Recientemente se celebró una reunión privada de 22 miembros del POSDR, camaradas de ideas afines que sostienen el punto de vista de la mayoría del II Congreso del partido; esta conferencia examinó la cuestión de nuestra crisis partidista y los medios para salir de ella, y decidió dirigirse a todos los socialdemócratas de Rusia con la siguiente proclama:

¡Camaradas! La profunda crisis de la vida del partido se prolonga sin que se vea su fin. La confusión crece, creando cada vez nuevos conflictos; la labor positiva del partido se ve dificultada al máximo en todos los terrenos. Las fuerzas del partido, joven aún y sin haber tenido tiempo de fortalecerse, se malgastan estérilmente en proporciones amenazadoras.

Entretanto, el momento histórico plantea al partido exigencias tan colosales como nunca antes. La efervescencia revolucionaria de la clase obrera aumenta, se intensifica la agitación también en otras capas de la sociedad; la guerra y la crisis, el hambre y el desempleo minan con fuerza elemental las raíces de la autocracia. El vergonzoso fin de la vergonzosa guerra no está ya muy lejos; y ese fin multiplicará necesariamente por diez la efervescencia revolucionaria, pondrá inevitablemente a la clase obrera frente a frente con sus enemigos y exigirá de la socialdemocracia un trabajo colosal, una tensión terrible de fuerzas, para organizar la lucha decisiva y final contra la autocracia.

¿Puede nuestro partido responder a estas exigencias en el estado en que se encuentra ahora? ¡Todo hombre honrado debe contestar sin vacilación: no!

La unidad del partido está profundamente minada, su lucha interna ha rebasado los marcos de toda disciplina partidista. La disciplina orgánica está quebrantada hasta sus cimientos, la capacidad del partido para una acción armónica y unida se convierte en un sueño.

Y sin embargo, consideramos esta enfermedad del partido como una enfermedad del crecimiento. Vemos la base de la crisis en la transición de la socialdemocracia de la forma de vida de círculo a las formas de partido; la esencia de su lucha interna es el conflicto entre el espíritu de círculo y los principios de partido. Por eso, sólo poniendo fin a esta enfermedad, nuestro partido podrá convertirse verdaderamente en un partido.

Bajo el nombre de «minoría» se han agrupado en el partido elementos heterogéneos, unidos por la aspiración, consciente o inconsciente, de mantener las relaciones de círculo, las formas de organización prepartidistas.

Algunos prominentes dirigentes de los más influyentes de los anteriores círculos, no habituados a las autolimitaciones orgánicas que exige la disciplina de partido, propenden por costumbre a confundir con los intereses generales del partido sus intereses de círculo, que en el período de los círculos podían en efecto coincidir a menudo con aquéllos; toda una serie de tales dirigentes se ha puesto al frente de la lucha por el espíritu de círculo contra los principios de partido (una parte de la antigua redacción de *Iskra*, una parte del antiguo Comité de Organización, miembros del anterior grupo «Rabóchi Yug»{8}, etc.).

Sus aliados resultaron todos aquellos elementos que en la teoría o en la práctica se desviaban de los principios del estricto socialdemocratismo, pues sólo el espíritu de círculo podía conservar la individualidad ideológica y la influencia de esos elementos, mientras que los principios de partido amenazaban diluirlos o privarlos de toda influencia (economistas, *rabóchedeltsi*{9}, etc.). Por último, los cuadros principales de la oposición los constituyeron, en general, todos los elementos de nuestro partido que eran predominantemente intelectualoides. En comparación con el proletariado, la intelectualidad es siempre más individualista, ya por las condiciones básicas de su vida y de su trabajo, que no le proporcionan directamente una amplia unión de fuerzas, una educación directa en el trabajo colectivo organizado. Por eso a los elementos intelectualoides les resulta más difícil adaptarse a la disciplina de la vida del partido, y aquellos de entre ellos que no son capaces de salir airosos de esta tarea, enarbolan naturalmente la bandera de la rebelión contra las necesarias restricciones orgánicas, y erigen su espontáneo anarquismo en principio de lucha, designando incorrectamente este anarquismo como aspiración a la «autonomía», como exigencia de «tolerancia», etc.

La parte del partido en el extranjero, donde los círculos se distinguen por una duración comparativamente mayor, donde se agrupan teóricos de diversos matices, donde predomina de un modo decisivo la intelectualidad, esta parte del partido debía resultar la más propensa al punto de vista de la «minoría». Por eso allí la minoría se convirtió pronto en la mayoría real. Por el contrario, Rusia, donde se oye con más fuerza la voz de los proletarios organizados, donde también la intelectualidad del partido, en una comunicación más viva y estrecha con ellos, se educa en un espíritu más proletario, donde el peso de la lucha directa hace sentir con más fuerza la necesidad de la unidad organizada del trabajo, Rusia se pronunció resueltamente contra el espíritu de círculo, contra las tendencias anárquicas desorganizadoras. Expresó de un modo definido esta actitud suya en toda una serie de declaraciones de los comités y otras organizaciones del partido.

La lucha se desarrollaba y se agudizaba. ¡Y a qué extremo ha llegado!

El órgano del partido, que la «minoría», contra la voluntad del congreso y gracias a las concesiones personales de los redactores elegidos por el congreso, logró acaparar en sus manos, ¡se convirtió en órgano de lucha contra el partido!

Ahora es, en grado mínimo, el dirigente ideológico del partido en su lucha contra la autocracia y la burguesía, y en grado máximo, el dirigente de la oposición de círculo en la lucha contra los principios de partido. Por una parte, sintiendo lo inadmisible de su posición básica desde el punto de vista de los intereses del partido, se ocupa afanosamente en buscar divergencias reales e imaginarias para encubrir ideológicamente esa posición; y en estas búsquedas, aferrándose hoy a una consigna, mañana a otra, va tomando cada vez más material del ala derecha del partido, de los antiguos adversarios de *Iskra*, se aproxima cada vez más ideológicamente a ellos, restaurando sus teorías rechazadas por el partido, haciendo retroceder la vida ideológica del partido a un período, al parecer ya superado, de indeterminación de principios, de vacilaciones y oscilaciones ideológicas. Por otra parte, la nueva *Iskra*, esforzándose por minar la influencia moral de la mayoría del partido, se ocupa con mayor afán aún en buscar y denunciar los errores de sus trabajadores, exagerando todo verdadero desliz hasta proporciones monstruosas y tratando de hacer recaer la responsabilidad de él sobre toda la mayoría del partido, recogiendo todo chisme de círculo, toda insinuación que pueda perjudicar a los adversarios, sin preocuparse no sólo de la verificación, sino muchas veces ni siquiera de la verosimilitud. Por este camino, los dirigentes de la nueva *Iskra* han llegado a atribuir a los miembros de la mayoría no sólo delitos completamente inexistentes, sino incluso imposibles, y no sólo en el aspecto político (por ejemplo: la acusación al CC de disolver por la fuerza a personas y organizaciones), sino también en el moral general (la acusación de falsificación y de complicidad moral en la falsificación contra destacados dirigentes del partido). Jamás el partido había tenido que hundirse en un mar de lodo como el que ha creado la minoría del extranjero en la actual polémica.

¿Cómo ha podido ocurrir todo esto?

La forma de actuar de cada parte correspondía al carácter básico de sus tendencias. La mayoría del partido, esforzándose a toda costa por conservar su unidad y su ligazón orgánica, luchaba sólo con medios leales al partido y más de una vez hizo concesiones en aras de la conciliación. La minoría, llevando a cabo una tendencia anárquica, no se preocupaba de la paz ni de la unidad del partido. Hizo de cada concesión un instrumento para la lucha ulterior. De todas las exigencias de la minoría, hasta ahora sólo una no ha sido satisfecha: la de introducir la discordia en el CC del partido cooptando a miembros de la minoría impuestos por la fuerza, y los ataques de la minoría se han vuelto más encarnizados que nunca. Habiéndose adueñado del CO y del Consejo del partido, la minoría no vacila ahora en explotar en sus intereses de círculo la misma disciplina contra la que en esencia lucha.

La situación se ha vuelto insoportable, imposible; prolongarla más es positivamente criminal.

El primer medio para salir de ella lo consideramos que es una claridad y una franqueza completas en las relaciones de partido. Entre el lodo y la niebla ya no se puede hallar el camino justo. Cada corriente del partido, cada grupo, deben decir de un modo abierto y definido lo que piensan de la situación actual del partido y de qué salida quieren. Con esta propuesta nos dirigimos a todos los camaradas, a los representantes de todos los matices del partido. La salida práctica de la crisis la vemos en la convocatoria inmediata del tercer congreso del partido. Sólo él puede aclarar la situación, resolver los conflictos, encauzar la lucha. Sin él sólo cabe esperar la progresiva descomposición del partido.

Consideramos absolutamente infundadas todas las objeciones que se aducen contra la convocatoria del congreso.

Se nos dice: el congreso llevará a la escisión. Pero ¿por qué? Si la minoría es intransigente en sus aspiraciones anárquicas, si está dispuesta a ir a la escisión antes que a someterse al partido, entonces de hecho ya se ha escindido de él, y en tal caso diferir la inevitable escisión formal es más que insensato: uncidas a la misma cadena, ambas partes malgastarían cada vez más insensatamente sus fuerzas en una lucha mezquina y en rencillas, agotándose y empequeñeciéndose moralmente. Pero nosotros no admitimos la posibilidad de la escisión. Ante la fuerza real del partido organizado, los elementos de temple anárquico deberán y, pensamos, sabrán inclinarse, porque por su propia naturaleza no pueden constituir una fuerza independiente. Se señala la posibilidad de una conciliación sin congreso. Pero ¿qué conciliación? La capitulación definitiva ante el espíritu de círculo, la cooptación de la minoría en el CC y, por consiguiente, el remate completo de la desorganización de los organismos centrales. Entonces el partido se convertiría sólo en un nombre, la mayoría del partido se vería obligada a empezar una nueva lucha. ¿Y la minoría? Hasta ahora, cada concesión conquistada fue para ella sólo un apoyo para la labor desorganizadora; incluso desde su punto de vista, la lucha ha rebasado con mucho los marcos de la rencilla de la cooptación; ¿cómo va pues a cesar en la lucha? Y tanto más no la cesará si no obtiene todas las concesiones. Se nos dice: el congreso no puede alcanzar su objetivo, porque hasta ahora no se han aclarado las divergencias. Pero ¿es que ahora la cosa tiende a aclararlas, es que no crece más y más la confusión? Las divergencias ahora no se aclaran, sino que se rebuscan y se crean, y sólo el congreso puede poner fin a esto. Sólo él, poniendo frente a frente a las partes en lucha, obligándolas a expresar de un modo definido y abierto sus aspiraciones, sólo él es capaz de aportar una claridad completa a las relaciones mutuas de las corrientes y de las fuerzas del partido. Pero el congreso puede ser falseado mediante la disolución de organizaciones, declara la minoría. Es una insinuación mendaz, respondemos nosotros, una insinuación en cuyo favor no se ha aducido ni un solo hecho. Si hubiera hechos, la minoría, disponiendo del órgano del partido, por supuesto, habría sabido ya darles amplia publicidad, y, teniendo en sus manos el Consejo del partido, habría tenido plena posibilidad de corregirlos. Por último, la reciente resolución del Consejo, al no señalar tales hechos en el pasado, garantiza de un modo definitivo la imposibilidad de ellos en el futuro. ¿Quién va a creer ahora esta insinuación inverosímil? Se expresan temores de que el congreso distraiga demasiadas fuerzas y medios de la labor positiva. ¡Amarga burla! ¿Es imaginable una distracción mayor de fuerzas y medios que la que causa la confusión? ¡El congreso es necesario! Sería necesario incluso en condiciones normales de la vida del partido, en vista de la excepcionalidad del momento histórico, en vista de la posibilidad de nuevas tareas planteadas al partido por los acontecimientos mundiales. Es doblemente necesario en la actual crisis del partido, para una salida honrosa y razonable de ella, para conservar las fuerzas del partido, para mantener su honor y dignidad.

¿Qué debe hacer el tercer congreso para poner fin a la confusión, para restablecer la vida normal del partido? En este sentido consideramos más esenciales las siguientes transformaciones, que defenderemos y llevaremos a cabo por todos los medios leales.

I. El pase de la redacción del CO a manos de los partidarios de la mayoría del partido. La necesidad de este pase, en virtud de la manifiesta incapacidad de la actual redacción para mantener el CO a la altura de los intereses generales del partido, está suficientemente motivada. Un órgano de círculo no puede ni debe ser el órgano del partido.

II. La regulación exacta de las relaciones de la organización local del extranjero (Liga) con el centro de toda Rusia, el CC. La situación actual de la Liga, que se ha convertido a sí misma en un segundo centro del partido y gobierna sin control a los grupos adheridos, ignorando al mismo tiempo por completo al CC, es una situación claramente anormal; es necesario acabar con ella.

III. La garantización, por vía estatutaria, de los métodos del partido para llevar la lucha en el partido. La necesidad de esta reforma se desprende de toda la experiencia de la lucha ulterior al congreso. Se exige asegurar en los estatutos del partido el derecho de toda minoría, a fin de apartar por este camino las fuentes constantes e invencibles de divergencias, descontento e irritación, del viejo cauce de círculo y de rencilla escandalosa, propio del filisteísmo, a un cauce todavía insólito de lucha formal y digna por las convicciones. Entre las condiciones necesarias de este viraje incluimos las siguientes: La concesión a la minoría de uno (o varios) grupo literario con derecho de representación en los congresos; las más amplias garantías formales en lo referente a la edición de literatura del partido dedicada a la crítica de la actividad de los organismos centrales del partido. El reconocimiento formal del derecho de los comités a recibir (en el transporte general del partido) las publicaciones del partido que les plazcan. La determinación exacta de los límites del derecho del CC a influir en la composición personal de los comités. Consideramos muy importante que las medidas de edición de literatura de los descontentos, que el CC había propuesto a la minoría del segundo congreso, sean fijadas en los estatutos, para que se desvanezca el espejismo del «estado de sitio» creado por la misma minoría, para que la inevitable lucha interna del partido se lleve en formas decentes y no entorpezca la labor positiva.

No desarrollamos aquí nuestras proposiciones detalladamente, ya que no proponemos un proyecto de estatutos, sino sólo un programa general de lucha por la unidad del partido. Por eso esbozaremos sólo brevemente la orientación de algunas modificaciones parciales de los estatutos que, a nuestro juicio, serían deseables, sin atarnos en modo alguno las manos en cuanto a su ulterior elaboración, a base de las nuevas indicaciones de la experiencia. Es necesario, por ejemplo, transformar el Consejo del partido, como institución que ha mostrado en la práctica su inutilidad en su forma actual para cumplir la tarea que se le ha encomendado: la unificación de la actividad de los centros y el control supremo sobre ella. Debe convertirse en un colegio elegido íntegramente por el congreso, y no en un tribunal arbitral del quinto elegido por el congreso sobre los centros, defendiéndose éstos por medio de sus delegados. Conviene asimismo, de acuerdo con las indicaciones de la crítica del partido, revisar el § 1 de los estatutos en el sentido de una definición más precisa de los límites del partido, etc.

Presentando este programa de lucha por la unidad del partido, invitamos a los representantes de todos los demás matices y a todas las organizaciones del partido a que se pronuncien de un modo definido sobre la cuestión de sus programas, para crear la posibilidad de una preparación seria y consecuente, consciente y metódica del congreso. Para el partido se decide una cuestión de vida, una cuestión de honor y dignidad: ¿existe como fuerza ideológica y real, capaz de organizarse razonablemente de modo que pueda actuar como verdadera dirigente del movimiento obrero revolucionario de nuestro país? ¡Con toda su manera de obrar, la minoría del extranjero dice que no! Y sigue obrando en este sentido con seguridad, con decisión, confiando en la lejanía de Rusia, en el frecuente relevo de los trabajadores de allí, en la insustituibilidad de sus jefes, de sus fuerzas literarias. ¡Entre nosotros está naciendo el partido! – decimos nosotros, viendo el crecimiento de la conciencia política de los obreros de vanguardia, viendo a los comités que actúan activamente en la vida general del partido. ¡Entre nosotros está naciendo el partido, se multiplican las fuerzas jóvenes, capaces de sustituir y rejuvenecer a los viejos colegios literarios que pierden la confianza del partido; entre nosotros hay cada vez más revolucionarios que estiman la firme orientación de la vida del partido por encima de cualquier círculo de los anteriores jefes. ¡Entre nosotros está naciendo el partido, y ninguna artimaña ni dilatoria detendrá su veredicto decisivo y definitivo.

De estas fuerzas de nuestro partido extraemos la seguridad de la victoria.

¡Camaradas! Imprimid y difundid esta proclama.

Escrito en la primera mitad de agosto (n. s.) de 1904.

Publicado en agosto de 1904 en una hoja volante.

Se imprime según el texto del folleto: «¡Al partido!», Ginebra, 1904.