partido. Esta posición de la minoría se deriva de todas sus concepciones sobre el desarrollo organizativo del partido, se deriva de la conciencia de su sólido vínculo con la labor partidaria anterior. La minoría no cree en la fuerza mística de las 'revoluciones de papel' y ve en la profunda fundamentación vital de sus aspiraciones la garantía de que, mediante la propaganda puramente ideológica dentro del partido, logrará el triunfo de sus principios organizativos". (La cursiva es mía.)

¡Qué palabras tan hermosas y orgullosas! Y qué amargo fue convencerse en la experiencia de que no eran más que palabras... Usted ya me disculpará, camarada Mártov, pero ahora reclamo en nombre de la mayoría esa "honra" que usted no mereció. Será realmente un honor grande, por el que vale la pena batallar, porque las tradiciones del espíritu de círculo nos han dejado en herencia escisiones extraordinariamente fáciles y una aplicación extraordinariamente celosa de la regla: o un puñetazo en los dientes, o a dar la manita.

En respuesta a la mención de la paz, se abrió fuego desde todas las baterías enemigas, incluido el Consejo. Los proyectiles cayeron en granizo. Autócrata, Schweitzer, burócrata, formalista, supercentrista, unilateral, rectilíneo, terco, estrecho de miras, suspicaz, intratable... ¡Muy bien, amigos míos! ¿Han terminado? ¿No les queda nada más en reserva? Pues vaya proyectiles más malos...

Ahora me toca a mí tomar la palabra. Veamos el contenido de las nuevas concepciones organizativas de la nueva "Iskra" y su relación con esa división de nuestro partido en "mayoría" y "minoría", cuyo verdadero carácter hemos mostrado mediante el análisis de los debates y votaciones del segundo congreso.