Rusia vive una nueva ola de movimiento constitucional. La generación actual no ha visto aún nada semejante a la actual efervescencia política. Los periódicos legales fustigan a la burocracia, exigen la participación de representantes del pueblo en la administración del Estado, declaran insistentemente la necesidad de reformas liberales. Las más diversas asambleas de zemstvos, médicos, juristas, ingenieros, agricultores, concejales municipales, etc., etc., aprueban resoluciones que se pronuncian más o menos claramente por una constitución. Por doquier se oyen denuncias políticas de una audacia insólita desde el punto de vista del ciudadano ruso corriente y apasionados discursos sobre la libertad. Las asambleas liberales se convierten, bajo la presión de los obreros y de la juventud radical, en abiertas asambleas populares y manifestaciones callejeras. En amplios círculos del proletariado, entre los pobres de la ciudad y del campo, se intensifica visiblemente una sorda efervescencia. Y aunque el proletariado participa relativamente poco en las manifestaciones más vistosas y solemnes del movimiento liberal, aunque parece mantenerse un tanto al margen de las decorosas conferencias del público respetable, todo indica que los obreros están profundamente interesados en el movimiento. Todo indica que los obreros se lanzan a las amplias asambleas populares y a las abiertas manifestaciones callejeras. El proletariado parece contenerse, escrutando concentradamente el entorno, reuniendo sus fuerzas y decidiendo si ha llegado o no el momento de la lucha decisiva por la libertad.

La primera página del periódico bolchevique «Vperiod» N.º 1, 4 de enero de 1905 (22 de diciembre de 1904), con el artículo de fondo de V. I. Lenin «La autocracia y el proletariado» (Reducida)

Al parecer, la ola de excitación liberal empieza ya a ceder un poco. Se confirman los rumores y las informaciones de los periódicos extranjeros sobre la victoria de los reaccionarios en los círculos cortesanos más influyentes. El ucase de Nicolás II, publicado en días pasados, es una bofetada directa a los liberales. El zar se propone conservar y defender la autocracia. El zar no quiere cambiar la forma de gobierno y no piensa otorgar una constitución. Promete –sólo promete– toda clase de reformas de carácter completamente secundario. No se da, por supuesto, ninguna garantía de la realización de estas reformas. Los rigores policíacos contra la prensa liberal se intensifican no por días, sino por horas. Todas las manifestaciones abiertas comienzan a ser reprimidas de nuevo con la ferocidad de antes, si no con mayor aún. Los concejales liberales, de los zemstvos y municipales, empiezan a ser de nuevo notoriamente atados en corto, y aún más los funcionarios con veleidades liberales. Los periódicos liberales caen en un tono abatido y piden disculpas a sus corresponsales, cuyas cartas no se atreven a publicar.

No hay nada imposible en que la ola de excitación liberal, que se elevó rápidamente tras la autorización de Sviatopolk-Mirski, se calme también rápidamente tras la nueva prohibición. Hay que distinguir las causas profundas, que inevitable e ineluctablemente –y cuanto más lejos, más– engendran la oposición y la lucha contra la autocracia, de los pequeños motivos de una animación liberal temporal. Las causas profundas engendran movimientos populares profundos, poderosos y tenaces. Los pequeños motivos son a veces el cambio de personas en el ministerio y la habitual tentativa del gobierno de pasar por un tiempo a la política de la cola del zorro tras algún acto terrorista. El asesinato de Pleve{57} costó a la organización terrorista, por lo visto, enormes esfuerzos y largos trabajos preparatorios. Y cuanto más exitosa fue esta empresa terrorista, tanto más nítidamente confirma la experiencia de toda la historia del movimiento revolucionario ruso, experiencia que nos previene contra semejantes métodos de lucha como el terror. El terror ruso fue y sigue siendo un método de lucha específicamente intelectual. Y por más que se nos diga sobre la importancia del terror no en lugar del movimiento popular, sino junto con él, los hechos atestiguan irrefutablemente que, entre nosotros, los asesinatos políticos individuales no tienen nada en común con las acciones violentas de la revolución popular. El movimiento de masas en la sociedad capitalista es posible sólo como movimiento obrero de clase. Este movimiento se desarrolla en Rusia según sus propias leyes independientes, sigue su propio camino, volviéndose cada vez más profundo y amplio, pasando de la calma temporal a un nuevo ascenso. Y es precisamente la ola liberal la que sube y baja en estrecha conexión con el estado de ánimo de los distintos ministros, cuya sustitución se acelera por las bombas. No es asombroso, por tanto, que entre nosotros se encuentre tan a menudo simpatía por el terror entre los representantes radicales (o radicaloides) de la oposición burguesa. No es asombroso que, entre la intelectualidad revolucionaria, se apasionen particularmente por el terror (por largo tiempo o por un minuto) precisamente quienes no creen en la vitalidad y la fuerza del proletariado y de la lucha de clases proletaria.

La corta duración y la inestabilidad de la excitación liberal por uno u otro motivo no pueden, por supuesto, hacernos olvidar la contradicción insoslayable entre la autocracia y las necesidades de la sociedad burguesa en desarrollo. La autocracia no puede sino frenar el desarrollo social. Cuanto más lejos, más chocan con la autocracia los intereses de la burguesía como clase, los intereses de la intelectualidad, sin la cual es inimaginable la producción capitalista moderna. Puede ser superficial el motivo de las declaraciones liberales, puede ser mezquino el carácter de la posición vacilante y dual de los liberales, pero una paz auténtica sólo es posible para la autocracia con un puñado de magnates especialmente privilegiados de la clase terrateniente y comercial, y en modo alguno con toda esa clase. La representación directa de los intereses de la clase dominante en forma de constitución es necesaria para un país que quiere ser un país europeo y al que su situación obliga, bajo la amenaza de la derrota política y económica, a convertirse en un país europeo. Por eso es extremadamente importante para el proletariado consciente comprender claramente tanto la inevitabilidad de las protestas liberales contra la autocracia como el auténtico carácter burgués de estas protestas.

La clase obrera se plantea los más grandes objetivos, de alcance histórico-mundial: liberar a la humanidad de todas las formas de opresión y explotación del hombre por el hombre. A la consecución de estos objetivos aspira en todo el mundo, tenazmente, durante decenios y decenios, ampliando constantemente su lucha, organizándose en partidos de millones, sin desanimarse por las derrotas aisladas y los fracasos temporales. Nada puede ser más importante para una clase tan auténticamente revolucionaria que desprenderse de todos los autoengaños, de todos los espejismos e ilusiones. En nuestro país, en Rusia, una de las ilusiones más extendidas y tenaces es la de que nuestro movimiento liberal no es un movimiento burgués y que la revolución que se avecina en Rusia no es una revolución burguesa. Al intelectual ruso –desde el más moderado miembro de Osvobozhdenie hasta el más extremo socialista revolucionario{58}– le parece siempre que reconocer nuestra revolución como burguesa significa decolorarla, rebajarla, vulgarizarla. El proletario consciente ruso ve en tal reconocimiento la única caracterización de clase correcta de la situación real. Para el proletario, la lucha por la libertad política y la república democrática en la sociedad burguesa es sólo una de las etapas necesarias en la lucha por la revolución social, que derroque el orden burgués. Distinguir rigurosamente las etapas, diferentes por su naturaleza, investigar sobriamente las condiciones de su transcurso no significa en absoluto posponer el objetivo final, no significa en absoluto frenar de antemano el propio camino. Al contrario, precisamente para acelerar el camino, precisamente para la realización más rápida y sólida posible del objetivo final, es necesario comprender la relación de las clases en la sociedad moderna. Sólo desilusiones y vacilaciones de un lado a otro esperan a quienes rehúyen el punto de vista de clase, supuestamente unilateral, a quienes quieren ser socialistas y al mismo tiempo temen llamar directamente burguesa a la revolución que se nos avecina en Rusia, a la revolución que ha comenzado entre nosotros.

Un hecho característico: justo en el apogeo del movimiento constitucional actual, la prensa legal más democrática aprovechó la insólita libertad para atacar no sólo a la «burocracia», sino también a la «inconsistente», supuestamente «científica», «exclusiva y por tanto errónea teoría de la lucha de clases» («Nasha Zhizn»{59} N.º 28). ¡Imagínense!: la tarea de acercamiento de la intelectualidad a las masas «se planteaba hasta ahora insistiendo exclusivamente en las contradicciones de clase que existen entre las masas populares y aquellas capas de la sociedad de las que procede… la mayor parte de la intelectualidad». No hace falta decir que esta descripción del asunto contradice directamente la realidad. Es justo lo contrario. Toda la masa de la intelectualidad legal y culturalista rusa, todos los viejos socialistas rusos, todos los militantes del tipo de los de Osvobozhdenie ignoraban e ignoran por completo la profundidad de las contradicciones de clase en Rusia en general y en la aldea rusa en particular. Incluso la extrema izquierda de la intelectualidad radical rusa, el partido socialista revolucionario, peca sobre todo del mismo modo; vale la pena recordar sus habituales razonamientos sobre el «campesinado trabajador» o sobre que lo que nos espera es una revolución «no burguesa, sino democrática».

No. Cuanto más se acerca el momento de la revolución, cuanto más agudo se vuelve el movimiento constitucional, tanto más rigurosamente debe el partido del proletariado salvaguardar su independencia de clase y no permitir que sus exigencias de clase se ahoguen en el agua de las frases democráticas generales. Cuanto más a menudo, cuanto más decididamente se presentan los representantes de la llamada sociedad con sus exigencias supuestamente populares, tanto más implacablemente debe la socialdemocracia desenmascarar el carácter de clase de esta «sociedad». Tomemos la famosa resolución del congreso «secreto» de los zemstvos del 6 al 8 de noviembre{60}. Verán en ella deseos constitucionales relegados a un segundo plano, deliberadamente confusos y tímidos. Verán referencias al pueblo y a la sociedad, mucho más a menudo a la sociedad que al pueblo. Verán una indicación particularmente detallada, y la más detallada, de reformas en el ámbito de las instituciones de los zemstvos y municipales, es decir, de instituciones que representan los intereses de los terratenientes y capitalistas. Verán la mención de la reforma de las condiciones de vida del campesinado, su emancipación de la tutela y la protección de una forma correcta de justicia. Es completamente claro que estamos ante representantes de las clases poseedoras, que buscan sólo concesiones de la autocracia y que no piensan en absoluto en ningún cambio de las bases del régimen económico. Si personas así desean un «cambio radical» (supuestamente radical) «del actual estado de desigualdad y humillación de los campesinos», esto confirma una vez más la justeza de las concepciones de la socialdemocracia, que subrayaba incansablemente el rezago del régimen y de las condiciones de vida del campesinado respecto a las condiciones generales del régimen burgués. La socialdemocracia siempre exigió que el proletariado consciente distinguiese rigurosamente, en el movimiento campesino general, los intereses y exigencias dominantes de la burguesía campesina, por más encubiertas y veladas que estuvieran por una bruma nebulosa, por más que las envolviera la ideología campesina (y la fraseología «socialista revolucionaria») en utopías de «nivelación». Tomemos las resoluciones del banquete de ingenieros de Petersburgo del 5 de diciembre. Verán que 590 participantes del banquete, y tras ellos 6000 ingenieros firmantes de la resolución, se pronuncian por la constitución, «sin la cual es imposible la defensa exitosa de la industria rusa», y de paso protestan por la adjudicación de pedidos del gobierno a empresarios extranjeros.

¿Acaso se puede ahora dejar de ver que son precisamente los intereses de todas las capas de la burguesía terrateniente, comercial, industrial y campesina los que constituyen la base y el fundamento de las aspiraciones constitucionales que han estallado al exterior? ¿Acaso nos puede desconcertar la representación de estos intereses por la intelectualidad democrática, que ha asumido el papel de publicistas, oradores y dirigentes políticos siempre y en todas partes, en todas las revoluciones europeas de la burguesía?

Sobre el proletariado ruso recae una tarea de la máxima seriedad. La autocracia vacila. La guerra pesada y desesperada en la que se ha lanzado ha minado profundamente los cimientos de su poder y de su dominación. Ya no puede mantenerse sin recurrir a las clases dominantes, sin el apoyo de la intelectualidad, y tal recurso y tal apoyo conducen inevitablemente a exigencias constitucionales. Las clases burguesas se esfuerzan por sacar partido en su provecho de la difícil situación del gobierno. El gobierno juega una partida desesperada para salir del paso, zafarse con concesiones de centavo, reformas no políticas, promesas que a nada obligan, de las cuales abundan sobre todo en el nuevo decreto del zar. Si este juego tiene éxito, aunque sea temporal y parcialmente, depende, en última instancia, del proletariado ruso, de su organización y de la fuerza de su empuje revolucionario. El proletariado debe aprovechar la situación política singularmente ventajosa para él. El proletariado debe apoyar el movimiento constitucional de la burguesía, sacudir y agrupar en torno a sí a las capas más amplias posibles de las masas populares explotadas, reunir todas sus fuerzas y alzarse en insurrección en el momento de mayor desesperación del gobierno, en el momento de mayor excitación popular.

¿En qué debe expresarse inmediatamente el apoyo de los constitucionalistas por el proletariado? Sobre todo, en utilizar la excitación general para la agitación y la organización de las capas menos afectadas, más atrasadas de la clase obrera y del campesinado. Por supuesto, el proletariado organizado, la socialdemocracia, debe enviar destacamentos de sus fuerzas a todas las clases de la población, pero cuanto más autónomamente actúan ya estas clases, cuanto más aguda se vuelve la lucha y cuanto más próximo está el momento del combate decisivo, tanto más debe desplazarse el centro de gravedad de nuestro trabajo a la preparación de los propios proletarios y semiproletarios para la lucha directa por la libertad. Sólo los oportunistas pueden en un momento así calificar de lucha especialmente activa, o de nuevo método de lucha, o de tipo superior de manifestaciones, la intervención de oradores obreros aislados en las asambleas de los zemstvos y otras reuniones públicas. Tales manifestaciones pueden tener sólo una importancia completamente subordinada. Incomparablemente más importante es ahora dirigir la atención del proletariado hacia formas de lucha realmente elevadas y activas, como las famosas manifestaciones de masas de Rostov y de una serie de ciudades del sur{61}. Incomparablemente más importante es ahora ampliar nuestros cuadros, organizar las fuerzas y prepararse para una lucha de masas aún más directa y abierta.

Por supuesto, no se trata aquí de abandonar el trabajo cotidiano y rutinario de los socialdemócratas. Ellos no renunciarán a él jamás, ven precisamente en él la verdadera preparación para el combate decisivo, porque cuentan por entero y exclusivamente con la actividad, la conciencia, la organización del proletariado, con su influencia en la masa de los trabajadores y explotados. Se trata de señalar el camino correcto, de llamar la atención sobre la necesidad de avanzar, sobre lo pernicioso de las vacilaciones tácticas. Al trabajo cotidiano, que el proletariado consciente no debe olvidar nunca y bajo ninguna circunstancia, pertenece también el trabajo de organización. Sin amplias y multifacéticas organizaciones obreras, sin su acercamiento a la socialdemocracia revolucionaria, es imposible una lucha exitosa contra la autocracia. Y el trabajo de organización es imposible sin un rechazo decidido a las tendencias desorganizadoras que manifiesta entre nosotros, como en todas partes, la parte intelectual del partido, carente de carácter y que cambia sus consignas como guantes; el trabajo de organización es imposible sin la lucha contra la absurda, reaccionaria y encubridora de toda dispersión «teoría» de la organización-proceso.

El desarrollo de la crisis política en Rusia depende ahora sobre todo del curso de la guerra con Japón. Esta guerra ha desenmascarado y desenmascara sobre todo la podredumbre de la autocracia, la debilita sobre todo en el aspecto financiero y militar, atormenta y empuja sobre todo a la insurrección a las sufridas masas populares, a las que esta guerra criminal y vergonzosa exige tan infinitos sacrificios. La Rusia autocrática ha sido ya derrotada por el Japón constitucional, y cada dilación no hará más que intensificar y agudizar la derrota. La mejor parte de la flota rusa ha sido ya aniquilada, la situación de Port-Arthur es desesperada, la escuadra que va en su ayuda no tiene la menor posibilidad, no ya de éxito, sino siquiera de llegar a su destino; el ejército principal, con Kuropatkin al frente, ha perdido más de 200 000 hombres, está extenuado y se halla impotente ante un enemigo que inevitablemente lo aplastará tras la toma de Port-Arthur. El desastre militar es inevitable, y con él es inevitable la decuplicación del descontento, la efervescencia y la indignación.

Para ese momento debemos prepararnos con toda energía. En ese momento, uno de esos estallidos que cada vez más a menudo se repiten aquí y allá conducirá a un enorme movimiento popular. En ese momento, el proletariado se alzará a la cabeza de la insurrección para conquistar la libertad para todo el pueblo, para asegurar a la clase obrera la posibilidad de una lucha abierta, amplia, enriquecida por toda la experiencia de Europa, por el socialismo.

«Vperiod» N.º 1, 4 de enero de 1905 (22 de diciembre de 1904)

Se publica según el texto del periódico «Vperiod»