Escrito entre febrero y mayo de 1904.

Publicado en mayo de 1904 en Ginebra como libro independiente.

Se imprime según el texto del libro, cotejado con el manuscrito y el texto de la recopilación: Vl. Ilín. «En 12 años», 1907.

Portada del libro de V. I. Lenin «Un paso adelante, dos pasos atrás». – 1904 (Reducida).

Cuando se libra una lucha prolongada, tenaz y apasionada, al cabo de cierto tiempo empiezan por lo general a perfilarse los puntos de disputa centrales y fundamentales, de cuya solución depende el desenlace definitivo de la campaña y en comparación con los cuales van pasando cada vez más a segundo plano todos y cada uno de los episodios pequeños y mezquinos de la lucha.

Así ocurre también con nuestra lucha interna del partido, que desde hace ya medio año tiene clavada la atención de todos los miembros del partido. Y precisamente porque en el bosquejo de toda la lucha que ofrezco al lector he tenido que aludir a muchas minucias de interés insignificante y a muchas rencillas que en el fondo no tienen interés alguno, precisamente por eso quisiera desde el principio llamar la atención del lector sobre dos puntos realmente centrales, fundamentales, que entrañan un interés enorme, que tienen una indudable importancia histórica y son las cuestiones políticas más candentes en el orden del día de nuestro partido.

La primera de estas cuestiones es la de la significación política de la división de nuestro partido en «mayoría» y «minoría», división que se formó en el segundo congreso del partido y relegó muy a segundo plano todas las divisiones anteriores de los socialdemócratas rusos.

La segunda cuestión es la de la importancia de principio de la posición del nuevo «Iskra» en las cuestiones de organización, en la medida en que dicha posición es efectivamente de principio.

La primera cuestión es la del punto de partida de nuestra lucha de partido, su fuente, sus causas, su carácter político fundamental. La segunda cuestión es la de los resultados finales de esta lucha, su desenlace, el balance de principio que se obtiene sumando todo lo que pertenece a la esfera de los principios y restando todo lo que pertenece a la esfera de las rencillas. La primera cuestión se resuelve analizando la lucha en el congreso del partido; la segunda, analizando el nuevo contenido de principio del nuevo «Iskra». Uno y otro análisis, que constituyen el contenido de nueve décimas partes de mi folleto, llevan a la conclusión de que la «mayoría» es el ala revolucionaria y la «minoría» el ala oportunista de nuestro partido; las divergencias que separan actualmente a una y otra ala se reducen, en lo principal, no a cuestiones de programa ni de táctica, sino sólo a cuestiones de organización; el nuevo sistema de concepciones que se perfila tanto más claramente en el nuevo «Iskra» cuanto más se esfuerza éste en profundizar su posición y cuanto más se depura esta posición de las rencillas a causa de la cooptación, es el oportunismo en las cuestiones de organización.

El principal defecto de la literatura existente sobre nuestra crisis de partido es, en el terreno del estudio y la aclaración de los hechos, la ausencia casi total de un análisis de las actas del congreso del partido, y en el terreno del esclarecimiento de los principios fundamentales de la cuestión de organización, la ausencia de un análisis del nexo que indiscutiblemente existe entre el error fundamental de los camaradas Mártov y Axelrod en la formulación del párrafo primero de los estatutos y en su defensa de dicha formulación, por una parte, y todo el «sistema» (si es que aquí puede hablarse de sistema) de las actuales concepciones de principio del «Iskra» sobre la cuestión de organización. La actual redacción del «Iskra» al parecer ni siquiera advierte ese nexo, aunque la importancia de las discusiones sobre el párrafo primero ha sido señalada ya muchas y muchas veces en la literatura de la «mayoría». En el fondo, los camaradas Axelrod y Mártov lo único que hacen ahora es ahondar, desarrollar y ampliar su error inicial acerca del párrafo primero. En el fondo, ya en las discusiones sobre el párrafo primero empezó a perfilarse toda la posición de los oportunistas en la cuestión de organización: su defensa de una organización de partido difusa, no sólidamente cohesionada; su hostilidad a la idea (la idea «burocrática») de construir el partido de arriba abajo, partiendo del congreso del partido y de las instituciones creadas por él; su tendencia a ir de abajo arriba, permitiendo que se inscribieran como miembros del partido cualquier profesor, cualquier estudiante de bachillerato y «cada huelguista»; su hostilidad al «formalismo» que exige del miembro del partido la pertenencia a una de las organizaciones reconocidas por el partido; su propensión a la psicología del intelectual burgués, dispuesto sólo a «reconocer platónicamente las relaciones de organización»; su proclividad a las profundidades oportunistas y a las frases anarquistas; su tendencia al autonomismo contra el centralismo; en una palabra, todo aquello que ahora florece espléndidamente en el nuevo «Iskra», contribuyendo cada vez más a aclarar plena y palmariamente el error cometido en un principio.

En lo que se refiere a las actas del congreso del partido, la atención verdaderamente inmerecida que se les presta sólo puede explicarse por el atascamiento de nuestras disputas en rencillas y, quizá, también por la cantidad excesiva de verdad demasiado amarga que contienen esas actas. Las actas del congreso del partido ofrecen un cuadro único en su género, irremplazable por su exactitud, integridad, multilateralidad, riqueza y autenticidad, del verdadero estado de cosas en nuestro partido, un cuadro de concepciones, estados de ánimo y planes trazado por los propios participantes del movimiento, un cuadro de los matices políticos existentes dentro del partido, que muestra su fuerza relativa, sus relaciones mutuas y su lucha. Precisamente las actas del congreso del partido, y sólo estas actas, nos muestran en qué medida hemos logrado en realidad barrer todos los residuos de los viejos nexos puramente de círculo y sustituirlos por un nexo único y grande de partido. Todo miembro del partido, si desea participar conscientemente en los asuntos de su partido, está obligado a estudiar minuciosamente nuestro congreso del partido; exactamente: a estudiar, porque la simple lectura del montón de material en bruto que forman las actas no da aún la imagen del congreso. Sólo mediante un estudio minucioso e independiente se puede conseguir (y se debe conseguir) que los breves resúmenes de los discursos, los extractos áridos de los debates, las pequeñas escaramuzas en torno a pequeñas cuestiones (pequeñas en apariencia) se fundan en algo íntegro, que ante los miembros del partido surja, como viva, la figura de cada orador destacado, y se esclarezca toda la fisonomía política de cada grupo de delegados del congreso del partido. Quien escribe estas líneas considerará que su trabajo no ha sido en vano si logra dar siquiera un impulso al estudio amplio e independiente de las actas del congreso del partido.

Una palabra más en dirección a los adversarios de la socialdemocracia. Ellos se regocijan malévolamente y hacen muecas al observar nuestras disputas; tratarán, por supuesto, de arrancar para sus fines pasajes sueltos de mi folleto, dedicado a las insuficiencias y defectos de nuestro partido. Los socialdemócratas rusos ya están suficientemente fogueados en los combates como para no turbarse por esos pellizcos, para continuar, a despecho de ellos, su labor de autocrítica y de implacable desenmascaramiento de sus propias deficiencias, las cuales serán indudable e inevitablemente superadas por el crecimiento del movimiento obrero. ¡Y que los señores adversarios intenten presentarnos un cuadro del verdadero estado de cosas en sus «partidos» que se acerque siquiera de lejos al que ofrecen las actas de nuestro segundo congreso!

Mayo de 1904.

Hay un dicho según el cual cualquiera tiene derecho, durante 24 horas, a maldecir a sus jueces. Nuestro congreso del partido, como todo congreso de cualquier partido, fue también juez de algunas personas que pretendían ser dirigentes y que naufragaron. Ahora esos representantes de la "minoría", con una ingenuidad que llega a ser conmovedora, "mal dicen a sus jueces" y tratan por todos los medios de desacreditar al congreso, de disminuir su importancia y su autoridad. Quizá la expresión más palpable de esta tendencia la encontramos en el artículo de Práktik, en el nº 57 de *Iskra*, que se indigna ante la idea de la soberana "divinidad" del congreso. Éste es un rasgo tan característico de la nueva *Iskra* que no podemos pasarlo por alto. La redacción, compuesta en su mayoría de personas rechazadas por el congreso, por un lado sigue llamándose redacción "del partido" y, por otro, abre sus brazos a personas que afirman que el congreso no es una divinidad. Es simpático, ¿verdad? Sí, señores, el congreso, por supuesto, no es una divinidad, pero ¿qué se debe pensar de personas que empiezan a "denigrar" al congreso después de haber sufrido una derrota en él?

Recuerden, en efecto, los principales hechos de la historia de la preparación del congreso.

*Iskra*, desde el principio, en su anuncio de 1900[53], que precedió a la publicación del periódico, declaró que, antes de unirnos, teníamos que deslindarnos. *Iskra* se esforzó por convertir la conferencia de 1902{96} en una reunión privada, y no en un congreso del partido[54]. *Iskra* actuó con suma cautela en el verano y el otoño de 1902, renovando el Comité de Organización elegido en aquella conferencia. Por fin, la obra de deslinde terminó; terminó por reconocimiento común nuestro. El Comité de Organización se constituyó a fines de 1902. *Iskra* saluda su consolidación y declara, en el artículo de fondo del nº 32, que la convocatoria del congreso del partido es el asunto más urgente, de necesidad inaplazable[55]. Por lo tanto, lo que menos se nos puede reprochar es premura en cuanto a la convocatoria del II Congreso. Actuamos precisamente según la regla: siete veces mide, una vez corta; teníamos pleno derecho moral a confiar en que los camaradas, después de haber cortado, no se echarían a llorar y a volver a medir. El Comité de Organización elaboró un reglamento sumamente minucioso (formalista y burocrático, dirían las personas que ahora encubren con estas palabrejas su falta de carácter político) del II Congreso, hizo pasar este reglamento por todos los comités y, por fin, lo ratificó, estableciendo entre otras cosas en el § 18: "Todos los acuerdos del congreso y todas las elecciones efectuadas por él son decisiones del partido, obligatorias para todas las organizaciones del partido. Nadie, bajo ningún pretexto, puede impugnarlas, y sólo pueden ser anuladas o modificadas por el siguiente congreso del partido"[56]. ¿Verdad que son inocentes de por sí estas palabras, aceptadas en su día en silencio, como algo implícito, y qué extraño suena ahora, como una sentencia dictada contra la "minoría"? ¿Con qué fin se redactó semejante parágrafo? ¿Para cumplir una formalidad? Claro que no. Esa disposición parecía necesaria, y era realmente necesaria, pues el partido constaba de una serie de grupos disgregados e independientes, de los cuales cabía esperar el no reconocimiento del congreso. Esa disposición expresaba precisamente la buena voluntad de todos los revolucionarios (de la que tan a menudo y tan inoportunamente se habla ahora, calificando eufemísticamente con el término *bueno* lo que más merece el epíteto de *caprichoso*). Equivalía a la mutua palabra de honor que se dieron todos los socialdemócratas rusos. Debía garantizar que los inmensos trabajos, peligros y gastos relacionados con el congreso no se perderían en vano, que el congreso no se convertiría en una comedia. Calificaba de antemano toda desobediencia a las resoluciones y elecciones del congreso como una violación de la confianza.

¿De quién se burla, pues, la nueva *Iskra*, al hacer el nuevo descubrimiento de que el congreso no es una divinidad y sus resoluciones no son sagradas? ¿Contiene su descubrimiento "nuevas concepciones organizativas" o sólo nuevas tentativas de borrar viejas huellas?

## b) Importancia de las agrupaciones en el congreso

Así, pues, el congreso fue convocado tras la más minuciosa preparación, sobre las bases de una representatividad sumamente completa. El reconocimiento general de lo correcto de la composición del congreso y de la obligatoriedad incondicional de sus resoluciones halló expresión también en la declaración del presidente (pág. 54 de las actas), una vez constituido el congreso.

¿En qué consistía, pues, la tarea principal del congreso? En la creación de un partido real sobre aquellos principios programáticos y de organización que habían sido planteados y elaborados por *Iskra*. Que el congreso debía trabajar precisamente en ese sentido, era algo predeterminado por tres años de actividad de *Iskra* y por su reconocimiento por parte de la mayoría de los comités. El programa y la orientación de *Iskra* debían convertirse en el programa y la orientación del partido; los planes organizativos de *Iskra* debían verse consolidados en los Estatutos de organización del partido. Pero es obvio que semejante resultado no podía alcanzarse sin lucha: la plenitud de representación en el congreso aseguró la presencia en él tanto de aquellas organizaciones que sostenían una lucha resuelta contra *Iskra* (el Bund y *Rabócheie Dielo*), como de aquellas que, reconociendo de palabra a *Iskra* como órgano dirigente, de hecho perseguían sus propios planes particulares y se distinguían por su inestabilidad en materia de principios (el grupo de *Yuzhni Rabochi* y los delegados de algunos comités que se adherían a él). En estas condiciones, el congreso no podía por menos de convertirse en la palestra de la lucha por la victoria de la orientación de *Iskra*. Que el congreso fue en realidad esa lucha, lo verá claro de inmediato cualquiera que lea con cierta atención sus actas. Nuestra tarea ahora consiste en seguir detalladamente las principales agrupaciones que se manifestaron en las distintas cuestiones del congreso y reconstruir, según los datos precisos de las actas, la fisonomía política de cada uno de los grupos fundamentales del congreso. ¿Qué representaban exactamente esos grupos, esas tendencias y esos matices que habrían de fundirse en el congreso, bajo la dirección de *Iskra*, en un partido único? He ahí lo que debemos mostrar mediante el análisis de los debates y de las votaciones. El esclarecimiento de esta circunstancia tiene importancia cardinal tanto para el estudio de lo que son en realidad nuestros socialdemócratas, como para la comprensión de las causas de la divergencia. He ahí por qué en mi intervención en el congreso de la Liga y en mi carta a la redacción de la nueva *Iskra* puse en primer plano precisamente el análisis de las distintas agrupaciones[57]. Mis oponentes de los representantes de la "minoría" (y Mártov a la cabeza de ellos) no comprendieron en absoluto la esencia del problema. En el congreso de la Liga se limitaron a enmiendas parciales, "justificándose" de la acusación de giro hacia el oportunismo que se había lanzado contra ellos, y sin intentar siquiera trazar, en contraposición a mí, algún otro cuadro de las agrupaciones en el congreso. Ahora en *Iskra* (nº 56), Mártov intenta presentar todas las tentativas de delimitar con precisión los diversos grupos políticos en el congreso como simple "politiquería de círculo". ¡Qué fuerte lo dice, camarada Mártov! Pero las palabras fuertes de la nueva *Iskra* tienen una propiedad original: basta con reproducir con exactitud todas las peripecias de la divergencia, empezando por el congreso, y todas esas palabras fuertes se vuelven íntegramente y ante todo contra la actual redacción. ¡Mírense a sí mismos, señores que se llaman redactores del partido y que plantean la cuestión de la politiquería de círculo!

A Mártox le resultan ahora tan desagradables los hechos de nuestra lucha en el congreso que intenta ocultarlos por completo. «Un iskrista —dice— es aquel que, en el congreso del partido y antes de él, expresó su plena solidaridad con Iskra, defendió su programa y sus concepciones organizativas y apoyó su política organizativa. En el congreso había más de cuarenta iskristas de este tipo: esa fue la cantidad de votos emitidos a favor del programa de Iskra y de la resolución sobre el reconocimiento de Iskra como Órgano Central del partido.» Abran las actas del congreso y verán que el programa fue aprobado por todos (pág. 233), salvo la abstención de Akímov. ¡El camarada Mártox quiere convencernos así de que tanto los bundistas como Brúker y Martínov demostraron su «plena solidaridad» con Iskra y defendieron sus concepciones organizativas! Es ridículo. La transformación, después del congreso, de todos sus participantes en miembros del partido con iguales derechos (y ni siquiera de todos, pues los bundistas se fueron) se confunde aquí con aquella agrupación que provocó la lucha en el congreso. ¡El estudio de los elementos que conformaron después del congreso la «mayoría» y la «minoría» se sustituye con la frase oficial: reconocieron el programa!

Fíjense en la votación sobre el reconocimiento de Iskra como Órgano Central. Verán que precisamente Martínov, a quien el camarada Mártox, con una audacia digna de mejor causa, atribuye ahora la defensa de las concepciones organizativas y la política organizativa de Iskra, insiste en separar las dos partes de la resolución: el mero reconocimiento de Iskra como Órgano Central y el reconocimiento de sus méritos. En la primera parte de la resolución (reconocimiento de los méritos de Iskra, expresión de solidaridad con ella) se emitieron solo 35 votos a favor, dos en contra (Akímov y Brúker) y once abstenciones (Martínov, los cinco bundistas y los cinco votos de la redacción: dos míos y el de Mártox y uno de Plejánov). Por consiguiente, el grupo antiiskrista (cinco bundistas y tres «rabochedeltsi») se perfila con total claridad también aquí, en este ejemplo, el más favorable para las actuales opiniones de Mártox y escogido por él mismo. Fíjense en la votación de la segunda parte de la resolución, el reconocimiento de Iskra como Órgano Central sin motivación alguna y sin expresión de solidaridad (página 147 de las actas): se emitieron 44 votos a favor, que el Mártox actual cuenta entre los iskristas. El total era de 51 votos; descontando los cinco votos de los redactores que se abstuvieron, quedan 46; dos votaron en contra (Akímov y Brúker); por tanto, los 44 restantes incluyen a los cinco bundistas. Así pues, los bundistas «expresaron su plena solidaridad con Iskra» en el congreso: ¡así escribe la historia oficial la Iskra oficial! Anticipándonos, explicaremos al lector los verdaderos motivos de esta verdad oficial: la actual redacción de Iskra podría haber sido, y habría sido de hecho, una redacción del partido (y no quasi-partidista, como ahora) si los bundistas y los «rabochedeltsi» no se hubieran ido del congreso; he ahí por qué había que elevar a estos fidelísimos guardianes de la actual y mal llamada redacción del partido a la categoría de «iskristas». Pero de esto hablaremos en detalle más adelante.

Se pregunta, además: si el congreso representaba una lucha entre elementos iskristas y antiiskristas, ¿no había acaso elementos intermedios, inestables, que vacilaban entre unos y otros? Cualquiera medianamente familiarizado con nuestro partido y con la fisonomía habitual de cualquier congreso se inclinará a priori a responder afirmativamente a esta pregunta. Al camarada Mártox le desagrada mucho ahora recordar esos elementos inestables, y presenta al grupo de «Rabochi del Sur» con los delegados que gravitaban hacia él como típicos iskristas, y nuestras divergencias con ellos las califica de insignificantes y nimias. Afortunadamente, ahora tenemos ante nosotros el texto completo de las actas, y podemos resolver esta cuestión —una cuestión de hechos, por supuesto— basándonos en datos documentales. Lo que hemos dicho más arriba sobre la agrupación general en el congreso, desde luego, no pretende resolver esta cuestión, sino solo plantearla correctamente.

Sin un análisis de las agrupaciones políticas, sin una imagen del congreso como lucha de determinados matices, no se puede comprender nada en nuestras divergencias. El intento de Mártox de emborronar la diferencia de matices incluyendo incluso a los bundistas entre los iskristas es una simple evasión del problema. A priori ya, basándose en la historia de la socialdemocracia rusa antes del congreso, se perfilan (para su posterior verificación y estudio detallado) tres grupos principales: los iskristas, los antiiskristas y los elementos inestables, vacilantes, fluctuantes.

## c) Comienzo del congreso. — Incidente con el comité organizador

El análisis de los debates y las votaciones en el congreso es más cómodo realizarlo en el orden de las sesiones del congreso, para ir señalando consecutivamente los matices políticos que se perfilan cada vez más. Solo cuando sea absolutamente necesario se harán excepciones al orden cronológico para examinar conjuntamente cuestiones estrechamente vinculadas o agrupaciones homogéneas. En aras de la imparcialidad, procuraremos señalar todas las votaciones principales, omitiendo, por supuesto, la multitud de votaciones sobre minucias que ocuparon una cantidad desmesurada de tiempo en nuestro congreso (en parte por nuestra inexperiencia y la incapacidad de distribuir el material entre las sesiones de las comisiones y las plenarias, en parte por dilaciones que rayaban en la obstrucción).

La primera cuestión que suscitó debates que empiezan a revelar la diferencia de matices fue la cuestión de colocar en primer lugar (en el «orden del día» del congreso) el punto: «la posición del Bund en el partido» (págs. 29-33 de las actas). Desde el punto de vista iskrista, que defendíamos Plejánov, Mártox, Trotski y yo, no podía haber ninguna duda al respecto. La salida del Bund del partido demostró palpablemente lo acertado de nuestras consideraciones: si el Bund no quería marchar junto con nosotros y reconocer los principios organizativos que compartía, junto con Iskra, la mayoría del partido, era inútil y absurdo «hacer como» que marchábamos juntos, y solo serviría para alargar el congreso (como lo alargaron los bundistas). La cuestión ya había sido aclarada del todo en la literatura, y para cualquier miembro del partido medianamente reflexivo era evidente que solo quedaba plantear abiertamente la cuestión y elegir de manera directa y honrada: autonomía (marchamos juntos) o federación (nos separamos).

Esquivos en toda su política, los bundistas quisieron esquivarse también en esto, posponiendo la cuestión. A ellos se une el camarada Akímov, quien plantea de inmediato, visiblemente en nombre de todos los partidarios de «Rabócheie Delo», las divergencias organizativas con Iskra (pág. 31 de las actas). Del lado del Bund y de «Rabócheie Delo» se pone el camarada Májov (los dos votos del comité de Nikoláiev, ¡que poco antes había expresado su solidaridad con Iskra!). Para el camarada Májov la cuestión es totalmente confusa, y considera como «punto doloroso» también «la cuestión del dispositivo democrático o, por el contrario (¡fíjense en esto!), del centralismo»; exactamente igual que la mayoría de nuestra actual redacción «partidista», ¡que en el congreso aún no se había percatado de ese «punto doloroso»!

Así pues, contra los iskristas se alzan el Bund, "Rabócheie Dielo" y el camarada Májov, que suman justamente los diez votos que se emitieron contra nosotros (pág. 33). A favor se emitieron 30 votos, cifra alrededor de la cual, como veremos más adelante, oscilan con frecuencia los votos de los iskristas. Once votos, resulta, se abstuvieron, sin ponerse, al parecer, del lado de ninguno de los dos "partidos" en lucha. Es interesante señalar que cuando votamos el § 2 de los estatutos del Bund (el rechazo de este § 2 provocó la salida del Bund del partido), los que votaron a favor del § 2 y se abstuvieron sumaron también diez votos (pág. 289 de las actas), y precisamente se abstuvieron tres partidarios de Rabócheie Dielo (Brúker, Martýnov y Akímov) y el camarada Májov. Es evidente que la votación sobre la cuestión del lugar del asunto del Bund no dio una agrupación casual. Es evidente que todos estos camaradas discrepaban con "Iskra" no solo en la cuestión técnica del orden del debate, sino también en lo esencial. Por parte de "Rabócheie Dielo", esta discrepancia de fondo es clara para todos, y el camarada Májov caracterizó de manera inigualable su actitud en su discurso con motivo de la salida del Bund (págs. 289-290 de las actas). Vale la pena detenerse en este discurso. El camarada Májov dice que después de la resolución que rechazó la federación, "la cuestión del lugar del Bund en el POSDR, para él, de cuestión de principio se convertía en cuestión de política real respecto a una organización nacional históricamente formada; aquí yo", continúa el orador, "no podía dejar de considerar todas las consecuencias que podrían derivarse de nuestra votación, y por eso habría votado a favor del punto segundo en su totalidad". El camarada Májov ha asimilado perfectamente el espíritu de la "política real": en principio él ya ha rechazado la federación, ¡y por eso, en la práctica, habría votado a favor de un punto de los estatutos que establece esa federación! Y este camarada "práctico" explica su posición, profundamente principista, con las siguientes palabras: "Pero (¡el famoso `pero' de Schedrín!), como mi voto, de un modo u otro, tenía solo un carácter de principio (¡!) y no podía tener un carácter práctico, en vista de la votación casi unánime de todos los demás participantes del congreso, preferí abstenerme en la votación para, en principio"... (¡líbranos, Señor, de semejante `principismo'!)... "matizar la diferencia de mi posición en este caso de la posición defendida por los delegados del Bund que votaron a favor del punto. Por el contrario, habría votado a favor de este punto si los delegados del Bund se hubieran abstenido de votarlo, en lo que ellos previamente insistían". ¡Entienda quien pueda! Un hombre de principios se abstiene de decir en voz alta: sí, porque es prácticamente inútil cuando todos dicen: no.

Después de la votación sobre la cuestión del lugar del asunto del Bund, surgió en el congreso la cuestión del grupo "Borbá", que condujo también a una agrupación sumamente interesante y estrechamente vinculada con la cuestión más "dolorosa" del congreso, la cuestión de la composición personal de los centros. La comisión para determinar la composición del congreso se pronuncia contra la invitación del grupo "Borbá", de acuerdo con la doble decisión del Comité de Organización (véanse págs. 383 y 375 de las actas) y el informe de sus representantes en la comisión (pág. 35). El camarada Egórov, miembro del CO, declara que "la cuestión de 'Borbá' (obsérvese: de 'Borbá', y no de uno u otro de sus miembros) es nueva para él", y pide un receso. Cómo pudo ser nueva para un miembro del CO una cuestión resuelta dos veces por el CO, sigue siendo un misterio insondable. Durante el receso, tiene lugar una reunión del CO (pág. 40 de las actas) en aquella composición que casualmente se encontraba en el congreso (varios miembros del CO de los antiguos miembros de la organización "Iskra" estaban ausentes del congreso)[60]. Comienzan los debates sobre "Borbá". Los de Rabócheie Dielo se pronuncian a favor (Martýnov, Akímov y Brúker, págs. 36-38). Los iskristas (Pávlovich, Sorokin, Lange, Trotski, Mártov y otros), en contra. El congreso se divide de nuevo en la agrupación ya conocida. Se entabla una lucha tenaz por "Borbá", y el camarada Mártov interviene con un discurso particularmente detallado (pág. 38) y "combativo", en el que señala con razón la "desigualdad de representación" de los grupos rusos y del extranjero, que no sería "bueno" en absoluto dar a un grupo del extranjero un "privilegio" (palabras de oro, ¡especialmente instructivas ahora, desde el punto de vista de los acontecimientos posteriores al congreso!), que no se debe fomentar el "caos organizativo en el partido, que se caracterizaba por un fraccionamiento no provocado por ninguna consideración de principio" (¡no al ojo, sino a la pupila... de la "minoría" de nuestro congreso del partido!). Aparte de los partidarios de "Rabócheie Dielo", nadie se manifiesta abierta y motivadamente a favor de "Borbá" hasta el cierre de la lista de oradores (pág. 40): hay que hacer justicia al camarada Akímov y a sus amigos, al menos no vacilaron ni se ocultaron, sino que mantuvieron abiertamente su línea, dijeron abiertamente lo que querían.

Después del cierre de la lista de oradores, cuando ya no es posible pronunciarse sobre el fondo, el camarada Egórov "exige insistentemente que se escuche la resolución del CO, adoptada en este momento". No es de extrañar que los miembros del congreso se indignen con tal proceder, y el camarada Plejánov, como presidente, exprese su "perplejidad, cómo puede el camarada Egórov insistir en su exigencia". Parecería que una de dos: o pronunciarse abierta y claramente sobre el fondo de la cuestión ante todo el congreso, o no pronunciarse en absoluto. Pero dejar cerrar la lista de oradores y luego, bajo el pretexto de "última palabra", presentar al congreso una nueva resolución del CO, precisamente sobre la cuestión debatida, ¡equivale a un golpe por la espalda!

La sesión se reanuda después del almuerzo, y la mesa, que continúa perpleja, decide apartarse de la "formalidad" y recurrir al último medio, empleado en los congresos solo en casos extremos, de la "explicación camaraderil". El representante del CO, Popov, comunica la resolución del CO, adoptada por todos sus miembros contra uno, Pávlovich (pág. 43), y que propone al congreso invitar a Riazánov.

Pávlovich declara que negaba y sigue negando la legalidad de la reunión del CO, que la nueva disposición del CO «contradice su anterior resolución». La declaración provoca una tormenta. El camarada Yegórov, también miembro del CO y del grupo «Yuzhni Rabochi», elude la respuesta sustancial y quiere trasladar el centro de gravedad a la cuestión de la disciplina. El camarada Pávlovich habría infringido la disciplina del partido (!), pues el CO, tras discutir la protesta de Pávlovich, decidió «no poner en conocimiento del congreso la opinión particular de Pávlovich». Los debates se trasladan a la cuestión de la disciplina del partido, y Plejánov, en medio de estruendosos aplausos del congreso, explica edificantemente al camarada Yegórov que «entre nosotros no existen los mandatos imperativos» (pág. 42; compárese con la pág. 379, reglamento del congreso, § 7: «Los delegados no deben estar limitados en sus poderes por mandatos imperativos. En el ejercicio de sus poderes son completamente libres e independientes»). «El congreso es la instancia suprema del partido», y, por consiguiente, quien de algún modo obstaculice la apelación directa de cualquier delegado al congreso sobre todos los asuntos de la vida del partido, sin excepción ni reserva alguna, es precisamente quien infringe la disciplina del partido y el reglamento del congreso. La cuestión litigiosa se reduce, pues, al dilema: ¿círculismo o espíritu de partido? ¿Restricción de los derechos de los delegados al congreso en nombre de supuestos derechos o estatutos de diversos colegios y círculos, o disolución completa, no de palabra, sino de hecho, de todas las instancias inferiores y de los viejos grupitos ante el congreso, en espera de la creación de organismos del partido verdaderamente oficiales? El lector ya ve por esto qué enorme importancia de principio tenía esta polémica en los comienzos mismos del congreso (tercera sesión), que se había fijado como objetivo restaurar efectivamente el partido. En esta polémica se concentró, por así decirlo, el conflicto de los viejos círculos y grupitos (como «Yuzhni Rabochi») con el partido renaciente. Y los grupos antiiskristas se manifiestan de inmediato: el bundista Abramson, el camarada Martýnov, ardiente aliado de la actual redacción de «Iskra», y nuestro conocido camarada Májov, todos ellos se pronuncian en favor de Yegórov y del grupo «Yuzhni Rabochi», contra Pávlovich. El camarada Martýnov, que ahora rivaliza con Mártov y Axelrod alardeando de «democratismo» organizativo, rememora incluso… ¡al ejército, donde sólo se puede apelar a la instancia superior a través de la inferior! El verdadero sentido de esta «compacta» oposición antiiskrista estaba completamente claro para cualquiera que hubiese asistido al congreso o hubiese seguido atentamente la historia interna de nuestro partido antes del congreso. La tarea de la oposición (quizás ni siquiera siempre consciente en todos sus representantes, sino a veces defendida por inercia) consistía en salvaguardar la independencia, la particularidad, los intereses parroquiales de los grupitos, de su absorción por el amplio partido que se fundaba sobre los principios de «Iskra».

Precisamente desde este punto de vista abordó la cuestión también el camarada Mártov, que aún no había tenido tiempo de unirse con Martýnov. El camarada Mártov se rebela decididamente, y con razón, contra quienes, «en la idea de la disciplina del partido, no van más allá de los deberes del revolucionario para con el grupito de orden inferior al que pertenece». «Ningún agrupamiento forzoso (subrayado de Mártov) es admisible dentro de un partido único», explica Mártov a los paladines del círculismo, sin prever cómo flagela con estas palabras su propia conducta política al final del congreso y después del mismo… El agrupamiento forzoso no es admisible para el CO, pero sí lo es plenamente para la redacción. Mártov condena el agrupamiento forzoso cuando mira desde el centro, y lo defiende desde el preciso instante en que se muestra descontento con la composición del centro…

Es interesante señalar que el camarada Mártov, en su discurso, subrayó especialmente, además del «enorme error» del camarada Yegórov, la inestabilidad política del CO, puesta de manifiesto. «En nombre del CO —se indignaba Mártov, con razón—, se ha presentado una propuesta que contradice el informe de la comisión (fundado, añadamos por nuestra parte, en el informe de los miembros del CO: pág. 43, palabras de Koltsov) y las anteriores propuestas del CO» (subrayado mío). Como puede verse, Mártov comprendía claramente entonces, antes de su «viraje», que la sustitución de «Borba» por Riazánov no elimina en absoluto la contradictoriedad y la vacilación extremas de las acciones del CO (por las actas del congreso de la Liga, pág. 57, los miembros del partido pueden saber cómo se presentaba el asunto a Mártov después de su viraje). Mártov no se limitó entonces al examen de la cuestión de la disciplina; preguntó directamente también al CO: «¿qué ha ocurrido de nuevo para hacer necesaria la remodelación?» (subrayado mío). En efecto, el CO, al presentar su propuesta, no tuvo siquiera el valor suficiente para defender su opinión abiertamente, como la defendían Akímov y otros. Mártov refuta esto (Actas de la Liga, pág. 56), pero los lectores de las actas del congreso verán que Mártov se equivoca. Popov, que presenta la propuesta en nombre del CO, no dice ni una palabra sobre los motivos (pág. 41 de las actas del congreso del partido). Yegórov desplaza la cuestión al punto sobre la disciplina, y sustancialmente se limita a decir: «al CO pudieron ocurrírsele nuevas consideraciones»… (pero ¿se le ocurrieron y cuáles? —no se sabe)… «pudo haberse olvidado de incluir a alguien, etc.» (Este «etc.» es el único refugio del orador, pues el CO no podía haber olvidado la cuestión de «Borba», que discutió dos veces antes del congreso y una vez ante la comisión). «El CO tomó esta decisión no porque hubiera cambiado su actitud hacia el grupo “Borba”, sino porque quiere eliminar las piedras superfluas del camino de la futura organización central del partido en los primeros pasos de su actividad». Esto no es una argumentación, sino precisamente una evasión de la argumentación. Todo socialdemócrata sincero (y no admitimos ni la sombra de duda sobre la sinceridad de ninguno de los participantes en el congreso) se preocupa por eliminar lo que considera un escollo, por eliminarlo con los medios que estima convenientes. Argumentar significa explicar y exponer con precisión el propio punto de vista sobre las cosas, y no salir del paso con una perogrullada. Y no se habría podido argumentar sin «cambiar la actitud hacia “Borba”», porque las anteriores resoluciones opuestas del CO también se preocupaban de eliminar escollos, pero veían estos «escollos» precisamente en lo contrario. El camarada Mártov arremetió también de manera sumamente dura y sumamente fundada contra este argumento, calificándolo de «mezquino» y originado por el deseo de «salir del paso con excusas», y aconsejó al CO que «no tuviera miedo de lo que diga la gente». Con estas palabras, el camarada Mártov caracterizó magníficamente la esencia y el sentido del matiz político que desempeñó un papel enorme en el congreso y que se distingue precisamente por la falta de autonomía, la mezquindad, la carencia de línea propia, el miedo a lo que diga la gente, la eterna vacilación entre ambas partes definidas y el miedo a exponer abiertamente su credo; en una palabra, el «pantanismo».

Esta falta de carácter político del grupo inestable llevó, entre otras cosas, a que nadie, aparte del bundista Yudin (pág. 53), presentase al congreso ninguna resolución sobre la invitación a uno de los miembros del grupo «Borba». Votaron a favor de la resolución de Yudin cinco votos: evidentemente, todos los bundistas: ¡los elementos vacilantes, una vez más, dieron un bandazo! La magnitud aproximada del número de votos del grupo intermedio la mostraron las votaciones de las resoluciones de Koltsov y Yudin sobre esta cuestión: por el iskrista hubo 32 votos (pág. 47); por el bundista, 16, es decir, además de ocho votos antiiskristas, dos votos del camarada Májov (cf. pág. 46), cuatro votos de los miembros del grupo «Yuzhni Rabochi» y otros dos votos. Demostraremos a continuación que esta distribución no puede, en modo alguno, considerarse casual, pero antes señalemos brevemente la opinión actual de Mártov sobre este incidente con el CO. Mártov afirmaba en la Liga que «Pávlovich y otros inflamaban las pasiones». Basta consultar las actas del congreso para ver que los discursos más detallados, fogosos y duros contra «Borba» y el CO pertenecen al propio Mártov. Intentando echar la «culpa» sobre Pávlovich, no hace más que demostrar su inestabilidad: antes del congreso, elegía precisamente a Pávlovich como séptimo miembro de la redacción; en el congreso, se adhería plenamente a Pávlovich (pág. 44) contra Yegórov, y después, tras sufrir una derrota por parte de Pávlovich, empieza a acusarlo de «inflamar las pasiones». Esto es sencillamente ridículo.

En Iskra (núm. 56), Mártov ironiza sobre el hecho de que se conceda una importancia crucial a la cuestión de invitar a X o a Z. Esta ironía se vuelve de nuevo contra Mártov, pues fue precisamente el incidente del Comité Organizador el que sirvió de trama para los debates sobre una cuestión tan «importante» como la de invitar a X o a Z al Comité Central y al Órgano Central. No está bien esto de medir con un rasero doble, según que el asunto se refiera a su «grupo de orden inferior» (con respecto al partido) o al ajeno. Esto es precisamente filisteísmo y espíritu de círculo, y no una actitud de partido hacia el asunto. La simple comparación del discurso de Mártov en la Liga (pág. 57) con el del Congreso (pág. 44) lo demuestra de sobra. «No comprendo —dijo Mártov, entre otras cosas, en la Liga— cómo hay gente que se las arregla al mismo tiempo para llamarse a toda costa iskristas y… avergonzarse de ser iskristas». Extraña incomprensión de la diferencia entre «llamarse» y «ser», entre la palabra y el hecho. El propio Mártov se declaró en el Congreso adversario de las agrupaciones forzosas, ¡y después del Congreso fue partidario de ellas…!

d) La disolución del grupo «Rabóchee Delo del Sur»
La distribución de los delegados en la cuestión del Comité Organizador podría parecer, quizá, casual. Pero tal opinión sería errónea, y para desecharla, nos apartaremos del orden cronológico y examinaremos ahora mismo un incidente que tuvo lugar al final del Congreso, pero que está ligado de la manera más estrecha con el anterior. Este incidente es la disolución del grupo «Rabóchee Delo del Sur». Contra las tendencias organizativas de Iskra —la completa cohesión de las fuerzas del partido y la eliminación del caos que dispersa las fuerzas— se alzaron aquí los intereses de uno de los grupos que realizaba una labor útil en ausencia de un verdadero partido, y que resultaba superfluo con una organización centralizada del trabajo. En nombre de los intereses del círculo, el grupo «Rabóchee Delo del Sur», con no menor derecho que la vieja redacción de Iskra, podía aspirar a la conservación de la «continuidad» y a su inviolabilidad. En nombre de los intereses del partido, este grupo debía someterse al traslado de sus fuerzas a las «organizaciones correspondientes del partido» (pág. 313, final de la resolución aprobada por el Congreso). Desde el punto de vista de los intereses del círculo y del «filisteísmo», no podía por menos de parecer «delicada» (expresión del camarada Rúsov y del camarada Deich) la disolución de un grupo útil, que no lo deseaba, como tampoco lo deseaba la vieja redacción de Iskra. Desde el punto de vista de los intereses del partido, era necesaria la disolución, la «disolución» (expresión de Gúsev) en el partido. El grupo «Rabóchee Delo del Sur» declaró abiertamente que «no consideraba necesario» declararse disuelto y exigía que «el Congreso manifestase decididamente su opinión», y además «inmediatamente: sí o no». ¡El grupo «Rabóchee Delo del Sur» se remitía abiertamente a esa misma «continuidad» a la que empezó a apelar la vieja redacción de Iskra… después de su disolución! «Aunque todos nosotros, individualmente, constituimos un partido único —dijo el camarada Egórov—, éste se compone, no obstante, de toda una serie de organizaciones con las que hay que contar como con magnitudes históricas… Si una organización semejante no es perjudicial para el partido, no hay por qué disolverla».

De este modo, una importante cuestión de principio fue planteada de manera completamente definida, y todos los iskristas —en tanto que los intereses de su propio espíritu de círculo no habían aflorado aún— se alzaron resueltamente contra los elementos inestables (los bundistas y dos de los partidarios de Rabóchee Delo ya no estaban en el Congreso en ese momento; indudablemente, habrían defendido a ultranza la necesidad de «contar con las magnitudes históricas»). La votación dio 31 a favor, cinco en contra y cinco abstenciones (cuatro votos de los miembros del grupo «Rabóchee Delo del Sur» y uno más, probablemente el de Bélov, a juzgar por sus declaraciones anteriores, pág. 308). El grupo de diez votos, que se mostraba rotundamente negativo hacia el plan organizativo consecuente de Iskra y defendía el espíritu de círculo contra el espíritu de partido, se perfila con plena nitidez. En los debates, los iskristas plantean esta cuestión precisamente desde un punto de vista de principio (véase el discurso de Lange, pág. 315), pronunciándose contra los métodos artesanales y la dispersión, negándose a contar con las «simpatías» de organizaciones particulares y diciendo abiertamente que «si los camaradas de «Rabóchee Delo del Sur» hubieran mantenido antes un punto de vista más de principio, hace un año o dos, la unificación del partido y el triunfo de los principios del programa que hemos sancionado aquí se habrían alcanzado antes». En este espíritu se pronuncian también Orlov, Gúsev, Liádov, Muraviov, Rúsov, Pávlovich, Glebov y Gorin. Los iskristas de la «minoría» no sólo no se alzan contra estas indicaciones concretas, planteadas reiteradamente en el Congreso, sobre la política y la «línea» insuficientemente de principio de «Rabóchee Delo del Sur», Májov y otros, no sólo no hacen ninguna salvedad al respecto, sino que, al contrario, en la persona de Deich, se suman resueltamente a ellas, condenando el «caos» y saludando «el planteamiento directo de la cuestión» (pág. 315) por parte del mismo camarada Rúsov, quien en esa misma sesión tuvo —¡oh, horror!— la osadía de «plantear directamente» también la cuestión de la vieja redacción en un terreno puramente partidista (pág. 325).

Por parte del grupo «Rabóchee Delo del Sur», la cuestión de su disolución provocó una indignación terrible, cuyas huellas están también en las actas (no hay que olvidar que las actas ofrecen sólo un pálido cuadro de los debates, pues en lugar de discursos completos, presentan los resúmenes y extractos más concisos). El camarada Egórov calificó incluso de «mentira» la simple mención del nombre del grupo «Mysl Rabóchaya» junto al de «Rabóchee Delo del Sur», muestra característica de la actitud hacia el economismo consecuente que predominaba en el Congreso. Incluso mucho más tarde, en la 37ª sesión, Egórov habla de la disolución de «Rabóchee Delo del Sur» con grandísima irritación (pág. 356), pidiendo que se hiciera constar en acta que, durante la discusión de la cuestión sobre «Rabóchee Delo del Sur», a los miembros de este grupo no se les preguntó ni por los medios para la publicación ni por el control del Órgano Central y del Comité Central. El camarada Popov, durante los debates sobre «Rabóchee Delo del Sur», hace alusión a una mayoría compacta que, al parecer, había prejuzgado la cuestión sobre este grupo. «Ahora —dice (pág. 316)—, después de los discursos de los camaradas Gúsev y Orlov, todo está claro». El sentido de estas palabras es indudable: ahora, cuando los iskristas se han pronunciado y han propuesto una resolución, todo está claro, es decir, está claro que «Rabóchee Delo del Sur» será disuelto, en contra de su voluntad. El representante de «Rabóchee Delo del Sur» separa aquí él mismo a los iskristas (y además a iskristas como Gúsev y Orlov) de sus partidarios, como representantes de distintas «líneas» de política organizativa. Y cuando la actual Iskra presenta al grupo «Rabóchee Delo del Sur» (¿y también, probablemente, a Májov?) como «iskristas típicos», esto sólo muestra palpablemente el olvido de los acontecimientos más relevantes (desde el punto de vista de este grupo) del Congreso y el deseo de la nueva redacción de borrar las huellas que indican de qué elementos se formó la llamada «minoría».

Por desgracia, en el Congreso no se planteó la cuestión del órgano popular. Todos los iskristas discutieron esta cuestión de manera sumamente animada, tanto antes del Congreso como durante el mismo, fuera de las sesiones, coincidiendo en que, en el momento actual de la vida del partido, emprender la publicación de tal órgano o convertir en él uno de los existentes era extremadamente irracional. Los antiiskristas se pronunciaron en el Congreso en sentido opuesto, y el grupo «Rabóchee Delo del Sur» también lo hizo en su informe, y sólo por casualidad o por no querer plantear una cuestión «sin esperanza» se explica que no se presentara una resolución correspondiente firmada por diez personas.

## e) El incidente de la igualdad de lenguas

Volvamos al orden de las sesiones del Congreso.

Ahora nos hemos convencido de que, incluso antes de pasar a la discusión de las cuestiones de fondo, en el Congreso se perfiló claramente no sólo un grupo completamente definido de antiiskristas (8 votos), sino también un grupo de elementos intermedios, inestables, dispuestos a apoyar a ese octeto y a aumentarlo aproximadamente hasta los 16-18 votos.

La cuestión del lugar del Bund en el partido, que fue discutida en el Congreso de manera extraordinariamente, excesivamente detallada, se redujo a la decisión de la tesis de principio, mientras que la solución práctica fue aplazada hasta la discusión de las relaciones organizativas. En vista de que en la literatura anterior al Congreso se había dedicado bastante espacio a explicar los temas relacionados con esto, la discusión en el Congreso dio comparativamente poco de nuevo. No se puede dejar de observar tan sólo que los partidarios de «Rabóchee Delo» (Martýnov, Akímov y Brukère), estando de acuerdo con la resolución de Mártov, hacían la salvedad de que la reconocían como insuficiente y discrepaban en sus conclusiones de ella (págs. 69, 73, 83, 86).

De la cuestión del lugar del Bund, el congreso pasó al programa. Los debates giraron aquí, en su mayor parte, en torno a enmiendas particulares de poco interés. En principio, la oposición de los antiiskristas se expresó únicamente en la campaña del camarada Martýnov contra la famosa formulación de la cuestión de la espontaneidad y la conciencia. A Martýnov se sumaron, por supuesto, los bundistas y los adeptos de Rábocheie Dielo en pleno. La inconsistencia de sus objeciones fue demostrada, entre otros, por Mártox y Plejánov. Como curiosidad, cabe señalar que ahora la redacción de «Iskra» (tras reflexionar, al parecer) se ha pasado al lado de Martýnov y dice lo contrario de lo que dijo en el congreso.{98} Sin duda, esto corresponde al famoso principio de la «continuidad»… Solo queda esperar a que la redacción se aclare por completo y nos explique en qué medida exactamente está de acuerdo con Martýnov, en qué exactamente y desde qué momento exacto. Mientras esperamos, nos limitaremos a preguntar: ¿se ha visto en alguna parte un órgano del partido cuya redacción haya empezado a decir, después del congreso, justo lo contrario de lo que dijo en el congreso?

Dejando de lado los debates sobre el reconocimiento de «Iskra» como Órgano Central (ya los hemos abordado más arriba) y el comienzo de las discusiones sobre los estatutos (será más conveniente examinarlas en relación con todo el debate sobre los estatutos), pasemos a los matices de principio que se manifestaron durante la discusión del programa. Señalemos, ante todo, un detalle de carácter sumamente emblemático: los debates sobre la cuestión de la representación proporcional. El camarada Egórov, de «Yuzhni Rabochi», defendió su inclusión en el programa, y lo hizo de tal modo que provocó la justa observación de Posadovski (iskrista de la minoría) sobre una «seria divergencia». «Es indudable —dijo el camarada Posadovski— que discrepamos en la siguiente cuestión fundamental: ¿es necesario subordinar nuestra política futura a tal o cual principio democrático básico, reconociendo en ellos un valor absoluto, o bien todos los principios democráticos deben subordinarse exclusivamente a las ventajas de nuestro partido? Me pronuncio resueltamente por esto último». Plejánov se «adhiere plenamente» a Posadovski, alzándose en términos aún más definidos y contundentes contra el «valor absoluto de los principios democráticos», contra su consideración «abstracta». «Hipotéticamente es concebible un caso —dice— en que nosotros, los socialdemócratas, nos pronunciáramos contra el sufragio universal. La burguesía de las repúblicas italianas privó en su día de derechos políticos a las personas pertenecientes a la nobleza. El proletariado revolucionario podría restringir los derechos políticos de las clases superiores del mismo modo que las clases superiores restringieron en su día sus derechos políticos». El discurso de Plejánov es recibido con aplausos y abucheos, y cuando Plejánov protesta contra el Zwischenruf[63] «no debéis abuchear» y pide a los camaradas que no se cohíban, el camarada Egórov se levanta y dice: «puesto que tales discursos provocan aplausos, yo tengo el deber de abuchear». Junto con el camarada Goldblat (delegado del Bund), el camarada Egórov se pronuncia contra los puntos de vista de Posadovski y Plejánov. Por desgracia, los debates se cerraron y la cuestión que había aflorado a raíz de ellos desapareció inmediatamente de la escena. Pero en vano se esfuerza ahora el camarada Mártox por atenuar e incluso reducir a la nada su significado, diciendo en el congreso de la Liga: «Estas palabras (de Plejánov) provocaron la indignación de una parte de los delegados, indignación que habría sido fácil evitar si el camarada Plejánov hubiera añadido que, por supuesto, es inconcebible una situación trágica tal que el proletariado, para consolidar su victoria, tuviera que pisotear derechos políticos como la libertad de prensa... (Plejánov: «merci»)» (pág. 58 del acta de la Liga). Esta interpretación contradice directamente la declaración, absolutamente categórica, del camarada Posadovski en el congreso sobre la «seria divergencia» y la discrepancia en la «cuestión fundamental». Sobre esta cuestión fundamental, todos los iskristas se pronunciaron en el congreso contra los representantes de la «derecha» antiiskrista (Goldblat) y del «centro» del congreso (Egórov). Es un hecho, y se puede asegurar sin temor que si el «centro» (espero que esta palabra choque menos a los partidarios «oficiales» de la suavidad que cualquier otra…), si el «centro» (en la persona del camarada Egórov o de Májov) hubiera tenido que pronunciarse «con desenfado» sobre esta cuestión o sobre otras análogas, la seria divergencia se habría manifestado de inmediato.

Se manifestó de manera aún más nítida en la cuestión de la «igualdad de derechos de los idiomas» (pág. 171 y sigs. del acta). En este punto, no son tanto los debates cuanto las votaciones lo elocuente: ¡sumándolas, obtenemos la increíble cifra de dieciséis! ¿A causa de qué? A causa de si basta estipular en el programa la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, independientemente del sexo, etc., y de la lengua, o si es necesario decir: «libertad de idioma» o «igualdad de derechos de los idiomas». El camarada Mártox, en el congreso de la Liga, caracterizó este episodio con bastante acierto al decir que «una disputa insignificante sobre la redacción de un punto del programa adquirió importancia de principio, porque la mitad del congreso estaba dispuesta a derrocar a la comisión del programa». Justamente así[64]. El motivo del choque era precisamente insignificante y, sin embargo, el choque adquirió un carácter realmente de principio, y por ello formas terriblemente enconadas, hasta el intento de «derrocar» la comisión del programa, hasta las sospechas de querer «tender una trampa al congreso» (¡de esto sospechó Egórov respecto a Mártox!), hasta el intercambio de observaciones personales de carácter... sumamente injurioso (pág. 178). Incluso el camarada Popov «expresaba su pesar de que por nimiedades se creara semejante atmósfera» (la cursiva es mía, pág. 182), atmósfera que reinó durante tres sesiones (16, 17 y 18).

Todos estos términos indican de manera sumamente definida y categórica el hecho importantísimo de que la atmósfera de «sospechas» y de las formas más enconadas de lucha («derrocamiento») —¡en cuya creación se acusó después, en el congreso de la Liga, a la mayoría de los iskristas!— se creó en realidad mucho antes de que nos escindiéramos en mayoría y minoría. Repito, es un hecho de enorme importancia, un hecho fundamental, cuya incomprensión lleva a muchísima gente a las opiniones más frívolas sobre el carácter artificial de la mayoría al final del congreso. Desde el punto de vista actual del camarada Mártox, quien asegura que en el congreso había 9/10 de iskristas, es absolutamente inexplicable y absurdo el hecho de que por «nimiedades», por un motivo «insignificante», pudiera producirse un choque que adquirió «carácter de principio» y que casi lleva al derrocamiento de la comisión del congreso. Sería ridículo despachar este hecho con lamentos y pesares a propósito de las agudezas que «causaron perjuicio». El choque no pudo adquirir importancia de principio a causa de ninguna agudeza mordaz; tal importancia solo pudo resultar en virtud del carácter de las agrupaciones políticas en el congreso. No fueron las brusquedades ni las agudezas las que crearon el conflicto: fueron solo el síntoma de que en la propia agrupación política del congreso hay una «contradicción», están todos los gérmenes del conflicto, hay una heterogeneidad interna que estalla con fuerza inmanente ante cada motivo, incluso el más insignificante.

Por el contrario, desde el punto de vista con que contemplo el congreso y que considero mi deber defender como una determinada comprensión política de los acontecimientos, aunque esta comprensión pueda parecer ofensiva a alguien, desde este punto de vista es plenamente explicable e inevitable un conflicto desesperadamente agudo, de carácter de principio, por un motivo «insignificante». Puesto que en nuestro congreso hubo todo el tiempo una lucha de los iskristas contra los antiiskristas, puesto que entre ellos se situaban elementos inestables, puesto que estos últimos, junto con los antiiskristas, constituían 1/3 de los votos (8 + 10 = 18 de 51, según mi cálculo, huelga decirlo, aproximado), es perfectamente comprensible y natural que cualquier deserción de los iskristas, aunque fuera de una pequeña minoría de ellos, creara la posibilidad de una victoria de la corriente antiiskrista y provocara, por tanto, una lucha «encarnizada». Esto no es resultado de salidas de tono y ataques inoportunamente bruscos, sino resultado de una combinación política. No fueron las brusquedades las que crearon el conflicto político, sino la existencia de un conflicto político en la propia agrupación del congreso la que creó las brusquedades y los ataques: en esta contraposición reside nuestra principal divergencia de principio con Mártox en la apreciación del significado político del congreso y de sus resultados.

Durante todo el congreso hubo tres casos más importantes de deserción de un número insignificante de iskristas de la mayoría de ellos —la igualdad de lenguas, el § 1 de los estatutos y las elecciones—, y en estos tres casos se produjo una lucha encarnizada que condujo finalmente a la grave crisis actual en el partido. Para comprender políticamente esta crisis y esta lucha, no hay que limitarse a frases sobre ocurrencias inadmisibles, sino examinar las agrupaciones políticas de matices que chocaron en el congreso. El incidente con la «igualdad de lenguas» presenta, pues, un doble interés desde el punto de vista de esclarecer las causas de la divergencia, ya que aquí Mártov era todavía (¡todavía!) iskrista y combatía acaso más que nadie contra los antiiskristas y el «centro».

La guerra comenzó con una discusión entre el camarada Mártov y el líder bundista, camarada Liber (págs. 171-172). Mártov demuestra que bastaba la exigencia de «igualdad de derechos de los ciudadanos». Se rechaza la «libertad de lengua», pero inmediatamente se plantea la «igualdad de lenguas», y junto con Liber se lanza al combate el camarada Egórov. Mártov declara que eso es fetichismo, «cuando los oradores insisten en la igualdad de derechos de las nacionalidades y trasladan la desigualdad al terreno de la lengua. Mientras tanto, la cuestión debe examinarse precisamente desde el otro lado: existe una desigualdad de derechos de las nacionalidades, que se manifiesta, entre otras cosas, en que las personas pertenecientes a una determinada nación están privadas del derecho a usar su lengua materna» (pág. 172). Mártov tenía entonces toda la razón. En efecto, resultaba una especie de fetichismo aquel intento, absolutamente inconsistente, de Liber y Egórov de defender la justeza de su formulación y de encontrar en nosotros falta de voluntad o de capacidad para aplicar el principio de igualdad de derechos de las nacionalidades. En realidad, ellos, como «fetichistas», defendían precisamente la palabra, y no el principio, no obraban por temor a algún error de principio, sino por temor a lo que dijera la gente. Exactamente esa psicología de inestabilidad (¿y si «otros» nos acusan por esto?), que señalamos en el incidente con el Comité de Organización, la manifestó aquí con toda claridad también todo nuestro «centro». Otro representante suyo, el delegado minero Lvov, cercano a «Yuzhni Rabochi», «considera muy seria la cuestión de la opresión de las lenguas, planteada por las periferias. Es importante que nosotros, al incluir en nuestro programa el punto sobre la lengua, disipemos toda suposición de rusificación, de la que pueden sospechar los socialdemócratas». He aquí una notable motivación de la «seriedad» de la cuestión. ¡La cuestión es muy seria porque hay que disipar las posibles sospechas de las periferias! El orador no aporta absolutamente nada en lo esencial, no responde a las acusaciones de fetichismo, sino que las confirma plenamente, mostrando una total ausencia de argumentos propios, despachándose con la referencia a lo que dirán las periferias. Todo lo que ellas pudieran decir es falso —le dicen. En lugar de analizar si es cierto o no, él responde: «pueden sospechar».

Tal planteamiento de la cuestión, con pretensiones de seriedad e importancia, adquiere ya efectivamente un carácter de principio, solo que en absoluto aquel que querían encontrar aquí los Liber, los Egórov, los Lvov. Cuestión de principio es la siguiente: ¿debemos dejar que las organizaciones y los miembros del partido apliquen las posiciones generales y fundamentales del programa, aplicándolas a las condiciones concretas y desarrollándolas en el sentido de tal aplicación, o debemos, por simple temor a las sospechas, llenar el programa de menudos detalles, indicaciones particulares, repeticiones y casuística? Cuestión de principio es cómo pueden los socialdemócratas, en la lucha contra la casuística, ver («sospechar») intentos de restringir elementales derechos y libertades democráticos. Pero ¿cuándo, al fin, nos libraremos de esta postración fetichista ante los casos concretos? —éste era el pensamiento que nos cruzaba al ver la lucha en torno a las «lenguas».

La agrupación de los delegados en esta lucha se ve con particular claridad gracias a la abundancia de votaciones nominales. De estas hubo nada menos que tres. Contra el núcleo iskrista se alzan en bloque permanentemente todos los antiiskristas (8 votos) y, con oscilaciones muy pequeñas, todo el centro (Májov, Lvov, Egórov, Popov, Medvédev, Ivanov, Tsariov, Belov; solo estos dos últimos oscilaron al principio, ora absteniéndose, ora votando con nosotros, y se definieron por completo solo en la tercera votación). De los iskristas se separa una parte —principalmente los caucasianos (tres con seis votos)— y, gracias a esto, al final prevalece la tendencia del «fetichismo». En la tercera votación, cuando los partidarios de ambas tendencias aclararon más sus posiciones, de los iskristas de la mayoría se separaron hacia el bando contrario tres caucasianos con seis votos; de los iskristas de la minoría se separaron dos con dos votos: Posadovski y Kóstich; en las dos primeras votaciones pasaron al bando contrario o se abstuvieron: Lenski, Stepánov y Gorski, de la mayoría de los iskristas, y Deutsch, de la minoría. La separación de ocho votos iskristas (del total de 33) dio la ventaja a la coalición de antiiskristas y elementos inestables. Éste es precisamente el hecho fundamental de la agrupación en el congreso que se repitió (con la separación de otros iskristas) tanto en la votación del § 1 de los estatutos como en las elecciones. Nada tiene de sorprendente que quienes sufrieron la derrota en las elecciones cierren ahora cuidadosamente los ojos ante las causas políticas de esta derrota, ante los puntos de partida de esa lucha de matices que ponía cada vez más en evidencia y desenmascaraba ante el partido, con creciente implacabilidad, a los elementos inestables y políticamente amorfos. El incidente con la igualdad de lenguas nos muestra esta lucha de un modo tanto más nítido cuanto que entonces el camarada Mártov aún no había tenido tiempo de ganarse las alabanzas y la aprobación de Akímov y Májov.

## e) El programa agrario

La consecuente falta de principios de los antiiskristas y del "centro" se manifestó con nitidez también en los debates sobre el programa agrario, que ocuparon no poco tiempo del congreso (véanse págs. 190–226 del protocolo) y plantearon numerosas cuestiones de sumo interés. Como era de esperar, el camarada Martínov inicia la ofensiva contra el programa (tras las observaciones menores de los camaradas Liber y Yegorov). Esgrime el viejo argumento acerca de la reparación de "precisamente esta injusticia histórica", con lo cual, supuestamente, "santificamos de manera indirecta otras injusticias históricas", etc. A su lado se sitúa también el camarada Yegorov, para quien incluso "no está claro cuál es el significado de este programa. ¿Es un programa para nosotros, es decir, define las reivindicaciones que planteamos, o queremos hacerlo popular?" (¡!?!). El camarada Liber "quisiera hacer las mismas indicaciones que el camarada Yegorov". El camarada Majov interviene con su característica decisión, declarando que "la mayoría (?) de los que han hablado no comprende en absoluto qué representa el programa presentado y qué fines persigue". El programa propuesto, véase, "difícilmente puede considerarse un programa agrario socialdemócrata"; está... "un tanto impregnado de un juego a reparar injusticias históricas", adolece de "un matiz de demagogia y aventurerismo". La confirmación teórica de este profundo pensar es la habitual exageración y simplificación del marxismo vulgar: los iskristas, según parece, "pretenden operar con el campesinado como con algo unitario en su composición; y como el campesinado hace ya tiempo (?) que está diferenciado en clases, la presentación de un programa unitario conduce inevitablemente a que el programa en su conjunto se vuelva demagógico y, al ser aplicado, resulte una aventura" (202). El camarada Majov "desembucha" aquí la verdadera causa de la actitud negativa hacia nuestro programa agrario por parte de muchos socialdemócratas, dispuestos a "reconocer" a Iskra (como la ha reconocido el propio Majov), pero sin haber meditado en absoluto su orientación, su posición teórica y táctica. Precisamente la vulgarización del marxismo en su aplicación a un fenómeno tan complejo y multifacético como la estructura actual de la economía campesina rusa, provocaba y provoca la incomprensión de este programa, y no en absoluto las divergencias sobre detalles aislados. Y en tal punto de vista marxista vulgar coincidieron rápidamente los líderes de los elementos antiiskristas (Liber y Martínov) y del "centro": Yegorov y Majov. El camarada Yegorov expresó con franqueza también uno de los rasgos característicos de Yuzhni Rabochi y de los grupos y círculos que gravitan hacia él, a saber: la incomprensión de la importancia del movimiento campesino, la incomprensión de que no era una sobreestimación, sino, por el contrario, más bien una subestimación de esa importancia (y la falta de fuerzas para utilizar el movimiento) lo que constituía el punto débil de nuestros socialdemócratas durante los primeros célebres levantamientos campesinos. "Estoy lejos de la fascinación de la redacción por el movimiento campesino —dijo el camarada Yegorov—, fascinación que después de las revueltas campesinas se apoderó de muchos socialdemócratas". Sólo que el camarada Yegorov, lamentablemente, no se tomó la molestia de informar al congreso con cierta exactitud de en qué se expresó esa fascinación de la redacción, no se tomó la molestia de hacer indicaciones concretas sobre el material literario proporcionado por Iskra. Olvidó, además, que todos los puntos fundamentales de nuestro programa agrario fueron desarrollados por Iskra ya en su tercer número[65], es decir, mucho antes de las revueltas campesinas. ¡A quien "reconocía" a Iskra no sólo de palabra, no le habría estado de más manifestar un poco más de atención a sus principios teóricos y tácticos!

"¡No, en el campesinado no podemos hacer mucho!", exclama el camarada Yegorov y explica a continuación esta exclamación no en el sentido de una protesta contra tal o cual "fascinación" particular, sino en el sentido de la negación de toda nuestra posición: "Esto significa simplemente que nuestra consigna no puede competir con la consigna aventurera". ¡Formulación extremadamente característica de una actitud carente de principios hacia el asunto, que reduce todo a la "competencia" de consignas de diferentes partidos! Y esto se dice después de que el orador se declara "satisfecho" con las explicaciones teóricas, en las que se señalaba que aspiramos a un éxito firme en la agitación, sin turbarnos por los fracasos temporales, y que un éxito firme (pese a los gritos ruidosos de los "competidores"... por un minuto) es imposible sin una base teórica estable del programa (pág. 196). ¡Qué confusión revela esta afirmación de "satisfacción" y la inmediata repetición de tesis vulgares, heredadas del viejo economismo, para el cual la "competencia de consignas" decidía todas las cuestiones, no sólo del programa agrario, sino de todo el programa y toda la táctica de la lucha económica y política! "Ustedes no obligarán al bracero —decía el camarada Yegorov— a luchar junto al campesino rico por los otrezki, que en no poca parte se encuentran ya en manos de ese campesino rico".

Otra vez la misma simplificación, indudablemente emparentada con nuestro oportunista economismo, que insistía en que es imposible "obligar" al proletario a luchar por lo que en no poca parte se encuentra en manos de la burguesía y en una parte aún mayor caerá en sus manos en el futuro. Otra vez la misma vulgarización, que olvida las particularidades rusas de la relación capitalista general entre el bracero y el campesino rico. Los otrezki oprimen ahora, oprimen de hecho también al bracero, al que no hay por qué "obligar" a luchar por la liberación de la servidumbre. A quienes hay que "obligar" es a ciertos intelectuales: obligarlos a mirar con más amplitud sus tareas, obligarlos a renunciar a los estereotipos al discutir cuestiones concretas, obligarlos a tener en cuenta la coyuntura histórica, que complica y modifica nuestros objetivos. Precisamente sólo el prejuicio de que el mujik es estúpido —prejuicio que, según la justa observación del camarada Mártox (pág. 202), se traslucía en los discursos del camarada Majov y otros adversarios del programa agrario—, sólo el prejuicio explica que estos adversarios olviden las condiciones reales de la vida de nuestro bracero.

Habiendo simplificado la cuestión hasta la mera contraposición: obrero y capitalista, los representantes de nuestro "centro" se esforzaban, como es costumbre, en endosar su estrechez de miras al mujik. "Precisamente porque —decía el camarada Majov— considero que el mujik es inteligente en la medida de su estrecho punto de vista de clase, supongo que él estará a favor del ideal pequeñoburgués de apropiación y reparto". Aquí se mezclan evidentemente dos cosas: la caracterización del punto de vista de clase del mujik, como pequeñoburgués, y la reducción de este punto de vista, su limitación a una "medida estrecha". Pues en esta reducción consiste el error de los Yegorov y los Majov (exactamente igual que en la reducción a una "medida estrecha" del punto de vista del proletario consistía el error de los Martínov y los Akímov). Ahora bien, tanto la lógica como la historia enseñan que el punto de vista de clase pequeñoburgués puede ser más o menos estrecho, más o menos progresivo, precisamente debido a la naturaleza dual de la posición del pequeñoburgués. Y nuestra tarea no puede consistir en modo alguno en desistir a causa de la estrechez ("estupidez") del mujik o del dominio sobre él del "prejuicio", sino, al contrario, en la constante ampliación de su punto de vista, en la contribución al triunfo de su razón sobre su prejuicio.

El punto de vista "marxista" vulgar sobre la cuestión agraria rusa encontró su expresión culminante en las palabras finales del discurso de principios del camarada Majov, fiel defensor de la vieja redacción de Iskra. No en vano estas palabras fueron acogidas con aplausos... cierto, irónicos. "Yo no sé, por supuesto, qué llamar desgracia", dice el camarada Majov, indignado por la indicación de Plejánov de que el movimiento a favor del reparto negro no nos asusta en absoluto, de que no seríamos nosotros quienes frenáramos este movimiento progresivo (burgués-progresivo). — "Pero esta revolución, si se la puede llamar así, será no revolucionaria. Yo diría más correctamente que no será ya una revolución, sino una reacción (risas), una revolución semejante a un motín... Semejante revolución nos hará retroceder, y hará falta cierto tiempo para volver de nuevo a la situación que tenemos ahora. Y ahora tenemos mucho más que durante la Revolución Francesa (aplausos irónicos), tenemos un partido socialdemócrata (risas)"... Sí, un partido socialdemócrata que razonara al estilo de Majov, o que tuviera instituciones centrales apoyándose en los Majov, merecería en verdad sólo risa...



De la discusión del programa, el congreso pasó a los estatutos del partido (dejamos de lado la cuestión antes mencionada sobre el Órgano Central y los informes de los delegados que, lamentablemente, la mayoría de los delegados no pudieron presentar de forma satisfactoria). No hace falta decir que la cuestión de los estatutos tenía para todos nosotros una importancia enorme. En efecto, desde el comienzo, la «Iskra» surgió no solo como un órgano literario, sino también como una célula organizativa. En el artículo editorial del cuarto número («¿Por dónde empezar?»), la «Iskra» expuso todo un plan organizativo[68] y lo aplicó de manera sistemática y consecuente durante tres años. Cuando el II Congreso del Partido reconoció a la «Iskra» como Órgano Central, de los tres puntos de motivación de la correspondiente resolución (pág. 147), dos estaban dedicados precisamente a ese plan organizativo y a las ideas organizativas de la «Iskra»: su papel en la dirección del trabajo práctico del partido y su papel rector en la labor de unificación. Por consiguiente, era perfectamente natural que la labor de la «Iskra» y toda la obra de organización del partido, toda la obra de reconstitución efectiva del partido, no pudiera considerarse concluida sin que todo el partido reconociera y consagrara formalmente determinadas ideas organizativas. Esa tarea era la que debía cumplir los estatutos organizativos del partido.

Las ideas fundamentales que la «Iskra» se esforzaba por poner en la base de la organización del partido se reducían, en esencia, a las dos siguientes. La primera, la idea del centralismo, determinaba en principio el modo de resolver toda la masa de cuestiones organizativas particulares y detalladas. La segunda, el papel especial del órgano dirigente ideológico, el periódico, tenía en cuenta las necesidades temporales y particulares del movimiento obrero socialdemócrata ruso en las condiciones de esclavitud política y dado que era necesario crear en el extranjero una base operativa inicial para la embestida revolucionaria. La primera idea, por ser la única de principio, debía impregnar todo el estatuto; la segunda, por ser particular, engendrada por las circunstancias temporales del lugar y del modo de acción, se expresaba en un aparente apartamiento del centralismo, en la creación de dos centros, el Órgano Central y el Comité Central. Ambas ideas básicas de la organización iskrista del partido fueron expuestas por mí tanto en el artículo editorial de la «Iskra» (nº 4) «¿Por dónde empezar?»[69] y en «¿Qué hacer?»[70] como, por último, detalladamente explicadas casi en forma de estatuto en la «Carta a un camarada»[71]. En realidad, solo quedaba la labor de redacción para formular los artículos de los estatutos que debían llevar a la práctica justamente esas ideas, siempre que el reconocimiento de la «Iskra» no quedara en el papel, no fuera solo una frase convencional. En el prefacio a la reedición de mi «Carta a un camarada» ya indiqué que bastaba una simple comparación de los estatutos del partido con este folleto para constatar la plena identidad de las ideas organizativas en ambos[72].

En relación con la labor de redacción para formular las ideas organizativas iskristas en los estatutos, he de referirme a un incidente sacado a colación por el camarada Mártox. «...Una comprobación con hechos les mostrará —dijo Mártox en el congreso de la Liga (pág. 58)— cuán inesperada fue para Lenin mi caída en el oportunismo con respecto a este (es decir, el primer) artículo. Un mes y medio o dos meses antes del congreso, le mostré a Lenin mi proyecto, en el que el artículo 1 estaba formulado exactamente como lo propuse en el congreso. Lenin se manifestó en contra de mi proyecto, por considerarlo demasiado detallado, y me dijo que solo le gustaba la idea del artículo 1 —la definición de la militancia—, que él incluiría en sus estatutos con modificaciones, pues consideraba mi formulación poco acertada. Por consiguiente, Lenin conocía ya mi formulación desde hacía tiempo, conocía mis puntos de vista sobre esta cuestión. De modo que, como ven, yo fui al congreso con la visera levantada, sin ocultar mis opiniones. Prevengo que lucharé contra la cooptación recíproca, contra los principios de unanimidad en la cooptación al Comité Central y al Órgano Central, etc.».

En cuanto a la advertencia sobre la lucha contra la cooptación mutua, a su debido tiempo veremos cómo fue la cosa. Detengámonos ahora en esa «visera levantada» de los estatutos de Mártox. Al relatar de memoria, en la Liga, el episodio de su infortunado proyecto (que el propio Mártox retiró en el congreso por considerarlo poco acertado y que luego del congreso, con la consecuencia que le caracteriza, volvió a sacar a relucir), Mártox, como es habitual, olvidó muchas cosas y, por eso, volvió a meter la pata. Parecería que ya había suficientes hechos que advertían en contra de remitirse a conversaciones privadas y a la propia memoria (¡las personas solo recuerdan involuntariamente lo que les conviene!), y no obstante, el camarada Mártox, a falta de otro material, se sirve de uno de mala calidad. Ahora hasta el camarada Plejánov empieza a imitarlo; tal vez el mal ejemplo sea contagioso.

La «idea» del primer artículo en el proyecto de Mártox no podía «gustarme», porque en ese proyecto no había ninguna idea parecida a la que surgió en el congreso. Le falló la memoria. Tuve la suerte de encontrar entre mis papeles el proyecto de Mártox, donde «el primer artículo está formulado no exactamente como él lo propuso en el congreso». ¡Menuda «visera levantada»!

Artículo 1 en el proyecto de Mártox: «Se considera perteneciente al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a toda persona que, reconociendo su programa, trabaje activamente para poner en práctica sus tareas bajo el control y la dirección de los órganos (¡sic![73]) del partido».

Artículo 1 en mi proyecto: «Se considera miembro del partido a toda persona que reconozca su programa y apoye al partido tanto con medios materiales como con su participación personal en una de las organizaciones del partido».

Artículo 1 según la formulación propuesta por Mártox en el congreso y aprobada por este: «Se considera miembro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a toda persona que acepte su programa, apoye al partido con medios materiales y le preste una colaboración personal regular bajo la dirección de una de sus organizaciones».

De esta comparación se desprende claramente que en el proyecto de Mártox precisamente no hay idea alguna, sino solo una frase vacía. Que los miembros del partido trabajan bajo el control y la dirección de los órganos del partido, eso se sobreentiende, no puede ser de otro modo; de ello hablan solo personas aficionadas a hablar por no decir nada, a llenar los «estatutos» de un mar de agua verbal y de fórmulas burocráticas (es decir, innecesarias para la causa y supuestamente necesarias para la fachada). La idea del primer artículo solo aparece al plantear la cuestión de si los órganos del partido pueden ejercer de hecho su dirección sobre los miembros del partido que no forman parte de ninguna de las organizaciones del partido. De esta idea no hay ni rastro en el proyecto del camarada Mártox. Por consiguiente, yo no pude haber conocido las «opiniones» del camarada Mártox «sobre esta cuestión», porque en su proyecto no se contiene ninguna opinión al respecto. La comprobación con hechos del camarada Mártox resulta ser una confusión.

Por el contrario, es del camarada Mártox de quien hay que decir que él, a partir de mi proyecto, «conocía mis puntos de vista sobre esta cuestión» y no los impugnó ni refutó ni en el colegio de redacción —aunque mi proyecto fue mostrado a todos unas 2 o 3 semanas antes del congreso— ni ante los delegados, que solo conocían mi proyecto. Más aún. Incluso en el congreso, cuando presenté mi proyecto de estatutos[74] y lo defendí antes de la elección de la comisión de estatutos, el camarada Mártox declaró abiertamente: «me adhiero a las conclusiones del camarada Lenin. Solo en dos cuestiones discrepo de este» (las cursivas son mías) —en la cuestión del modo de constituir el Consejo y en la de la cooptación por unanimidad (pág. 157). Sobre el desacuerdo acerca del artículo 1 no dice aquí ni una palabra.

En su folleto sobre el estado de sitio, el camarada Martov consideró necesario recordar una vez más, y con especial detalle, su proyecto de estatutos. Allí asegura que su proyecto, bajo el cual incluso ahora (febrero de 1904 — quién sabe qué ocurrirá dentro de tres meses) estaría dispuesto a firmar, a excepción de algunos detalles secundarios, "expresaba con suficiente claridad su actitud negativa hacia la hipertrofia del centralismo" (pág. IV). El camarada Martov explica ahora la no presentación de este proyecto al congreso, en primer lugar, porque "la educación iskrista le inculcó una actitud despectiva hacia los estatutos" (¡cuando esto le conviene al camarada Martov, la palabra iskrista ya no significa para él un estrecho espíritu de círculo, sino la más consecuente de las tendencias! Lástima que la educación iskrista durante tres años no haya inculcado al camarada Martov una actitud despectiva hacia la frase anárquica, con la que la inestabilidad intelectual es capaz de justificar la violación de los estatutos adoptados en común). En segundo lugar, verá usted, él, el camarada Martov, evitaba "introducir cualquier disonancia en la táctica de ese núcleo organizativo fundamental que era Iskra". ¡Es asombroso lo coherente que resulta esto! En una cuestión de principio como la formulación oportunista del § 1 o la hipertrofia del centralismo, el camarada Martov temía tanto la disonancia (¡terrible solo desde el punto de vista más estrecho del espíritu de círculo!), que no expuso sus divergencias ni siquiera ante un núcleo como la redacción. En la cuestión práctica de la composición de los centros, el camarada Martov apeló del voto de la mayoría de los miembros de la organización de Iskra (ese verdadero núcleo organizativo fundamental) a la ayuda del Bund y de los partidarios de Rabócheie Dielo. El camarada Martov no advierte la "disonancia" en sus propias frases, que atribuyen subrepticiamente espíritu de círculo en defensa de la cuasi-redacción para negar el "espíritu de círculo" en la evaluación de la cuestión por parte de quienes son más competentes. En castigo a él, reproduciremos íntegramente su proyecto de estatutos, señalando por nuestra parte qué puntos de vista y qué hipertrofia revela[75]:

El lector que haya tenido, excepcionalmente, la paciencia de leer hasta el final este llamado estatuto, seguramente no nos exigirá un análisis particular de las conclusiones siguientes. Primera conclusión: el estatuto adolece de una hidropesía difícilmente curable. Segunda conclusión: no es posible descubrir en este estatuto un matiz particular de puntos de vista organizativos en el sentido de una actitud negativa hacia la hipertrofia del centralismo. Tercera conclusión: el camarada Martov actuó con sumo buen juicio al ocultar de las miradas del mundo (y de la discusión en el congreso) más de 38/39 de su estatuto. Solo resulta algo original que, con motivo de este ocultamiento, se hable de visera levantada.

## h) Debates sobre el centralismo antes de la escisión en el seno de los iskristas

Antes de pasar a la cuestión, realmente interesante y que sin duda revela distintos matices de opiniones, de la formulación del § 1 de los estatutos, detengámonos un poco más en aquellas breves discusiones generales sobre los estatutos que ocuparon la 14ª sesión del congreso y parte de la 15ª. Estos debates tienen cierta importancia porque precedieron a la completa divergencia de la organización de Iskra sobre la cuestión de la composición de los centros. Por el contrario, los debates posteriores sobre los estatutos en general, y sobre la cooptación en particular, tuvieron lugar después de nuestra divergencia en la organización de Iskra. Naturalmente, antes de la divergencia éramos capaces de expresar nuestros puntos de vista de manera más imparcial, en el sentido de una mayor independencia de las consideraciones respecto a la cuestión que agitó a todos sobre la composición personal del CC. El camarada Martov, como ya he señalado, se adhirió (pág. 157) a mis puntos de vista organizativos, señalando solo dos discrepancias en detalles. Por el contrario, tanto los antiiskristas como el "centro" emprendieron inmediatamente una campaña contra las dos ideas fundamentales de todo el plan organizativo de Iskra (y, por consiguiente, de todos los estatutos): tanto contra el centralismo como contra los "dos centros". El camarada Liber calificó mis estatutos de "desconfianza organizada", percibió descentralismo en los dos centros (al igual que los camaradas Popov y Yegórov). El camarada Akímov expresó el deseo de definir la esfera de competencia de los comités locales de manera más amplia, en particular concediéndoles a ellos mismos "el derecho a modificar su composición". "Es necesario concederles mayor libertad de actividad... Los comités locales deben ser elegidos por los trabajadores activos de la localidad dada, del mismo modo que el CC es elegido por los representantes de todas las organizaciones activas en Rusia. Si tampoco esto se puede admitir, entonces que se limite el número de miembros designados por el CC para los comités locales…" (158). El camarada Akímov sugiere, como puede verse, un argumento contra la "hipertrofia del centralismo", pero el camarada Martov permanece sordo a estas autorizadas indicaciones, mientras la derrota en la cuestión de la composición de los centros no le impulsa a seguir a Akímov. ¡Permanece sordo incluso cuando el camarada Akímov le sugiere la "idea" de su propio estatuto (§ 7 — ¡limitación de los derechos del CC para incorporar miembros a los comités)! Entonces el camarada Martov no quería aún la "disonancia" con nosotros y por eso toleraba la disonancia con el camarada Akímov, y consigo mismo... Entonces solo combatían contra el "centralismo monstruoso" aquellos para quienes el centralismo de Iskra era claramente desventajoso: combatían Akímov, Liber, Goldblat, y les seguían con cautela, con prudencia (de modo que siempre pudieran volverse atrás) Yegórov (ver págs. 156 y 276), etc. Entonces era claro todavía para la inmensa mayoría del partido que eran precisamente los intereses parroquiales, de círculo, del Bund, de Yuzhni Rabochi, etc., los que provocaban la protesta contra el centralismo. Por lo demás, también ahora está claro para la mayoría del partido que son precisamente los intereses de círculo de la vieja redacción de Iskra los que provocan su protesta contra el centralismo...

Tómese, por ejemplo, el discurso del camarada Goldblat (160-161). Combate mi centralismo "monstruoso", que presuntamente conduce a la "aniquilación" de las organizaciones inferiores, "penetrado por completo por el afán de conceder al centro un poder ilimitado, el derecho de intervención ilimitada en todo", que otorga a las organizaciones "un solo derecho: el de obedecer sumisamente lo que se ordene desde arriba", etc. "El centro creado por el proyecto se encontrará en un espacio vacío, a su alrededor no habrá ninguna periferia, sino solo una especie de masa amorfa en la que se moverán sus agentes ejecutivos". Esto es exactamente la misma fraseología falsa con la que, tras su derrota en el congreso, comenzaron a obsequiarnos los Martov y los Axelrod. Se reían del Bund, que, combatiendo contra nuestro centralismo, concede en su propio seno al centro derechos ilimitados aún más claramente definidos (aunque sea, por ejemplo, para la incorporación y expulsión de miembros, incluso para no admitir delegados a los congresos). Se reirán también, una vez analizado el asunto, de los lamentos de la minoría, que clama contra el centralismo y contra los estatutos cuando está en minoría, y se apoya inmediatamente en los estatutos cuando se ha infiltrado en la mayoría.

En la cuestión de los dos centros, la agrupación también se manifestó claramente: contra todos los iskristas están tanto Liber como Akímov (el primero en entonar la canción, hoy tan querida por Axelrod y Martov, sobre la prevalencia del CO en el Consejo sobre el CC), Popov y Yegórov. De las ideas organizativas que siempre había desarrollado la vieja Iskra (¡y que fueron aprobadas de palabra por los camaradas Popov y Yegórov!), el plan de los dos centros se derivaba por sí mismo. La política de la vieja Iskra chocaba frontalmente con los planes de Yuzhni Rabochi, con los planes de crear un órgano popular paralelo y transformarlo en el órgano fácticamente predominante. Ahí radica la raíz de esa contradicción, extraña a primera vista, de que por un solo centro, es decir, por un centralismo supuestamente mayor, estén todos los antiiskristas y todo el pantano. Claro está que había (especialmente entre el pantano) delegados que apenas comprendían con claridad a qué conducirían y debían, por la fuerza de las cosas, conducir los planes organizativos de Yuzhni Rabochi, pero su propia naturaleza indecisa e insegura les empujaba hacia el lado de los antiiskristas.

De los discursos de los iskristas durante estos debates sobre los estatutos (previos a la escisión de los iskristas) son especialmente notables los discursos de los camaradas Mártov (la «adhesión» a mis ideas organizativas) y Trotski. Este último respondió a los camaradas Akímov y Líber de tal modo que dicha respuesta denuncia, palabra por palabra, toda la falsedad de la conducta posterior al congreso y de las teorías posteriores al congreso de la «minoría». «Los estatutos —decía (el camarada Akímov)— determinan de manera insuficientemente precisa la esfera de competencia del Comité Central. No puedo estar de acuerdo con él. Al contrario, esta definición es precisa y significa: en la medida en que el partido es un todo, es necesario asegurar su control sobre los comités locales. El camarada Líber decía que los estatutos son, para usar mi expresión, “desconfianza organizada”. Es cierto. Pero esta expresión fue empleada por mí en relación con los estatutos propuestos por los representantes del Bund, que representaban la desconfianza organizada de una parte del partido hacia todo el partido. En cambio, ¡nuestros estatutos» (entonces esos estatutos eran “nuestros”, ¡antes de la derrota en la cuestión de la composición de los centros!) «representan la desconfianza organizada del partido hacia todas sus partes, es decir, el control sobre todas las organizaciones locales, regionales, nacionales y demás» (158). Sí, nuestros estatutos están caracterizados aquí correctamente, y con frecuencia aconsejaríamos recordar esta caracterización a las personas que ahora, con la conciencia tranquila, aseguran que fue la malintencionada mayoría la que inventó e introdujo el sistema de la «desconfianza organizada» o, lo que es lo mismo, del «estado de sitio». Basta comparar el discurso citado con los discursos en el congreso de la Liga Extranjera para obtener un ejemplo de falta de carácter político, un ejemplo de cómo cambiaban las opiniones de Mártov y Cía. según se tratara de su propio colegio o de un colegio ajeno de orden inferior.

71ª página del manuscrito de V. I. Lenin «Un paso adelante, dos pasos atrás». – 1904. (Reducido)

## i) El párrafo primero de los estatutos

Ya hemos citado las diferentes formulaciones a causa de las cuales se encendieron interesantes debates en el congreso. Estos debates ocuparon casi dos sesiones y terminaron con dos votaciones nominales (durante todo el congreso hubo, si no me equivoco, solo ocho votaciones nominales, que se emprendían únicamente en casos especialmente importantes debido a la enorme pérdida de tiempo que ocasionaban). La cuestión abordada era, sin duda, de principio. El interés del congreso por los debates fue enorme. En la votación participaron todos los delegados, fenómeno raro en nuestro congreso (como en todo congreso grande) y que testimonia igualmente el interés de los contendientes.

¿En qué consistía, pues, cabe preguntarse, la esencia de la cuestión controvertida? Ya dije en el congreso y repetí después más de una vez que «en absoluto considero nuestra divergencia (sobre el § 1) tan sustancial como para que de ella dependa la vida o la muerte del partido. ¡De un mal punto de los estatutos aún estamos lejos de perecer!» (250)[77]. Por sí misma, esta divergencia, aunque revela matices de principio, de ninguna manera podía provocar tal desacuerdo (de hecho, hablando sin convencionalismos, la escisión) que se creó después del congreso. Pero toda pequeña divergencia puede convertirse en grande si se insiste en ella, si se la coloca en primer plano, si se emprende la búsqueda de todas las raíces y todas las ramificaciones de esta divergencia. Toda pequeña divergencia puede adquirir una importancia enorme si sirve como punto de partida para un viraje hacia determinadas concepciones erróneas y si estas concepciones erróneas se unen, debido a nuevas y adicionales divergencias, con acciones anárquicas que llevan al partido a la escisión.

Así fue precisamente también en este caso. La divergencia, relativamente pequeña, sobre el § 1 ha adquirido ahora una importancia enorme, pues fue precisamente ella la que sirvió como punto de viraje hacia el profundismo oportunista y la fraseología anarquista de la minoría (en el congreso de la Liga en particular, y después también en las páginas de la nueva «Iskra»). Fue precisamente ella la que dio comienzo a aquella coalición de la minoría iskrista con los antiiskristas y con el pantano, que se cristalizó definitivamente en formas determinadas hacia el momento de las elecciones y sin cuya comprensión no se puede entender tampoco la divergencia principal, la radical, en la cuestión de la composición de los centros. El pequeño error de Mártov y Axelrod sobre el párrafo primero representaba una pequeña grieta en nuestra vasija (como me expresé en el congreso de la Liga). Se podía haber atado la vasija más firmemente, con un nudo muerto (y no con un lazo corredizo, como le pareció escuchar a Mártov, que se hallaba durante el congreso de la Liga en un estado cercano a la histeria). Se podía haber dirigido todos los esfuerzos a hacer la grieta grande, a romper la vasija. Gracias al boicot y otras medidas anárquicas semejantes de los celosos martovistas, ocurrió precisamente esto último. La divergencia sobre el párrafo primero desempeñó un papel no pequeño en la cuestión de la elección de los centros, y la derrota de Mártov en esta cuestión lo llevó a una «lucha de principio» mediante medios groseramente mecánicos e incluso escandalosos (discursos en el congreso de la «Liga Extranjera de la Socialdemocracia Revolucionaria Rusa»).

Ahora, después de todos estos acontecimientos, la cuestión del § primero ha adquirido, por tanto, una importancia enorme, y debemos darnos cuenta exacta tanto del carácter de las agrupaciones en el congreso durante la votación de este § como —y esto es aún incomparablemente más importante— del carácter real de aquellos matices en las concepciones que se perfilaron o comenzaron a perfilarse en torno al § primero. Ahora, después de los acontecimientos conocidos por los lectores, la cuestión se plantea ya de este modo: ¿se reflejó en la formulación de Mártov, defendida por Axelrod, su (o su) inestabilidad, vacilación e indefinición política, como yo me expresé en el congreso del partido (333), su (o su) desviación hacia el jaurèsismo y el anarquismo, como consideró Plejánov en el congreso de la Liga (102 y otras actas de la Liga)? ¿O se reflejó en mi formulación, defendida por Plejánov, una comprensión incorrecta, burocrática, formalista, pompadouresca, no socialdemócrata del centralismo? ¿Oportunismo y anarquismo o burocratismo y formalismo? Así está planteada ahora la cuestión, cuando la pequeña divergencia se ha hecho grande. Y debemos tener presente precisamente este planteamiento de la cuestión —impuesto a todos nosotros por los acontecimientos, históricamente dado, diría yo, si esto no sonara demasiado fuerte— al discutir en esencia los argumentos a favor y en contra de mi formulación.

Comencemos el análisis de estos argumentos con el examen de los debates del congreso. El primer discurso, el del camarada Egórov, es interesante solo porque su actitud (*non liquet*, aún no tengo claro, aún no sé dónde está la verdad) es muy característica de la actitud de muchos delegados a quienes no les fue fácil orientarse en una cuestión realmente nueva, bastante compleja y detallada. El siguiente discurso, el del camarada Axelrod, plantea ya de inmediato la cuestión en principio. Es este el primer discurso de principio, mejor dicho, el primer discurso en general del camarada Axelrod en el congreso, y difícilmente se puede considerar su debut con el consabido «profesor» como particularmente afortunado. «Creo que debemos —dijo el camarada Axelrod— delimitar los conceptos de partido y organización. Y aquí se confunden estos dos conceptos. Esta confusión es peligrosa». Tal es el primer argumento contra mi formulación. Examinémoslo más de cerca. Si digo que el partido debe ser la suma (y no una simple suma aritmética, sino un complejo) de organizaciones[78], ¿significa esto que «confundo» los conceptos de partido y organización? Por supuesto que no. Con ello expreso de manera absolutamente clara y precisa mi deseo, mi exigencia de que el partido, como destacamento de vanguardia de la clase, represente algo lo más organizado posible, de que el partido asimile en su seno solo aquellos elementos que admiten al menos un mínimo de organización. Por el contrario, mi oponente confunde en el partido los elementos organizados con los no organizados, los susceptibles de dirección y los que no lo son, los avanzados y los incorregiblemente atrasados, pues los atrasados corregibles pueden ingresar en la organización. Esta confusión sí es realmente peligrosa. El camarada Axelrod se remite a continuación a las «organizaciones estrictamente conspirativas y centralistas del pasado» («Tierra y Libertad»{100} y «La Voluntad del Pueblo»{101}): en torno a ellas —dice— «se agrupaba toda una serie de personas que no formaban parte de la organización, pero que de una u otra manera la ayudaban y se consideraban miembros del partido... Este principio debe aplicarse aún más estrictamente en la organización socialdemócrata». Precisamente aquí hemos llegado a uno de los puntos clave de la cuestión: ¿es realmente «este principio» un principio socialdemócrata, el principio que permite llamarse miembros del partido a quienes no ingresan en ninguna de las organizaciones del partido, sino que solo «la ayudan de una u otra manera»? Y Plejánov dio la única respuesta posible a esta pregunta: «Axelrod no tenía razón en su remisión a los años 70. Entonces existía un centro bien organizado y magníficamente disciplinado, existían en torno a él organizaciones de diferentes categorías creadas por él, y lo que había fuera de estas organizaciones era caos, anarquía. Los elementos componentes de este caos se llamaban a sí mismos miembros del partido, pero la causa no ganaba, sino que perdía con ello. No debemos imitar la anarquía de los años 70, sino evitarla». De modo que «este principio», que el camarada Axelrod quería hacer pasar por socialdemócrata, es en realidad un principio anárquico. Para refutar esto, habría que mostrar la posibilidad de control, dirección y disciplina fuera de la organización, habría que mostrar la necesidad de que a los «elementos del caos» se les asigne el nombre de miembros del partido. Los defensores de la formulación del camarada Mártov no mostraron ni pudieron mostrar ni lo uno ni lo otro. El camarada Axelrod tomó como ejemplo al «profesor que se considera socialdemócrata y lo declara así». Para llevar hasta el final la idea contenida en este ejemplo, el camarada Axelrod habría tenido que decir además: ¿reconocen los propios socialdemócratas organizados a este profesor como socialdemócrata? Al no plantear esta pregunta adicional, el camarada Axelrod dejó su argumentación a medias. En efecto, una de dos. O los socialdemócratas organizados reconocen al profesor que nos interesa como socialdemócrata, y entonces ¿por qué no incluirlo en tal o cual organización socialdemócrata? Solo a condición de tal inclusión, las «declaraciones» del profesor corresponderán a sus hechos, no serán frases vacías (como demasiado a menudo quedan las declaraciones de los profesores). O los socialdemócratas organizados no reconocen al profesor como socialdemócrata, y entonces es absurdo, insensato y perjudicial darle el derecho a ostentar el título honorable y responsable de miembro del partido. La cuestión se reduce, pues, precisamente a la aplicación consecuente del principio de organización o a la consagración de la dispersión y la anarquía. ¿Construimos el partido partiendo de ese núcleo ya creado y cohesionado de socialdemócratas que ha creado, digamos, el congreso del partido y que debe ampliar y multiplicar todo tipo de organizaciones partidarias, o nos contentamos con la frase tranquilizadora de que todos los que ayudan son miembros del partido? «Si adoptamos la fórmula de Lenin —continuó el camarada Axelrod—, echaremos por la borda a una parte de la gente, aunque no pueda ser admitida directamente en la organización, pero que no obstante son miembros del partido». La confusión de conceptos de la que quería acusarme el camarada Axelrod aparece aquí en él mismo con total claridad: da ya por sentado que todos los que ayudan son miembros del partido, mientras que sobre esto precisamente versa la disputa, y los oponentes aún deben demostrar la necesidad y la utilidad de tal interpretación. ¿Qué contenido tiene esta frase, terrible a primera vista: echar por la borda? Si se reconocen como miembros del partido solo a los miembros de las organizaciones reconocidas como partidarias, entonces las personas que no pueden ingresar «directamente» en ninguna organización partidaria pueden, sin embargo, trabajar en una organización no partidaria, pero afín al partido. De echarlos por la borda en el sentido de apartarlos del trabajo, de la participación en el movimiento, no puede hablarse, por consiguiente. Al contrario, cuanto más sólidas sean nuestras organizaciones partidarias, que incluyan a auténticos socialdemócratas, cuanta menos vacilación e inestabilidad haya dentro del partido, tanto más amplia, multilateral, rica y fecunda será la influencia del partido sobre los elementos de las masas obreras que lo rodean y son dirigidos por él. Pues no se puede confundir realmente al partido, como destacamento de vanguardia de la clase obrera, con toda la clase. Y precisamente en tal confusión (característica de nuestro economismo oportunista en general) incurre el camarada Axelrod cuando dice: «Creamos, por supuesto, ante todo la organización de los elementos más activos del partido, la organización de revolucionarios, pero debemos, ya que somos el partido de la clase, pensar en no dejar fuera del partido a personas que, conscientemente, aunque quizás no de manera totalmente activa, se adhieren a este partido». En primer lugar, entre los elementos activos del partido obrero socialdemócrata no figurarán únicamente las organizaciones de revolucionarios, sino toda una serie de organizaciones obreras reconocidas como partidarias. En segundo lugar, ¿por qué razón, en virtud de qué lógica, del hecho de que somos el partido de la clase podría deducirse la conclusión de que es innecesaria la distinción entre los que ingresan en el partido y los que se adhieren a él? Justamente al contrario: precisamente en virtud de la existencia de diferencias en el grado de conciencia y en el grado de actividad, es necesario establecer una distinción en el grado de cercanía al partido. Somos el partido de la clase, y por eso casi toda la clase (y en tiempos de guerra, en la época de la guerra civil, absolutamente toda la clase) debe actuar bajo la dirección de nuestro partido, debe adherirse a nuestro partido lo más estrechamente posible, pero sería manilovismo y «colaísmo» pensar que alguna vez, bajo el capitalismo, casi toda la clase o toda la clase esté en condiciones de elevarse hasta la conciencia y la actividad de su destacamento de vanguardia, de su partido socialdemócrata. Ningún socialdemócrata razonable ha dudado jamás de que bajo el capitalismo, incluso la organización profesional (más primitiva, más accesible a la conciencia de las capas no desarrolladas) es incapaz de abarcar a casi toda o a toda la clase obrera. Solo engañarse a sí mismo, cerrar los ojos ante la enormidad de nuestras tareas, reducir estas tareas, significaría olvidar la diferencia entre el destacamento de vanguardia y todas las masas que gravitan hacia él, olvidar la obligación constante del destacamento de vanguardia de elevar capas cada vez más amplias hasta este nivel avanzado. Precisamente ese cerrar los ojos y ese olvido es el borrar la diferencia entre los que se adhieren y los que ingresan, entre los conscientes y activos, y los que ayudan.

Referirse a que somos el partido de la clase para justificar la imprecisión organizativa, para justificar la confusión de organización y desorganización, significa repetir el error de Nadezhdin, quien confundía «la cuestión filosófica e histórico-social de las “raíces” del movimiento en la “profundidad” con la cuestión técnico-organizativa» (“¿Qué hacer?”, pág. 91). Precisamente esta confusión, con la mano ligera del camarada Axelrod, fue repetida luego decenas de veces por los oradores que defendían la formulación del camarada Mártov. «Cuanto más ampliamente se difunda el nombre de miembro del partido, tanto mejor» —dice Mártov, sin explicar, sin embargo, qué beneficio aporta la amplia difusión de un nombre que no corresponde al contenido. ¿Acaso se puede negar que el control sobre los miembros no integrantes de la organización del partido es una ficción? La difusión amplia de una ficción es perjudicial, no beneficiosa. «Solo podemos alegrarnos si cada huelguista, cada manifestante, respondiendo por sus actos, pudiera declararse miembro del partido» (pág. 239). ¿De veras? ¿Cada huelguista debe tener derecho a declararse miembro del partido? Con esta tesis, el camarada Mártov lleva de inmediato su error al absurdo, rebajando la socialdemocracia al huelguismo, repitiendo las desventuras de los Akímov. Solo podemos alegrarnos si la socialdemocracia logra dirigir cada huelga, pues es un deber directo e incondicional de la socialdemocracia dirigir todas las manifestaciones de la lucha de clases del proletariado, y la huelga es una de las manifestaciones más profundas y más poderosas de esta lucha. Pero seremos seguidistas si admitimos identificar una forma de lucha tan primaria, ipso facto no más que tradeunionista, con la lucha socialdemócrata integral y consciente. Legalizaremos de manera oportunista una falsedad notoria si damos derecho a cada huelguista a «declararse miembro del partido», porque tal «declaración» en la mayoría de los casos será una declaración falsa. Empezaremos a arrullarnos con sueños de Manílov si nos ponemos a asegurarnos a nosotros mismos y a los demás que cada huelguista puede ser socialdemócrata y miembro del partido socialdemócrata en medio de la infinita dispersión, opresión y embrutecimiento que bajo el capitalismo inevitablemente abrumará a capas muy, muy amplias de obreros «no instruidos», no calificados. Precisamente en el ejemplo del «huelguista» se ve con especial claridad la diferencia entre la aspiración revolucionaria de la socialdemocracia de dirigir cada huelga y la frase oportunista que declara miembro del partido a cada huelguista. Somos el partido de la clase en la medida en que de hecho dirigimos socialdemócrata casi todo o incluso todo el proletariado; pero de esto solo los Akímov pueden deducir que de palabra debemos identificar al partido y la clase.

«Yo no temo a la organización conspirativa», decía en ese mismo discurso el camarada Mártov, pero añadía: «la organización conspirativa solo tiene sentido para mí en la medida en que la envuelva un amplio partido obrero socialdemócrata» (pág. 239). Habría que decir, para ser exactos: en la medida en que la envuelva un amplio movimiento obrero socialdemócrata. Y en esta forma, la tesis del camarada Mártov no solo es indiscutible, sino que es un truismo directo. Me detengo en este punto solo porque del truismo del camarada Mártov los oradores posteriores sacaron un argumento muy socorrido y muy vulgar de que Lenin, dicen, quiere «limitar la suma total de miembros del partido a la suma de conspiradores». Esta conclusión, que solo podía provocar una sonrisa, la sacaban también el camarada Posadovski y el camarada Popov, y cuando la enarbolaron Martínov y Akímov, su verdadero carácter ya se perfiló por completo, precisamente el carácter de frase oportunista. En la actualidad, este mismo argumento lo desarrolla en la nueva «Iskra» el camarada Axelrod para familiarizar al público lector con las nuevas concepciones organizativas de la nueva redacción. Ya en el congreso, en la primera sesión que discutió la cuestión del § 1, observé que los oponentes querían aprovecharse de un arma tan barata, y por eso advertí en mi discurso (pág. 240): «No hay que pensar que las organizaciones del partido deban componerse solo de revolucionarios profesionales. Necesitamos las más diversas organizaciones de todo tipo, rango y matiz, desde las extraordinariamente estrechas y conspirativas hasta las muy amplias, libres, lose Organisationen». Es esta una verdad tan evidente, tan obvia por sí misma, que detenerme en ella consideraba superfluo. Pero en estas épocas actuales, cuando nos han arrastrado hacia atrás en muchísimos aspectos, hay que «repetir lo andado» también aquí. Para tal repetición citaré algunos extractos de «¿Qué hacer?» y de «Carta a un camarada»:

...«Al círculo de corifeos, como Alexéiev y Myshkin, Jalturin y Zheliábov, les son accesibles las tareas políticas en el sentido más real, en el más práctico de la palabra, les son accesibles precisamente porque y en la medida en que su fogosa prédica encuentra eco en la masa que se despierta de manera espontánea, en la medida en que su energía hirviente es recogida y sostenida por la energía de la clase revolucionaria». Para ser un partido socialdemócrata, hay que lograr el apoyo precisamente de la clase. No es el partido quien debe envolver la organización conspirativa, como pensaba el camarada Mártov, sino la clase revolucionaria, el proletariado, quien debe envolver al partido, que incluye en sí tanto organizaciones conspirativas como no conspirativas.

...«Las organizaciones de los obreros para la lucha económica deben ser organizaciones sindicales. Todo socialdemócrata obrero debe en la medida de lo posible prestar colaboración y trabajar activamente en estas organizaciones... Pero no interesa en absoluto exigir que solo los socialdemócratas puedan ser miembros de los sindicatos de oficio: esto reduciría la magnitud de nuestra influencia sobre la masa. Que participe en el sindicato de oficio todo obrero que comprenda la necesidad de unirse para luchar contra los patronos y contra el gobierno. El objetivo mismo de los sindicatos de oficio sería inalcanzable si ellos no unieran a todos aquellos a quienes les es accesible al menos este grado elemental de comprensión, si estos sindicatos de oficio no fueran organizaciones muy amplias. Y cuanto más amplias sean estas organizaciones, tanto más amplia será también nuestra influencia sobre ellas, influencia ejercida no solo por el desarrollo “espontáneo” de la lucha económica, sino también por la directa acción consciente sobre los camaradas de los miembros socialistas del sindicato» (pág. 86). Dicho sea de paso, el ejemplo de los sindicatos es especialmente característico para valorar la cuestión discutida sobre el § 1. Que estos sindicatos deben trabajar «bajo el control y la dirección» de las organizaciones socialdemócratas: sobre esto no puede haber dos opiniones entre los socialdemócratas. Pero, sobre esta base, dar derecho a todos los miembros de tales sindicatos a «declararse» miembros del partido socialdemócrata sería un absurdo manifiesto y amenazaría con acarrear un doble perjuicio: reducir la magnitud del movimiento de oficio y debilitar la solidaridad obrera sobre esta base, por un lado. Por otro lado, esto abriría las puertas del partido socialdemócrata a la imprecisión y la inestabilidad. La socialdemocracia alemana tuvo ocasión de resolver una cuestión similar en un planteamiento concreto, cuando surgió el famoso incidente con los albañiles de Hamburgo que trabajaban a destajo. La socialdemocracia no vaciló ni un minuto en reconocer el esquiroleo como un acto deshonroso desde el punto de vista del socialdemócrata, es decir, en reconocer la dirección de las huelgas, el apoyo a estas como algo de su propia sangre, pero al mismo tiempo rechazó con igual resolución la exigencia de identificar los intereses del partido con los intereses de los sindicatos de oficio, de cargar al partido con la responsabilidad por los pasos particulares de los sindicatos particulares. El partido debe y tratará de empapar con su espíritu, de someter a su influencia los sindicatos de oficio, pero precisamente en interés de esta influencia debe distinguir los elementos plenamente socialdemócratas (que ingresan al partido socialdemócrata) de estos sindicatos de los no plenamente conscientes y no plenamente activos políticamente, y no mezclar unos con otros, como quiere el camarada Axelrod.

...«La centralización de las funciones más conspirativas por la organización de revolucionarios no debilitará, sino que enriquecerá la amplitud y el contenido de la actividad de toda una masa de otras organizaciones, destinadas a un público amplio y, por tanto, lo menos formalizadas y lo menos conspirativas posible: los sindicatos obreros, los círculos obreros de autoeducación y lectura de literatura ilegal, los círculos socialistas y también democráticos en todas las demás capas de la población, etc., etc. Tales círculos, sindicatos y organizaciones son necesarios en todas partes, en el mayor número posible y con las más diversas funciones, pero es absurdo y perjudicial confundirlos con la organización de revolucionarios, borrando la línea divisoria entre ellos»... (pág. 96)[84].

De esta información se desprende cuán inoportunamente me recordaba el camarada Mártov que la organización de revolucionarios debe estar rodeada de amplias organizaciones obreras. Ya lo señalé en ¿Qué hacer?, y en la Carta a un camarada desarrollaba esta idea de manera más concreta. Los círculos fabriles –escribía allí– «son para nosotros particularmente importantes: pues toda la fuerza principal del movimiento reside en la organización de los obreros en las grandes fábricas, ya que las grandes fábricas (y talleres) incluyen no sólo la parte predominante numéricamente, sino aún más predominante por su influencia, desarrollo y capacidad de lucha de la clase obrera. Cada fábrica debe ser nuestra fortaleza... El subcomité fabril debe esforzarse por abarcar toda la fábrica, a la mayor proporción posible de obreros, mediante una red de todo tipo de círculos (o agentes)... Todos los grupos, círculos, subcomités, etc., deben tener la condición de instituciones del comité o de secciones filiales del comité. Unos declararán directamente su deseo de ingresar en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y, con la aprobación del comité, ingresarán en él, asumirán (por encargo del comité o de acuerdo con él) determinadas funciones, se obligarán a obedecer las disposiciones de los órganos del partido, obtendrán los derechos de todos los miembros del partido, serán considerados candidatos directos a miembros del comité, etc. Otros no ingresarán en el POSDR, manteniéndose como círculos organizados por miembros del partido, o adheridos a uno u otro grupo del partido, etc.» (págs. 17-18)[85].

De las palabras subrayadas por mí se ve con particular claridad que la idea de mi formulación del § 1 está ya plenamente expresada en la Carta a un camarada. Las condiciones para ingresar en el partido están aquí señaladas directamente, a saber: 1) cierto grado de organización y 2) aprobación por el comité del partido. Una página más adelante indico también, a título de ejemplo, qué grupos y organizaciones y por qué razones deben (o no deben) ser incorporados al partido: «El grupo de repartidores debe pertenecer al POSDR y conocer a cierto número de sus miembros y de sus dirigentes. El grupo que estudia las condiciones profesionales del trabajo y elabora tipos de reivindicaciones profesionales no necesariamente debe pertenecer al POSDR. El grupo de estudiantes, oficiales, empleados que se ocupan de la autoeducación con la participación de uno o dos miembros del partido, a veces ni siquiera debe saber que éstos pertenecen al partido, etc.» (págs. 18-19)[86].

¡He aquí más material para la cuestión del «alzamiento de la visera»! Mientras que la fórmula del proyecto del camarada Mártov no aborda en absoluto la relación del partido con las organizaciones, yo señalaba ya casi un año antes del congreso que unas organizaciones deben ingresar en el partido y otras no. En la Carta a un camarada aparece ya claramente la idea que defendí en el congreso. La cuestión podría representarse gráficamente del siguiente modo. Según el grado de organización en general y de carácter conspirativo de la organización en particular, pueden distinguirse, aproximadamente, las siguientes categorías: 1) organizaciones de revolucionarios; 2) organizaciones de obreros, lo más amplias y diversas posible (me limito a la clase obrera, dando por supuesto que, en determinadas condiciones, ciertos elementos de otras clases también entrarán aquí). Estas dos categorías constituyen el partido. Luego, 3) organizaciones de obreros adheridas al partido; 4) organizaciones de obreros no adheridas al partido, pero que de hecho se someten a su control y dirección; 5) elementos no organizados de la clase obrera, que en parte también se someten, al menos en los casos de grandes manifestaciones de la lucha de clases, a la dirección de la socialdemocracia. Así es, aproximadamente, como yo veo la cuestión. Por el contrario, desde el punto de vista del camarada Mártov, la frontera del partido queda completamente indefinida, pues «cada huelguista» puede «declararse miembro del partido». ¿Qué beneficio aporta esta vaguedad? Una amplia difusión del «nombre». Su perjuicio es que introduce la idea desorganizadora de confundir la clase y el partido.

Para ilustrar las tesis generales que hemos expuesto, echemos un rápido vistazo a las discusiones ulteriores en el congreso sobre el § 1. El camarada Brukér se pronuncia (para satisfacción del camarada Mártov) a favor de mi formulación, pero su alianza conmigo resulta, a diferencia de la alianza del camarada Akímov con Mártov, basada en un malentendido. El camarada Brukér «no está de acuerdo con todo el estatuto ni con todo su espíritu» (pág. 239) y defiende mi fórmula como base del democratismo deseado por los partidarios de Rábocheie Dielo. El camarada Brukér aún no se había elevado al punto de vista de que en la lucha política a veces hay que elegir el mal menor; el camarada Brukér no se percató de que es inútil defender el democratismo en un congreso como el nuestro. El camarada Akímov resultó más perspicaz. Planteó la cuestión con toda corrección, reconociendo que «los camaradas Mártov y Lenin discuten cuál (formulación) alcanza mejor su objetivo común» (pág. 252). «Yo y Brukér —continúa— queremos elegir la que menos lo alcanza. A este respecto, elijo la formulación de Mártov». Y el camarada Akímov explicó con franqueza que «su propio objetivo» (el de Plejánov, Mártov y el mío: crear una organización dirigente de revolucionarios) lo considera «irrealizable y perjudicial»; defiende, al igual que el camarada Martýnov[87], la idea de los economistas sobre lo innecesario de una «organización de revolucionarios». Está «lleno de fe en que la vida se abrirá paso de todos modos en nuestra organización partidaria, independientemente de que le cerréis el camino con la fórmula de Mártov o con la fórmula de Lenin». No valdría la pena detenerse en esta concepción «economicista» de la «vida» si no la encontráramos también en el camarada Mártov. El segundo discurso del camarada Mártov (pág. 245) es, en general, tan interesante que merece ser analizado detalladamente.

El primer argumento del camarada Mártov: el control de las organizaciones del partido sobre los miembros del partido que no forman parte de las organizaciones «es factible, ya que el comité, al encargar a alguien una función determinada, puede vigilar su cumplimiento» (pág. 245). Esta tesis es sumamente característica, porque «revela», si se puede decir así, a quién es necesaria y a quién servirá en la práctica la formulación de Mártov: si a los individuos aislados de la intelectualidad o a los grupos obreros y a las masas obreras. El hecho es que caben dos interpretaciones de la fórmula de Mártov: 1) puede «declararse» miembro del partido (palabras textuales del camarada Mártov) todo aquel que le preste una colaboración personal regular bajo la dirección de una de sus organizaciones; 2) toda organización del partido puede reconocer como miembro del partido a todo aquel que le preste una colaboración personal regular bajo su dirección. Solo la primera interpretación da realmente la posibilidad de que «cada huelguista» se llame miembro del partido, y solo ella, por eso mismo, se ha ganado en el acto el corazón de Líber, Akímov y Martínov. Pero esta interpretación es ya, evidentemente, una frase, pues entonces entrará aquí toda la clase obrera y se borrará la diferencia entre el partido y la clase; del control y la dirección de «cada huelguista» solo se puede hablar «simbólicamente». He ahí por qué el camarada Mártov se desvió inmediatamente en su segundo discurso hacia la segunda interpretación (aunque, dicho sea entre paréntesis, esta fue directamente rechazada por el congreso, que rechazó la resolución de Kóstich{103}, pág. 255): el comité encargará funciones y vigilará su cumplimiento. Tales encargos especiales nunca, naturalmente, tendrán lugar respecto a la masa de obreros, a los miles de proletarios (de los que hablan el camarada Axelrod y el camarada Martínov); se darán con frecuencia precisamente a esos profesores que mencionaba el camarada Axelrod, a esos estudiantes de secundaria por los que se preocupaban el camarada Líber y el camarada Popov (pág. 241), a esa juventud revolucionaria a la que aludía el camarada Axelrod en su segundo discurso (pág. 242). En una palabra, la fórmula del camarada Mártov o bien quedará en letra muerta, en una frase vacía, o bien beneficiará principal y casi exclusivamente a «los intelectuales, imbuidos hasta los huesos de individualismo burgués» y que no quieren entrar en la organización. De palabra, la fórmula de Mártov defiende los intereses de amplias capas del proletariado; de hecho, esta fórmula servirá a los intereses de la intelectualidad burguesa, que rehúye la disciplina y la organización proletarias. Nadie se atreverá a negar que la intelectualidad, como capa especial de las modernas sociedades capitalistas, se caracteriza, en general y en conjunto, precisamente por el individualismo y por la incapacidad para la disciplina y la organización (compárese, por ejemplo, los conocidos artículos de Kautsky sobre la intelectualidad); en esto, dicho sea de paso, consiste la diferencia desfavorable de esta capa social respecto al proletariado; en esto reside una de las explicaciones de la debilidad e inestabilidad propias de la intelectualidad, que tan a menudo se hacen sentir al proletariado; y esta propiedad de la intelectualidad está indisolublemente ligada a las condiciones habituales de su vida, a las condiciones de sus ingresos, que se aproximan muchísimo a las condiciones de la existencia pequeñoburguesa (trabajo en solitario o en colectivos muy pequeños, etc.). ¡No es una casualidad, en fin, que precisamente los defensores de la fórmula del camarada Mártov hayan tenido que esgrimir ejemplos de profesores y estudiantes! No fueron los paladines de una amplia lucha proletaria quienes se alzaron, en las discusiones sobre el § 1, contra los partidarios de una organización radical de conspiradores, como pensaban los camaradas Martínov y Axelrod, sino que chocaron los partidarios del individualismo intelectual burgués con los partidarios de la organización y la disciplina proletarias.

El camarada Popov dijo: «En todas partes, en Petersburgo, lo mismo que en Nikoláiev u Odesa, según testimonio de los representantes de estas ciudades, hay decenas de obreros que distribuyen literatura, realizan agitación oral y que no pueden ser miembros de la organización. Se los puede adscribir a la organización, pero no considerarlos miembros» (pág. 241). ¿Por qué no pueden ser miembros de la organización? Eso siguió siendo un misterio para el camarada Popov. Ya he citado más arriba un pasaje de la «Carta a un camarada» que muestra que precisamente la inclusión de todos esos obreros (por centenares y no por decenas) en las organizaciones es posible y necesaria, y muchísimas de estas organizaciones pueden y deben entrar en el partido.

El segundo argumento del camarada Mártov: «Para Lenin no hay en el partido otras organizaciones que las organizaciones del partido»... ¡Enteramente cierto!... «Para mí, por el contrario, tales organizaciones deben existir. La vida crea y multiplica organizaciones con mayor rapidez que nosotros podemos incluirlas en la jerarquía de nuestra organización combativa de revolucionarios profesionales»... Esto es falso en dos sentidos: 1) «la vida» produce muchas menos organizaciones útiles de revolucionarios de las que necesitamos, de las que requiere el movimiento obrero; 2) nuestro partido debe ser una jerarquía no solo de las organizaciones de revolucionarios, sino también de la masa de organizaciones obreras... «Lenin piensa que el CC reconocerá la calidad de organizaciones del partido solo a aquellas que sean plenamente seguras desde el punto de vista de los principios. Pero el camarada Brúker comprende bien que la vida (sic!) se saldrá con la suya y que el CC, para no dejar fuera del partido a multitud de organizaciones, deberá legalizarlas, a pesar de su carácter no plenamente seguro; por eso el camarada Brúker se suma a Lenin»... ¡He aquí, verdaderamente, una concepción colista de la «vida»! Claro está que si el CC estuviera obligatoriamente compuesto por hombres que se guiaran no por su propia opinión, sino por lo que otros dijeran (ver el incidente con OK), entonces la «vida» se saldría con la «suya» en el sentido de que los elementos más atrasados del partido se impondrían (como ha sucedido ahora, al formarse la «minoría» del partido con elementos atrasados). Pero no se puede aducir ni una sola razón sensata que obligue a un CC juicioso a introducir en el partido elementos «no seguros». ¡Precisamente con esta referencia a la «vida» que «multiplica» elementos no seguros, el camarada Mártov muestra palmariamente el carácter oportunista de su plan organizativo!... «Yo pienso —continúa— que si tal organización (no plenamente segura) acepta el programa del partido y el control del partido, podemos introducirla en el partido sin convertirla por ello en una organización del partido. Yo consideraría un gran triunfo para nuestro partido si, por ejemplo, cualquier unión de «independientes» decidiera adoptar el punto de vista de la socialdemocracia y su programa, y entrara en el partido, lo cual no significa, sin embargo, que convirtamos esa unión en organización del partido»... ¡He ahí a qué confusión conduce la fórmula de Mártov: ¡organizaciones que no son del partido y que entran en el partido! Imagínense tan solo su esquema: el partido = 1) organizaciones de revolucionarios + 2) organizaciones obreras reconocidas como del partido + 3) organizaciones obreras no reconocidas como del partido (principalmente de «independientes») + 4) individuos aislados que desempeñan distintas funciones, profesores, estudiantes, etc. + 5) «cada huelguista». Junto a este notable plan solo pueden ponerse las palabras del camarada Líber: «Nuestra tarea no es solo organizar la organización (!!), podemos y debemos organizar el partido» (pág. 241). Sí, por supuesto, podemos y debemos hacerlo, pero para ello no hacen falta palabras carentes de sentido sobre la «organización de las organizaciones», sino la exigencia directa a los miembros del partido de que trabajen en la organización de hecho. Hablar de la «organización del partido» y defender el encubrimiento con la palabra partido de toda desorganización y todo desorden equivale a decir palabras vacías.

«Nuestra fórmula – dice el camarada Mártov – expresa la aspiración de que entre la organización de revolucionarios y la masa haya una serie de organizaciones». Precisamente no. La fórmula de Mártov no expresa esa aspiración realmente obligatoria, pues no da estímulo para organizarse, no contiene la exigencia de organizarse, no separa lo organizado de lo no organizado. Sólo otorga un título[88], y a este respecto no se puede dejar de recordar las palabras del camarada Axelrod: «Ningún decreto puede prohibirles (a los círculos de la juventud revolucionaria y similares) y a las personas individuales llamarse socialdemócratas» (¡santa verdad!) «e incluso considerarse parte del partido»... ¡esto ya es absolutamente falso! Prohibir llamarse socialdemócrata no se puede ni es necesario, pues esa palabra expresa directamente sólo un sistema de convicciones, y no determinadas relaciones organizativas. Prohibir a círculos y personas particulares «considerarse parte del partido» se puede y se debe, cuando esos círculos y personas perjudican la causa del partido, la corrompen o desorganizan. ¡Sería ridículo hablar del partido como un todo, como una magnitud política, si éste no pudiera «prohibir por decreto» a un círculo «considerarse parte» del todo! ¿Y para qué definir entonces el procedimiento y las condiciones de expulsión del partido? El camarada Axelrod llevó al absurdo de manera evidente el error fundamental del camarada Mártov; incluso elevó ese error a teoría oportunista cuando añadió: «en la fórmula de Lenin, el § 1 es una contradicción directa de principio con la esencia misma (!!), con las tareas del partido socialdemócrata del proletariado» (pág. 243). Esto no significa ni más ni menos que: plantear exigencias más elevadas al partido que a la clase es una contradicción de principio con la esencia misma de las tareas del proletariado. No es de extrañar que Akímov se alzara como un firme defensor de semejante teoría.

La última expresión, que he puesto entre comillas, pertenece al camarada Pavlovich, quien con toda razón atribuyó al anarquismo el reconocimiento de miembros «irresponsables y que se autoinscriben en el partido». «Traduciendo al lenguaje sencillo» – explicaba el camarada Pavlovich mi fórmula al camarada Liber – ella significa: «si quieres ser miembro del partido, debes reconocer no sólo platónicamente también las relaciones organizativas». Por simple que sea esta «traducción», resultó no ser superflua (como demostraron los acontecimientos posteriores al congreso) no sólo para diversos profesores y estudiantes de bachillerato dudosos, sino también para los más auténticos miembros del partido, para la gente de la cúpula… No menos justamente señaló el camarada Pavlovich la contradicción entre la fórmula del camarada Mártov y aquella tesis indiscutible del socialismo científico que el mismo camarada Mártov citó tan desafortunadamente. «Nuestro partido es el portavoz consciente de un proceso inconsciente». Exactamente. Y precisamente por eso es incorrecto empeñarse en que «cada huelguista» pueda llamarse miembro del partido, porque si «cada huelga» fuera no sólo la expresión espontánea de un poderoso instinto de clase y de la lucha de clases que conduce inevitablemente a la revolución social, sino la expresión consciente de ese proceso, entonces… entonces la huelga general no sería una frase anarquista, entonces nuestro partido cubriría de inmediato y por entero a toda la clase obrera, y, por consiguiente, acabaría de golpe también con toda la sociedad burguesa. Para ser de hecho un portavoz consciente, el partido debe saber elaborar relaciones organizativas que aseguren un cierto nivel de conciencia y que eleven sistemáticamente ese nivel. «Si seguimos el camino de Mártov – dijo el camarada Pavlovich –, lo primero de todo habría que eliminar el punto sobre el reconocimiento del programa, pues para aceptar el programa es necesario asimilarlo y comprenderlo… El reconocimiento del programa está condicionado por un nivel bastante alto de conciencia política». Nosotros jamás permitiremos que el apoyo a la socialdemocracia, que la participación en la lucha dirigida por ella, sea artificialmente limitado por exigencias de cualquier tipo (de asimilación, comprensión, etc.), ya que la propia participación, por el solo hecho de manifestarse, eleva tanto la conciencia como los instintos organizativos; pero una vez que nos hemos unido en un partido para un trabajo planificado, debemos preocuparnos de asegurar esa planificación.

Que la advertencia del camarada Pavlovich sobre el programa no fue superflua se puso de manifiesto de inmediato, en el curso de la misma sesión. Los camaradas Akímov y Liber, que hicieron pasar la formulación del camarada Mártov[91], revelaron en seguida su verdadera naturaleza al exigir (págs. 254–255) que también el programa debía (para la «pertenencia» al partido) reconocerse sólo platónicamente, sólo en sus «principios fundamentales». «La propuesta del camarada Akímov es completamente lógica desde el punto de vista del camarada Mártov» – señaló el camarada Pavlovich. Por desgracia, no vemos por las actas cuántos votos reunió esta propuesta de Akímov; con toda probabilidad, no menos de siete (los cinco bundistas, Akímov y Brouckère). ¡Y justamente la retirada de esos siete delegados del congreso transformó la «mayoría compacta» (de los antiiskristas, del «centro» y de los martovistas) que comenzaba a formarse en torno al § 1 de los estatutos, en una minoría compacta! ¡Justamente la retirada de esos siete delegados llevó al fracaso de la propuesta de confirmar a la vieja redacción, esa supuesta violación flagrante de la «continuidad» en la dirección de «Iskra»! La original agrupación de siete era, pues, la única salvación y garantía de la «continuidad» iskrista: esos siete estaban compuestos por los bundistas, Akímov y Brouckère, es decir, precisamente los delegados que habían votado contra los motivos para reconocer a «Iskra» como Órgano Central, precisamente los delegados cuyo oportunismo había sido constatado decenas de veces por el congreso y reconocido, en particular, por Mártov y Plejánov en la cuestión de suavizar el § 1 en lo referente al programa. ¡La «continuidad» de «Iskra» protegida por los antiiskristas! Así llegamos al nudo de la tragicomedia posterior al congreso.

La distribución de votos sobre el § primero de los estatutos reveló un fenómeno exactamente del mismo tipo que en el incidente sobre la igualdad de las lenguas: el desprendimiento de aproximadamente la cuarta parte de la mayoría iskrista dio la posibilidad de victoria a los antiiskristas, a los que seguía el «centro». Naturalmente, también aquí hay algunos votos que alteran la completa armonía del cuadro; en una asamblea tan grande como nuestro congreso, es inevitable que haya una parte de «elementos salvajes» que van a parar casualmente ya a un lado, ya a otro, sobre todo en una cuestión como el § primero, donde el carácter verdadero de la divergencia apenas comenzaba a perfilarse y muchos no tenían tiempo material de orientarse (al no existir un estudio previo de la cuestión en la literatura). De los iskristas de la mayoría se desprendieron cinco votos (Rúsov y Karski con dos votos cada uno, y Lenski con un voto); en cambio, se sumaron a ellos un antiiskrista (Brouckère) y tres del centro (Medviédev, Egórov y Tsariov); se obtuvo un total de 23 votos (24 – 5 + 4), un voto menos que la agrupación definitiva para las elecciones. La mayoría se la dieron a Mártov los antiiskristas, de los cuales 7 estuvieron por él y uno por mí (del «centro» también siete por Mártov, tres por mí). Aquella coalición de la minoría de los iskristas con los antiiskristas y con el «centro», que formó la minoría compacta al final del congreso y después del congreso, comenzaba a constituirse. El error político de Mártov y Axelrod, que dieron un paso indudable hacia el oportunismo y hacia el individualismo anarquista en la formulación del § primero y, sobre todo, en la defensa de esa formulación, se reveló de inmediato y con particular nitidez gracias a la tribuna abierta y libre del congreso, pues los elementos menos estables y menos consecuentes en cuanto a principios movilizaron sin demora todas sus fuerzas para ampliar aquella grieta, aquella brecha que había aparecido en las concepciones de la socialdemocracia revolucionaria. El trabajo conjunto en el congreso de personas que perseguían abiertamente objetivos diferentes en el terreno organizativo (véase el discurso de Akímov) empujó de inmediato a los adversarios de principio de nuestro plan organizativo y de nuestros estatutos a apoyar el error de los camaradas Mártov y Axelrod. Los iskristas que también en esta cuestión permanecieron fieles a las concepciones de la socialdemocracia revolucionaria resultaron minoría. Esta es una circunstancia de enorme importancia, pues sin comprenderla es absolutamente imposible entender ni la lucha en torno a los detalles de los estatutos, ni la lucha en torno a la composición personal del Órgano Central y del Comité Central.

## i) Las víctimas inocentes de la falsa acusación de oportunismo

Antes de pasar a los debates ulteriores sobre los estatutos, es necesario, para esclarecer nuestra divergencia acerca de la composición personal de los organismos centrales, abordar las reuniones privadas de la organización de *Iskra* que tuvieron lugar durante el Congreso. La última y más importante de estas cuatro reuniones se celebró justo después de la votación sobre el primer parágrafo de los estatutos; de modo que la escisión de la organización de *Iskra* ocurrida en esta reunión fue, tanto cronológica como lógicamente, la condición previa de la lucha posterior.

Las reuniones privadas de la organización de *Iskra*[92] comenzaron poco después del incidente con el Comité Organizador (OK), que dio pie a discutir la cuestión de las posibles candidaturas al Comité Central (CC). De por sí se comprende que, en virtud de la anulación de los mandatos imperativos, estas reuniones tuvieron un carácter exclusivamente consultivo, que no vinculaba a nadie, pero su importancia fue, no obstante, enorme. La elección del CC presentaba dificultades considerables para los delegados que no conocían ni los nombres conspirativos ni el trabajo interno de la organización de *Iskra*, la organización que había creado la unidad de hecho del partido, que había ejercido la dirección del movimiento práctico que sirvió de uno de los motivos para el reconocimiento oficial de *Iskra*. Ya hemos visto que, dada la unidad de los iskristas, tenían plenamente asegurada una mayoría considerable, de hasta 3/5 partes, en el Congreso, y todos los delegados lo comprendían perfectamente. Precisamente todos los iskristas esperaban que la organización de *Iskra* se pronunciara recomendando una composición personal determinada del CC, y ni un solo miembro de esta organización objetó ni una palabra contra la discusión previa en su seno de la composición del CC, ni uno solo insinuó siquiera la aprobación de toda la composición del OK, es decir, su transformación en CC, ni insinuó siquiera una consulta con toda la composición del OK respecto a los candidatos al CC. Esta circunstancia es también sumamente característica, y es de suma importancia tenerla presente, pues ahora los martovistas defienden retrospectivamente con celo al OK, demostrando con ello tan solo, por centésima y milésima vez, su falta de carácter político[93]. Mientras la escisión por la composición de los centros no unió a Mártov con los Akímov, para todos estaba claro en el Congreso aquello de lo que puede convencerse fácilmente, a partir de las actas del Congreso y de toda la historia de *Iskra*, cualquier persona imparcial, a saber: que el OK fue principalmente una comisión para la convocatoria del Congreso, una comisión compuesta a propósito con representantes de diferentes matices, incluido el del Bund; mientras que el trabajo real de creación de la unidad organizativa del partido recayó enteramente sobre los hombros de la organización de *Iskra* (hay que tener también presente que en el Congreso faltaron de manera totalmente casual varios miembros iskristas del OK, tanto a causa de detenciones como por otras circunstancias «ajenas a su voluntad»). La composición de la organización de *Iskra* presente en el Congreso ya ha sido citada en el folleto del camarada Pavlóvich (véase su «Carta sobre el II Congreso», pág. 13){104}. El resultado definitivo de los acalorados debates en la organización de *Iskra* fueron dos votos que yo ya mencioné en mi «Carta a la redacción». Primer voto: «se rechaza, con nueve votos contra cuatro y tres abstenciones, una de las candidaturas apoyadas por Mártov». Al parecer, ¿qué puede haber más simple y natural que este hecho: con el acuerdo común de los dieciséis miembros de la organización de *Iskra* presentes en el Congreso, se discute la cuestión de las posibles candidaturas y la mayoría rechaza una de las candidaturas del camarada Mártov (concretamente la candidatura del camarada Stein, como ya ha revelado, sin poder contenerse, el propio camarada Mártov en la pág. 69 de «El estado de sitio»)? Pues, entre otras cosas, nos reunimos precisamente en el congreso del partido para discutir y decidir la cuestión de a quién confiar la «batuta de director», y nuestro deber común como partido era prestar a este punto del orden del día la atención más seria, decidir esta cuestión desde el punto de vista de los intereses de la causa y no de las «ternuras pequeño-burguesas», como más tarde expresó con toda razón el camarada Rúsov. Por supuesto, al discutir la cuestión de los candidatos en el Congreso, era imposible no tocar también determinadas cualidades personales, era imposible no expresar la propia aprobación o desaprobación[94], especialmente en una reunión no oficial y reducida. Y yo ya advertí en el Congreso de la Liga que es absurdo considerar la desaprobación de una candidatura como algo «injurioso» (pág. 49 del acta de la Liga), que es absurdo montar una «escena» y armar una histeria por algo que forma parte del cumplimiento directo del deber partidario de elegir a los funcionarios de manera consciente y prudente. Y, sin embargo, ¡he aquí que para nuestra minoría éste fue el origen del conflicto, y empezaron a gritar después del Congreso sobre la «destrucción de la reputación» (pág. 70 del acta de la Liga) y a asegurar por escrito a la opinión pública que el camarada Stein era «el principal dirigente» del antiguo OK y que se le acusaba infundadamente «de no se sabe qué planes diabólicos» (pág. 69 de «El estado de sitio»)! ¿Acaso no es histeria cuando, a propósito de la aprobación o desaprobación de candidatos, se grita sobre la «destrucción de la reputación»? ¿Acaso no es una riña cuando, tras sufrir una derrota tanto en la reunión privada de la organización de *Iskra* como en la reunión oficial, la suprema reunión del partido, en el Congreso, la gente se va luego con sus quejas a la calle y recomienda al respetable público a los candidatos descartados como «principales dirigentes»?, ¿cuando luego la gente impone sus candidatos al partido mediante la escisión y la exigencia de cooptación? ¡Hasta tal punto se han mezclado en nuestra atmósfera enrarecida del extranjero los conceptos políticos, que el camarada Mártov ya no sabe distinguir el deber partidario del espíritu de círculo y del compadrazgo! Pensar que la cuestión de los candidatos es pertinente discutirla y decidirla sólo en los congresos –donde los delegados se reúnen para discutir, ante todo, importantes cuestiones de principio, donde confluyen los representantes del movimiento, capaces de abordar imparcialmente la cuestión de las personas, capaces (y obligados) de solicitar y recabar todos los informes sobre los candidatos para emitir un voto decisivo, donde es natural y necesario dedicar un cierto espacio a las disputas sobre la batuta de director–, ¡eso debe ser burocratismo y formalismo! En lugar de esta concepción burocrática y formalista, ahora se han introducido entre nosotros otras costumbres: nosotros, después de los congresos, hablaremos a diestro y siniestro sobre los funerales políticos de Iván Iványch, sobre la destrucción de la reputación de Iván Nikíforovich; los candidatos serán recomendados en folletos por unos u otros literatos, y con ello, farisaicamente, asegurarán golpeándose el pecho: no es el círculo, sino el partido… ¡El público lector, entre aquellos ávidos de escándalos, se deleitará tan ansiosamente con esta sensacional novedad de que tal persona era el principal dirigente del OK, según afirma el propio Mártov[95]! Este público lector es mucho más capaz de discutir y decidir la cuestión que las instituciones formalistas como los congresos con sus decisiones toscamente mecánicas por mayoría… ¡Sí, nuestros verdaderos militantes del partido aún tendrán que limpiar los grandes establos de Augías{105} de la riña en el extranjero!

El otro voto de la organización de *Iskra*: «se acepta, con diez votos contra dos y cuatro abstenciones, la lista de cinco (para el CC) en la que, a propuesta mía, se ha incluido a un dirigente de los elementos no iskristas y a un dirigente de la minoría iskrista»[96]. Este voto es sumamente importante, pues demuestra de manera clara e irrefutable toda la falsedad de los bulos que proliferaron después, en la atmósfera de la riña, según los cuales nosotros queríamos expulsar del partido o apartar a los no iskristas, que la mayoría elegía sólo con una mitad del Congreso de una mitad, etc. Todo esto es pura falsedad. El voto que he citado muestra que no sólo del partido, sino incluso del CC, no apartábamos a los no iskristas, sino que dábamos a nuestros oponentes una minoría muy significativa. Todo el quid de la cuestión estaba en que ellos querían tener la mayoría y, cuando este modesto deseo no se realizó, armaron un escándalo, negándose por completo a participar en los centros. Que las cosas fueron exactamente así, en contra de lo afirmado por el camarada Mártov en la Liga, se desprende de la siguiente carta que nos enviaron a nosotros, la mayoría de los iskristas (y a la mayoría del Congreso, tras la retirada de los siete), la minoría de la organización de *Iskra*, poco después de la aprobación del primer parágrafo de los estatutos en el Congreso (cabe señalar que la reunión de la organización de *Iskra* de la que hablé fue la última: después de ella, la organización se desintegró de hecho, y ambas partes trataban de convencer de su razón a los demás delegados del Congreso).

He aquí el texto de la carta:

Habiendo escuchado las explicaciones de los delegados Sorokin y Sablina sobre el deseo de la mayoría de la redacción y del grupo «Osvobozhdenie Truda» de participar en la reunión (en tal fecha[97]), y habiendo comprobado con la ayuda de estos delegados que en la reunión anterior se leyó, como si procediera de nosotros, una lista de candidatos al Comité Central, utilizada para caracterizar erróneamente toda nuestra posición política, y teniendo en cuenta que, en primer lugar, se nos ha atribuido esa lista sin intento alguno de verificar su origen; que, en segundo lugar, esta circunstancia está indudablemente relacionada con la acusación abiertamente difundida de oportunismo contra la mayoría de la redacción de «Iskra» y del grupo «Osvobozhdenie Truda»; y que, en tercer lugar, para nosotros es absolutamente clara la relación de esta acusación con un plan perfectamente definido de modificar la composición de la redacción de «Iskra», consideramos que las explicaciones que se nos han dado sobre las razones de no admitirnos en la reunión no nos satisfacen, y la negativa a admitirnos en la reunión es una prueba de la falta de voluntad de darnos la posibilidad de disipar las mencionadas acusaciones falsas.

En cuanto a un posible acuerdo entre nosotros sobre una lista común de candidatos al Comité Central, declaramos que la única lista que podemos aceptar como base de acuerdo es la siguiente: Popov, Trotski, Glébov, y subrayamos el carácter de esta lista como lista de compromiso, ya que la inclusión en ella del camarada Glébov sólo significa una concesión a los deseos de la mayoría, pues, después de haberse aclarado para nosotros el papel del camarada Glébov en el congreso, no consideramos que el camarada Glébov satisfaga las exigencias que deben plantearse a un candidato al Comité Central.

Al mismo tiempo, subrayamos la circunstancia de que, al entablar negociaciones sobre las candidaturas al Comité Central, lo hacemos sin relación alguna con la cuestión de la composición de la redacción del Órgano Central, ya que no estamos dispuestos a entablar negociación alguna sobre esta cuestión (la composición de la redacción).

Esta carta, que reproduce con exactitud el estado de ánimo de las partes en litigio y la situación de la disputa, nos introduce de lleno en el «meollo» de la escisión que comienza y muestra sus verdaderas causas. La minoría de la organización de «Iskra», no habiendo querido ponerse de acuerdo con la mayoría y habiendo preferido la agitación libre en el congreso (teniendo, por supuesto, pleno derecho a ello), ¡pretende, no obstante, que los «delegados» de la mayoría la admitan en su reunión privada! Es comprensible que esta divertida exigencia sólo suscitara en nuestra reunión (la carta fue, naturalmente, leída en ella) sonrisas y encogimientos de hombros, y los gritos, que rayaban ya en la histeria, sobre las «falsas acusaciones de oportunismo» provocaron directamente la risa. Pero analicemos primero, punto por punto, las amargas quejas de Mártov y Starover.

Se les ha atribuido falsamente una lista; se caracteriza erróneamente su posición política. – Pero, como el propio Mártov reconoce (pág. 64 de las actas de la Liga), ni se me ocurrió poner en duda la veracidad de sus palabras de que no es él el autor de la lista. La cuestión de la autoría no viene aquí al caso en absoluto, y el que la lista fuera esbozada por alguien de los iskristas o por alguien de los representantes del «centro», etc., no tiene la menor importancia. Lo importante es que esa lista, compuesta enteramente por miembros de la actual minoría, circuló en el congreso, aunque sólo fuera como simple conjetura o suposición. Y lo más importante, en fin, es que el camarada Mártov tuvo que defenderse en el congreso con uñas y dientes de semejante lista, que ahora debería haber acogido con entusiasmo. ¡No se puede pintar de modo más plástico la inestabilidad en la apreciación de las personas y de los matices que con este salto, en un par de meses, desde los gritos sobre el «rumor infamante» hasta la imposición al partido, para el centro, de esos mismos candidatos de la lista supuestamente infamante![98]

Esa lista, decía el camarada Mártov en el congreso de la Liga, «significaba políticamente una coalición nuestra y de «Yuzhny Rabochy» con el Bund, una coalición en el sentido de un acuerdo directo» (pág. 64). Esto es falso, porque, en primer lugar, el Bund jamás habría aceptado un «acuerdo» sobre una lista en la que no figuraba ni un solo bundista; y, en segundo lugar, de un acuerdo directo (que a Mártov le parecía vergonzoso) no se habló ni se pudo hablar, no sólo con el Bund, sino tampoco con el grupo de «Yuzhny Rabochy». No se trataba precisamente de un acuerdo, sino de una coalición, no de que el camarada Mártov concertara un trato, sino de que inevitablemente debían apoyarle aquellos mismos elementos antiiskristas y vacilantes contra los que había luchado durante la primera mitad del congreso y que se aferraron a su error en el artículo 1 de los estatutos. La carta que he citado demuestra de la manera más incontestable que la raíz del «agravio» residía precisamente en la acusación abierta, y además falsa, de oportunismo. Estas «acusaciones», que armaron tanto revuelo y que ahora el camarada Mártov elude tan cuidadosamente, a pesar de mi recordatorio en la «Carta a la redacción», fueron de dos tipos: en primer lugar, durante los debates sobre el artículo 1 de los estatutos, Plejánov dijo directamente que la cuestión del artículo 1 era la cuestión de «separar» de nosotros «a toda clase de representantes del oportunismo» y que por mi proyecto, como baluarte contra su invasión en el partido, «ya por esto solo deben votar todos los adversarios del oportunismo» (pág. 246 de las actas del congreso). Estas enérgicas palabras, a pesar de la pequeña atenuación que yo introduje en ellas (pág. 250)[99], causaron sensación, que se reflejó claramente en los discursos de los camaradas Rúsov (pág. 247), Trotski (pág. 248) y Akímov (pág. 253). En los «pasillos» de nuestro «parlamento» la tesis de Plejánov se comentaba vivamente y se variaba de mil maneras en las interminables discusiones sobre el artículo 1. ¡Y he aquí que, en lugar de defenderse en cuanto al fondo, nuestros queridos camaradas se entregaron a una ofensa ridícula, llegando incluso a las quejas por escrito sobre la «falsa acusación de oportunismo»!

La psicología del espíritu de círculo y de una sorprendente inmadurez partidaria, incapaz de soportar el soplo de aire fresco de las discusiones abiertas ante todos, se puso aquí de manifiesto. ¡Es esa psicología, familiar al hombre ruso, que se expresa con el viejo dicho: o te pego en los dientes, o te doy la mano! La gente se ha acostumbrado tanto a la campana de cristal de una compañía estrecha y cálida, que se desmayó ante la primera intervención, bajo su propia responsabilidad, en la arena libre y abierta. ¡Acusar, y a quién! ¡Al grupo «Osvobozhdenie Truda», y además a su mayoría, de oportunismo... ¿pueden imaginarse semejante horror?! O la escisión del partido por una ofensa tan imborrable, o echar tierra a esta «desazón doméstica» restableciendo la «continuidad» de la campana de cristal: esta disyuntiva se perfila ya con bastante claridad en la carta examinada. La psicología del individualismo intelectual y del espíritu de círculo chocó con la exigencia de una comparecencia abierta ante el partido. ¡Imagínense tan sólo que en el partido alemán fuera posible semejante desatino, semejante querella, como una queja por una «falsa acusación de oportunismo»! La organización y la disciplina proletarias han curado allí hace tiempo de esa sensiblería intelectual. Nadie, por ejemplo, trata sino con el mayor respeto a Liebknecht, ¡pero cómo se habrían burlado allí de las quejas de que fue «acusado abiertamente de oportunismo» (junto con Bebel) en el congreso de 1895{106}, cuando en la cuestión agraria se encontró en la mala compañía del oportunista declarado Vollmar y sus amigos! El nombre de Liebknecht está indisolublemente vinculado a la historia del movimiento obrero alemán, no, por supuesto, porque Liebknecht cayera en el oportunismo en una cuestión relativamente pequeña y particular, sino a pesar de ello. Y del mismo modo, a pesar de toda la irritación de la lucha, el nombre, por ejemplo, del camarada Axelrod inspira e inspirará siempre respeto a todo socialdemócrata ruso, pero no porque al camarada Axelrod le ocurriera defender una ideílla oportunista en el segundo congreso de nuestro partido, le ocurriera desenterrar viejas sandeces anarquistas en el segundo congreso de la Liga, sino a pesar de ello. Sólo el más empedernido espíritu de círculo, con su lógica de «o te pego en los dientes, o te doy la mano», pudo armar la histeria, la querella y la escisión del partido por una «falsa acusación de oportunismo contra la mayoría del grupo ‘Osvobozhdenie Truda’».

Otra base de esta terrible acusación está vinculada de la manera más indisoluble con la anterior (el camarada Mártov intentó en vano, en el congreso de la Liga (pág. 63), eludir y velar uno de los aspectos de este incidente). Se refiere precisamente a aquella coalición de elementos anti-Iskra y vacilantes con el camarada Mártov, que se esbozó en torno al § 1 de los estatutos. Por supuesto, no hubo ni podía haber ningún acuerdo, ni directo ni indirecto, entre el camarada Mártov y los anti-Iskristas, y nadie lo sospechaba de ello: solo se lo figuró por miedo. Pero su error se reveló políticamente precisamente en que personas indudablemente inclinadas al oportunismo empezaron a formar a su alrededor una mayoría "compacta" cada vez más densa (que ahora se ha convertido en minoría solo gracias a la retirada "casual" de siete delegados). A esta "coalición" nos referimos también, por supuesto, abiertamente, inmediatamente después del § 1, tanto en el congreso (ver la observación ya señalada del camarada Pávlovich, pág. 255 del protocolo del congreso) como en la organización de "Iskra" (lo señaló especialmente, según recuerdo, Plejánov). Es literalmente la misma indicación y la misma burla que recayó sobre Bebel y Liebknecht en 1895, cuando Zetkin les dijo: "Es tut mir in der Seele weh, daß ich dich in der Gesellschaft seh'" (me duele en el alma verte a ti –es decir, a Bebel– en semejante compañía –es decir, con Vollmar y Cía.){107}. Es realmente extraño que Bebel y Liebknecht no enviaran entonces a Kautsky y a Zetkin un mensaje histérico sobre una falsa acusación de oportunismo...

En cuanto a la lista de candidatos al Comité Central, esta carta muestra el error del camarada Mártov, quien afirmó en la Liga que la negativa a llegar a un acuerdo con nosotros no era aún definitiva, un ejemplo más de cuán irracional es en la lucha política intentar reproducir de memoria conversaciones, en lugar de consultar los documentos. En realidad, la "minoría" era tan modesta que presentó un ultimátum a la "mayoría": tomar a dos de la "minoría" y a uno (¡a modo de compromiso y solo como concesión propiamente dicha!) de la "mayoría". Esto es monstruoso, pero es un hecho. Y este hecho muestra con claridad cuán absurdas son las actuales patrañas de que "la mayoría, con una mitad del congreso, elegía a los representantes de una sola mitad". Justo al contrario: los martovistas, solo como concesión, nos ofrecían a uno de los tres, deseando, por tanto, en caso de que no aceptáramos esta original "concesión", ¡imponer a todos los suyos! Nosotros nos reímos, en nuestra reunión privada, de la modestia de los martovistas y confeccionamos nuestra propia lista: Glebov – Travinski (elegido después para el Comité Central) – Popov. Este último fue sustituido por nosotros (también en una reunión privada de los 24) por el camarada Vasíliev (elegido después para el Comité Central) solo porque el camarada Popov se negó a figurar en nuestra lista, se negó primero en una conversación privada, y después abiertamente en el congreso (pág. 338).

Así fue como sucedieron las cosas.

La modesta "minoría" tenía el modesto deseo de ser mayoría. Cuando este modesto deseo no fue satisfecho, la "minoría" se dignó a renunciar por completo y a montar un pequeño escándalo. ¡Y aún hay gente que, con altanera condescendencia, habla de la "intransigencia" de la "mayoría"!

La "minoría" presentaba cómicos ultimátums a la "mayoría", disponiéndose a la batalla de la agitación libre en el congreso. Tras sufrir la derrota, nuestros héroes rompieron a llorar y gritaron sobre el estado de sitio. Voilà tout[100].

La terrible acusación de que pretendíamos cambiar la composición de la redacción, nosotros (la reunión privada de los 24) la recibimos también con una sonrisa: todos sabían perfectamente, desde el comienzo mismo del congreso e incluso antes del congreso, del plan de renovar la redacción mediante la elección de una troika inicial (hablaré más detalladamente de esto cuando se trate de la elección de la redacción en el congreso). Que la "minoría" se asustara de este plan después de ver que la coalición de la "minoría" con los anti-Iskristas era una excelente confirmación de la justeza del mismo, no nos sorprendió, era completamente natural. No podíamos, por supuesto, tomar en serio la propuesta de convertirnos, por nuestra propia voluntad y antes de la lucha en el congreso, en minoría, no podíamos tomar en serio toda la carta, cuyos autores llegaron a un grado tan increíble de irritación que hablaban de "falsas acusaciones de oportunismo". Teníamos la firme esperanza de que el deber partidista prevalecería muy rápidamente sobre el deseo natural de "desahogar el corazón".

## k) Continuación de los debates sobre los estatutos. La composición del Consejo

Los demás puntos de los estatutos suscitaron muchas más discusiones sobre aspectos particulares que sobre los principios de organización. La 24ª sesión del congreso estuvo enteramente dedicada a la cuestión de la representación en los congresos del partido, y la lucha decidida y definida contra los planes, comunes a todos los iskristas, la libraron nuevamente solo los bundistas (Goldblat y Líber, págs. 258-259) y el camarada Akímov, quien con encomiable franqueza reconoció su papel en el congreso: "Hablo siempre con plena conciencia de que con mis argumentos no influiré sobre los camaradas, sino que, al contrario, perjudicaré el punto que defiendo" (pág. 261). Esta atinada observación fue especialmente pertinente justo después del § 1 de los estatutos; solo que no es del todo correcto el uso de la expresión "al contrario", pues el camarada Akímov sabía no solo perjudicar ciertos puntos, sino al mismo tiempo, con ello, también "influir sobre los camaradas"... de entre los iskristas muy inconsecuentes, proclives a la frase oportunista.

En general, el § 3 de los estatutos, que define las condiciones de representación en el congreso, fue aprobado por mayoría con 7 abstenciones (pág. 263), evidentemente del grupo de los anti-Iskristas.

La disputa sobre la composición del Consejo, que ocupó la mayor parte de la 25ª sesión del congreso, puso de manifiesto una fragmentación extraordinaria de las agrupaciones en torno a un enorme número de proyectos diferentes. Abramson y Tsariov rechazan por completo el plan del Consejo. Panin quiere obstinadamente convertir el Consejo exclusivamente en un tribunal de arbitraje y, por lo tanto, con plena coherencia propone suprimir la definición de que el Consejo es la instancia suprema y que puede ser convocado por dos cualesquiera de sus miembros [101]. Hertz y Rúsov defienden distintos modos de componer el Consejo, además de los tres propuestos por los cinco miembros de la comisión de estatutos. Las cuestiones controvertidas se reducían, ante todo, a la definición de las tareas del Consejo: ¿tribunal de arbitraje o instancia suprema del partido? Consecuentemente, por lo primero se pronunció, como ya he dicho, el camarada Panin. Pero estaba solo. El camarada Mártov se manifestó resueltamente en contra: «Propongo que se rechace la proposición de tachar las palabras: “El Consejo es la instancia suprema”: nuestra formulación» (es decir, la formulación de las tareas del Consejo en la que coincidimos en la comisión de estatutos) «deja deliberadamente abierta la posibilidad de que el Consejo se desarrolle hasta convertirse en la instancia suprema del partido. Para nosotros, el Consejo no es solo una institución conciliadora». Entretanto, la composición del Consejo, según el proyecto del camarada Mártov, correspondía entera y exclusivamente al carácter de «instituciones conciliadoras» o tribunales de arbitraje: dos miembros por cada uno de los dos centros y un quinto invitado por estos cuatro. No solo esa composición del Consejo, sino también la que adoptó el congreso a propuesta de los camaradas Rúsov y Hertz (el quinto miembro es designado por el congreso), corresponde exclusivamente a fines de conciliación o mediación. Entre tal composición del Consejo y su designación para convertirse en instancia suprema del partido hay una contradicción irreconciliable. La instancia suprema del partido debe tener una composición permanente y no depender de cambios fortuitos (a veces debidos a detenciones) en la composición de los centros. La instancia suprema debe estar en vinculación directa con el congreso del partido, recibiendo de él sus poderes, y no de otras dos instituciones del partido subordinadas al congreso. La instancia suprema debe estar compuesta por personas conocidas por el congreso del partido. Por último, la instancia suprema no puede estar organizada de tal modo que su propia existencia dependa de la casualidad: si dos colegios no llegan a un acuerdo en la elección del quinto, ¡el partido se queda sin instancia suprema! Contra esto se objetaba: 1) que si uno de los cinco se abstiene y los otros cuatro se dividen en dos pares, la situación también puede resultar sin salida (Egórov). Esta objeción es insostenible, pues la imposibilidad de adoptar una decisión es a veces inevitable para cualquier colegio, pero eso no es en absoluto lo mismo que la imposibilidad de constituir el colegio. Segunda objeción: «si una institución como el Consejo no pudiera elegir al quinto miembro, ello significaría entonces que la institución es, en general, incapaz de actuar» (Zasúlich). Pero aquí no se trata de incapacidad de actuar, sino de la inexistencia de la instancia suprema: sin el quinto miembro no habrá ningún Consejo, no habrá ninguna «institución», y de capacidad de actuar no se podrá ni hablar. Por último, sería un mal aún remediable si fueran posibles casos en que no se constituyera uno de esos colegios del partido por encima del cual hay otro superior, pues entonces ese colegio superior siempre podría, en casos de emergencia, llenar el vacío de uno u otro modo. Pero por encima del Consejo no hay ningún colegio, salvo el congreso, y por eso dejar en los estatutos la posibilidad de que el Consejo ni siquiera pueda ser constituido es una evidente falta de lógica.

Mis dos breves intervenciones en el congreso sobre esta cuestión estuvieron dedicadas únicamente a analizar (págs. 267 y 269) [102] estas dos objeciones incorrectas con las que defendían el proyecto de Mártov él mismo y otros camaradas. En cambio, la cuestión del predominio del OC o del CC en el Consejo no fue ni siquiera rozada por mí. Esa cuestión la abordó por primera vez, en el sentido de señalar el peligro del predominio del OC, el camarada Akímov ya en la 14ª sesión del congreso (pág. 157), y solo después de Akímov, tras el congreso, los camaradas Mártov, Axelrod y otros se sumaron a él creando la absurda y demagógica fábula sobre el deseo de la «mayoría» de convertir el CC en un instrumento de la redacción. Al tocar esta cuestión en su «Estado de sitio», ¡el camarada Mártov pasó modestamente por alto a su verdadero iniciador!

Cuando se reanudó la discusión sobre la composición del Consejo en la 25ª sesión, el camarada Pávlovich, continuando los debates anteriores, se pronuncia por el predominio del OC sobre el CC «en vista de la estabilidad del primero» (264), refiriéndose precisamente a una estabilidad de principios, tal como lo comprendió el camarada Mártov, quien habló inmediatamente después del camarada Pávlovich y consideró innecesario «fijar la preponderancia de una institución sobre otra», señalando la posibilidad de que uno de los miembros del CC residiera en el extranjero: «con ello se preservará hasta cierto punto la estabilidad de principios del CC» (264). Aquí no hay todavía ni sombra de la confusión demagógica entre el problema de la estabilidad de principios y su salvaguarda, y la salvaguarda de la autonomía y la independencia del CC. Esta confusión, que después del congreso se convirtió casi en el principal triunfo del camarada Mártov, en el congreso fue sostenida con insistencia únicamente por el camarada Akímov, quien ya entonces habló del «espíritu de Arakchéiev en los estatutos» (268), de que «si en el Consejo del partido hay tres miembros del OC, entonces el CC se convertirá en un simple ejecutor de la voluntad de la redacción (la cursiva es mía). Tres personas que viven en el extranjero obtendrán el derecho de disponer ilimitadamente (!!) del trabajo de todo (!!) el partido. Están garantizadas en cuanto a seguridad y, por lo tanto, su poder es vitalicio» (268). Precisamente contra estas frases, completamente disparatadas y demagógicas, que sustituyen la dirección ideológica por la injerencia en el trabajo de todo el partido (y que después del congreso proporcionaron una consigna barata al camarada Axelrod con sus discursos sobre la «teocracia» {108}), contra ellas replicó de nuevo el camarada Pávlovich, subrayando que está «por la solidez y pureza de aquellos principios cuyo representante es Iskra. Al dar la preponderancia a la redacción del Órgano Central, con ello refuerzo esos principios» (268).

Así es como se plantea en realidad la cuestión del supuesto predominio del OC sobre el CC. ¡Esa célebre «divergencia de principios» de los camaradas Axelrod y Mártov no es más que la repetición de las frases oportunistas y demagógicas del camarada Akímov, frases cuyo verdadero carácter veía claramente incluso el camarada Popov, y lo veía cuando aún no había sufrido la derrota en la cuestión de la composición de los centros!

El resultado de la cuestión de la composición del Consejo: a pesar de los intentos del camarada Mártov de demostrar en «Estado de sitio» el carácter contradictorio e incorrecto de mi exposición en la «Carta a la redacción», las actas del congreso muestran con claridad que este problema, en comparación con el artículo 1, es efectivamente solo un detalle, y que fue una tergiversación completa la afirmación del artículo «Nuestro congreso» (núm. 53 de Iskra) de que discutimos «casi exclusivamente» sobre la organización de las instituciones centrales del partido. Tergiversación tanto más clamorosa cuanto que el autor del artículo omitió por completo las discusiones sobre el artículo 1. Además, las actas confirman igualmente que no hubo una agrupación definida de los iskristas en la cuestión de la composición del Consejo: no hay votaciones nominales, Mártov discrepa de Panin, yo coincido con Popov, Egórov y Gúsev mantienen una posición aparte, etc. Por último, mi afirmación ulterior (en el congreso de la «Liga en el Extranjero de la Socialdemocracia Revolucionaria Rusa») de que la coalición de los martovistas con los antiiskristas se fortalecía, queda también confirmada por el viraje, ahora visible para todos, de los camaradas Mártov y Axelrod hacia el camarada Akímov también en esta cuestión.

## l) Fin de los debates sobre los estatutos. La cooptación en los centros. Retirada de los delegados de «Rabócheie Dielo»

De los debates posteriores sobre los estatutos (26ª sesión del congreso) vale la pena destacar únicamente la cuestión de la limitación del poder del Comité Central, que arroja luz sobre el carácter de los actuales ataques de los militantes de marzo contra el hipercentralismo. Los camaradas Yegórov y Popov se esforzaron por limitar el centralismo con algo más de convicción, independientemente de su propia candidatura o de la que promovían. Propusieron ya en la comisión de estatutos limitar el derecho del CC a disolver los comités locales al consentimiento del Consejo y, además, a casos especialmente enumerados (pág. 272, nota 1). Tres miembros de la comisión de estatutos (Glébov, Mártov y yo) nos manifestamos en contra, y en el congreso, el camarada Mártov defendió nuestra opinión (pág. 273), objetando a Yegórov y Popov que «el CC de todos modos discutirá antes de decidirse a dar un paso tan grave como disolver una organización». Como ven, entonces el camarada Mártov permanecía sordo a toda veleidad anticentralista, y el congreso rechazó la propuesta de Yegórov y Popov; lastimosamente, no podemos saber por las actas con qué número de votos.

En el congreso del partido, el camarada Mártov también estaba «en contra de sustituir la palabra organiza (el CC organiza los comités, etc., en el § 6 de los estatutos del partido) por la palabra confirma. Hay que dar el derecho también de organizar», decía entonces el camarada Mártov, que aún no había concebido la notable idea, descubierta solo en el congreso de la Liga, de que la confirmación no entra en el concepto de «organizar».

Aparte de estos dos puntos, difícilmente presentan interés los demás debates, completamente nimios, sobre particularidades de los §§ 5-11 de los estatutos (págs. 273-276 de las actas). El parágrafo 12: la cuestión de la cooptación en todos los colegios del partido en general y en los centros en particular. La comisión propone elevar la mayoría cualificada necesaria para la cooptación de 2/3 a 4/5. El ponente (Glébov) propone la cooptación por unanimidad en el CC. El camarada Yegórov, reconociendo que las asperezas son indeseables, aboga por la mayoría simple a falta de veto motivado. El camarada Popov no está de acuerdo ni con la comisión ni con el camarada Yegórov y exige o la mayoría simple (sin derecho de veto) o la unanimidad. El camarada Mártov no está de acuerdo ni con la comisión, ni con Glébov, ni con Yegórov, ni con Popov, manifestándose contra la unanimidad, contra los 4/5 (a favor de los 2/3), contra la «cooptación mutua», es decir, el derecho de la redacción del OC a impugnar la cooptación en el CC y viceversa («el derecho de control mutuo sobre la cooptación»).

Como ve el lector, la agrupación resulta de lo más abigarrada, ¡y las divergencias se fragmentan casi en peculiaridades «unánimes» en las opiniones de cada delegado!

El camarada Mártov dice: «Reconozco la imposibilidad psicológica de trabajar con personas desagradables. Pero para nosotros es importante también que nuestra organización sea vital y capaz... El derecho de control mutuo del CC y la redacción del OC en la cooptación no es necesario. No estoy en contra de esto porque piense que no son competentes uno en el ámbito del otro. ¡No! La redacción del OC, por ejemplo, podría dar al CC un buen consejo sobre si conviene, digamos, admitir al señor Nadézhdin en el CC. Me sublevo porque no quiero crear una tramitación mutuamente irritante».

Yo le replico: «Aquí hay dos cuestiones. La primera sobre la mayoría cualificada, y estoy en contra de la propuesta de reducirla de 4/5 a 2/3. Introducir la protesta motivada no es razonable, y estoy en contra. Incomparablemente más importante es la segunda cuestión sobre el derecho de control mutuo del CC y del OC sobre la cooptación. El acuerdo mutuo de los dos centros es una condición necesaria para la armonía. Aquí se trata de la ruptura de los dos centros. Quien no quiera la escisión, debe preocuparse de que haya armonía. Por la vida del partido se sabe que ha habido personas que introdujeron la escisión. Esta cuestión es de principio, una cuestión importante, de ella puede depender todo el destino futuro del partido» (276-277)[104]. Tal es el texto completo del esquema de mi discurso registrado en el congreso, al que el camarada Mártov atribuye un significado especialmente grave. Lamentablemente, al atribuirle un significado grave, no se ha molestado en ponerlo en relación con todos los debates y con todo el momento político del congreso en que fue pronunciado este discurso.

Ante todo, surge la pregunta: ¿por qué en mi proyecto inicial (véase la página 394, § 11)[105] me limitaba a 2/3 y no exigía el control mutuo sobre la cooptación en los centros? El camarada Trotski, que habló después de mí (pág. 277), planteó inmediatamente esta cuestión.

La respuesta a esta cuestión la da mi discurso en el congreso de la Liga y la carta del camarada Pávlovich sobre el II Congreso. El § 1 de los estatutos «rompió el cacharro», y era necesario atarlo «con doble nudo», dije yo en el congreso de la Liga. Esto significaba, en primer lugar, que en una cuestión puramente teórica Mártov resultó ser un oportunista, y su error fue defendido por Liber y Akímov. Esto significaba, en segundo lugar, que la coalición de los militantes de marzo (es decir, una ínfima minoría de los iskristas) con los antiiskristas les daba la mayoría en el congreso al designar la composición personal de los centros. Y yo justamente hablaba aquí de la composición personal de los centros, subrayando la necesidad de armonía y advirtiendo contra «las personas que introdujeron la escisión». Esta advertencia adquiría realmente una importancia de principio fundamental, pues la organización de Iskra (indudablemente más competente en la cuestión de la composición personal de los centros, por estar más íntimamente familiarizada con todos los asuntos en la práctica y con todos los candidatos), la organización de Iskra ya había expresado su voz consultiva sobre esta cuestión, había adoptado la decisión por nosotros conocida respecto a las candidaturas que suscitaban sus recelos. Tanto moralmente como por la esencia del asunto (es decir, por la competencia de quien adoptaba la decisión), la organización de Iskra debía tener una importancia decisiva en esta delicada cuestión. Pero formalmente, el camarada Mártov tenía, por supuesto, el plenísimo derecho de apelar contra la mayoría de la organización de Iskra ante los Liber y los Akímov. Y el camarada Akímov, en su brillante discurso sobre el § 1, dijo con notable claridad e inteligencia que cuando ve entre los iskristas una divergencia sobre los modos de alcanzar su objetivo común, iskrista, él vota consciente y deliberadamente por el peor modo, pues sus objetivos, los de Akímov, son diametralmente opuestos a los iskristas. No podía caber, por tanto, ninguna duda de que, independientemente incluso de la voluntad y conciencia del camarada Mártov, precisamente la peor composición de los centros recibiría el apoyo de los Liber y los Akímov. Ellos pueden votar, ellos deben votar (a juzgar no por sus palabras, sino por sus hechos, por su voto en el § 1) precisamente por la lista que pueda prometer la presencia de «personas que introdujeron la escisión», votar precisamente para «introducir la escisión». ¿Es de extrañar que, en tal situación, yo hablara de una importante cuestión de principio (la armonía de los dos centros), de la que podía depender todo el destino futuro del partido?

Ningún socialdemócrata, mínimamente familiarizado con las ideas de Iskra, con los planes y la historia del movimiento, mínimamente sincero en compartir esas ideas, podía dudar ni por un minuto de que la resolución por los Liber y los Akímov de la disputa dentro de la organización de Iskra sobre la composición de los centros era formalmente correcta, pero garantizaba los peores resultados posibles. Contra estos peores resultados posibles era obligatorio luchar.

Se pregunta: ¿cómo luchar? Luchamos no con histeria ni con escandalitos, por supuesto, sino con medios que son plenamente leales y plenamente legales: sintiendo que estábamos en minoría (como también en el § 1), empezamos a solicitar ante el congreso la salvaguarda de los derechos de la minoría. Y una mayor rigurosidad en la cualificación para la admisión de miembros (4/5 en lugar de 2/3), y la unanimidad en la cooptación, y el control mutuo sobre la cooptación en los centros, todo esto empezamos a defenderlo cuando nos encontramos en minoría en la cuestión de la composición personal de los centros. Este hecho es constantemente ignorado por los Ivanes y los Pedros, ávidos de juzgar y disertar sobre el congreso a la ligera, después de un par de charlas amistosas, sin un estudio serio de todas las actas y de todos los «testimonios» de las personas interesadas. Y cualquiera que quiera estudiar concienzudamente estas actas y estos testimonios, llegará inevitablemente al hecho señalado por mí: la raíz de la disputa reside en ese momento del congreso precisamente en la cuestión de la composición personal de los centros, y las condiciones más rigurosas de control las buscábamos precisamente porque estábamos en minoría, porque queríamos «atar con doble nudo el cacharro» roto por Mártov entre el júbilo y la participación jubilosa de los Liber y los Akímov.

Si la cosa no fuera así —dice sobre este momento del congreso el camarada Pavlóvich—, no queda sino suponer que, al plantear el punto sobre la unanimidad en la cooptación, nos preocupábamos por nuestros adversarios, pues para el partido predominante en una u otra institución, la unanimidad no sólo no es necesaria, sino que incluso es desventajosa» (pág. 14 de «Cartas sobre el II Congreso»). Pero en la actualidad se olvida con demasiada frecuencia la cronología de los acontecimientos, se olvida que durante todo un período del congreso, la actual minoría fue mayoría (gracias a la participación de los Liber y los Akímov) y que precisamente a este período corresponde la disputa sobre la cooptación en los centros, cuyo trasfondo era la divergencia en la organización de «Iskra» a causa de la composición personal de los centros. Quien se aclare esta circunstancia, comprenderá también la pasión de nuestros debates y no se extrañará ante la aparente contradicción de que unas divergencias pequeñas y detallistas susciten cuestiones realmente importantes y de principio.

El camarada Deich, que habló en la misma sesión (pág. 277), tenía en gran medida razón cuando declaró: «No cabe duda de que esta proposición está calculada para el momento dado». En efecto, sólo comprendiendo el momento dado en toda su complejidad se puede entender el verdadero significado de la disputa. Y es sumamente importante tener en cuenta que, cuando estábamos en minoría, defendíamos los derechos de la minoría con procedimientos que cualquier socialdemócrata europeo reconoce como legales y admisibles: a saber, solicitando al congreso un control más estricto sobre la composición personal de los centros. De la misma manera, también tiene razón en gran medida el camarada Egórov cuando decía en el congreso, pero en otra sesión: «Me sorprende sobremanera volver a oír en los debates referencias a los principios...» (Esto se dice a propósito de las elecciones al CC en la 31ª sesión del congreso, es decir, si no me equivoco, el jueves por la mañana, mientras que la 26ª sesión, de la que ahora se trata, fue el lunes por la tarde)... «Parece claro para todos que en los últimos días todos los debates no giraron en torno a tal o cual planteamiento de principio, sino exclusivamente en torno a cómo asegurar o impedir el acceso a las instituciones centrales a tal o cual persona. Reconozcamos que los principios hace tiempo que se extraviaron en este congreso y llamemos a las cosas por su verdadero nombre. (Risa general. Muráviov: “¡Ruego que se haga constar en acta que el camarada Mártov sonreía!”)» (Pág. 337.) No es de extrañar que tanto el camarada Mártov como todos nosotros nos riéramos de las quejas del camarada Egórov, que son realmente risibles. Sí, «en los últimos días» muchísimo giró en torno a la cuestión de la composición personal de los centros. Es verdad. Esto estaba realmente claro para todos en el congreso (y sólo ahora la minoría se esfuerza por oscurecer esta clara circunstancia). Es verdad, en fin, que hay que llamar a las cosas por su verdadero nombre. Pero, ¡por Dios!, ¿qué tiene que ver aquí la «pérdida de los principios»? Si acudimos al congreso precisamente para (véase pág. 10, orden del día del congreso) hablar en los primeros días sobre el programa, la táctica y los estatutos y resolver las cuestiones correspondientes, y para, en los últimos días (puntos 18-19 del orden del día), hablar sobre la composición personal de los centros y resolver estas cuestiones. Cuando la gente emplea en la lucha por la batuta de director los últimos días de los congresos, este fenómeno es natural y plenamente, plenamente legítimo. (Cuando se pelea por la batuta de director después de los congresos, eso sí son rencillas.) Si alguien sufrió una derrota en el congreso en la cuestión de la composición personal de los centros (como el camarada Egórov), hablar después de esto de la «pérdida de los principios» es sencillamente ridículo. Por eso es comprensible que todos se rieran del camarada Egórov. También es comprensible por qué el camarada Muráviov pidió que se hiciera constar en acta la participación en esta risa del camarada Mártov: el camarada Mártov, al reírse del camarada Egórov, se reía de sí mismo...

Como complemento a la ironía del camarada Muráviov, quizá no esté de más comunicar el siguiente hecho. Después del congreso, el camarada Mártov, como es sabido, aseguraba a diestro y siniestro que el papel cardinal en nuestra divergencia lo había jugado precisamente la cuestión de la cooptación en los centros, que «la mayoría de la vieja redacción» era sumamente contraria al control mutuo sobre la cooptación en los centros. Antes del congreso, al aceptar mi proyecto de elección de dos ternas, con cooptación mutua por 2/3, el camarada Mártov me escribía al respecto: «Aceptando esta forma de cooptación mutua, hay que subrayar que después del congreso la incorporación de nuevos miembros en cada colegio se hará sobre bases algo distintas (yo aconsejaría lo siguiente: cada colegio coopta a nuevos miembros, comunicando su intención al otro colegio; este último puede presentar una protesta, y entonces la disputa la resuelve el Consejo. Para que no haya dilaciones, este procedimiento se aplica para los candidatos previamente designados, al menos para el CC, de entre los cuales la incorporación puede ya hacerse por una vía más rápida). Para resaltar que la cooptación ulterior se realiza en el orden que estará previsto en los estatutos del partido, hay que añadir en el § 22[106] “... quien ratifica las decisiones adoptadas”» (la cursiva es mía).

Los comentarios sobran.

Habiendo explicado el significado del momento en que se desarrolló la disputa sobre la cooptación en los centros, debemos detenernos un poco en las votaciones correspondientes a este asunto; no hace falta detenerse en los debates, pues después de los discursos del camarada Mártov y míos que he citado, sólo siguen breves réplicas, en las que participa un ínfimo número de delegados (véanse las págs. 277-280 de las actas). A propósito de las votaciones, el camarada Mártov afirmaba en el congreso de la Liga que yo hice en mi exposición «la mayor tergiversación» (pág. 60 de las actas de la Liga), «al presentar la lucha en torno a los estatutos»... (el camarada Mártov dijo sin querer una gran verdad: después del § 1, las acaloradas disputas giraron precisamente en torno a los estatutos)... «como una lucha de “Iskra” con los martovistas, que entraron en coalición con el Bund».

Examinemos esta interesante cuestión de «la mayor tergiversación». El camarada Mártov une las votaciones sobre la composición del Consejo con las votaciones sobre la cooptación y aduce ocho votaciones: 1) elección al Consejo de dos por el CO y dos por el CC – a favor 27 (M), en contra 16 (L), abst. – 7[107]. (Observemos entre paréntesis que en las actas, pág. 270, el número de abstenciones se indica como 8, pero es una nimiedad.) – 2) elección del quinto miembro del Consejo por el congreso: – a favor 23 (L), en contra 18 (M), abst. 7. – 3) sustitución de los miembros salientes del Consejo por el propio Consejo – en contra 23 (M), a favor 16 (L), abst. 12. – 4) unanimidad en el CC – a favor 25 (L), en contra 19 (M), abst. 7. – 5) exigencia de una protesta motivada para el rechazo de un miembro – a favor 21 (L), en contra 19 (M), abst. 11. – 6) unanimidad en la cooptación en el CO – a favor 23 (L), en contra 21 (M), abst. 7. – 7) admisibilidad del voto sobre el derecho del Consejo de casar las decisiones del CO y del CC sobre el rechazo de un nuevo miembro – a favor 25 (M), en contra 19 (L), abst. 7. – 8) la proposición misma sobre esto – a favor 24 (M), en contra 23 (L), abst. 4. «Aquí, evidentemente —concluye el camarada Mártov (pág. 61 de las actas de la Liga)—, un delegado del Bund votó a favor de la proposición, los demás se abstuvieron». (La cursiva es mía.)

Cabe preguntarse: ¿por qué considera evidente el camarada Mártov que el bundista votó a favor de él, Mártov, cuando no hay votaciones nominales?

Porque toma en consideración el número de votantes y, cuando este número indica la participación del Bund en la votación, entonces él, el camarada Mártov, no duda de que esta participación fue a favor suyo, de Mártov.

¿Dónde está, pues, «la mayor tergiversación» por mi parte?

El total de votos es 51; sin los bundistas, 46; sin los de Rábochie Dielo, 43. En siete de las ocho votaciones citadas por el camarada Mártov participaron 43, 41, 39, 44, 40, 44 y 44 delegados; en una participaron 47 delegados (o mejor dicho, votos), y en ella el propio camarada Mártov reconoce que lo apoyó un bundista. ¡De modo que resulta que el cuadro trazado por Mártov (y trazado de manera incompleta, como veremos ahora) no hace sino confirmar y reforzar mi descripción de la lucha! Resulta que, en muchísimos casos, el número de abstenciones fue muy elevado: esto indica precisamente el interés relativamente escaso de todo el congreso por ciertos detalles, la ausencia de una agrupación bien definida de los iskristas en torno a estas cuestiones. Las palabras de Mártov de que los bundistas “con su abstención contribuyen abiertamente a Lenin” (pág. 62 del protocolo de la Liga) se vuelven justamente contra Mártov: es decir, solo cuando los bundistas estaban ausentes o se abstenían, yo podía a veces contar con la victoria. Pero cada vez que los bundistas consideraban que valía la pena intervenir en la lucha, apoyaban al camarada Mártov; y esa intervención no se dio solo en el caso antes mencionado de los 47 delegados. Quien quiera consultar los protocolos del congreso verá la muy extraña incompletud del cuadro del camarada Mártov. El camarada Mártov simplemente omitió otros tres casos enteros en los que el Bund participó en las votaciones, y en todos esos casos el camarada Mártov, por supuesto, resultó vencedor. He aquí esos casos: 1) Se aprueba la enmienda del camarada Fomín, que reduce la mayoría cualificada de 4/5 a 2/3. A favor 27, en contra 21 (pág. 278); es decir, participaron 48 votos. 2) Se aprueba la propuesta del camarada Mártov sobre la eliminación de la cooptación mutua. A favor 26, en contra 24 (pág. 279); es decir, participaron en la votación 50 votos. Por último, 3) se rechaza mi propuesta de que la cooptación en el Órgano Central y en el Comité Central fuera admisible solo con el consentimiento de todos los miembros del Consejo (pág. 280). En contra 27, a favor 22 (hubo incluso votación nominal, que lamentablemente no se ha conservado en los protocolos); es decir, el número de votantes fue de 49.

En resumen: sobre las cuestiones de cooptación en los centros, los bundistas participaron solo en cuatro votaciones (las tres que acabo de mencionar, con 48, 50 y 49 participantes, y una citada por el camarada Mártov, con 47 participantes). En todas esas votaciones resultó vencedor el camarada Mártov. Mi exposición resulta correcta en todos los puntos: tanto en la indicación sobre la coalición con el Bund, como en la constatación del carácter relativamente detallista de las cuestiones (multitud de casos con gran número de abstenciones), como en la indicación sobre la ausencia de una agrupación definida de los iskristas (no hay votaciones nominales; muy pocos intervinieron en los debates).

El intento del camarada Mártov de encontrar una contradicción en mi exposición resulta un intento con medios inadecuados, pues el camarada Mártov arrancó palabras sueltas, sin preocuparse de reconstruir el cuadro en su conjunto.

El último párrafo de los estatutos, dedicado a la cuestión de la organización en el extranjero, suscitó nuevamente debates y votaciones notablemente característicos desde el punto de vista de las agrupaciones del congreso. Se trataba de reconocer a la Liga como organización del partido en el extranjero. El camarada Akímov, como era de esperar, se alzó de inmediato, recordando la Unión en el Extranjero aprobada por el primer congreso y señalando la importancia de principio de la cuestión. “Ante todo, haré una salvedad –declaró–: no atribuyo especial importancia práctica a una u otra decisión sobre esta cuestión. La lucha ideológica que hasta ahora se ha librado en nuestro partido no ha terminado, sin duda; pero continuará en otros planos y con otra agrupación de fuerzas… El § 13 de los estatutos ha reflejado una vez más, y de manera muy acusada, la tendencia a convertir nuestro congreso de congreso del partido en congreso de fracción. En lugar de hacer que todos los socialdemócratas de Rusia acaten las decisiones del congreso del partido en nombre de la unidad partidaria, uniendo todas las organizaciones del partido, se propone al congreso destruir la organización de la minoría, hacer desaparecer a la minoría” (pág. 281). Como ve el lector, la “continuidad”, que tan cara se volvió al camarada Mártov después de su derrota en la cuestión de la composición de los centros, no era menos cara al camarada Akímov. Pero en el congreso, quienes aplican raseros diferentes a sí mismos y a los demás se alzaron acaloradamente contra el camarada Akímov. A pesar de la aprobación del programa, del reconocimiento de “Iskra” y de la aprobación de casi todos los estatutos, se pone en primer plano precisamente aquel “principio” que separaba “en principio” a la Liga de la Unión. “Si el camarada Akímov quiere plantear la cuestión sobre un terreno de principio –exclama el camarada Mártov–, no tenemos nada en contra; sobre todo, en vista de que el camarada Akímov ha hablado de posibles combinaciones en la lucha con dos corrientes. No se trata de sancionar la victoria de una dirección (¡nótese que esto se dice en la 27ª sesión del congreso!) para hacer una reverencia de más a la dirección de ‘Iskra’, sino para romper definitivamente con todas las combinaciones posibles de las que ha hablado el camarada Akímov” (pág. 282. Cursiva mía).

He aquí el cuadro: ¡el camarada Mártov, después de concluidas todas las disputas programáticas en el congreso, sigue rompiendo definitivamente con toda clase de combinaciones posibles… mientras aún no ha sufrido la derrota en la cuestión de la composición de los centros! El camarada Mártov “rompe definitivamente” en el congreso con aquella “combinación” posible que llevará a cabo felizmente al día siguiente del congreso. Pero el camarada Akímov demostró ya entonces ser mucho más perspicaz que el camarada Mártov; el camarada Akímov se remitió a los cinco años de trabajo de “la vieja organización del partido, que por voluntad del primer congreso lleva el nombre de comité”, y concluyó con una punzada previsora y muy mordaz: “En cuanto a la opinión del camarada Mártov de que son vanas mis esperanzas de que surja otra corriente en nuestro partido, debo decir que más bien él mismo me da esperanzas” (pág. 283. Cursiva mía).

¡Sí, hay que reconocerlo, el camarada Mártov justificó brillantemente las esperanzas del camarada Akímov!

El camarada Mártov siguió al camarada Akímov, convencido de su razón después de que se quebrantara la “continuidad” del viejo colegio del partido que se consideraba en funcionamiento durante tres años. No le costó cara, pues, al camarada Akímov su victoria.

Sin embargo, en el congreso, con el camarada Akímov se alzaron –y se alzaron consecuentemente– solo los camaradas Martínov, Brúker y los bundistas (8 votos). El camarada Egórov, como auténtico jefe del “centro”, adopta el justo medio: él, verán ustedes, está de acuerdo con los iskristas, “simpatiza” con ellos (pág. 282) y demuestra esta simpatía proponiendo (pág. 283) soslayar por completo la cuestión de principio planteada, silenciando tanto a la Liga como a la Unión. La propuesta es rechazada por 27 votos contra 15. Es evidente que, además de los antiiskristas (8), casi todo el “centro” (10) vota con el camarada Egórov (el número total de votantes fue de 42, de modo que un número significativo se abstuvo o estuvo ausente, como sucedía a menudo en las votaciones poco interesantes y de resultado previsible). En cuanto se trata de aplicar en la práctica los principios de Iskra, de inmediato se pone de manifiesto que la “simpatía” del “centro” es puramente verbal, y que nos siguen no más de treinta o treinta y tantos votos. Los debates y votaciones sobre la propuesta de Rúsov (reconocer a la Liga como única organización en el extranjero) lo muestran aún más claramente. Los antiiskristas y el “pantano” adoptan directamente el punto de vista de principio, y lo defienden los camaradas Líber y Egórov, declarando que la propuesta de Rúsov es inadmisible a votación, ilegítima: “Con ella se da muerte a todas las demás organizaciones en el extranjero” (Egórov). Y el orador, no queriendo participar en el “asesinato de las organizaciones”, no solo se niega a votar, sino que incluso abandona la sala. Sin embargo, hay que hacer justicia al líder del “centro”: demostró diez veces más convicción (en sus erróneos principios) y valor político que el camarada Mártov y compañía; él defendió a la organización “asesinada” no solo cuando se trataba de su propio círculo, derrotado en lucha abierta.

La propuesta del camarada Rúsov se declara admisible a votación por 27 votos contra 15, y luego se aprueba por 25 contra 17. Sumando a estos 17 al camarada Egórov, ausente, obtenemos el conjunto completo (18) de los antiiskristas y el “centro”.

Todo el § 13 de los estatutos sobre la organización en el extranjero se aprueba solo por 31 votos contra 12, con seis abstenciones. Este número, 31, que nos muestra la fuerza numérica aproximada en el congreso de los iskristas, es decir, de las personas que defienden consecuentemente y aplican en la práctica las ideas de "Iskra", lo encontramos ya por lo menos por sexta vez en el análisis de las votaciones del congreso (la cuestión del Bund, el incidente del CO, la disolución del grupo "Rabócheye Delo del Sur" y dos votaciones sobre el programa agrario). ¡Y el camarada Martov quiere convencernos seriamente de que no hay fundamento alguno para distinguir a un grupo tan "estrecho" de iskristas!

No se puede dejar de señalar también que la aprobación del § 13 de los estatutos provocó debates sumamente característicos a propósito de la declaración de los camaradas Akímov y Martínov sobre su "negativa a participar en la votación" (pág. 288). La mesa del congreso examinó esta declaración y consideró – con toda razón – que ni siquiera el cierre directo de la Unión daría derecho alguno a los delegados de la Unión a negarse a participar en los trabajos del congreso. La negativa a votar es algo absolutamente anormal e inadmisible, ese es el punto de vista que adoptó junto con la mesa todo el congreso, incluidos aquellos iskristas de la minoría que en la 28ª sesión condenaban acaloradamente lo que ellos mismos hicieron en la 31ª. Cuando el camarada Martínov comenzó a defender su declaración (pág. 291), se alzaron contra él Pávlovich, Trotski, Karski y Martov. El camarada Martov era especialmente consciente de las obligaciones de la minoría descontenta (¡mientras él mismo no quedó en minoría!) y se explayó de modo particularmente edificante al respecto. "O son ustedes miembros del congreso – exclamaba dirigiéndose a los camaradas Akímov y Martínov –, en cuyo caso deben participar en todos sus trabajos" (la cursiva es mía; ¡entonces el camarada Martov aún no notaba formalismo ni burocratismo en la subordinación de la minoría a la mayoría!), "o no son miembros, y entonces no pueden permanecer en la sesión... ¡Con su declaración, los delegados de la Unión me obligan a plantear dos preguntas: si son miembros del partido y si son miembros del congreso!" (pág. 292).

¡El camarada Martov instruye al camarada Akímov sobre las obligaciones de los miembros del partido! Pero el camarada Akímov no en vano había dicho ya que depositaba ciertas esperanzas en el camarada Martov... A estas esperanzas les estaba destinado cumplirse, sin embargo, solo después de la derrota de Martov en las elecciones. Cuando la cuestión no se refería a él mismo, sino a otros, el camarada Martov permanecía incluso sordo a la terrible palabrita "ley excepcional", puesta en circulación por primera vez (si no me equivoco) por el camarada Martínov. "Las explicaciones que se nos han dado – responde el camarada Martínov a quienes le convencían de que retirara su declaración –, no han aclarado si se trataba de una decisión de principios o de una medida excepcional contra la Unión. En tal caso, consideramos que se ha infligido una ofensa a la Unión. El camarada Egórov, al igual que nosotros, tuvo la impresión de que se trata de una ley excepcional (la cursiva es mía) contra la Unión, y por eso incluso abandonó la sala de sesiones" (295). Tanto el camarada Martov como el camarada Trotski se alzan enérgicamente, junto con Plejánov, contra la idea absurda, realmente absurda, de ver una ofensa en el voto del congreso, y el camarada Trotski, defendiendo la resolución aprobada por el congreso a propuesta suya (de que los camaradas Akímov y Martínov podían considerarse plenamente satisfechos), asegura que "la resolución tiene un carácter de principios, y no filisteo, y a nosotros no nos importa que alguien se haya ofendido por ella" (pág. 296). Muy pronto resultó, sin embargo, que el espíritu de círculo y el filisteísmo son aún demasiado fuertes en nuestro partido, y las orgullosas palabras que he subrayado resultaron ser una frase vacía y sonora. Los camaradas Akímov y Martínov se negaron a retirar su declaración y abandonaron el congreso, entre las exclamaciones generales de los delegados: "¡totalmente en vano!".

## m) Las elecciones. Fin del congreso

Tras la aprobación de los estatutos, el congreso aprobó una resolución sobre las organizaciones de distrito, una serie de resoluciones sobre organizaciones particulares del partido y, después de los debates sumamente instructivos sobre el grupo "Rabócheye Delo del Sur", que he analizado más arriba, pasó a la cuestión de las elecciones a las instituciones centrales del partido.

Ya sabemos que la organización de "Iskra", de la que todo el congreso esperaba una recomendación autorizada, se escindió en esta cuestión, pues la minoría de la organización quiso probar en el congreso, en lucha abierta y libre, si lograba conquistar la mayoría. Sabemos también que, mucho antes del congreso y durante el mismo, todos los delegados conocían el plan de renovación de la redacción mediante la elección de dos ternas para el OC y para el CC. Detengámonos en este plan con más detalle para esclarecer los debates en el congreso.

He aquí el texto exacto de mi comentario al proyecto de Tagesordnung del congreso, donde se exponía este plan[108]: "El congreso elige a tres personas para la redacción del OC y a tres para el CC. Estas seis personas en conjunto, por mayoría de 2/3, completan, si ello es necesario, la composición de la redacción del OC y del CC mediante cooptación y presentan el correspondiente informe al congreso. Tras la aprobación por el congreso de este informe, la cooptación ulterior se realiza por la redacción del OC y el CC por separado".

De este texto se desprende el plan con absoluta precisión y sin ambigüedad: significa la renovación de la redacción con la participación de los dirigentes más influyentes del trabajo práctico. Los dos rasgos de este plan que he señalado saltan a la vista de inmediato para cualquiera que se tome la molestia de leer con un mínimo de atención el texto citado. Pero en los tiempos que corren hay que detenerse a explicar hasta las cosas más elementales. El plan significa precisamente la renovación de la redacción, no la ampliación obligatoria ni la reducción obligatoria del número de sus miembros, sino precisamente la renovación, pues la cuestión de la posible ampliación o reducción se deja abierta: la cooptación se prevé solo para el caso de que sea necesaria. Entre las suposiciones expresadas por distintas personas sobre el tema de esta renovación, hubo tanto planes de una posible reducción como de un aumento del número de miembros de la redacción hasta siete (personalmente, siempre consideré que una "semana" era incomparablemente más conveniente que un "sexteto") e incluso un aumento de este número hasta once (lo consideraba posible en caso de una unión pacífica con todas las organizaciones socialdemócratas en general, en particular con el Bund y con la socialdemocracia polaca). Pero lo más importante, que suelen pasar por alto quienes hablan de la "terna", es la exigencia de la participación de los miembros del CC en la decisión sobre la cooptación ulterior en el OC. Ni un solo camarada de toda la masa de miembros de la organización y de los delegados del congreso de la "minoría", que conocían este plan y lo aprobaban (ya fuera mediante la expresión especial de su acuerdo, ya con su silencio), se ha tomado el trabajo de explicar el significado de esta exigencia. En primer lugar, ¿por qué se tomó precisamente la terna, y solo la terna, como punto de partida para la renovación de la redacción? Es evidente que esto carecería completamente de sentido si se tuviera en vista exclusivamente, o al menos principalmente, la ampliación del colegio, si este colegio fuera reconocido como verdaderamente "armónico". Sería extraño, para ampliar un colegio "armónico", partir no de todo ese colegio, sino solo de una parte de él. Es evidente que no todos los miembros del colegio eran reconocidos como plenamente aptos para discutir y decidir la cuestión de la renovación de su composición, de la transformación del viejo círculo redactor en una institución del partido. Es evidente que incluso aquel que personalmente deseaba la renovación en forma de ampliación, reconocía que la vieja composición no era armónica, no correspondía al ideal de una institución del partido, pues de otro modo no habría habido necesidad, para ampliar el sexteto, de reducirlo primero a una terna. Repito: esto está claro por sí mismo, y solo la obstrucción temporal de la cuestión por las "personalidades" pudo hacer que se olvidara.

En segundo lugar, del texto citado más arriba se desprende que ni siquiera el acuerdo de los tres miembros del Órgano Central hubiera sido suficiente para ampliar la troika. Esto es también algo que siempre se pierde de vista. Para la cooptación se necesitan 2/3 de seis, es decir, cuatro votos; por tanto, bastaría con que los tres miembros elegidos del Comité Central dijeran «veto» para que no fuera posible ampliación alguna de la troika. Por el contrario, aunque dos de los tres miembros de la redacción del Órgano Central estuvieran en contra de una cooptación ulterior, ésta podría aún llevarse a cabo con el acuerdo de los tres miembros del Comité Central. Es evidente, pues, que al transformar el antiguo círculo en una institución del partido, se pretendía dar el voto decisivo a los dirigentes del trabajo práctico elegidos por el congreso. Qué camaradas teníamos aproximadamente en mente para esto se desprende del hecho de que, antes del congreso, la redacción eligió por unanimidad al camarada Pavlóvich como séptimo miembro, para el caso de que fuera necesario presentarse en el congreso en nombre de la colectividad; además del camarada Pavlóvich, se propuso para el séptimo puesto a un antiguo miembro de la organización de «Iskra» y miembro del Comité Organizador, elegido más tarde miembro del Comité Central{109}.

Así pues, el plan de elegir dos troikas estaba calculado de manera evidente: 1) para renovar la redacción, 2) para eliminar de ella ciertos rasgos del viejo espíritu de círculo, inadecuados en una institución del partido (¡si no hubiera nada que eliminar, no habría habido necesidad alguna de idear la troika inicial!), y, finalmente, 3) para eliminar los rasgos «teocráticos» de un colegio de literatos (eliminación mediante la incorporación de prácticos destacados a la decisión sobre la ampliación de la troika). Este plan, del que tenían conocimiento todos los redactores, se basaba, evidentemente, en tres años de experiencia de trabajo y correspondía de manera plenamente consecuente a los principios de organización revolucionaria que nosotros aplicábamos: en la época de dispersión en que surgió «Iskra», los distintos grupos se formaban a menudo de manera casual y espontánea, sufriendo inevitablemente ciertas manifestaciones perniciosas del espíritu de círculo. La creación del partido presuponía la eliminación de dichos rasgos y la exigía; la participación de prácticos destacados en esta eliminación era necesaria, pues algunos miembros de la redacción se ocupaban siempre de los asuntos de organización, y en el sistema de instituciones del partido debía entrar no solo un colegio de literatos, sino un colegio de dirigentes políticos. Dejar en manos del congreso la elección de la troika inicial era igualmente natural, desde el punto de vista de la política invariable de «Iskra»: preparamos el congreso con la mayor cautela, esperando hasta que se hubieran aclarado por completo las cuestiones de principio controvertidas del programa, la táctica y la organización; no dudábamos de que el congreso sería iskrista en el sentido de que la inmensa mayoría estaría de acuerdo en estas cuestiones fundamentales (de ello daban fe, en parte, las resoluciones sobre el reconocimiento de «Iskra» como órgano dirigente); debíamos, por consiguiente, dejar que los camaradas que habían llevado sobre sus hombros todo el trabajo de difusión de las ideas de «Iskra» y de preparar su transformación en partido, decidieran por sí mismos la cuestión de los candidatos más adecuados para la nueva institución del partido. Solo por esta naturalidad del plan de las «dos troikas», solo por su plena concordancia con toda la política de «Iskra» y con todo lo que sabían de «Iskra» las personas mínimamente cercanas a la cuestión, se puede explicar la aprobación general de este plan y la ausencia de cualquier plan alternativo.

Y he aquí que en el congreso el camarada Rúsov propuso ante todo elegir dos troikas. Los partidarios de Mártov, quien nos había comunicado por escrito la relación de este plan con la falsa acusación de oportunismo, ni siquiera pensaron en centrar la discusión sobre el sexteto y la troika en la cuestión de si esta acusación era correcta o no. ¡Ninguno de ellos dijo ni una palabra sobre esto! Ninguno se atrevió a decir ni una palabra sobre la diferencia de principio entre los matices vinculados al sexteto y a la troika. Prefirieron el recurso más socorrido y barato: apelar a la compasión, aludir a una posible ofensa, fingir que la cuestión de la redacción ya estaba resuelta por el hecho de designar a «Iskra» como Órgano Central. Este último argumento, esgrimido por el camarada Koltsov contra el camarada Rúsov, es una falsedad manifiesta. En el orden del día del congreso figuraban —no por casualidad, por supuesto— dos puntos especiales (véase la pág. 10 de las actas): el punto 4, «Órgano Central del partido», y el punto 18, «Elección del Comité Central y de la redacción del Órgano Central». Esto, en primer lugar. En segundo lugar, al designarse el Órgano Central, todos los delegados declararon categóricamente que con ello no se confirmaba la redacción, sino solo la orientación[109], sin que se produjera una sola protesta contra estas declaraciones.

Así pues, la afirmación de que, al aprobar un órgano determinado, el congreso ya había aprobado en esencia, por eso mismo, la redacción —afirmación repetida muchas veces por los partidarios de la minoría (Koltsov, pág. 321, Posadovski, ibídem, Popov, pág. 322 y muchos otros)— era de una inexactitud fáctica palmaria. Se trataba de una maniobra evidente para todos, que encubría la retirada de la posición adoptada en el momento en que todos podían aún referirse a la cuestión de la composición de los centros de manera verdaderamente imparcial. No era posible justificar la retirada ni con motivos de principio (pues en el congreso era demasiado desventajoso para la minoría plantear la cuestión de la «falsa acusación de oportunismo», por lo que ni pío dijo sobre ella), ni con la referencia a datos fácticos sobre la verdadera capacidad de trabajo del sexteto o de la troika (pues con solo rozar esos datos se habría acumulado un cúmulo de indicios contra la minoría). Hubo que salir del paso con frases sobre un «todo armónico», un «colectivo armonioso», un «todo armónico y cristalinamente integral», etc. No es de extrañar que semejantes argumentos fueran calificados inmediatamente como lo que eran: «palabras lastimosas» (pág. 328). El propio plan de la troika ya atestiguaba con claridad la falta de «armonía», y las impresiones recogidas por los delegados durante más de un mes de trabajo conjunto proporcionaron, evidentemente, una masa de material para el juicio independiente de los delegados. Cuando el camarada Posadovski aludió (de manera imprudente e irreflexiva desde su punto de vista: véanse las págs. 321 y 325 sobre el uso «condicional» que hizo de la palabra «asperezas») a este material, el camarada Muraviov declaró sin rodeos: «En mi opinión, para la mayoría del congreso en este momento está plenamente claro que tales[110] asperezas existen indudablemente» (321). La minoría quiso entender la palabra «asperezas» (puesta en circulación por Posadovski, no por Muraviov) exclusivamente en el sentido de algo personal, sin atreverse a recoger el guante lanzado por el camarada Muraviov, sin atreverse a esgrimir ni un solo argumento sustancial en defensa del sexteto. Resultó una disputa de lo más cómico por su esterilidad: la mayoría (por boca del camarada Muraviov) declara que para ella está perfectamente claro el verdadero significado del sexteto y la troika, y la minoría se obstina en no oírlo y asegura que «no tenemos posibilidad de entrar en el análisis». La mayoría no solo considera posible entrar en el análisis, sino que ya ha «entrado en el análisis» y habla de los resultados de este análisis, que para ella son del todo claros, mientras que la minoría, al parecer, teme el análisis y se escuda tras unas «palabras lastimosas». La mayoría aconseja «tener en cuenta que nuestro Órgano Central no es solo un grupo literario», la mayoría «quiere que al frente del Órgano Central estén personas plenamente determinadas, conocidas por el congreso, personas que satisfagan las exigencias de las que he hablado» (es decir, precisamente exigencias no solo literarias, pág. 327, discurso del camarada Lange). La minoría, una vez más, no se atreve a recoger el guante y no dice ni una palabra sobre quién es apto, a su juicio, para un colegio que no sea solo literario, quién constituye una figura «plenamente determinada y conocida por el congreso». La minoría sigue escudándose tras la consabida «armonía». Y no solo eso. La minoría introduce incluso en su argumentación razones que son absolutamente falsas desde el punto de vista de principio y que, por ello, provocan con toda justicia un enérgico rechazo. «El congreso —verán ustedes— no tiene ni el derecho moral ni el político de rehacer la redacción» (Trotski, pág. 326), «es una cuestión demasiado delicada (sic!)» (ídem), «¿cómo deben tomarse los miembros no elegidos de la redacción el hecho de que el congreso no desee verlos por más tiempo en el seno de la redacción?» (Tsarev, página 324)[111].

Tales argumentos ya trasladaban por completo el asunto al terreno de la compasión y del resentimiento, siendo un reconocimiento directo de la bancarrota en el ámbito de los argumentos verdaderamente de principios, verdaderamente políticos. Y la mayoría calificó de inmediato este planteamiento del asunto con la palabra exacta: mentalidad pequeñoburguesa (camarada Rúsov). «De labios de revolucionarios», dijo con razón el camarada Rúsov, «se escuchan discursos tan extraños que están en aguda disarmonía con el concepto de trabajo de partido, de ética de partido. El argumento principal en que se apoyaron los adversarios de la elección de las ternas se reduce a un punto de vista puramente pequeñoburgués sobre los asuntos del partido» (todas las cursivas son mías)... «Al adoptar este punto de vista no partidista, sino pequeñoburgués, en cada elección nos enfrentaremos a la pregunta: ¿no se ofenderá Petrov de que no lo hayan elegido a él, sino a Ivanov; no se ofenderá tal o cual miembro del Comité Organizador de que no lo hayan elegido a él, sino a otro, para el Comité Central? ¿Adónde nos llevará esto, camaradas? Si nos hemos reunido aquí no para discursos mutuamente agradables, no para ternuras pequeñoburguesas, sino para crear el partido, entonces no podemos de ninguna manera estar de acuerdo con semejante punto de vista. Nos enfrentamos a la cuestión de la elección de los funcionarios, y aquí no puede haber cuestión de desconfianza hacia uno u otro no elegido, sino sólo la cuestión de la utilidad de la causa y de la correspondencia de la persona elegida con el puesto para el que se elige» (pág. 325).

Aconsejaríamos a todos los que quieran comprender por sí mismos las causas de la escisión del partido e indagar sus raíces en el congreso, que lean y relean el discurso del camarada Rúsov, cuyos argumentos la minoría no sólo no refutó, sino que ni siquiera los impugnó. Porque no se pueden impugnar verdades tan elementales, tan básicas, cuyo olvido el propio camarada Rúsov explicó con razón únicamente por una «excitación nerviosa». Y ésta es, en efecto, la explicación menos desagradable para la minoría de cómo pudieron deslizarse desde el punto de vista del partido al punto de vista de la mentalidad pequeñoburguesa y del espíritu de círculo[112].

Pero la minoría carecía hasta tal punto de la posibilidad de encontrar argumentos razonables y prácticos contra las elecciones que, además de introducir la mentalidad pequeñoburguesa en la causa del partido, llegó a procedimientos de carácter directamente escandaloso. En efecto, ¿cómo no calificar con ese nombre el procedimiento del camarada Popov, que aconsejó al camarada Muraviov «no aceptar encargos delicados» (pág. 322)? ¿Qué es esto sino «meterse en el alma ajena», según la acertada expresión del camarada Sorokin (pág. 328)? ¿Qué es esto sino especular con las «personalidades» a falta de argumentos políticos? ¿Dijo o no la verdad el camarada Sorokin al afirmar que «siempre hemos protestado contra semejantes procedimientos»? «¿Es permisible el comportamiento del camarada Deutsch cuando intentó de manera demostrativa clavar en la picota a camaradas que no estaban de acuerdo con él?»[113] (pág. 328).

Resumamos los debates sobre la cuestión de la redacción. La minoría no refutó (y ni siquiera intentó refutar) las numerosas indicaciones de la mayoría de que el proyecto de la terna era conocido por los delegados desde el mismo comienzo del congreso y antes del congreso, y que, por consiguiente, dicho proyecto partía de consideraciones y datos independientes de los acontecimientos y disputas en el congreso. Al defender la lista de seis, la minoría adoptó una posición de principio incorrecta e inadmisible basada en consideraciones pequeñoburguesas. La minoría mostró un completo olvido del punto de vista del partido sobre la elección de los funcionarios, sin siquiera tocar la evaluación de cada candidato al puesto y su correspondencia o no correspondencia con las funciones de dicho puesto. La minoría eludió la discusión del asunto en su esencia, remitiéndose a la famosa armonía, «derramando lágrimas» y «cayendo en el patetismo» (pág. 327, discurso de Lange), como si «quisieran matar a alguien». La minoría llegó incluso a «meterse en el alma ajena», a los gritos sobre la «criminalidad» de la elección y otros procedimientos inadmisibles semejantes, llegó a ello bajo la influencia de la «excitación nerviosa» (pág. 325).

La lucha de la mentalidad pequeñoburguesa contra el espíritu de partido, de las «personalidades» del peor género contra las consideraciones políticas, de las palabras lastimeras contra los conceptos elementales del deber revolucionario: he aquí en qué consistió la lucha en torno a la lista de seis y la terna en la trigésima sesión de nuestro congreso.

Y en la sesión 31, cuando el congreso, por una mayoría de 19 votos contra 17 y tres abstenciones, rechazó la propuesta de confirmar a toda la antigua redacción (ver pág. 330 y la fe de erratas) y cuando los antiguos redactores regresaron a la sala de sesiones, el camarada Mártov, en su «declaración en nombre de la mayoría de la antigua redacción» (pág. 330-331), mostró en proporciones aún mayores la misma inestabilidad e inconsistencia de su posición política y de sus conceptos políticos. Analicemos con más detalle cada punto de la declaración colectiva y de mi respuesta (pág. 332-333) a la misma.

«A partir de ahora», dice el camarada Mártov tras la no confirmación de la antigua redacción, «la antigua "Iskra" ya no existe, y sería más consecuente cambiar su nombre. En todo caso, en la nueva decisión del congreso vemos una limitación sustancial de aquel voto de confianza a "Iskra" que fue adoptado en una de las primeras sesiones del congreso».

El camarada Mártov y sus colegas plantean una cuestión realmente interesante e instructiva en muchos aspectos sobre la consecuencia política. Ya respondí a esto remitiéndome al hecho de que todos hablaron en favor de la confirmación de "Iskra" (pág. 349 del acta, compárese más arriba, pág. 82)[114]. Es indudable que nos hallamos ante uno de los casos más flagrantes de inconsecuencia política; dejemos que el lector juzgue de qué lado está: si del lado de la mayoría del congreso o del lado de la mayoría de la antigua redacción. Dejemos también al lector la solución de otras dos cuestiones, planteadas muy oportunamente por el camarada Mártov y sus colegas: 1) ¿Es un punto de vista pequeñoburgués o un punto de vista de partido el que se manifiesta en el deseo de ver una «limitación del voto de confianza a "Iskra"» en la decisión del congreso de proceder a la elección de los funcionarios para la redacción del Órgano Central? 2) ¿Desde qué momento deja de existir realmente la antigua "Iskra": desde el número 46, cuando empezamos a dirigirla Plejánov y yo juntos, o desde el número 53, cuando empezó a dirigirla la mayoría de la antigua redacción? Si la primera cuestión es una interesantísima cuestión de principio, la segunda es una interesantísima cuestión de hecho.

«Puesto que ahora se ha decidido», continuó el camarada Mártov, «elegir una redacción de tres personas, declaro en mi nombre y en el de otros tres camaradas que ninguno de nosotros tomará parte en esa nueva redacción. Respecto a mí personalmente añado que, si es cierto que algunos camaradas querían inscribir mi nombre como uno de los candidatos a esta "terna", debo ver en ello un insulto que no he merecido (¡sic!). Lo digo en vista de las circunstancias en que se decidió cambiar la redacción. Se decidió esto en vista de ciertas "fricciones"[115], de la incapacidad de trabajo de la antigua redacción, y el congreso decidió esta cuestión en un sentido determinado, sin preguntar a la redacción sobre estas fricciones y sin nombrar siquiera una comisión para plantear la cuestión de su incapacidad de trabajo»... (¡Es extraño que nadie de la minoría tuviera la idea de proponer al congreso que «preguntara a la redacción» o nombrara una comisión! ¿No se deberá esto a que, tras la escisión en el seno de la organización de "Iskra" y el fracaso de las negociaciones sobre las cuales escribieron los camaradas Mártov y Starover, eso habría sido inútil?)... «En tales circunstancias, la suposición de algunos camaradas de que yo accedería a trabajar en una redacción reformada de tal manera, debo considerarla como una mancha en mi reputación política»...

He transcribí este razonamiento completo a propósito para mostrar al lector una muestra y el comienzo de lo que tan exuberantemente floreció después del congreso y que no se puede calificar de otra manera que como una disputa mezquina. Ya utilicé esta expresión en mi «Carta a la redacción de Iskra» y, a pesar del descontento de la redacción, me veo obligado a repetirla, pues su justeza es indiscutible. Se equivocan quienes piensan que una disputa mezquina presupone «motivos bajos» (como dedujo la redacción de la nueva Iskra): todo revolucionario medianamente familiarizado con nuestras colonias de deportados y emigrados habrá visto, seguramente, decenas de casos de disputas mezquinas en las que, sobre una base de «excitación nerviosa» y de condiciones de vida anormales y enrarecidas, se esgrimían y rumiaban las acusaciones, sospechas, autoacusaciones, «personalidades», etc., más absurdas. Ninguna persona razonable se pondría a buscar forzosamente motivos bajos en estas disputas, por muy bajas que fueran sus manifestaciones. Y es precisamente solo por la «excitación nerviosa» que se puede explicar ese confuso ovillo de absurdos, personalidades, horrores fantásticos, intromisiones en el alma, ofensas y difamaciones rebuscadas, que constituye el párrafo que he transcrito del discurso del camarada Mártov. Las enrarecidas condiciones de vida engendran entre nosotros a centenares estas disputas mezquinas, y un partido político no merecería respeto si no se atreviera a llamar a su enfermedad por su verdadero nombre, a establecer un diagnóstico implacable y a buscar medios de curación.

En la medida en que se puede aislar algo de principio de este ovillo, se llega inevitablemente a la conclusión de que «las elecciones no tienen nada que ver con la ofensa a la reputación política», que «negar el derecho del congreso a nuevas elecciones, a toda clase de cambios en la composición de los funcionarios, a la reorganización de los colegios que él mismo autoriza» significa introducir confusión en el asunto, y que «en las opiniones del camarada Mártov sobre la admisibilidad de elegir una parte del colegio anterior se manifiesta la mayor confusión de conceptos políticos» (como me expresé en el congreso, pág. 332)[117].

Dejo de lado la observación «personal» del camarada Mártov sobre la cuestión de quién fue el origen del plan de la troika, y paso a su caracterización «política» del significado que tiene la no ratificación de la antigua redacción:... «Lo ocurrido ahora es el último acto de la lucha que ha tenido lugar durante la segunda mitad del congreso»... (¡Correcto! y esta segunda mitad comienza desde el momento en que Mártov, en la cuestión del § 1 de los estatutos, cayó en los tenaces brazos del camarada Akímov.)... «Para todos no es un secreto que en esta reforma no se trata de la «capacidad de trabajo», sino de la lucha por la influencia sobre el Comité Central» (En primer lugar, para todos no es un secreto que aquí se trataba tanto de la capacidad de trabajo como de la divergencia sobre la composición del Comité Central, ¡puesto que el plan de «reforma» fue planteado cuando aún no se podía ni hablar de la segunda divergencia, cuando nosotros, junto con el camarada Mártov, elegíamos como séptimo miembro del colegio de redacción al camarada Pavlóvich! En segundo lugar, ya hemos mostrado basándonos en datos documentales que se trataba de la composición personal del Comité Central, que el asunto se reducía à la fin des fins[118] a la diferencia de listas: Glébov – Trávinski – Popov y Glébov – Trotski – Popov.)... «La mayoría de la redacción ha demostrado que no desea la transformación del Comité Central en un instrumento de la redacción»... (Comienza la canción akimovista: la cuestión de la influencia, por la que lucha toda mayoría en todo congreso del partido, siempre y en todas partes, para asegurar esta influencia mediante la mayoría en las instituciones centrales, se traslada al terreno del chisme oportunista sobre el «instrumento» de la redacción, sobre el «simple apéndice» de la redacción, como dijo el mismo camarada Mártov un poco más tarde, pág. 334.)... «He aquí por qué fue necesario reducir el número de miembros de la redacción(!!). Y por eso yo no puedo entrar en semejante redacción»... (Examine con más atención este «por eso»: ¿cómo habría podido la redacción convertir al Comité Central en un apéndice o en un instrumento? ¿solo así y en el caso de que tuviera tres votos en el Consejo y abusara de esta preponderancia? ¿no está claro? ¿Y no está claro también que el camarada Mártov, elegido como tercero, siempre podría haber impedido todo abuso y anular con su único voto toda preponderancia de la redacción en el Consejo? El asunto se reduce, por consiguiente, precisamente a la composición personal del Comité Central, y los discursos sobre el instrumento y el apéndice resultan de inmediato un chisme.)... «Junto con la mayoría de la antigua redacción, yo pensaba que el congreso pondría fin al «estado de sitio» dentro del partido e introduciría en él un orden normal. En realidad, el estado de sitio con leyes excepcionales contra grupos particulares ha sido prolongado e incluso agravado. Solo con la composición de toda la antigua redacción podemos garantizar que los derechos otorgados a la redacción por los estatutos no sirvan en perjuicio del partido»...

He aquí íntegro el pasaje del discurso del camarada Mártov en el que lanzó por primera vez el famoso lema del «estado de sitio». Y ahora observe mi respuesta a él:

...«Al corregir la declaración de Mártov sobre el carácter privado del plan de las dos troikas, no pienso, sin embargo, afectar con ello las afirmaciones del mismo Mártov sobre el «significado político» del paso que dimos al no ratificar a la antigua redacción. Por el contrario, estoy plena e incondicionalmente de acuerdo con el camarada Mártov en que este paso tiene un gran significado político, – solo que no el que le atribuye Mártov. Él dijo que esto es un acto de lucha por la influencia sobre el Comité Central en Rusia. Yo iré más lejos que Mártov. La lucha por la influencia ha sido hasta ahora toda la actividad de Iskra, como grupo privado, y ahora se trata ya de algo más, de la consolidación organizativa de la influencia, y no solo de la lucha por ella. Hasta qué punto divergimos aquí políticamente con el camarada Mártov de manera profunda, se ve en el hecho de que él me reprocha este deseo de influir sobre el Comité Central, mientras que yo me atribuyo como mérito el haber aspirado y aspirar a consolidar esta influencia por vía organizativa. Resulta que hablamos incluso en idiomas diferentes. ¿Para qué habría servido todo nuestro trabajo, todos nuestros esfuerzos, si su coronación fuera la misma vieja lucha por la influencia, y no la completa adquisición y consolidación de la influencia? Sí, el camarada Mártov tiene toda la razón: el paso dado es, indudablemente, un gran paso político, que testimonia la elección de una de las direcciones que ahora se han perfilado en el trabajo ulterior de nuestro partido. Y a mí no me asustan en absoluto las terribles palabras sobre el «estado de sitio en el partido», sobre las «leyes excepcionales contra personas y grupos determinados», etc. En relación con los elementos inestables y vacilantes, no solo podemos, estamos obligados a crear un «estado de sitio», y todos nuestros estatutos del partido, todo nuestro centralismo, refrendado desde ahora por el congreso, no es otra cosa que un «estado de sitio» para las tan numerosas fuentes de difuminación política. Contra la difuminación precisamente se necesitan leyes especiales, aunque sean excepcionales, y el paso dado por el congreso ha marcado correctamente la dirección política, creando una base sólida para tales leyes y tales medidas»[119].

He subrayado en este resumen de mi discurso en el congreso la frase que el camarada Mártov en su «Estado de sitio» (pág. 16) prefirió omitir. No es sorprendente que esta frase no le gustara y que no quisiera comprender su claro sentido.

¿Qué significa la expresión: «terribles palabras», camarada Mártov?

Significa burla, burla contra quien aplica grandes denominaciones a pequeñas cosas, contra quien enreda una cuestión simple con una fraseología pretenciosa.

El hecho pequeño y simple, que fue lo único que pudo dar y dio motivo a la «excitación nerviosa» del camarada Mártov, consistía exclusivamente en que el camarada Mártov sufrió una derrota en el congreso en la cuestión de la composición personal de los centros. El significado político de este simple hecho consistía en que la mayoría del congreso del partido, al vencer, consolidaba su influencia haciendo pasar la mayoría también a la dirección del partido, creando una base organizativa para la lucha, con ayuda de los estatutos, contra lo que esta mayoría consideraba vacilación, inestabilidad y difuminación[120]. Hablar a este respecto de la «lucha por la influencia» con un cierto horror en los ojos y quejarse del «estado de sitio» no era otra cosa que una fraseología pretenciosa, *terribles palabras*.

¿No está de acuerdo el camarada Mártov con esto? ¿No intentará acaso mostrarnos que ha existido en el mundo un congreso del partido, que es concebible en general un congreso del partido, en el que la mayoría no consolidara la influencia conquistada: 1) haciendo pasar la mayoría misma a los centros, 2) confiriéndole el poder para paralizar la vacilación, la inestabilidad y la difuminación?

Antes de las elecciones, nuestro congreso debía resolver la cuestión: ¿conceder un tercio de los votos en el Órgano Central y en el Comité Central a la mayoría del partido o a la minoría del partido? La "sexteta" y la lista del camarada Mártov significaban conceder un tercio a nosotros, dos tercios a sus partidarios. La "troika" en el Órgano Central y nuestra lista significaban conceder dos tercios a nosotros, un tercio a los partidarios del camarada Mártov. El camarada Mártov se negó a llegar a un acuerdo con nosotros o a ceder, y nos desafió por escrito a una batalla ante el congreso; pero, tras sufrir la derrota ante el congreso, se echó a llorar y empezó a quejarse del «estado de sitio». ¿Acaso no es esto un enredo mezquino? ¿Acaso no es una nueva manifestación de la blandenguería intelectual?

Es imposible no recordar a este respecto la brillante caracterización sociopsicológica de esta última cualidad, que dio hace poco K. Kautsky. A los partidos socialdemócratas de distintos países les toca ahora a menudo vivir enfermedades similares, y nos es muy, muy útil aprender un diagnóstico correcto y un tratamiento correcto de camaradas más experimentados. La caracterización de algunos intelectuales por K. Kautsky será, por tanto, solo una aparente digresión de nuestro tema.

...«En la actualidad, nos interesa de nuevo vivamente la cuestión del antagonismo entre la intelectualidad[121] y el proletariado. Mis colegas» (Kautsky mismo es un intelectual, literato y redactor) «se indignarán a menudo por el hecho de que yo reconozca este antagonismo. Pero es que él existe de hecho, y la táctica más contraproducente (tanto aquí como en otros casos) sería intentar desentenderse de él negando el hecho. Este antagonismo es un antagonismo social, que se manifiesta en las clases, y no en las personas individuales. Tanto un capitalista individual como un intelectual individual pueden integrarse por completo en la lucha de clases del proletariado. En aquellos casos en que esto ocurre, el intelectual cambia también su carácter. Y en la exposición ulterior hablaré, principalmente, no de este tipo de intelectuales, que aún hoy son una excepción dentro de su clase. En la exposición ulterior, si no hay salvedades especiales, por intelectual entenderé solo al intelectual común, que se sitúa en el terreno de la sociedad burguesa y es un representante característico de la clase de los intelectuales. Esta clase se encuentra en cierto antagonismo con el proletariado.

Este antagonismo es de otro género que el antagonismo entre el trabajo y el capital. El intelectual no es un capitalista. Es cierto que su nivel de vida es burgués, y se ve obligado a mantener este nivel mientras no se convierte en un vagabundo, pero al mismo tiempo se ve obligado a vender el producto de su trabajo, y a menudo también su fuerza de trabajo; sufre con frecuencia la explotación por parte del capitalista y una cierta humillación social. De este modo, el intelectual no se encuentra en ningún antagonismo económico con el proletariado. Pero su situación vital, sus condiciones de trabajo no son proletarias, y de esto se deriva un cierto antagonismo en el ánimo y en el pensamiento.

El proletario no es nada mientras permanece como un individuo aislado. Toda su fuerza, toda su capacidad de progreso, todas sus esperanzas y aspiraciones las obtiene de la organización, de la actividad conjunta y planificada con sus camaradas. Se siente grande y fuerte cuando forma parte de un organismo grande y fuerte. Este organismo lo es todo para él, mientras que el individuo aislado significa muy poco en comparación. El proletario libra su lucha con la mayor abnegación, como partícula de una masa anónima, sin miras al beneficio personal, a la gloria personal, cumpliendo con su deber en cada puesto donde se le coloque, sometiéndose voluntariamente a una disciplina que impregna todo su sentimiento, todo su pensamiento.

De manera completamente distinta sucede con el intelectual. Él no lucha mediante tal o cual aplicación de la fuerza, sino con la ayuda de argumentos. Su arma es su conocimiento personal, sus capacidades personales, su convicción personal. Solo puede obtener cierta relevancia gracias a sus cualidades personales. Por eso, la plena libertad de manifestación de su personalidad se le presenta como la primera condición para un trabajo exitoso. Solo a duras penas se somete él a un todo determinado como parte servicial de ese todo; se somete por necesidad, no por impulso propio. La necesidad de disciplina la reconoce él solo para la masa, y no para las almas selectas. A sí mismo, por supuesto, se cuenta entre las almas selectas...

...La filosofía de Nietzsche, con su culto al superhombre, para quien todo consiste en asegurar el pleno desarrollo de su propia personalidad, y a quien toda subordinación de su persona a cualquier gran objetivo social le parece vulgar y despreciable, esta filosofía es la auténtica cosmovisión del intelectual; lo vuelve completamente inepto para participar en la lucha de clases del proletariado.

Junto a Nietzsche, un representante destacado de la cosmovisión de la intelectualidad, correspondiente a su estado de ánimo, es Ibsen. Su doctor Stockmann (en el drama "Un enemigo del pueblo") no es un socialista, como muchos pensaron, sino un tipo de intelectual que inevitablemente debe entrar en conflicto con el movimiento proletario, y en general con todo movimiento popular, si intenta actuar en él. Esto se debe a que la base del movimiento proletario, como de todo movimiento democrático[122], es el respeto a la mayoría de los camaradas. El intelectual típico à la Stockmann ve en la "mayoría compacta" un monstruo que debe ser derrocado.

...El ejemplo ideal de un intelectual que se ha compenetrado por completo con el ánimo proletario, que siendo un brillante escritor, ha perdido los rasgos específicamente intelectuales de la psique, que sin rezongar marchaba en la fila y en la formación, trabajaba en cada puesto para el que era designado, se subordinaba por entero a nuestra gran causa y despreciaba ese lánguido lloriqueo (weichliches Gewinsel) por la represión de su personalidad, que oímos a menudo de los intelectuales educados en Ibsen y Nietzsche, cuando les toca quedarse en minoría: el ejemplo ideal de tal intelectual, como los que necesita el movimiento socialista, fue Liebknecht. Se puede nombrar aquí también a Marx, quien jamás se abrió paso a empujones hacia el primer plano y se subordinó de manera ejemplar a la disciplina de partido en la Internacional, donde más de una vez quedó en minoría»[123].

Exactamente ese lánguido lloriqueo del intelectual que se ha quedado en minoría, y nada más, fue la renuncia de Mártov y sus colegas a sus cargos después de una sola no ratificación del viejo círculo; fueron las quejas sobre el estado de sitio y las leyes excepcionales «contra grupos aislados», que no eran queridas para Mártov al disolver "Yuzhni Rabochi" y "Rábocheie Dielo", pero se volvieron queridas al disolver su colegio.

Exactamente ese lánguido lloriqueo de intelectuales que se han quedado en minoría fueron todas esas interminables quejas, reproches, insinuaciones, recriminaciones, habladurías e insidias acerca de la «mayoría compacta», que manaron a raudales en nuestro congreso del partido[124] (y aún más después de él) por iniciativa de Mártov.

Amargamente se lamentaba la minoría de que la mayoría compacta tenía sus reuniones privadas: era necesario, en efecto, que la minoría encubriera con algo el hecho, desagradable para ella, de que aquellos delegados a quienes invitaba a sus reuniones privadas se negaban a asistir a ellas, y aquellos que habrían asistido gustosamente (los Egórov, los Májov, los Bruker) no podían ser invitados por la minoría después de toda la lucha congresual entre unos y otros.

Amargamente se lamentaban de la «falsa acusación de oportunismo»: era necesario, en efecto, encubrir con algo el desagradable hecho de que precisamente los oportunistas, que con mucha mayor frecuencia seguían a los antiiskristas y en parte eran esos mismos antiiskristas, constituían una minoría compacta, se aferraban con ambas manos al apoyo del espíritu de círculo en las instituciones, al oportunismo en los razonamientos, al filisteísmo en el trabajo del partido, a la vacilación y la blandenguería intelectuales.

Mostraremos en el siguiente parágrafo en qué consiste la explicación de ese interesantísimo hecho político de que al final del congreso se formara una «mayoría compacta» y por qué la minoría, tan cuidadosa y minuciosamente, pese a todos los desafíos, rehúye la cuestión de las causas y la historia de su formación. Pero antes terminemos el análisis de los debates en el congreso.

En las elecciones al Comité Central, el camarada Mártox presentó una resolución sumamente característica (pág. 336), cuyos tres rasgos principales yo solía calificar de «jaque mate en tres jugadas». He aquí esos rasgos: 1) se someten a votación listas de candidatos al CC, y no candidatos por separado; 2) una vez leídas las listas, se dejan pasar dos sesiones (para discutirlas, evidentemente); 3) si no hay mayoría absoluta, se considerará definitiva la segunda votación. Esta resolución es una estrategia magníficamente meditada (¡hay que hacer justicia al adversario!), con la que no está de acuerdo el camarada Egórov (pág. 337), pero que habría garantizado con toda seguridad la victoria completa de Mártox si los siete bundistas y los partidarios de Rábocheie Dielo no se hubieran marchado del congreso. La estrategia se explica precisamente porque la minoría iskrista no tenía ni podía tener un «acuerdo directo» (que sí tenía la mayoría iskrista), no solo con el Bund y con Brúker, sino tampoco con camaradas como Egórov y Májov.

Recuérdese que el camarada Mártox se quejó en el congreso de la Liga de que la «falsa acusación de oportunismo» presuponía un acuerdo directo suyo con el Bund. Repito que eso le pareció al camarada Mártox por miedo, y precisamente el desacuerdo del camarada Egórov con la votación de listas (el camarada Egórov «aún no había perdido sus principios», seguramente aquellos principios que le obligaban a confundirse con Goldblat en la valoración del significado absoluto de las garantías democráticas) muestra con claridad el hecho de enorme importancia de que, incluso con Egórov, ni se podía hablar de un «acuerdo directo». Pero la coalición podía existir y existió tanto con Egórov como con Brúker, coalición en el sentido de que a los martovistas se les garantizaba el apoyo cada vez que aquellos entraban en un conflicto serio con nosotros y cuando Akímov y sus amigos debían elegir el mal menor. No cabía ni cabe la menor duda de que, como mal menor, como aquello que peor alcanza los objetivos iskristas (véase el discurso de Akímov sobre el § 1 y sus «esperanzas» en Mártox), los camaradas Akímov y Líber habrían escogido sin falta tanto los seis en el Órgano Central como la lista martovista en el Comité Central. La votación de listas, el aplazamiento de dos sesiones y la segunda votación estaban destinados precisamente a lograr este resultado con una regularidad casi mecánica, sin necesidad de ningún acuerdo directo.

Pero en la medida en que nuestra mayoría compacta seguía siendo una mayoría compacta, la maniobra del camarada Mártox era solo una demora, y no pudimos sino rechazarla. La minoría expuso por escrito (en la declaración, pág. 341) sus quejas al respecto, negándose, a ejemplo de Martínov y Akímov, a participar en las votaciones y en las elecciones al CC «en vista de las condiciones en que se realizaban». Después del congreso, estas quejas sobre la anormalidad de las condiciones de la elección (véase «El estado de sitio», pág. 31) se vertieron a diestra y siniestra ante cientos de comadres del partido. Pero ¿dónde residía esa anormalidad? ¿En la votación secreta, que estaba prevista de antemano por el reglamento del congreso (§ 6, pág. 11 del protocolo) y en la que resultaba ridículo ver «hipocresía» o «injusticia»? ¿En la formación de una mayoría compacta, ese «monstruo» para los intelectuales pusilánimes? ¿O en el deseo anormal de esos respetables intelectuales de violar la palabra que habían dado ante el congreso de reconocer todas sus elecciones (pág. 380, § 18 del reglamento del congreso)?

El camarada Popov insinuó sutilmente este deseo al intervenir en el congreso el día de las elecciones con una pregunta directa: «¿Está segura la mesa de que la decisión del congreso es válida y legítima si la mitad de los participantes se ha negado a votar?»[125]. La mesa respondió, naturalmente, que sí estaba segura, y recordó el incidente con los camaradas Akímov y Martínov. El camarada Mártox se sumó a la mesa y declaró abiertamente que el camarada Popov se equivocaba, que «las decisiones del congreso son legítimas» (pág. 343). Que el lector juzgue por sí mismo esta coherencia política —sin duda, de una normalidad muy elevada— que se pone de manifiesto al comparar esta declaración ante el partido con el comportamiento posterior al congreso y con la frase de «El estado de sitio» sobre «la insurrección de la mitad del partido, comenzada ya en el congreso» (pág. 20). Las esperanzas que el camarada Akímov depositaba en el camarada Mártox pesaron más que las fugaces buenas intenciones del propio Mártox.

«¡Has vencido, camarada Akímov!»

Para caracterizar hasta qué punto fue una «palabra terrible» la famosa frase sobre el «estado de sitio», a la que ahora se ha otorgado para siempre un sentido tragicómico, pueden servir algunos rasgos pequeños en apariencia, pero muy importantes en esencia, del final del congreso, de aquel final que tuvo lugar después de las elecciones. El camarada Mártox se pasea ahora con ese tragicómico «estado de sitio», convenciendo seriamente tanto a sí mismo como a los lectores de que ese espantajo inventado por él significaba una persecución anormal, un hostigamiento, un acorralamiento de la «minoría» por la «mayoría». Mostraremos ahora cómo ocurrieron las cosas después del congreso. Pero tomen incluso el final del congreso, y verán que, después de las elecciones, la «mayoría compacta» no solo no persigue a los desdichados, acorralados, ofendidos y llevados al cadalso martovistas, sino que, al contrario, les ofrece ella misma (por boca de Liádov) dos de los tres puestos en la comisión de protocolos (pág. 354). Tomen las resoluciones sobre cuestiones tácticas y de otro tipo (pág. 355 y ss.), y verán una discusión puramente práctica, de fondo, donde las firmas de los camaradas que presentaban las resoluciones muestran a menudo, entremezcladas, tanto a representantes de la monstruosa «mayoría» compacta como a partidarios de la «minoría» «humillada y ofendida» (págs. 355, 357, 363, 365, 367 del protocolo). ¿A que se parece mucho esto a la «exclusión del trabajo» y a todo tipo de «acorralamiento»?

El único debate de fondo interesante, pero, por desgracia, demasiado breve, surgió a propósito de la resolución de Starovier sobre los liberales. Fue adoptada por el congreso, como puede deducirse de las firmas que figuran bajo ella (págs. 357 y 358), porque tres partidarios de la «mayoría» (Braun, Orlov, Ósipov) votaron tanto a favor de ella como de la resolución de Plejánov, sin ver una contradicción irreconciliable entre ambas. A primera vista, no hay contradicción irreconciliable entre ellas, pues la de Plejánov establece un principio general, expresa una actitud de principio y táctica definida hacia el liberalismo burgués en Rusia, mientras que la de Starovier intenta determinar las condiciones concretas de la admisibilidad de «acuerdos temporales» con «corrientes liberales o liberal-democráticas». Los temas de ambas resoluciones son diferentes. Pero la de Starovier adolece precisamente de indefinición política, siendo pequeña y mezquina en virtud de ello. No define el contenido de clase del liberalismo ruso, no señala corrientes políticas definidas que lo expresan, no explica al proletariado sus tareas fundamentales de propaganda y agitación en relación con esas corrientes definidas, confunde (en virtud de su indefinición) cosas tan diversas como el movimiento estudiantil y «Osvobozhdenie», prescribe de manera demasiado mezquina y casuística tres condiciones concretas bajo las cuales son admisibles los «acuerdos temporales». La indefinición política, también en este caso como en muchos otros, conduce a la casuística. La ausencia de un principio general y el intento de enumerar «condiciones» lleva a una indicación mezquina y, hablando con rigor, incorrecta de dichas condiciones. En efecto, examinemos esas tres condiciones de Starovier: 1) «las corrientes liberales o liberal-democráticas» deben «declarar de manera clara e inequívoca que en su lucha contra el gobierno autocrático se ponen resueltamente del lado de la socialdemocracia rusa». ¿En qué consiste la diferencia entre las corrientes liberales y las liberal-democráticas? La resolución no proporciona material alguno para responder a esta pregunta. ¿No será que las corrientes liberales expresan la posición de las capas políticamente menos progresistas de la burguesía, y las liberal-democráticas la posición de las capas más progresistas de la burguesía y de la pequeña burguesía? Si es así, ¿acaso cree posible el camarada Starovier que las capas menos progresistas (aunque progresistas al fin y al cabo, pues de lo contrario no se podría hablar de liberalismo) de la burguesía «se pondrán resueltamente del lado de la socialdemocracia»? Esto es un absurdo, y si los representantes de tal corriente incluso «lo declararan de manera clara e inequívoca» (suposición completamente imposible), nosotros, el partido del proletariado, estaríamos obligados a no creer sus declaraciones. Ser liberal y ponerse resueltamente del lado de la socialdemocracia es algo donde una cosa excluye a la otra.

Además. Supongamos un caso en el que las "corrientes liberales o liberal-democráticas" declaren clara e inequívocamente que en su lucha contra la autocracia se ponen decididamente del lado de los socialistas-revolucionarios. Esta suposición es mucho menos inverosímil (debido a la esencia burgués-democrática de la corriente de los socialistas-revolucionarios) que la suposición del camarada Stárover. Por el sentido de su resolución, en virtud de su vaguedad y casuística, resulta que en tal caso los acuerdos temporales con semejantes liberales son inadmisibles. Sin embargo, esta conclusión inevitable de la resolución del camarada Stárover conduce a una tesis directamente errónea. Los acuerdos temporales son admisibles incluso con los socialistas-revolucionarios (véase la resolución del congreso sobre ellos), y por consiguiente, también con los liberales que se pusieran del lado de los socialistas-revolucionarios.

Segunda condición: si estas corrientes "no presentan en sus programas reivindicaciones que contradigan los intereses de la clase obrera y de la democracia en general o que oscurezcan su conciencia". También aquí el mismo error: no ha habido ni puede haber corrientes liberal-democráticas que no presenten en sus programas reivindicaciones que contradigan los intereses de la clase obrera y que no oscurezcan su conciencia (la del proletariado). Incluso una de las fracciones más democráticas de nuestra corriente liberal-democrática, la fracción de los socialistas-revolucionarios, presenta en su programa, tan confuso como todos los programas liberales, reivindicaciones que contradicen los intereses de la clase obrera y oscurecen su conciencia. De este hecho se debe deducir la necesidad de "desenmascarar la limitación y la insuficiencia del movimiento liberador de la burguesía", pero en modo alguno la inadmisibilidad de los acuerdos temporales.

Finalmente, también la tercera "condición" del camarada Stárover (que los liberales-demócratas hagan del sufragio universal, igual, secreto y directo la consigna de su lucha) es incorrecta en el planteamiento general que se le da: sería irrazonable declarar inadmisibles en ningún caso los acuerdos temporales y parciales con corrientes liberal-democráticas que presentasen la consigna de una constitución censitaria, de una constitución "mutilada" en general. En esencia, aquí encajaría precisamente la "corriente" de los señores "osvobozhdentsi", pero atarse de manos, prohibiendo de antemano los "acuerdos temporales", incluso con los liberales más tímidos, sería una miopía política incompatible con los principios del marxismo.

En resumen: la resolución del camarada Stárover, firmada también por los camaradas Mártov y Axelrod, es errónea, y el tercer congreso obrará con sensatez si la anula. Adolece de vaguedad política en su posición teórica y táctica, y de casuística en las "condiciones" prácticas que exige. Confunde dos cuestiones: 1) el desenmascaramiento de los rasgos "antirrevolucionarios y antiproletarios" de toda corriente liberal-democrática y la obligatoriedad de la lucha contra esos rasgos, y 2) la condición de los acuerdos temporales y parciales con cualquiera de tales corrientes. No da lo que es necesario (un análisis del contenido de clase del liberalismo) y da lo que no es necesario (la prescripción de "condiciones"). En un congreso del partido es, en general, absurdo elaborar "condiciones" concretas de acuerdos temporales cuando no existe siquiera una contraparte definida, un sujeto de tales acuerdos posibles; y aunque existiera tal "sujeto", sería cien veces más racional dejar la determinación de las "condiciones" del acuerdo temporal a las instituciones centrales del partido, como lo hizo el congreso en relación con la "corriente" de los señores socialistas-revolucionarios (véase la modificación de Plejánov del final de la resolución del camarada Axelrod, págs. 362 y 15 de las actas).

En cuanto a las objeciones de la "minoría" contra la resolución de Plejánov, el único argumento del camarada Mártov decía: la resolución de Plejánov "concluye con una deducción mísera: hay que desenmascarar a un literato. ¿No será esto ir a por moscas a cañonazos?" (pág. 358). Este argumento, en el que la falta de pensamiento se encubre con una palabreja efectista –"deducción mísera"–, nos da un nuevo ejemplo de frase pretenciosa. En primer lugar, la resolución de Plejánov habla de "desenmascarar ante el proletariado la limitación y la insuficiencia del movimiento liberador de la burguesía allí donde se manifiesten esa limitación e insuficiencia". Por consiguiente, es una purísima tontería afirmar del camarada Mártov (en el congreso de la Liga, pág. 88 de las actas) que "toda la atención debe estar centrada en un solo Struve, en un solo liberal". En segundo lugar, comparar al señor Struve con una "mosca", cuando se trata de la posibilidad de acuerdos temporales con los liberales rusos, significa sacrificar la evidencia política elemental en aras del efectismo. No, el señor Struve no es una mosca, sino una magnitud política, y lo es no porque personalmente sea una figura muy destacada. La significación de magnitud política le es dada por su posición, la posición del único representante del liberalismo ruso, de un liberalismo mínimamente capacitado y organizado, en el mundo ilegal. Por eso, hablar de los liberales rusos y de la actitud de nuestro partido hacia ellos sin tener en cuenta precisamente al señor Struve, precisamente a "Osvobozhdenie", significa hablar por no decir nada. ¿O acaso el camarada Mártov intentará indicarnos al menos una sola "corriente liberal o liberal-democrática" en Rusia que pueda compararse, aunque sea remotamente, con la corriente "osvobozhdéneskaya" en la actualidad? ¡Sería interesante ver semejante intento![126]

"El nombre de Struve no dice nada a los obreros", apoyaba el camarada Kóstrov al camarada Mártov. Este es ya un argumento, dicho sea sin ofender a los camaradas Kóstrov y Mártov, akimovista. Esto ya se asemeja al proletariado en genitivo{110}.

¿A qué obreros "no les dice nada el nombre de Struve" (y el nombre de "Osvobozhdenie", mencionado en la resolución del camarada Plejánov junto al nombre del señor Struve)? A aquellos que están muy poco familiarizados o que no están familiarizados en absoluto con las "corrientes liberales y liberal-democráticas" en Rusia. Cabe preguntarse: ¿en qué debe consistir la actitud de nuestro congreso del partido hacia tales obreros: en encomendar a los miembros del partido que familiaricen a esos obreros con la única corriente liberal definida en Rusia, o en silenciar el nombre poco conocido para los obreros debido precisamente a su escaso conocimiento de la política? Si el camarada Kóstrov, tras dar el primer paso tras el camarada Akímov, no quiere dar el segundo paso tras él, seguramente resolverá esta cuestión en el primer sentido. Y al resolverla en el primer sentido, verá cuán insostenible era su argumento. En cualquier caso, las palabras: "Struve" y "Osvobozhdenie" en la resolución de Plejánov pueden dar a los obreros muchas más veces que las palabras: "corriente liberal y liberal-democrática" en la resolución de Stárover.

El obrero ruso actualmente no puede familiarizarse en la práctica con las tendencias políticas medianamente francas de nuestro liberalismo sino a través de "Osvobozhdenie". La literatura liberal legal es aquí inútil precisamente por su nebulosidad. Y nosotros debemos, con el mayor celo (y ante las masas más amplias posibles de obreros), dirigir el arma de nuestra crítica contra los osvobozhdentsi, para que en el momento de la futura revolución el proletariado ruso pueda, con una verdadera crítica mediante las armas, paralizar las inevitables tentativas de los señores osvobozhdentsi de cercenar el carácter democrático de la transformación.

Aparte de la "perplejidad" del camarada Egórov, señalada por mí más arriba, sobre la cuestión de nuestro "apoyo" al movimiento opositor y revolucionario, las discusiones sobre las resoluciones no dieron material interesante, y casi no hubo discusiones.

El congreso concluyó con un breve recordatorio del presidente sobre el carácter obligatorio de las decisiones del congreso para todos los miembros del partido.

## n) Cuadro general de la lucha en el congreso. Ala revolucionaria y ala oportunista del partido

Habiendo terminado el análisis de los debates y votaciones del congreso, debemos ahora hacer el balance para, sobre la base de todo el material del congreso, responder a la pregunta: ¿de qué elementos, grupos y matices se compuso esa mayoría y minoría definitivas que vimos en las elecciones y que por algún tiempo estaba llamada a convertirse en la división fundamental de nuestro partido? Es necesario hacer el balance de todo aquel material relativo a los matices de principio, teóricos y tácticos, que las actas del congreso presentan con tal riqueza. Sin un «resumen» general, sin un cuadro general de todo el congreso y de todas las agrupaciones principales en las votaciones, este material queda demasiado fragmentado, disperso, de modo que a primera vista estas o aquellas agrupaciones aisladas parecen casuales, sobre todo a quien no se toma el trabajo de estudiar por sí mismo y de manera integral las actas del congreso (¿y acaso son muchos los lectores que se toman este trabajo?).

En los informes parlamentarios ingleses aparece con frecuencia la palabra característica division – división. La Cámara «se dividió» en tal o cual mayoría y minoría, se dice a propósito de la votación de una cuestión determinada. La «división» de nuestra Cámara socialdemócrata en las distintas cuestiones discutidas en el congreso proporciona un cuadro único en su género, insustituible por su plenitud y exactitud, de la lucha interna en el partido, un cuadro de sus matices y grupos. Para hacer este cuadro ilustrativo, para obtener un cuadro real y no un cúmulo de hechos y hechitos inconexos, fragmentados, aislados, para poner fin a las interminables y disparatadas discusiones sobre votaciones aisladas (¿quién votó a favor de quién y quién apoyó a quién?), decidí intentar representar todos los tipos fundamentales de «divisiones» de nuestro congreso en forma de diagrama. Seguramente este procedimiento parecerá muy, pero que muy extraño a muchísimos, pero dudo que pueda encontrarse otro modo de exposición, verdaderamente generalizador y que haga el balance, lo más completo posible y lo más exacto. Si tal o cual delegado votó a favor o en contra de una determinada propuesta, esto se puede establecer en las votaciones nominales con absoluta exactitud, y en algunas votaciones importantes no nominales se puede determinar, sobre la base de las actas, con enorme grado de probabilidad, con suficiente grado de aproximación a la verdad. Si se toman en consideración además todas las votaciones nominales y todas aquellas no nominales en las que se tocaban cuestiones de alguna importancia (a juzgar, por ejemplo, por lo circunstanciado y lo apasionado de los debates), se obtendrá una representación de nuestra lucha interna en el partido que se distinga por la máxima objetividad asequible con el material existente. Al hacerlo, en lugar de una reproducción fotográfica, es decir, la representación de cada votación por separado, intentaremos dar un cuadro, es decir, presentar todos los tipos principales de votaciones, ignorando las desviaciones y variantes de escasa importancia comparativa, que no harían sino embrollar el asunto. En todo caso, sobre la base de las actas, cualquiera estará en condiciones de verificar cada trazo de nuestro cuadro, de completarlo con cualquier votación individual, en una palabra, de criticarlo no solo mediante consideraciones, dudas y señalamientos de casos aislados, sino componiendo otro cuadro sobre la base del mismo material. Al trazar en el diagrama a cada delegado que tomó parte en la votación, marcaremos con un rayado especial los cuatro grupos fundamentales que hemos ido siguiendo en detalle a lo largo de todo el curso de los debates del congreso, a saber: 1) iskristas de la mayoría; 2) iskristas de la minoría; 3) «centro» y 4) antiiskristas. Las diferencias de matices de principio entre estos grupos las hemos visto en una multitud de ejemplos, y si a alguien no le gustan los nombres de los grupos, que recuerdan demasiado a los amantes de los zigzags la organización de «Iskra» y la tendencia de «Iskra», les señalaremos que la cuestión no está en la denominación. Ahora, cuando ya hemos seguido los matices en todos los debates del congreso, fácilmente se pueden sustituir los motes partidarios ya establecidos y habituales (que hieren el oído a algunos) por la caracterización de la esencia de los matices entre los grupos. Con esta sustitución obtendríamos para los mismos cuatro grupos las siguientes denominaciones: 1) socialdemócratas revolucionarios consecuentes; 2) oportunistas pequeños; 3) oportunistas medianos y 4) oportunistas grandes (grandes según nuestra escala rusa). Esperemos que estas denominaciones choquen menos a quienes desde hace algún tiempo se han puesto a asegurarse a sí mismos y a los demás que «iskrista» es un nombre que abarca solamente un «círculo» y no una tendencia.

Cuadro general de la lucha en el congreso

Las cifras con + y con – significan el número total de votos emitidos en las cuestiones correspondientes a favor o en contra. Las cifras en la parte inferior de las barras significan el número de votos de cada uno de los cuatro grupos. Los tipos de votaciones que abarcan los tipos А – Д se explican en el texto.

Pasemos a la exposición detallada de qué tipos de votaciones se han «plasmado» en el diagrama adjunto (véase el diagrama: «Cuadro general de la lucha en el congreso»).

El primer tipo de votaciones (А) abarca aquellos casos en que el «centro» iba junto con los iskristas contra los antiiskristas o contra una parte de ellos. Aquí entran la votación del programa en su conjunto (sólo el camarada Akímov se abstuvo, los demás a favor), la votación de la resolución de principio contra la federación (todos a favor, excepto cinco bundistas), la votación del § 2 de los estatutos del Bund (votaron contra nosotros cinco bundistas, se abstuvieron cinco: Martínov, Akímov, Bruker y Májov con dos votos, los demás con nosotros); esta votación es la que se representa en el diagrama А. Además, del mismo tipo fueron tres votaciones sobre la cuestión de la confirmación de «Iskra» como Órgano Central del partido; la redacción (cinco votos) se abstuvo, en las tres votaciones votaron en contra dos (Akímov y Bruker) y, además, en la votación de los motivos de la confirmación de «Iskra» se abstuvieron cinco bundistas y el camarada Martínov[127].

El tipo de votaciones examinado responde a una pregunta sumamente interesante e importante: ¿cuándo el «centro» del congreso iba junto con los iskristas? Bien cuando también los antiiskristas estaban con nosotros, salvo pequeñas excepciones (la aprobación del programa, la confirmación de «Iskra» con independencia de los motivos), bien cuando se trataba de declaraciones que aún no obligan directamente a una determinada posición política (el reconocimiento de la labor organizativa de «Iskra» no obliga todavía a aplicar en la práctica su política organizativa respecto a los grupos particulares; el rechazo de la federación no impide aún abstenerse en la cuestión de un proyecto concreto de federación, como vimos en el ejemplo del camarada Májov). Ya vimos más arriba, al hablar de la importancia de las agrupaciones en el congreso en general, hasta qué punto se presenta de manera incorrecta este problema en la exposición oficial de la «Iskra» oficial, la cual (por boca del camarada Mártov) borra y difumina la diferencia entre los iskristas y el «centro», entre los socialdemócratas revolucionarios consecuentes y los oportunistas, ¡remitiéndose a aquellos casos en que también los antiiskristas votaban con nosotros! Incluso los más «derechistas» de los oportunistas alemanes y franceses en los partidos socialdemócratas no votan en contra en puntos tales como el reconocimiento del programa en su conjunto.

El segundo tipo de votaciones (B) abarca los casos en que los iskristas consecuentes e inconsecuentes marchaban juntos contra todos los antiiskristas y todo el «centro». Estos casos se refieren, principalmente, a aquellas cuestiones en que se trataba de llevar a la práctica planes concretamente definidos de la política iskrista, cuando se trataba del reconocimiento de «Iskra» de hecho, y no solo de palabra. Aquí se incluyen el incidente con el Comité Organizador[128], la colocación en primer plano de la cuestión sobre la posición del Bund en el partido, la disolución del grupo «Rabochi del Sur», dos votaciones sobre el programa agrario y, por último, en sexto lugar, la votación contra la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero («Rabócheie Delo»), es decir, el reconocimiento de la Liga como única organización del partido en el extranjero. El viejo espíritu de círculo anterior al partido, los intereses de organizaciones o grupúsculos oportunistas, la comprensión estrecha del marxismo luchaban aquí contra la política de principios, consecuente y firme, de la socialdemocracia revolucionaria; los iskristas de la minoría marchaban aún con nosotros en toda una serie de casos, en toda una serie de votaciones sumamente importantes (desde el punto de vista del Comité Organizador, de «Rabochi del Sur», de «Rabócheie Delo»), hasta que la cosa rozó su propio espíritu de círculo, su propia inconsecuencia. Las «divisiones» del tipo examinado muestran de manera palpable que, en una serie de cuestiones sobre la puesta en práctica de nuestros principios, el centro marchaba con los antiiskristas, resultaba mucho más cercano a ellos que a nosotros, mucho más inclinado de hecho al ala oportunista que al ala revolucionaria de la socialdemocracia. Los «iskristas» de nombre, que se avergonzaban de ser iskristas, revelaban su naturaleza, y la lucha inevitable introducía no poca irritación, que velaba para las personas menos reflexivas y más impresionables el significado de los matices de principio que se descubrían en esta lucha. Pero ahora, cuando se ha calmado un poco el ardor de la lucha y las actas han quedado como extracto objetivo de una serie de ardientes batallas, ahora solo las personas que cierran los ojos pueden no ver que la unión de los Májov y los Egórov con los Akímov y los Liber no fue casual ni pudo ser casual. A Mártov y Axelrod solo les queda apartarse de un análisis multilateral y preciso de las actas o intentar, a posteriori, rehacer su conducta en el congreso mediante toda clase de expresiones de pesar. ¡Como si con el pesar se pudiera eliminar la diferencia de puntos de vista y la diferencia de política! ¡Como si la actual alianza de Mártov y Axelrod con Akímov, Brúker y Martínov pudiera hacer olvidar a nuestro partido, restablecido en el II Congreso, la lucha que los iskristas sostuvieron contra los antiiskristas durante casi todo el congreso!

El tercer tipo de votaciones en el congreso, que abarca las tres últimas partes del diagrama de cinco (precisamente C, D y E), se caracteriza por el hecho de que una pequeña parte de los iskristas se separa y se pasa al lado de los antiiskristas, los cuales, por lo tanto, vencen (mientras permanecen en el congreso). Para seguir con toda precisión el desarrollo de esta famosa coalición de la minoría iskrista con los antiiskristas, cuya sola mención llevaba a Mártov a enviar misivas histéricas durante el congreso, se presentan los tres tipos principales de votaciones nominales de este género. C es la votación sobre la cuestión de la igualdad de derechos de las lenguas (se ha tomado la última de las tres votaciones nominales sobre este punto, por ser la más completa). Todos los antiiskristas y todo el centro se alzan como un muro contra nosotros, mientras que de los iskristas se separó una parte de la mayoría y una parte de la minoría. Aún no se ve qué iskristas son capaces de una coalición definitiva y sólida con la «derecha» oportunista del congreso. Luego, la votación del tipo D – sobre el primer parágrafo de los estatutos (de las dos votaciones se ha tomado la más definida, es decir, cuando nadie se abstuvo). La coalición se perfila de modo más resaltado y se consolida con más firmeza[129]: todos los iskristas de la minoría se sitúan ya del lado de Akímov y Liber; de los iskristas de la mayoría, un número muy pequeño, que compensa a los tres del «centro» y uno de los antiiskristas que se pasaron a nuestro lado. Basta una simple mirada al diagrama para convencerse de qué elementos pasaban casual y temporalmente de un lado a otro y cuáles marchaban con fuerza incontenible hacia una coalición sólida con los Akímov. En la última votación (E – elecciones al OC, al CC y al Consejo del partido), que representa precisamente la división definitiva en mayoría y minoría, se ve claramente la fusión completa de la minoría iskrista con todo el «centro» y los restos de los antiiskristas. De los ocho antiiskristas, para entonces solo quedaba en el congreso el camarada Brúker (a quien el camarada Akímov le había explicado ya su error y que ocupó el lugar que por derecho le pertenece en las filas de los martovistas). La retirada de los siete oportunistas de la «derecha» más extrema decidió la suerte de las elecciones en contra de Mártov[130].

Y ahora, resumamos el congreso, apoyándonos en los datos objetivos sobre las votaciones de todo tipo.

Mucho se ha hablado del carácter «casual» de la mayoría en nuestro congreso. El camarada Mártov solo con este argumento se consolaba en su «Una vez más en minoría». Del diagrama se ve claramente que, en un sentido, pero solo en uno, se puede llamar casual a la mayoría, precisamente en el sentido de que los siete elementos más oportunistas de la «derecha» se fueron casualmente. En la medida en que es casual esta retirada, en esa medida (no más) es casual también nuestra mayoría. Una simple mirada al diagrama muestra, mejor que largos razonamientos, de qué lado habría estado, de qué lado debería haber estado esta partida de siete[131]. Pero cabe preguntar: ¿hasta qué punto se puede considerar realmente casual la retirada de estos siete? Esta es la pregunta que no gustan de hacerse las personas que hablan de buen grado de la «casualidad» de la mayoría. Es una pregunta desagradable para ellos. ¿Es casual que se fueran los representantes más rabiosos del ala derecha, y no del ala izquierda de nuestro partido? ¿Es casual que se fueran los oportunistas, y no los socialdemócratas revolucionarios consecuentes? ¿No guarda esta retirada «casual» cierta relación con aquella lucha contra el ala oportunista que se libró durante todo el congreso y que aparece de modo tan patente en nuestro diagrama?

Basta plantear estas preguntas desagradables para la minoría para aclararse qué hecho se encubre con las habladurías sobre la casualidad de la mayoría. Es el hecho indudable e indiscutible de que la minoría la formaron los miembros de nuestro partido que más gravitan hacia el oportunismo. La minoría la formaron los elementos del partido menos estables en teoría, menos firmes en principios. La minoría se formó precisamente del ala derecha del partido. La división en mayoría y minoría es la continuación directa e inevitable de aquella división de la socialdemocracia en revolucionaria y oportunista, en Montaña y Gironda{111}, que no apareció ayer, ni en un solo partido obrero ruso, y que, con toda seguridad, no desaparecerá mañana.

Este hecho tiene una importancia cardinal para aclarar las causas y peripecias de las divergencias. Intentar eludir este hecho mediante la negación o el velamiento de la lucha en el congreso y de los matices de principio que en ella se manifestaron, significa extenderse a sí mismo un testimonio completísimo de pobreza intelectual y política. Y para refutar este hecho, es necesario, en primer lugar, mostrar que el cuadro general de votaciones y «divisiones» en nuestro congreso del partido no fue el que yo he presentado; es necesario, en segundo lugar, mostrar que, en lo esencial de todas aquellas cuestiones por las cuales se «dividió» el congreso, no tenían razón aquellos socialdemócratas revolucionarios más consecuentes que en Rusia se vincularon con el nombre de iskristas[132]. ¡Prueben a mostrar esto, señores!

El hecho de que la minoría estuviera compuesta por los elementos más oportunistas, menos firmes y menos consecuentes del partido da respuesta, entre otras cosas, a las muchas perplejidades y objeciones con que se dirigen a la mayoría personas poco familiarizadas con el asunto o que han reflexionado mal sobre la cuestión. ¿No es mezquino —nos dicen— explicar la divergencia por un pequeño error del camarada Mártox y del camarada Axelrod? Sí, señores, el error del camarada Mártox no fue grande (y yo mismo lo señalé en el congreso, en el fragor de la lucha), pero de ese pequeño error pudo derivarse (y se derivó) mucho daño debido a que al camarada Mártox lo atrajeron a su lado delegados que cometieron toda una serie de errores, que mostraron en toda una serie de cuestiones una inclinación al oportunismo y una falta de firmeza de principios. La manifestación de inestabilidad por parte del camarada Mártox y del camarada Axelrod fue un hecho individual y sin importancia, pero la formación de una muy, muy considerable minoría a partir de todos los elementos menos firmes, de todos aquellos que o bien no reconocían en absoluto la orientación de «Iskra» y luchaban directamente contra ella, o bien la reconocían de palabra, pero en la práctica iban muy a menudo con los antiiskristas, no fue un hecho individual, sino partidario, y no carente por completo de importancia.

¿No es ridículo explicar la divergencia por el predominio del espíritu de círculo anquilosado y del filisteísmo revolucionario en el pequeño grupo de la antigua redacción de «Iskra»? No, no es ridículo, porque en apoyo de ese espíritu de círculo individual se alzó todo aquello que en nuestro partido luchó durante todo el congreso a favor de cualquier espíritu de círculo, todo aquello que en general no podía elevarse por encima del filisteísmo revolucionario, todo aquello que apelaba al carácter «histórico» del mal filisteo y de círculo para justificar y conservar ese mal. Quizá aún podría considerarse una casualidad el hecho de que los intereses estrechos de círculo prevalecieran sobre el espíritu de partido en un pequeño grupo de la redacción de «Iskra». Pero no fue casualidad que en apoyo de ese espíritu de círculo se alzaran con todas sus fuerzas los camaradas Akímov y Bruker, a quienes no les era menos (si no más) querida la «continuidad histórica» del famoso Comité de Vorónezh y de la tan mentada «Organización Obrera» de Petersburgo{112}; se alzaran los camaradas Egórov, que lloraban el «asesinato» de «Rabóchee Delo» con la misma amargura (si no con más) que el «asesinato» de la antigua redacción; se alzaran los camaradas Majov, etc., etc. Dime con quién andas y te diré quién eres, dice la sabiduría popular. Dime quién es tu aliado político, quién vota por ti, y te diré cuál es tu fisonomía política.

El pequeño error del camarada Mártox y del camarada Axelrod seguía y podía seguir siendo pequeño mientras no sirvió de punto de partida para una alianza sólida de ellos con toda el ala oportunista de nuestro partido, mientras no condujo, en virtud de esa alianza, a un rebrote del oportunismo, a la revancha de todos aquellos contra los que luchó «Iskra» y que estaban dispuestos con la mayor alegría a desahogar ahora su ira contra los partidarios consecuentes de la socialdemocracia revolucionaria. Los acontecimientos posteriores al congreso condujeron precisamente a que en la nueva «Iskra» veamos ese rebrote del oportunismo, la revancha de los Akímov y los Bruker (véase la hoja del Comité de Vorónezh[133]), los entusiasmos de los Martínov, a quienes por fin (¡por fin!) se les permitió en la odiada «Iskra» dar una patada al odiado «enemigo» por todas y cada una de las ofensas pasadas. Esto nos muestra con particular claridad hasta qué punto era necesaria la «restauración de la antigua redacción de «Iskra»» (según el ultimátum del camarada Starovier del 3 de noviembre de 1903) para salvaguardar la «continuidad» iskrista...

El hecho en sí de la división del congreso (y del partido) en ala izquierda y derecha, ala revolucionaria y oportunista, no solo no representaba aún nada terrible ni nada crítico, sino ni siquiera nada anormal. Por el contrario, toda la última década en la historia de la socialdemocracia rusa (y no solo rusa) condujo inevitable e ineludiblemente a esa división. Que la base de la división fuera una serie de errores muy pequeños del ala derecha, de divergencias muy insignificantes (en comparación), esa circunstancia (que al observador superficial y a la mente filistea les parece chocante) significaba un gran paso adelante de todo nuestro partido en su conjunto. Antes discrepábamos a causa de grandes cuestiones, que a veces podían incluso justificar una escisión; ahora ya coincidimos en todo lo grande e importante, ahora solo nos separan matices, sobre los que se puede y se debe discutir, pero que sería absurdo y pueril que nos llevaran a separarnos (como ya dijo con toda razón el camarada Plejánov en su interesante artículo «Lo que no se debe hacer», al que volveremos aún). Ahora, cuando la conducta anárquica de la minoría después del congreso casi condujo al partido a la escisión, a menudo se puede encontrar a sabios que dicen: ¿es que valía la pena luchar en el congreso por minucias como el incidente del Comité Organizador, la disolución del grupo «Rabochi del Sur» o de «Rabóchee Delo», el artículo 1, la disolución de la antigua redacción, etc.? Quien razona así[134] introduce precisamente el punto de vista de círculo en los asuntos del partido: la lucha de matices en el partido es inevitable y necesaria, mientras la lucha no conduzca a la anarquía y a la escisión, mientras la lucha se desarrolle dentro de los marcos aprobados en común por todos los camaradas y miembros del partido. Y nuestra lucha contra el ala derecha del partido en el congreso, contra Akímov y Axelrod, contra Martínov y Mártox, de ninguna manera salió de esos marcos. Basta recordar dos hechos que lo testimonian del modo más incontestable: 1) cuando los camaradas Martínov y Akímov se marcharon del congreso, todos estábamos dispuestos a apartar de todas las maneras la idea de «ofensa», todos aprobamos (por 32 votos) la resolución del camarada Trotski, que invitaba a esos camaradas a darse por satisfechos con las explicaciones y retirar su declaración; 2) cuando se llegó a la elección de los centros, concedimos a la minoría (o al ala oportunista) del congreso la minoría en ambos centros: a Mártox en el Órgano Central, a Popov en el Comité Central. No podíamos actuar de otro modo desde el punto de vista del partido, una vez que habíamos decidido antes del congreso elegir dos ternas. Si la diferencia de matices que se manifestó en el congreso no era grande, tampoco era grande, en efecto, la conclusión práctica que sacamos de la lucha de esos matices: esa conclusión se reducía exclusivamente a que dos tercios en ambas ternas debían concederse a la mayoría del congreso del partido.

Solo la disconformidad de la minoría en el congreso del partido con ser minoría en los centros condujo primero al «lloriqueo blandengue» de los intelectuales derrotados, y después a la frase anárquica y a las acciones anárquicas.

En conclusión, examinemos una vez más el diagrama desde el punto de vista de la cuestión de la composición de los centros. Es completamente natural que, además de la cuestión de los matices, los delegados también tuvieran presente en las elecciones la cuestión de la idoneidad, la capacidad de trabajo, etc., de una u otra persona. Ahora la minoría recurre con mucho gusto a mezclar estas cuestiones. Y que son cuestiones diferentes se sobreentiende por sí mismo y se deduce al menos del simple hecho de que la elección de la troika inicial para el Órgano Central ya estaba prevista antes del congreso, cuando ni una sola persona podía prever la alianza de Mártov y Axelrod con Martínov y Akímov. A preguntas diferentes, la respuesta debe obtenerse también por vías diferentes: a la pregunta sobre los matices hay que buscar la respuesta en las actas del congreso, en la discusión abierta y la votación de todos y cada uno de los puntos. La cuestión de la idoneidad de las personas fue decidida por todos en el congreso mediante votaciones secretas. ¿Por qué todo el congreso adoptó unánimemente tal decisión? Es una cuestión tan elemental que sería extraño detenerse en ella. Pero la minoría empezó a olvidar (tras su derrota en las elecciones) incluso el abecé. Hemos oído torrentes de discursos acalorados, apasionados, excitados casi hasta la enajenación en defensa de la vieja redacción, pero no hemos oído absolutamente nada sobre aquellos matices en el congreso que estaban vinculados a la lucha por los seis y por los tres. Oímos desde todos los rincones habladurías y patrañas sobre la incapacidad, inidoneidad, malevolencia, etc., de las personas elegidas para el Comité Central, pero no oímos absolutamente nada sobre aquellos matices en el congreso que lucharon por el predominio en el Comité Central. Me parece que fuera del congreso son indecorosas e indignas las patrañas y habladurías sobre las cualidades y actos de las personas (pues estos actos constituyen, en 99 casos de cada 100, un secreto organizativo que se revela solo ante la instancia suprema del partido). Librar una lucha fuera del congreso por medio de tales patrañas significaría, a mi juicio, actuar de manera calumniosa. Y la única respuesta que yo podría dar al público a propósito de estas habladurías consistiría en señalar la lucha congresual: ustedes dicen que el Comité Central fue elegido por una pequeña mayoría. Es cierto. Pero esa pequeña mayoría se compuso de todos aquellos que de la manera más consecuente, no de palabra, sino de hecho, lucharon por la realización de los planes de Iskra. La autoridad moral de esta mayoría debe ser, por ello, todavía incomparablemente superior a su autoridad formal, superior para todos los que valoran la continuidad de la orientación de Iskra por encima de la continuidad de tal o cual círculo de Iskra. ¿Quién podría juzgar con más competencia sobre la idoneidad de unas u otras personas para llevar a cabo la política de Iskra? ¿Aquellos que aplicaron esa política en el congreso, o aquellos que en toda una serie de casos combatieron esa política y defendieron todo atraso, toda morralla, todo espíritu de círculo?

## o) Después del congreso. Dos métodos de lucha

El análisis de los debates y votaciones en el congreso, que hemos concluido, explica propiamente in nuce (en germen) todo lo que ocurrió después del congreso, y podemos ser breves señalando las etapas ulteriores de nuestra crisis partidaria.

Nos hallábamos ante un dilema: ¿deseará el camarada Mártov considerar su "coalición" congresual como un hecho político aislado (similar a cómo fue un caso aislado la coalición de Bebel con Vollmar en 1895 —si licet parva componere magnis—), o deseará consolidar esta coalición, dirigirá todos sus esfuerzos para demostrar nuestro error y el de Plejánov en el congreso, se convertirá en el verdadero jefe del ala oportunista de nuestro partido? En otras palabras, este dilema se formulaba así: ¿riña o lucha política partidaria? De entre nosotros tres, que al día siguiente del congreso éramos los únicos miembros presentes de las instituciones centrales, Glébov se inclinaba más por la primera solución del dilema y se esforzaba más por reconciliar a los niños que se habían peleado. Hacia la segunda solución se inclinaba más el camarada Plejánov, a quien, como suele decirse, no había quien le abordara. Yo hacía en esta ocasión de "centro" o "pantano" e intenté apelar a la persuasión. En la actualidad, intentar reconstruir persuasiones verbales sería una empresa irremediablemente confusa, y no seguiré el mal ejemplo del camarada Mártov y del camarada Plejánov. Pero algunas partes de una persuasión escrita, dirigida por mí a uno de los iskristas de la "minoría", considero necesario reproducir:

Y entonces me pregunto: ¿por qué, en realidad de verdad, vamos nosotros a separarnos?... Repaso todos los acontecimientos e impresiones del congreso, reconozco que a menudo actué y procedí en un estado de terrible irritación, "furioso", estoy gustosamente dispuesto a reconocer ante quien sea este pecado mío, si es que debe llamarse pecado a lo que fue provocado naturalmente por la atmósfera, la reacción, la réplica, la lucha, etc. Pero, contemplando ahora sin furia alguna los resultados obtenidos, lo realizado a través de una lucha furiosa, no puedo ver en esos resultados absolutamente nada, rigurosamente nada perjudicial para el partido y absolutamente nada ofensivo o humillante para la minoría.

Claro está que no podía dejar de ser ofensivo ya el hecho mismo de haber quedado en minoría, pero protesto categóricamente contra la idea de que nosotros hayamos "manchado" a alguien, de que hayamos querido ofender o humillar a alguien. Nada de eso. Y no es propio permitir que la divergencia política conduzca a interpretar los hechos mediante la acusación a la otra parte de falta de escrúpulos, bribonería, intriga y demás cosas lindas, que se oyen cada vez con más frecuencia en la atmósfera del cisma que se avecina. No es propio permitirlo, porque esto es, por lo menos, desrazonable hasta lo sumo.

Nosotros divergimos política (y organizativamente) con Mártov, como divergíamos con él decenas de veces. Al ser derrotado en la cuestión del § 1 de los estatutos, no pude dejar de esforzarme con toda energía por el desquite en lo que me (y al congreso) quedaba. No pude dejar de aspirar, por un lado, a un Comité Central estrictamente iskrista, — por otro, a una troika editorial... Considero que esta troika es la única capaz de ser una institución responsable, y no un colegio basado en el amiguismo y la negligencia, el único centro auténtico en el que cada cual aportaría y defendería siempre su punto de vista partidario, ni un ápice más, con independencia plena de todo lo personal, de toda consideración sobre la ofensa, la dimisión, etc.

Esta troika, después de los acontecimientos en el congreso, sancionaba indudablemente la línea política y organizativa, en un aspecto dirigida contra Mártov. Indudablemente. ¿Romper por esto? ¿Destruir el partido por esto? ¿Acaso en la cuestión de las manifestaciones no estuvieron Mártov y Plejánov contra mí? ¿Acaso en la cuestión del programa no estuvimos yo y Mártov contra Plejánov? ¿Acaso toda troika no vuelve siempre uno de sus lados contra cada participante? Si la mayoría de los iskristas, tanto en la organización de Iskra como en el congreso, encontró que este matiz especial de la línea mártoviana era erróneo en los aspectos organizativo y político, ¿no son en verdad insensatos los intentos de explicarlo por algún "amaño", "incitación", etc.? ¿Acaso no sería insensato eludir este hecho denigrando a esta mayoría como "canalla"?

Repito: yo, como la mayoría de los iskristas del congreso, estoy profundamente convencido de que Mártov adoptó una línea incorrecta y que era necesario corregirla. Construir una ofensa a partir de esta corrección, deducir de aquí ultraje, etc., es desrazonable. A nadie ni en nada hemos "manchado", no "manchamos" ni apartamos del trabajo. Y levantar un cisma por la exclusión del centro sería para mí una insensatez incomprensible[138].

Estas declaraciones mías escritas consideré necesario restablecerlas ahora, pues muestran con exactitud la aspiración de la mayoría de trazar de inmediato una frontera precisa entre las posibles (e inevitables en una lucha acalorada) ofensas personales y la irritación personal debido a la brusquedad y la "furia" de los ataques, etc., por un lado, — y un cierto error político, una línea política (coalición con el ala derecha), por el otro lado.

Estas declaraciones prueban que la resistencia pasiva de la minoría comenzó inmediatamente después del congreso y provocó de inmediato, por nuestra parte, la advertencia de que esto era un paso hacia la escisión del partido; — que esto contradice directamente las declaraciones de lealtad hechas en el congreso; — que esto sería una escisión exclusivamente a causa del alejamiento de las instituciones centrales (es decir, por la no elección), ya que nadie jamás pensó en apartar del trabajo a ningún miembro del partido; – que la divergencia política entre nosotros (inevitable, en tanto no se ha esclarecido ni resuelto aún la cuestión de si fue Mártov o fuimos nosotros quienes nos equivocamos en nuestra línea en el congreso) comienza a degenerar cada vez más en rencillas con insultos, suspicacias, etc., etc.

Las advertencias no sirvieron de nada. La conducta de la minoría demostraba que los elementos menos estables y que menos valoran al partido estaban tomando ventaja en su seno. Esto nos obligó a Plejánov y a mí a retirar nuestra aceptación de la propuesta de Glébov: en efecto, si la minoría con sus actos demostraba su inestabilidad política no solo en el terreno de los principios, sino también en el de la lealtad partidaria elemental, ¿qué valor podían tener las palabras sobre la cacareada «continuidad»? ¡Nadie se burló con tanto ingenio como Plejánov de todo el absurdo de la exigencia de «cooptar» a la redacción del partido a la mayoría de personas que declaran abiertamente sus nuevas y crecientes discrepancias! ¡Dónde se ha visto en el mundo que, antes de esclarecer en la prensa, ante el partido, las nuevas divergencias, la mayoría del partido en las instituciones centrales se convierta a sí misma en minoría! ¡Que primero se expongan las divergencias, que el partido discuta su profundidad e importancia, que el partido mismo corrija su error, cometido en el segundo congreso, si se demuestra tal o cual error! El mero hecho de plantear semejante exigencia en nombre de divergencias aún desconocidas demostraba la completa inestabilidad de quienes la exigían, el total dominio de las rencillas sobre las divergencias políticas, la total falta de respeto tanto hacia todo el partido como hacia sus propias convicciones. No ha habido en el mundo, ni habrá jamás, personas de convicciones tan basadas en principios que se nieguen a persuadir antes de haber obtenido (de manera privada) la mayoría en la institución que se disponen a hacer cambiar de opinión.

Finalmente, el 4 de octubre, el camarada Plejánov declara que hará un último intento de acabar con este absurdo. Se celebra una reunión de los seis miembros de la antigua redacción en presencia del nuevo miembro del Comité Central[139]. Durante tres horas largas, el camarada Plejánov demuestra lo irrazonable de la exigencia de «cooptar» a cuatro de la «minoría» por dos de la «mayoría». Propone cooptar a dos para, por un lado, disipar todo temor de que queremos a alguien «aplastar, reprimir, hacer callar, ejecutar y enterrar», y por otro lado, para salvaguardar los derechos y la posición de la «mayoría» del partido. La cooptación de dos también es rechazada.

El 6 de octubre, Plejánov y yo escribimos una carta oficial a todos los antiguos redactores de «Iskra» y al colaborador, camarada Trotski, con el siguiente contenido:

«¡Estimados camaradas! La redacción del Órgano Central considera su deber expresar oficialmente su pesar por vuestro alejamiento de la participación en «Iskra» y «Zariá». A pesar de las reiteradas invitaciones a colaborar, que hicimos tanto inmediatamente después del segundo congreso del partido como repetidas veces posteriormente, no hemos recibido de vosotros ni una sola obra literaria. La redacción del Órgano Central declara que considera que vuestro alejamiento de la colaboración no ha sido provocado en modo alguno por su parte. Ninguna irritación personal debe, por supuesto, servir de obstáculo para trabajar en el Órgano Central del partido. Si vuestro alejamiento está motivado por tal o cual divergencia de opiniones entre vosotros y nosotros, entonces consideraríamos sumamente útil, en interés del partido, una exposición detallada de tales divergencias. Más aún. Consideraríamos sumamente deseable que el carácter y la profundidad de estas divergencias se aclararan lo antes posible ante todo el partido en las páginas de las publicaciones que editamos.»[140]

Como ve el lector, seguía sin quedarnos nada claro si predominaba la irritación personal en las acciones de la «minoría» o el deseo de dar al órgano (y al partido) un nuevo rumbo, y cuál y en qué consistía exactamente. Creo que incluso ahora, si se sentara a 70 intérpretes a trabajar para esclarecer esta cuestión sobre la base de cualquier literatura y de cualquier testimonio, ellos tampoco lograrían desentrañar jamás esta confusión. Las rencillas difícilmente pueden desenredarse alguna vez: hay que cortarlas o apartarse de ellas[141].

A la carta del 6 de octubre, Axelrod, Zasúlich, Starovier, Trotski y Koltsov nos respondieron con un par de líneas diciendo que los abajo firmantes no tomaban participación alguna en «Iskra» desde su paso a manos de la nueva redacción. El camarada Mártov fue más locuaz y nos honró con la siguiente respuesta:

«A la redacción del Órgano Central del POSDR. Estimados camaradas: En respuesta a vuestra carta del 6 de octubre, declaro lo siguiente: Considero concluidas todas nuestras explicaciones sobre la cuestión del trabajo conjunto en un mismo órgano después de la reunión que tuvo lugar en presencia del miembro del CC el 4 de octubre, en la cual os negasteis a responder a la pregunta sobre las razones que os impulsaron a retirar la propuesta que se nos hizo a Axelrod, Zasúlich, Starovier y a mí de ingresar en la redacción bajo la condición de que nos comprometiéramos a elegir como nuestro "representante" en el Consejo al camarada Lenin. Después de que en la citada reunión esquivasteis en repetidas ocasiones formular vuestras propias declaraciones, hechas ante testigos, no considero necesario explicaros en una carta los motivos de mi negativa a trabajar en "Iskra" en las circunstancias actuales. Si es necesario, me manifestaré detalladamente al respecto ante todo el partido, el cual ya se enterará por las actas del segundo congreso de por qué rechacé la propuesta, ahora repetida por vosotros, de ocupar un lugar en la redacción y en el Consejo…»[142]

Esta carta, junto con los documentos anteriores, proporciona una aclaración irrefutable sobre la cuestión del boicot, la desorganización, la anarquía y la preparación de la escisión, que tan celosamente elude (mediante signos de exclamación y puntos suspensivos) el camarada Mártov en su «Estado de Sitio», la cuestión de los medios de lucha leales y desleales.

Al camarada Mártov y a otros se les propone exponer las divergencias, se les pide que digan directamente de qué se trata y cuáles son sus intenciones, se les persuade de que dejen de hacer caprichos y analicen con calma el error en el § 1 (indisolublemente ligado al error en el giro a la derecha), y el camarada Mártov y Cía se niegan a hablar y gritan: ¡me asedian, me aplastan! La burla a la «terrible palabra» no enfrió el ardor de estos cómicos lamentos.

Pero, ¿cómo se puede asediar a quien se niega a trabajar conjuntamente?, preguntábamos al camarada Mártov. ¿Cómo se puede ofender, «aplastar» y oprimir a la minoría, cuando ella se niega a ser minoría? ¡¡Pues toda permanencia en minoría implica obligatoria e indefectiblemente ciertas desventajas para quien quedó en minoría. Estas desventajas consisten o bien en que habrá que entrar en un colectivo que impondrá su mayoría en ciertas cuestiones, o bien en que habrá que situarse fuera del colectivo, atacándolo y exponiéndose, en consecuencia, al fuego de baterías bien fortificadas.!!

Con los gritos sobre el «estado de sitio», ¿quería decir el camarada Mártov que se lucha contra ellos, que han quedado en minoría, o que se les dirige de manera injusta y desleal? Solo esta tesis tendría (a los ojos de Mártov) al menos una sombra de razonabilidad, pues, repito, la permanencia en minoría acarrea ciertas desventajas obligatoria e indefectiblemente. Pero lo cómico del caso es que con el camarada Mártov no se podía luchar en modo alguno, mientras él se negara a hablar; ¡de ningún modo se podía dirigir a la minoría, mientras ella se negara a ser minoría!

Ni un solo hecho de extralimitación o abuso de poder demostró el camarada Mártov con respecto a la redacción del Órgano Central cuando Plejánov y yo estábamos en la redacción. Ni un solo hecho demostraron tampoco los prácticos de la minoría por parte del Comité Central. Por más vueltas que le dé ahora el camarada Mártov en su «Estado de Sitio», sigue siendo completamente irrefutable que en los lamentos sobre el estado de sitio no hubo absolutamente nada, excepto «lánguidos lloriqueos».

La total falta de argumentos razonables contra la redacción designada por el congreso por parte del camarada Martov y compañía queda perfectamente ilustrada con su propia frasecilla: «¡no somos siervos!» (El estado de sitio, pág. 34). La psicología del intelectual burgués, que se considera a sí mismo entre las «almas elegidas», situadas por encima de la organización de masas y la disciplina de masas, aparece aquí con notable claridad. Explicar la negativa a trabajar en el partido diciendo que «no somos siervos» es delatarse de pies a cabeza, reconocer la total falta de argumentos, la completa incapacidad de motivación, la total ausencia de razones sensatas para el descontento. Plejánov y yo declaramos que consideramos la negativa como algo no provocado en absoluto por nuestra parte; pedimos exponer las discrepancias, y se nos responde: «no somos siervos» (con el añadido: todavía no nos hemos puesto de acuerdo en lo de la cooptación).

Al individualismo intelectualista, que ya se manifestó en los debates sobre el § 1, revelando su inclinación al razonamiento oportunista y a la frase anarquista, toda organización y disciplina proletarias le parecen un derecho de servidumbre. El público lector pronto sabrá que también el nuevo congreso del partido les parece a esos «miembros del partido» y «funcionarios» del partido un establecimiento de servidumbre, terrible e insoportable para las «almas elegidas»… Este «establecimiento» es en verdad terrible para aquellos que son aficionados a aprovecharse del título de miembros del partido, pero sienten la incongruencia de ese título con los intereses del partido y la voluntad del partido.

Las resoluciones de los comités, enumeradas por mí en la carta a la redacción de la nueva «Iskra» y publicadas por el camarada Martov en «El estado de sitio», demuestran de hecho que la conducta de la minoría fue una desobediencia continua a las decisiones del congreso, una desorganización del trabajo práctico positivo. La minoría, compuesta de oportunistas y detractores de «Iskra», desgarraba al partido, estropeaba, desorganizaba el trabajo, deseando vengarse de la derrota en el congreso y sintiendo que por medios honestos y leales (esclareciendo el asunto en la prensa o en el congreso) nunca lograría refutar la acusación de oportunismo y de inestabilidad intelectual que se le había lanzado en el segundo congreso. Conscientes de su impotencia para convencer al partido, influían desorganizando al partido y entorpeciendo todo trabajo. Se les reprochaba haber hecho (por sus embrollos en el congreso) una grieta en nuestra vasija; respondían a ese reproche esforzándose con todas sus fuerzas en romper por completo la vasija agrietada.

Los conceptos se embrollaban hasta el punto de que el boicot y el apartamiento del trabajo eran declarados «medios honestos[143]» de lucha. El camarada Martov da toda clase de vueltas ahora alrededor de este punto delicado. El camarada Martov es tan «principista» que defiende el boicot cuando lo lleva a cabo la minoría, ¡y condena el boicot cuando amenaza al propio Martov, que ha quedado en mayoría!

Creo que se puede dejar sin examinar la cuestión de si esto es una riña o una «discrepancia de principio» acerca de los medios honestos de lucha en un partido obrero socialdemócrata.

Tras los intentos fallidos (el 4 y el 6 de octubre) de obtener explicaciones de los camaradas que iniciaron la historia por la «cooptación», a las instituciones centrales solo les quedaba ver cómo sería en la práctica la lealtad de lucha prometida de palabra por ellos. El 10 de octubre, el Comité Central se dirige con una circular a la Liga (véase el protocolo de la Liga, págs. 3-5), anunciando el reglamento que estaba elaborando e invitando a los miembros de la Liga a colaborar. El congreso de la Liga fue rechazado en aquel entonces por su Administración (por dos votos contra uno, véase la pág. 20 del mismo). Las respuestas de los partidarios de la minoría a esta circular mostraron de inmediato que la tan cacareada lealtad y el reconocimiento de las decisiones del congreso no eran más que una frase, que de hecho la minoría había decidido de manera incondicional no someterse a las instituciones centrales del partido, respondiendo a sus llamamientos al trabajo unificado con evasivas llenas de sofismas y frases anárquicas. A la tan cacareada carta abierta del miembro de la Administración, Deutsch (pág. 10), respondimos, junto con Plejánov y otros partidarios de la mayoría, con una enérgica expresión de «protesta contra las groseras violaciones de la disciplina del partido mediante las cuales un funcionario de la Liga se permite entorpecer la actividad organizativa de una institución del partido y llama a otros camaradas a violar igualmente la disciplina y el reglamento. Frases como “no me considero con derecho a participar en un trabajo así a invitación del Comité Central” o “¡camaradas! en ningún caso debemos dejarle (al Comité Central) la elaboración de un nuevo reglamento para la Liga”, etc., pertenecen a una clase de procedimientos de agitación que no pueden sino provocar indignación en cualquier persona que entienda mínimamente lo que significan los conceptos de partido, organización, disciplina del partido. Procedimientos de este tipo son tanto más indignantes cuanto que se emplean contra una institución del partido recién creada, constituyendo así un intento indudable de socavar la confianza hacia ella entre los camaradas del partido, y además son puestos en circulación bajo la firma de un miembro de la Administración de la Liga y a espaldas del Comité Central» (pág. 17).

En tales condiciones, el congreso de la Liga solo prometía ser un escándalo.

El camarada Martov prosiguió desde el comienzo su táctica congresual de «meterse en el alma», esta vez al camarada Plejánov, mediante la distorsión de conversaciones privadas. El camarada Plejánov protesta, y el camarada Martov se ve obligado a retractarse (págs. 39 y 134 del protocolo de la Liga) de los reproches frívolos o irritados.

Llega el turno del informe. El delegado de la Liga en el congreso del partido era yo. Una simple consulta del resumen de mi informe (pág. 43 y sigs.)[144] mostrará al lector que yo di un esbozo preliminar del mismo análisis de las votaciones en el congreso que, en forma desarrollada, constituye el contenido del presente folleto. Todo el peso del informe recaía precisamente en la demostración de que Martov y compañía, en virtud de los errores que cometieron, habían quedado en el ala oportunista de nuestro partido. A pesar de que el informe se hizo ante una mayoría de los adversarios más enconados, no pudieron hallar en él absolutamente nada que se apartara de los procedimientos leales de lucha y polémica del partido.

El informe de Martov, aparte de pequeñas y particulares «correcciones» a mi exposición (cuya inexactitud hemos demostrado más arriba), era, por el contrario, un producto de nervios enfermos.

No es de extrañar que la mayoría se negara a sostener la lucha en semejante atmósfera. El camarada Plejánov declaró su protesta contra la «escena» (pág. 68) —¡era, en verdad, una auténtica «escena»!— y se retiró del congreso, no queriendo exponer las objeciones que ya tenía preparadas sobre el fondo del informe. También se fueron del congreso casi todos los demás partidarios de la mayoría, presentando una protesta escrita contra la «conducta indigna» del camarada Martov (pág. 75 del protocolo de la Liga).

Los procedimientos de lucha de la minoría aparecieron ante todos con total nitidez. A la minoría la acusábamos de un error político en el congreso, de un viraje hacia el oportunismo, de coalición con los bundistas, los Akímov, los Bruker, los Yegórov y los Majov. La minoría sufrió una derrota en el congreso y ha «elaborado» ahora dos procedimientos de lucha que abarcan toda la infinita variedad de salidas, ataques, embestidas aisladas, etc.

Primer procedimiento: la desorganización de todo el trabajo del partido, el estropear la causa, el afán de entorpecerlo todo y a todos «sin explicar las causas».

Segundo procedimiento: la organización de «escenas» y demás etcéteras.[145]

Este «segundo procedimiento de lucha» se manifiesta también en las cacareadas resoluciones «de principio» de la Liga, en cuya discusión la «mayoría», naturalmente, no participó. Examinemos estas resoluciones que el camarada Martov ha reimpreso ahora en su «Estado de sitio».

La primera resolución, firmada por los camaradas Trotski, Fomín, Deutsch y otros, contiene dos tesis dirigidas contra la «mayoría» del congreso del partido: 1) «La Liga expresa su profundo pesar por el hecho de que, debido a las tendencias manifestadas en el congreso, que por su esencia van en contra de la anterior política de “Iskra”, al elaborar el reglamento del partido no se haya prestado la debida atención a crear suficientes garantías para salvaguardar la independencia y la autoridad del Comité Central» (pág. 83 del protocolo de la Liga).

Esta tesis «de principio» se reduce, como ya hemos visto, a una frase de Akímov, ¡cuyo carácter oportunista fue desenmascarado en el congreso del partido incluso por el camarada Popov! En esencia, las afirmaciones de que la «mayoría» no piensa salvaguardar la independencia y autoridad del CC siempre han sido nada más que un chisme. Basta señalar que cuando Plejánov y yo estábamos en la redacción, en el Consejo no teníamos preponderancia del OC sobre el CC, y cuando los martovistas entraron en la redacción, ¡en el Consejo se produjo un predominio del OC sobre el CC! Cuando estábamos en la redacción, en el Consejo predominaban los prácticos rusos sobre los literatos del extranjero; con los martovistas resultó lo contrario. Cuando estábamos en la redacción, el Consejo ni una sola vez intentó inmiscuirse en ninguna cuestión práctica; desde la cooptación unánime comenzó tal injerencia, como la opinión pública lectora llegará a saber a fondo en breve tiempo.

La siguiente tesis de la resolución examinada: «...al instituir los centros oficiales del partido, el congreso ignoró la ligazón sucesoria con los centros realmente constituidos...»

Esta tesis se reduce por completo a la cuestión de la composición personal de los centros. La «minoría» prefería eludir el hecho de que los viejos centros demostraron en el congreso su inutilidad y cometieron una serie de errores. Pero lo más cómico es la referencia a la «sucesión» en relación con el Comité de Organización. En el congreso, como hemos visto, ni una sola persona insinuó siquiera la ratificación de toda la composición del CO. En el congreso, Mártox llegó a gritar incluso con exasperación que le deshonraba una lista con tres miembros del CO. En el congreso, la «minoría» propuso su última lista con un solo miembro del CO (Popov, Glebov o Fomin y Trotsky), y la «mayoría» hizo aprobar una lista con dos miembros del CO de los tres (Travinsky, Vasiliev y Glebov). Cabe preguntarse: ¿acaso esta referencia a la «sucesión» puede ser calificada de «divergencia de principio»?

Pasemos a otra resolución, firmada por cuatro miembros de la vieja redacción encabezados por el camarada Axelrod. Aquí encontramos todas las principales acusaciones contra la «mayoría», repetidas más de una vez luego en la prensa. Lo más cómodo es examinarlas precisamente en la formulación de los miembros del círculo de redactores. Las acusaciones van dirigidas contra el «sistema de administración autocrático-burocrática del partido», contra el «centralismo burocrático», que, a diferencia del «centralismo verdaderamente socialdemócrata», se define de la siguiente manera: «pone en primer plano no la unificación interna, sino la unidad externa, formal, realizada y custodiada por medios puramente mecánicos, mediante la represión sistemática de la iniciativa individual y de la actividad autónoma social»; por ello, «por su propia esencia es incapaz de unir orgánicamente los elementos componentes de la sociedad».

De qué «sociedad» habla aquí el camarada Axelrod y Cía., solo Alá lo sabe. El camarada Axelrod, por lo visto, ni él mismo sabía bien si estaba redactando un mensaje de los zemstvos sobre reformas deseables en la administración, o vertiendo las quejas de la «minoría». ¿Qué puede significar la «autocracia» en el partido, de la que tanto gritan los «redactores» descontentos? La autocracia es el poder supremo, incontrolado, irresponsable y no electivo de una sola persona. Por la literatura de la «minoría» es muy bien sabido que por tal autócrata se me considera precisamente a mí, y a nadie más. Cuando se redactó y aprobó la resolución que examinamos, yo estaba en el OC junto con Plejánov. Por consiguiente, el camarada Axelrod y Cía. expresa su convicción de que tanto Plejánov como todos los miembros del CC «administraban el partido» no según sus propios puntos de vista sobre el bien de la causa, sino según la voluntad del autócrata Lenin. La acusación de administración autocrática conduce necesaria e inevitablemente al reconocimiento de todos los demás partícipes de la administración, excepto el autócrata, como meros instrumentos en manos ajenas, peones, ejecutores de una voluntad ajena. Y preguntamos una y otra vez: ¿es esto realmente una «divergencia de principio» del respetabilísimo camarada Axelrod?

Además. ¿De qué unidad externa, formal hablan aquí nuestros «miembros del partido», que acaban de regresar del congreso del partido, cuyas decisiones reconocieron solemnemente como legales? ¿Acaso conocen ellos otro modo de alcanzar la unidad en un partido organizado sobre bases medianamente sólidas, que no sea el congreso del partido? Si es así, ¿por qué no tienen el valor de decir directamente que ya no reconocen al segundo congreso como congreso legal? ¿Por qué no intentan exponernos sus nuevas ideas y sus nuevos modos de alcanzar la unidad en un partido supuestamente organizado?

Además. ¿De qué «represión de la iniciativa individual» hablan nuestros intelectuales individualistas, a quienes el OC del partido acababa precisamente de rogar que expusieran sus divergencias y quienes, en lugar de ello, regateaban sobre la «cooptación»? ¡Cómo podíamos, en general, Plejánov y yo o el CC reprimir la iniciativa y la actividad autónoma de personas que rehusaban toda «actividad» conjunta con nosotros! ¡Cómo se puede «reprimir» a alguien en una institución o en un colegio donde el reprimido se negó a participar! ¿Cómo pueden quejarse redactores no elegidos del «sistema de administración», cuando ellos se negaron a «ser administrados»? Nosotros no pudimos cometer ningún error en la dirección de nuestros camaradas por la sencilla razón de que esos camaradas ni siquiera trabajaban bajo nuestra dirección.

Parece claro que los gritos sobre el tan cacareado burocratismo no son más que un simple encubrimiento del descontento con la composición personal de los centros, una hoja de parra que disimula la violación de la palabra solemnemente empeñada en el congreso. Tú eres burócrata porque fuiste designado por el congreso no según mi voluntad, sino en contra de ella; tú eres formalista porque te apoyas en las decisiones formales del congreso, y no en mi consentimiento; tú actúas de manera groseramente mecánica, pues te remites a la mayoría «mecánica» del congreso del partido y no tienes en cuenta mi deseo de ser cooptado; tú eres un autócrata porque no quieres entregar el poder en manos de la vieja y cálida compañía, que defiende con tanto más energía su «sucesión» círculista cuanto más le desagrada la directa desaprobación de ese círculismo por parte del congreso.

Ningún contenido real, salvo el señalado, había ni hay en esos gritos sobre el burocratismo[146]. Y precisamente este método de lucha demuestra una vez más la inestabilidad intelectual de la minoría. Esta quería convencer al partido de la elección fallida de los centros. ¿Convencer con qué? ¿Con la crítica de aquella «Iskra» que llevábamos Plejánov y yo? No, no estaban en condiciones de dar eso. Querían convencer mediante la negativa de una parte del partido a trabajar bajo la dirección de centros odiados. Pero ninguna institución central de ningún partido en el mundo estará en condiciones de demostrar su capacidad de dirigir a aquellos que no quieren someterse a la dirección. La negativa a someterse a la dirección de los centros equivale a la negativa a estar en el partido, equivale a la destrucción del partido; no es una medida de convicción, sino una medida de destrucción. Y precisamente esta sustitución de la convicción por la destrucción muestra la falta de firmeza de principios, la falta de fe en las propias ideas.

Hablan de burocratismo. Burocratismo se puede traducir al ruso con la palabra: localismo. Burocratismo significa subordinación de los intereses de la causa a los intereses de la carrera, atención exagerada a los carguillos y menosprecio del trabajo, riña por la cooptación en vez de lucha por las ideas. Tal burocratismo, en efecto, es absolutamente indeseable y perjudicial para el partido, y yo dejaré tranquilamente que el lector juzgue cuál de las dos partes que luchan ahora en nuestro partido es culpable de semejante burocratismo... Hablan de procedimientos de unificación groseramente mecánicos. Por supuesto, los procedimientos groseramente mecánicos son perjudiciales, pero yo, de nuevo, dejaré que el lector juzgue si es posible imaginar un modo más grosero y más mecánico de lucha de la nueva tendencia contra la vieja que introducir personas en las instituciones del partido antes de haber convencido al partido de la justeza de las nuevas concepciones, antes de haber expuesto estas concepciones al partido.

Pero, ¿acaso las palabrejas predilectas de la minoría no tendrán también cierto significado de principio, no expresarán un cierto círculo especial de ideas, independientemente de aquel motivo mezquino y particular que sirvió, indudablemente, de punto de partida del «viraje» en este caso? Tal vez, si hacemos abstracción de la riña por la «cooptación», estas palabrejas resulten ser, a fin de cuentas, un reflejo de otro sistema de concepciones.

Examinemos la cuestión desde este ángulo. Al hacerlo, deberemos ante todo señalar que el primero en iniciar tal examen fue el camarada Plejánov en la Liga, quien señaló el giro de la minoría hacia el anarquismo y el oportunismo, y que precisamente el camarada Mártov (quien tanto se ofende ahora porque no todos quieren reconocer que su postura es una postura de principios[147]) prefirió soslayar por completo este incidente en su «Estado de sitio».

En el congreso de la Liga se planteó la cuestión general de si los estatutos que la Liga o un comité elabora para sí mismos son válidos sin la aprobación de dichos estatutos por el Comité Central, o sea, en contra de la aprobación del Comité Central. Parecería una cuestión más clara que el agua: los estatutos son la expresión formal de la organización, y el derecho a organizar los comités está categóricamente concedido al Comité Central, precisamente por el artículo sexto de nuestros estatutos del partido; los estatutos definen los límites de la autonomía del comité, y el voto decisivo en la definición de esos límites lo tiene la institución central del partido, no la local. Esto es el abecé, y era puro infantilismo el profundo razonamiento de que «organizar» no implica siempre «aprobar los estatutos» (como si la Liga misma no hubiera expresado de forma independiente su deseo de organizarse precisamente sobre la base de unos estatutos formales). Pero el camarada Mártov se olvidó (por un tiempo, cabe esperar) incluso del abecé de la socialdemocracia. En su opinión, la exigencia de la aprobación de los estatutos solo expresa que «el antiguo centralismo revolucionario de Iskra está siendo sustituido por un centralismo burocrático» (pág. 95 del protocolo de la Liga), declarando el camarada Mártov en ese mismo discurso que precisamente aquí ve él el «aspecto de principios» de la cuestión (pág. 96), ¡cuestión de principios que prefirió soslayar en su «Estado de sitio»!

El camarada Plejánov responde a Mártov de inmediato, pidiendo que se abstenga de expresiones como burocratismo, pompadourismo, etc., que «atentan contra la dignidad del congreso» (pág. 96). Se produce un intercambio de observaciones con el camarada Mártov, quien ve en esas expresiones una «caracterización de principios de una determinada tendencia». El camarada Plejánov, como todos los partidarios de la mayoría, consideraba entonces esas expresiones en su significado concreto, comprendiendo claramente su sentido no de principios, sino exclusivamente «de cooptación», si puede decirse así. Sin embargo, cede a la insistencia de los Mártov y los Deich (págs. 96-97) y pasa a un examen de principios de unas opiniones supuestamente de principios. «Si eso fuera así —dice (es decir, si los comités fueran autónomos en la creación de su organización, en la elaboración de sus estatutos)—, serían autónomos con respecto al todo, al partido. Eso ya no es un punto de vista bundista, sino directamente anárquico. En efecto, los anarquistas razonan así: los derechos de los individuos no están limitados; pueden entrar en colisión; cada individuo determina por sí mismo los límites de sus derechos. Los límites de la autonomía deben ser determinados no por el grupo mismo, sino por el todo del cual forma parte. Un ejemplo palpable de la violación de este principio puede ser el Bund. Así pues, los límites de la autonomía los determina o el congreso, o la instancia superior que el congreso haya creado. El poder de la institución central debe basarse en la autoridad moral e intelectual. Con esto, por supuesto, estoy de acuerdo. Todo representante de la organización debe preocuparse de que la institución tenga autoridad moral. Pero de aquí no se sigue que, si se necesita autoridad, no se necesite poder... Contraponer la autoridad de las ideas a la autoridad del poder es una frase anarquista, que no debería tener cabida aquí» (pág. 98). Estas tesis son sumamente elementales, verdaderos axiomas que resultaba incluso extraño someter a votación (pág. 102) y que se ponían en duda solo porque «en el momento actual los conceptos se han confundido» (ibídem). Pero el individualismo intelectual condujo inevitablemente a la minoría al deseo de sabotear el congreso, de no someterse a la mayoría; y justificar ese deseo no pudo hacerse sino con una frase anarquista. Es de lo más curioso que la minoría no supo expresarle a Plejánov nada más que la queja por el uso de términos excesivamente fuertes como oportunismo, anarquismo, etc. Plejánov se burló con razón de esas quejas, preguntando por qué «"jauresismo y anarquismo" resultan inconvenientes de usar, mientras que lèse-majesté (lesa majestad) y pompadourismo sí son convenientes». No hubo respuesta a estas preguntas. Este original qui pro quo[148] les ocurre constantemente a los camaradas Mártov, Axelrod y Cía.: sus nuevas palabrejas llevan una clara impronta del «corazón»; señalárselo les ofende —nosotros somos gente de principios—; pero si por principio rechazáis la subordinación de la parte al todo, entonces sois anarquistas, se les dice. ¡Nueva ofensa por la expresión fuerte! En otras palabras: quieren batirse con Plejánov, ¡pero con la condición de que él no les ataque en serio!

¡Cuántas veces el camarada Mártov y otros «mencheviques» se han entretenido, con no menos infantilismo, en denunciarme en la siguiente «contradicción»! Toman una cita de «Qué hacer» o de «Carta a un camarada», donde se habla de la influencia ideológica, de la lucha por la influencia, etc., y la contraponen a la influencia «burocrática» mediante los estatutos, a la aspiración «autocrática» de apoyarse en el poder, etc. ¡Gente ingenua! Ya han olvidado que antes nuestro partido no era un todo formalmente organizado, sino solo una suma de grupos privados, y que por ello no podía haber otras relaciones entre esos grupos que la influencia ideológica. Ahora nos hemos convertido en un partido organizado, y eso implica la creación del poder, la transformación de la autoridad de las ideas en autoridad del poder, la subordinación a las instancias superiores del partido por parte de las inferiores. De veras, resulta incluso incómodo tener que masticarles semejante abecé a los viejos camaradas, sobre todo cuando se siente que la cuestión se reduce sencillamente a la falta de voluntad de la minoría de someterse a la mayoría en lo tocante a las elecciones. Pero, en principio, todas estas interminables denuncias de mi supuesta contradicción se reducen por entero a una frase anarquista. La nueva «Iskra» no es reacia a usar el título y el derecho de institución del partido, pero no quiere someterse a la mayoría del partido.

Si hay un principio en las frases sobre el burocratismo, si no se trata de una negación anárquica de la obligación de la parte de someterse al todo, entonces estamos ante el principio del oportunismo, que aspira a debilitar la responsabilidad de los intelectuales individuales ante el partido del proletariado, a debilitar la influencia de las instituciones centrales, a reforzar la autonomía de los elementos menos templados del partido, a reducir las relaciones organizativas a un reconocimiento puramente platónico de las mismas en palabras. Ya lo vimos en el congreso del partido, donde los Akímov y los Lieber pronunciaron exactamente los mismos discursos sobre el «monstruoso» centralismo que los que brotaron en el congreso de la Liga de labios de Mártov y Cía. Que el oportunismo, no por casualidad, sino por su propia naturaleza, y no solo en Rusia, sino en todo el mundo, conduce a las «opiniones» organizativas martovianas y axelrodianas, eso lo veremos más abajo, al analizar el artículo del camarada Axelrod en la nueva «Iskra».

p) Las pequeñas desazones no deben estorbar el gran placer

El rechazo por la Liga de la resolución sobre la necesidad de que sus estatutos fueran aprobados por el Comité Central (pág. 105 de los protocolos de la Liga) fue, como toda la mayoría del congreso del partido lo señaló de inmediato, «una violación flagrante de los estatutos del partido». Tal violación, si se la considera como un acto de gente de principios, era puro anarquismo; y en el contexto de la lucha posterior al congreso, producía inevitablemente la impresión de un «ajuste de cuentas» de la minoría del partido con la mayoría del partido (pág. 112 del protocolo de la Liga), significaba la falta de voluntad de someterse al partido y de estar en el partido. La negativa de la Liga a aceptar la resolución a raíz de la declaración del Comité Central sobre la necesidad de modificar los estatutos (págs. 124-125) condujo inevitablemente a que se considerara ilegal una reunión que pretendía ser una reunión de la organización del partido y, al mismo tiempo, no someterse a la institución central del partido. Los partidarios de la mayoría del partido abandonaron inmediatamente esa reunión cuasi-partidaria, para no participar en una comedia indigna.

El individualismo intelectual, con su platónico reconocimiento de las relaciones de organización, que se puso de manifiesto en las vacilaciones del pensamiento en torno al § 1 de los estatutos, llegó así en la práctica a su fin lógico, por mí predicho ya en septiembre, es decir, con un mes y medio de antelación: la destrucción de la organización del partido. Y en ese momento, la misma noche del día en que terminó el congreso de la Liga, el camarada Plejánov declaró a sus colegas de ambas instituciones centrales del partido que no se sentía capaz de «disparar contra los suyos», que «más vale una bala en la frente que una escisión», que para evitar un mal mayor era necesario hacer las máximas concesiones personales, por las cuales, en esencia (mucho más que por los principios que se vislumbraron en la posición incorrecta sobre el § 1), se libra esta lucha devastadora. Para caracterizar con mayor precisión este viraje del camarada Plejánov, que adquirió una reconocida importancia para todo el partido, considero más conveniente apoyarme no en conversaciones privadas ni en cartas privadas (ese refugio para casos extremos), sino en la propia exposición del asunto por el mismo Plejánov ante todo el partido, en su artículo «Lo que no se debe hacer» del número 52 de «Iskra», escrito justo después del congreso de la Liga, después de mi salida de la redacción del Órgano Central (1 de noviembre de 1903) y antes de la cooptación de los martovistas (26 de noviembre de 1903).

La idea fundamental del artículo «Lo que no se debe hacer» consiste en que en política no se debe ser rectilíneo, inoportunamente tajante e inoportunamente intransigente, que a veces es necesario, para evitar la escisión, ceder tanto ante los revisionistas (de entre los que se aproximan a nosotros o de los inconsecuentes) como ante los individualistas anarquistas. Es completamente natural que estas abstractas tesis generales provocaran una perplejidad general entre los lectores de «Iskra». No se pueden leer sin risa las magníficas y orgullosas declaraciones del camarada Plejánov (en artículos posteriores) de que no se le había comprendido debido a la novedad de sus ideas y al desconocimiento de la dialéctica. En realidad, el artículo «Lo que no se debe hacer», en el momento de ser escrito, solo podía ser comprendido por unas diez personas en dos suburbios de Ginebra cuyos nombres comienzan con las mismas dos letras iniciales{113}. La desgracia del camarada Plejánov consistió en que puso en circulación, ante una decena de miles de lectores, una suma de alusiones, reproches, signos algebraicos y enigmas que estaban dirigidos únicamente a esa decena de personas que participaron en todas las peripecias de la lucha poseongresual contra la minoría. El camarada Plejánov incurrió en esta desgracia porque quebrantó la tesis fundamental de esa dialéctica que tan desafortunadamente evocó: no existe la verdad abstracta, la verdad es siempre concreta. Precisamente por eso era inoportuno revestir de una forma abstracta una idea muy concreta sobre la necesidad de ceder ante los martovistas después del congreso de la Liga.

La transigencia, esgrimida como nueva consigna de combate por el camarada Plejánov, es legítima y necesaria en dos casos: o bien cuando quien cede se ha convencido de la razón de quienes exigen la concesión (los políticos honrados, en este caso, reconocen directa y abiertamente su error), o bien cuando se hace una concesión a una exigencia irrazonable y perjudicial para la causa para evitar un mal mayor. Del artículo examinado queda completamente claro que el autor tiene en mente el segundo caso: habla directamente de ceder ante los revisionistas y los individualistas anarquistas (es decir, ante los martovistas, como saben ahora todos los miembros del partido por los protocolos de la Liga), una concesión obligatoria para evitar la escisión. Como puede verse, la pretendidamente nueva idea del camarada Plejánov se reduce por completo a una sabiduría mundana no muy nueva: pequeñas molestias no deben estorbar un gran placer, una pequeña estupidez oportunista y una pequeña frase anarquista son preferibles a una gran escisión del partido. El camarada Plejánov veía claramente, cuando escribió este artículo, que la minoría representaba el ala oportunista de nuestro partido y que luchaba con medios anarquistas. El camarada Plejánov se presentó con un proyecto: combatir a esta minoría mediante concesiones personales, algo así como (de nuevo, si licet parva componere magnis) la socialdemocracia alemana combatió a Bernstein. Bebel declaró públicamente en los congresos de su partido que no conocía a persona más susceptible a la influencia del entorno que el camarada Bernstein (no el señor Bernstein, como solía expresarse antes el camarada Plejánov, sino el camarada Bernstein): lo incorporaremos a nuestro entorno, lo llevaremos como delegado al Reichstag, lucharemos contra el revisionismo sin combatir con inoportuna brusquedad (a la Sobakévich-Parvus) al revisionista, a este revisionista lo «mataremos con suavidad» (kill with kindness), como lo caracterizó, según recuerdo, el camarada M. Beer en una reunión socialdemócrata inglesa, defendiendo la transigencia, la conciliación, la suavidad, la flexibilidad y la prudencia alemanas frente a los ataques del Sobakévich inglés, Hyndman. Exactamente lo mismo deseó el camarada Plejánov: «matar con suavidad» el pequeño anarquismo y el pequeño oportunismo de los camaradas Axelrod y Mártov. Es cierto que, junto a alusiones completamente claras a los «individualistas anarquistas», el camarada Plejánov se expresó deliberadamente de manera confusa respecto a los revisionistas, como si se refiriera a los partidarios de «Rabócheie Dielo», que giraban del oportunismo a la ortodoxia, y no a Axelrod y Mártov, que comenzaban a girar de la ortodoxia al revisionismo, pero aquello era una inocente astucia de guerra[149], una mediocre construcción de fortificación, incapaz de resistir los disparos de artillería de la publicidad partidaria.

Y he aquí que quien se familiarice con la coyuntura concreta del momento político descrito, quien penetre en la psicología del camarada Plejánov, comprenderá que yo no podía entonces actuar de otro modo que como actué. Lo digo dirigiéndome a aquellos partidarios de la mayoría que me reprocharon haber cedido la redacción. Cuando el camarada Plejánov dio un giro tras el congreso de la Liga y de partidario de la mayoría se convirtió en partidario de la conciliación a toda costa, yo estaba obligado a interpretar ese giro en el mejor de los sentidos. ¿Acaso el camarada Plejánov quería ofrecer en su artículo un programa de paz buena y honesta? Todo programa semejante se reduce al reconocimiento sincero de los errores por ambas partes. ¿Qué error señalaba el camarada Plejánov en la mayoría? – Una brusquedad inapropiada, digna de Sobakévich, hacia los revisionistas. No se sabe qué tenía en mente el camarada Plejánov al respecto: si su propia agudeza acerca de los asnos o la mención, extremadamente imprudente en presencia de Axelrod, del anarquismo y el oportunismo; el camarada Plejánov prefirió expresarse «de manera abstracta» y, además, haciendo un guiño a Piotr. Es cuestión de gustos, por supuesto. Pero yo reconocí mi brusquedad personal abiertamente, tanto en la carta al iskrista como en el congreso de la Liga; ¿cómo podría entonces no reconocer tal «error» en la mayoría? En cuanto a la minoría, el camarada Plejánov señalaba claramente su error: el revisionismo (compárense sus observaciones sobre el oportunismo en el congreso del partido y sobre el jaurèsismo en el congreso de la Liga) y el anarquismo, que condujo a la escisión. ¿Podía yo impedir el intento de lograr, mediante concesiones personales y toda suerte de «kindness» (amabilidad, suavidad, etc.), el reconocimiento de esos errores y la neutralización del daño causado por ellos? ¿Podía yo impedir semejante intento, cuando el camarada Plejánov exhortaba directamente en su artículo "Lo que no hay que hacer" a «perdonar a los adversarios» de entre los revisionistas, que son revisionistas «solo por cierta inconsecuencia»? Y si yo no creía en ese intento, ¿podía acaso actuar de otro modo que no fuera haciendo una concesión personal en cuanto al Órgano Central y trasladándome, para defender la posición de la mayoría, al Comité Central?[150] No podía negar de manera absoluta la posibilidad de tales intentos y cargar yo solo con la responsabilidad de la escisión amenazante, aunque solo fuera porque yo mismo me inclinaba, en mi carta del 6 de octubre, a explicar la trifulca por la «irritación personal». Y defender la posición de la mayoría lo consideraba y lo considero mi deber político. Confiar en este aspecto en el camarada Plejánov era difícil y arriesgado, pues todo indicaba que su frase: «el dirigente del proletariado no tiene derecho a ceder a sus inclinaciones belicosas cuando estas contradicen el cálculo político», el camarada Plejánov estaba dispuesto a interpretarla dialécticamente en el sentido de que, si ya hay que disparar, es más calculado (dado el estado del clima ginebrino en noviembre) disparar contra la mayoría… Defender la posición de la mayoría era necesario, porque el camarada Plejánov, – en burla de la dialéctica, que exige un examen concreto y multilateral –, al abordar la cuestión de la buena (?) voluntad del revolucionario, soslayó modestamente la cuestión de la confianza en el revolucionario, de la fe en tal «dirigente del proletariado» que dirigía un ala determinada del partido. Al hablar del individualismo anárquico y aconsejar «a veces» cerrar los ojos ante la violación de la disciplina, «en ocasiones» ceder ante la relajación intelectual, que «tiene su raíz en un sentimiento que nada tiene en común con la devoción a la idea revolucionaria», el camarada Plejánov olvidaba visiblemente que también hay que contar con la buena voluntad de la mayoría del partido, que es necesario dejar precisamente a los prácticos la determinación de la medida de las concesiones a los individualistas anárquicos. Por más fácil que sea la lucha literaria contra las tonterías anárquicas infantiles, igual de difícil es el trabajo práctico con el individualista anárquico dentro de una misma organización. El literato que pretendiera determinar la medida de las concesiones posibles al anarquismo en la práctica, solo revelaría con ello su desmedida, verdaderamente doctrinaria, presunción de literato. El camarada Plejánov observaba majestuosamente (para darse importancia, como decía Bazárov{114}) que, en caso de una nueva escisión, los obreros dejarían de comprendernos, y al mismo tiempo él mismo ponía el inicio de una serie interminable de artículos en la nueva "Iskra", que en su significado real y concreto permanecían inevitablemente incomprensibles no solo para los obreros, sino para todo el mundo en general. No es sorprendente que el miembro del Comité Central{115} que leyó el artículo "Lo que no hay que hacer" en pruebas de imprenta, advirtiera al camarada Plejánov de que su plan de cierta reducción de cierta publicación (de las actas del congreso del partido y del congreso de la Liga) se venía abajo precisamente por ese artículo, que atiza la curiosidad, expone algo picante y a la vez completamente confuso al juicio de la calle[151], suscita inevitablemente preguntas perplejas: «¿qué ha pasado?». No es sorprendente que precisamente ese artículo del camarada Plejánov, debido a lo abstracto de sus razonamientos y lo confuso de sus insinuaciones, provocara regocijo en las filas de los enemigos de la socialdemocracia: tanto el cancán en las páginas de "Rusia Revolucionaria" como los elogios entusiastas de los revisionistas consecuentes de "Liberación". El origen de todas esas divertidas y tristes confusiones, de las cuales tan divertida y tristemente se desenredó después el camarada Plejánov{116}, radicaba precisamente en la violación de la tesis fundamental de la dialéctica: hay que analizar las cuestiones concretas en toda su concreción. En particular, los entusiasmos del señor Struve eran completamente naturales: a él no le interesaban los fines «buenos» (kill with kindness) que perseguía (pero podía no alcanzar) el camarada Plejánov; el señor Struve saludaba y no podía no saludar ese giro hacia el ala oportunista de nuestro partido, que comenzó en la nueva "Iskra", como ven ahora todos y cada uno. No solo los demócratas burgueses rusos saludan cada giro, aunque sea el más pequeño y temporal, hacia el oportunismo en todos los partidos socialdemócratas. En la valoración de un enemigo inteligente, rara vez hay una completa confusión: dime quién te alaba y te diré en qué te has equivocado. Y en vano cuenta el camarada Plejánov con un lector desatento, pensando presentar las cosas como si la mayoría se alzara incondicionalmente contra la concesión personal respecto a la cooptación, y no contra el paso del ala izquierda del partido a la derecha. La esencia no está en absoluto en que el camarada Plejánov, para evitar la escisión, hiciera una concesión personal (eso es muy loable), sino en que, habiendo reconocido plenamente la necesidad de discutir con los revisionistas inconsecuentes y los individualistas anárquicos, prefirió discutir con la mayoría, con la cual discrepó a causa de la medida de las posibles concesiones prácticas al anarquismo. La esencia no está en absoluto en que el camarada Plejánov cambiara la composición personal de la redacción, sino en que cambió su posición de discusión con el revisionismo y el anarquismo, dejó de defender esa posición en el Órgano Central del partido. En lo que respecta al Comité Central, que entonces actuaba como el único representante organizado de la mayoría, con él (con el Comité Central) el camarada Plejánov discrepó entonces exclusivamente por la medida de las posibles concesiones prácticas al anarquismo. Pasó casi un mes desde el 1 de noviembre, cuando con mi renuncia desaté las manos a la política de kill with kindness. El camarada Plejánov tuvo la más plena posibilidad de verificar, mediante todo tipo de contactos, la idoneidad de esa política. El camarada Plejánov publicó en ese tiempo el artículo "Lo que no hay que hacer", que fue – y sigue siendo – el único, por así decirlo, billete de entrada de los martovistas a la redacción. Las consignas: revisionismo (con el cual hay que discutir, perdonando al adversario) e individualismo anárquico (al cual hay que mimar, matándolo con suavidad) están impresas en ese billete en una cursiva contundente. Adelante, señores, sean bienvenidos, yo los mataré con suavidad, – esto es lo que dice el camarada Plejánov con ese billete de invitación a sus nuevos colegas de la redacción. Es natural que al Comité Central solo le quedara decir su última palabra (el ultimátum, eso significa: la última palabra sobre la paz posible) sobre la medida de las concesiones prácticas al individualismo anárquico que, desde su punto de vista, eran admisibles. O quieren la paz, – y entonces aquí tienen tal cantidad de puestecillos, que demuestran nuestra suavidad, espíritu pacífico, complacencia, etc. (no podemos dar más, garantizando la paz en el partido, paz no en el sentido de ausencia de disputas, sino en el sentido de no destruir el partido con el individualismo anárquico), tomen esos puestecillos y vayan girando poco a poco de nuevo de Akímov a Plejánov. O quieren defender y desarrollar su punto de vista, girar definitivamente (aunque sea solo en el ámbito de las cuestiones organizativas) hacia Akímov, convencer al partido de la razón de ustedes frente a Plejánov, – entonces tomen un grupo literario, obtengan representación en el congreso y comiencen a conquistar la mayoría mediante una lucha honesta, una polémica abierta. Esta alternativa, planteada con toda claridad ante los martovistas en el ultimátum del Comité Central del 25 de noviembre de 1903 (véase "Estado de sitio" y "Comentario a las actas de la Liga"[152]), se encuentra en plena correspondencia con mi carta y la de Plejánov del 6 de octubre de 1903 a los ex redactores: o irritación personal (y entonces se puede, en el peor de los casos, "cooptar"), o divergencia de principios (y entonces primero hay que convencer al partido, y solo después hablar de rehacer la composición personal de los centros). Dejar la solución de este delicado dilema a los propios martovistas era algo que el Comité Central podía hacer con mayor razón, cuanto que precisamente en ese tiempo el camarada Mártov escribía en su profession de foi ("Una vez más en minoría") las siguientes líneas:

«La minoría aspira a un único honor: dar el primer ejemplo en la historia de nuestro partido de que es posible, habiendo resultado "derrotados", no formar un nuevo partido. Tal posición de la minoría se desprende de todos sus puntos de vista sobre el desarrollo organizativo del partido, se desprende de la conciencia de su sólido vínculo con la labor partidaria precedente. La minoría no cree en la fuerza mística de las "revoluciones de papel" y ve en la profunda fundamentación vital de sus aspiraciones la garantía de que, mediante una propaganda puramente ideológica dentro del partido, alcanzará el triunfo de sus principios organizativos.» (La cursiva es mía.)

¡Qué palabras tan hermosas y orgullosas! Y qué amargo fue comprobar en la experiencia que no son más que palabras… Discúlpeme usted, camarada Mártov, pero ahora yo, en nombre de la mayoría, reclamo ese «honor» que usted no ha merecido. Será un honor verdaderamente grande, por el que vale la pena batallar, porque las tradiciones del espíritu de círculo nos legaron escisiones extraordinariamente fáciles y una aplicación extraordinariamente celosa de la regla: o un puñetazo en los dientes, o béseme la mano.

En respuesta a la mención de la paz, se abrió fuego desde todas las baterías enemigas, incluido el Consejo. Los proyectiles cayeron como granizo. Autócrata, Schweitzer, burócrata, formalista, supercentralista, unilateral, rectilíneo, terco, estrecho, desconfiado, insociable… ¡Muy bien, amigos míos! ¿Han terminado? ¿No tienen nada más en reserva? Pues qué malos son sus proyectiles…

Ahora me toca a mí. Examinemos el contenido de los nuevos puntos de vista organizativos de la nueva «Iskra» y su relación con esa división de nuestro partido en «mayoría» y «minoría», cuyo verdadero carácter ya hemos mostrado mediante el análisis de los debates y votaciones del segundo congreso.

## r) La nueva «Iskra». El oportunismo en las cuestiones de organización

Como base para el análisis de la posición de principio de la nueva «Iskra» deben tomarse, sin duda, los dos folletines del camarada Axelrod[157]. El significado concreto de toda una serie de sus términos predilectos ya lo hemos mostrado detalladamente más arriba, y ahora debemos esforzarnos por abstraernos de ese significado concreto, penetrar en el curso de pensamiento que obligó a la «minoría» (por tal o cual motivo menudo y mezquino) a llegar precisamente a estas consignas y no a otras cualesquiera, examinar el significado de principio de estas consignas independientemente de su origen, independientemente de la «cooptación». Vivimos hoy bajo el signo de la condescendencia: hagamos, pues, una concesión al camarada Axelrod y «tomemos en serio» su «teoría».

La tesis fundamental del camarada Axelrod (n.º 57 de «Iskra») es que «nuestro movimiento, desde su mismo comienzo, ocultaba en sí dos tendencias opuestas, cuyo antagonismo mutuo no podía dejar de desarrollarse y de reflejarse en él paralelamente a su propio desarrollo». A saber: «por principio, el objetivo proletario del movimiento (en Rusia) es el mismo que el de la socialdemocracia occidental». Pero en nuestro caso, la influencia sobre las masas obreras proviene «de un elemento social ajeno a ellas»: la intelectualidad radical. Así pues, el camarada Axelrod constata un antagonismo entre las tendencias proletarias y las de la intelectualidad radical en nuestro partido.

En esto, el camarada Axelrod tiene razón sin duda alguna. La existencia de este antagonismo (y no solo en el Partido Socialdemócrata ruso) está fuera de toda duda. Es más. De todos es sabido que es precisamente este antagonismo el que explica, en medida considerable, la división de la socialdemocracia contemporánea en revolucionaria (ortodoxa también) y oportunista (revisionista, ministerialista, reformista), división que se ha manifestado plenamente en Rusia durante los últimos diez años de nuestro movimiento. Todos saben también que la socialdemocracia ortodoxa expresa precisamente las tendencias proletarias del movimiento, mientras que la socialdemocracia oportunista expresa las tendencias democrático-intelectuales.

Pero el camarada Axelrod, habiéndose aproximado de cerca a este hecho de todos conocido, empieza a retroceder con temor. No hace el menor intento de analizar cómo se manifestó dicha división en la historia de la socialdemocracia rusa en general, y en nuestro congreso del partido en particular, ¡aunque el camarada Axelrod escribe precisamente a propósito del congreso! Al igual que toda la redacción de la nueva «Iskra», el camarada Axelrod manifiesta un miedo mortal ante los protocolos de este congreso. Esto no debe sorprendernos, después de todo lo expuesto anteriormente, pero viniendo de un «teórico» que supuestamente investiga las distintas tendencias en nuestro movimiento, constituye un caso original de miedo a la verdad. Apartando de sí, en virtud de esta cualidad suya, el material más novedoso y preciso sobre las tendencias de nuestro movimiento, el camarada Axelrod busca la salvación en el terreno de las ensoñaciones agradables. «A fin de cuentas, el legal o semimarxismo dio un líder literario a nuestros liberales —dice—. ¿Por qué la traviesa historia no habría de proporcionar a la democracia revolucionaria burguesa un líder salido de la escuela del marxismo ortodoxo, revolucionario?» Sobre esta ensoñación, grata para el camarada Axelrod, solo podemos decir que si a la historia le ocurre hacer travesuras, esto no justifica las travesuras del pensamiento de quien se propone analizar esa historia. Cuando a través del líder del semimarxismo se vislumbraba a un liberal, las personas que deseaban (y sabían) rastrear sus «tendencias» no se remitían a las posibles travesuras de la historia, sino a decenas y cientos de muestras de la psicología y la lógica de ese líder, a las particularidades de toda su fisonomía literaria que delataban el reflejo del marxismo en la literatura burguesa[117]. En cambio, si el camarada Axelrod, que se dedicó a analizar «las tendencias revolucionarias generales y proletarias en nuestro movimiento», no ha sabido demostrar ni mostrar absolutamente con nada, con absolutamente nada, ciertas tendencias en tal o cual representante del ala ortodoxa del partido que él detesta, con ello solo se ha otorgado a sí mismo un solemne certificado de pobreza. ¡Muy mal deben andar las cosas para el camarada Axelrod si solo le queda remitirse a las posibles travesuras de la historia!

La otra referencia del camarada Axelrod —a los «jacobinos»— es aún más instructiva. Probablemente no le es desconocido al camarada Axelrod que la división de la socialdemocracia contemporánea en revolucionaria y oportunista ha dado pie desde hace tiempo, y no solo en Rusia, a «analogías históricas de la época de la gran Revolución Francesa». Probablemente no le es desconocido al camarada Axelrod que los girondinos de la socialdemocracia contemporánea, en todas partes y siempre, recurren a los términos «jacobinismo», «blanquismo», etc., para caracterizar a sus adversarios. No imitemos, pues, el miedo a la verdad del camarada Axelrod y examinemos los protocolos de nuestro congreso: ¿no habrá en ellos material para analizar y verificar las tendencias que estamos examinando y las analogías que estamos analizando?

Primer ejemplo. La discusión sobre el programa en el congreso del partido. El camarada Akímov («plenamente de acuerdo» con el camarada Martínov) declara: «el párrafo sobre la conquista del poder político (sobre la dictadura del proletariado) ha recibido, en comparación con todos los demás programas socialdemócratas, una redacción tal que puede ser interpretado, y de hecho fue interpretado por Plejánov, en el sentido de que el papel de la organización dirigente deberá relegar a un segundo plano a la clase dirigida por ella y separar a la primera de la segunda. Y, por consiguiente, la formulación de nuestras tareas políticas es completamente igual a la de "Voluntad del Pueblo"» (pág. 124 del prot.). El camarada Plejánov y otros iskristas replican al camarada Akímov, reprochándole oportunismo. ¿No considera el camarada Axelrod que esta discusión nos muestra (en los hechos, y no en imaginarias travesuras de la historia) el antagonismo entre los jacobinos contemporáneos y los girondinos contemporáneos en la socialdemocracia? ¿Y no será que el camarada Axelrod empezó a hablar de los jacobinos porque él mismo resultó (en virtud de los errores cometidos) en compañía de los girondinos de la socialdemocracia?

Segundo ejemplo. El camarada Posadovski plantea la cuestión de una «grave discrepancia» sobre la «cuestión fundamental» del «valor absoluto de los principios democráticos» (pág. 169). Junto con Plejánov, niega su valor absoluto. Los líderes del «centro» o del pantano (Egórov) y los antiiskristas (Goldblat) se alzan decididamente en contra de esto, viendo en Plejánov una «imitación de la táctica burguesa» (pág. 170); ésta es precisamente la idea del camarada Axelrod sobre el vínculo de la ortodoxia con la tendencia burguesa, con la sola diferencia de que en Axelrod esta idea flota en el aire, mientras que en Goldblat está vinculada a debates concretos. Preguntamos una vez más: ¿no considera el camarada Axelrod que también esta polémica nos muestra de manera palpable, en nuestro congreso del partido, el antagonismo entre jacobinos y girondinos de la socialdemocracia contemporánea? ¿No será por eso que el camarada Axelrod grita contra los jacobinos, porque él mismo se ha encontrado en compañía de los girondinos?

Tercer ejemplo. Las discusiones sobre el artículo 1 de los estatutos. ¿Quiénes defienden las «tendencias proletarias en nuestro movimiento», quiénes subrayan que el obrero no teme a la organización, que el proletario no simpatiza con la anarquía, que valora el estímulo «¡organizaos!», quiénes alertan contra la intelectualidad burguesa, impregnada hasta la médula de oportunismo? Los jacobinos de la socialdemocracia. ¿Y quiénes introducen en el partido a la intelectualidad radical, quiénes se preocupan por los profesores, los estudiantes de secundaria, los individuos aislados, la juventud radical? El girondino Axelrod junto con el girondino Liber.

¡Con qué poca habilidad se defiende el camarada Axelrod de la «falsa acusación de oportunismo», que en nuestro congreso del partido se difundía abiertamente contra la mayoría del grupo «Emancipación del Trabajo»! Se defiende de manera que confirma la acusación con su repetición de la manida melodía bernsteiniana sobre el jacobinismo, el blanquismo, etc. Grita sobre el peligro de la intelectualidad radical para ahogar sus propios discursos en el congreso del partido, impregnados de preocupación por esa intelectualidad.

Absolutamente nada, excepto oportunismo, expresan estas «terribles palabrejas»: jacobinismo, etc. Un jacobino indisolublemente vinculado a la organización del proletariado consciente de sus intereses de clase, es precisamente un socialdemócrata revolucionario. Un girondino que añora a los profesores y estudiantes de secundaria, que teme la dictadura del proletariado, que suspira por el valor absoluto de las reivindicaciones democráticas, es precisamente un oportunista. Sólo los oportunistas pueden todavía hoy ver un peligro en las organizaciones conspirativas, cuando la idea de reducir la lucha política a una conspiración ha sido refutada miles de veces en la literatura, refutada y desplazada hace tiempo por la vida, cuando la importancia cardinal de la agitación política de masas está aclarada y machacada hasta el hartazgo. La base real del miedo al conspirativismo, al blanquismo, no es tal o cual rasgo manifiesto del movimiento práctico (como desde hace tiempo y en vano se esfuerzan por demostrar Bernstein y Cía.), sino la timidez girondina del intelectual burgués, cuya psicología irrumpe con tanta frecuencia entre los socialdemócratas contemporáneos. No hay nada más cómico que esos afanes de la nueva «Iskra» por decir una palabra nueva (dicha en su momento cientos de veces) en forma de advertencia contra la táctica de los revolucionarios-conspiradores franceses de los años cuarenta y sesenta (núm. 62, editorial){118}. En el próximo número de «Iskra», los girondinos de la socialdemocracia contemporánea nos señalarán probablemente un grupo de conspiradores franceses de los años cuarenta para el cual la importancia de la agitación política entre las masas obreras, la importancia de los periódicos obreros como base de la influencia del partido sobre la clase, sería un abecé aprendido y vuelto a aprender hace mucho tiempo.

La aspiración de la nueva «Iskra» de, bajo la apariencia de nuevas palabras, machacar lo trillado y rumiar el abecé no es, sin embargo, en absoluto una casualidad, sino una consecuencia inevitable de la situación en que se han encontrado Axelrod y Mártov, caídos en el ala oportunista de nuestro partido. La situación obliga. Hay que repetir frases oportunistas, hay que retroceder para intentar encontrar en el pasado lejano al menos alguna justificación de su posición, indefendible desde el punto de vista de la lucha en el congreso y de los matices y divisiones del partido que se formaron en él. A la profunda sabiduría de Akímov sobre el jacobinismo y el blanquismo, el camarada Axelrod añade las mismas lamentaciones de Akímov de que no sólo los «economistas», sino también los «políticos» eran «unilaterales», demasiado «entusiastas», etc., etc. Al leer las altisonantes disquisiciones sobre este tema en la nueva «Iskra», que arrogantemente pretende estar por encima de todas esas unilateralidades y entusiasmos, uno se pregunta con perplejidad: ¿de quiénes pintan retratos? ¿dónde oyen esos discursos?{119} ¿Quién no sabe que la división de los socialdemócratas rusos en economistas y políticos hace tiempo que ha caducado? Repasad «Iskra» durante uno o dos años antes del congreso del partido, y veréis que la lucha contra el «economismo» se apacigua y cesa por completo ya en 1902, veréis que, por ejemplo, en julio de 1903 (núm. 43) se habla de «los tiempos del economismo» como «definitivamente superados», se considera al economismo como «definitivamente enterrado», los entusiasmos de los políticos se examinan como un evidente atavismo. ¿A qué viene, pues, que la nueva redacción de «Iskra» vuelva a esa división definitivamente enterrada? ¿Acaso luchamos en el congreso contra los Akímov por los errores que cometieron dos años atrás en «Rabóchee Delo»? Si hubiéramos actuado así, habríamos sido unos completos idiotas. Pero todo el mundo sabe que no actuamos así, que luchamos contra los Akímov en el congreso no por sus viejos errores, definitivamente enterrados, de «Rabóchee Delo», sino por los nuevos errores que cometieron en sus razonamientos y votaciones en el congreso. No por su posición en «Rabóchee Delo», sino por su posición en el congreso juzgamos qué errores están realmente superados y cuáles aún persisten y provocan la necesidad de debates. Para el tiempo del congreso ya no existía la vieja división en economistas y políticos, pero seguían existiendo diversas tendencias oportunistas que se manifestaron en las discusiones y votaciones sobre una serie de cuestiones y que llevaron finalmente a la nueva división del partido en «mayoría» y «minoría». Toda la cuestión está en que la nueva redacción de «Iskra» aspira, por razones fácilmente comprensibles, a desdibujar el vínculo de esta nueva división con el oportunismo contemporáneo en nuestro partido, y por eso se ve forzada a retroceder de la nueva división a la vieja. La incapacidad de explicar el origen político de la nueva división (o el deseo, en nombre de la transigencia, de arrojar un velo[158] sobre ese origen) obliga a rumiar el bolo alimenticio respecto de la vieja división hace tiempo caduca. Todo el mundo sabe que la base de la nueva división es la discrepancia en las cuestiones organizativas, que comenzó con la polémica sobre los principios de organización (artículo 1 de los estatutos) y terminó con una «práctica» digna de anarquistas. La base de la vieja división en economistas y políticos era la discrepancia en cuestiones principalmente tácticas.

Este retroceso desde las cuestiones más complejas, verdaderamente actuales y candentes de la vida del partido hacia problemas ya resueltos hace tiempo y desenterrados de manera artificial, la nueva Iskra intenta justificarlo con una ridícula profundidad de pensamiento que no puede calificarse más que de colaísmo. Por iniciativa del camarada Axelrod, a través de todos los escritos de la nueva Iskra corre como un hilo rojo la profunda “idea” de que el contenido es más importante que la forma, el programa y la táctica más importantes que la organización, de que “la vitalidad de la organización es directamente proporcional al volumen y la significación del contenido que ella aporte al movimiento”, de que el centralismo no es “algo autosuficiente”, no es un “talismán que todo lo salva”, etc., etc. ¡Profundas, grandes verdades! El programa, ciertamente, es más importante que la táctica, la táctica más importante que la organización. El abecé es más importante que la etimología, la etimología más importante que la sintaxis; pero ¿qué decir de las personas que suspendieron el examen de sintaxis y ahora se pavonean y presumen de haberse quedado otro año en la clase inferior? El camarada Axelrod disertaba sobre las cuestiones de principio de la organización como un oportunista (§ 1), y actuaba en la organización como un anarquista (congreso de la Liga), ¡y ahora profundiza la socialdemocracia: uvas verdes! En propiedad, ¿qué es la organización? No es más que una forma; ¿qué es el centralismo? No es un talismán; ¿qué es la sintaxis? Es menos importante que la etimología, no es más que la forma de unión de los elementos etimológicos... “¿No estará de acuerdo con nosotros el camarada Alexandrov —pregunta triunfalmente la nueva redacción de Iskra— si decimos que la elaboración del programa del partido contribuyó a centralizar el trabajo del partido mucho más que la aprobación de los estatutos, por perfectos que estos últimos pudieran parecer?” (núm. 56, suplemento). Hay que esperar que esta sentencia clásica adquiera una celebridad histórica no menos amplia ni menos duradera que la célebre frase del camarada Krichevski de que la socialdemocracia, como la humanidad, siempre se propone tareas realizables. Efectivamente, esta profundidad de pensamiento de la nueva Iskra es exactamente del mismo jaez. ¿Por qué se ridiculizaba la frase del camarada Krichevski? Porque justificaba un error de cierta parte de los socialdemócratas en cuestiones de táctica, la incapacidad de plantear correctamente las tareas políticas, con un lugar común que se hacía pasar por filosofía. Exactamente del mismo modo, la nueva Iskra justifica un error de cierta parte de los socialdemócratas en cuestiones de organización, la inestabilidad intelectual de ciertos camaradas que los ha llevado hasta la frase anarquista, ¡con el lugar común de que, según parece, el programa es más importante que los estatutos, las cuestiones programáticas más importantes que las organizativas! Pues, ¿no es esto colaísmo? ¿No es esto jactarse de haberse quedado otro año en la clase inferior?

La aprobación del programa contribuye más a la centralización del trabajo que la aprobación de los estatutos. ¡Cómo apesta este lugar común, que se hace pasar por filosofía, a espíritu de intelectual radicalista, mucho más cercano al decadentismo burgués que al espíritu de la socialdemocracia! Pues la palabra centralización en esta célebre frase se entiende en un sentido ya completamente simbólico. Si los autores de esta frase no saben o no quieren pensar, que al menos recuerden el simple hecho de que la aprobación del programa junto con los bundistas no solo no condujo a la centralización de nuestro trabajo común, sino que ni siquiera nos preservó de la escisión. La unidad en las cuestiones de programa y en las cuestiones de táctica es una condición necesaria, pero aún insuficiente, para la unificación del partido, para la centralización del trabajo del partido (¡Dios mío! ¡Qué abecé hay que masticar en los tiempos actuales, cuando todos los conceptos se han embarullado!). Para esto último se necesita además la unidad de organización, inconcebible en un partido que haya rebasado en alguna medida los marcos del círculo familiar sin unos estatutos formalizados, sin la subordinación de la minoría a la mayoría, sin la subordinación de la parte al todo. Mientras no hubo entre nosotros unidad en las cuestiones fundamentales de programa y táctica, decíamos directa y abiertamente que vivíamos una época de dispersión y espíritu de círculo, declarábamos sin ambages que antes de unirnos había que deslindarse, y ni siquiera hablábamos de las formas de organización conjunta, sino que discutíamos exclusivamente acerca de las cuestiones nuevas (entonces verdaderamente nuevas) de la lucha programática y táctica contra el oportunismo. Ahora esta lucha, según nuestro reconocimiento común, ha asegurado ya una unidad suficiente, formulada en el programa del partido y en las resoluciones del partido sobre táctica; ahora tenemos que dar el paso siguiente, y lo dimos, por acuerdo común: elaboramos las formas de una organización única que fusionara todos los círculos en uno solo. Nos han hecho retroceder ahora, destruyendo a medias estas formas, nos han arrastrado hacia un comportamiento anarquista, hacia la frase anarquista, hacia la restauración del círculo en lugar de la redacción del partido, ¡y ahora justifican este paso atrás diciendo que el abecé contribuye más al habla letrada que el conocimiento de la sintaxis!

La filosofía del colaísmo, que florecía hace tres años en las cuestiones de táctica, resucita ahora aplicada a las cuestiones de organización. Tomemos este razonamiento de la nueva redacción. “La orientación combativa socialdemócrata en el partido —dice el camarada Alexandrov— debe aplicarse no solo mediante la lucha ideológica, sino también mediante formas determinadas de organización”. La redacción nos alecciona: “No está mal esta yuxtaposición de la lucha ideológica y las formas de organización. La lucha ideológica es un proceso, y las formas de organización solo... formas” (¡palabra de honor, así está impreso en el núm. 56, suplemento, pág. 4, col. 1, abajo!), “que deben revestir el contenido fluyente, en desarrollo: el trabajo práctico, en desarrollo, del partido”. Esto es ya completamente en el espíritu de la anécdota de que el núcleo es núcleo y la bomba es bomba. ¡La lucha ideológica es un proceso, y las formas de organización solo formas que revisten el contenido! La cuestión estriba en si nuestra lucha ideológica se revestirá de formas más elevadas, las formas de una organización del partido obligatoria para todos, o de las formas de la antigua dispersión y del antiguo espíritu de círculo. Nos han arrastrado hacia atrás, de formas más elevadas a formas más primitivas, y lo justifican diciendo que la lucha ideológica es un proceso, y las formas solo son formas. Exactamente del mismo modo, el camarada Krichevski antaño nos arrastraba hacia atrás de la táctica-plan a la táctica-proceso. Tomen estas pretenciosas frases de la nueva Iskra sobre la “autoeducación del proletariado”, contrapuestas a quienes presuntamente, por causa de la forma, son capaces de pasar por alto el contenido (núm. 58, editorial). ¿Acaso no es esto el akimovismo número dos? El akimovismo número uno justificaba el atraso de cierta parte de la intelectualidad socialdemócrata en el planteamiento de las tareas tácticas con referencias al contenido más “profundo” de la “lucha proletaria”, con referencias a la autoeducación del proletariado. El akimovismo número dos justifica el atraso de cierta parte de la intelectualidad socialdemócrata en las cuestiones de teoría y práctica de la organización con las mismas profundas referencias a que la organización no es más que una forma y que toda la sustancia está en la autoeducación del proletariado. ¡El proletariado no tiene miedo a la organización y a la disciplina, señores que se preocupan por el hermano menor! El proletariado no va a preocuparse de que Sres. profesores y estudiantes de gimnasio que no quieran ingresar en la organización sean reconocidos como miembros del partido por un trabajo que esté bajo el control de la organización. El proletariado se educa para la organización con toda su vida de un modo mucho más radical que muchos intelectualillos. El proletariado que, aunque sea en pequeña medida, haya tomado conciencia de nuestro programa y nuestra táctica, no justificará el atraso en la organización con referencias a que la forma es menos importante que el contenido. No es al proletariado, sino a ciertos intelectuales de nuestro partido, a quienes les falta autoeducación en el espíritu de organización y disciplina, en el espíritu de hostilidad y desprecio hacia la frase anarquista. Los akímov número dos calumnian al proletariado en la cuestión de la falta de preparación para la organización, del mismo modo que los akímov número uno lo calumniaban en la cuestión de la falta de preparación para la lucha política. El proletario que se ha convertido en socialdemócrata consciente y se ha sentido miembro del partido rechazará con el mismo desprecio el colaísmo en las cuestiones de organización con que rechazó el colaísmo en las cuestiones de táctica.

Tomen, por último, las profundidades del «Práctico» de la nueva «Iskra». «La idea, entendida de manera auténtica, de la organización centralista “de combate” –dice– que unifica y centraliza la actividad» (cursiva que profundiza) «de los revolucionarios, se plasma en la vida de modo natural solo cuando existe dicha actividad» (¡novedoso e inteligente a la vez!); «la organización misma, como forma» (¡escuchen, escuchen!), «solo puede crecer simultáneamente» (cursiva del autor, como en toda esta cita) «con el crecimiento del trabajo revolucionario que constituye su contenido» (núm. 57). ¿No recuerda esto, una y otra vez, a aquel héroe de la epopeya popular que, al ver un cortejo fúnebre, gritaba: «¡cargad, cargad, que nunca acabaréis»? Seguramente no se encontrará en nuestro partido ni un solo práctico (sin comillas) que no comprenda que precisamente la forma de nuestra actividad (es decir, la organización) se halla desde hace mucho, muchísimo tiempo, rezagada, y desesperadamente rezagada, respecto al contenido, y que los gritos dirigidos a los que se retrasan: «¡caminen al paso!, ¡no se adelanten!», solo son dignos de los Ivanuchkas del partido. Intenten comparar aunque sea, por ejemplo, a nuestro partido con el Bund. No está sujeto a la menor duda que el contenido[159] del trabajo de nuestro partido es inconmensurablemente más rico, más variado, más amplio y más profundo que el del Bund. Mayor envergadura teórica, programa más desarrollado, influencia más amplia y más profunda sobre las masas obreras (y no solo sobre los artesanos organizados), propaganda y agitación más variadas, pulso más vivo del trabajo político entre los dirigentes y los militantes de base, movimientos populares más grandiosos en las manifestaciones y las huelgas generales, actividad más enérgica entre las capas no proletarias. ¿Y la «forma»? La «forma» de nuestro trabajo se ha rezagado, en comparación con la del Bund, de manera inadmisible, se ha rezagado hasta tal punto que salta a la vista, hace enrojecer de vergüenza a cualquiera que no contemple los asuntos de su partido «hurgándose la nariz». El rezago de la organización del trabajo en comparación con su contenido es nuestro punto débil, y lo era ya mucho antes del congreso, mucho antes de la formación del CC. La falta de desarrollo y la fragilidad de la forma impiden dar nuevos pasos serios en el desarrollo del contenido, provocan un estancamiento vergonzoso, llevan al despilfarro de fuerzas, a la discordancia entre la palabra y los hechos. Todos han sufrido por esta discordancia, ¡y he aquí que aparecen los Axelrod y los «Prácticos» de la nueva «Iskra» con la prédica profunda de que la forma debe crecer de modo natural solo simultáneamente con el contenido!

He ahí a dónde conduce un pequeño error en la cuestión de organización (§ 1) si a uno se le antoja profundizar el disparate y fundamentar filosóficamente la frase oportunista. ¡Paso lento, tímido zigzag!{120}: hemos oído este motivo aplicado a las cuestiones de táctica; lo oímos ahora aplicado a las cuestiones de organización. El seguidismo en las cuestiones de organización es el producto natural e inevitable de la psicología del individualista anarquista, cuando este último empieza a erigir en sistema de concepciones, en divergencias de principios particulares, sus desviaciones anarquistas (al principio, acaso, casuales). En el congreso de la Liga vimos el comienzo de este anarquismo, en la nueva «Iskra» vemos los intentos de erigirlo en sistema de ideas. Estos intentos confirman de manera notable la consideración, ya expresada en el congreso del partido, acerca de la diferencia de puntos de vista entre el intelectual burgués que se adhiere a la socialdemocracia y el proletario que ha tomado conciencia de sus intereses de clase. Por ejemplo, ese mismo «Práctico» de la nueva «Iskra», con cuyas profundidades ya nos hemos familiarizado, me denuncia porque el partido se me presenta «como una enorme fábrica» con un director, a la cabeza, en forma de CC (núm. 57, suplemento). El «Práctico» ni siquiera sospecha que esa palabra terrible que esgrime revela de inmediato la psicología del intelectual burgués, no familiarizado ni con la práctica ni con la teoría de la organización proletaria. Precisamente la fábrica, que a algunos les parece solo un espantajo, representa esa forma superior de cooperación capitalista que unió, disciplinó al proletariado, le enseñó la organización, lo puso a la cabeza de todas las demás capas de la población trabajadora y explotada. Precisamente el marxismo, como ideología del proletariado educado por el capitalismo, enseñó y enseña a los intelectuales inestables a distinguir entre el lado explotador de la fábrica (disciplina basada en el miedo a la muerte por hambre) y su lado organizador (disciplina basada en el trabajo en común, unido por las condiciones de una producción técnicamente muy desarrollada). La disciplina y la organización, que tan difícilmente asimila el intelectual burgués, son asimiladas con especial facilidad por el proletariado precisamente gracias a esta «escuela» fabril. El miedo mortal ante esta escuela, la total incomprensión de su significado organizador, son característicos precisamente de los modos de pensamiento que reflejan las condiciones pequeñoburguesas de existencia, que engendran ese tipo de anarquismo que los socialdemócratas alemanes llaman Edelanarchismus, es decir, anarquismo de señor «noble», anarquismo señorial, como yo diría. Este anarquismo señorial es particularmente propio del nihilista ruso. La organización partidaria le parece una monstruosa «fábrica»; la subordinación de la parte al todo y de la minoría a la mayoría se le antoja «avasallamiento» (véanse los folletones de Axelrod); la división del trabajo bajo la dirección del centro suscita de su parte clamores tragicómicos contra la transformación de los hombres en «ruedecillas y tornillitos» (siendo una forma particularmente aniquiladora de esta transformación la conversión de los redactores en colaboradores); la mención del reglamento orgánico del partido provoca una mueca desdeñosa y la observación despectiva (dirigida a los «formalistas») de que se podría prescindir por completo de reglamento.

Es increíble, pero es un hecho: precisamente una observación tan edificante me hace el camarada Mártov en el núm. 58 de «Iskra», remitiéndose, para mayor convicción, a mis propias palabras en «Carta a un camarada». ¿Acaso no es esto «anarquismo señorial», acaso no es seguidismo, cuando con ejemplos de la época de la dispersión, de la época de los círculos, se justifica el mantenimiento y la glorificación del espíritu de círculo y de la anarquía en la época de la partidaridad?

¿Por qué antes no necesitábamos reglamentos? Porque el partido constaba de círculos aislados, no ligados entre sí por vínculo orgánico alguno. El paso de un círculo a otro era cosa solo de la «buena voluntad» de tal o cual individuo, que no tenía ante sí ninguna expresión formalizada de la voluntad del todo. Las cuestiones controvertidas dentro de los círculos se decidían no según el reglamento, «sino por la lucha y la amenaza de marcharse»: así lo expresé yo en la «Carta a un camarada»[160], basándome en la experiencia de una serie de círculos en general y, en particular, de nuestro propio sexteto redaccional. En la época de los círculos semejante fenómeno era natural e inevitable, pero a nadie se le ocurría ensalzarlo, considerarlo como ideal; todos se quejaban de esta dispersión, todos se sentían abrumados por ella y anhelaban la fusión de los círculos dispersos en una organización partidaria formalizada. Y ahora, cuando esta fusión se ha realizado, ¡se nos arrastra hacia atrás, se nos brinda –bajo la apariencia de concepciones orgánicas superiores– frases anarquistas! A las personas acostumbradas a la bata y las zapatillas libres del oblomovismo familiar y de círculo, el reglamento formal les parece estrecho, y angosto, y pesado, y bajo, y burocrático, y propio de la servidumbre, y coactivo para el libre «proceso» de la lucha ideológica. El anarquismo señorial no comprende que el reglamento formal es necesario precisamente para sustituir los estrechos vínculos de círculo por un amplio vínculo partidario. El vínculo dentro del círculo o entre círculos no era necesario ni posible formalizarlo, porque ese vínculo se sostenía sobre el amiguismo o sobre una «confianza» instintiva, no motivada. El vínculo partidario no puede ni debe sostenerse ni sobre lo uno ni sobre lo otro; es necesario basarlo precisamente en un reglamento formal, redactado «burocráticamente» (desde el punto de vista del intelectual relajado), solo cuyo estricto cumplimiento nos garantiza contra el despotismo de círculo, contra los caprichos de círculo, contra los procedimientos de círculo de trifulca, llamados libre «proceso» de lucha ideológica.

La redacción de la nueva *Iskra* alardea frente a Aleksándrov con la edificante indicación de que «la confianza es cosa delicada, que de ningún modo puede ser metida a golpes en los corazones y las cabezas» (n.º 56, suplemento). La redacción no comprende que precisamente ese poner en primer plano la categoría de la confianza, de la mera confianza, delata una y otra vez de cuerpo entero su anarquismo señorial y su seguidismo organizativo. Cuando yo era solo miembro de un círculo, ya fuese del grupo de los seis de la redacción o de la organización de *Iskra*, tenía derecho a remitirme, en justificación de mi negativa a trabajar con X, digamos, únicamente a la desconfianza, irresponsable e inmotivada. Cuando pasé a ser miembro del partido, ya no tengo derecho a remitirme solo a una desconfianza no formalizada, pues semejante remisión abriría de par en par las puertas a todo capricho y a toda arbitrariedad del viejo espíritu de círculo; estoy obligado a motivar mi «confianza» o «desconfianza» con un argumento formal, es decir, remitiéndome a una u otra tesis formalmente establecida de nuestro programa, de nuestra táctica, de nuestros estatutos; estoy obligado a no limitarme a un irresponsable «confío» o «no confío», sino a reconocer que mis decisiones, y en general todas las decisiones de cualquier parte del partido, deben rendir cuentas ante todo el partido; estoy obligado a seguir el camino formalmente prescrito para expresar mi «desconfianza», para hacer valer los puntos de vista y los deseos que se derivan de esa desconfianza. ¡Ya nos hemos elevado del punto de vista de círculo de la «confianza» irresponsable al punto de vista de partido, que exige la observancia de modos responsables y formalmente prescritos de expresión y verificación de la confianza, y la redacción nos arrastra hacia atrás y llama a su seguidismo nuevas concepciones organizativas!

Ved cómo razona nuestra así llamada redacción de partido sobre los grupos literarios que podrían reclamar representación en la redacción. «No nos indignaremos, no empezaremos a gritar sobre la disciplina», nos aleccionan los anarquistas señoriales, que siempre y en todas partes han mirado de arriba abajo a una tal disciplina. Nosotros –dicen– o bien «nos pondremos de acuerdo» (*sic!*) con el grupo, si este es sensato, o bien nos reiremos de sus pretensiones.

¡Imaginad qué sublime nobleza se alza aquí contra el formalismo vulgarmente «fabril»! Pero en realidad tenemos ante nosotros una fraseología remozada del espíritu de círculo, ofrecida al partido por una redacción que siente que ella misma no es una institución de partido, sino un fragmento del viejo círculo. La falsedad interna de esta posición conduce inevitablemente a un anárquico pseudoprofundismo que eleva a principio de la organización socialdemócrata esa descomposición que de palabra se declara, con fariseísmo, ya superada. No hace falta ninguna jerarquía de colegios e instancias partidarias inferiores y superiores: al anarquismo señorial semejante jerarquía le parece una invención cancilleresca de departamentos, direcciones y demás (véase el *feuilleton* de Axelrod); no hace falta ninguna subordinación de la parte al todo, no hace falta ninguna definición «formal-burocrática» de los modos partidarios de «ponerse de acuerdo» o de deslindarse; que el viejo batiburrillo de círculo se consagre con una fraseología hueca sobre métodos organizativos «auténticamente socialdemócratas».

He aquí donde el proletario que ha pasado por la escuela de la «fábrica» puede y debe dar una lección al individualismo anárquico. El obrero consciente ha salido hace tiempo de aquellos pañales en que rehuía al intelectual como tal. El obrero consciente sabe apreciar el bagaje más rico de conocimientos, el horizonte político más amplio que encuentra en los intelectuales socialdemócratas. Pero, a medida que se va conformando entre nosotros un verdadero partido, el obrero consciente debe aprender a distinguir la psicología del soldado del ejército proletario de la psicología del intelectual burgués que alardea de frase anárquica, debe aprender a exigir el cumplimiento de los deberes del miembro del partido no solo de los militantes de base, sino también de los «hombres de la cúpula», ¡debe aprender a acoger con el mismo desprecio el seguidismo en las cuestiones organizativas con que estigmatizaba antaño el seguidismo en las cuestiones tácticas!

En conexión indisoluble con el girondinismo y el anarquismo señorial se halla el último rasgo característico de la posición de la nueva *Iskra* en las cuestiones organizativas: la defensa del autonomismo frente al centralismo. Precisamente ese es el sentido de principio que tienen (si es que lo tienen) los lamentos sobre el burocratismo y la autocracia, los pesares por la «inmerecida desatención a los no iskristas» (que defendían el autonomismo en el congreso), los gritos cómicos sobre la exigencia de «obediencia incondicional», las amargas quejas sobre el «pompadurismo», etc., etc. El ala oportunista de todo partido siempre defiende y justifica todo atraso, tanto programático como táctico y organizativo. La defensa del atraso organizativo (seguidismo) por la nueva *Iskra* está estrechamente ligada a la defensa del autonomismo. Cierto es que el autonomismo ha quedado ya tan desacreditado, en general, por la prédica de tres años de la vieja *Iskra*, que a la nueva *Iskra* aún le da vergüenza declararse abiertamente a favor de él; todavía nos asegura sus simpatías por el centralismo, pero esto se demuestra solo con el hecho de que la palabra centralismo se escribe en cursiva. En realidad, el más leve contacto de la crítica con los «principios» del cuasi centralismo «auténticamente socialdemócrata» (¿y no anárquico?) de la nueva *Iskra* desenmascara a cada paso el punto de vista del autonomismo. ¿Acaso no está claro ahora para todos y cada uno que Axelrod y Mártov dieron un giro en las cuestiones organizativas hacia Akímov? ¿Acaso no lo reconocieron ellos mismos solemnemente con las significativas palabras sobre la «inmerecida desatención a los no iskristas»? ¿Y acaso no defendían el autonomismo en nuestro congreso del partido Akímov y sus amigos?

Precisamente el autonomismo (si no el anarquismo) defendían Mártov y Axelrod en el congreso de la Liga, cuando con un divertido celo demostraban que la parte no debe subordinarse al todo, que la parte es autónoma para definir sus relaciones con el todo, que los estatutos de la Liga en el Extranjero, que formulan esas relaciones, son válidos contra la voluntad de la mayoría del partido, contra la voluntad del centro del partido. Precisamente el autonomismo defiende ahora abiertamente el camarada Mártov en las páginas de la nueva *Iskra* (n.º 60) a propósito de la cuestión de la incorporación de miembros a los comités locales por el Comité Central{121}. No voy a hablar de los sofismas infantiles con que el camarada Mártov defendió el autonomismo en el congreso de la Liga y lo defiende en la nueva *Iskra*[162]; me importa aquí señalar la tendencia indudable a defender el autonomismo frente al centralismo, como un rasgo de principio propio del oportunismo en las cuestiones organizativas.

Acaso el único intento de análisis del concepto de burocratismo es la contraposición en la nueva *Iskra* (n.º 53) del «principio formal-democrático» (en cursiva del autor) al «formal-burocrático». Esta contraposición (lamentablemente, tan poco desarrollada y aclarada como la indicación sobre los no iskristas) encierra un grano de verdad. Burocratismo *versus*[163] democratismo, eso es precisamente centralismo *versus* autonomismo, eso es el principio organizativo de la socialdemocracia revolucionaria en relación con el principio organizativo de los oportunistas de la socialdemocracia. Este último tiende a ir de abajo arriba y por eso defiende en todas partes, donde puede y en la medida en que puede, el autonomismo, el «democratismo», que llega (en quienes se exceden en celo sin medida) hasta el anarquismo. El primero tiende a partir de arriba, defendiendo la ampliación de los derechos y poderes del centro respecto a la parte. En la época de la descomposición y del espíritu de círculo, esa cúpula, de la que tendía a partir organizativamente la socialdemocracia revolucionaria, era inevitablemente uno de los círculos, el más influyente por su actividad y su consecuencia revolucionaria (en nuestro caso, la organización de *Iskra*). En la época del restablecimiento de la unidad efectiva del partido y de la disolución de los círculos caducos en esa unidad, esa cúpula es inevitablemente el congreso del partido, como órgano supremo del partido; el congreso reúne en lo posible a todos los representantes de las organizaciones activas y, al nombrar las instituciones centrales (no pocas veces en una composición que satisface más a los elementos avanzados que a los atrasados del partido, que gusta más al ala revolucionaria que a la oportunista de este), las convierte en la cúpula hasta el siguiente congreso. Así sucede, al menos, entre los socialdemócratas europeos, aunque poco a poco, no sin trabajo, no sin lucha y no sin rencillas, esta costumbre, odiosa por principio para los anarquistas, comienza a extenderse también entre los socialdemócratas asiáticos.

Es sumamente interesante señalar que los rasgos principistas del oportunismo en las cuestiones de organización que he indicado (el autonomismo, el anarquismo señorial o intelectual, el seguidismo y el girondinismo) se observan, *mutatis mutandis* (con las modificaciones correspondientes), en todos los partidos socialdemócratas del mundo entero, allí donde existe la división en un ala revolucionaria y otra oportunista (¿y dónde no la hay?). De manera particularmente nítida esto ha salido a la luz precisamente en los últimos tiempos en el Partido Socialdemócrata alemán, cuando la derrota electoral en la 20ª circunscripción electoral de Sajonia (el llamado incidente Göhre[164]) puso a la orden del día los principios de la organización del partido. El celo de los oportunistas alemanes contribuyó especialmente a suscitar la cuestión de principio a raíz del incidente mencionado. Göhre (ex pastor, autor del no desconocido libro *Drei Monate Fabrikarbeiter*[165] y uno de los «héroes» del Congreso de Dresde) es un oportunista furibundo, y el órgano de los oportunistas alemanes consecuentes, *Sozialistische Monatshefte* («Revista Mensual Socialista»){122}, salió inmediatamente «en su defensa».

El oportunismo en el programa está naturalmente ligado al oportunismo en la táctica y al oportunismo en las cuestiones de organización. A exponer el «nuevo» punto de vista se lanzó el camarada Wolfgang Heine. Para caracterizar al lector la fisonomía de este típico intelectual que se adhirió a la socialdemocracia aportando consigo hábitos oportunistas de pensamiento, bastará con decir que el camarada Wolfgang Heine es un poco menos que el camarada ruso Akímov y un poquito más que el camarada ruso Egórov.

El camarada Wolfgang Heine emprendió su campaña en la *Sozialistische Monatshefte* con no menor pompa que el camarada Axelrod en la nueva *Iskra*. Ya sólo el título del artículo vale su peso en oro: «Notas democráticas a propósito del incidente Göhre» (n.º 4, abril, *Sozialistische Monatshefte*). Y el contenido no es menos estruendoso. El camarada W. Heine se alza contra «los atentados a la autonomía de la circunscripción electoral», defiende el «principio democrático», protesta contra la injerencia de la «jefatura nombrada» (es decir, de la dirección central del partido) en la libre elección de delegados por el pueblo. No se trata de un incidente fortuito, nos alecciona el camarada W. Heine, sino de una «tendencia general al burocratismo y al centralismo en el partido», tendencia que, según él, ya se observaba antes, pero que ahora se vuelve particularmente peligrosa. Hay que «reconocer por principio que las instituciones locales del partido son las portadoras de su vida» (plagio del folleto del camarada Mártov: *Una vez más en minoría*). No hay que «acostumbrarse a que todas las decisiones políticas importantes emanen de un solo centro», hay que prevenir al partido contra «una política doctrinaria que pierde contacto con la vida» (tomado prestado del discurso del camarada Mártov en el congreso del partido acerca de que «la vida se saldrá con la suya»). «… Si se mira la raíz de las cosas —profundiza su argumentación el camarada W. Heine—, si se hace abstracción de los choques personales, que también aquí, como siempre, desempeñaron un papel nada pequeño, veremos en este encono contra los revisionistas (cursiva del autor, que alude, hay que pensar, a la diferencia de conceptos: lucha contra el revisionismo y lucha contra los revisionistas) sobre todo la desconfianza de las personas oficiales del partido hacia el «elemento ajeno» (W. Heine, por lo visto, aún no ha leído el folleto sobre la lucha contra el estado de sitio, y por eso recurre al anglicismo: *Outsidertum*), la desconfianza de la tradición hacia lo que es inusual, de la institución impersonal hacia lo que es individual» (véase la resolución de Axelrod en el congreso de la Liga sobre la supresión de la iniciativa individual), «en una palabra, la misma tendencia que ya hemos caracterizado más arriba como la tendencia al burocratismo y al centralismo en el partido».

El concepto de «disciplina» inspira al camarada W. Heine una noble indignación no menor que al camarada Axelrod. «… A los revisionistas —escribe— se les reprochaba falta de disciplina por haber escrito en la *Sozialistische Monatshefte*, órgano que ni siquiera se quería reconocer como socialdemócrata, pues no está bajo el control del partido. Ya este solo intento de restringir el concepto de «socialdemócrata», ya esta sola exigencia de disciplina en el terreno de la producción ideológica, donde debe reinar una libertad incondicional» (recuerde: la lucha ideológica es un proceso, y las formas de organización son solo formas), «testimonian la tendencia al burocratismo y a la supresión de la individualidad». Y durante largo rato, largo rato, truena W. Heine de las maneras más variadas contra esta odiosa tendencia a crear «una sola organización grande y omniabarcante, lo más centralizada posible, una sola táctica, una sola teoría», truena contra la exigencia de «la más incondicional obediencia», de la «sumisión ciega», truena contra el «centralismo simplificado», etc., etc., literalmente «según Axelrod».

La polémica suscitada por W. Heine se enardeció, y como en el partido alemán no la enturbiaba ninguna rencilla por cooptaciones, como los Akímov alemanes ponen de manifiesto su fisonomía no sólo en los congresos, sino constantemente en un órgano propio, la polémica se redujo rápidamente al análisis de las tendencias de principio de la ortodoxia y el revisionismo en la cuestión de organización. Como uno de los representantes de la corriente revolucionaria (acusada, naturalmente, también entre nosotros, de «dictatorialismo», «inquisitorialismo» y otras cosas terribles) intervino K. Kautsky (*Neue Zeit*, 1904, n.º 28, artículo *«Wahlkreis und Partei»* — «Circunscripción electoral y partido»). El artículo de W. Heine, declara él, «muestra el curso del pensamiento de toda la corriente revisionista». No sólo en Alemania, sino también en Francia, en Italia, los oportunistas defienden a macha martillo el autonomismo, la relajación de la disciplina de partido, su reducción a cero; en todas partes sus tendencias conducen a la desorganización, a tergiversar el «principio democrático» convirtiéndolo en anarquismo. «La democracia no es ausencia de autoridad —adoctrina K. Kautsky a los oportunistas en la cuestión de organización—, la democracia no es anarquía, es el dominio de la masa sobre sus mandatarios, a diferencia de otras formas de poder, cuando los supuestos servidores del pueblo son en realidad sus amos». K. Kautsky rastrea detalladamente el papel desorganizador del autonomismo oportunista en distintos países, muestra que es precisamente la incorporación a la socialdemocracia de la «masa de elementos burgueses»[166] lo que refuerza el oportunismo, el autonomismo y las tendencias a violar la disciplina, y recuerda una y otra vez que precisamente «la organización es el arma con que se liberará el proletariado», que precisamente «la organización es el arma propia del proletariado en la lucha de clases».

En Alemania, donde el oportunismo es más débil que en Francia e Italia, «las tendencias autonomistas han conducido hasta ahora tan sólo a declamaciones más o menos patéticas contra los dictadores y los grandes inquisidores, contra las excomuniones[167] y las pesquisas de herejías, a infinitos pleitos y rencillas, cuyo examen no haría más que llevar a una pendencia interminable».

No es de extrañar que en Rusia, donde el oportunismo en el partido es aún más débil que en Alemania, las tendencias autonomistas hayan engendrado menos ideas y más «declamaciones patéticas» y rencillas.

No es de extrañar que Kautsky llegue a la conclusión: «Tal vez en ninguna otra cuestión el revisionismo de todos los países se distinga por tanta homogeneidad, a pesar de todas sus variedades y todo su abigarramiento, como precisamente en la cuestión organizativa». Las tendencias fundamentales de la ortodoxia y del revisionismo en este terreno también las formula K. Kautsky recurriendo a una “palabra terrible”: burocratismo versus (frente a) democratismo. Se nos dice, escribe K. Kautsky, que otorgar a la dirección del partido el derecho de influir en la elección del candidato (a diputado del parlamento) por parte de las circunscripciones electorales locales significa «atentar vergonzosamente contra el principio democrático, el cual exige que toda actividad política se despliegue de abajo arriba, mediante la autoactividad de las masas, y no de arriba abajo, por vía burocrática… Pero si hay algún principio verdaderamente democrático, es el de que la mayoría debe prevalecer sobre la minoría, y no al revés…». La elección de diputados al parlamento por parte de cualquier circunscripción electoral individual es una cuestión importante para todo el partido en su conjunto, el cual debe influir en la designación de los candidatos, aunque sea por conducto de los hombres de confianza del partido (Vertrauensmänner). «A quien esto le parezca demasiado burocrático o centralista, que intente proponer que los candidatos sean designados mediante el voto directo de todos los miembros del partido en general (sämtliche Parteigenossen). Puesto que esto es irrealizable, no hay por qué quejarse de falta de democratismo cuando dicha función, al igual que muchas otras concernientes a todo el partido, es desempeñada por una o varias instancias del partido». Según el “derecho consuetudinario” del partido alemán, ya antes las distintas circunscripciones electorales “se ponían de acuerdo de manera camaraderil” con la dirección del partido sobre la presentación de tal o cual candidato. «Pero el partido se ha vuelto ya demasiado grande para que baste con este derecho consuetudinario tácito. El derecho consuetudinario deja de ser derecho cuando se deja de reconocerlo como algo sobreentendido, cuando se pone en tela de juicio el contenido de sus disposiciones e incluso su propia existencia. Entonces se hace absolutamente necesario formular con precisión este derecho, codificarlo…», pasar a una «fijación estatutaria más precisa[168] (statutarische Festlegung) y, a la vez, a un reforzamiento de la rigurosidad (größere Straffheit) de la organización».

Veis, pues, en otro escenario, la misma lucha entre el ala oportunista y el ala revolucionaria del partido en la cuestión organizativa, el mismo conflicto entre el autonomismo y el centralismo, el democratismo y el “burocratismo”, entre las tendencias a relajar la rigurosidad y a reforzar la rigurosidad de la organización y la disciplina, entre la psicología del intelectual inestable y la del proletario firme, entre el individualismo intelectual y la cohesión proletaria. Cabe preguntarse: ¿cómo se posicionó ante este conflicto la democracia burguesa — no aquella que la historia, traviesa, sólo había prometido mostrar en secreto alguna vez al camarada Axelrod, sino la auténtica, la real democracia burguesa, que también en Alemania cuenta con representantes no menos inteligentes y observadores que nuestros señores Osvobozhdentsy? La democracia burguesa alemana respondió de inmediato a la nueva polémica y se alzó en bloque — como la rusa, como siempre, como en todas partes — en favor del ala oportunista del partido socialdemócrata. El destacado órgano del capital bursátil alemán, el Frankfurter Zeitung{123}, publicó un estruendoso editorial («Frankf. Ztg.», 1904, 7 de abril, núm. 97, Abendblatt[169]) que demuestra que los desvergonzados plagios de Axelrod se están convirtiendo directamente en una especie de enfermedad de la prensa alemana. Los terribles demócratas de la bolsa de Fráncfort fustigan la “autocracia” en el partido socialdemócrata, la “dictadura del partido”, el “dominio autocrático de la jefatura del partido”, esas “excomuniones” con las que se pretende “como castigar a todo el revisionismo” (recordad la “falsa acusación de oportunismo”), esa exigencia de “obediencia ciega”, de “disciplina mortífera”, exigencia de “sumisión lacayuna”, de convertir a los miembros del partido en “cadáveres políticos” (¡esto es aún más fuerte que lo de tornillos y ruedecillas!). «Toda singularidad personal — se indignan los caballeros de la bolsa ante los procedimientos antidemocráticos en la socialdemocracia —, toda individualidad debe, por lo visto, ser perseguida, porque amenazan con conducir a los procedimientos franceses, al jaurèsismo y al millerandismo, como declaró abiertamente Sindermann, que informó sobre esta cuestión» en el congreso del partido de los socialdemócratas sajones.

Así, pues, en la medida en que las nuevas palabrejas de la nueva Iskra en la cuestión organizativa tienen algún sentido de principio, no cabe la menor duda de que ese sentido es oportunista. Esta conclusión se ve corroborada tanto por todo el análisis de nuestro congreso del partido, que se dividió en un ala revolucionaria y un ala oportunista, como por el ejemplo de todos los partidos socialdemócratas europeos, en los cuales el oportunismo en la cuestión organizativa se expresa en las mismas tendencias, en las mismas acusaciones y, a menudo, hasta en las mismas palabrejas. Por supuesto, las peculiaridades nacionales de los distintos partidos y la diversidad de las condiciones políticas en los diferentes países dejan su impronta, haciendo que el oportunismo alemán no se parezca en nada al francés, el francés al italiano y el italiano al ruso. Pero la homogeneidad de la división fundamental de todos estos partidos en un ala revolucionaria y un ala oportunista, la homogeneidad del curso de pensamiento y de las tendencias del oportunismo en la cuestión organizativa resaltan con nitidez, pese a toda la mencionada diferencia de condiciones[170]. La abundancia de representantes de la intelectualidad radical en las filas de nuestros marxistas y de nuestros socialdemócratas hizo y hace inevitable la presencia del oportunismo engendrado por su psicología en los más diversos ámbitos y en las más diversas formas. Hemos luchado contra el oportunismo en las cuestiones fundamentales de nuestra concepción del mundo, en las cuestiones del programa, y la completa divergencia en los fines condujo inevitablemente a un deslinde irrevocable entre los liberales que habían echado a perder el marxismo legal y los socialdemócratas. Hemos luchado contra el oportunismo en las cuestiones de táctica, y la divergencia con los camaradas Krichevski y Akímov en estas cuestiones menos importantes fue, naturalmente, sólo temporal y no fue acompañada de ninguna formación de partidos distintos. Ahora debemos vencer el oportunismo de Mártov y Axelrod en las cuestiones organizativas, cuestiones aún menos cardinales, por supuesto, que las cuestiones programáticas y tácticas, pero que han aflorado en el momento actual en el proscenio de nuestra vida partidaria.

Cuando se habla de la lucha contra el oportunismo, no se debe olvidar nunca el rasgo característico de todo el oportunismo contemporáneo en todos y cada uno de los ámbitos: su indeterminación, su vaguedad, su carácter escurridizo. El oportunista, por su propia naturaleza, rehúye siempre un planteamiento definido e irrevocable de la cuestión, busca una resultante, se enrosca como una culebra entre puntos de vista que se excluyen mutuamente, esforzándose por «estar de acuerdo» tanto con uno como con otro, reduciendo sus divergencias a pequeñas correcciones, a dudas, a buenos e inocentes deseos, etc., etc. El oportunista en cuestiones de programa, el camarada Ed. Bernstein, «está de acuerdo» con el programa revolucionario del partido y, aunque sin duda desearía una «reforma radical» del mismo, considera que es inoportuna, inconveniente, no tan importante como la aclaración de los «principios generales» de la «crítica» (que consisten principalmente en la adopción acrítica de principios y vocablos de la democracia burguesa). El oportunista en cuestiones de táctica, el camarada von Vollmar, también está de acuerdo con la vieja táctica de la socialdemocracia revolucionaria y también se limita, en su mayor parte, a declamaciones, pequeñas correcciones, burlas, sin presentar en absoluto ninguna táctica «ministerialista» definida{124}. Los oportunistas en cuestiones organizativas, los camaradas Mártox y Axelrod, tampoco han presentado hasta ahora, a pesar de los desafíos directos, ninguna tesis de principio definida que pudiera ser «consolidada por vía estatutaria»; ellos también desearían, desearían sin duda, una «reforma radical» de nuestros estatutos organizativos («Iskra» nº 58, pág. 2, columna 3), pero preferirían ocuparse primero de las «cuestiones generales de la organización» (porque una reforma realmente radical de nuestros estatutos, a pesar del § 1, aún centralistas, llevaría inevitablemente, de ser realizada en el espíritu de la nueva «Iskra», al autonomismo, y al camarada Mártox no le apetece confesar su tendencia de principio al autonomismo, por supuesto, ni siquiera ante sí mismo). Su posición «de principio» en la cuestión organizativa juega, por lo tanto, con todos los colores del arco iris: predominan inocentes declamaciones patéticas sobre la autocracia y el burocratismo, sobre la obediencia ciega, los tornillos y las ruedecillas, declamaciones tan inocentes que en ellas es todavía muy, muy difícil separar el sentido verdaderamente de principio del sentido verdaderamente cooptativo. Pero — a más bosque, más leña: los intentos de analizar y definir con precisión el odiado «burocratismo» llevan inevitablemente al autonomismo, los intentos de «profundizar» y fundamentar conducen de manera ineludible a la justificación del atraso, al seguidismo, a las frases girondinas. Finalmente, como único principio realmente definido, y que por eso en la práctica se destaca con especial nitidez (la práctica siempre va por delante de la teoría), aparece el principio del anarquismo. Burla de la disciplina — autonomismo — anarquismo, he aquí la escalerilla por la que ora baja, ora sube nuestro oportunismo organizativo, saltando de peldaño en peldaño y esquivando hábilmente toda formulación definida de sus principios[171]. Exactamente la misma gradación se observa en el oportunismo en el programa y en la táctica: burla de la «ortodoxia», de la fe ortodoxa, de la estrechez e inmovilidad — «crítica» revisionista y ministerialismo — democracia burguesa. En estrecha conexión psicológica con el odio a la disciplina se encuentra esa nota incesante y persistente de resentimiento que suena en todos los escritos de todos los oportunistas contemporáneos en general y de nuestra minoría en particular. Son perseguidos, son oprimidos, son expulsados, son hostigados, son avasallados. En estos vocablos hay mucha más verdad psicológica y política de la que probablemente sospechaba el propio autor de la amable e ingeniosa broma sobre los avasallados y los avasalladores{125}. Tomen, de hecho, los protocolos de nuestro congreso del partido, y verán que la minoría son todos resentidos, todos aquellos a quienes, alguna vez y por algún motivo, ofendió la socialdemocracia revolucionaria. Aquí están los bundistas y los «rabochiedieltsi», a quienes «ofendimos» hasta el punto de que abandonaron el congreso; aquí los «yuzhnorabochientsi», mortalmente ofendidos por el aniquilamiento de las organizaciones en general y de la suya propia en particular; aquí el camarada Májov, a quien ofendían cada vez que tomaba la palabra (porque cada vez, puntualmente, hacía el ridículo); aquí, finalmente, el camarada Mártox y el camarada Axelrod, a quienes ofendió la «falsa acusación de oportunismo» por el § 1 de los estatutos y la derrota en las elecciones. Y todas estas amargas ofensas no fueron un resultado casual de bromas inadmisibles, salidas de tono, polémica furibunda, portazos y puños mostrados, como piensan hasta hoy muchísimos filisteos, sino un inevitable resultado político de toda la labor ideológica de tres años de «Iskra». Si durante estos tres años no hemos hecho sólo de palabra el libertinaje, sino que hemos expresado las convicciones que deben traducirse en hechos, no podíamos dejar de luchar en el congreso contra los antiiskristas y contra el «pantano». Y cuando, junto con el camarada Mártox, que combatía en primera fila con la visera alzada, hemos ofendido a tal montón de gente, nos quedaba ya muy poquito, un poquitito, ofender al camarada Axelrod y al camarada Mártox para que la copa se desbordara. La cantidad se transformó en calidad. Se produjo la negación de la negación. Todos los ofendidos olvidaron sus cuentas mutuas, se arrojaron con llantos a los brazos unos de otros y alzaron la bandera de la «insurrección contra el leninismo»[172].

La insurrección es una cosa magnífica cuando se sublevan los elementos avanzados contra los reaccionarios. Cuando el ala revolucionaria se subleva contra la oportunista, es bueno. Cuando el ala oportunista se subleva contra la revolucionaria, es malo.

El camarada Plejánov tiene que participar en esta mala causa en calidad, por así decirlo, de prisionero de guerra. Se esfuerza en «desahogar su ira», pescando frases aisladas e incómodas de los autores de una u otra resolución a favor de la «mayoría», y exclama al hacerlo: «¡Pobre camarada Lenin! ¡Vaya partidarios ortodoxos que tiene!» («Iskra» nº 63, suplemento).

Pues mire usted, camarada Plejánov, si yo estoy en la miseria, la redacción de la nueva «Iskra» está ya completamente en la mendicidad. Por pobre que sea yo, aún no he llegado a un empobrecimiento tan absoluto como para tener que cerrar los ojos ante el congreso del partido y buscar material para ejercitar mi ingenio en las resoluciones de los comités. Por pobre que sea yo, soy mil veces más rico que aquellos cuyos partidarios no profieren casualmente tal o cual frase incómoda, sino que en todas las cuestiones, tanto organizativas como tácticas y programáticas, se mantienen obstinada y firmemente en principios opuestos a los principios de la socialdemocracia revolucionaria. Por pobre que sea yo, aún no he llegado al punto de tener que ocultar al público las alabanzas que semejantes partidarios me dedican. Y a la redacción de la nueva «Iskra» le toca hacerlo.

¿Sabe usted, lector, qué es el Comité de Vorónezh del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia? Si no lo sabe, lea los protocolos del congreso del partido. Allí se enterará de que la orientación de dicho comité es expresada enteramente por el camarada Akímov y el camarada Brucker, quienes combatieron en toda la línea contra el ala revolucionaria del partido en el congreso y quienes decenas de veces fueron calificados de oportunistas por todos, desde el camarada Plejánov hasta el camarada Popov. Y bien, este Comité de Vorónezh, en su hoja de enero (nº 12, enero de 1904), declara:

En nuestro partido, en continuo crecimiento, tuvo lugar el año pasado un acontecimiento grande e importante para el partido: se celebró el II Congreso del POSDR, de los representantes de sus organizaciones. La convocatoria de un congreso del partido es un asunto muy complejo, y bajo las condiciones monárquicas, muy arriesgado y difícil, por lo que no es de extrañar que la tarea de convocar el congreso se llevara a cabo de manera bastante imperfecta, y que el propio congreso, aunque transcurrió de forma completamente pacífica, no satisficiera todas las exigencias que el partido le había planteado. Los camaradas a quienes la conferencia (reunión) de 1902 había encargado la convocatoria del congreso fueron arrestados, y el congreso fue organizado por personas destacadas de una sola corriente de la socialdemocracia rusa: la iskrista. Muchas organizaciones de socialdemócratas, pero no pertenecientes a los iskristas, no fueron incorporadas a los trabajos del congreso; en parte, por eso la tarea del congreso de elaborar el programa y los estatutos del partido se cumplió de manera sumamente imperfecta, con grandes lagunas en los estatutos que, según reconocen los propios participantes del congreso, «pueden conducir a peligrosos malentendidos». En el congreso se produjo una escisión entre los propios iskristas, y muchos destacados militantes de nuestro POSDR, que antes, al parecer, aceptaban íntegramente el programa de acción de «Iskra», tomaron conciencia de la inviabilidad de muchas de sus opiniones, impulsadas principalmente por Lenin y Plejánov. Aunque en el congreso estos últimos se impusieron, la fuerza de la vida práctica, las exigencias del trabajo real, en cuyas filas están también todos los no iskristas, corrigen rápidamente los errores de los teóricos y, ya después del congreso, introdujeron serias enmiendas. «Iskra» ha cambiado notablemente y promete escuchar con atención las exigencias de los militantes de la socialdemocracia en general. Así, aunque los trabajos del congreso están sujetos a revisión por el próximo congreso y, como es evidente para los propios participantes del congreso, no son satisfactorios y, por tanto, no pueden entrar en el partido como resoluciones inmutables, el congreso clarificó la situación de los asuntos en el partido, proporcionó abundante material para la futura actividad teórica y organizativa del partido y constituyó una enorme y aleccionadora experiencia para el trabajo de todo el partido. Las resoluciones del congreso y los estatutos elaborados por él serán tomados en cuenta por todas las organizaciones, pero muchas se abstendrán de guiarse exclusivamente por ellos, debido a sus evidentes imperfecciones.

El Comité de Vorónezh, comprendiendo toda la importancia del trabajo de todo el partido, respondió vivamente a todas las cuestiones relativas a la organización del congreso. Es consciente de toda la importancia de lo sucedido en el congreso, saluda el giro que se ha producido en «Iskra», convertida en Órgano Central (órgano principal). Aunque la situación de los asuntos en el partido y en el CC aún no nos satisface, creemos que mediante esfuerzos comunes se perfeccionará la difícil labor de organización del partido. En vista de los rumores falsos, el Comité de Vorónezh declara a los camaradas que no puede hablarse de que el Comité de Vorónezh abandone el partido. El Comité de Vorónezh comprende perfectamente qué peligroso precedente (ejemplo) constituiría el que una organización obrera, como lo es el Comité de Vorónezh, se saliera del POSDR, qué reproche recaería sobre el partido y qué desventajoso sería para las organizaciones obreras que pudieran seguir semejante ejemplo. No debemos crear nuevas escisiones, sino aspirar con insistencia a la unificación de todos los obreros conscientes y socialistas en un solo partido. Además, el II Congreso fue un congreso ordinario, no constituyente. La expulsión del partido solo puede realizarse por un tribunal del partido, y ninguna organización, ni siquiera el propio Comité Central, tiene derecho a expulsar a ninguna organización socialdemócrata del partido. Más aún, en el II Congreso se adoptó el artículo octavo de los estatutos, según el cual toda organización es autónoma (independiente) en sus asuntos locales, por lo que el Comité de Vorónezh tiene pleno derecho a aplicar sus concepciones organizativas en la vida y en el partido.

La redacción de la nueva «Iskra», refiriéndose a esta hoja en el núm. 61, reprodujo la segunda parte de la perorata transcrita, la parte impresa en letra grande; la primera, impresa en letra pequeña, la redacción prefirió omitirla.

Le dio vergüenza.

## c) Algo sobre la dialéctica. Dos revoluciones

Lanzando una mirada general al desarrollo de nuestra crisis partidaria, veremos fácilmente que la composición fundamental de ambas partes contendientes fue, salvo pequeñas excepciones, siempre la misma. Fue la lucha entre el ala revolucionaria y el ala oportunista de nuestro partido. Pero esta lucha atravesó las más diversas etapas, y es necesario tener un conocimiento preciso de las particularidades de cada una de estas etapas para todo aquel que quiera orientarse en la ya enorme literatura acumulada, en la masa de indicaciones fragmentarias, de citas sacadas de contexto, de acusaciones aisladas, etcétera, etcétera.

Enumeremos las principales etapas, netamente diferenciadas entre sí: 1) La discusión sobre el artículo 1 de los estatutos. Una lucha puramente ideológica acerca de los principios fundamentales de la organización. Plejánov y yo estamos en minoría. Mártov y Axelrod proponen una formulación oportunista y se encuentran en brazos de los oportunistas. 2) La escisión de la organización de «Iskra» a causa de las listas de candidatos al CC: Fomín o Vasíliev en la pentarquía, Trotski o Travinski en la troika. Plejánov y yo conquistamos la mayoría (nueve contra siete) – en parte precisamente gracias a que éramos minoría en el artículo 1. La coalición de Mártov con los oportunistas confirmó de hecho todos mis temores, suscitados por el incidente con el Comité Organizador. 3) Continuación de las discusiones sobre los detalles de los estatutos. De nuevo los oportunistas salvan a Mártov. De nuevo estamos en minoría y defendemos los derechos de la minoría en los centros. 4) El grupo de los siete oportunistas extremos abandona el congreso. Nos encontramos en mayoría y vencemos en las elecciones a la coalición (de la minoría iskrista, del «pantano» y de los antiiskristas). Mártov y Popov rechazan sus puestos en nuestras troikas. 5) Las rencillas postcongresuales a causa de la cooptación. Desenfreno de la conducta anárquica y de la frase anárquica. Los elementos menos firmes y más inestables de la «minoría» toman ventaja. 6) Plejánov pasa, para evitar la escisión, a la política de «kill with kindness». La «minoría» ocupa la redacción del Órgano Central y el Consejo, y ataca con todas sus fuerzas al CC. Las rencillas continúan inundándolo todo y a todos. 7) El primer ataque al CC es rechazado. Las rencillas empiezan, al parecer, a calmarse un poco. Surge la posibilidad de discutir con relativa tranquilidad dos cuestiones puramente ideológicas, que agitan profundamente al partido: a) ¿cuál es la significación y la explicación política de esa división de nuestro partido en «mayoría» y «minoría» que se formó en el II Congreso y reemplazó a todas las antiguas divisiones? b) ¿cuál es la significación fundamental de la nueva posición de la nueva «Iskra» en la cuestión organizativa?

Cada una de estas etapas se caracteriza por una coyuntura de lucha esencialmente distinta y por un objetivo inmediato del ataque; cada etapa representa, por así decirlo, una batalla separada en una campaña militar general. No se puede comprender nada en nuestra lucha si no se estudia la situación concreta de cada batalla. Pero, al estudiarla, veremos con claridad que el desarrollo transcurre realmente por vía dialéctica, por vía de contradicciones: la minoría se convierte en mayoría, la mayoría en minoría; cada parte pasa de la defensa al ataque y del ataque a la defensa; el punto de partida de la lucha ideológica (art. 1) es «negado», cediendo lugar a las rencillas que todo lo invaden[173], pero luego comienza la «negación de la negación» y, tras «avenirnos» como sea, a trancas y barrancas, con la esposa impuesta por Dios en los distintos centros, retornamos al punto de partida de la lucha puramente ideológica, pero este «tesis» se ha enriquecido ya con todos los resultados del «antitesis» y se ha transformado en una síntesis superior, en la que el error aislado y casual en el artículo 1 ha crecido hasta convertirse en un cuasi-sistema de concepciones oportunistas sobre la cuestión organizativa, y en la que la vinculación de este fenómeno con la división fundamental de nuestro partido en ala revolucionaria y ala oportunista se manifiesta ante todos de manera cada vez más patente. En una palabra, no solo la avena crece según Hegel, sino que también los socialdemócratas rusos guerrean entre sí según Hegel.

Pero la gran dialéctica hegeliana, que el marxismo adoptó, poniéndola sobre sus pies, nunca debe confundirse con el vulgar procedimiento de justificar los zigzags de los políticos que se pasan del ala revolucionaria al ala oportunista del partido, con la vulgar manera de amontonar declaraciones aisladas, momentos aislados del desarrollo de diferentes etapas de un mismo proceso. La verdadera dialéctica no justifica los choques personales, sino que estudia los virajes inevitables, demostrando su inevitabilidad sobre la base del más minucioso estudio del desarrollo en toda su concreción. Principio fundamental de la dialéctica: no hay verdad abstracta, la verdad siempre es concreta… Y tampoco se debe confundir esta gran dialéctica hegeliana con esa ramplona sabiduría mundana que expresa el refrán italiano: mettere la coda dove non va il capo (meter la cola donde no cabe la cabeza).

El resultado del desarrollo dialéctico de nuestra lucha interna de partido se reduce a dos cambios revolucionarios. El congreso del partido fue un verdadero cambio revolucionario, como justamente señaló el camarada Mártof en su «Una vez más en la minoría». También tienen razón esos bromistas de la minoría que dicen: el mundo se mueve por revoluciones, ¡pues nosotros hemos hecho una revolución! Ellos, en efecto, hicieron una revolución después del congreso; es también cierto que el mundo, en general, se mueve por revoluciones. Pero el significado concreto de cada revolución concreta no se determina aún con este aforismo general: hay revoluciones que son como reacción, parafraseando la inolvidable expresión del inolvidable camarada Májov. Hay que saber si fue el ala revolucionaria o el ala oportunista del partido la fuerza real que realizó el cambio revolucionario, hay que saber si fueron principios revolucionarios u oportunistas los que inspiraron a los combatientes, para determinar si tal o cual revolución concreta impulsó al «mundo» (nuestro partido) hacia adelante o hacia atrás.

Nuestro congreso del partido fue un fenómeno único en su género, sin precedentes en toda la historia del movimiento revolucionario ruso. Por primera vez un partido revolucionario conspirativo logró salir de las tinieblas de la clandestinidad a la luz del día, mostrando a todos y cada uno todo el desarrollo y el desenlace de nuestra lucha interna de partido, toda la fisonomía de nuestro partido y de cada una de sus partes, por poco notables que fueran, en cuestiones de programa, táctica y organización. Por primera vez pudimos liberarnos de las tradiciones de la relajación de círculo y del filisteísmo revolucionario, reunir a decenas de los más diversos grupos, a menudo enconadamente enfrentados entre sí, unidos exclusivamente por la fuerza de la idea y dispuestos (dispuestos en principio) a sacrificar toda particularidad grupal y toda independencia de grupo en aras del gran todo que por primera vez creábamos en la práctica: el partido. Pero en política los sacrificios no se obtienen gratis, sino que se arrancan luchando. La lucha por la supresión de las organizaciones resultó inevitablemente terriblemente encarnizada. El viento fresco de la lucha abierta y libre se transformó en torbellino. Ese torbellino barrió –¡y fue excelente que los barriera!– todos y cada uno de los restos de todos, sin excepción, los intereses, sentimientos y tradiciones de círculo, creando por primera vez colegios de cargos realmente partidistas.

Pero una cosa es llamarse y otra ser. Una cosa es sacrificar en principio el espíritu de círculo en aras del partido, y otra renunciar al propio círculo. El viento fresco resultó aún demasiado fresco para quienes estaban acostumbrados al ambiente viciado del filisteísmo. «El partido no ha soportado su primer congreso», como justamente se expresó (involuntariamente justo) el camarada Mártof en su «Una vez más en la minoría». El resentimiento por la supresión de las organizaciones fue demasiado fuerte. El furioso torbellino levantó todo el fango del fondo de nuestra corriente partidista, y ese fango se tomó el desquite. El viejo espíritu de círculo, lleno de callosidades, pudo más que el joven espíritu de partido. El ala oportunista del partido, completamente derrotada, obtuvo –temporalmente, por supuesto– la supremacía sobre el ala revolucionaria, reforzada con el botín accidental conseguido por Akímov.

El resultado fue una nueva «Iskra», obligada a desarrollar y profundizar el error cometido por sus redactores en el congreso del partido. La vieja «Iskra» enseñaba las verdades de la lucha revolucionaria. La nueva «Iskra» enseña la sabiduría mundana: condescendencia y contemporización. La vieja «Iskra» fue el órgano de la ortodoxia militante. La nueva «Iskra» nos ofrece el eructo del oportunismo, principalmente en las cuestiones de organización. La vieja «Iskra» se había ganado la honrosa antipatía tanto de los oportunistas rusos como de los de Europa occidental. La nueva «Iskra» «se ha vuelto más sensata» y pronto dejará de avergonzarse de los elogios que le prodigan los oportunistas extremos. La vieja «Iskra» marchaba firme hacia su objetivo, y en ella la palabra no se apartaba de los hechos. En la nueva «Iskra», la falsedad interna de su posición engendra inevitablemente –incluso independientemente de la voluntad y la conciencia de quien sea– la hipocresía política. Grita contra el espíritu de círculo para encubrir la victoria del espíritu de círculo sobre el espíritu de partido. Condena farisaicamente la escisión, como si en un partido medianamente organizado pudiera concebirse otro medio contra la escisión que no sea la subordinación de la minoría a la mayoría. Declara que es necesario tener en cuenta la opinión pública revolucionaria y, ocultando los elogios de los Akímov, se dedica a mezquinos chismorreos sobre los comités del ala revolucionaria del partido[174]. ¡Qué vergüenza! ¡Cómo han deshonrado a nuestra vieja «Iskra»!

Un paso adelante, dos pasos atrás… Esto sucede en la vida de los individuos, en la historia de las naciones y en el desarrollo de los partidos. Sería la más criminal pusilanimidad dudar ni por un minuto del inevitable y completo triunfo de los principios de la socialdemocracia revolucionaria, de la organización proletaria y de la disciplina de partido. Hemos conquistado ya mucho, debemos seguir luchando, sin desanimarnos ante los fracasos, luchar con perseverancia, despreciando los procedimientos filisteos de las trifulcas de círculo, preservando hasta el último límite posible la unidad de vínculo partidista de todos los socialdemócratas de Rusia, creada con tanto esfuerzo, y logrando mediante un trabajo tenaz y sistemático que todos los miembros del partido, y los obreros en especial, conozcan plena y conscientemente los deberes de partido, la lucha en el II Congreso del partido, todas las causas y peripecias de nuestra divergencia, todo el carácter nefasto del oportunismo, que también en el terreno de la organización capitula tan impotentemente ante la psicología burguesa, adopta tan acríticamente el punto de vista de la democracia burguesa, embota el arma de la lucha de clases del proletariado, del mismo modo que en el terreno de nuestro programa y de nuestra táctica.

El proletariado no tiene otra arma en la lucha por el poder que la organización. Desunido por el dominio de la competencia anárquica en el mundo burgués, aplastado por el trabajo forzado para el capital, arrojado constantemente «al fondo» de la miseria más completa, del embrutecimiento y la degeneración, el proletariado puede y se convertirá inevitablemente en una fuerza invencible sólo porque su unificación ideológica por los principios del marxismo se consolida con la unidad material de la organización, que cohesiona a millones de trabajadores en el ejército de la clase obrera. Ante este ejército no resistirá ni el decrépito poder de la autocracia rusa ni el declinante poder del capital internacional. Este ejército irá cerrando sus filas cada vez más, a pesar de todos los zigzags y pasos atrás, a pesar de las frases oportunistas de los girondinos de la socialdemocracia contemporánea, a pesar de la autocomplaciente exaltación del atrasado espíritu de círculo, a pesar de los oropeles y el ruido del anarquismo intelectual.

## Apéndice. Incidente del camarada Gúsev con el camarada Deich

La esencia de este incidente, estrechamente vinculado con la así llamada lista «falsa» (según expresión del camarada Mártov), mencionada en la carta de los camaradas Mártov y Starovier, citada en el texto del § i, consiste en lo siguiente. El camarada Gúsev comunicó al camarada Pávlovich que esta lista, compuesta por los camaradas Stein, Egórov, Popov, Trotski y Fomin, le fue entregada a él, Gúsev, por el camarada Deich (pág. 12 de la «Carta» del camarada Pávlovich). El camarada Deich acusó por esta comunicación al camarada Gúsev de «calumnia premeditada», y el tribunal arbitral de camaradas reconoció que la «comunicación» del camarada Gúsev era «incorrecta» (véase la resolución del tribunal en el núm. 62 de «Iskra»). Después de que la redacción de «Iskra» imprimió la resolución del tribunal, el camarada Mártov (no ya la redacción) publicó una hoja aparte con el título: «Resolución del tribunal arbitral de camaradas», donde reprodujo íntegramente no solo la resolución del tribunal, sino también el informe completo de todo el examen del caso, así como su epílogo. En este epílogo, el camarada Mártov, entre otras cosas, califica de «vergonzoso» el «hecho de la falsificación de la lista en interés de la lucha fraccional». A esta hoja respondieron los delegados del II Congreso, los camaradas Liádov y Gorin, con una hoja titulada: «La cuarta persona en el tribunal arbitral», donde «protestan enérgicamente contra el hecho de que el camarada Mártov se permita ir más allá de las decisiones del tribunal, atribuyendo al camarada Gúsev malas intenciones», mientras que el tribunal no reconoció la existencia de calumnia premeditada, sino que resolvió exclusivamente que la comunicación del camarada Gúsev era incorrecta. Los camaradas Gorin y Liádov explican detalladamente que la comunicación del camarada Gúsev pudo haber sido provocada por un error completamente natural, y califican de «indigna» la conducta del camarada Mártov, quien él mismo cometió (y comete en su hoja) una serie de afirmaciones erróneas, atribuyendo arbitrariamente al camarada Gúsev una mala intención. Una mala intención, dicen ellos, aquí no pudo haberla en absoluto. He aquí, si no me equivoco, toda la «literatura» sobre esta cuestión, a cuya aclaración considero mi deber contribuir.

Ante todo, es necesario que el lector se dé cuenta exacta del momento y las condiciones en que surgió esta lista (la lista de candidatos al Comité Central). Como ya señalé en el texto, la organización de «Iskra» deliberó en el congreso acerca de la lista de candidatos al Comité Central, lista que podría proponer conjuntamente al congreso. La reunión terminó con divergencias; la mayoría de la organización de «Iskra» aceptó la lista: Travinski, Glebov, Vasíliev, Popov y Trotski, pero la minoría no quiso ceder, insistiendo en la lista: Travinski, Glebov, Fomin, Popov, Trotski. Ambas partes de la organización de «Iskra» no volvieron a reunirse juntas después de aquella asamblea en la que fueron propuestas y votadas estas listas. Ambas partes pasaron a la agitación libre en el congreso, deseando resolver la cuestión controvertida que las dividía mediante el voto de todo el congreso del partido y esforzándose por atraer a su lado el mayor número posible de delegados. Esta agitación libre en el congreso puso de manifiesto de inmediato el hecho político que analicé tan detalladamente en el texto, a saber: la necesidad de la minoría de los iskristas (encabezados por Mártov) de apoyarse en el «centro» (el pantano) y en los antiiskristas para vencernos. Esto era necesario porque la inmensa mayoría de los delegados que consecuentemente defendían el programa, la táctica y los planes organizativos de «Iskra» contra el ataque de los antiiskristas y del «centro», se puso muy rápida y muy firmemente de nuestro lado. De los 33 delegados (más exactamente: votos) que no pertenecían ni a los antiiskristas ni al «centro», nosotros ganamos muy rápidamente a 24 y concertamos un «acuerdo directo» con ellos, formamos una «mayoría compacta». El camarada Mártov, en cambio, se quedó solo con nueve votos; para vencer necesitaba todos los votos de los antiiskristas y del «centro», con cuyos grupos podía ir junto (como también según el § 1 de los estatutos), podía «coaligarse», es decir, podía contar con su apoyo, pero no podía concertar un acuerdo directo, no podía precisamente porque durante todo el congreso él luchó contra estos grupos no menos duramente que nosotros. ¡En esto consistía precisamente lo tragicómico de la situación del camarada Mártov! El camarada Mártov quiere aniquilarme en su «Estado de Sitio» con una pregunta mortíferamente venenosa: «rogamos respetuosamente al camarada Lenin que responda directamente a la pregunta: ¿para quién era ajeno en el congreso el grupo “Obrero del Sur”?» (pág. 23, nota). Respondo respetuosa y directamente: ajeno con relación al camarada Mártov. La prueba: yo concerté muy rápidamente un acuerdo directo con los iskristas, mientras que el camarada Mártov no concertó ni pudo concertar un acuerdo directo ni con «Obrero del Sur», ni con el camarada Májov, ni con el camarada Bruker.

Solo después de haberse aclarado esta situación política, se puede comprender dónde está el «quid» de la cuestión candente de la famosa lista «falsa». Represéntense concretamente la situación del asunto: la organización de «Iskra» se escindió, y nosotros agitamos libremente en el congreso, defendiendo nuestras listas. En el curso de esta defensa, en multitud de conversaciones privadas, las listas se combinan de cien maneras, en lugar de la quíntuple se bosqueja una terna, se proponen toda clase de sustituciones de un candidato por otro. Yo, por ejemplo, recuerdo bien que en las conversaciones privadas de la mayoría se propusieron y luego, tras discusión y debate, se rechazaron las candidaturas de los camaradas Rúsov, Ósipov, Pávlovich, Dédov. Es muy posible que se propusieran también otras candidaturas, desconocidas para mí. Cada delegado del congreso expresaba en las conversaciones su opinión, proponía enmiendas, discutía, etc. Es sumamente difícil suponer que esto tuviera lugar exclusivamente entre la mayoría. Incluso es indudable que entre la minoría ocurría lo mismo, pues su quíntuple inicial (Popov, Trotski, Fomin, Glebov, Travinski) fue sustituida después, como vimos por la carta de los camaradas Mártov y Starovier, por una terna: Glebov, Trotski, Popov, en la que Glebov no les gustaba, y lo sustituían gustosamente por Fomin (véase la hoja de los camaradas Liádov y Gorin). No hay que olvidar que aquellos grupos en que divido a los delegados del congreso en el texto del folleto, están delimitados por mí sobre la base de un análisis realizado post factum: en realidad, estos grupos solo se bosquejaban durante la agitación preelectoral, y el intercambio de opiniones entre los delegados transcurría con toda libertad; no había ninguna «muralla» entre nosotros, y cada uno hablaba con cualquier delegado con quien solo deseaba hablar en privado. No tiene absolutamente nada de sorprendente que, en tales circunstancias, entre toda clase de combinaciones y listas, surgiera, junto a la lista de la minoría de la organización de «Iskra» (Popov, Trotski, Fomin, Glebov, Travinski), una lista no muy diferente de ella: Popov, Trotski, Fomin, Stein y Egórov. El surgimiento de tal combinación de candidatos es en alto grado natural, porque nuestros candidatos, Glebov y Travinski, de antemano no gustaban a la minoría de la organización de «Iskra» (véase su carta en el texto del § i, donde ellos eliminan de la terna a Travinski, y de Glebov dicen directamente que es un compromiso). La sustitución de Glebov y Travinski por los miembros del Comité Organizador, Stein y Egórov, era completamente natural, y habría sido extraño que a ningún delegado de la minoría del partido se le hubiera ocurrido la idea de tal sustitución.

Examinemos ahora las dos siguientes cuestiones: 1) ¿de quién partió la lista: Egórov, Stein, Popov, Trotski, Fomín? y 2) ¿por qué el camarada Már tov se indignaba profundamente al atribuírsele semejante lista? Para responder con exactitud a la primera cuestión, sería necesario interrogar a todos los delegados del congreso. Hoy es imposible. Sería necesario, en particular, esclarecer qué delegados de la minoría del partido (no hay que confundirla con la minoría de la organización de «Iskra») oyeron en el congreso acerca de las listas que provocaron la escisión en la organización de «Iskra», cómo reaccionaron ante las dos listas de la mayoría y la minoría de la organización de «Iskra», si plantearon o escucharon algunas propuestas u opiniones acerca de la conveniencia de modificar la lista de la minoría de la organización de «Iskra». Por desgracia, a lo que parece, tampoco se formularon estas preguntas en el tribunal arbitral, el cual (a juzgar por el texto del fallo) ni siquiera supo a raíz de qué «listas de cinco» se había dividido la organización de «Iskra». El camarada Belov, por ejemplo (a quien sitúo en el «centro»), «ha declarado que se hallaba en buenas relaciones de camaradería con Deutsch, quien compartía con él sus impresiones sobre los trabajos del congreso, y que si Deutsch hubiese llevado a cabo alguna agitación a favor de una u otra lista, se lo habría comunicado también a Belov». No puede uno menos de lamentar que haya quedado sin esclarecer si el camarada Deutsch compartió en el congreso con el camarada Belov sus impresiones acerca de las listas de la organización de «Iskra»; y, de ser así, cómo reaccionaba el camarada Belov ante la lista de cinco de la minoría de la organización de «Iskra», si proponía o escuchaba algunas modificaciones deseables en ella. Debido a la falta de esclarecimiento de esta circunstancia, surge esa contradicción en las declaraciones de los camaradas Belov y Deutsch que ya señalaron los camaradas Gorin y Liádov, a saber, que el camarada Deutsch, contrariamente a sus afirmaciones, «llevaba a cabo agitación a favor de unos u otros candidatos al Comité Central» perfilados por la organización de «Iskra». El camarada Belov declara además que «se enteró de la lista que circulaba en el congreso, de manera privada, unos dos días antes de la clausura del congreso, al encontrarse con los camaradas Egórov, Popov y los delegados del Comité de Járkov. En esa ocasión, Egórov expresó su sorpresa por el hecho de que su nombre figurase en la lista de candidatos al Comité Central, pues a juicio suyo, de Egórov, su candidatura no podría haber hallado simpatía entre los delegados del congreso, tanto los de la mayoría como los de la minoría». Resulta sumamente característico que aquí se hable, evidentemente, de la minoría de la organización de «Iskra», pues entre la restante minoría del congreso del partido, la candidatura del camarada Egórov, miembro del Comité Organizador y destacado orador del «centro», no solo habría podido encontrar simpatía, sino que con toda probabilidad debía haberla encontrado. Por desgracia, justamente acerca de la simpatía o antipatía de aquellos miembros de la minoría del partido que no pertenecían a la organización de «Iskra» nada sabemos por el camarada Belov. ¡Y sin embargo es esta precisamente la cuestión importante, pues el camarada Deutsch se indignaba al atribuir esa lista a la minoría de la organización de «Iskra», mientras que la lista podría haber partido de la minoría no perteneciente a dicha organización!

Claro está que en la actualidad es muy difícil recordar quién expresó primero la propuesta de semejante combinación de candidatos y de quién la oyó cada uno de nosotros. Yo, por ejemplo, no me atrevo a recordar no solo eso, sino tampoco quién exactamente de la mayoría lanzó primero las candidaturas de Rúsov, Dédov y otros que yo mencioné: entre la masa de conversaciones, propuestas y rumores sobre toda suerte de combinaciones de candidatos, en mi memoria se grabaron únicamente aquellas «listas» que se sometían abiertamente a votación en la organización de «Iskra» o en las reuniones privadas de la mayoría. Esas «listas» se transmitían en su mayor parte de manera oral (en mi «Carta a la redacción de “Iskra”», pág. 4, quinta línea desde abajo, denomino «lista» precisamente la combinación de cinco candidatos que propuse oralmente en una reunión), pero con mucha frecuencia se consignaban también en notas que, en general, se enviaban de delegado a delegado durante las sesiones del congreso y se destruían habitualmente después de la sesión.

Al no haber datos precisos sobre el origen de la famosa lista, queda por suponer que o bien algún delegado de la minoría del partido desconocido para la minoría de la organización de «Iskra» se pronunció a favor de una combinación de candidatos como la que tenemos en esa lista, y tal combinación, en forma oral y escrita, empezó a circular por el congreso; o bien algún miembro de la minoría de la organización de «Iskra» se pronunció en el congreso a favor de esta combinación y luego lo olvidó. La segunda suposición me parece más probable, y he aquí por qué: la candidatura del camarada Stein, indudablemente, encontraba simpatía ya en el congreso entre la minoría de la organización de «Iskra» (véase el texto de mi folleto), y a la idea de la candidatura del camarada Egórov esa minoría, indudablemente, llegó después del congreso (pues tanto en el congreso de la Liga como en «El estado de sitio» se expresa pesar por la no ratificación del Comité Organizador por el Comité Central, y el camarada Egórov era miembro del Comité Organizador). ¿No es natural suponer que esta idea, que a todas luces flotaba en el ambiente, la de convertir a los miembros del Comité Organizador en miembros del Comité Central, fuera expresada por algún miembro de la minoría en una conversación privada incluso durante el congreso del partido?

Pero los camaradas Mártov y Deych tienden, en lugar de una explicación natural, a ver forzosamente alguna suciedad, una treta, algo deshonesto, la difusión de «rumores a sabiendas falsos con el fin de desacreditar», «falsificación en interés de la lucha fraccional», etcétera. Esta enfermiza inclinación solo puede explicarse por las malsanas condiciones de la vida de emigración o por un estado anormal de los nervios, y no me habría detenido siquiera en esta cuestión si no se hubiera llegado a un indigno atentado contra el honor de un camarada. ¡Reflexionen tan solo: qué fundamentos podían tener los camaradas Deych y Mártov para buscar una sucia y mala intención en una comunicación inexacta, en un rumor falso? Su imaginación enferma les pintó, evidentemente, un cuadro tal que la mayoría los «desacreditaba» no señalando el error político de la minoría (§ 1 y la coalición con los oportunistas), sino atribuyendo a la minoría listas «a sabiendas falsas», «falsificadas». ¡La minoría prefería explicar el asunto no por su propio error, sino por procedimientos sucios, deshonestos y vergonzosos de la mayoría! Hasta qué punto es insensato buscar mala intención en una «comunicación inexacta», ya lo hemos mostrado más arriba, al describir las circunstancias del caso; así lo vio claramente también el tribunal arbitral de camaradas, que no constató calumnia alguna ni nada malintencionado ni nada vergonzoso. Esto, por último, queda demostrado de la manera más palmaria por el hecho de que, ya en el congreso del partido, incluso antes de las elecciones, la minoría de la organización de «Iskra» se explicó con la mayoría respecto al rumor falso, y el camarada Mártov se explicó incluso en una carta que fue leída en la reunión de los 24 delegados de la mayoría. La mayoría ni siquiera pensó en ocultar a la minoría de la organización de «Iskra» que en el congreso circulaba tal o cual lista: el camarada Lenski se lo dijo al camarada Deych (ver el fallo del tribunal), el camarada Plejánov habló de ello a la camarada Zasúlich («con ella es imposible hablar; parece que me toma por Trepov» – me dijo el camarada Plejánov, y esta broma, repetida muchas veces, muestra una vez más la excitación anormal de la minoría); yo declaré al camarada Mártov que sus afirmaciones (sobre que la lista no le pertenecía a él, Mártov) eran suficientes para mí (protocolos de la Liga, pág. 64). Entonces el camarada Mártov (recuerdo que junto con el camarada Starover) nos envió al buró una nota con el siguiente contenido aproximado: «La mayoría de la redacción de "Iskra" ruega ser admitida a una reunión privada de la mayoría para refutar los rumores denigrantes que se difunden contra ella». Plejánov y yo respondimos en esa misma nota: «No hemos oído ningún rumor denigrante. Si se requiere una reunión de la redacción, hay que acordarlo por separado. Lenin. Plejánov». Al llegar por la noche a la reunión de la mayoría, lo contamos a los 24 delegados. Para eliminar la posibilidad de cualquier malentendido, se decidió elegir en común delegados de entre todos nosotros los 24 y enviar a esos delegados a explicarse con los camaradas Mártov y Starover. Los delegados elegidos, camaradas Sorokin y Sablina, fueron y explicaron que nadie atribuye a Mártov o a Starover específicamente la lista, sobre todo después de su declaración, y que no es en absoluto relevante si esta lista procede de la minoría de la organización de «Iskra» o de la minoría del congreso no perteneciente a dicha organización. ¡Pues no se va a hacer en el congreso una investigación, realmente! ¡ni a interrogar a todos los delegados sobre tal lista! Pero los camaradas Mártov y Starover, además, nos escribieron otra carta con una refutación formal (ver § i). Esa carta fue leída por nuestros plenipotenciarios, camaradas Sorokin y Sablina, en la reunión de los 24. Parecería que el incidente podía ya darse por concluido, concluido no en el sentido de indagar el origen de la lista (si a alguien le interesa), sino en el sentido de la más completa eliminación de cualquier pensamiento sobre alguna intención de «perjudicar a la minoría» o «desacreditar» a alguien o de valerse de una «falsificación en interés de la lucha fraccional». Entre tanto, el camarada Mártov, en la Liga (págs. 63-64), vuelve a sacar a relucir esta suciedad desenterrada por su imaginación enferma, haciendo toda una serie de comunicaciones inexactas (debido, al parecer, a su estado de excitación). Decía que en la lista figuraba un bundista. Eso es falso. Todos los testigos en el tribunal arbitral, incluidos los camaradas Stein y Belov, confirman que la lista traía al camarada Egórov. El camarada Mártov decía que la lista significaba una coalición en el sentido de un acuerdo directo. Eso es falso, como ya he explicado. El camarada Mártov dice que otras listas, procedentes de la minoría de la organización de «Iskra» (y capaces de apartar de esa minoría a la mayoría del congreso), «ni siquiera fueron falsificadas». Eso es falso, pues toda la mayoría del congreso del partido conocía no menos de tres listas procedentes del camarada Mártov y Cía. y que no obtuvieron la aprobación de la mayoría (ver la hoja de Liádov y Gorin).

¿Por qué, en general, indignaba tanto esa lista al camarada Mártov? Porque la lista significaba un giro hacia el ala derecha del partido. Entonces el camarada Mártov clamaba contra la «falsa acusación de oportunismo», se indignaba por la «caracterización incorrecta de su posición política», y ahora todos y cada uno ven que la cuestión de si determinada lista pertenecía al camarada Mártov y al camarada Deych no pudo desempeñar ningún significado político; que, en esencia, con independencia de esa lista ni de ninguna otra, la acusación no era falsa, sino verdadera, y la caracterización de la posición política era completamente correcta.

El balance de este penoso y forzado caso sobre la supuesta lista falsa es el siguiente:

1) El atentado del camarada Mártov contra el honor del camarada Gúsev mediante gritos sobre el «hecho vergonzoso de la falsificación de la lista en interés de la lucha fraccional» no puede dejar de calificarse, junto con los camaradas Gorin y Liádov, de indigno.

2) En interés de sanear la atmósfera y de librar a los miembros del partido de la obligación de tomar en serio toda clase de exabruptos enfermizos, tal vez convendría que el tercer congreso estableciera una regla como la que figura en los estatutos orgánicos del Partido Obrero Socialdemócrata Alemán. El § 2 de dichos estatutos dispone: «No puede pertenecer al partido quien haya resultado culpable de una violación grave de los principios del programa del partido o de un acto deshonroso. La cuestión de la pertenencia ulterior al partido la decide un tribunal arbitral convocado por la directiva del partido. La mitad de los jueces son designados por quien propone la exclusión, la otra mitad por quien se quiere excluir, y el presidente lo designa la directiva del partido. Cabe apelar el fallo del tribunal arbitral ante la comisión de control o ante el congreso del partido». Una regla semejante puede servir como un buen instrumento de lucha contra todos aquellos que lanzan acusaciones a la ligera (o difunden rumores) sobre cualquier cosa deshonrosa. Existiendo tal regla, todas esas acusaciones quedarían remitidas de una vez para siempre a chismes indignos, en tanto que quienes acusan no encuentren el valor moral de presentarse ante el partido en calidad de acusadores y de pugnar por que la instancia partidaria competente emita un veredicto.