Antes de pasar a las discusiones ulteriores sobre los estatutos, es necesario, para esclarecer nuestra divergencia en cuanto a la composición personal de los organismos centrales, referirnos a las sesiones privadas de la organización de *Iskra* que tuvieron lugar durante el congreso. La última y más importante de estas cuatro sesiones se celebró precisamente después de la votación sobre el artículo primero de los estatutos; de tal modo que la escisión de la organización de *Iskra*, producida en esa sesión, fue, tanto cronológica como lógicamente, la condición previa de la lucha ulterior.

Las sesiones privadas de la organización de *Iskra* comenzaron poco después del incidente con el OK, que dio motivo para discutir la cuestión de las posibles candidaturas al Comité Central. De suyo se comprende que, en virtud de la anulación de los mandatos imperativos, estas sesiones tenían un carácter exclusivamente consultivo que a nadie obligaba, pero su importancia era, sin embargo, enorme. La elección del Comité Central presentaba dificultades considerables para los delegados que no conocían ni los nombres conspirativos ni el trabajo interno de la organización de *Iskra*, organización que había creado la unidad efectiva del partido y que había realizado la dirección del movimiento práctico, lo cual fue uno de los motivos para el reconocimiento oficial de *Iskra*. Ya hemos visto que, estando unidos los iskristas, tenían asegurada una amplia mayoría, de hasta 3/5, en el congreso, y todos los delegados lo comprendían perfectamente. Todos los iskristas esperaban justamente que la organización de *Iskra* se pronunciase con una recomendación de determinada composición personal del Comité Central, y ni un solo miembro de esta organización objetó ni una palabra contra la discusión previa, dentro de ella, de la composición del Comité Central; ni uno solo insinuó la confirmación de toda la composición del OK, es decir, su transformación en Comité Central; ni uno solo insinuó siquiera la consulta con toda la composición del OK sobre los candidatos al Comité Central. Esta circunstancia es también sumamente característica, y es de extrema importancia tenerla presente, pues ahora los martovistas, retrospectivamente, defienden con afán al OK, demostrando solo con ello, una y cien veces, su falta de carácter político. Mientras la escisión por la composición de los centros no unió a Mártov con los akímovistas, para todos estaba claro en el congreso –algo de lo que puede convencerse fácilmente, consultando las actas del congreso y toda la historia de *Iskra*, toda persona imparcial–, a saber: que el OK había sido principalmente una comisión encargada de convocar el congreso, una comisión compuesta adrede con representantes de diferentes tendencias, incluida la bundista; mientras que el verdadero trabajo de crear la unidad organizativa del partido lo había echado enteramente sobre sus hombros la organización de *Iskra* (hay que tener en cuenta también que en el congreso faltaron de modo completamente casual varios miembros iskristas del OK, tanto por causa de detenciones como por otras circunstancias «independientes»). La composición de la organización de *Iskra* presente en el congreso ya fue dada en el folleto del camarada Pávlovich (véase su «Carta sobre el II Congreso», pág. 13). El resultado final de los acalorados debates en la organización de *Iskra* fueron dos votaciones, ya mencionadas por mí en la «Carta a la redacción». Primera votación: «se rechaza una de las candidaturas apoyadas por Mártov, por nueve votos contra cuatro, con tres abstenciones». Parecería que nada pudiera ser más simple y natural que este hecho: de común acuerdo de los dieciséis miembros de la organización de *Iskra* presentes en el congreso, se discute la cuestión de las posibles candidaturas y la mayoría rechaza una de las candidaturas del camarada Mártov (concretamente, la candidatura del camarada Stein, como ya lo ha soltado ahora, sin poder contenerse, el propio camarada Mártov, pág. 69 de «Estado de sitio»). Pues al congreso del partido habíamos acudido, entre otras cosas, justamente para discutir y decidir la cuestión de a quién se debía entregar la «batuta de director», y nuestra común obligación de partido consistía en dedicar a este punto del orden del día la más seria atención, en decidir esta cuestión desde el punto de vista de los intereses de la causa y no de las «sensiblerías pequeño-burguesas», como con toda razón se expresó después el camarada Rusov. Claro está que, al discutir la cuestión de los candidatos en el congreso, era imposible no aludir también a determinadas cualidades personales, era imposible no expresar aprobación o desaprobación, máxime en una reunión oficiosa y restringida. Y ya en el congreso de la Liga advertí yo que es absurdo considerar la desaprobación de una candidatura como algo «denigrante» (pág. 49 de las actas de la Liga), que es absurdo hacer una «escena» y montar en histeria por aquello que entra en el cumplimiento directo de la obligación partidista de elegir a los funcionarios consciente y prudentemente. ¡Y he aquí que para nuestra minoría ahí está precisamente el quid de la cuestión; empezaron a gritar, después del congreso, sobre la «destrucción de la reputación» (pág. 70 de las actas de la Liga) y a asegurar por escrito al gran público que el camarada Stein era la «principal figura» del antiguo OK y que se le acusaba infundadamente de «ciertos planes infernales» (pág. 69 de «Estado de sitio»). Pues bien, ¿no es histeria gritar sobre la «destrucción de la reputación» a causa de la aprobación o desaprobación de candidatos? ¿No es una intriga mezquina cuando, habiendo sufrido una derrota tanto en la reunión privada de la organización de *Iskra* como en la reunión oficial, en la suprema asamblea del partido, en el congreso, luego la gente se queja ante la opinión pública y recomienda al respetable público a los candidatos rechazados como «principales figuras»? ¿Cuándo luego la gente impone sus candidatos al partido mediante la escisión y la exigencia de cooptación? ¡Hasta tal punto se han mezclado los conceptos políticos en la enrarecida atmósfera del extranjero, que el camarada Mártov ya no sabe distinguir el deber del partido del espíritu de camarilla y el compadrazgo! Debe de ser burocratismo y formalismo pensar que la cuestión de los candidatos es lícito discutirla y resolverla solo en los congresos, donde los delegados se reúnen para discutir, ante todo, importantes cuestiones de principio, donde se encuentran representantes del movimiento capaces de abordar con imparcialidad la cuestión de las personas, capaces (y obligados) a recabar y reunir todos los datos sobre los candidatos para emitir un voto decisivo, donde el dedicar cierto espacio a las disputas por la batuta de director es natural y necesario. En lugar de este punto de vista burocrático y formalista, tenemos ahora otras costumbres: después de los congresos, andaremos diciendo a diestro y siniestro que se ha enterrado políticamente a Iván Ivánovich y que se ha destruido la reputación de Iván Nikíforovich; los candidatos serán recomendados en folletos por unos u otros literatos, y a la vez aseguramos farisaicamente, golpeándonos el pecho: no es una camarilla, es el partido… El público lector, de entre aquellos ávidos de escándalos, saboreará con fruición esta noticia sensacional: que fulano era la principal figura del OK, según asegura el propio Mártov. Este público lector es mucho más capaz de discutir y decidir la cuestión que las instituciones formalistas como los congresos, con sus toscas y mecánicas decisiones por mayoría… ¡Sí, aún quedan grandes establos de Augías de la intriga del extranjero por limpiar para nuestros verdaderos militantes del partido!

Otra votación de la organización de *Iskra*: «se aprueba por diez votos contra dos, con cuatro abstenciones, una lista de cinco (para el CC) en la que se incluye, a propuesta mía, a un dirigente de los elementos no iskristas y a un dirigente de la minoría iskrista». Esta votación es sumamente importante, pues demuestra clara e irrefutablemente toda la falsedad de las patrañas que surgieron después, en la atmósfera de intriga, de que nosotros queríamos echar del partido o apartar a los no iskristas, de que la mayoría elegía solo por una mitad del congreso de entre una sola mitad, etc. Todo eso es pura falsedad. La votación que he citado muestra que no solo del partido, sino incluso del Comité Central, no apartábamos a los no iskristas, sino que concedíamos a nuestros oponentes una minoría muy considerable. Todo el asunto consistió en que ellos querían tener la mayoría y, cuando este modesto deseo no se realizó, armaron un escándalo, negándose por completo a participar en los centros. Que las cosas ocurrieron así precisamente, contrariamente a lo afirmado por el camarada Mártov en la Liga, se desprende de la siguiente carta que nos fue enviada, a la mayoría de los iskristas (y a la mayoría del congreso, tras la retirada de los siete), por la minoría de la organización de *Iskra*, poco después de aprobarse el artículo 1 de los estatutos en el congreso (hay que señalar que la reunión de la organización de *Iskra* de la que he hablado fue la última: después de ella, la organización de hecho se desintegró, y ambas partes se esforzaban por convencer de su razón a los demás delegados del congreso).

He aquí el texto de la carta:

«Habiendo escuchado las explicaciones de los delegados Sorokin y Sáblina acerca del deseo de la mayoría de la redacción y del grupo “Emancipación del Trabajo” de participar en la reunión (de tal fecha), y habiendo comprobado con ayuda de estos delegados que en la reunión anterior se leyó una lista de candidatos al CC presentada como procedente de nosotros, lista que fue utilizada para caracterizar erróneamente toda nuestra posición política, y teniendo en cuenta, en primer lugar, que se nos ha atribuido esa lista sin el menor intento de verificar su procedencia; en segundo lugar, que esta circunstancia está indudablemente relacionada con la acusación abiertamente difundida de oportunismo contra la mayoría de la redacción de *Iskra* y del grupo “Emancipación del Trabajo”; y, en tercer lugar, que para nosotros es del todo clara la vinculación de esta acusación con un plan perfectamente definido de modificar la composición de la redacción de *Iskra*, consideramos que las explicaciones que se nos han dado sobre las razones para no admitirnos en la reunión no nos satisfacen, y que la negativa a admitirnos en la reunión es una prueba de que no se nos quiere dar la oportunidad de disipar las falsas acusaciones antes mencionadas.

En cuanto a un posible acuerdo entre nosotros sobre una lista común de candidatos al CC, declaramos que la única lista que podemos aceptar como base de acuerdo es la siguiente: Popov, Trotski, Glébov, y subrayamos el carácter de esta lista como lista de compromiso, ya que la inclusión en ella del camarada Glébov tiene únicamente el valor de una concesión a los deseos de la mayoría, pues, después de habérsenos aclarado el papel del camarada Glébov en el congreso, no consideramos que el camarada Glébov satisfaga las exigencias que deben plantearse a un candidato al CC.

Al mismo tiempo, subrayamos la circunstancia de que, al entablar negociaciones sobre las candidaturas al CC, lo hacemos sin relación alguna con la cuestión de la composición de la redacción del Órgano Central, ya que no estamos dispuestos a entablar negociación alguna sobre este punto (la composición de la redacción).»

Esta carta, que reproduce fielmente el estado de ánimo de las partes contendientes y la situación del debate, nos introduce de lleno en el «meollo» de la escisión incipiente y revela sus verdaderas causas. ¡La minoría de la organización de *Iskra*, no queriendo ponerse de acuerdo con la mayoría y prefiriendo la agitación libre en el congreso (teniendo, desde luego, pleno derecho a ello), pretende, sin embargo, que los «delegados» de la mayoría le franqueen la entrada en su reunión privada! Es comprensible que esta curiosa exigencia fuera acogida en nuestra reunión (la carta, por supuesto, fue leída en la reunión) con sonrisas y encogimiento de hombros, y que las exclamaciones, rayando ya en la histeria, acerca de las «falsas acusaciones de oportunismo» provocaran directamente la risa. Pero analicemos primero, punto por punto, las amargas quejas de Mártov y Starovier.

Se les ha atribuido erróneamente una lista; se caracteriza erróneamente su posición política. – Pero como reconoce el propio Mártov (pág. 64 de las actas de la Liga), a mí ni se me ocurrió poner en duda la veracidad de sus palabras de que no es él el autor de la lista. La cuestión de la autoría no viene aquí al caso en absoluto, y el que la lista hubiese sido confeccionada por uno de los iskristas o por uno de los representantes del «centro», etc., no tiene la menor importancia. Lo importante es que esta lista, compuesta íntegramente por miembros de la actual minoría, circuló en el congreso, aunque solo fuera como simple conjetura o suposición. Y lo más importante, en fin, es que en el congreso el camarada Mártov tuvo que defenderse con uñas y dientes de semejante lista, la cual ahora debería haber acogido con entusiasmo. ¡No se puede describir de manera más plástica la inestabilidad en la apreciación de las personas y las tendencias que con este salto, en un par de meses, de los gritos sobre un «rumor infamante» a imponer al partido, para el centro, a esos mismos candidatos de la lista supuestamente infamante!

Esta lista –dijo el camarada Mártov en el congreso de la Liga– «significaba políticamente una coalición nuestra y de *Iuzhni Rabochi* con el Bund, una coalición en el sentido de un acuerdo directo» (pág. 64). Esto es inexacto, ya que, en primer lugar, el Bund jamás habría aceptado un «acuerdo» sobre una lista en la que no figuraba ni un solo bundista; y, en segundo lugar, de un acuerdo directo (que a Mártov le parecía vergonzoso) no se trató ni podía tratarse, no solo con el Bund, sino tampoco con el grupo *Iuzhni Rabochi*. No se trataba precisamente de un acuerdo, sino de una coalición; no de que el camarada Mártov concertara un pacto, sino de que inevitablemente debían apoyarlo aquellos mismos elementos antiiskristas y vacilantes contra los que él había luchado durante la primera mitad del congreso y que se agarraron a su error en el artículo 1 de los estatutos. La carta que he citado demuestra de la manera más incontrovertible que la raíz del «agravio» residía precisamente en la acusación abierta, y además falsa, de oportunismo. Estas «acusaciones», que fueron el motivo de la trifulca y que el camarada Mártov soslaya ahora tan cuidadosamente, a pesar de habérselo yo recordado en mi «Carta a la redacción», eran de dos clases: primera, durante los debates sobre el artículo 1 de los estatutos, Plejánov dijo sin ambages que la cuestión de ese artículo era la cuestión de «separar» de nosotros a «toda clase de representantes del oportunismo», y que en favor de mi proyecto, como baluarte contra su invasión en el partido, «ya solo por esto debían votar todos los adversarios del oportunismo» (pág. 246 de las actas del congreso). Estas enérgicas palabras, pese a la ligera atenuación que yo introduje en ellas (pág. 250), causaron sensación, claramente reflejada en los discursos de los camaradas Rusov (pág. 247), Trotski (pág. 248) y Akímov (pág. 253). En los «pasillos» de nuestro «parlamento», la tesis de Plejánov fue vivamente comentada y variada de mil modos en las interminables discusiones sobre el artículo 1. ¡Y he aquí que, en vez de defenderse en lo sustancial, nuestros queridos camaradas se entregaron a un ridículo resentimiento, llegando hasta las quejas por escrito sobre la «falsa acusación de oportunismo»!

La psicología del espíritu de camarilla y de una asombrosa inmadurez partidista, incapaz de soportar la brisa fresca de los debates abiertos ante todos, se puso aquí de manifiesto. ¡Es esa psicología, tan familiar al hombre ruso, que se expresa en el viejo refrán: o te pego en los dientes, o dame la mano! Las gentes se han acostumbrado de tal modo a la campana de vidrio de una compañía estrecha y cálida, que se desmayaron ante la primera intervención por su propia responsabilidad en la arena libre y abierta. ¡Acusar, y acusar a quién! Al grupo «Emancipación del Trabajo», y además a su mayoría, de oportunismo… ¡imaginaos tamaño horror! O la escisión del partido por tan imperdonable ofensa, o echar tierra a esta «desazón doméstica» restableciendo la «continuidad» de la campana de vidrio: tal es el dilema que ya se perfila con bastante claridad en la carta examinada. La psicología del individualismo intelectual y del espíritu de camarilla chocó con la exigencia de comparecer abiertamente ante el partido. ¡Imagínense ustedes que en el partido alemán fuera posible semejante absurdo, semejante intriga mezquina como una queja por una «falsa acusación de oportunismo»! La organización y la disciplina proletarias han curado hace tiempo allí de esa blandenguería intelectual. Nadie siente sino el mayor respeto por Liebknecht, pongamos por caso, ¡pero cómo se habrían reído allí de las quejas de que fue «acusado abiertamente de oportunismo» (junto con Bebel) en el congreso de 1895, cuando, en la cuestión agraria, se encontró en la mala compañía del notorio oportunista Vollmar y sus amigos! El nombre de Liebknecht está indisolublemente ligado a la historia del movimiento obrero alemán, no, por supuesto, porque Liebknecht tuviera la desgracia de caer en el oportunismo en un problema tan relativamente pequeño y particular, sino a pesar de ello. Y de igual modo, a pesar de toda la irritación de la lucha, el nombre, por ejemplo, del camarada Axelrod inspira e inspirará siempre respeto a todo socialdemócrata ruso, pero no porque el camarada Axelrod tuviera la ocurrencia de defender una ideílla oportunista en el segundo congreso de nuestro partido, y la ocurrencia de desenterrar viejas tonterías anarquistas en el segundo congreso de la Liga, sino a pesar de ello. Solo el más anquilosado espíritu de camarilla, con su lógica de «o te pego en los dientes, o dame la mano», podía montar en histeria, armar una intriga y provocar la escisión del partido por la «falsa acusación de oportunismo contra la mayoría del grupo “Emancipación del Trabajo”».

El otro fundamento de esta terrible acusación está vinculado del modo más inseparable al anterior (el camarada Mártov intentó vanamente, en el congreso de la Liga –pág. 63– soslayar y velar uno de los aspectos de este incidente). Se refiere precisamente a esa coalición de los elementos antiiskristas y vacilantes con el camarada Mártov que se perfiló a raíz del artículo 1 de los estatutos. Por supuesto, no hubo ni pudo haber acuerdo alguno, ni directo ni indirecto, entre el camarada Mártov y los antiiskristas, y nadie le ha sospechado tal cosa: solo a él, de puro miedo, se lo pareció. Pero su error se puso de manifiesto políticamente en que personas indudablemente inclinadas al oportunismo empezaron a formar en torno suyo una mayoría «compacta» cada vez más densa (que solo se ha convertido ahora en minoría gracias a la retirada «casual» de siete delegados). De esta «coalición» hablamos nosotros, por supuesto, también abiertamente, tanto inmediatamente después de lo del artículo 1 en el congreso (véase la observación ya señalada más arriba del camarada Pávlovich, pág. 255 de las actas del congreso) como en la organización de *Iskra* (señaló esto particularmente, según recuerdo, Plejánov). Es literalmente la misma indicación y la misma mofa que recayó también sobre Bebel y Liebknecht en 1895, cuando Zetkin les dijo: «Es tut mir in der Seele weh, daß ich dich in der Gesellschaft seh’» (me duele en el alma verte –es decir, a Bebel– en semejante compañía –es decir, con Vollmar y Cía.). Es realmente extraño que Bebel y Liebknecht no enviaran entonces a Kautsky y a Zetkin un histérico mensaje sobre una falsa acusación de oportunismo…

En lo tocante a la lista de candidatos al CC, esta carta evidencia el error del camarada Mártov, quien afirmó en la Liga que la negativa a llegar a un acuerdo con nosotros no era aún definitiva; un ejemplo de más de cuán poco razonable es, en la lucha política, tratar de reconstruir de memoria las conversaciones en lugar de consultar los documentos. En realidad, la «minoría» era tan modesta que planteaba a la «mayoría» un ultimátum: tomar a dos de la «minoría» y a uno (¡a modo de compromiso y solo como concesión, propiamente!) de la «mayoría». Es monstruoso, pero es un hecho. Y este hecho demuestra patentemente cuán absurdas son las actuales patrañas de que «la mayoría, con una mitad del congreso, elegía a representantes de una sola mitad». Todo lo contrario: ¡los martovistas nos ofrecían, solo como concesión, a uno de los tres, queriendo, por consiguiente, en caso de que no aceptáramos esa original «concesión», hacer pasar a todos los suyos! En nuestra reunión privada nos reímos de la modestia de los martovistas y confeccionamos nuestra propia lista: Glébov, Travinski (elegido luego para el CC) y Popov. A este último lo sustituimos (también en la reunión privada de los 24) por el camarada Vasíliev (elegido luego para el CC) solo porque el camarada Popov se negó a figurar en nuestra lista; se negó primero en una conversación privada, y luego abiertamente en el congreso (pág. 338).

Así fue como ocurrieron las cosas.

La modesta «minoría» albergaba el modesto deseo de ser mayoría. Cuando este modesto deseo no fue satisfecho, la «minoría» tuvo a bien renunciar por completo y armar un pequeño escándalo. ¡Y ahora todavía hay gentes que discursean con magisterio y condescendencia sobre la «intransigencia» de la «mayoría»!

La «minoría» planteaba divertidos ultimátums a la «mayoría», yendo a la batalla de la libre agitación en el congreso. Tras sufrir la derrota, nuestros héroes rompieron a llorar y empezaron a gritar sobre el estado de sitio. Voilà tout.

La terrible acusación de que teníamos la intención de modificar la composición de la redacción la acogimos (la reunión privada de los 24) también con una sonrisa: todos sabían perfectamente, desde el comienzo mismo del congreso e incluso antes de él, el plan de renovar la redacción mediante la elección de una troika inicial (hablaré de esto más detalladamente cuando se trate de la elección de la redacción en el congreso). El que la «minoría» se asustara de este plan, después de ver que una magnífica confirmación de lo acertado del mismo era precisamente la coalición de la «minoría» con los antiiskristas, no nos sorprendió; era del todo natural. No podíamos, por supuesto, tomar en serio la proposición de convertirnos, por nuestra propia voluntad, antes de la lucha en el congreso, en minoría, ni podíamos tomar en serio toda la carta, cuyos autores habían llegado a tal grado increíble de irritación que hablaban de «falsas acusaciones de oportunismo». Firme era nuestra esperanza de que el deber del partido prevalecería muy pronto sobre el natural deseo de «desahogarse».