Las actas del congreso de 1903 que aprobó el programa de los marxistas rusos se han convertido en una rareza extraordinaria, y la inmensa mayoría de los militantes actuales del movimiento obrero no conoce las motivaciones de los distintos puntos del programa (tanto más cuanto que ni de lejos toda la literatura relativa a este tema goza de los beneficios de la legalidad…). Por eso es necesario detenerse en el análisis de la cuestión que nos interesa en el congreso de 1903.

Señalemos ante todo que, por muy escasa que sea la literatura socialdemócrata rusa relativa al «derecho de las naciones a la autodeterminación», de ella se deduce con absoluta claridad que este derecho se ha entendido siempre en el sentido del derecho a la separación. Los señores Semkovski, Liebman y Yurkévich, que lo ponen en duda y declaran que el § 9 es «poco claro», etc., hablan de «falta de claridad» solo por extrema ignorancia o despreocupación. Ya en 1902, en *Zariá*, Plejánov[44], al defender el «derecho a la autodeterminación» en el proyecto de programa, escribía que esta reivindicación, no obligatoria para los demócratas burgueses, «es obligatoria para los socialdemócratas». «Si nos hubiésemos olvidado de ella o no nos hubiésemos atrevido a formularla —escribía Plejánov—, por temor a rozar los prejuicios nacionales de nuestros compatriotas de la tribu granrusa, entonces en nuestra boca se habría convertido en una mentira vergonzosa… la consigna…: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”»{124}.

Esta es una caracterización muy certera del argumento fundamental en favor del punto en cuestión, tan certera que no en vano los críticos de nuestro programa que «no recuerdan su parentesco» lo han eludido y eluden con temor. Renunciar a este punto, sean cuales sean los motivos con que se adorne, significa de hecho una concesión «vergonzosa» al nacionalismo granruso. ¿Por qué granruso, cuando se habla del derecho de todas las naciones a la autodeterminación? Porque se trata de la separación de los granrusos. El interés de la unión de los proletarios, el interés de su solidaridad de clase exigen el reconocimiento del derecho de las naciones a la separación: he aquí lo que reconoció Plejánov en las palabras citadas hace 12 años; si hubiesen reflexionado sobre esto, nuestros oportunistas probablemente no habrían dicho tantas tonterías sobre la autodeterminación.

En el congreso de 1903, donde fue aprobado este proyecto de programa defendido por Plejánov, el trabajo principal se concentró en la comisión del programa. Sus actas, lamentablemente, no se llevaron. Precisamente sobre este punto habrían sido de especial interés, pues solo en la comisión los representantes de los socialdemócratas polacos, Varshavski y Ganetski, intentaron defender sus puntos de vista y rebatir el «reconocimiento del derecho a la autodeterminación». El lector que quisiera comparar sus argumentos (expuestos en el discurso de Varshavski y en su declaración y la de Ganetski, pp. 134-136 y 388-390 de las actas) con los argumentos de Rosa Luxemburg en su artículo polaco que hemos analizado, vería la total identidad de estos argumentos.

¿Cómo recibió estos argumentos la comisión del programa del II Congreso, donde quien más replicó a los marxistas polacos fue Plejánov? ¡Se burlaron despiadadamente de esos argumentos! El absurdo de proponer a los marxistas rusos eliminar el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación fue mostrado de forma tan clara y evidente que los marxistas polacos ni siquiera se atrevieron a repetir sus argumentos en la sesión plenaria del congreso. Abandonaron el congreso, convencidos de la desesperanza de su posición ante la asamblea suprema de marxistas granrusos, judíos, georgianos y armenios.

Este episodio histórico tiene, por supuesto, una importancia muy grande para todo el que se interese seriamente por su programa. La derrota total de los argumentos de los marxistas polacos en la comisión del programa del congreso y su renuncia a intentar defender sus puntos de vista en la reunión del congreso es un hecho extraordinariamente significativo. No en vano Rosa Luxemburg lo silenció «modestamente» en su artículo de 1908: ¡evocar el congreso debía de resultarle demasiado desagradable! También silenció aquella propuesta, ridículamente fallida, de «corregir» el § 9 del programa que hicieron Varshavski y Ganetski en nombre de todos los marxistas polacos en 1903 y que ni Rosa Luxemburg ni otros socialdemócratas polacos se atrevieron (ni se atreverán) a repetir.

Pero si Rosa Luxemburg, ocultando su derrota de 1903, silenció estos hechos, las personas que se interesan por la historia de su partido se preocuparán por conocerlos y por reflexionar sobre su significado.

«…Proponemos —escribían los amigos de Rosa Luxemburg al congreso de 1903, al retirarse de él— dar la siguiente formulación al séptimo (actual 9.º) punto del proyecto de programa: § 7. Instituciones que garanticen la plena libertad de desarrollo cultural a todas las naciones que forman parte del Estado» (p. 390 de las actas).

Así pues, ¡los marxistas polacos se presentaron entonces con puntos de vista sobre la cuestión nacional tan imprecisos que, en lugar de la autodeterminación, proponían en esencia nada menos que un sinónimo de la famosa «autonomía cultural-nacional»!

Esto suena casi increíble, pero desgraciadamente es un hecho. En el propio congreso, aunque en él había 5 bundistas con 5 votos y 3 caucasianos con 6 votos, sin contar el voto consultivo de Kóstrov, no se encontró ni un solo voto a favor de eliminar el punto sobre la autodeterminación. A favor de añadir a este punto la «autonomía cultural-nacional» se pronunciaron tres votos (por la fórmula de Goldblat: «creación de instituciones que garanticen a las naciones la plena libertad de desarrollo cultural») y cuatro votos por la fórmula de Liber («derecho a la libertad de su desarrollo cultural —de las naciones—»).

Ahora, cuando ha aparecido el partido liberal ruso, el partido demócrata-constitucionalista (kadete), sabemos que en su programa la autodeterminación política de las naciones ha sido sustituida por la «autodeterminación cultural». Así pues, los amigos polacos de Rosa Luxemburg, al «luchar» contra el nacionalismo del Partido Socialista Polaco (PPS), lo hacían con tal éxito ¡que proponían sustituir el programa marxista por el programa liberal! Y además acusaban a nuestro programa de oportunismo: ¡no es de extrañar que en la comisión del programa del II Congreso esta acusación no suscitara más que risas!

¿En qué sentido entendían la «autodeterminación» los delegados del II Congreso, entre los cuales, como hemos visto, no se encontró ni uno solo en contra de la «autodeterminación de las naciones»?

Sobre esto dan fe las tres citas siguientes de las actas:

«Martínov considera que a la palabra “autodeterminación” no se le puede dar una interpretación amplia; significa solo el derecho de la nación a constituirse como un todo político separado, y en modo alguno la autonomía regional» (p. 171). Martínov era miembro de la comisión del programa, en la que fueron refutados y ridiculizados los argumentos de los amigos de Rosa Luxemburg. Por sus puntos de vista, Martínov era entonces un «economista», un furibundo adversario de *Iskra*, y si hubiera expresado una opinión que no compartiera la mayoría de la comisión del programa, habría sido refutado, por supuesto.

Goldblat, bundista, tomó la palabra el primero cuando en el congreso se debatía, tras el trabajo de la comisión, el § 8 (el actual § 9) del programa.

«Contra el “derecho a la autodeterminación” —dijo Goldblat— nada se puede objetar. En caso de que una nación cualquiera luche por su independencia, no se puede oponerse a ello. Si Polonia no quiere contraer matrimonio legal con Rusia, hay que dejarla en paz, como dijo el camarada Plejánov. Estoy de acuerdo con esta opinión en esos límites» (pp. 175-176).

Plejánov no tomó en absoluto la palabra en la sesión plenaria del congreso sobre este punto. Goldblat se remite a las palabras de Plejánov en la comisión del programa, donde el «derecho a la autodeterminación» fue explicado detallada y popularmente en el sentido del derecho a la separación. Liber, que habló después de Goldblat, observó:

«Por supuesto, si una nacionalidad no puede vivir dentro de Rusia, el partido no se lo impedirá» (p. 176).

El lector ve que en el II Congreso del partido, que aprobó el programa, no hubo dos opiniones sobre que la autodeterminación significa «solo» el derecho a la separación. Incluso los bundistas asimilaron entonces esta verdad, y solo en nuestro triste tiempo de contrarrevolución continua y de todo tipo de «apostasías» se han encontrado personas audaces en su ignorancia que han declarado que el programa es «poco claro». Pero, antes de dedicar tiempo a estos tristes «sedicentes socialdemócratas», terminemos con la actitud de los polacos hacia el programa.

Al II Congreso (1903) acudieron con la declaración de la necesidad y la urgencia de la unificación. Pero se marcharon del congreso después de los «fracasos» en la comisión del programa, y su última palabra fue una declaración escrita, publicada en las actas del congreso, que contenía la propuesta arriba mencionada de sustituir la autodeterminación por la autonomía cultural-nacional.

En 1906 los marxistas polacos ingresaron en el partido, y ni al ingresar ni ni una sola vez después (ni en el congreso de 1907, ni en las conferencias de 1907 y 1908, ni en el pleno de 1910) presentaron propuesta alguna de modificación del § 9 del programa ruso.

Esto es un hecho.

Y este hecho demuestra palpablemente, a pesar de todas las frases y seguridades, que los amigos de Rosa Luxemburg consideraron que los debates en la comisión del programa del II Congreso y la decisión de ese congreso agotaban la cuestión, que tácitamente reconocieron su error y lo corrigieron cuando en 1906 ingresaron en el partido, después de haberse ido del congreso en 1903, sin intentar ni una sola vez, por la vía partidaria, plantear la revisión del § 9 del programa.

El artículo de Rosa Luxemburg apareció con su firma en 1908 —por supuesto, a nadie se le ocurrió jamás negar el derecho de los publicistas del partido a criticar el programa— y después de este artículo, tampoco ninguna institución oficial de los marxistas polacos planteó la cuestión de revisar el § 9.

Por eso Trotski hace un flaco favor a algunos admiradores de Rosa Luxemburg cuando, en nombre de la redacción de *Borbá*, escribe en el n.º 2 (marzo de 1914):

«…Los marxistas polacos consideran que “el derecho a la autodeterminación nacional” está completamente desprovisto de contenido político y debe ser eliminado del programa» (p. 25).

¡El servicial Trotski es más peligroso que un enemigo! De ningún otro sitio más que de «conversaciones privadas» (es decir, simples chismes, de los que siempre vive Trotski) pudo tomar las pruebas para incluir a los «marxistas polacos» en general entre los partidarios de cada artículo de Rosa Luxemburg. Trotski presentó a los «marxistas polacos» como personas sin honor ni conciencia, incapaces incluso de respetar sus propias convicciones y el programa de su partido. ¡El servicial Trotski!

Cuando en 1903 los representantes de los marxistas polacos se marcharon del II Congreso por el derecho a la autodeterminación, entonces Trotski pudo decir que ellos consideraban ese derecho desprovisto de contenido y que debía ser eliminado del programa.

Pero después de eso los marxistas polacos ingresaron en un partido que tenía ese programa, y ni una sola vez presentaron una propuesta para revisarlo[45].

¿Por qué silenció Trotski estos hechos ante los lectores de su revista? Solo porque le conviene especular con la exacerbación de las discrepancias entre los adversarios polacos y rusos del liquidacionismo y engañar a los obreros rusos en la cuestión del programa.

Jamás, en ninguna cuestión seria del marxismo, Trotski ha tenido opiniones firmes, siempre se ha «colado por la rendija» de unas u otras discrepancias y ha pasado de un bando a otro. En el momento actual se halla en compañía de los bundistas y los liquidacionistas. Pero estos señores no andan con miramientos con el partido.

Ahí tienen al bundista Liebman.

«Cuando la socialdemocracia rusa —escribe este caballero— hace 15 años incluyó en su programa el punto sobre el derecho de cada nacionalidad a la “autodeterminación”, todos (!!) se preguntaban: ¿qué significa en realidad esa expresión de moda (!!)? No había respuesta (!!). Esta palabra quedó (!!) envuelta en niebla. En realidad, entonces era difícil disipar esa niebla. Todavía no había llegado el momento de concretar este punto —se decía entonces—, que por ahora siga en la niebla (!!), y la propia vida mostrará qué contenido darle a ese punto».

¿Verdad que es magnífico este «niño sin pantalones»{125} que se burla del programa del partido?

¿Y por qué se burla?

Solo porque es un ignorante redomado, que no ha estudiado nada, que no ha leído ni siquiera historia del partido, y que simplemente ha caído en el medio liquidacionista, donde «es habitual» andar desnudo en lo que se refiere al partido y al espíritu partidario.

En la obra de Pomialovski, un estudiante de seminario se jacta de cómo «escupió en el barril de col»{126}. Los señores bundistas han ido más lejos. Dejan salir a los Liebman para que esos caballeros escupan públicamente en su propio barril. Que hubiera alguna resolución de un congreso internacional, que en el congreso de su propio partido dos representantes de su propio Bund demostraran (¡y eso que eran críticos “estrictos” y enemigos acérrimos de *Iskra*!) una capacidad plena para entender el sentido de la «autodeterminación» e incluso estuvieran de acuerdo con él, ¿qué les importa todo eso a los señores Liebman? ¿Y no será más fácil liquidar el partido si los «publicistas del partido» (¡no es broma!) tratan a la historia y al programa del partido a la manera de los seminaristas?

Ahí tienen al segundo «niño sin pantalones», el señor Yurkévich, de *Dzvin*. Probablemente el señor Yurkévich tuvo en sus manos las actas del II Congreso, porque cita las palabras de Plejánov reproducidas por Goldblat y demuestra conocer que la autodeterminación solo puede significar el derecho a la separación. Pero eso no le impide difundir entre la pequeña burguesía ucraniana la calumnia contra los marxistas rusos de que están a favor de la «integridad estatal» de Rusia (1913, n.º 7-8, p. 83 y otras). Por supuesto, los señores Yurkévich no habrían podido inventar un método mejor que esta calumnia para enajenar a la democracia ucraniana de la granrusa. ¡Y esa enajenación está en la línea de toda la política del grupo literario *Dzvin*, que predica la separación de los obreros ucranianos en una organización nacional especial![46]

A un grupo de pequeñoburgueses nacionalistas, que escinden al proletariado —tal es precisamente el papel objetivo de *Dzvin*—, le sienta de maravilla, por supuesto, difundir una confusión impía en la cuestión nacional. Obvio es que los señores Yurkévich y Liebman —que se ofenden «terriblemente» cuando se les llama «cercanos al partido»— no han dicho ni palabra, literalmente ni una sola palabra, sobre cómo querrían ellos resolver en el programa la cuestión del derecho a la separación.

Ahí tienen al tercero y principal «niño sin pantalones», el señor Semkovski, que en las páginas del periódico liquidacionista, ante el público granruso, «fulmina» el § 9 del programa y al mismo tiempo declara que él «no comparte, por ciertas consideraciones, la propuesta» de suprimir ese párrafo.

Parece increíble, pero es un hecho.

En agosto de 1912 la conferencia de los liquidacionistas plantea oficialmente la cuestión nacional. Durante año y medio, ni un solo artículo, excepto el del señor Semkovski, sobre la cuestión del § 9. ¡Y en ese artículo el autor refuta el programa, «no compartiendo por ciertas (¿una enfermedad secreta, tal vez?) consideraciones» la propuesta de corregirlo! Se puede garantizar que en todo el mundo no es fácil encontrar ejemplos de semejante oportunismo, y peor que oportunismo, de renuncia al partido, de liquidación del mismo.

Para mostrar los argumentos de Semkovski basta con un ejemplo:

«¿Qué hacer —escribe— si el proletariado polaco quisiera, dentro de los límites de un Estado único, librar una lucha conjunta con todo el proletariado ruso, mientras que las clases reaccionarias de la sociedad polaca, por el contrario, quisieran separar Polonia de Rusia y reunieran en un referéndum (consulta popular) la mayoría de votos a favor de esto: ¿deberíamos nosotros, los socialdemócratas rusos, votar en el parlamento central junto con nuestros camaradas polacos contra la separación o, para no violar el “derecho a la autodeterminación”, a favor de la separación?» (*Nóvaya Rabóchaya Gazeta*, n.º 71).

De aquí se ve que el señor Semkovski no entiende ni siquiera de qué se trata. No ha pensado que el derecho a la separación supone que la decisión de la cuestión no la tome precisamente el parlamento central, sino solamente el parlamento (dieta, referéndum, etc.) de la región que se separa.

Con un infantil desconcierto sobre «qué hacer» si en una democracia la mayoría está por la reacción, se encubre la cuestión de la política real, auténtica, viva, cuando tanto los Purishkévich como los Kokoshkin consideran criminal hasta la idea misma de la separación. ¡Probablemente, los proletarios de toda Rusia deben luchar hoy no contra los Purishkévich y los Kokoshkin, sino, salteándolos a ellos, contra las clases reaccionarias de Polonia!

¡Y semejante despropósito increíble se escribe en el órgano de los liquidacionistas, en el cual uno de los dirigentes ideológicos es el señor L. Mártov! El mismo L. Mártov que redactó el proyecto de programa y lo hizo aprobar en 1903, que más tarde también escribió en defensa de la libertad de separación. L. Mártov razona ahora, al parecer, según la regla:

No tengo inconveniente en mandar allí a Read-Semkovski y permitirle en un diario, ante nuevas capas de lectores que no conocen nuestro programa, tergiversarlo y embrollarlo sin fin.

Sí, sí, el liquidacionismo ha llegado muy lejos: de la militancia partidaria no queda ni rastro en muchísimos antiguos socialdemócratas, incluso destacados.

A Rosa Luxemburg, por supuesto, no se la puede equiparar a los Liebman, Yurkévich, Semkovski, pero el hecho de que hayan sido precisamente semejantes personas las que se hayan agarrado a su error demuestra con especial claridad en qué oportunismo incurrió ella.