El artículo «Qué no hacer» plantea cuestiones tan importantes, tan apremiantes precisamente en este momento de nuestra vida partidaria, que es difícil contener el deseo de responder de inmediato a la amable invitación de la redacción de abrir hospitalariamente las páginas de su órgano, especialmente difícil para un colaborador habitual de «Iskra», sobre todo en un momento en que retrasarse una semana con la propia voz significa, quizás, renunciar por completo a emitirla.

Y yo quisiera emitir mi voz consultiva para eliminar algunos malentendidos posibles y casi inevitables.

Diré ante todo que el autor del artículo tiene mil veces razón, en mi opinión, cuando insiste en la necesidad de preservar la unidad del partido y evitar nuevas escisiones, sobre todo por divergencias que no pueden considerarse significativas. El llamado a la conciliación, la suavidad y la transigencia es sumamente encomiable por parte de un dirigente en general y en este momento en particular. Lanzar anatemas o expulsar del partido no solo a los antiguos economistas, sino también a grupúsculos de socialdemócratas que padecen de «cierta inconsecuencia», sería indiscutiblemente irracional, tan irracional que nos resulta perfectamente comprensible el tono irritado del autor del artículo hacia quienes su mente imagina como Sobakévichs lineales, testarudos y tontos, capaces de abogar por la expulsión. Pensamos incluso más: cuando tengamos un programa y una organización del partido, deberemos no solo abrir hospitalariamente las páginas del órgano partidario para el intercambio de opiniones, sino también dar la posibilidad de exponer sistemáticamente sus divergencias, por insignificantes que sean, a aquellos grupos o, según la expresión del autor, grupúsculos que, por inconsecuencia, defienden ciertos dogmas del revisionismo y que, por unas u otras razones, insisten en su particularidad e individualidad grupales. Precisamente para no ser demasiado lineal y no mostrarnos con la brusquedad de un Sobakévich hacia el «individualismo anárquico», es necesario, a nuestro juicio, hacer todo lo posible –incluso hasta ciertas concesiones en los bellos esquemas del centralismo y en la sumisión incondicional a la disciplina– para dar a esos grupúsculos libertad de expresarse, para dar a todo el partido la posibilidad de sopesar la profundidad o la insignificancia de las divergencias, de determinar dónde exactamente, en qué y de parte de quién se observa la inconsecuencia.

Es hora, en verdad, de desechar resueltamente las tradiciones sectarias del círculo cerrado y –en un partido que se apoya en las masas– lanzar una consigna decidida: más luz, que el partido lo sepa todo, que se le entregue todo, absolutamente todo el material para evaluar todas y cada una de las divergencias, las recaídas en el revisionismo, las infracciones de la disciplina, etc. Más confianza en el juicio independiente de toda la masa de los militantes del partido: ellos, y solo ellos, sabrán moderar el excesivo ardor de los grupúsculos inclinados a la escisión; sabrán, con su lenta, imperceptible pero tenaz influencia, infundirles la «buena voluntad» de observar la disciplina partidaria; sabrán enfriar el ímpetu del individualismo anárquico; sabrán, con el simple hecho de su indiferencia, documentar, demostrar y mostrar el valor insignificante de divergencias exageradas por los elementos que gravitan hacia la escisión.

A la pregunta: «¿qué no hacer?» (qué no hacer en general y qué no hacer para no provocar una escisión), respondería ante todo: no ocultar al partido las causas de escisión que surgen y se acrecientan, no ocultar nada de las circunstancias y acontecimientos que constituyen dichas causas. Más aún, no ocultarlo no solo al partido, sino también, en la medida de lo posible, al público ajeno. Digo «en la medida de lo posible» teniendo en cuenta lo que es necesario ocultar por exigencias de la conspiración, pero en nuestras escisiones las circunstancias de este género juegan un papel insignificante. La más amplia publicidad es el medio más seguro y el único realmente fiable para evitar las escisiones que pueden evitarse, para reducir al mínimo el daño de aquellas que ya se han vuelto inevitables.

En efecto, reflexionemos sobre las obligaciones que impone al partido el hecho de que ya trata con la masa, y no con círculos. Para ser un partido de masas no solo de palabra, debemos atraer a masas cada vez más amplias a la participación en todos los asuntos del partido, elevándolas constantemente desde la indiferencia política hasta la protesta y la lucha, desde el espíritu general de protesta hasta la aceptación consciente de las concepciones socialdemócratas, desde la aceptación de esas concepciones hasta el apoyo al movimiento, desde el apoyo hasta la participación organizativa en el partido. ¿Es posible alcanzar este resultado sin introducir la más amplia publicidad en los asuntos de cuya solución depende uno u otro influjo sobre las masas? «Los obreros dejarán de comprendernos y nos abandonarán, como un estado mayor sin ejército, en caso de escisiones por divergencias insignificantes», dice el autor, y lo dice con toda razón. Y para que los obreros no puedan dejar de comprendernos, para que su experiencia en la lucha y su instinto proletario nos enseñen algo también a nosotros, los «dirigentes», es necesario que los obreros organizados se acostumbren a seguir las causas de escisión que surgen (tales causas siempre las hubo y siempre volverán a surgir en cualquier partido de masas), a adoptar una actitud consciente ante esas causas, a evaluar los incidentes de cualquier Poshejonia rusa o del extranjero{55} desde el punto de vista de los intereses de todo el partido, de los intereses de todo el movimiento en su conjunto.

El autor está triplemente en lo cierto cuando subraya que a nuestro centro se le dará mucho y mucho se le exigirá. Así es. Y precisamente por eso es necesario que todo el partido, sistemática, paulatina e invariablemente, forme a las personas adecuadas para el centro, que tenga ante sí, como en la palma de la mano, toda la actividad de cada candidato a este alto cargo, que se familiarice incluso con sus particularidades individuales, con sus puntos fuertes y débiles, con sus victorias y sus «derrotas». El autor hace observaciones notablemente sutiles, y evidentemente basadas en una rica experiencia, sobre algunas causas de tales derrotas. Y precisamente porque esas observaciones son tan sutiles, es necesario que de ellas se beneficie todo el partido, que siempre vea cada «derrota», por parcial que sea, de uno u otro de sus «dirigentes». Ningún político ha recorrido su carrera sin unas u otras derrotas, y si hablamos seriamente de influir sobre las masas, de conquistar «la buena voluntad» de las masas, debemos esforzarnos con todas nuestras fuerzas para que esas derrotas no se oculten en la atmósfera viciada de círculos y grupúsculos, sino que se sometan al juicio de todos. A primera vista, esto parece embarazoso; a veces, debe de parecer «ofensivo» para uno u otro dirigente aislado, pero ese falso sentimiento de incomodidad debemos superarlo, es nuestro deber ante el partido, ante la clase obrera. Así, y solo así, daremos la posibilidad a toda la masa (y no a una selección casual de un círculo o grupúsculo) de los militantes influyentes del partido de conocer a sus jefes y poner a cada cual en el estante que le corresponde. Solo la amplia publicidad endereza todas las desviaciones lineales, unilaterales, caprichosas; solo ella convierte las «disputas» a veces absurdas y ridículas de los «grupúsculos» en un material útil y necesario para la autoeducación del partido.

¡Luz, más luz! Necesitamos un enorme concierto; necesitamos adquirir experiencia para distribuir correctamente los papeles en él, para dar a uno el violín sentimental, a otro el contrabajo feroz, y poner en manos de un tercero la batuta de director. Que se materialice, pues, el hermoso llamamiento del autor a la hospitalidad para todas las opiniones en las páginas del órgano del partido y de todas las publicaciones partidarias; que todos y cada uno juzguen nuestras «disputas y naderías» por tal o cual «nota» que, según unos, fue interpretada con demasiada brusquedad, según otros, fue desafinada y, según otros, fue una voz quebrada. Solo de una serie de discusiones abiertas semejantes podrá surgir entre nosotros un colegio de dirigentes realmente compenetrados; solo con esa condición los obreros se verán en una situación tal que no podrán dejar de comprendernos; solo entonces nuestro «estado mayor» se apoyará realmente en la voluntad buena y consciente del ejército que marcha tras el estado mayor y, al mismo tiempo, dirige a su estado mayor.

«Iskra» n.º 53, 25 de noviembre de 1903.

Se imprime según el texto del periódico «Iskra».