Señalaré ante todo una particularidad que surgió en los debates. El camarada Egórov expresó su pesar por la ausencia de un informe que pudiera facilitar y orientar considerablemente todos nuestros debates. Yo había sido propuesto como ponente y, ante la falta de informe, me veo obligado a defenderme de algún modo. Y diré en mi defensa que el informe existe: es mi respuesta al camarada Iks[64], que precisamente responde a las objeciones e incomprensiones más difundidas suscitadas por nuestro programa agrario, y que fue distribuida a todos los delegados del congreso. Un informe no deja de ser informe por el hecho de imprimirse y distribuirse a los delegados en lugar de ser leído ante ellos.

Paso al contenido de los discursos de los oradores, quienes, lamentablemente, no tuvieron precisamente en cuenta este informe mío. El camarada Martínov, por ejemplo, no tuvo en cuenta siquiera la literatura anterior sobre nuestro programa agrario, cuando hablaba una y otra vez de la corrección de una injusticia histórica{105}, del vano retorno a cuarenta años atrás, de la abolición de un feudalismo que no es el contemporáneo, sino el feudalismo que existía en la década de 1860, etc. Hay que repetirse al responder a estos argumentos. Si nos apoyáramos solo en el principio de la «corrección de una injusticia histórica», nos guiaríamos únicamente por una frase democrática. Pero nosotros nos remitimos a las supervivencias del régimen de servidumbre que existen a nuestro alrededor, a la realidad actual, a lo que hoy constriñe y frena la lucha liberadora del proletariado. Se nos acusa de volver a una antigüedad remota. Esta acusación solo muestra el desconocimiento de los hechos más notorios sobre la actividad de los socialdemócratas de todos los países. En todas partes, siempre, plantean y llevan a cabo la tarea de completar lo que la burguesía no terminó. Es precisamente lo que hacemos nosotros. Y para hacerlo, es inevitable volver al pasado, y los socialdemócratas de cada país lo hacen, volviendo siempre a su 1789, a su 1848. Los socialdemócratas rusos, exactamente igual, no pueden dejar de volver también a su 1861, y tanto más enérgica y frecuentemente cuanto menor fue la parte de transformaciones democráticas que realizó nuestra llamada, con perdón, «reforma» campesina.

En lo que respecta al camarada Gorin, comete igualmente el error habitual, olvidando la servidumbre feudal realmente existente. El camarada Gorin dice que «la esperanza en las tierras recortadas mantiene por la fuerza al pequeño campesino en una ideología antiproletaria». Pero, en realidad, no es la «esperanza» en las tierras recortadas, sino las actuales tierras recortadas las que mantienen por la fuerza la servidumbre feudal, y no hay otra salida de esta servidumbre, de este arriendo de tipo feudal, que la transformación de los supuestos arrendatarios en propietarios libres.

Por último, el camarada Egórov planteó a los autores del programa la cuestión de su significado. ¿Es el programa —preguntaba— una conclusión de nuestras concepciones fundamentales sobre la evolución económica de Rusia, una previsión científica del resultado posible e inevitable de las transformaciones políticas? (En ese caso, el camarada Egórov podría estar de acuerdo con nosotros.) ¿O bien nuestro programa es una consigna práctica de agitación, y entonces no superaremos la marca frente a los socialistas revolucionarios, y en ese caso este programa debe ser considerado incorrecto? Debo decir que no comprendo esta distinción que hace el camarada Egórov. Si nuestro programa no satisficiera la primera condición, sería incorrecto y no podríamos aceptarlo. Pero si el programa es correcto, no puede dejar de proporcionar una consigna prácticamente útil para la agitación. La contradicción entre los dos dilemas del camarada Egórov es solo aparente: no puede existir en la realidad, pues una solución teórica correcta asegura un éxito sólido en la agitación. Y nosotros aspiramos precisamente a un éxito sólido y no nos perturban en absoluto los fracasos temporales.

El camarada Liber igualmente repitió objeciones refutadas hace tiempo, asombrándose de la «mezquindad» de nuestro programa y exigiendo «reformas radicales» también en el ámbito agrario. El camarada Liber olvidó la diferencia entre la parte democrática y la parte socialista del programa: tomó por «mezquindad» la ausencia de algo socialista en el programa democrático. No advirtió que la parte socialista de nuestro programa agrario se encuentra en otro lugar, precisamente en la sección obrera, que atañe también a la agricultura. Solo los socialistas revolucionarios, con la falta de principios que los caracteriza, pueden confundir, y confunden constantemente, las reivindicaciones democráticas y las socialistas, mientras que el partido del proletariado está obligado a separarlas y distinguirlas del modo más estricto.

Cotejado con el manuscrito