¡Camaradas! Ayer (28/X) abandoné la sesión del congreso, porque resultaba demasiado repugnante presenciar el hurgar en sucias habladurías, rumores y conversaciones privadas que emprendió Mártov y llevó a cabo con histéricos chillidos, ante el regocijo de todos los aficionados al escándalo de cualquier tipo. Como burlándose de sí mismo, el mismo Mártov había hablado con elocuencia tres días atrás de la indecencia de semejantes referencias a conversaciones privadas que no pueden ser verificadas, que provocan la pregunta de cuál de los interlocutores mintió. Fue literalmente esa indecencia la que Mártov nos mostró al interrogarme ayer histéricamente quién había mentido, yo o él, en la exposición de la consabida conversación privada sobre la consabida troika.

Ese procedimiento de provocar un escándalo planteando la cuestión de “quién mintió” sólo es digno o bien de un bravucón que busca un pretexto barato para pelear, o bien de una persona histéricamente exaltada, incapaz de calibrar lo absurdo de su conducta. En un dirigente político a quien se acusa de determinados errores políticos, el empleo de semejante procedimiento atestigua inequívocamente la ausencia de otros medios de defensa, el lamentable desplazamiento de la divergencia política al terreno de las rencillas y habladurías.

Cabe preguntarse ahora qué medios de defensa pueden emplearse en general contra ese procedimiento de todos los bravucones y escandalizadores de esgrimir acusaciones indemostrables basadas en conversaciones privadas. Digo acusaciones “indemostrables”, pues las conversaciones privadas no recogidas en acta excluyen, por su propia esencia, toda posibilidad de prueba, y las acusaciones basadas en ellas conducen a simples repeticiones y declinaciones de la palabra “mentira”. Ayer Mártov llegó en el arte de tales repeticiones a un auténtico virtuosismo, y yo no voy a seguir su ejemplo.

Ya señalé en mi declaración de ayer un método de defensa, y en él insisto categóricamente. Propongo a mi adversario que publique de inmediato, en un folleto aparte, todas las acusaciones contra mí que lanzó en su discurso en forma de infinitas e innumerables alusiones turbias a mentiras, intrigas, etc., etc. Exijo que mi adversario comparezca precisamente ante todo el partido con su firma, porque ha arrojado una sombra sobre mí como miembro de la redacción del Órgano Central del partido, porque ha hablado de la imposibilidad de que ciertas personas ocupen puestos de responsabilidad en el partido. Me obligo a publicar todas las acusaciones de mi adversario, pues sé a la perfección que poner abiertamente de manifiesto las rencillas y las habladurías será mi mejor defensa ante el partido. Repito que, al eludir mi desafío, el adversario demostrará con ello que sus acusaciones consisten exclusivamente en turbias insinuaciones, engendradas o bien por la calumnia de un canalla, o bien por la irresponsabilidad histérica de un político que ha resbalado.

Tengo, por lo demás, otro medio indirecto de defensa. En mi declaración de ayer dije que la conversación privada en cuestión fue transmitida por Mártov de un modo absolutamente falso. No voy a reanudar esa conversación precisamente por lo desesperado y estéril de las afirmaciones indemostrables. Pero que cada cual reflexione sobre el “documento” que ayer entregué a Mártov, quien lo leyó en el congreso. Ese documento es el programa del congreso y mi comentario al mismo, comentario escrito después de la conversación “privada”, enviado por mí a Mártov y devuelto por él con correcciones.

Ese documento representa sin duda la quintaesencia de nuestra conversación, y me basta con examinar su texto exacto para mostrar el carácter chismoso de las acusaciones de Mártov. He aquí el texto completo:

«Punto 23 (del orden del día del congreso). Elección del Comité Central y de la redacción del Órgano Central del partido».

Mi comentario: “El congreso elige a 3 personas para la redacción del Órgano Central y a 3 para el Comité Central. Estas seis personas en conjunto, por mayoría de 2/3, completan, si es necesario, la composición de la redacción del Órgano Central y del Comité Central mediante cooptación e informan de ello al congreso. Después de que el congreso apruebe ese informe, la cooptación ulterior será realizada por separado por la redacción del Órgano Central y por el Comité Central”.

Mártov aseguraba que ese sistema fue adoptado exclusivamente para ampliar el grupo de los seis redactores. Contra esas afirmaciones declaran directamente las palabras: “si es necesario”. Es evidente que ya entonces se preveía la posibilidad de que tal necesidad no se presentara. Además, si para la cooptación se necesitaba el acuerdo de 4 de 6, es obvio que la ampliación de la redacción no habría podido realizarse sin el consentimiento de los no redactores, sin el consentimiento de por lo menos un miembro del Comité Central. En consecuencia, la ampliación de la redacción estaba condicionada por la opinión de una persona sobre cuya identidad sólo cabían entonces (un mes, si no mes y medio antes del congreso) las más vagas conjeturas. Es evidente, por tanto, que el grupo de los seis redactores como tal era reconocido también entonces por Mártov como incapaz de una existencia ulterior independiente, puesto que se concedía el voto decisivo en la cuestión de la ampliación de la troika elegida a un no redactor también elegido. Sin ayuda externa, extraña a la redacción, también Mártov consideraba imposible la transformación de la vieja redacción de “Iskra” en redacción del Órgano Central del partido.

Sigamos. Si todo el asunto consistiera exclusivamente en ampliar el grupo de seis, ¿a qué hablar de la troika? Entonces habría bastado con sustituir la cooptación unánime por una cooptación por una u otra mayoría. Entonces no habría hecho falta hablar en absoluto de la redacción, y habría bastado con hablar de la cooptación en las instituciones del partido en general, o en las instituciones centrales del partido en particular. Es evidente, por consiguiente, que no se trataba exclusivamente de una ampliación. Es asimismo evidente que a la posible ampliación se oponía no un solo miembro de la vieja redacción, sino quizás dos, o incluso tres, ya que para ampliar el grupo de seis se consideraba útil reducirlo primero a una troika.

Por último, comparemos el “completamiento”, la ampliación de la composición de los centros según los actuales estatutos del partido aprobados por el congreso, con aquel proyecto inicial que yo, junto con Mártov, plasmamos en el comentario al punto 23 del orden del día antes citado. Según el proyecto inicial se requería el acuerdo de cuatro contra dos (para ampliar la redacción del Órgano Central y del Comité Central), mientras que según los actuales estatutos se requiere, en última instancia, el acuerdo de tres contra dos, porque ahora quien decide definitivamente la cuestión de la cooptación en los centros es el Consejo, y si dos miembros de la redacción más otro miembro del Consejo desean la ampliación de la redacción, podrían llevarla a cabo contra la voluntad del tercero.

Así pues, no puede estar sujeto a la menor duda (basándose en el sentido exacto de un documento exacto) que la modificación de la composición de la redacción fue prevista (por mí y por Mártov, sin que fuera protestada por ninguno de los miembros de la redacción) mucho antes del congreso, y que esa modificación debía realizarse independientemente de la voluntad y el consentimiento de un miembro cualquiera, y quizás de dos o tres miembros del grupo de seis. Cabe juzgar, por tanto, qué peso tienen ahora las lamentables palabras sobre un mandato informal e imperativo que vinculaba al grupo de seis, sobre los lazos morales en su seno, sobre la importancia de un colegio inamovible y demás evasivas que abundaron en el discurso de Mártov. Todas esas evasivas contradicen directamente el texto inequívoco del comentario, que exige la renovación de la composición de la redacción, una renovación mediante un procedimiento bastante complejo y, por consiguiente, cuidadosamente meditado.

Resulta aún más indudable de este comentario que el cambio de composición de la redacción estaba condicionado por el consentimiento de no menos de dos camaradas rusos elegidos por el congreso, miembros del Comité Central. Ello significa sin duda que tanto yo como Mártov esperábamos persuadir a esos futuros miembros del Comité Central de la necesidad de un determinado cambio en la composición de la redacción. Ello significa que nosotros remitíamos la cuestión de la composición de la redacción a la decisión de los centros aún no conocidos con exactitud. Ello significa que nos lanzábamos a la lucha con la esperanza de ganar a esos centros para nuestra causa, y si ahora la mayoría de los camaradas rusos influyentes se ha pronunciado en el congreso a mi favor y no a favor de Mártov (a raíz de las divergencias surgidas entre nosotros), por parte de este último resulta un procedimiento de lucha directamente indecente y lamentable el llanto histérico por su derrota y el fomento de habladurías y rencillas indemostrables por su propia esencia.