[Segunda mitad de febrero de 1904. Ginebra.]

Escribe el viejo. He leído las cartas de Zemliachka y de Koniaguin. De dónde ha sacado éste que yo ahora veo inútil el congreso, Alá lo sabe. Al contrario, yo insisto como antes en que ésta es la única salida honrada, que sólo la miopía o la cobardía pueden esconderse de esta conclusión. Insisto como antes en que, sin falta, envíen aquí a Borís, Mitrofán y Caballo, sin falta, pues es necesario que la gente vea por sí misma la situación (creada sobre todo después de las sesiones del Consejo), y no que vayan tejiendo líos desde lejos, escondiendo la cabeza bajo el ala y aprovechando que de aquí al Comité Central hay tres años a galope sin alcanzar.

No hay nada más absurdo que la opinión de que el trabajo de convocatoria del congreso, la agitación en los comités, la aprobación en ellos de resoluciones sensatas y decididas (y no mocosas) excluye el trabajo «positivo» o lo contradice. Esta opinión revela sólo la incapacidad de comprender la situación política que se ha creado ahora en el Partido.

El Partido está de hecho desgarrado, los estatutos convertidos en un trapo, la organización escarnecida; sólo los beatíficos poshejonianos pueden aún no verlo. Y quien lo ha comprendido, debe tener claro que al embate de los martovistas hay que responder con el embate también (y no con el vulgar sermoneo sobre la paz, etc.). Para el embate hay que emplear todas las fuerzas. Que de la técnica, el transporte y la recepción se ocupen exclusivamente las fuerzas auxiliares, los ayudantes, los agentes. Poner en esto a los miembros del Comité Central es archiinsensato. Los miembros del Comité Central deben ocupar todos los comités, movilizar a la mayoría, recorrer Rusia, cohesionar a su gente, lanzar el embate (en respuesta a los ataques de los martovistas), el embate contra el Órgano Central, el embate con resoluciones, 1) que exijan el congreso; 2) que pregunten a la redacción del Órgano Central si se someterá al congreso en la cuestión de la composición personal de la redacción; 3) que marquen a fuego a la nueva Iskra sin «ternuras filisteas», como acaban de hacer Astracán, Tver y los Urales. Estas resoluciones hay que imprimirlas en Rusia, lo hemos dicho ya cien veces.

Creo que en nuestro Comité Central hay de verdad burócratas y formalistas, y no revolucionarios. Los martovistas les escupen en la cara, y ellos se limpian y me aleccionan: «¡es inútil luchar!»... Sólo los burócratas pueden no ver ahora que el Comité Central no es un Comité Central y que sus pretensiones de serlo son ridículas. O el Comité Central se convierte en organización de guerra contra el Órgano Central, guerra de hecho, y no de palabra, guerra en los comités, o el Comité Central es un trapo inservible que con razón echarán fuera.

Comprended, por amor de Dios, que el centralismo ha sido desgarrado sin remedio por los martovistas. Escupid sobre las formalidades idiotas, ocupad los comités, enseñadles a luchar por el partido contra el espíritu de círculo del extranjero, escribidles octavillas (¡esto no estorbará la agitación por el congreso, sino que la ayudará!), poned en la técnica a las fuerzas auxiliares. Dirigid la guerra contra el Órgano Central o abandonad del todo las ridículas pretensiones de «dirección»... a base de limpiar escupitajos.

La conducta de Clair es vergonzosa, y el que la aliente Koniaga es peor aún. Nada me enfurece ahora tanto como nuestro «llamado» Comité Central. Addio.

Viejo.