El artículo de la camarada Rosa Luxemburgo en los números 42 y 43 de «Die Neue Zeit»{18} es un análisis crítico de mi libro ruso sobre la crisis en nuestro partido[13]. No puedo dejar de expresar mi agradecimiento a los camaradas alemanes por su atención a nuestra literatura partidaria, por sus intentos de familiarizar a la socialdemocracia alemana con esta literatura, pero debo señalar que el artículo de Rosa Luxemburgo en «Neue Zeit» familiariza a los lectores no con mi libro, sino con algo distinto. Esto se desprende de los siguientes ejemplos. La camarada Luxemburgo dice, por ejemplo, que en mi libro se expresa de manera clara y nítida la tendencia de un «centralismo que no tiene en cuenta nada». La camarada Luxemburgo supone, por tanto, que yo defiendo un sistema organizativo contra algún otro. Pero en realidad no es así. A lo largo de todo el libro, desde la primera hasta la última página, defiendo los principios elementales de cualquier sistema de cualquier organización partidaria concebible. En mi libro no se examina la cuestión de la diferencia entre uno u otro sistema organizativo, sino la cuestión de cómo debe apoyarse, criticarse y corregirse cualquier sistema, sin contradecir los principios del partido. Rosa Luxemburgo dice más adelante que «según su concepción (la de Lenin) se otorgan al Comité Central plenos poderes para organizar todos los comités locales del partido». En realidad esto no es cierto. Mi opinión sobre esta cuestión puede ser documentada con el proyecto de estatutos de la organización partidaria que yo presenté. En ese proyecto no hay ni una palabra sobre el derecho a organizar los comités locales. La comisión elegida en el congreso del partido para elaborar los estatutos del partido incluyó en ellos este derecho, y el congreso del partido aprobó el proyecto de la comisión. A esta comisión, además de mí y de otro partidario de la mayoría, fueron elegidos tres representantes de la minoría del congreso del partido; por consiguiente, en esta comisión, que otorgó al Comité Central el derecho a organizar los comités locales, precisamente tres adversarios míos se impusieron. La camarada Rosa Luxemburgo ha mezclado dos hechos distintos. En primer lugar, mezcló mi proyecto organizativo con el proyecto modificado de la comisión, por una parte, y, por otra, con los estatutos organizativos aprobados por el congreso del partido; en segundo lugar, mezcló la defensa de una determinada exigencia de un determinado párrafo de los estatutos (de ningún modo es cierto que en esa defensa yo no tuviera en cuenta nada, ya que en el pleno no objeté la enmienda introducida por la comisión) con la defensa (¿no es verdad, genuinamente «ultracentralista»?) de la tesis de que los estatutos aprobados por el congreso del partido deben aplicarse mientras no sean modificados por un nuevo congreso. Esta tesis («puramente blanquista», como el lector puede fácilmente notar) la defendí, en efecto, «sin tener en cuenta nada» en mi libro. La camarada Luxemburgo dice que según mi opinión «el Comité Central es el único núcleo activo del partido». En realidad esto no es verdad. Yo nunca he defendido esta opinión. Por el contrario, mis oponentes (la minoría del II Congreso del partido) me acusaban en sus escritos de no defender suficientemente la independencia y la autonomía del Comité Central y de subordinarlo demasiado a la redacción del Órgano Central en el extranjero y al Consejo del Partido. A esta acusación respondí en mi libro que, cuando la mayoría del partido tenía preponderancia en el Consejo del Partido, nunca hizo intentos de limitar la autonomía del Comité Central; pero esto ocurrió inmediatamente en cuanto el Consejo del Partido se convirtió en un instrumento de lucha en manos de la minoría. La camarada Rosa Luxemburgo dice que en la socialdemocracia rusa no existe ninguna duda sobre la necesidad de un partido único y que toda la disputa se concentra en torno a la cuestión de una mayor o menor centralización. En realidad esto no es cierto. Si la camarada Luxemburgo se hubiera tomado el trabajo de familiarizarse con las resoluciones de los numerosos comités locales del partido que forman la mayoría, habría comprendido fácilmente (esto se ve con especial claridad en mi libro) que nuestra disputa versaba, principalmente, sobre si el Comité Central y el Órgano Central debían representar la orientación de la mayoría del congreso del partido o no. Sobre esta exigencia «ultracentralista» y «puramente blanquista»{19} la estimada camarada no dice ni una palabra, prefiriendo declamar contra la subordinación mecánica de la parte al todo, contra la sumisión servil, contra la obediencia ciega, etc., etc. Estoy muy agradecido a la camarada Luxemburgo por la explicación de la profunda idea de que la sumisión servil es perniciosa para el partido, pero me gustaría saber si la camarada considera normal, si puede admitir, si ha visto en algún partido que en los órganos centrales, que se denominan órganos del partido, predomine la minoría del congreso del partido. La camarada Rosa Luxemburgo me atribuye la idea de que en Rusia ya existen todas las premisas para organizar un gran partido obrero altamente centralizado. De nuevo una inexactitud fáctica. En ninguna parte de mi libro he defendido esta idea, ni siquiera la he expresado. La tesis que yo sostenía expresaba y expresa algo distinto. A saber, subrayaba que ya están dadas todas las premisas para que las decisiones del congreso del partido sean reconocidas, y que ha pasado ya hace mucho el tiempo en que se podía sustituir el colegio del partido por un círculo privado. Aportaba pruebas de que algunos académicos en nuestro partido revelaban su inconsecuencia e inestabilidad y que no tienen ningún derecho a cargar su indisciplina sobre el proletario ruso. Los obreros rusos ya en repetidas ocasiones y en distintas circunstancias se han pronunciado a favor del cumplimiento de las resoluciones del congreso del partido. Es directamente ridículo cuando la camarada Luxemburgo califica semejante opinión de «optimista» (¿no habría que considerarla más bien «pesimista»?) y no dice ni una palabra sobre la base fáctica de mi posición. La camarada Luxemburgo dice que yo ensalzo el valor educativo de la fábrica. Esto es falso. No fui yo, sino mi adversario, quien afirmó que yo me represento el partido en forma de una fábrica. Yo me burlé de él como corresponde y, basándome en sus palabras, demostré que confunde dos aspectos distintos de la disciplina fabril, cosa que, por desgracia, también le ha ocurrido a la camarada R. Luxemburg[14].

La camarada Luxemburgo dice que yo, con mi definición del socialdemócrata revolucionario como un jacobino vinculado a la organización de los obreros con conciencia de clase, quizá he dado una caracterización más aguda de mi punto de vista de lo que podría hacerlo cualquier adversario mío. Otra inexactitud fáctica. No fui yo, sino P. Axelrod, el primero que habló de jacobinismo. Axelrod fue el primero en comparar nuestras agrupaciones partidarias con las agrupaciones de la época de la gran revolución francesa. Yo sólo señalé que esta comparación es admisible únicamente en el sentido de que la división de la socialdemocracia contemporánea en revolucionaria y oportunista corresponde, hasta cierto punto, a la división en montañeses y girondinos{20}. Una comparación semejante fue hecha con frecuencia por la vieja «Iskra»{21}, reconocida por el congreso del partido. Precisamente reconociendo esa división, la vieja «Iskra» luchó contra el ala oportunista de nuestro partido, contra la corriente de «Rabócheie Dielo». Rosa Luxemburgo confunde aquí la correlación entre dos corrientes revolucionarias de los siglos XVIII y XX con la identificación de esas corrientes mismas. Por ejemplo, si digo que el Pequeño Scheidegg, comparado con el Jungfrau, es como una casa de dos pisos comparada con una de cuatro, esto no significa que yo identifique la casa de cuatro pisos con el Jungfrau. Del campo visual de la camarada Luxemburgo ha desaparecido por completo el análisis fáctico de las distintas corrientes de nuestro partido. Y precisamente a este análisis, basado en las actas de nuestro congreso partidario, dedico la mayor mitad de mi libro, y en la introducción llamo especialmente la atención sobre ello. Rosa Luxemburgo quiere hablar de la situación actual de nuestro partido e ignora por completo, al hacerlo, nuestro congreso partidario, que es, justamente, el que puso los cimientos reales de nuestro partido. ¡Hay que reconocer que esto es una empresa arriesgada! Tanto más arriesgada cuanto que, como he señalado centenares de veces en mi libro, mis adversarios ignoran nuestro congreso partidario, y precisamente por eso todas sus afirmaciones carecen de toda base fáctica.

Exactamente el mismo error fundamental comete la camarada Rosa Luxemburgo. Se limita a repetir frases vacías, sin darse el trabajo de aclarar su sentido concreto. Asusta con diversos horrores sin haber estudiado la base real del debate. Me atribuye lugares comunes, principios y consideraciones universalmente conocidos, verdades absolutas, y procura silenciar las verdades relativas, que se basan en hechos rigurosamente determinados y con las que yo únicamente opero. Y encima se queja del esquematismo e invoca la dialéctica de Marx. Pero precisamente el artículo de la estimada camarada contiene exclusivamente esquemas inventados, y precisamente su artículo contradice el abecé de la dialéctica. Ese abecé afirma que no existe ninguna verdad abstracta, la verdad es siempre concreta. La camarada Rosa Luxemburgo ignora majestuosamente los hechos concretos de nuestra lucha partidaria y se dedica generosamente a declamar sobre cuestiones que es imposible discutir seriamente. Citaré el último ejemplo del segundo artículo de la camarada Luxemburgo. Cita mis palabras de que tal o cual redacción de los estatutos organizativos puede servir como un arma más o menos afilada en la lucha contra el oportunismo[15]. Sobre qué formulaciones hablaba yo en mi libro y hablábamos todos nosotros en el congreso del partido, Rosa Luxemburgo no dice ni una palabra. Qué polémica sostuve yo en el congreso del partido, contra quién formulé mis tesis, la camarada no lo aborda en absoluto. En lugar de ello, se digna leerme toda una conferencia sobre el oportunismo... ¡en los países de parlamentarismo! Pero acerca de todas las variedades especiales y específicas del oportunismo, sobre los matices que adoptó entre nosotros en Rusia y de los que trata mi libro, no encontramos ni una palabra en su artículo.

La conclusión de todas estas reflexiones, sumamente agudas, es la siguiente: «Los estatutos del partido no deben ser por sí mismos (?? entiéndalo quien pueda) un arma para repeler el oportunismo, sino sólo un poderoso medio externo para hacer valer la influencia dirigente de la mayoría revolucionaria-proletaria del partido que existe de hecho». Completamente cierto. Pero cómo se formó esa mayoría realmente existente de nuestro partido, sobre esto Rosa Luxemburgo calla, y precisamente de esto hablo en mi libro. También calla sobre qué influencia defendíamos Plejánov y yo con ayuda de este poderoso medio externo. Sólo puedo añadir que jamás, en ningún lugar, he dicho semejante absurdo: que los estatutos del partido sean un arma «por sí mismos».

La respuesta más correcta a semejante modo de interpretar mis puntos de vista sería la exposición de los hechos concretos de nuestra lucha partidaria. Entonces quedará claro para todos en qué medida los hechos concretos contradicen los lugares comunes y las abstracciones estereotipadas de la camarada Luxemburgo.

Nuestro partido fue creado en la primavera de 1898 en Rusia, en un congreso de representantes de varias organizaciones rusas{22}. El partido recibió el nombre de Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR). El Órgano Central fue el periódico «Rabóchaya Gazeta»{23}; la «Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero»{24} se convirtió en la representación del partido en el exterior. Poco después del congreso, el Comité Central del partido fue arrestado. «Rabóchaya Gazeta» dejó de publicarse tras el segundo número. Todo el partido se transformó en un conglomerado amorfo de organizaciones partidarias locales (llamadas comités). El único vínculo que unía a estos comités locales era un vínculo ideológico, puramente espiritual. Inevitablemente debía sobrevenir un período de divergencias, vacilaciones y escisiones. Los intelectuales, que en nuestro partido constituían un porcentaje mucho mayor que en los partidos de Europa occidental, se entusiasmaron con el marxismo como con una nueva moda. Este entusiasmo cedió muy pronto el paso, por un lado, a una admiración servil ante la crítica burguesa de Marx, y por otro, a un movimiento obrero puramente sindical (huelguismo, «economismo»). La divergencia entre la corriente intelectualista-oportunista y la corriente proletaria-revolucionaria condujo a la escisión de la «Unión» en el extranjero. El periódico «Rabóchaya Mysl» y la revista del extranjero «Rabócheie Dielo»{25} (esta última algo más débil) eran los portavoces del «economismo», rebajaban la importancia de la lucha política, negaban los elementos de la democracia burguesa en Rusia. Los críticos «legales» de Marx, los señores Struve, Tugán-Baranovski, Bulgákov, Berdiáiev y otros, se fueron decididamente a la derecha. En ningún lugar de Europa encontramos que el bernsteinismo{26} llegara tan rápidamente a su conclusión lógica, a la formación de una fracción liberal, como ocurrió entre nosotros en Rusia. Aquí, el señor Struve comenzó con la «crítica» en nombre del bernsteinismo y terminó organizando la revista liberal «Osvobozhdenie»{27}, liberal en el sentido europeo de la palabra. Plejánov y sus amigos, que habían salido de la «Unión» del extranjero, encontraron apoyo en los fundadores de «Iskra» y «Zariá»{28}. Estas dos revistas (algo de lo cual ha oído incluso la camarada Rosa Luxemburgo) llevaron a cabo una «brillante campaña de tres años» contra el ala oportunista del partido, una campaña de la «Montaña» socialdemócrata contra la «Gironda» socialdemócrata (esta es una expresión de la vieja «Iskra»), una campaña contra «Rabócheie Dielo» (los camaradas Krichevski, Akímov, Martínov y otros), contra el Bund{29} judío, contra las organizaciones rusas entusiasmadas con esa corriente (en primer lugar, contra la llamada «Organización Obrera»{30} de Petersburgo y el Comité de Vorónezh{31}).

Se hacía cada vez más evidente que no bastaba un vínculo puramente ideológico entre los comités. La necesidad de formar un partido realmente cohesionado, es decir, de realizar lo que apenas se había esbozado en 1898, se manifestaba con fuerza creciente. Finalmente, a fines de 1902 se formó un Comité Organizador que se propuso la tarea de convocar el II Congreso del partido{32}. En este CO, formado principalmente por la organización rusa de «Iskra», entró también un representante del Bund judío. En otoño de 1903 se celebró, al fin, el II Congreso, que terminó, por un lado, con la unificación formal del partido y, por otro, con su escisión en «mayoría» y «minoría». Estas divisiones no existían antes del congreso del partido. Sólo un análisis detallado de la lucha que tuvo lugar en el congreso puede explicar esta división. Por desgracia, los partidarios de la minoría (incluida la camarada Luxemburgo) evitan temerosos este análisis.

En mi libro, que tan peculiarmente ha presentado la camarada Luxemburgo a los lectores alemanes, dedico más de 100 páginas a un examen detallado de las actas del congreso (que constituyen un volumen de unas 400 páginas). Este análisis me llevó a dividir a los delegados, o mejor dicho a los votos (teníamos delegados con uno o dos votos), en cuatro grupos principales: 1) iskristas de la mayoría (partidarios de la orientación de la vieja "Iskra") – 24 votos, 2) iskristas de la minoría – 9 votos, 3) centro (llamado también en burla "el pantano") – 10 votos y, finalmente, 4) anti-iskristas – 8 votos, en total 51 votos. Analizo la participación de estos grupos en todas las votaciones que tuvieron lugar en el congreso del partido, y demuestro que en todas las cuestiones (programa, táctica y organización) el congreso del partido fue escenario de la lucha de los iskristas contra los anti-iskristas, con diversas vacilaciones del "pantano". Para cualquiera que esté aunque sea un poco familiarizado con la historia de nuestro partido, debe estar claro que no podía ser de otra manera. Pero todos los partidarios de la minoría (incluida R. Luxemburgo) cierran modestamente los ojos ante esta lucha. ¿Por qué? Precisamente esta lucha hace evidente toda la falsedad de la actual situación política de la minoría. Durante todo el tiempo de esta lucha en el congreso del partido, en decenas de cuestiones, en decenas de votaciones, los iskristas lucharon contra los anti-iskristas y el "pantano", que se ponía del lado de los anti-iskristas con tanto mayor decisión cuanto más concreta era la cuestión discutida, cuanto más definía positivamente el sentido fundamental del trabajo socialdemócrata, cuanto más realmente se esforzaba por llevar a la práctica los planes inquebrantables de la vieja "Iskra". Los anti-iskristas (especialmente el camarada Akímov y el delegado de la "Organización Obrera" de Petersburgo, el camarada Bruker, que siempre estaba de acuerdo con él, casi siempre el camarada Martínov y 5 delegados del Bund judío) estaban en contra del reconocimiento de la orientación de la vieja "Iskra". Defendían las viejas organizaciones particulares, votaron contra su subordinación al partido, contra su fusión con el partido (el incidente con el OC{33}, la disolución del grupo "Rabócheye Delo del Sur", el grupo más importante del "pantano", etc.). Lucharon contra los estatutos organizativos, redactados con espíritu de centralismo (14ª sesión del congreso), y acusaron entonces a todos los iskristas de querer introducir la "desconfianza organizada", la "ley de excepción" y otros horrores. Todos los iskristas, sin excepción, se rieron entonces de esto; es notable que la camarada Rosa Luxemburgo tome ahora todas estas invenciones como algo serio. En la abrumadora mayoría de las cuestiones vencieron los iskristas; predominaban en el congreso, lo que se ve claramente por los datos numéricos mencionados. Pero durante la segunda mitad de las sesiones del congreso, cuando se resolvían cuestiones menos de principios, vencieron los anti-iskristas – algunos iskristas votaron con ellos. Así ocurrió, por ejemplo, en la cuestión de la igualdad de derechos de todas las lenguas en nuestro programa; en esta cuestión, los anti-iskristas casi lograron derrotar a la comisión del programa e imponer su formulación. Así ocurrió también en la cuestión del primer párrafo de los estatutos, cuando los anti-iskristas, junto con el "pantano", impusieron la formulación de Mártov. Según esta redacción, se consideran miembros del partido no solo los miembros de una organización del partido (tal redacción defendíamos yo y Plejánov), sino también todas las personas que trabajan bajo el control de una organización del partido[16].

Lo mismo ocurrió en la cuestión de las elecciones al CC y a la redacción del Órgano Central. 24 iskristas formaron una mayoría cohesionada; llevaron a cabo el plan, largamente concebido, de renovación de la redacción: de seis viejos redactores fueron elegidos tres; la minoría la formaron 9 iskristas, 10 miembros del centro y 1 anti-iskrista (los restantes – 7 anti-iskristas, representantes del Bund judío y de "Rabócheye Delo" – abandonaron el congreso antes). Esta minoría quedó tan descontenta con las elecciones que decidió abstenerse de participar en las restantes elecciones. El camarada Kautsky tenía toda la razón cuando vio en el hecho de la renovación de la redacción la causa principal de la lucha posterior. Pero su opinión de que yo (¡sic!) "excluí" a tres camaradas de la redacción se explica solo por su total desconocimiento de nuestro congreso. En primer lugar, la no elección no es en absoluto lo mismo que la exclusión, y yo, por supuesto, no tenía derecho en el congreso a excluir a nadie, y en segundo lugar, el camarada Kautsky, al parecer, ni siquiera sospecha que el hecho de la coalición de anti-iskristas, del centro y de una pequeña parte de los partidarios de "Iskra" tenía también un significado político y no podía dejar de influir en el resultado de las elecciones. Quien no quiera cerrar los ojos ante lo que ocurrió en nuestro congreso, debe comprender que nuestra nueva división en minoría y mayoría es solo una variante de la vieja división en ala proletario-revolucionaria e intelectualista-oportunista de nuestro partido. Este es un hecho que no se puede eludir con ninguna interpretación, con ninguna burla.

Por desgracia, después del congreso, el significado de principio de esta escisión quedó empañado por las rencillas en torno a la cuestión de la cooptación. A saber, la minoría no quiso trabajar bajo el control de las instituciones centrales si los tres viejos redactores no eran cooptados de nuevo. Esta lucha duró dos meses. Los medios de lucha fueron el boicot y la desorganización del partido. 12 comités (de los 14 que se pronunciaron al respecto) condenaron enérgicamente estos métodos de lucha. La minoría se negó incluso a aceptar nuestra propuesta (proveniente de mí y de Plejánov) de expresar su punto de vista en las páginas de "Iskra". En el congreso de la Liga en el Extranjero se llegó al extremo de que los miembros de los órganos centrales fueron colmados de insultos personales e injurias (autócratas, burócratas, gendarmes, mentirosos, etc.). Se les acusaba de reprimir la iniciativa personal y de querer introducir la obediencia incondicional y la sumisión ciega, etc. Los intentos de Plejánov de calificar tal método de lucha de la minoría como anarquista no pudieron alcanzar su objetivo. Después de este congreso, Plejánov publicó su artículo, que hizo época y estaba dirigido contra mí, "¿Qué no hacer?" (en el nº 52 de "Iskra"). En este artículo decía que la lucha contra el revisionismo no debe significar necesariamente lucha contra los revisionistas; para todos estaba claro que con ello se refería a nuestra minoría. Decía además que a veces no hay que luchar contra el individualismo anárquico, tan profundamente arraigado en el revolucionario ruso; ciertas concesiones son a veces el mejor medio para someterlo y evitar la escisión. Yo salí de la redacción, ya que no podía compartir tal punto de vista, y los redactores de la minoría fueron cooptados. A continuación siguió la lucha por la cooptación en el Comité Central. Mi propuesta de concertar la paz con la condición de que la minoría conservara el OC y la mayoría el CC fue rechazada. La lucha continuó, se luchaba "por principios" contra el burocratismo, el ultracentralismo, el formalismo, el jacobinismo, el schweitzerianismo (precisamente a mí me llamaban el Schweitzer ruso) y otros horrores. Yo ridiculicé todas estas acusaciones en mi libro y señalé que esto es o una simple rencilla de cooptación o (si se debe considerar condicionalmente como "principios") nada más que frases oportunistas, girondinas. La minoría actual solo repite lo que el camarada Akímov y otros oportunistas reconocidos decían en nuestro congreso contra el centralismo defendido por todos los partidarios de la vieja "Iskra".

Los comités rusos estaban indignados por la transformación del OC en órgano de un círculo privado, órgano de rencillas de cooptación y de chismes de partido. Se aprobaron multitud de resoluciones que expresaban la más severa censura. Solo la llamada "Organización Obrera" de Petersburgo, ya mencionada por nosotros, y el Comité de Vorónezh (partidarios de la orientación del camarada Akímov) expresaron su satisfacción de principio por la orientación de la nueva "Iskra". Las voces que exigían la convocatoria del III Congreso se hacían cada vez más numerosas.

El lector que se tome la molestia de estudiar las fuentes primarias de nuestra lucha de partido comprenderá fácilmente que las declaraciones de la camarada Rosa Luxemburgo sobre el "ultracentralismo", sobre la necesidad de una centralización gradual, etc., de manera concreta y práctica son una burla de nuestro congreso, y de manera abstracta y teórica (si aquí se puede hablar de teoría) son una vulgarización directa del marxismo, una tergiversación de la auténtica dialéctica de Marx, etc.

Ni qué decir tiene el abandono en que se encuentra ahora el trabajo positivo, cuánto ha caído el prestigio de la socialdemocracia, cuán desmoralizado está todo el partido, porque han sido reducidas a la nada todas las resoluciones, todas las elecciones del II Congreso, así como a consecuencia de la lucha contra la convocatoria del III Congreso que libran las instituciones del partido responsables ante el partido.

Publicado por primera vez en 1930 en la Recopilación Leninista XV

Traducción del alemán