Escrito a finales de julio de 1904.

Publicado por primera vez en 1923 en las Obras de N. Lenin (V. Uliánov), tomo V

Se publica según el manuscrito

Recientemente tuvo lugar una reunión privada de 19 miembros del POSDR (entre ellos delegados del II Congreso, miembros de comités y de otras organizaciones del partido, y revolucionarios no pertenecientes a organizaciones del partido). Esta conferencia de correligionarios que comparten el punto de vista de la mayoría del II Congreso del Partido discutió la cuestión de nuestra crisis partidaria y los medios para salir de ella, y decidió dirigirse a todos los socialdemócratas rusos con el siguiente llamamiento.

¡Camaradas! La grave crisis del partido se prolonga hasta lo infinito. La confusión no cesa de crecer, engendrando nuevos y nuevos conflictos, obstaculizando en todos los frentes y en las proporciones más amenazantes el trabajo positivo, desgarrando cada vez más el vínculo entre el partido y su Órgano Central, que se ha convertido definitivamente en órgano de un círculo, y principalmente del círculo del extranjero. La rebusca de divergencias, el desenterramiento de viejas cuestiones hace tiempo resueltas y relegadas al pasado, el coqueteo con los oportunistas consecuentes, la increíble confusión en los razonamientos, el descarado menosprecio del congreso del partido, de sus debates y de sus resoluciones, la burla de la organización y la disciplina partidarias, de la mayoría de los revolucionarios que crearon el partido y llevan adelante el trabajo sobre el terreno, el rencoroso y quisquilloso regodeo, basado en datos indemostrables y en comunicaciones no verificadas de anónimos, a costa de las deficiencias del trabajo en los comités del ala revolucionaria del partido: he aquí lo que vemos en la nueva *Iskra*{2}, convertida en foco de confusión; he aquí lo que nos ha dado la redacción rechazada por el congreso, que se ha valido de concesiones personales para nuevas rencillas de cooptación, para la obra de destrucción del partido.

Y entre tanto, el momento histórico que vive Rusia exige de nuestro partido la tensión de todas sus fuerzas. La excitación revolucionaria en la clase obrera, la efervescencia en otras capas de la población no dejan de crecer; la guerra y la crisis, el hambre y el desempleo socavan cada vez más hondo las bases de la autocracia; el fin vergonzoso de una guerra vergonzosa no está ya tan lejano, y ese fin multiplicará por diez inevitablemente la excitación revolucionaria, pondrá a la clase obrera cara a cara con sus enemigos, exigirá las medidas ofensivas más resueltas de la socialdemocracia. Una organización partidaria cohesionada, una orientación revolucionario-marxista consecuente, el encauzamiento de la lucha interna del partido dentro de marcos decorosos y dignos, de modo que esa lucha no introduzca desorganización ni perturbe el trabajo positivo: estas exigencias perentorias de todo el movimiento obrero de Rusia deben ser realizadas de inmediato y a toda costa, so pena de perder por completo el buen nombre del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y toda la influencia por él conquistada.

Consideramos que el primer paso para alcanzar ese objetivo es introducir una claridad completa, franqueza y rectitud en las relaciones entre los diferentes grupos, orientaciones y matices de nuestro partido. No hay discusión: existen momentos en que el interés de la causa exige silenciar las divergencias parciales, pero sería el más lamentable e imperdonable error considerar como tal el momento que atraviesa nuestro partido. Las concesiones personales a la minoría no contuvieron la confusión; las cuestiones en litigio han sido ya planteadas sin ambages; se ha lanzado un desafío directo a todo el partido, y sólo la flojedad y la ignorancia pueden soñar con el retorno de un pasado irrecuperable, con la posibilidad de ocultar algo, de callar algo, de embadurnar algo, de esconderse de algo. No, la política de lavarse las manos, la política de la abstención pasiva, la política del *laissez faire, laissez passer*[1], ha demostrado ya su total inutilidad en nuestra lucha partidaria. La ulterior evasiva, la astucia y el silencio serían no sólo inútiles y despreciables, sino directamente criminales. Nosotros tomamos la iniciativa de exponer directamente todo el programa de nuestra lucha en el seno del partido, y llamamos a esa exposición a los representantes de todos y cada uno de los matices de los socialdemócratas rusos, tanto de los que están dentro del partido como de los que se proponen, en determinadas condiciones, ingresar en él. Sólo la claridad completa y la franqueza son capaces de dar a todos los obreros conscientes y a todos los miembros del partido material para una decisión razonada y firme de las cuestiones partidarias en litigio.

Nosotros nos situamos en el punto de vista de la mayoría del II Congreso del Partido. En la incorrección de la posición de la minoría en el congreso, en el empeño de defender esa posición al margen de la voluntad del partido, vemos la causa fundamental de todos los errores ulteriores y de toda la confusión. La incorrección era doble: en primer lugar, el viejo círculo redaccional de *Iskra* no tenía a quién buscar apoyo salvo en el ala oportunista de nuestro congreso y de nuestro partido. En segundo lugar, esa unión con los oportunistas declarados (a cuya cabeza se hallaba y sigue hallándose el camarada Akímov) se cohesionó definitivamente y se convirtió en división partidaria precisamente en una cuestión como la de las elecciones a los centros. De la primera incorrección derivó lógica e inevitablemente toda la confusión de principios y todas las vacilaciones oportunistas que vemos en los razonamientos de la nueva *Iskra*, en la medida en que esos razonamientos puedan ser considerados de principios. De la segunda incorrección derivó la defensa del viejo círculo redaccional en contra de la voluntad del partido, la defensa y justificación del espíritu de círculo frente al espíritu de partido, la introducción en nuestras disputas de procedimientos enteramente propios de las rencillas de pequeño burgués y de las riñas de círculo, y no de la lucha de miembros del partido que saben respetar tanto a su partido como a sí mismos. De la primera incorrección derivó lógica e inevitablemente el que en torno a la minoría se aglutinase todo lo que gravita hacia el oportunismo, todo lo que tiende a arrastrar al partido hacia atrás y a tomarse la revancha por las ofensas asestadas por la socialdemocracia revolucionaria a sus adversarios, todo lo que expresa las tendencias intelectualistas de nuestro movimiento, todo lo que es proclive a la negación intelectualista-anarquista de la organización y la disciplina. De la segunda incorrección derivó el dominio del círculo del extranjero sobre la mayoría de los trabajadores rusos y el desenfreno de escándalos específicamente de emigrados, que para la minoría sustituyen a los métodos de persuasión.

Toda duda ha desaparecido ya. Ninguna vacilación es posible para quienes son miembros del partido no sólo de palabra, para quienes de hecho quieren defender los intereses vitales de nuestro movimiento obrero. La lucha ha sido declarada, declarada y librada en todos los frentes por la minoría, y nosotros aceptamos el desafío, declaramos una lucha irreconciliable, una lucha hasta el fin. Luchamos contra el espíritu de círculo en general y contra el viejo círculo redaccional en particular, en nombre del espíritu de partido. Luchamos en nombre de los intereses del movimiento obrero ruso contra las rencillas del extranjero. Luchamos en nombre de las tendencias revolucionarias-proletarias de nuestro movimiento contra las tendencias intelectualistas-oportunistas. Luchamos por una orientación consecuente de la socialdemocracia revolucionaria contra las vacilaciones, los zigzags y los retornos a un pasado hace tiempo caduco. Luchamos por una organización partidaria cohesionada de nuestra vanguardia obrera contra la desidia, la desorganización y la anarquía intelectualistas. Luchamos por el respeto a los congresos del partido contra la veleidosa volubilidad, contra las palabras que discrepan de los hechos, contra la burla de los acuerdos y resoluciones adoptados en común. Luchamos por la transparencia partidaria contra la táctica de la nueva *Iskra* y del nuevo Consejo del Partido{3} de amordazar a la mayoría y esconder bajo el celemín sus propios protocolos.

De nuestro programa de lucha se desprenden por sí mismos sus medios y sus objetivos inmediatos. El primer medio es la agitación oral y escrita más amplia y multilateral. No valdría la pena detenerse en este punto si la lucha de la minoría, repleta de rencillas, no hubiera engendrado en nuestro partido ese famoso «conciliacionismo» (con razón escarnecido ya por el Comité de Ekaterinoslav y por muchas otras organizaciones) que esconde la cabeza bajo el ala y predica el cese de la lucha de la mayoría contra la minoría. Sólo por pusilanimidad, cansancio o embrutecimiento puede explicarse la existencia de semejantes puntos de vista pueriles, indignos de un miembro del partido medianamente adulto. Se puede y se debe hablar de encauzar la lucha partidaria dentro de los marcos del partido; se puede y se debe procurar esto no sólo con exhortaciones, pero proponer que se deje de defender lo que se ha defendido ante todo el partido en el congreso y lo que se considera necesario para los intereses vitales del partido, una propuesta tal, si alguien se decidiera a hacerla públicamente, no sería digna más que del desprecio general.

Consideramos como segundo y decisivo medio de lucha la convocatoria del congreso del partido. Apoyamos por entero a los comités que han planteado la exigencia de la convocatoria inmediata del tercer congreso del partido{4}. Consideramos un deber detenernos en particular en los hipócritas argumentos con que la redacción de la nueva *Iskra* y sus abiertos y secretos cómplices argumentan contra el congreso, ocultando cuidadosamente esa argumentación (difícilmente compatible con el deber partidario) de los ojos de la luz (como ocultan la Liga en el Extranjero{5} y la redacción de *Iskra*, cuya agitación ha sido sólo en parte sacada a la luz y desenmascarada por los comités). Primer argumento: el congreso conducirá a la escisión. Ya el solo hecho de que la minoría esgrima semejante argumento muestra toda la falsedad de su posición. Pues al hablar así, la minoría reconoce que el partido está contra ella, que el círculo del extranjero se ha impuesto por la fuerza al partido, que se mantiene únicamente gracias a la lejanía de Rusia y a la dificultad de las condiciones externas del trabajo de los auténticos revolucionarios. Quien se relaciona honestamente con el partido, quien con sinceridad quiere trabajar juntos, no teme, sino que desea el congreso para eliminar la confusión, para poner en correspondencia al partido y sus órganos directivos, para suprimir la ambigüedad indigna. Agitar la escisión como espantajo no significa más que poner en evidencia una conciencia sucia. Sin la subordinación de la minoría a la mayoría no puede haber partido que sea medianamente digno del nombre de partido obrero, y si son necesarias concesiones mutuas (y no unilaterales), si a veces se requieren componendas y acuerdos entre partes del partido, éstos son posibles y admisibles únicamente en el congreso. Ningún revolucionario que se respete a sí mismo querrá permanecer en un partido que se mantiene unido tan sólo gracias a aplazamientos artificiales del congreso del partido.

Segundo argumento: todavía es posible la reconciliación sin el congreso. En qué se funda semejante opinión, se desconoce. Sus partidarios no actúan ni intervienen más que entre bastidores. ¿No es hora de dejar esa intriga de bastidores, que no hace sino multiplicar por diez la desconfianza mutua, agudizar la hostilidad y oscurecer la situación? ¿No será que no hay en nadie la decisión de presentar en público un plan de reconciliación porque, en la situación actual, es imposible un plan que no provoque, en el mejor de los casos, risa? Quien por paz entiende la cooptación en el Comité Central de personas del agrado de la minoría, no quiere la paz, sino la lucha exacerbada contra la mayoría; no comprende que la lucha partidaria ha superado ya de manera irreversible la mera rencilla de cooptaciones. Quien por paz entiende el cese de las disputas y de la lucha, retorna a la psicología del viejo círculo: en el partido habrá siempre disputas y lucha; lo único que hay que hacer es encauzarlas dentro de los marcos partidarios, y esto sólo está al alcance del congreso. En una palabra, démesele las vueltas que se le den a esa consigna de paz sin congreso, cámbiese de lado como se quiera esa idea de reconciliar a los que luchan sin satisfacer a ninguna de las partes, se verá que esa idea genial expresa tan sólo desconcierto y falta de pensamiento, desconocimiento de qué querer y qué conseguir. Si incluso el plan de un hombre tan influyente (influyente en otro tiempo) como Plejánov, de apagar el incendio en su mismo comienzo mediante concesiones personales máximas, ha sufrido un fiasco completo, ¿se puede hablar en serio de planes semejantes ahora?

Tercer argumento: es posible la falsificación del congreso. A este argumento ya ha respondido el Comité de Petersburgo calificándolo de insinuación{6}. Y esa declaración del comité local fue una bofetada merecida por quienes desde la esquina lanzaban acusaciones sin la menor sombra de hechos, a pesar de que en manos de la minoría están tanto el Consejo supremo como el órgano impreso del partido, de modo que la minoría tiene en sus manos no sólo el instrumento de desenmascaramiento público de los abusos por ella sospechados, sino también el instrumento de corrección e influencia administrativas. Todos y cada uno comprenden que la minoría hace mucho que habría pregonado los hechos, si existieran, y que la reciente resolución del Consejo, al demostrar la ausencia de hechos en el pasado, garantiza su imposibilidad en el futuro{7}. El empleo de este argumento por *Iskra* muestra una vez más cómo la grosera rechifla ha sustituido en ella hoy a la polémica, y nos obliga a preguntar a todos los miembros del partido: ¿tenemos de hecho un partido? ¿queremos, a ejemplo de los socialistas-revolucionarios, contentarnos con la decoración y el rótulo, o estamos obligados a arrancar toda falsedad?

Cuarto argumento: las divergencias aún no han sido esclarecidas. La mejor respuesta a este argumento la da la nueva *Iskra*, cuyo conocimiento muestra al partido que las divergencias se rebuscan, pero no se esclarecen, y que la confusión crece sin límites. Sólo un congreso, con la exposición abierta y completa de sus aspiraciones por todos los camaradas, es capaz de introducir claridad en las cuestiones increíblemente enmarañadas y en la situación enredada.

Quinto argumento: el congreso distraerá fuerzas y medios del trabajo positivo. También este argumento suena a triste sarcasmo: no se puede imaginar ni mentalmente una distracción mayor de fuerzas y medios que la que causa la confusión.

No, todos los argumentos contra el congreso testimonian o bien hipocresía, o bien ignorancia de la causa y pusilánime duda en las fuerzas del partido.

Nuestro partido está de nuevo gravemente enfermo, pero tiene fuerzas para levantarse otra vez y hacerse digno del proletariado ruso. Como medidas de curación de la enfermedad consideramos las tres transformaciones siguientes, que llevaremos adelante por todos los medios leales.

Primera: la transferencia de la redacción del Órgano Central a manos de los partidarios de la mayoría del II Congreso del Partido.

Segunda: la subordinación efectiva de la organización local del extranjero (la Liga) a la organización central de toda Rusia (el Comité Central).

Tercera: la garantización, por la vía de los estatutos, de métodos partidarios para librar la lucha partidaria.

Sobre estos tres puntos medulares de nuestro programa queda ya poco que decir, después de lo expuesto más arriba. Que la vieja redacción de *Iskra* ha mostrado ahora de hecho su inutilidad, lo consideramos irrefutable. No ha sido el iskrismo lo que ha caducado, como descubrió el camarada Mártov después de su derrota en las elecciones, sino que ha caducado la vieja redacción de *Iskra*. Ahora no dejaría de ser ya una hipocresía el no decirlo directamente tras los desafíos que el círculo ha lanzado a todo el partido. Sobre la situación anormal de la organización del extranjero, que se ha convertido a sí misma en un segundo (por no decir tercer) centro e ignora en absoluto al Comité Central del partido, no hay mucho que extenderse. Por último, acerca de la situación jurídica de la minoría (de cualquier minoría) en nuestro partido nos hace reflexionar toda la experiencia de la lucha posterior al congreso. Esta experiencia enseña, a nuestro juicio, la necesidad de asegurar en los estatutos del partido los derechos de toda minoría, a fin de desviar las fuentes constantes e ineliminables de descontento, irritación y lucha de los habituales cauces pequeño-burgueses del escándalo y la rencilla, hacia los canales, aún inusuales, de una lucha formalizada y digna por las propias convicciones. Entre esas garantías incondicionales incluimos la concesión a la minoría de uno (o varios) grupos literarios con derecho de representación en los congresos y con plena «libertad de palabra». Hay que dar las más amplias garantías, en general, en lo relativo a la publicación de literatura partidaria consagrada a la crítica de la actividad de las instituciones centrales del partido. Hay que conceder a los comités el derecho de recibir (por el transporte general del partido) precisamente aquellas publicaciones del partido que les plazcan. Hay que suspender, hasta el IV Congreso, el derecho del Comité Central de influir, más que con el consejo, sobre la composición personal de los comités. No desarrollamos aquí en detalle nuestras propuestas, pues no escribimos un proyecto de estatutos, sino tan sólo un programa general de lucha. Consideramos muy importante que las medidas de publicación de literatura de los descontentos que el Comité Central ofreció a la minoría del II Congreso sean fijadas en los estatutos, que el descontento se exprese por una vía decorosa, que el estúpido espejismo del estado de sitio (creado por los héroes de la cooptación) se disipe definitivamente, y que la inevitable lucha interna del partido no obstaculice el trabajo positivo.

Estamos obligados a enseñar a nuestra minoría a luchar por la composición personal de los centros sólo en los congresos, y a no perturbar nuestro trabajo con rencillas después de los congresos; estamos obligados a conseguir esto bajo la amenaza de la perdición de nuestro partido. Por último, en el programa general mencionaremos sólo de manera sucinta los cambios parciales de los estatutos que nos parecen deseables, tales como: la transformación del Consejo, de instancia arbitral en organismo elegido por el congreso; la modificación del parágrafo 1 de los estatutos en el espíritu de la mayoría del II Congreso, con la inclusión en el número de organizaciones del partido de todas las organizaciones obreras y de todos aquellos grupos de socialdemócratas rusos que llevaron una existencia particular en el período del círculo y que desearan ingresar en el partido, etc., etc.

Al presentar este programa de nuestra lucha interna de partido, invitamos a todas las organizaciones del partido y a los representantes de todos los matices dentro de él a pronunciarse sobre la cuestión de su programa, para hacer posible una preparación gradual, seria, prudente y razonada del congreso.

No tenemos partido —discurrían para sus adentros los partícipes de nuestro golpe palaciego redaccional, especulando con la lejanía de Rusia y el frecuente cambio de los trabajadores de allí, y con su propia insustituibilidad—. ¡Tenemos un partido que está naciendo! —decimos nosotros, viendo cómo los comités despiertan a la intervención activa, viendo el crecimiento de la conciencia política de los obreros avanzados. Tenemos un partido que está naciendo, se multiplican entre nosotros las fuerzas jóvenes, capaces tanto de reanimar como de sustituir los colegios literarios decrépitos; tenemos, y hay cada vez más, revolucionarios que aprecian la orientación de la vieja *Iskra* que los educó, más que a cualquier círculo redaccional. Tenemos un partido que está naciendo, y ninguna artimaña ni dilación, ninguna rechifla senil y enfurecida de la nueva *Iskra* detendrá el veredicto resuelto y definitivo de ese partido.

De estas nuevas fuerzas de nuestro partido sacamos la seguridad de la victoria.