¡Camaradas! Que nuestro partido atraviesa una grave crisis, es algo que todos saben ya; ha sido declarado directa y abiertamente en las páginas de nuestro Órgano Central.

Consideramos nuestro deber llamar a todos los miembros del partido a una participación activa y consciente en todo lo necesario para salir de la crisis del modo más rápido y menos doloroso posible.

El camarada Plejánov, que en el congreso del partido y – mucho tiempo después – en el congreso de la Liga en el Extranjero pertenecía a la mayoría del congreso del partido, sale ahora en el núm. 57 de *Iskra* en defensa de las reivindicaciones de la minoría, acusando al Comité Central de «excentricidad», de intransigencia que solo beneficia a los enemigos, de falta de voluntad para cooptar a los partidarios de la minoría. Precisamente en esa cooptación ve el camarada Plejánov nada más y nada menos que «el único medio de sacar a nuestro partido del estado de grave crisis que debilita extremadamente nuestras posiciones y refuerza las de nuestros numerosos enemigos y adversarios». Hay que vérselas no solo con los estatutos – dice el camarada Plejánov, refiriéndose probablemente a este estado de grave crisis –, sino también con la situación real, con la correlación de fuerzas existente en el partido. Hay que elevarse por encima del punto de vista del espíritu de círculo y del doctrinarismo, que pone en primer plano lo que divide a los obreros, y no lo que los une.

Estas tesis generales son indiscutiblemente justas, y a todos los socialdemócratas solo les queda conocer exactamente los hechos, reflexionar seriamente sobre la situación, para aplicar correctamente estas tesis generales.

Sí, debemos, a toda costa, a precio de todos los esfuerzos, sin temer un trabajo largo y tenaz, curar a nuestro partido del espíritu de círculo, de las divergencias y divisiones por motivos nimios, ¡de las disputas indecorosas e indignas por la batuta de director! Observad, pues, los acontecimientos que han tenido lugar en nuestro partido desde su II Congreso. Tened el valor de destapar nuestras llagas para diagnosticarlas sin hipocresía, sin falsedades oficiales, y curarlas correctamente.

Las actas del II Congreso han sido publicadas íntegramente; para los miembros del partido se han editado también las actas del congreso de la Liga en el Extranjero. La literatura del partido ya ha revelado no pocas manifestaciones y síntomas de nuestra crisis, y aunque queda aún mucho por hacer a este respecto, ya es posible y necesario sacar algunas conclusiones.

El II Congreso terminó con una lucha encarnizada por la composición de nuestros centros. Por mayoría de 24 votos contra 20, se eligió una redacción del Órgano Central de tres personas (Plejánov, Mártov y Lenin) y un Comité Central también de tres camaradas. Mártov rechazó la elección y, junto con toda la minoría, rehusó participar en la elección del Comité Central. Desde el propio congreso comenzó una lucha encarnizada de la minoría contra los centros, una verdadera lucha por la batuta de director, una verdadera lucha del espíritu de círculo contra el espíritu de partido, una lucha en nombre del restablecimiento de la antigua redacción, en nombre de la cooptación en el Comité Central del correspondiente número de miembros (según la opinión de la minoría). Esta lucha duró meses, acompañada de la total exclusión de la minoría del trabajo bajo la dirección de los centros, del boicot y de una prédica puramente anarquista, cuyas muestras los miembros del partido hallarán en abundancia en las actas del congreso de la Liga. Esta lucha se concentró, principalmente, en el extranjero, en el terreno más alejado del trabajo positivo y de la participación de los representantes conscientes del proletariado. Esta lucha arrebató a los centros creados por el II Congreso una masa incalculable de fuerzas en viajes, encuentros, negociaciones con el fin de allanar innumerables pequeños descontentos, conflictos y rencillas. Que las reivindicaciones de la oposición no tenían en cuenta correlación de fuerzas alguna, ni en el II Congreso ni en el partido en general, se ve en que, por ejemplo, la redacción del Órgano Central (Plejánov y Lenin) accedía incluso a la cooptación de dos, es decir, a una representación paritaria de la mayoría y de la minoría del congreso del partido. La oposición exigía una mayoría aplastante en la redacción (cuatro contra dos). Bajo la amenaza de una escisión inevitable e inmediata, ambos centros hicieron finalmente una serie de concesiones en lo referente a las reivindicaciones sobre la batuta de director: se cooptó la redacción, Lenin dimitió de la redacción y del Consejo, un miembro de la mayoría abandonó el Consejo{88}, se dejó sin reorganizar la Liga en el Extranjero, que en su congreso había roto todo lo establecido por el congreso del partido, y se ofrecieron a la oposición dos puestos en el Comité Central.

La oposición rechazó esta última condición. Exige, al parecer, mayor número de puestos y, además, no para las personas que elegiría el Comité Central, sino para las que indique la oposición. Ninguna correlación de fuerzas, ningún interés de la causa pueden justificar semejantes reivindicaciones: solo la amenaza de escisión, solo medios de presión groseramente mecánicos, como el boicot y la retención de medios financieros, respaldan estos ultimátums.

El partido está desorganizado y desmoralizado hasta el último extremo por esta lucha por los puestos, que distrae las fuerzas del trabajo positivo. El partido se desmoraliza no menos, si no más, por el hecho de que las llamadas divergencias de principios de la minoría cubren esta lucha con un ropaje falaz.

Todos coincidieron unánimemente – y lo declararon categóricamente muchas veces – en reconocer todas las decisiones y todas las elecciones del II Congreso como absolutamente obligatorias para sí mismos. Ahora la minoría ha roto ya de hecho todos los estatutos y todas las elecciones; ahora resultan «formalistas» quienes defienden las decisiones adoptadas en común; es calificado de «burócrata» todo el que ha recibido sus poderes del congreso; se acusa de punto de vista groseramente mecánico y de oficina a quien se apoya en la mayoría de votos que expresaba (según nuestro común acuerdo) la correlación de fuerzas en el partido. Quien en el congreso, siendo llamado por todos los camaradas a elegir a los funcionarios, trasladó a algunos redactores a la condición de colaboradores y a algunos miembros del Comité Organizador a la de simples trabajadores, resulta culpable de convertir a los miembros del partido en tornillos y ruedecillas, etc., etc. La posición incorrecta e inestable que adoptó la minoría ya en el congreso del partido condujo inevitablemente a esta falsedad, que en modo alguno atribuimos a la voluntad subjetiva de nadie.

¿No es hora ya de poner fin a esta dispersión? Que reflexione sobre ello todo el que aprecie la suerte de nuestro partido.

¿No es hora ya de poner fin resueltamente a esta lucha por los centros, a estas cuentas localistas, que ejercen una influencia tan desintegradora sobre todo nuestro trabajo? ¿Es oportuno, una y otra vez, tras meses y meses de negociaciones, entablar nuevas negociaciones con la oposición, plantear la cuestión de la unilateralidad o excentricidad del Comité Central? Pues el planteamiento de esta cuestión, después de que la paz parecía ya asegurada con la cooptación de la redacción, provoca inevitablemente en la escena, una y otra vez, la cuestión de la unilateralidad y excentricidad, incluso del carácter antipartidista, de nuestro Órgano Central. ¿Hasta cuándo sostendremos esta indigna disputa por la composición de los centros? ¿Y cómo podemos decidir la cuestión de la justicia de las reivindicaciones de una y otra parte? ¿Dónde está la medida de esa justicia? ¿Por qué se debe considerar intransigentes a los «duros», que cedieron muchísimo de lo decidido en el congreso, y no a los «blandos», que resultaron de hecho extraordinariamente duros en su afán de escisión y en la preparación directa de la escisión?

Que los camaradas reflexionen sobre cómo salir de esta situación anormal. El Comité Central esperaba que el cambio de ministerio en el Órgano Central condujera a la paz. Cuando las partes contendientes ya habían ido demasiado lejos, cuando la lucha por la batuta de director había conducido directamente al borde de la escisión, quedaba aún una sola esperanza: la posibilidad de demarcarse de algún modo, para no estorbarse mutuamente, para, trabajando en un mismo partido, ir atenuando poco a poco todas las fricciones, para no tocar o tocar menos las cuestiones «delicadas». Parecía que la división de los centros aseguraba, al menos en parte, el cese de la crisis: la minoría tenía su propio Órgano Central y podía agruparse libremente en torno a él, difundir libremente sus puntos de vista, realizar libremente su trabajo de partido, sin sentirse «ajena» al partido. La existencia de un centro también para la mayoría (o el predominio de la mayoría en el Comité Central) daría al menos cierta satisfacción a la mayoría. La lucha por los centros podría cesar y encaminarse hacia un esclarecimiento puramente de principios de las divergencias y matices.

El hecho de que Iskra haya planteado la cuestión de la cooptación en el Comité Central destruye esta esperanza. No consideramos ya posible reiniciar el regateo por los puestos, que nos inspira repugnancia. Llegado el caso, de no haber otra salida, preferiríamos incluso entregar todas las batutas a la minoría, si es que ésta es decididamente incapaz de trabajar en el partido más que en los puestos superiores. Nuestra disposición a dar este paso se acrecienta a medida que esta nueva y repugnante enfermedad de nuestro movimiento adquiere formas prolongadas, a medida que estas pequeñas rencillas, tanto más insoportables cuanto más mezquinas, se tornan crónicas.

Pero antes quisiéramos conocer de la manera más definida posible la opinión del partido, y también tomar en consideración la opinión pública del ámbito revolucionario, especialmente en Rusia. Invitamos a los camaradas a examinar y estudiar minuciosamente los datos sobre nuestra "crisis", a valorar desde todos los ángulos la situación actual en el partido y a pronunciarse sobre todas las cuestiones planteadas.

Escrito en enero, no antes del 18 (31) de 1904.

Publicado por primera vez en 1929 en la Recopilación Leninista X.

Se publica según el manuscrito.