¿No es cierto que es… hermoso? El Congreso del Bund elaboró de inmediato dos estatutos, definiendo a la vez el máximo y el mínimo de sus deseos o exigencias. Al mismo tiempo, el mínimo es prudentemente (¡oh, sumamente prudente!) guardado en el bolsillo. Se publica (en la hoja del 7 (20) de agosto) solo el máximo, y al mismo tiempo se declara pública, directa y claramente que este proyecto máximo de estatuto «debe ser propuesto al II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia como base para discutir (¡fíjense en esto!) la cuestión de la posición del Bund en el partido». Los oponentes atacan, naturalmente, este máximo con especial furia precisamente porque es un máximo, porque es la «última palabra»[12] de la corriente que ellos condenan. Entonces, un mes después, gentes que no experimentan la menor turbación sacan del bolsillo el «mínimo» y añaden amenazadoramente: «¡ultimátum!».

Esto ya no es la «última palabra», sino un verdadero precio límite… Pero, ¿es realmente el límite, señores? ¿No tienen en otro bolsillo un mínimo del mínimo? ¿No saldrá a la luz de Dios, pongamos por caso, dentro de otro mes?

Tememos seriamente que a los bundistas les resulte poco comprensible toda la «belleza» de ese máximo y ese mínimo. Pedir un precio triplicado, después rebajar un 75 % y declarar: «último precio», ¿acaso se puede comerciar de otra manera? ¿Acaso hay diferencia entre el mercantilismo y la política?

Existe, señores, nos atrevemos a asegurarles que existe. En primer lugar, en política algunos partidos aplican sistemáticamente principios bien conocidos, y por los principios no es decente regatear. En segundo lugar, cuando personas que se consideran miembros de un mismo partido consideran algunas de sus exigencias como un ultimátum, es decir, como condición de la propia pertenencia al partido, la honestidad política exige que esta circunstancia no se oculte, no se esconda «por el momento» en el bolsillo, sino que, por el contrario, se plantee abierta y definidamente desde el principio.

Nosotros predicamos desde hace tiempo a los bundistas estas verdades nada complicadas. Ya en febrero (núm. 33) escribíamos que jugar al escondite es poco inteligente e indigno, que el Bund compareció por separado (con la declaración sobre el OK) porque quiso comparecer como una parte que plantea condiciones a todo el partido[13]. Por tal apreciación del asunto nos bañaron entonces con todo un cubo de insultos específicamente bundistas (se podría decir con igual derecho: específicamente de mercado), y sin embargo los acontecimientos han mostrado ahora que teníamos razón. ¡Precisamente como parte comparece el Bund en las resoluciones del V Congreso, planteando a todo el partido ultimátums directos! Precisamente a este planteamiento de la cuestión aspirábamos siempre nosotros por parte de los bundistas, demostrando que se deriva inevitablemente de la posición adoptada por ellos: los bundistas protestaban airadamente, se zafaban y se escabullían, y al final han tenido que mostrar su «mínimo».

Esto es curioso, pero aún mucho más curioso es que el Bund siga escabulléndose aún ahora, siga hablando de la «falsedad» de la «vieja, archiconocida invención iskrista de que el Bund quiere entrar en una unión federativa con el Partido Ruso». Esta invención es falsa porque, miren ustedes, en el § 1 del estatuto propuesto por el Bund se dice directamente que desea ser parte del partido, no estar en unión con él.

¡Muy bien, señores! Pero, ¿no se dice en ese mismo parágrafo que el Bund es una parte federativa del partido?, ¿no se habla en todo el estatuto-máximo de partes contratantes?, ¿no habla el estatuto-mínimo de ultimátum y de modificar los «puntos básicos» solo con el acuerdo mutuo de las partes que integran el partido, no siendo reconocidas en este sentido como partes del partido ni las organizaciones locales ni las de distrito? Ustedes mismos dicen que parte contratante no puede ser ni una organización local ni de distrito, sino exclusivamente «una parte cohesionada del mismo carácter que el Bund». Ustedes mismos ponen como ejemplo que tal parte cohesionada podrían ser «la socialdemocracia polaca, lituana, letona», «si estuvieran en el partido», como ustedes prudentemente añaden. Y bien, ¿y si no están en el partido?, ¿y si la federación de organizaciones nacionales, deseable para ustedes, no es considerada deseable y es rechazada decididamente por todo el resto del partido? Ustedes saben perfectamente que las cosas están justamente así, ustedes mismos declaran directamente que la exigencia de construir todo el partido sobre la base de la federación de nacionalidades ya no la plantean. Cabe preguntar: ¿a quién dirigen ustedes su ultimátum? ¿No es evidente que a todo el partido, excepto al Bund? En lugar de demostrar la falsedad de la invención iskrista, no hacen sino poner de manifiesto un mínimo de lógica en sus escabullidas.

Pero, permítannos —nos objetan los bundistas—, ¡si nosotros incluso sacamos la federación de nuestro estatuto-mínimo! Esta supresión de la «temible» palabra es, en verdad, el episodio más interesante en el famoso tránsito del máximo al mínimo. Quizás en ninguna parte se ha expresado tan ingenuamente la despreocupación del Bund por los principios. Ustedes son dogmáticos, dogmáticos sin remedio, que por nada del mundo quieren reconocer el «principio federativo» de organización. Pero nosotros no somos dogmáticos, nosotros «colocamos la cuestión en un terreno puramente práctico». ¿No les gusta algún que otro principio? ¡Qué extraño! Pues entonces prescindiremos por completo del principio, «formulamos el § 1 de tal modo que no resulte una declaración de un determinado principio de organización». «El centro de gravedad de la cuestión no está en la formulación de principios que precede al estatuto, sino en sus puntos concretos, deducidos del examen de las necesidades del movimiento obrero judío, por un lado, y del movimiento en su conjunto, por otro» (pág. 1 de la hoja del 9 (22) de septiembre).

Este razonamiento es tan encantador por su ingenuidad que dan ganas de abrazar a su autor. ¡El bundista se creyó en serio que los dogmáticos temen solo a ciertas palabras temibles, y decidió que si se eliminan esas palabras, el dogmático no comprenderá nada en los puntos concretos! Y he aquí que el bundista se afana en el sudor de su frente, elabora el máximo, guarda (para un día aciago) el mínimo, prepara el ultimátum núm. 1, el ultimátum núm. 2… *Oleum et operam perdidisti, amice!* ¡Amigo mío, en vano pierdes tiempo y trabajo! A pesar de la astuta (¡oh, asombrosamente astuta!) eliminación del letrero, el dogmático percibe el principio federativo también en los «puntos concretos» del mínimo. Este principio se ve tanto en la exigencia de no limitar la parte del partido con ningún marco de distrito, como en la pretensión a la representación «única»[14] del proletariado judío, en la exigencia de «representación» en el CC del partido, en la privación al CC del partido del derecho de entablar relaciones con las partes del Bund sin el consentimiento del CC del Bund, y en la exigencia de reconocer que los puntos básicos solo pueden modificarse con el acuerdo de las partes del partido.

No, señores. El centro de gravedad de esa cuestión sobre la posición del Bund en el partido que se nos plantea, reside justamente en la declaración de un determinado principio de organización, y no en los puntos concretos. El centro de gravedad está en la elección del camino. Legalizar la particularidad del Bund, históricamente formada, o rechazarla en principio y emprender abierta, definida, decidida y honestamente el camino de un acercamiento y una fusión cada vez mayor, más y más estrecha con todo el partido. Conservar el aislamiento o virar hacia la fusión. Tal es el dilema.

La solución de este dilema depende de la buena voluntad del Bund, pues «a la fuerza no se logra el cariño», como ya decíamos en el núm. 33. Si ustedes quieren virar hacia la fusión, entonces rechazarán la federación y aceptarán la autonomía. Entonces comprenderán que la autonomía garantiza tal gradualidad en el proceso de fusión que la reorganización se produciría con una mínima ruptura y, además, de manera que el movimiento obrero judío no perdiera nada, sino que ganara todo con esta reorganización y esta fusión.

Si no quieren virar hacia la fusión, entonces defenderán la federación (en su forma máxima o mínima, con declaración o sin ella), entonces temerán la «mayorización», entonces convertirán en fetiche el triste aislamiento del Bund y, al hablar de la supresión del aislamiento, gritarán sobre la supresión del Bund, entonces buscarán una fundamentación de su aislamiento y en esas búsquedas ora se agarrarán a la idea sionista[21] de la «nación» judía, ora recurrirán a la demagogia y a los chismes.

Fundamentar teóricamente el federalismo solo es posible con ideas nacionalistas, y nos resultaría extraño tener que demostrar a los bundistas que no es casual que la declaración del federalismo coincida justamente con ese IV Congreso que emitió la declaración sobre la existencia de la nación judía.

Desacreditar prácticamente la idea de la fusión solo es posible azuzando a los elementos inconscientes y pusilánimes contra el «monstruoso» plan organizativo de *Iskra*, digno de Arakchéyev, que quiere «cortar a todos por el mismo rasero» a los comités y no permitirles «dar un solo paso sin órdenes de arriba». ¡Qué horrores! No dudamos de que ahora todos los comités se apresurarán a rebelarse contra las riendas de hierro, el puño arakchéyevista, etc. Pero, ¿de dónde han sacado ustedes, señores, las informaciones sobre ese feroz plan organizativo? ¿De la literatura? ¿Por qué, entonces, no la citan? ¿De los relatos de las ociosas comadres del partido, que del modo más fidedigno lo saben todo, absolutamente todos los detalles sobre esa arakchéyevschina? Esta última suposición es quizás la más verosímil, pues incluso con un mínimo de lógica no sería fácil mezclar en un mismo montón una exigencia tan necesaria como que el CC «tenga la posibilidad de llegar hasta el último hombre del partido»[15], y un espantajo tan manifiestamente chismoso como que el CC «lo hará todo» y «lo reglamentará todo». Y además: ¿qué tonterías son esas de que «entre la periferia y el centro» habrá «*lose Organisationen*»[16]? Lo adivinamos: nuestros buenos bundistas oyeron campanas, pero no supieron de dónde venían. A su debido tiempo habrá que explicárselo detalladamente.

Lo peor de todo, sin embargo, es que tendrá que rebelarse no solo el Comité local, sino también el Central. Es verdad que aún no ha nacido[22], pero las comadres conocen a ciencia cierta no solo el día del nacimiento, sino todo el destino del recién nacido. Resulta que será un CC «dirigido por un grupo de literatos». ¿No es cierto que es un recurso de lucha probado y barato? Los bundistas no son aquí los primeros y, seguramente, no los últimos. Para desenmascarar en algún error a ese CC o a ese OK, hay que encontrar pruebas. ¡Para desenmascarar a las personas en que actúan no por convicción propia, sino dirigidas por mano ajena, hay que tener el valor de comparecer como acusador abierto y asumir ante todo el partido la responsabilidad por tal acusación! Todo eso es demasiado caro, caro en todos los sentidos. Y los chismes de comadres son baratos… Quizás alguien pique. Pues es tan desagradable pasar por una persona (o institución) que es «dirigida», a la que llevan de las andaderas, que es un peón, una criatura, un hechura de *Iskra*… ¡Pobre, pobre nuestro futuro CC! ¿En quién buscará protección contra el yugo de la arakchéyevschina? ¿Acaso en los «autoactivos» y ajenos a toda «desconfianza» bundistas?

*Iskra* núm. 49, 1 de octubre de 1903.

Se publica según el texto del periódico *Iskra*