Los marxistas rusos vienen señalando desde hace tiempo la degeneración del viejo narodnismo ruso clásico, revolucionario, que se produce de manera incesante desde los años ochenta del siglo pasado. Se fue apagando la fe en el régimen especial de la economía campesina, en la comuna como germen y base del socialismo, en la posibilidad de evitar el camino del capitalismo mediante una revolución social inmediata para la cual el pueblo ya estaba preparado. Conservaron significación política únicamente las reivindicaciones de toda clase de medidas encaminadas a fortalecer la economía campesina y la «pequeña producción popular» en general. Esto ya no era, en esencia, más que un reformismo burgués; el narodnismo se diluía en el liberalismo; se creaba una tendencia liberal-narodnista que no quería ver o no podía ver que las medidas proyectadas (todos esos créditos, cooperativas, mejoras, ampliaciones de la propiedad de la tierra) no salen del marco de la sociedad burguesa existente. Las teorías narodnistas de los señores V. V., Nikolái-on y sus numerosos repetidores servían solo de cobertura quasi[29]-científica a este hecho desagradable, pero indiscutible. La crítica marxista rompió la cobertura, y la influencia de las ideas narodnistas en el medio revolucionario ruso empezó a decaer con asombrosa rapidez. Estas ideas se convertían ya, de hecho, en patrimonio exclusivo de aquel estrato al que eran afines: la «sociedad» liberal rusa.

El bernsteinianismo europeo occidental fue una nueva corriente que reforzó y, al mismo tiempo, modificó la tendencia señalada. No en vano se dice, con razón, «no hay profeta en su tierra». Bernstein no tuvo suerte en su patria, pero en cambio sus ideas fueron «tomadas en serio» y aplicadas en la práctica por algunos socialistas de Francia, Italia, Rusia, que realizaron rápidamente la evolución hacia representantes del reformismo burgués. Fecundada por estas ideas, nuestra tendencia liberal-narodnista ganó nuevos partidarios entre los ex[30]-marxistas y, al mismo tiempo, maduró internamente, liberándose de algunas ilusiones primitivas y adherencias reaccionarias. El bernsteinianismo prestó su servicio, no por haber transformado el socialismo, sino por haber dado forma a una nueva fase del liberalismo burgués y haber quitado la apariencia de socialismo a algunos quasi-socialistas.

Un ejemplo sumamente interesante e instructivo del acercamiento y fusión de las ideas oportunistas europeas y las ideas narodnistas rusas lo ofrece el artículo del señor L. «Sobre la cuestión agraria» en el núm. 9 (33) de *Osvobozhdenie*{49}. Es un auténtico artículo programático, que expone con honradez tanto el credo[31] general del autor como la aplicación sistemática de este credo a una esfera determinada de cuestiones. Este artículo dejará huella en la historia del liberalismo ruso, señalando un gran paso adelante en su formalización y consolidación.

El autor reviste su liberalismo burgués con un traje confeccionado a la última moda. Repitiendo casi literalmente las palabras de Bernstein, trata, con una seriedad cómica, de convencer al lector de que «el liberalismo y el socialismo de ningún modo pueden separarse uno de otro o incluso contraponerse: por su ideal fundamental son idénticos e inseparables; el socialismo no amenaza con un peligro al liberalismo, como muchos temen; viene no a destruir, sino a cumplir los mandatos del liberalismo». Cosa sabida: se cree aquello que se desea, y el señor L. y sus allegados desean mucho, mucho que los socialdemócratas no se separen de los liberales, que entiendan el socialismo «no en el sentido de dogmas acabados y doctrinas anquilosadas, que pretenden tener en cuenta de antemano todo el curso del desarrollo histórico…» (etcétera, completamente en el espíritu de *Rusia Revolucionaria*{50})…, sino «como un ideal ético general…» (remitido, como es sabido, por todos los filisteos, incluidos los liberales, al terreno de lo irrealizable en este valle de lágrimas terrenal, al terreno de la vida futura y de las «cosas en sí»).

Los liberales, naturalmente, desean —perdón por la expresión vulgar— mostrar la mercancía en su mejor cara, identificar el liberalismo político en Rusia con el democratismo socioeconómico. Esta idea es muy «buena», pero, al mismo tiempo, muy confusa y muy astuta. Buena, porque expresa el buen deseo de una parte conocida de los liberales de defender amplias reformas sociales. Confusa, porque se basa en la contraposición del liberalismo democrático al liberalismo burgués (¡también esto completamente en el espíritu de *Rus. Rev.*!); el autor, por lo visto, no tiene idea de que en toda sociedad capitalista no pueden dejar de existir ciertos elementos democrático-burgueses que están a favor de amplias reformas democráticas y socioeconómicas; el autor, como todos los millerandistas rusos, quiere equiparar el reformismo burgués al socialismo, entendido, por supuesto, «no en el sentido de dogmas acabados», etc. Esta idea, por último, es muy astuta, pues el autor se convence a sí mismo y a los demás de que la simpatía por las reformas —«la preocupación por las necesidades e intereses populares, el "narodnismo" en el sentido ético auténtico y hermoso de esta palabra»— de una parte conocida de los liberales en un momento histórico conocido es o puede ser una propiedad constante del liberalismo en general. Esto es ingenuo hasta conmover. ¿Quién no sabe que todo ministerio burgués en la oposición, toda «oposición de Su Majestad» grita siempre sobre su auténtico, hermoso y ético «narodnismo» mientras permanece en la oposición? La burguesía rusa juega al narodnismo (y a veces juega sinceramente) precisamente porque está en la oposición, y todavía no empuña el timón del poder. El proletariado ruso responderá a los amables y astutos discursos de los señores osvobozhdeintsy: *pas si bête, messieurs!* ¡No soy tan tonto, señores, como para creer eso!

De las consideraciones generales sobre la identidad del liberalismo y el socialismo, el señor L. pasa a la teoría general de la cuestión agraria. En el transcurso de diez renglones aniquila el marxismo (otra vez y otra vez, en el espíritu de *Rus. Rev.*), exponiéndolo para ello, como es costumbre, en una forma burdamente simplificada, ¡declarándolo no correspondiente a la experiencia, no demostrado científicamente y en general falso! Es extremadamente característico que la única confirmación sea la referencia a la literatura socialista europea (cursiva del señor L.), evidentemente, a la bernsteiniana. La referencia es muy convincente. Si los socialistas europeos (¡europeos!) empiezan a pensar y razonar de manera burguesa, ¿por qué los burgueses rusos no habrían de declararse narodnistas y socialistas? La concepción marxista de la cuestión campesina, nos convence el señor L., «si fuera indiscutible y la única posible, pondría a toda la Rusia de los zemstvos (sic![32]) en una situación espantosa, trágica, condenándola a la inacción, en vista de la probada imposibilidad de una política agraria progresista y, en general, de una ayuda razonable y adecuada a la economía campesina». El argumento, como se ve, es irrebatible: puesto que el marxismo demuestra la imposibilidad de una prosperidad medianamente sólida para capas medianamente amplias del campesinado bajo el capitalismo, por eso pone a la Rusia «de los zemstvos» (¿no será una errata en lugar de «terrateniente»?), es decir, a la Rusia que vive precisamente a costa de la ruina y la proletarización del campesinado, en una situación espantosa, trágica. Sí, sí, en esto consiste precisamente uno de los méritos histórico-universales del marxismo: en haber puesto de una vez para siempre en una situación espantosa, tragicómica, a los ideólogos de la burguesía que se visten con el traje del narodnismo, del democratismo socioeconómico, etc.

Para agotar los ejercicios teóricos del señor L., nos queda por citar la siguiente perla. «Aquí (es decir, en la agricultura) —nos dicen— no hay ni puede haber ese progreso automático (!) que es posible, hasta cierto punto, en la industria, en dependencia del desarrollo objetivo (!) de la técnica». Esta profundidad incomparable está tomada enteramente de los señores Kablukov, Bulgakov, E. David y tutti quanti[33], que en sus «eruditos» trabajos justifican el atraso de sus puntos de vista con el atraso de la agricultura en los aspectos técnico, económico y social. El atraso de la agricultura es indiscutible, hace tiempo reconocido por los marxistas y perfectamente explicable, pero en cuanto al «progreso (aunque sea hasta cierto punto) automático en la industria» y el desarrollo objetivo de la técnica, eso ya es un completo disparate.

Sin embargo, las excursiones al campo de la ciencia no son más que un adorno arquitectónico del artículo del señor L. Como verdadero político realista, junto a la mayor confusión en las consideraciones generales, ofrece un programa práctico sumamente sobrio y concreto. Es cierto que modestamente advierte —en su lenguaje burocrático ruso— que se desentiende de la elaboración de un programa y se limita a expresar su posición, pero esto no es más que falsa modestia. En realidad, en el artículo del señor L. tenemos un programa agrario extraordinariamente detallado y completo de los liberales rusos, al que sólo le faltan la redacción estilística y la enumeración por puntos. El programa está consecuentemente mantenido en un espíritu liberal: libertad política, reforma tributaria democrática, libertad de circulación, política agraria democrático-campesina orientada a la democratización de la propiedad de la tierra. A los fines de esta democratización se exige la libertad de salida de la comunidad, la transformación de esta última de asociación obligatoria en asociación libre, semejante a cualquier sociedad económica, la creación de un derecho democrático de arrendamiento. «El Estado» debe contribuir al «traspaso de las tierras a manos de las masas trabajadoras» mediante toda una serie de medidas, tales como: ampliación de la actividad del banco campesino, conversión en propiedad estatal de las tierras de la corona, «creación de pequeñas explotaciones laborales sobre bases individuales o cooperativas», por último, la enajenación forzosa o la compra obligatoria de las tierras necesarias para los campesinos. «Por supuesto, esta compra obligatoria debe asentarse sobre una base firme de legalidad y rodearse en cada caso particular de garantías seguras», pero en algunos casos debe aplicarse «casi (¡sic!) incondicionalmente» —por ejemplo, en relación con las «tierras seccionadas» que crean una semejanza de relaciones serviles. Con el fin de poner término a las relaciones semiserviles, debe reconocerse al Estado el derecho de enajenación forzosa y de deslinde forzoso de las parcelas correspondientes.

Tal es el programa agrario de los liberales. La comparación entre éste y el programa agrario socialdemócrata se impone por sí misma. La similitud se manifiesta en la identidad de la tendencia inmediata y en la homogeneidad de la mayoría de las reivindicaciones. La diferencia consiste en los dos puntos siguientes, de importancia cardinal. En primer lugar, la eliminación de los residuos del régimen de servidumbre (planteada directamente como objetivo por ambos programas) los socialdemócratas quieren realizarla por la vía revolucionaria y con decisión revolucionaria asimismo, los liberales – por la vía reformista y sin decisión. En segundo lugar, los socialdemócratas subrayan que el régimen que se limpia de los residuos de la servidumbre es un régimen burgués, descubren de antemano y de inmediato todas sus contradicciones, se esfuerzan asimismo de inmediato por ampliar, por hacer más consciente aquella lucha de clases que se oculta en las entrañas de este nuevo régimen, irrumpiendo ya en el presente. Los liberales ignoran el carácter burgués del régimen limpio de la servidumbre, ocultan sus contradicciones, se esfuerzan por mitigar la lucha de clases que se oculta en sus entrañas.

Detengámonos en estas diferencias.

El carácter reformista e indeciso del programa agrario liberal se ve claramente, ante todo, en que no va más allá de la «compra obligatoria», y ésta reconocida sólo «casi» incondicionalmente —mientras que el programa agrario socialdemócrata exige la expropiación sin indemnización de las tierras seccionadas a sus antiguos poseedores, reconociendo la compra sólo en casos especiales, y aun entonces, a cargo de la propiedad territorial nobiliaria. Y de la expropiación de toda la tierra de los terratenientes los socialdemócratas, como es sabido[34], no reniegan, considerando únicamente inadmisible y aventurerista incluir en el programa esta reivindicación, no pertinente en todas las condiciones. Los socialdemócratas desde el comienzo mismo llaman al proletariado al primer paso revolucionario junto con el campesinado acomodado, para enseguida ir más allá ya con la burguesía campesina contra la clase terrateniente, ya contra la burguesía campesina unida a la clase terrateniente. Los liberales, ya aquí, en la lucha contra las relaciones semiserviles, rehúyen la iniciativa y la lucha de clases. Quieren encomendar la reforma al «Estado» (olvidando el carácter de clase del Estado) con ayuda de los órganos de autogobierno y de comisiones «especiales», comparando —esto es sumamente característico— la enajenación forzosa de las tierras seccionadas con la enajenación forzosa de tierras para las líneas ferroviarias. Nuestros liberales no habrían podido expresar más claramente o, mejor dicho, delatar su deseo íntimo de rodear la nueva reforma con las mismas «comodidades» para las clases gobernantes con las que en todas partes y siempre se rodea la venta de tierras a los ferrocarriles. ¡Y esto junto a la frase sonora sobre la sustitución de la política agraria estamental-aristocrática por una política agraria democrático-campesina! Para llevar a cabo en la práctica tal sustitución, hay que apelar no al «interés público», sino al estamento oprimido —el campesinado— contra el estamento opresor —la nobleza—, hay que levantar al primero contra el segundo, hay que llamar al campesinado a la iniciativa revolucionaria, y no al Estado a la actividad reformista. Además. Al hablar de la terminación de las relaciones semiserviles, los liberales cierran los ojos ante qué clase de relaciones son las que limpian de la servidumbre. El señor L., por ejemplo, repite las palabrejas de los señores Nikolái – on, V. V. y otros acerca del «principio del reconocimiento del derecho de los agricultores a la tierra que cultivan», acerca de la «viabilidad» del campesinado, pero modestamente calla sobre el «principio» de la economía burguesa y la explotación del trabajo asalariado por esos campesinos viables. Sobre el hecho de que la aplicación consecuente de la democracia en la esfera agraria significa el inevitable fortalecimiento y consolidación precisamente de los representantes pequeñoburgueses del campesinado, los demócratas burgueses no tienen ni quieren tener idea. En la proletarización del campesinado, el señor L. se niega (de nuevo, siguiendo a los populistas y en el espíritu de «Rusia Revolucionaria») a ver un «tipo de desarrollo», explicándola como «supervivencias del derecho de servidumbre» y «el estado patológico general de la aldea». ¡Probablemente, entre nosotros después de la constitución cesarán el crecimiento de las ciudades, la huida de las aldeas de la pobreza campesina, el paso de los terratenientes de la economía de trabajo a la de jornaleros, etc.! Al describir la benéfica influencia de la revolución francesa sobre el campesinado francés, el señor L. habla patéticamente de la desaparición de las hambrunas, de la elevación de la agricultura y su progreso, pero de que fue un progreso burgués, fundado en la formación de una clase «sólida» de obreros asalariados agrícolas y en la miseria crónica de la masa de las capas inferiores del campesinado, de esto el burgués populista no dejará caer, por supuesto, ni una palabrita.

En una palabra, la diferencia entre el programa agrario del Sr. L. y el programa agrario socialdemócrata reproduce en pequeño, con notable exactitud, todas las diferencias generales entre los programas mínimos de la democracia liberal y la democracia proletaria. Ya sea que se tomen estos programas en su formulación teórica por los ideólogos correspondientes o en su aplicación práctica por los partidos y corrientes respectivas, ya sea que se mire a la historia, por ejemplo, la de 1848, se verán precisamente estas dos diferencias fundamentales entre el planteamiento liberal y el socialdemócrata de las tareas prácticas inmediatas: por un lado, la tibieza reformista en la lucha contra las supervivencias del régimen feudal y la disimulación de las contradicciones de clase de la sociedad «moderna»; por el otro, la lucha revolucionaria contra los residuos del pasado con el fin de ampliar, desarrollar y agudizar la lucha de clases sobre la base de la nueva sociedad. Por supuesto, estas diferencias fundamentales, propias de la naturaleza misma de la sociedad capitalista en desarrollo, se manifiestan en formas muy diversas en los distintos Estados nacionales y en distintas épocas. La incapacidad de discernir, tras las formas nuevas y originales, a la «vieja» democracia burguesa constituye un rasgo característico de sus ideólogos consecuentes e inconsecuentes. Entre estos últimos, por ejemplo, no podemos dejar de incluir al representante del «populismo desconcertado», el Sr. P. Novobrántsev (véanse los núms. 32 y 33 de «Rusia Revolucionaria»), quien observa con ironía a propósito de los ataques de «Iskra» a «Liberación» por ser una publicación burguesa de clase: «No hay nada que decir, ha encontrado a la burguesía». «El Sr. Struve —nos instruye con condescendencia “Rusia Revolucionaria”— es un representante de la “intelectualidad”, no de la “burguesía como clase”, pues no une ni arrastra a ninguna clase ni estamento». ¡Muy bien, señores! Pero, si hubieran reflexionado un poco, habrían visto que el Sr. Struve es un representante de la intelectualidad burguesa. En cuanto a la burguesía como clase, el proletariado ruso la verá ante sí en la escena histórica solo cuando haya libertad política, cuando el gobierno sea casi directamente un «comité» de una u otra capa de la burguesía. Y solo los «socialistas por malentendido» pueden ignorar que su deber es abrir los ojos a la clase obrera sobre la burguesía, tanto en su actividad como en su pensamiento, tanto en su forma madura como en su edad juvenil y soñadora.

En cuanto a lo soñador, aquí hay que tomar precisamente al Sr. Novobrántsev. Pero nuestro artículo se ha alargado tanto, y la cosmovisión y las concepciones histórico-agrarias del Sr. Novobrántsev presentan tanto interés, sobre todo en paralelo con el Sr. L., que debemos aplazar esta conversación para otra ocasión.

Escrito entre el 29 de octubre y el 5 de noviembre (11 y 18 de noviembre) de 1903.

Publicado en el periódico «Iskra», núm. 54, el 1 de diciembre de 1903. Firmado: N. Lenin

Se imprime según el texto del periódico «Iskra»