Ginebra, 20 de febrero de 1904.

¡Estimados camaradas!

Ya que en su folleto aluden a las circunstancias que provocaron mi salida de la redacción de *Iskra*, les pediría que incluyeran como apéndice de su folleto mi respuesta a la carta del camarada Plejánov al camarada Mártov del 29 de enero de 1904, publicada en el folleto de Mártov sobre la lucha contra el «estado de sitio».

El camarada Plejánov considera inexacta la exposición que hice del asunto en mi carta a la redacción[49]. Sin embargo, no ha ofrecido ni ha podido ofrecer ni una sola corrección de hecho. Tan sólo ha complementado mi exposición con una reproducción inexacta de conversaciones privadas entre él y yo.

En términos generales, considero las referencias a conversaciones privadas como un signo seguro de falta de argumentos serios. Sigo manteniendo la opinión que recientemente sostenía también el camarada Plejánov respecto a las referencias a conversaciones privadas por parte del camarada Mártov (Actas de la Liga, pág. 134), a saber, que «reproducir con exactitud» semejantes conversaciones difícilmente es posible y que «polemizar» sobre ellas «no conducirá a nada».

Pero ya que el camarada Plejánov ha sacado a relucir nuestras conversaciones privadas, me considero con derecho a explicarlas y complementarlas, tanto más cuanto que dichas conversaciones tuvieron lugar en presencia de terceras personas.

La primera conversación, cuando el camarada Plejánov habló de su decisión[50] de dimitir en caso de que yo me negara incondicionalmente a la cooptación, tuvo lugar el día de la clausura del congreso de la Liga, por la noche, y a la mañana siguiente, en presencia de dos miembros del Consejo del Partido. La conversación giró en torno a la cuestión de las concesiones a la oposición. Plejánov insistía en la necesidad de ceder, considerando indiscutible que la oposición no se sometería a ninguna decisión del Consejo del Partido y que la escisión total del partido podía producirse de inmediato. Yo insistía en que, después de lo ocurrido en la Liga, después de las medidas adoptadas en su congreso por el representante del Comité Central (y el camarada Plejánov participó en el examen de cada una de estas medidas y las aprobó plenamente), era imposible ceder al individualismo anarquista, y que la salida a la luz de un grupo literario aparte (el cual yo, en repetidas conversaciones con Plejánov, reconocía como totalmente admisible, en contra de su opinión) no era todavía obligatoria y quizás no significaba la escisión. Cuando la conversación se redujo a la dimisión de uno de los dos, dije en el acto que me iría yo, no deseando impedir que Plejánov intentara arreglar el conflicto, intentara evitar lo que él consideraba una escisión.

El camarada Plejánov es tan benévolo conmigo ahora que no puede encontrar para mi paso otros motivos que la más cobarde evasiva. Para pintar con los más vivos colores esta propiedad mía, el camarada Plejánov me atribuye las palabras: «Cualquiera dirá: es evidente que Lenin no tiene razón, si hasta de él se ha separado Plejánov».

¡Vaya si ha cargado las tintas! Tanto, que resulta incluso una incongruencia flagrante no advertida por el camarada Plejánov. Si yo hubiera estado seguro de que «cualquiera» hallaría que Plejánov tenía razón (como Plejánov modestamente piensa de sí mismo), y si yo hubiera considerado necesario tener en cuenta la opinión de ese cualquiera, es evidente que jamás me habría decidido a separarme de Plejánov, que le habría seguido también en este caso. El camarada Plejánov, deseando presentar mi conducta como la más mala posible y derivada de los peores motivos, me ha atribuido un motivo carente de todo sentido. Al parecer, yo temía tanto cualquier desacuerdo con Plejánov, que... precisamente me separé de él. El camarada Plejánov no logra redondearlo.

En realidad, mi pensamiento era: mejor será que me vaya, porque de lo contrario mi opinión particular serviría de obstáculo a los intentos de Plejánov de concertar la paz. No quiero estorbar sus intentos; quizás también yo me avenga a las condiciones de la paz, pero no considero posible responsabilizarme de una redacción a la que el espíritu de círculo del extranjero impone candidatos de esa manera.

Unos días después, en efecto, fui a ver a Plejánov, junto con un miembro del Consejo, y nuestra conversación con Plejánov tomó el siguiente cariz:

—Sabe usted —dijo Plejánov—, a veces hay esposas tan escandalosas que es necesario hacerles concesiones para evitar la histeria y un gran escándalo ante el público.

—Tal vez —respondí—, pero hay que ceder de forma que se conserve la fuerza para no permitir un «escándalo» aún mayor.

—Bueno, pero marcharse significa ya cederlo todo —repuso Plejánov.

—No siempre —objeté—, y me remití al ejemplo de Chamberlain. Mi pensamiento era justamente el que ya he expresado por escrito: si Plejánov logra alcanzar una paz aceptable también para la mayoría, en cuyas filas Plejánov combatió tan larga y tan enérgicamente, entonces yo tampoco desencadenaré la guerra; si no lo logra, me reservo la libertad de acción para desenmascarar a la «esposa escandalosa», si ni siquiera Plejánov logra apaciguarla y calmarla.

En esa misma conversación le mencioné a Plejánov (que aún no conocía las condiciones de la oposición) mi «decisión» de ingresar en el Comité Central (yo podía «decidir» eso, pero el acuerdo debían darlo, por supuesto, todos los miembros del CC). Plejánov acogió con toda simpatía este plan, como un último intento de convivir con la «esposa escandalosa» aunque fuera sobre bases cualesquiera. Cuando en mi carta a Plejánov del 6 de noviembre de 1903 expresé la opinión de que quizás él entregara sin más la redacción a los martovistas[51], Plejánov respondió (el 8 de noviembre): «... Usted, al parecer, no ha comprendido bien mis intenciones. Ayer se las expliqué una vez más al camarada Vasíliev» (miembro del CC que había estado en el congreso de la Liga). Al mismo camarada Vasíliev le escribía Plejánov el 10 de noviembre acerca de acelerar o retrasar la publicación del número 52 de *Iskra* con el anuncio del congreso: «... Publicar el comunicado sobre el congreso significa: 1) o publicar que Mártov y los demás no participan en *Iskra*; o 2) negar eso a Mártov, y entonces él lo publicará en una hoja aparte. En ambos casos se comunicaría al público la escisión, y eso es justamente lo que ahora debemos evitar» (la cursiva es mía. N. L.). El 17 de noviembre, Plejánov escribe al mismo camarada:... «¿Qué piensa usted de la cooptación inmediata de Mártov y los demás? Empiezo a pensar que éste sería el procedimiento para arreglar el asunto con las menores dificultades. Sin usted no quiero actuar»... (cursiva de Plejánov).

De estos fragmentos se desprende con claridad que Plejánov se esfuerza por actuar en solidaridad con la mayoría, queriendo cooptar a la redacción sólo para la paz y a condición de paz, en modo alguno para hacer la guerra a la mayoría. Si el resultado fue el contrario, ello demostró únicamente que el carro del individualismo anarquista se desbocó demasiado en su táctica de boicot y desorganización; ni los frenos más poderosos surtieron efecto. Esto es muy lamentable, por supuesto, y Plejánov, que sinceramente deseaba la paz, se encontró en una situación desagradable; pero no cabe echar a mí solo la culpa por ello.

En cuanto a las palabras de Plejánov acerca de que yo cedí mi silencio por un «equivalente» adecuado, y a su orgullosa declaración: «No consideré necesario comprar su silencio», ese procedimiento polémico produce una impresión meramente cómica al compararlo con las palabras citadas por mí más arriba de su carta del diez de noviembre. Precisamente Plejánov atribuía una importancia enorme a la cuestión del silencio, a no llevar al conocimiento del público la escisión[52]. ¿Qué hay, pues, más natural, si yo le comunico también mi conformidad con ello a condición de paz? Las habladurías sobre la cesión «por un equivalente» y sobre la «compra» obligan a suponer que la próxima vez Plejánov comunicará al público que Lenin preparaba billetes falsos para compras de este género. Cosas así han ocurrido en las reyertas entre emigrados: la atmósfera apropiada existe.

La carta del camarada Plejánov induce involuntariamente a pensar: ¿no tendrá ahora que comprarse el derecho a estar en minoría? La táctica de la minoría en nuestro así llamado órgano del partido ya se ha definido. Hay que esforzarse por velar las cuestiones controvertidas y los hechos que realmente han provocado nuestra divergencia. Hay que esforzarse por demostrar que Martínov estaba mucho más cerca de Iskra que Lenin (el cómo exactamente, en qué exactamente y hasta qué punto exactamente deberá aún dilucidarlo por largo tiempo la confundida redacción de la nueva Iskra). Hay que condenar farisaicamente las personalidades en la polémica… y de hecho reducir toda la lucha a una campaña contra la personalidad, sin detenerse siquiera ante la atribución al «enemigo» de cualidades dañinas muy incoherentes, desde la más desenfadada rectilinealidad hasta la más cobarde evasividad. Con tal de que salga más fuerte. Y entre nuestros nuevos aliados, los camaradas Plejánov y Mártov, sale tan fuerte que pronto no cederán en nada a los famosos bundistas con su famoso «abominación». Los aliados me bombardean con tanto celo desde sus acorazados, que me asalta una idea: ¿no será esto una conspiración de los dos tercios de la terrible troika? ¿No debería yo también hacerme el ofendido? ¿No debería clamorar sobre el «estado de sitio»? Pues eso a veces es tan cómodo y tan ventajoso…

Por lo demás, para convertirse en un verdadero partidario de la minoría, tal vez el camarada Plejánov tenga aún que dar dos pequeños pasos: en primer lugar, reconocer que la formulación del primer párrafo de los estatutos, defendida en el congreso por los camaradas Mártov y Axelrod (y celosamente silenciada por ellos ahora), no expresa un paso hacia el oportunismo, ni una claudicación ante el individualismo burgués, sino el germen de nuevos puntos de vista organizativos, auténticamente socialdemócratas, akímovo-martovianos y martínovo-axelrodianos. En segundo lugar, reconocer que la lucha contra la minoría después del congreso no fue una lucha contra las burdas violaciones de la disciplina partidaria, contra procedimientos de agitación que sólo provocan indignación, no fue una lucha contra el anarquismo y la frase anarquista (ver págs. 17, 96, 97, 98, 101, 102, 104 y muchas otras de las actas de la Liga), sino una lucha contra el «estado de sitio», el burocratismo, el formalismo, etc.

De estas cuestiones controvertidas habré de ocuparme en detalle en un folleto que ahora se prepara para su publicación{92}. Por ahora… por ahora sigamos observando la galería de tipos gogolianos que ha inaugurado nuestro órgano dirigente, el cual ha adoptado por regla plantear adivinanzas a los lectores. ¿Quién se parece al rectilíneo Sobakévich, que pisotea el amor propio de todos, o sea los callos? ¿Quién se parece al evasivo Chíchikov, que compra junto con las almas muertas también el silencio? ¿Quién a Nózdrev y quién a Jlestakov? ¿Quién a Manílov y quién a Skvóznik-Dmujanovski?{93} Adivinanzas interesantes y aleccionadoras… «Polémica de principios»…

Publicado en 1904 en el folleto

«Comentario a las actas del Segundo Congreso de la Liga Revolucionaria Socialdemócrata Rusa en el Extranjero». Ginebra

Se publica según el texto del folleto, cotejado con el manuscrito