Se publica según el texto del folleto

Portada del folleto de V. I. Lenin «Carta a un camarada sobre nuestras tareas organizativas». – 1904 (Reducida)

La «Carta a un camarada» que reedito fue escrita hace más de un año —si la memoria no me falla, en septiembre de 1902. Al principio circuló de mano en mano en copias y se difundió por Rusia como exposición de los puntos de vista organizativos de Iskra. Más tarde, en junio del año pasado, la Unión Siberiana reimprimió esta carta y la distribuyó en un número muy considerable de ejemplares. De este modo, la carta se convirtió ya en pleno patrimonio del público, y ahora no hay razón alguna para retrasar su publicación. La consideración por la cual no imprimí antes esta carta —precisamente su extrema falta de elaboración literaria, su carácter completamente «borrador»— decae, pues precisamente en esta forma de borrador la conocieron ya muchos militantes rusos. Además, un argumento aún más importante a favor de la reedición de esta carta en forma de borrador (solo he hecho las correcciones estilísticas más imprescindibles) es ahora su valor como «documento»[1]. La nueva redacción de «Iskra»{2} ha sacado a relucir, como se sabe, ya en el n.º 53, las divergencias sobre cuestiones organizativas. Por desgracia, la redacción no se apresura a señalar de manera precisa en qué consisten exactamente estas divergencias, limitándose en su mayor parte a insinuaciones sobre lo que nadie conoce.

Hay que esforzarse por facilitar a la nueva redacción su difícil tarea. Que los viejos puntos de vista organizativos de «Iskra»{3} se conozcan en todos sus detalles, incluso en forma de esbozos, tal vez entonces la nueva redacción se decida, por fin, a mostrar al partido, «dirigido ideológicamente» por ella, sus nuevos puntos de vista organizativos. Tal vez entonces la nueva redacción comparta, por fin, con nosotros la formulación precisa de esos cambios radicales que proyectaría en nuestros estatutos organizativos del partido{4}. Pues, ¿quién no comprende, en realidad, que precisamente estos estatutos organizativos recogieron nuestros planes organizativos de siempre?

Comparando «¿Qué hacer?»[2] y los artículos en «Iskra» sobre cuestiones organizativas con la presente «Carta a un camarada», y esta última con los estatutos aprobados en el II Congreso, los lectores pueden formarse una idea clara de hasta qué punto aplicábamos consecuentemente, nosotros, la mayoría de los iskristas y la mayoría del congreso del partido, nuestra «línea» organizativa. Y de la nueva redacción de «Iskra» esperaremos, y con gran impaciencia esperaremos, la exposición de sus nuevos puntos de vista organizativos, esperaremos que indique en qué exactamente y desde qué momento exactamente se desilusionó y por qué empezó a «quemar aquello que antes adoraba»{5}.

Enero de 1904.

¡Estimado camarada! Cumplo con gusto su petición de criticar su proyecto de «Organización del Partido Revolucionario de San Petersburgo». (Usted se refería, probablemente, a la organización del trabajo de San Petersburgo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia.) La cuestión planteada por usted es tan importante que en su discusión deben participar todos los miembros del Comité de San Petersburgo e incluso todos los socialdemócratas rusos en general.

Ante todo, señalo mi plena solidaridad con su explicación de la inadecuación de la anterior organización (la «de la Unión», como usted la llama) de la «Unión». Usted señala la falta de preparación seria y de educación revolucionaria entre los obreros de vanguardia, el llamado sistema electivo, tan orgullosa y obstinadamente defendido por los obreristas{6} en nombre de los principios «democráticos», y el alejamiento de los obreros de la actividad activa.

Efectivamente: 1) la falta de preparación seria y de educación revolucionaria (no solo entre los obreros, sino también entre los intelectuales), 2) la aplicación inoportuna y desmesurada del principio electivo y 3) el alejamiento de los obreros de la actividad revolucionaria activa, en esto reside, en realidad, el principal defecto no solo de la organización de San Petersburgo, sino también de muchas otras organizaciones locales de nuestro partido.

Compartiendo plenamente su punto de vista básico sobre las tareas organizativas, me sumo también a su proyecto organizativo, en la medida en que sus rasgos principales se me aclaran a partir de su carta.

A saber, estoy completamente de acuerdo con usted en que se debe subrayar especialmente las tareas del trabajo de toda Rusia y de todo el partido en general; en su texto esto se expresa en que el punto primero del proyecto reza: «el centro dirigente del partido (y no solo de un comité o distrito) es el periódico “Iskra”, que tiene corresponsales permanentes entre los obreros y está estrechamente vinculado al trabajo interno de la organización». Sólo señalaría que el periódico puede y debe ser el dirigente ideológico del partido, desarrollar las verdades teóricas, las posiciones tácticas, las ideas organizativas generales, las tareas generales de todo el partido en uno u otro momento. En cambio, el dirigente práctico inmediato del movimiento solo puede ser un grupo central especial (llamémoslo, por ejemplo, Comité Central), que se comunique personalmente con todos los comités, que incluya en su seno a todas las mejores fuerzas revolucionarias de todos los socialdemócratas rusos y que gestione todos los asuntos generales del partido, tales como: distribución de literatura, edición de octavillas, distribución de fuerzas, designación de personas y grupos para dirigir empresas especiales, preparación de manifestaciones e insurrecciones de toda Rusia, etc. Dada la necesidad de la más estricta clandestinidad y de la salvaguarda de la continuidad del movimiento, nuestro partido puede y debe tener dos centros dirigentes: el Órgano Central y el Comité Central. El primero debe dirigir ideológicamente, el segundo, directa y prácticamente. La unidad de acción y la necesaria solidaridad entre estos grupos deben estar aseguradas no solo por un programa único del partido, sino también por la composición de ambos grupos (es necesario que en ambos grupos, tanto en el Órgano Central como en el Comité Central, haya personas plenamente compenetradas entre sí) y por la institución de conferencias regulares y constantes entre ellos. Solo entonces, por un lado, el Órgano Central estará situado fuera del alcance de los gendarmes rusos y tendrá aseguradas la firmeza y la continuidad, y, por otro lado, el Comité Central será siempre solidario con el Órgano Central en todo lo esencial y suficientemente libre para la gestión directa de toda la parte práctica del movimiento.

Sería deseable, por lo tanto, que el punto primero de los estatutos (conforme a su proyecto) indicara no solo qué órgano del partido se reconoce como dirigente (esta es una indicación necesaria, por supuesto), sino también que la organización local en cuestión se plantea como tarea trabajar activamente en la creación, el apoyo y el fortalecimiento de aquellas instituciones centrales sin las cuales nuestro partido no puede existir como partido.

A continuación, en el segundo punto, habláis del comité: que debe «dirigir la organización local» (quizás sería mejor decir: «todo el trabajo local y todas las organizaciones locales del partido», pero no me detendré en los detalles de la formulación) y que debe estar compuesto tanto por obreros como por intelectuales, y que su división en dos comités es perjudicial. Esto es total y absolutamente justo. El comité del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia debe ser uno solo, y en él deben estar socialdemócratas plenamente conscientes que se dediquen por entero a la actividad socialdemócrata. Hay que esforzarse especialmente en que el mayor número posible de obreros se conviertan en revolucionarios plenamente conscientes y profesionales y entren en el comité[3]. Bajo la condición de un comité único, y no dual, la cuestión de que los miembros del comité conozcan personalmente a muchos obreros adquiere una importancia especial. Para dirigir todo lo que ocurre en el medio obrero, es necesario tener la posibilidad de llegar a todas partes, conocer a muchísima gente, tener todos los contactos, etc., etc. Por eso, en el comité deben estar, en lo posible, todos los principales dirigentes del movimiento obrero surgidos de entre los propios obreros; el comité debe dirigir todos los aspectos del movimiento local y administrar todas las instituciones, fuerzas y medios locales del partido. Sobre cómo debe constituirse el comité, no decís nada; probablemente también aquí coincidiremos con vosotros en que apenas se necesitan reglas especiales al respecto; cómo constituir el comité es ya asunto de los socialdemócratas locales. Quizás solo se podría indicar que el comité se completa por decisión de la mayoría (o de dos tercios, etc.) de sus miembros, que el comité debe preocuparse por transferir sus contactos a un lugar seguro (en el sentido revolucionario) y preservado (en el sentido político) y por preparar de antemano candidatos para sí mismo. Cuando tengamos un Órgano Central y un Comité Central, los nuevos comités deberán formarse únicamente con su participación y su consentimiento. El número de miembros del comité debe ser, en lo posible, no muy grande (para que el nivel de esos miembros sea más elevado y su especialización en la profesión revolucionaria más completa), pero al mismo tiempo suficiente para administrar todos los aspectos del trabajo y garantizar la plenitud de las deliberaciones y la firmeza de las decisiones. Si resultara que hay bastantes miembros y reunirse con frecuencia es peligroso, entonces tal vez sería necesario separar del comité un grupo ejecutivo especial, muy pequeño (digamos, cinco personas o incluso menos), que obligatoriamente debe incluir en su composición al secretario y a las personas más capaces de ser los organizadores prácticos de todo el trabajo en su conjunto. Para este grupo sería especialmente importante asegurarse candidatos para el caso de una caída, a fin de que el trabajo no se interrumpa. Las asambleas generales del comité aprobarían las acciones del grupo ejecutivo, determinarían su composición, etc.

A continuación, después del comité, proponéis, como subordinadas a él, las siguientes instituciones: 1) la discusión (reunión de los «mejores» revolucionarios), 2) los círculos de distrito con 3) un círculo de propagandistas adjunto a cada uno de ellos, 4) los círculos de fábrica y 5) las «asambleas representativas» de delegados de los círculos de fábrica de un distrito dado. Estoy completamente de acuerdo con vosotros en que todas las demás instituciones (y debe haber muchísimas y muy variadas, además de las mencionadas por vosotros) deben estar subordinadas al comité, y en que son necesarios los grupos de distrito (para las ciudades muy grandes) y los de fábrica (siempre y en todas partes). Pero en algunos detalles, me parece, no estoy del todo de acuerdo con vosotros. Por ejemplo, en cuanto a la «discusión», pienso que tal institución no es necesaria en absoluto. Los «mejores revolucionarios» deben estar todos en el comité o en funciones especiales (imprenta, transporte, agitación ambulante, organización, digamos, de una oficina de pasaportes, o de un destacamento para luchar contra los espías y provocadores, o de grupos en el ejército, etc.).

Las «reuniones» tendrán lugar tanto en el comité como en cada distrito, en cada círculo de fábrica, de propaganda, profesional (de tejedores, mecánicos, curtidores, etc.), estudiantil, literario, etc. ¿Para qué una institución especial para reuniones?

Además. Exigís con toda razón que «a todos los que lo deseen» se les dé la posibilidad de mantener correspondencia directamente con «Iskra». Pero «directamente» no debe entenderse en el sentido de dar a «todos los que lo deseen» acceso y la dirección de la redacción, sino en el de transmitir obligatoriamente (o enviar) a la redacción las cartas de todos los que lo deseen. En cuanto a las direcciones, hay que darlas de manera bastante amplia, pero no a todos los que lo deseen, sino solo a los revolucionarios seguros y destacados por su habilidad conspirativa, – quizás no una por distrito, como queréis, sino varias; también es necesario que todos los participantes en el trabajo, todos y cada uno de los círculos, tengan el derecho de poner sus decisiones, deseos, consultas en conocimiento tanto del comité, como del Órgano Central y del Comité Central. Si aseguramos esto, entonces se alcanzará la plenitud de la consulta de todos los trabajadores del partido sin crear instituciones tan engorrosas y no conspirativas como la «discusión». Por supuesto, hay que esforzarse también por organizar reuniones personales del mayor número posible de todos los militantes, – pero aquí todo el problema está en la conspiración. Las asambleas generales y los mítines solo son posibles en Rusia de vez en cuando, como excepción, y hay que ser sumamente prudente al admitir a los «mejores revolucionarios» en esas reuniones, pues en las asambleas generales es más fácil que se infiltre un provocador y que un espía siga la pista a uno de los participantes. Pienso que tal vez sería mejor hacer lo siguiente: cuando se puedan organizar grandes asambleas generales (digamos, de 30 a 100 personas) (por ej., en verano en el bosque o en un piso conspirativo especialmente alquilado), que el comité envíe allí a 1 o 2 «mejores revolucionarios» y se ocupe de la buena composición de la reunión, es decir, por ejemplo, de invitar al mayor número posible de miembros seguros de los círculos de fábrica, etc. Pero no hay que formalizar estas reuniones, no hay que incluirlas en los estatutos, no hay que hacerlas regulares, no hay que hacer que todos los miembros de la reunión conozcan a todos los participantes, es decir, que todos sean «representantes» de los círculos, etc.; por eso estoy en contra no solo de las «discusiones», sino también de la «asamblea representativa». En lugar de ambas instituciones, propondría establecer aproximadamente la siguiente regla. El comité se ocupa de organizar grandes reuniones del mayor número posible de participantes prácticos del movimiento y de todos los obreros en general. El momento, el lugar, el motivo de la reunión y su composición son determinados por el comité, que es responsable de la organización conspirativa de tales empresas. Se sobrentiende que esto no restringe en absoluto la organización por los obreros de mítines aún menos formales en los paseos, en el bosque, etc. Quizás sería aún mejor no hablar de esto en los estatutos.

En cuanto a los grupos de distrito, estoy completamente de acuerdo con usted en que una de sus tareas más importantes es la correcta organización de la distribución de la literatura. Pienso que los grupos de distrito deben ser principalmente intermediarios entre los comités y las fábricas, intermediarios e incluso, preferentemente, transmisores. La organización conspirativa de la correcta difusión de la literatura recibida del comité debe ser su tarea principal. Y esta tarea es sumamente importante, porque si se aseguran las comunicaciones regulares de un grupo especial de distrito de repartidores con todas las fábricas del distrito, con el mayor número posible de viviendas obreras del distrito, esto tendrá una importancia enorme tanto para las manifestaciones como para la insurrección. Poner en marcha, organizar la rápida y correcta transmisión de literatura, octavillas, proclamas, etc., acostumbrar a toda una red de agentes a esto, significa hacer una gran parte del trabajo de preparación de futuras manifestaciones o insurrecciones. En el momento de la efervescencia, de la huelga, de la agitación, ya es tarde para organizar el reparto de literatura: a esto solo se puede acostumbrar poco a poco, realizándolo obligatoriamente dos o tres veces al mes. Si no hay periódico, esto se puede y se debe hacer con octavillas, pero de ninguna manera se debe permitir que este aparato de difusión permanezca inactivo. Hay que esforzarse por perfeccionar este aparato hasta tal punto que en una sola noche se pueda informar y, por así decirlo, movilizar a toda la población obrera de San Petersburgo. Y esto no es en absoluto una tarea utópica bajo la condición de la transmisión sistemática de octavillas desde el centro a los círculos intermediarios más reducidos y de estos a los repartidores. Ampliar los límites de la competencia del grupo de distrito a otras funciones, además de las puramente intermediarias y de transmisión, en mi opinión, no debería hacerse o, mejor dicho, debería hacerse solo con extrema cautela; esto solo puede perjudicar tanto la conspiratividad como la integridad del trabajo. Las deliberaciones sobre todas las cuestiones del partido, por supuesto, también tendrán lugar en los círculos de distrito, pero solo el comité debe decidir todas las cuestiones generales del movimiento local. La autonomía del grupo de distrito debería permitirse solo en las cuestiones de la técnica de transmisión y distribución. La composición del grupo de distrito debe ser determinada por el comité, es decir, el comité nombra a uno o dos de sus miembros (o incluso a no miembros) como delegados para tal o cual distrito y encarga a estos delegados formar el grupo de distrito, cuyos miembros, a su vez, son confirmados en el cargo, por así decirlo, por el comité. El grupo de distrito es una sección filial del comité, que solo de él toma sus poderes.

Paso a la cuestión de los círculos de propagandistas. Organizarlos por separado en cada distrito es difícilmente posible dada la escasez de fuerzas propagandísticas y difícilmente deseable. La propaganda debe ser llevada por todo el comité con un mismo espíritu y debe ser estrictamente centralizada, por eso yo me imagino el asunto así: el comité encarga a varios de sus miembros organizar un grupo de propagandistas (que será una sección filial del comité o una de las instituciones del comité). Este grupo, utilizando en el aspecto conspirativo los servicios de los grupos de distrito, debe llevar la propaganda en toda la ciudad, en toda la localidad «bajo la jurisdicción» del comité. Si es necesario, este grupo puede formar también subgrupos, delegar, por así decirlo, más adelante una u otra parte de sus funciones, pero todo esto no de otra manera que bajo la condición de la aprobación por parte del comité; el comité siempre e incondicionalmente debe tener el derecho de enviar a su delegado a cada grupo, subgrupo o círculo que esté de alguna manera vinculado al movimiento.

Según el mismo modelo de encargos, según el modelo de secciones filiales del comité o de sus instituciones, deben organizarse todos los diversos grupos que sirven al movimiento: tanto los grupos de jóvenes estudiantes y de secundaria, como los grupos de, digamos, funcionarios colaboradores, y el grupo de transporte, el tipográfico, el de pasaportes, los grupos para la organización de viviendas conspirativas, los grupos para la vigilancia de espías, los grupos militares, los grupos para el suministro de armas, los grupos para la organización, por ejemplo, de una «empresa financiera rentable», etc. Todo el arte de la organización conspirativa debe consistir en utilizar todo y a todos, «dar trabajo a todos y a cada uno», conservando al mismo tiempo la dirección de todo el movimiento, conservándola, por supuesto, no por la fuerza del poder, sino por la fuerza de la autoridad, por la fuerza de la energía, de una mayor experiencia, de una mayor versatilidad, de un mayor talento. Esta observación se refiere a aquella posible y habitual objeción de que una centralización estricta puede demasiado fácilmente arruinar la causa si casualmente en el centro se encuentra una persona incapaz investida de un poder inmenso. Esto es posible, por supuesto, pero el remedio contra esto no puede ser la electividad y la descentralización, absolutamente inadmisibles en una escala mínimamente amplia e incluso directamente perjudiciales en el trabajo revolucionario bajo la autocracia. Ningún estatuto proporciona remedio contra esto; solo pueden proporcionarlo las medidas de «influencia de camaradería», empezando por las resoluciones de todos y cada uno de los subgrupos, continuando con su apelación al Órgano Central y al Comité Central y terminando (en el peor de los casos) con el derrocamiento del poder completamente incapaz. El comité debe esforzarse por llevar a cabo la división del trabajo de manera lo más completa posible, recordando que para diferentes aspectos del trabajo revolucionario se necesitan diferentes capacidades, que a veces una persona completamente inepta como organizador será un agitador insustituible, o una persona incapaz de la más estricta disciplina conspirativa será un excelente propagandista, etc.

A propósito de los propagandistas, quisiera decir también unas palabras contra la habitual saturación de esta profesión con personas poco capaces y el consiguiente rebajamiento del nivel de la propaganda. A veces, entre nosotros se considera propagandista a cualquier estudiante sin distinción, y toda la juventud exige que «le den un círculo», etc. Habría que luchar contra esto, pues el perjuicio que de ello se deriva es muy grande. Los propagandistas verdaderamente firmes en principios y capaces son muy pocos (y para llegar a serlo hay que estudiar bastante y acumular experiencia), y a esas personas hay que especializarlas, ocuparlas por entero y cuidarlas sobremanera. Hay que organizar varias conferencias a la semana para tales personas y saber convocarlas a tiempo a otras ciudades, organizar en general giras de hábiles propagandistas por diferentes ciudades. En cambio, la masa de jóvenes que empiezan debe ser orientada más hacia empresas prácticas, que a menudo son relegadas en comparación con ese peregrinaje estudiantil por los círculos que optimistamente se llama «propaganda». Por supuesto, para las empresas prácticas serias también se necesita una preparación sólida, pero con todo, aquí es más fácil encontrar tarea también para los «principiantes».

Ahora, sobre los círculos fabriles. Son particularmente importantes para nosotros: toda la fuerza principal del movimiento reside en la organización de los obreros en las grandes fábricas, pues las grandes fábricas (y talleres) concentran no solo a la parte numéricamente predominante, sino aún más a la parte predominante por su influencia, desarrollo y capacidad de lucha de toda la clase obrera. Cada fábrica debe ser nuestra fortaleza. Y para ello, la organización obrera «fabril» ha de ser tan conspirativa hacia dentro, igual de «ramificada» hacia fuera, es decir, en sus relaciones externas, y debe extender sus tentáculos tan lejos y en las más diversas direcciones como cualquier organización revolucionaria. Subrayo que el núcleo, el dirigente, el «dueño» tiene que ser aquí también, obligatoriamente, un grupo de revolucionarios obreros. Con la tradición de las organizaciones socialdemócratas de tipo puramente obrero o sindical debemos romper por completo, incluidos los círculos «fabriles». El grupo fabril o el comité fabril (de taller) (para distinguirlo de otros grupos, que deben ser muy numerosos) ha de estar compuesto por un número muy reducido de revolucionarios que reciban directamente del comité los encargos y las atribuciones para llevar a cabo toda la labor socialdemócrata en la fábrica. Todos los miembros del comité de fábrica deben considerarse agentes del comité, obligados a acatar todas sus disposiciones, obligados a observar todas las «leyes y costumbres» del «ejército en campaña» al que han ingresado y del que en tiempo de guerra no tienen derecho a retirarse sin permiso de sus jefes. La composición del comité de fábrica reviste, por tanto, una importancia muy grande, y una de las principales preocupaciones del comité debe ser la acertada organización de estos subcomités. Concibo este asunto así: el comité encarga a tales o cuales de sus miembros (más, supongamos, tales o cuales personas de la clase obrera, que por una u otra razón no hayan ingresado en el comité, pero que puedan ser útiles por su experiencia, su conocimiento de la gente, su inteligencia, sus vínculos) que organicen por doquier subcomités fabriles. La comisión se reúne con los delegados de distrito, concierta una serie de entrevistas, examina a fondo a los candidatos a miembros de los subcomités fabriles, los somete a un interrogatorio «riguroso» cruzado, los somete, si es preciso, a prueba, procurando al mismo tiempo observar y poner a prueba ella misma, de manera directa, el mayor número posible de candidatos al subcomité fabril de esa fábrica y, por último, propone al comité que ratifique tal o cual composición de cada círculo fabril o que autorice a tal o cual obrero a formar, elegir y seleccionar un subcomité entero. De este modo, será también el comité quien determine quiénes de entre esos agentes han de mantener relaciones con él y de qué modo (por regla general, a través de los delegados de distrito, pero esta regla puede tener complementos y modificaciones). Dada la importancia de estos subcomités fabriles, debemos esforzarnos, en lo posible, por que cada subcomité posea una dirección para dirigirse al Órgano Central y un depósito de sus contactos en lugar seguro (es decir, que las informaciones necesarias para la inmediata reconstitución del subcomité en caso de caída, se transmitan con la mayor regularidad y abundancia posibles al centro del partido para custodiarlas allí donde los gendarmes rusos son incapaces de penetrar). Huelga decir que esta transmisión de direcciones debe ser determinada por el comité sobre la base de sus consideraciones y de los datos disponibles, y no en virtud del inexistente derecho a una distribución «democrática» de esas direcciones. Por último, quizá no esté de más advertir que a veces, en lugar de un subcomité fabril compuesto por varios miembros, resultará necesario o más conveniente limitarse a nombrar a un único agente del comité (y un suplente). Una vez formado el subcomité fabril, debe proceder a crear toda una serie de grupos y círculos fabriles con tareas diversas, con distinto grado de conspiratividad y formalización, por ejemplo: círculos para el reparto y la difusión de literatura (una de las funciones más importantes, que ha de organizarse de modo que tengamos un verdadero correo propio, que estén comprobados y verificados no solo los métodos de difusión, sino también el reparto por los domicilios, que se conozcan obligatoriamente todas las viviendas y las vías de acceso a ellas), círculos para la lectura de literatura ilegal, círculos para la vigilancia de los espías[4], círculos para la dirección específica del movimiento sindical y de la lucha económica, círculos de agitadores y propagandistas capaces de entablar conversaciones y mantenerlas largamente de manera plenamente legal (sobre maquinaria, sobre la inspección, etc.) con el fin de hablar de forma segura y pública, de sondear a la gente, de tantear el terreno, etc.[5]. El subcomité fabril debe esforzarse por abarcar toda la fábrica, la mayor parte posible de obreros, mediante una red de toda clase de círculos (o agentes). La abundancia de estos círculos, la posibilidad de que penetre en ellos un propagandista ambulante y, sobre todo, la regularidad correcta del trabajo de difusión de literatura y de obtención de informaciones y correspondencia, deben ser la medida del éxito de la actividad del subcomité.

Así pues, el tipo general de organización, a mi juicio, debe ser el siguiente: al frente de todo el movimiento local, de toda la labor socialdemócrata local, está el comité. De él emanan las instituciones subordinadas y las secciones filiales en forma de, primero, una red de agentes ejecutivos que abarque a toda (en la medida de lo posible) la masa obrera y esté organizada en forma de grupos de distrito y subcomités fabriles (de taller). En tiempos de paz, esta red difundirá literatura, hojas, proclamas y comunicaciones conspirativas del comité; en tiempos de guerra, organizará manifestaciones y otras acciones colectivas similares. En segundo lugar, del comité emana también una serie de círculos y grupos de toda índole (de propaganda, de transporte, toda clase de empresas conspirativas, etc.) al servicio de todo el movimiento. Todos los grupos, círculos, subcomités, etc., deben estar en condición de instituciones del comité o de secciones filiales del comité. Unos declararán abiertamente su deseo de ingresar en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y, previa ratificación por el comité, ingresarán en sus filas, asumirán (por encargo del comité o tras acordarlo con él) determinadas funciones, se obligarán a acatar las disposiciones de los órganos del partido, recibirán los derechos de todos los miembros del partido, serán considerados candidatos directos a miembros del comité, etc. Otros no ingresarán en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, manteniéndose en la condición de círculos organizados por miembros del partido o afines a tal o cual grupo del partido, etc.

En todos sus asuntos internos, los miembros de todos estos círculos, por supuesto, gozan de los mismos derechos que los miembros del comité entre sí. La única excepción será que el derecho de contactar personalmente con el comité local (así como con el Comité Central y el Órgano Central) lo tendrá únicamente la persona (o personas) designada por dicho comité. En todos los demás aspectos, esta persona tendrá los mismos derechos que los demás, quienes tendrán igual derecho a dirigir solicitudes (solo que no personalmente) al comité local, al Comité Central y al Órgano Central. De este modo, la mencionada excepción no será, en esencia, una violación de la igualdad de derechos, sino únicamente una concesión necesaria a las exigencias incondicionales de la conspiración. El miembro del comité que no transmita la solicitud de «su» grupo al comité, al Comité Central o al Órgano Central, será responsable de una violación directa del deber partidario. Además, en lo que respecta al grado de clandestinidad y organización formal de los diversos tipos de círculos, esto dependerá del carácter de sus funciones: según esto, existirán aquí las más variadas organizaciones (desde las más «estrictas», estrechas, cerradas, hasta las más «libres», amplias, abiertas y poco formalizadas). Por ejemplo, un grupo de distribuidores necesita la mayor clandestinidad y disciplina militar. Un grupo de propagandistas también necesita clandestinidad, pero la disciplina militar, en mucha menor medida. Un grupo de obreros que lean literatura legal u organicen conversaciones sobre necesidades y exigencias profesionales necesita aún menos clandestinidad, etc. Los grupos de distribuidores deben pertenecer al POSDR y conocer a cierto número de sus miembros y de sus funcionarios. Un grupo que estudie las condiciones laborales profesionales y elabore propuestas de reivindicaciones profesionales no está obligado a pertenecer al POSDR. Un grupo de estudiantes, oficiales o empleados que se dediquen a la autoformación con la participación de uno o dos miembros del partido, a veces incluso no deben saber en absoluto de su pertenencia al partido, etc. Pero en un aspecto debemos exigir incondicionalmente el máximo grado de formalización en todos estos grupos filiales, a saber: todo miembro del partido que participe en ellos está obligado a asumir una responsabilidad formal por la conducción de los asuntos en dichos grupos, y está obligado asimismo a tomar todas las medidas para que, ante el Comité Central y el Órgano Central, estén lo más abiertos posible tanto la composición de cada uno de estos grupos, como todo el mecanismo de su trabajo y todo el contenido de ese trabajo. Esto es necesario tanto para que el centro tenga un cuadro completo de todo el movimiento, como para que se puedan elegir a personas del círculo más amplio posible para los distintos cargos del partido, como para que unos grupos puedan aprender (a través del centro) de todos los grupos de este tipo en toda Rusia, y para prevenir la aparición de provocadores y de personas sospechosas; en una palabra, esto es incondicional e imperiosamente necesario en todos los casos.

¿Cómo lograrlo? Mediante informes regulares al comité, la comunicación al Órgano Central de la mayor parte posible del contenido del mayor número posible de esos informes, la organización de visitas a todos los círculos por parte de miembros del Comité Central y del comité local, y, por último, la transmisión obligatoria a un lugar seguro (y al buró del partido adjunto al Órgano Central y al Comité Central) de los contactos con ese círculo, es decir, de los nombres y direcciones de varios miembros del mismo. Solo cuando se comuniquen los informes y se transmitan los contactos, se podrá considerar que el miembro del partido que participa en tal círculo ha cumplido su deber; solo entonces todo el partido en su conjunto estará en condiciones de aprender de cada círculo que lleve a cabo un trabajo práctico; solo entonces no serán temibles para nosotros las caídas, pues, al disponer de contactos con círculos diversos, el delegado de nuestro Comité Central siempre podrá fácilmente encontrar de inmediato sustitutos y restablecer la actividad. La caída del comité no destruirá entonces toda la máquina, sino que solo cortará a los dirigentes, para quienes ya hay candidatos preparados. Y que no se diga que la comunicación de informes y contactos es imposible por las condiciones de clandestinidad: solo hace falta quererlo, y la posibilidad de transmitir (o enviar) las comunicaciones y los contactos existe y existirá siempre, mientras tengamos comités, mientras tengamos Comité Central u Órgano Central.

Hemos llegado aquí a un principio sumamente importante de toda la organización y de toda la actividad del partido: si para la dirección ideológica y práctica del movimiento y de la lucha revolucionaria del proletariado es necesaria la mayor centralización posible, en cambio, para la información del centro del partido (y, por consiguiente, de todo el partido en general) sobre el movimiento, y para la responsabilidad ante el partido, es necesaria la mayor descentralización posible. La dirección del movimiento debe estar a cargo del menor número posible de grupos lo más homogéneos posible, integrados por revolucionarios profesionales experimentados. En el movimiento debe participar el mayor número posible de grupos lo más diversos y heterogéneos posible, procedentes de las más variadas capas del proletariado (y de otras clases del pueblo). Y respecto a cada uno de esos grupos, el centro del partido debe tener siempre ante sí no solo datos precisos sobre su actividad, sino también la información más completa posible sobre su composición. Debemos centralizar la dirección del movimiento. Debemos también (y debemos hacerlo para ello, pues sin información es imposible la centralización) descentralizar en la mayor medida posible la responsabilidad ante el partido de cada uno de sus miembros, de cada participante en el trabajo, de cada círculo que ingrese en el partido o se adhiera a él. Esta descentralización es una condición necesaria de la centralización revolucionaria y su correctivo indispensable. Precisamente, cuando la centralización se lleve a cabo hasta el final y tengamos un Órgano Central y un Comité Central, la posibilidad de que cada grupo, por pequeño que sea, se dirija a ellos —y no solo la posibilidad de hacerlo, sino también la regularidad, forjada por largos años de práctica, de dirigirse al Órgano Central y al Comité Central— eliminará la posibilidad de los lamentables resultados de un fracaso casual en la composición de tal o cual comité local. Ahora, cuando nos acercamos a la unificación efectiva del partido y a la creación de un verdadero centro dirigente, debemos recordar con especial firmeza que ese centro será impotente si, al mismo tiempo, no llevamos a cabo la máxima descentralización tanto en la responsabilidad ante él como en su conocimiento de todas las ruedas y engranajes de la máquina del partido. Tal descentralización no es sino el reverso de aquella división del trabajo que, según el reconocimiento general, constituye una de las necesidades prácticas más imperiosas de nuestro movimiento. Ningún reconocimiento oficial de que una organización determinada es dirigente, ninguna creación de Comités Centrales formales, hará que nuestro movimiento sea realmente unificado, ni creará un partido de combate sólido, si el centro del partido sigue estando aislado del trabajo práctico directo por los comités locales de viejo tipo, es decir, aquellos en los que, por un lado, entra todo un montón de personas que se ocupan cada una de todos y cada uno de los asuntos, sin dedicarse a funciones particulares de la labor revolucionaria, sin ser responsables de empresas especiales, sin llevar hasta el final una tarea una vez emprendida, bien meditada y preparada, malgastando una enormidad de tiempo y energías en el ajetreo radicaloide —y, por otro lado, existe toda una masa de círculos estudiantiles y obreros, en parte completamente desconocidos por el comité, en parte igualmente abultados, no especializados, que no acumulan experiencia profesional, que no aprovechan la experiencia de otros y que, al igual que el comité, se ocupan en interminables reuniones «sobre todo», elecciones y redacción de estatutos. Para que el centro pueda trabajar bien, es necesario que los comités locales se transformen a sí mismos, se conviertan en organizaciones especializadas y más «prácticas», que alcancen verdadera «perfección» ya en una, ya en otra función práctica. Para que el centro pueda no solo aconsejar, persuadir, discutir (como se ha hecho hasta ahora), sino verdaderamente dirigir la orquesta, es necesario que se sepa con exactitud quién, dónde y qué violín toca, dónde y cómo aprendió y está aprendiendo tal o cual instrumento, quién, dónde y por qué desafina (cuando la música empieza a chirriar), y a quién, cómo y a dónde hay que trasladar para corregir la disonancia, etc., etc. En la actualidad —hay que decirlo francamente— no sabemos nada del trabajo interno real del comité, salvo sus proclamas y correspondencia general, o lo sabemos por amigos y conocidos personales. Pero sería ridículo pensar que con esto pudiera limitarse un partido inmenso, capaz de dirigir el movimiento obrero ruso y que prepara una ofensiva común contra la autocracia. Reducir el número de miembros del comité, encomendar en la medida de lo posible a cada uno una función particular, con obligación de rendir cuentas y responsable; crear un centro directivo especial y muy poco numeroso; elaborar una red de agentes ejecutivos que vinculen al comité con cada gran fábrica y taller, que se encarguen regularmente de la difusión de la literatura y que ofrezcan al centro un cuadro exacto de esa difusión y de toda la mecánica del trabajo; por último, crear numerosos grupos y círculos que asuman distintas funciones o que reúnan a personas que simpatizan con la socialdemocracia, que la ayudan, que se preparan para ser socialdemócratas, de modo que tanto al comité como al centro les sea siempre conocida la actividad (y la composición) de esos círculos: he ahí en qué debe consistir la reorganización del comité de San Petersburgo, así como de todos los demás comités del partido, y he ahí por qué la cuestión del estatuto tiene una importancia tan secundaria.

He comenzado por el análisis del esbozo de estatuto para mostrar con mayor claridad hacia dónde se encaminan mis propuestas. Y como resultado, espero que el lector haya comprendido que, en el fondo, quizá se podría prescindir del estatuto, sustituyéndolo por un sistema regular de información sobre cada círculo y sobre cada función de trabajo. ¿Qué se puede escribir en un estatuto? El comité dirige todo (eso ya está claro). El comité elige un grupo director (eso no siempre es necesario, y cuando lo es, la cuestión no está en el estatuto, sino en comunicar al centro la composición de ese grupo y los candidatos al mismo). El comité distribuye entre sus miembros las distintas facetas del trabajo, encargando a cada uno informar regularmente al comité y comunicar al Órgano Central y al Comité Central sobre la marcha de los asuntos (y en esto, lo más importante es comunicar al centro tal o cual distribución, en lugar de escribir en el estatuto una regla que, dada la escasez de nuestras fuerzas, a menudo quedará sin aplicación). El comité debe determinar con precisión quiénes son sus miembros. El comité se completa por cooptación. El comité designa grupos distritales, subcomités de fábrica, tales y cuales grupos (si se enumerara lo deseable, nunca se acabaría, y enumerarlos a modo de ejemplo en el estatuto no viene al caso; basta con comunicar al centro su creación). Los grupos distritales y los subcomités crean tales y cuales círculos... Redactar semejante estatuto es tanto menos útil en la actualidad cuanto que casi no tenemos (y en muchos lugares no tenemos en absoluto) experiencia en toda la extensión del partido sobre la actividad de distintos grupos y subgrupos de ese tipo; y para forjar tal experiencia no se necesita un estatuto, sino organizar, por así decirlo, la información del partido: en los estatutos, cada organización local nos gasta como mínimo varias veladas. Si ese tiempo lo dedicase cada cual, según su función especial, a un informe detallado y meditado sobre la misma ante todo el partido, la causa ganaría cien veces más.

Y los estatutos no son inútiles solo porque la labor revolucionaria no siempre admite formalización. No, la formalización es necesaria, y debemos esforzarnos por formalizar todo el trabajo en la medida de lo posible. Y la formalización es admisible en dimensiones mucho mayores de lo que habitualmente se piensa, pero no se alcanza mediante estatutos, sino única y exclusivamente (lo repetimos una y otra vez) por medio de una información precisa al centro del partido: solo entonces será una formalización real, vinculada a una responsabilidad real y a la publicidad (del partido). Si no, ¿quién de nosotros no sabe que los conflictos y divergencias serios se resuelven entre nosotros, en realidad, no mediante votaciones «conforme al estatuto», sino por medio de la lucha y la amenaza de «irse»? De esa lucha interna está llena la historia de la mayoría de nuestros comités en los últimos 3 o 4 años de vida del partido. Es una gran lástima que esa lucha no se haya formalizado: entonces habría dado mucho más para la enseñanza del partido, para la experiencia de nuestros sucesores. Pero esa formalización útil y necesaria no la crea ningún estatuto, sino exclusivamente la publicidad del partido. Bajo la autocracia, no podemos tener otro medio ni arma de publicidad del partido que la información regular al centro del partido.

Y solo cuando aprendamos a aplicar ampliamente esta publicidad, adquiriremos realmente la experiencia del funcionamiento de unas u otras organizaciones; solo sobre la base de una experiencia tan amplia y prolongada podrán elaborarse estatutos que no sean de papel.

Escrito entre el 1 y el 11 (14 y 24) de septiembre de 1902.

Posfacio

La redacción de *Iskra* dice en el núm. 55 que entre el Comité Central y la oposición «se concertó un acuerdo para echar al olvido» los hechos mencionados en mi «Carta a la redacción de *Iskra*» («¿Por qué salí de la redacción de *Iskra*?»). Esta declaración de la redacción no es más que un «despacho formal», verdaderamente formalista, burocrático y de oficina (para decirlo con el hermoso estilo del camarada Axelrod). En realidad, tal acuerdo no existió, como lo declara abiertamente el representante del Comité Central en el extranjero en una hoja especial publicada inmediatamente después de la aparición del núm. 55 de *Iskra*. Y no podía existir, como debe estar claro para cualquier lector atento de mi carta, pues la oposición rechazó la «buena paz» que le fue propuesta por el Comité Central y que, sin duda, habría incluido la condición de echar al olvido todo aquello que merece ser olvidado. ¿Acaso la redacción fue tan ingenua que, rechazando la paz y comenzando en el núm. 53 una guerra contra el célebre burocratismo, esperaba que la parte contraria callara sobre la verdadera fuente de esos cuentos sobre el burocratismo?

A la redacción no le gustó nada, pero nada, que yo llamara a la verdadera fuente de esos cuentos «disputas mezquinas» (*Literatengezänk* – disputas mezquinas de literatos). ¡Cómo no! Pero soltar palabras lastimeras a propósito de este hecho realmente desagradable no significa refutar el hecho.

Nos permitiremos formular dos preguntas a la muy respetable redacción.

Primera pregunta. ¿Por qué a uno le parecen simplemente divertidas las más furibundas acusaciones de autocracia, de régimen robespierrista, de dar un golpe de Estado, etc., etc., mientras que a otros les ofende en lo más vivo un relato tranquilo de hechos y de los puestos generalicios que de facto se exigían? ¿Hasta el punto de pronunciar discursos completamente «insulsos» sobre «personalidades», «sombra moral» e incluso «motivos bajos (¿de dónde sale esto??)»? ¿Por qué tanta diferencia, eh, amigos míos? ¿No será acaso porque el «puesto» de general es «más bajo» que el puesto de autócrata?

Segunda pregunta. ¿Por qué la redacción no explica a los lectores por qué ella (en aquellos lejanos tiempos, cuando pertenecía a la oposición y estaba de hecho «en minoría») expresaba su deseo de echar al olvido ciertos hechos? ¿No considera acaso la redacción que la sola idea de querer «echar al olvido» divergencias de principio es absurda y no podría ocurrírsele a ninguna persona sensata?

¡Ya veis cuán torpes sois, mis queridos «adversarios políticos»! Queríais aniquilarme con la acusación de que traslado la disputa de principio al terreno de las disputas mezquinas y, en lugar de ello, habéis confirmado mi afirmación respecto a la verdadera fuente de algunas de vuestras «divergencias».

Además. Tras reconocer, por su torpeza, que hubo disputas mezquinas, la redacción no se tomó el trabajo de explicar a los lectores dónde, en su opinión, termina la divergencia de principio y dónde comienzan las disputas mezquinas. La redacción pasa en silencio el hecho de que en mi carta intenté delimitar con toda precisión el terreno de una y otra cosa. Muestro allí que la divergencia de principio (de ningún modo tan profunda como para provocar una verdadera escisión) se manifestó sobre la cuestión del § 1 de los estatutos y se amplió con el acercamiento de la minoría iskrista a los elementos no iskristas hacia el final del congreso. Muestro también que los discursos sobre el burocratismo, el formalismo, etc., son ante todo un simple eco de las disputas mezquinas que tuvieron lugar después del congreso.

Probablemente la redacción no esté de acuerdo con semejante deslinde de lo «principial» y lo «digno de olvido». ¿Por qué, entonces, no se tomó el trabajo de comunicar su opinión sobre el deslinde «correcto» de esos terrenos? ¿No será porque esos terrenos aún no se han separado (y no pueden separarse) en su conciencia?

Por el folletín del respetado camarada Axelrod en el mismo núm. 55 de *Iskra*, los lectores pueden juzgar a qué conduce esta... falta de discernimiento y en qué se convierte nuestro Órgano Central del Partido. Sobre nuestras disputas en torno al § 1 de los estatutos, el camarada Axelrod no dice ni una palabra sobre el fondo, limitándose a alusiones absolutamente incomprensibles para quien no haya asistido al congreso sobre las «sociedades periféricas». ¡El camarada Axelrod ha olvidado, probablemente, cuán larga y detalladamente discutimos sobre el § 1! En cambio, el camarada Axelrod se ha creado una «teoría» según la cual «la mayoría de los iskristas que acudieron al congreso estaba penetrada del convencimiento de que su tarea principal es… librar la lucha contra los enemigos internos». «Ante esta misión» se «esfumaba (según el firme convencimiento del respetado camarada Axelrod) la tarea positiva que tenían por delante» la mayoría. «La perspectiva del trabajo positivo se empuja a la brumosa lejanía de un futuro indeterminado»; ante el partido se erige una «tarea militar más perentoria de reprimir a los enemigos internos». Y el camarada Axelrod no encuentra palabras para estigmatizar ese «centralismo burocrático (o mecánico)», esos planes «jacobinos» (¡¿!?), a esos «desorganizadores» que «oprimen y tratan como sediciosos» a unos cuantos.

Para mostrar cuál es el verdadero valor de esta teoría —o, más bien, de esas acusaciones a la mayoría del congreso de tendencias desorganizadoras a oprimir a la (imaginaria, seguramente) sedición y de ignorar el trabajo positivo—, me bastará recordar al desmemoriado camarada Axelrod un pequeño hecho (para empezar, uno solo). El 6 de octubre de 1903, tras reiteradas exhortaciones a los miembros de la minoría sobre lo absurdo y el carácter desorganizador de su boicot, Plejánov y yo invitamos oficialmente a los literatos «sediciosos» (incluido el camarada Axelrod) a emprender un trabajo positivo; les declaramos oficialmente que negarse a ese trabajo era igualmente insensato tanto desde el punto de vista de la irritación personal como desde el de tales o cuales divergencias (para cuya exposición abríamos las páginas de nuestras publicaciones).

El camarada Axelrod ha olvidado esto. Ha olvidado que respondió entonces con una negativa rotunda sin explicar en absoluto las razones. Ha olvidado que para él, en aquellos tiempos ya lejanos, «el trabajo positivo se empujaba a la brumosa lejanía de un futuro indeterminado», futuro que tan solo el 26 de noviembre de 1903 se convirtió en un presente deseado.

El camarada Axelrod no solo «olvidó» esto, sino que quisiera, en general, «echar al olvido» semejantes «personalidades» ¿no es cierto?

Señalar a la minoría que durante meses enteros desorganizó el partido, abandonó el trabajo positivo, distrajo con sus disputas mezquinas un montón de fuerzas del Comité Central, eso son «personalidades», eso significa arrojar una sombra moral, eso significa reducir la lucha de tendencias al nivel de las disputas mezquinas. A esto no hay lugar en las páginas del Órgano Central.

En cambio, acusar a la mayoría del congreso del partido de que osara gastar tiempo en exhortar a los «sediciosos», de que desorganizara al partido luchando contra los (imaginarios) desorganizadores, eso sí son divergencias de principio, para las que hay que «reservar» las columnas de *Iskra*. ¿No es cierto, respetado camarada Axelrod?

Quizá, mirando a su alrededor, el camarada Axelrod encuentre también en la actualidad no pocos ejemplos de cómo «el trabajo positivo» también para los prácticos de la minoría se empuja a la brumosa lejanía de un futuro igualmente deseado pero aún indeterminado.

No, sabéis, ¡os sería más ventajoso no tocar en absoluto la cuestión de la actitud de la mayoría y la minoría hacia el trabajo positivo! Sería más ventajoso no recordar aquello de lo que habla, por ejemplo, un obrero fabril de la ciudad de —va en la siguiente carta dirigida a mí:

«¡Querido camarada!...

En los últimos tiempos, es decir, después del segundo congreso del partido, se nos declaró que el Comité Central no fue elegido por el congreso por unanimidad, que el congreso se escindió en dos partes en torno a la cuestión de las relaciones entre el Órgano Central y el Comité Central, y se formó la llamada mayoría y minoría. Todo esto, como una pesada piedra, cayó sobre nuestra cabeza y nos aplastó con todo su peso, porque la propia cuestión de la relación entre el OC y el CC era para nosotros una novedad inesperada: pues hasta el mismo congreso, no solo no se planteó en ningún círculo ni reunión, sino que, por lo que recuerdo, se evitaba mencionarla incluso en la literatura. Esto mismo, el haberla silenciado antes del congreso, me resulta incomprensible. Si suponemos que no existía en absoluto, habrá que reconocer que los camaradas que dedicaban todas sus fuerzas a la unificación del partido no se representaban con claridad su organización, es decir, su estructura. Pero esto segundo es del todo imposible, porque la cuestión que ahora ha escindido al partido ha mostrado claramente que la visión sobre la estructura del partido existía y no era igual en todos. Y si es así, ¿por qué la ocultaban? Esto es lo primero. Y lo segundo, ante esta misma cuestión, cuando llega el momento de resolverla, me planteo la siguiente pregunta: ¿qué estructura del partido asegurará su dirección ortodoxa? Y al mismo tiempo, surge en mí la idea de que, además de la estructura del partido, es importante la composición de sus dirigentes, es decir, si ellos son ortodoxos, la dirección del partido será ortodoxa; si son oportunistas, el partido será igual. Ahora, partiendo de estas suposiciones y conociendo la composición de los dirigentes del partido, me pronuncio incondicionalmente por la preponderancia del OC sobre el CC en la dirección ideológica del partido. A pronunciarme por esto me obliga aún más la realidad rusa: por muy ortodoxo que sea el CC, al encontrarse en Rusia no puede estar a salvo de una caída y, en consecuencia, de la pérdida de la ortodoxia al margen de su voluntad, ya que los sucesores no siempre corresponden a aquellos a quienes sustituyen. ¿A quién de los camaradas que trabajan, aunque sea un poco, en los comités no le son familiares fenómenos como que el mejor comité, por una de tantas casualidades, sea reemplazado por uno malo, y viceversa? Otra cosa es con el OC: este se encuentra en condiciones distintas (teniendo en cuenta que el OC residirá en el extranjero) que le aseguran una existencia más prolongada y, por consiguiente, la posibilidad de preparar sucesores dignos. Pero no sé, camarada, si esta cuestión puede resolverse de una vez para siempre, es decir, que siempre prevalezca el OC sobre el CC o el CC sobre el OC. Pienso que no se puede. Tomemos esta situación: de repente la composición del OC cambia y de ortodoxa se vuelve oportunista, como, por ejemplo, «Vorwärts» en Alemania; bueno, ¿se le puede dar entonces la preponderancia en la dirección ideológica? ¿Qué haríamos nosotros, educados en un espíritu ortodoxo? ¿Acaso deberíamos estar de acuerdo con él? No, nuestro deber sería quitarle el derecho a la preponderancia y transferirlo a manos de otra institución, y si esto no se hiciera por cualquier motivo, ya sea la disciplina del partido o cualquier otra cosa, todos nosotros seríamos dignos del nombre de traidores al movimiento obrero socialdemócrata. Así es como lo veo y de ningún modo puedo estar de acuerdo con una solución de una vez para siempre, como hacen algunos camaradas.

Ahora, me es del todo incomprensible la lucha que se libra entre la mayoría y la minoría, y a muchos de nosotros nos parece incorrecta. ¡Bueno, diga, camarada! ¿Es natural esta situación, cuando todas las fuerzas se dedican a viajar por los comités solo para hablar de la mayoría y la minoría? Yo, la verdad, no lo sé. ¿Acaso esta cuestión es tan importante como para dedicarle todas las fuerzas y que por ella se miren unos a otros casi como enemigos? Y de hecho sucede que si un comité está compuesto, supongamos, por personas de un campo, del otro ya no entra nadie, a pesar de toda su idoneidad para el trabajo, e incluso, si quiere, no entrará ni cuando sea necesario para el trabajo, cuando este pierda mucho por su ausencia. Con esto, por supuesto, no quiero decir que haya que abandonar por completo la lucha en torno a esta cuestión: en absoluto, solo que, en mi opinión, debe tener otro carácter, y por ella no debemos olvidar nuestra tarea principal, a saber, la propaganda de las ideas socialdemócratas entre las masas, porque, olvidando esto, debilitamos a nuestro partido. No sé si es honesto, pero cuando veía que los intereses de la causa eran pisoteados en el barro y completamente olvidados, llamo a todos ellos intrigantes políticos. Sentía cierto dolor y temor por la causa misma al ver que las personas que están a su cabeza están ocupadas en otra cosa. Mirando esto, uno piensa: ¿acaso nuestro partido está condenado a eternas escisiones por tales minucias? ¿Acaso somos incapaces de llevar al mismo tiempo la lucha interna junto con la externa? ¿Para qué se organizan entonces los congresos, si sus resoluciones no se toman en cuenta y cada cual hace lo que le viene en gana, justificándose con que el congreso, dicen, decidió incorrectamente, que el CC es incapaz, etc.? Y esto lo hacen aquellos que antes del congreso no paraban de gritar sobre la centralización, sobre la disciplina del partido, etc., y ahora como que quieren demostrar que la disciplina solo es necesaria para los simples mortales, y no para ellos, las personas de la cúpula. Ellos, parece, han olvidado que su ejemplo corrompe terriblemente a los camaradas poco experimentados; ya ahora se oye de nuevo entre los obreros el descontento con la intelectualidad, que por sus disputas internas se olvida de ellos; ya ahora los más fogosos bajan los brazos, sin saber qué hacer. Por el momento, toda la estructura centralizada de la causa es un sonido vacío. Solo queda esperar que en el futuro todo cambie a mejor.

Escrito en enero de 1904.