La declaración editorial del periódico «Student»{139}, publicada por primera vez, si no nos equivocamos, en el n.º 4 (28) de «Osvobozhdenie» y recibida igualmente por «Iskra», testimonia, a nuestro juicio, un significativo paso adelante producido en los puntos de vista de la redacción después de la aparición del n.º 1 de «Student». El señor Struve no se equivocó cuando se apresuró a expresar su desacuerdo con las ideas expuestas en la declaración: esas ideas, en efecto, divergen de raíz de aquella orientación del oportunismo que de manera tan consecuente y diligente mantiene el órgano liberal-burgués. Al reconocer que «sólo el sentimiento revolucionario no puede crear una unificación ideológica del estudiantado», que «para este fin es necesario un ideal socialista que se apoye en una u otra concepción socialista del mundo», y además una concepción del mundo «definida, íntegra», la redacción de «Student» ya ha roto en principio con la indiferencia ideológica y el oportunismo teórico, colocando sobre una base correcta la cuestión de los medios para revolucionizar al estudiantado.

Es cierto que, desde el punto de vista corriente del «revolucionarismo» vulgar, la unificación ideológica del estudiantado no exige una concepción íntegra del mundo, sino que la excluye; la unificación ideológica significa una actitud «tolerante» hacia distintas ideas revolucionarias, presupone la abstención del reconocimiento decidido de un determinado círculo de ideas; en una palabra, la unificación ideológica, desde el punto de vista de estos sabios del politiqueo, presupone una cierta falta de ideología (por supuesto, encubierta más o menos hábilmente con fórmulas trilladas sobre la amplitud de miras, sobre la importancia de la unidad a cualquier precio e inmediata, etc., etc.). Un argumento bastante decoroso y, a primera vista, muy convincente en favor de tal planteamiento de la cuestión es siempre la alusión a aquel hecho notorio e indiscutible de que en el estudiantado hay y no puede dejar de haber grupos muy diversos por sus concepciones político-sociales, y que por lo tanto la exigencia de una concepción del mundo íntegra y definida inevitablemente apartará a algunos de esos grupos, y, en consecuencia, dificultará la unificación, en consecuencia, suscitará discordias en lugar de un trabajo unido, en consecuencia, debilitará la fuerza del empuje político general, y así hasta el infinito.

Examinemos este decoroso razonamiento. Tomemos, por ejemplo, la división del estudiantado en grupos según el n.º 1 de «Student»; en este primer número la exigencia de una concepción del mundo definida e íntegra aún no había sido planteada por la redacción, a la cual, por tanto, difícilmente se la podría sospechar de parcialidad hacia la «estrechez» socialdemócrata. El artículo de fondo del n.º 1 de «Student» distingue en el estudiantado actual cuatro grandes grupos: 1) «multitud indiferente»: «personas que se relacionan con total indiferencia con el movimiento estudiantil»; 2) «academicistas»: partidarios de movimientos estudiantiles en un terreno exclusivamente académico; 3) «adversarios de los movimientos estudiantiles en general: nacionalistas, antisemitas, etc.»; 4) «políticos»: partidarios de la lucha por el derrocamiento del despotismo zarista. «Este grupo, a su vez, se compone de dos elementos opuestos: de una oposición política puramente burguesa, de temple revolucionario, y... de la creación de los últimos días (¿sólo de los últimos días? N. Lenin): el proletariado intelectual revolucionario de temple socialista». Si se tiene en cuenta que este último subgrupo a su vez se divide, como es sabido por todos, en estudiantes socialistas revolucionarios y estudiantes socialdemócratas, resulta que en el estudiantado actual hay seis grupos políticos: reaccionarios, indiferentes, academicistas, liberales, socialistas revolucionarios y socialdemócratas.

Cabe preguntarse: ¿es casual esta agrupación? ¿No será una distribución temporal de estados de ánimo? Basta con plantear directamente esta cuestión para que toda persona algo enterada del asunto responda inmediatamente de manera negativa. Y otra agrupación no podría haber en nuestro estudiantado, porque él es la parte más sensible de la intelectualidad, y la intelectualidad se llama intelectualidad precisamente porque refleja y expresa del modo más consciente, más decidido y más exacto el desarrollo de los intereses de clase y de las agrupaciones políticas en toda la sociedad. El estudiantado no sería lo que es si su agrupación política no correspondiera a la agrupación política de toda la sociedad, «correspondiera» no en el sentido de una completa proporcionalidad de los grupos estudiantiles y sociales por su fuerza y su número, sino en el sentido de la necesaria e inevitable existencia en el estudiantado de aquellos grupos que existen en la sociedad. Y para toda la sociedad rusa, con su desarrollo embrionario (comparativamente) de los antagonismos de clase, con su virginidad política, con la opresión y el aplastamiento de enormes, enormísimas masas de la población por el despotismo policial, son características precisamente estos seis grupos: reaccionarios, indiferentes, culturizadores, liberales, socialistas revolucionarios y socialdemócratas. En lugar de «academicistas» he puesto aquí «culturizadores», es decir, partidarios del progreso legal sin lucha política, del progreso sobre la base de la autocracia. Tales culturizadores existen en todas las capas de la sociedad rusa, y en todas partes ellos, al igual que los «academicistas» estudiantiles, se limitan a un pequeño círculo de intereses profesionales, al mejoramiento de determinadas ramas de la economía nacional o de la administración estatal y local; en todas partes ellos evitan temerosamente la «política», sin distinguir (como no distinguen los academicistas) a los «políticos» de distintas orientaciones y llamando política a todo lo que atañe a… la forma de gobierno. La capa de los culturizadores siempre ha sido y sigue siendo hoy la amplia base de nuestro liberalismo: en tiempos «pacíficos» (es decir, traducido al «ruso», en tiempos de reacción política) los conceptos de culturizador y de liberal se funden casi por completo, e incluso en tiempos bélicos, en tiempos de auge del estado de ánimo social, en tiempos del creciente empuje contra la autocracia, la diferencia entre estos conceptos a menudo sigue siendo confusa. El liberal ruso, incluso cuando se presenta ante el público en una publicación libre del extranjero con una protesta directa y abierta contra la autocracia, no deja de sentirse sobre todo un culturizador, y de vez en cuando se pone a razonar de manera servil o, si se quiere, de modo legal, leal, como un súbdito fiel: véase «Osvobozhdenie».

La ausencia de una frontera definida y claramente visible para todos entre los culturizadores y los liberales es en general característica de toda la agrupación política de la sociedad rusa. Se nos podría decir, acaso, que la división arriba expuesta en seis grupos es incorrecta, pues no corresponde a la división de clases de la sociedad rusa. Pero tal objeción sería insostenible. La división de clases es, por supuesto, la base más profunda de la agrupación política; ella, por supuesto, en última instancia determina siempre esta agrupación. Pero esta base profunda se revela únicamente a medida que transcurre el desarrollo histórico y a medida del grado de conciencia de los participantes y creadores de este desarrollo. Esta «última instancia» sólo la establece la lucha política, a veces como resultado de una larga, tenaz lucha, que se mide por años y decenios, que ya se manifiesta tempestuosamente en distintas crisis políticas, ya se extingue y como si se detuviera temporalmente. No en vano, por ejemplo, en Alemania, donde la lucha política adopta formas particularmente agudas y donde actúa con especial conciencia la clase de vanguardia, el proletariado, existen todavía partidos (y partidos poderosos) como el centro, que encubre con un rasgo distintivo confesional su heterogéneo (y en conjunto absolutamente antiproletario) contenido de clase. Tanto menos puede sorprender que el origen de clase de las actuales agrupaciones políticas en Rusia se oscurezca en un grado sumamente alto por la carencia de derechos políticos de todo el pueblo, por el dominio sobre él de una burocracia notablemente organizada, ideológicamente cohesionada, tradicionalmente hermética. Hay que sorprenderse más bien de la fuerte impronta que ya ha logrado imprimir el desarrollo europeo-capitalista de Rusia, pese a su régimen político asiático, sobre la agrupación política de la sociedad.

La clase de vanguardia de todo país capitalista, el proletariado industrial, ha emprendido también en nuestro país el camino del movimiento organizado de masas bajo la dirección de la socialdemocracia, bajo la bandera de un programa que ya hace tiempo se ha convertido en el programa de todo el proletariado consciente internacional. El sector de los indiferentes a la política es inmensamente más numeroso, por supuesto, en Rusia que en cualquier país europeo, pero también en nuestro país ya no puede hablarse de la virginidad primitiva y originaria de este sector: la indiferencia de los obreros no conscientes —y en parte de los campesinos— es reemplazada cada vez con más frecuencia por brotes de efervescencia política y de protesta activa, demostrando visiblemente que esta indiferencia no tiene nada en común con la indiferencia de los burgueses y pequeño-burgueses satisfechos. Esta última clase, particularmente numerosa en Rusia dado su aún débil, comparativamente, desarrollo del capitalismo, por un lado comienza ya, indudablemente, a suministrar también reaccionarios, conscientes y consecuentes, y por otro lado, e incomparablemente más a menudo, aún se desprende débilmente de la masa del «pueblo trabajador» gris y oprimido, encontrando sus ideólogos en las amplias capas de la intelectualidad de los *raznochintsy* con una concepción del mundo completamente inestable, con una mezcla inconsciente de ideas democráticas y primitivamente socialistas. Precisamente esta ideología es característica de la vieja intelectualidad rusa, tanto de su ala derecha, la parte liberal-narodnikista, como de la extrema izquierda: los «socialistas revolucionarios».

He dicho: «vieja» intelectualidad rusa. Ya aparece también en nuestro país una nueva, cuyo liberalismo se ha depurado casi por completo (no sin ayuda del marxismo ruso, por supuesto) del narodnikismo primitivo y del vago socialismo. La formación de la verdadera intelectualidad liberal-burguesa avanza en nuestro país a pasos agigantados, particularmente gracias a la participación en este proceso de personas tan ágiles y sensibles a toda corriente de moda del oportunismo como los señores Struve, Berdiáyev, Bulgákov y Cía. En cuanto, por último, a las capas liberales y reaccionarias de la sociedad rusa que no pertenecen a la intelectualidad, su vínculo con los intereses de clase de unos u otros grupos de nuestra burguesía y de nuestros terratenientes es suficientemente claro para cualquiera que esté algo familiarizado, por ejemplo, con la actividad de nuestros *zemstvos*, dumas, comités de bolsas y de ferias, etc.

Así pues, llegamos a la conclusión indudable de que la agrupación política de nuestro estudiantado no es casual, sino que necesaria e inevitablemente es precisamente tal como la hemos descrito arriba, en concordancia con el n.º 1 del periódico «Student». Una vez establecido este hecho, podemos ya orientarnos fácilmente en la cuestión discutible sobre qué debe entenderse propiamente por «unificación ideológica del estudiantado», por su «revolucionización», etc. A primera vista, es incluso sumamente extraño que haya podido resultar discutible una cuestión tan simple. Si la agrupación política del estudiantado corresponde a la agrupación política de la sociedad, ¿no significa esto por sí solo que bajo «unificación ideológica» del estudiantado se puede entender sólo una de dos cosas: o la atracción del mayor número posible de estudiantes al lado de un círculo completamente definido de ideas socio-políticas, o un acercamiento lo más estrecho posible entre los estudiantes de un grupo político determinado y los representantes de ese grupo fuera del estudiantado? ¿No está claro por sí solo que de la revolucionización del estudiantado sólo se puede hablar desde el punto de vista de una concepción completamente definida del contenido y el carácter de esta revolucionización? Para un socialdemócrata, por ejemplo, significa, primero, la difusión de las convicciones socialdemócratas entre el estudiantado y la lucha contra aquellas concepciones que, aunque se llamen «socialistas revolucionarias», no tienen nada en común con el socialismo revolucionario; y, segundo, el afán de ampliar, de hacer más consciente y más decidido todo movimiento democrático, incluyendo también el movimiento académico en el estudiantado.

De qué manera fue enredada y resultó discutible una cuestión tan simple y clara... es un episodio muy interesante y muy característico. La polémica se desarrolló entre «Rusia Revolucionaria» (n.º 13 y 17) e «Iskra» (n.º 31 y 35) a propósito de la «carta abierta» del Consejo de la Unión de Kiev de las comunidades y organizaciones estudiantiles unificadas (publicada en el n.º 13 de «Rusia Revolucionaria» y en el n.º 1 de «Student»). El Consejo de la Unión de Kiev consideró «estrecha» la resolución del II Congreso Estudiantil de toda Rusia de 1902 sobre que las organizaciones estudiantiles mantuvieran relaciones con los comités del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, con lo cual el hecho completamente evidente de la simpatía de una parte del estudiantado de ciertas localidades hacia el «partido de los socialistas revolucionarios» fue decorosamente encubierto con un razonamiento muy «imparcial» y muy insostenible sobre el tema de que «el estudiantado, como tal, no puede adherirse enteramente ni al partido de los socialistas revolucionarios ni al partido de los socialdemócratas». «Iskra» señaló la inconsistencia de este razonamiento, y «Rusia Revolucionaria», naturalmente, salió en su defensa a capa y espada, acusando a los iskristas de «fanáticos de las divisiones y escisiones», de «falta de tacto», de carencia de madurez política.

Después de lo dicho anteriormente, lo absurdo de semejante razonamiento es ya demasiado evidente. Se trata de tal o cual papel político del estudiantado. Y he aquí que, primero, véase usted, hay que cerrar los ojos ante el hecho de que el estudiantado no está desligado del resto de la sociedad y que por tanto siempre e inevitablemente refleja en sí toda la agrupación política de la sociedad. Luego, con los ojos cerrados, se ponen a perorar sobre el estudiantado como tal, o sobre el estudiantado en general. La conclusión que se saca es... sobre el perjuicio de las divisiones y escisiones vinculadas a la adhesión a tal o cual partido político. Está claro como el día que para llevar a término este curioso razonamiento hubo que saltar del terreno político al terreno profesional o académico. Y «Rusia Revolucionaria» en el artículo «El estudiantado y la revolución» (n.º 17) hace precisamente ese salto mortal, remitiéndose, primero, a los intereses generales estudiantiles, a la lucha general estudiantil, y, segundo, a los fines de estudio del estudiantado, a las tareas de preparación para la futura actividad social, a las tareas de forjar luchadores políticos conscientes. Ambas referencias son muy justas, solo que no vienen al caso y sólo enredan la cuestión. La cuestión versa sobre la actividad política, la cual, por su propia esencia, está indisolublemente ligada a la lucha de partidos e inevitablemente exige la elección de un partido determinado. Ahora bien, ¿de qué manera se puede disuadir de esta elección alegando que para toda actividad política se necesita una preparación científica muy seria, la «formación» de convicciones firmes, o que todo trabajo político no puede limitarse tan sólo a los círculos de los políticos de una orientación dada, sino que debe orientarse hacia capas cada vez más amplias de la población, debe articularse con los intereses profesionales de cada capa, unir el movimiento profesional con el político, elevar el primero hasta el segundo? ¡Pero si el mero hecho de que la gente tenga que recurrir, para defender su posición, a semejantes excusas, muestra palmariamente hasta qué punto les faltan a ellos mismos tanto convicciones científicas definidas como una línea política firme! Desde cualquier ángulo que se aborde el asunto, se ve una y otra confirmación de aquella vieja verdad que hace tiempo predican los socialdemócratas, persiguiendo el equilibrismo de los socialistas revolucionarios, tanto en el aspecto científico-teórico como en el práctico-político, entre el marxismo, por un lado, el oportunismo «crítico» europeo-occidental, por otro lado, y el narodnikismo pequeñoburgués ruso, por el tercer lado[72].

En efecto, imagínense relaciones políticas algo desarrolladas y fíjense en el planteamiento práctico de nuestra «cuestión discutible». Admitamos que tenemos ante nosotros partidos de clericales, de liberales y de socialdemócratas. Actúan en determinadas localidades, digamos, entre ciertas capas del estudiantado y, si se quiere, de la clase obrera. Se esfuerzan por atraer a su lado al mayor número posible de los representantes más influyentes de uno y otro. Cabe preguntar: ¿es concebible una cosa tal como que en contra de la elección por estos representantes de un partido determinado ellos se alzaran basándose en que existen ciertos intereses académicos y profesionales comunes a todo el estudiantado y a toda la clase obrera? Sería como si la necesidad de la lucha de partidos se impugnara remitiéndose al arte de la imprenta, que tan útil es a todos los partidos sin distinción. No hay ni un solo partido en los países civilizados que no entienda el enorme provecho de los sindicatos profesionales y académicos lo más amplios y sólidamente establecidos, pero todos se afanan en que en esos sindicatos predomine precisamente su influencia. ¿Quién ignora que la alusión al apartidismo de unas u otras instituciones es habitualmente nada más que una frase hipócrita en boca de las clases dominantes, que desean poner sordina a que las instituciones existentes están ya impregnadas, en 99 de cada 100 casos, del más definido espíritu político? Y he aquí que nuestros señores socialistas revolucionarios, en el fondo, precisamente entonan ditirambos en honor del «apartidismo». Tómese, por ejemplo, la sensible tirada de «Rusia Revolucionaria» (n.º 17): «Pero ¿qué táctica tan miope es esa en que una organización revolucionaria necesariamente desea ver en cualquier otra organización independiente, no subordinada a ella, a un competidor que debe ser aniquilado, en cuyo seno debe ser introducida inevitablemente la división, la desunión, la desorganización?». Esto se dijo a propósito de la proclama de la organización socialdemócrata de Moscú de 1896{140}, que reprocha al estudiantado por haberse encerrado en los últimos años en el estrecho círculo de sus intereses universitarios, y a la que «Rusia Revolucionaria» amonesta diciendo que la existencia de una organización estudiantil nunca impide dedicar sus fuerzas a la causa obrera a aquellos que «se han definido en el aspecto revolucionario».

Fíjense cuánta confusión hay aquí. La competencia es posible (e inevitable) sólo entre una organización política y precisamente otra política, entre una aspiración política y precisamente otra política. Entre una sociedad de ayuda mutua y un círculo revolucionario la competencia es imposible, y, al atribuir a este último el deseo de aniquilar forzosamente a la primera, «Rusia Revolucionaria» dice puras necedades. Pero si en esa misma sociedad de ayuda mutua se manifestara una determinada aspiración política —por ejemplo, no ayudar a los revolucionarios o excluir de la biblioteca los libros ilegales—, la competencia y la lucha directa son obligatorias para todo «político» honrado. Si hay gente que encierra los círculos en intereses estrechamente universitarios (¡y esa gente indudablemente existe, y en 1896 eran muchos más!), la lucha entre ellos y la gente que predica no la restricción, sino la ampliación de los intereses, es asimismo necesaria y obligatoria. Y en la carta abierta del Consejo de Kiev, que suscitó la polémica de «Rusia Rev.» con «Iskra», se trataba de la elección no entre organizaciones estudiantiles y revolucionarias, sino entre organizaciones revolucionarias de distintas orientaciones. Por consiguiente, empezaban a elegir precisamente aquellos que ya «se habían definido en el aspecto revolucionario», y nuestros «socialistas revolucionarios» les tiran hacia atrás con el pretexto de que la competencia entre una organización revolucionaria y una puramente estudiantil es miope... ¡Muy incoherente es esto, señores!

La parte revolucionaria del estudiantado comenzó a elegir entre dos partidos revolucionarios, y se le obsequia con esta enseñanza: «no mediante la imposición» de una «definida» (es preferible, por supuesto, la indefinición...) «etiqueta partidista» (para unos es etiqueta, y para otros, bandera), «no mediante la violencia sobre la conciencia intelectual de los camaradas estudiantes» (toda la prensa burguesa de todos los países explica siempre el crecimiento de la socialdemocracia por la violencia de los líderes e instigadores sobre la conciencia de los pacíficos camaradas...) «fue alcanzada esta influencia», es decir, la influencia de la parte socialista del estudiantado sobre el resto. Cabe pensar que todo estudiante decente apreciará como se merece esta acusación a los socialistas de «imponer» etiquetas y de «violentar la conciencia». ¡Y estos discursos faltos de carácter, flojos y carentes de principios se pronuncian en Rusia, donde aún son tan desmesuradamente débiles los conceptos de organización partidista, de disciplina y honor de partido, de bandera partidista!

Al estudiantado revolucionario, nuestros «socialistas revolucionarios» le ponen como modelo los anteriores congresos estudiantiles, que proclamaban su «solidaridad con el movimiento político general, haciendo total abstracción de las discordias fraccionales existentes en el campo revolucionario». ¿Qué es el movimiento «político general»? Movimiento socialista más movimiento liberal. Hacer abstracción de esta diferencia significa ponerse del lado del movimiento inmediato y más cercano, es decir, precisamente del movimiento liberal. ¡Y a esto llaman los «socialistas revolucionarios»! ¡A apartarse de la lucha partidista llaman personas que se autodenominan un partido especial! ¿No muestra esto que semejante partido no está en condiciones de hacer pasar su mercancía política bajo bandera propia, y se ve obligado a recurrir al contrabando? ¿No se deduce de aquí la ausencia en ese partido de alguna base programática propia y definida? Ahora lo veremos.

Los errores de los socialistas revolucionarios en sus razonamientos sobre el estudiantado y la revolución no pueden ser explicados únicamente por la falta de lógica que hemos tratado de demostrar más arriba. En cierto sentido se puede afirmar lo contrario: la falta de lógica de sus razonamientos se deriva de su error fundamental. Como «partido», ocuparon desde el comienzo mismo una posición tan internamente contradictoria, tan resbaladiza, que en ella no podían mantenerse, sin constantes vacilaciones y caídas, personas plenamente honestas y plenamente capaces de pensamiento político. Hay que recordar siempre que la socialdemocracia no explica el perjuicio causado a la causa del socialismo por los «socialistas revolucionarios» con los distintos errores de unos u otros publicistas, de unos u otros militantes, sino que, al revés, considera todos esos errores como resultado inevitable de una falsa posición programática y política. En una cuestión como la estudiantil, esta falsedad resalta de modo particularmente evidente, y se hace manifiesta la contradicción entre el punto de vista democrático-burgués y el oropel de socialismo revolucionario. En efecto, examínese la marcha de las ideas del artículo programático de «Rusia Revolucionaria»: «El estudiantado y la revolución». El autor pone en primer plano «el desinterés y la pureza de las aspiraciones», «la fuerza de los motivos ideales» de la «juventud». Precisamente en esto busca la explicación de sus aspiraciones políticas «innovadoras», y no en aquellas condiciones reales de la existencia social de Rusia que, por un lado, engendran una contradicción irreconciliable entre la autocracia y capas muy amplias y muy diversas de la población, y, por otro lado, dificultan en extremo (pronto habrá que decir: dificultaban) una manifestación del descontento político que no sea a través de las universidades.

El autor se lanza luego contra los intentos de los socialdemócratas de adoptar una actitud consciente ante la diferencia de grupos políticos dentro del estudiantado, agrupar más estrechamente a los grupos políticos homogéneos y separar lo que es políticamente heterogéneo. No es que el autor critique lo incorrecto de uno u otro de esos intentos; sería ridículo afirmar que todos esos intentos fueron siempre y en todo acertados. No, al autor le es ajena por completo la idea misma de que la diferencia de intereses de clase debe inevitablemente reflejarse también en la agrupación política, de que el estudiantado no puede constituir una excepción dentro de toda la sociedad, a pesar de todo su desinterés, pureza, idealidad, etc., de que la tarea del socialista no consiste en poner sordina a esa diferencia, sino, al contrario, en esclarecerla a la masa lo más amplia posible y afianzarla en la organización política. El autor mira las cosas desde el punto de vista idealista del demócrata burgués, y no desde el materialista del socialdemócrata.

Por eso el autor no se avergüenza de exponer y repetir el llamamiento del estudiantado revolucionario al «movimiento político general». Para él el centro de gravedad reside precisamente en lo político general, es decir, en el movimiento democrático general, que debe ser único. Esta unidad no deben quebrantarla los «círculos puramente revolucionarios», que deben agruparse «paralelamente a la organización general estudiantil». Desde el punto de vista de los intereses de este amplio y único movimiento democrático, es criminal, por supuesto, la «imposición» de etiquetas partidistas y la violencia sobre la conciencia intelectual de los camaradas. Precisamente así veía las cosas la democracia burguesa también en 1848, cuando los intentos de señalar la contradicción de los intereses de clase de la burguesía y del proletariado provocaban la condena «general» de los «fanáticos de la división y la escisión». Precisamente así ve las cosas también la novísima variedad de la democracia burguesa: los oportunistas y revisionistas, que anhelan un gran partido democrático único, que avance pacíficamente por la vía de las reformas, por la vía de la colaboración de clases. Todos ellos siempre fueron y no pueden dejar de ser enemigos de las discordias «fraccionales» y partidarios del movimiento «político general».

Como ven: los razonamientos de los socialistas revolucionarios, absurdos y contradictorios hasta el ridículo desde el punto de vista del socialista, se tornan plenamente comprensibles y consecuentes desde el punto de vista democrático-burgués. Esto se debe a que el partido de los socialistas revolucionarios no es, en el fondo, otra cosa que una fracción de la democracia burguesa, una fracción, por su composición predominantemente intelectual, por su punto de vista predominantemente pequeñoburguesa, por su bandera teórica eclécticamente compuesta del novísimo oportunismo y del añejo narodnikismo.

La mejor refutación de la fraseología unificadora del demócrata burgués es la marcha misma del desarrollo político y de la lucha política. También en Rusia el crecimiento del movimiento real ha conducido ya a semejante refutación. Me refiero al deslinde de los «academicistas» como un grupo especial del estudiantado. Mientras no hubo una lucha verdadera, los academicistas no se deslindaban de la masa «general estudiantil», y la «unidad» de toda la «parte pensante» del estudiantado parecía indestructible. En cuanto se llegó a los hechos, la divergencia de los elementos heterogéneos se hizo inevitable[73].

El progreso del movimiento político y del empuje directo contra la autocracia se caracterizó enseguida por el progreso de la definición en la agrupación política, a despecho de toda clase de discursos vacíos sobre la unificación de todos y cada uno. De que la división entre academicistas y políticos es un gran paso adelante, difícilmente dudará siquiera una persona. Pero ¿significa esta división que los estudiantes socialdemócratas «romperán» con los academicistas? A «Rusia Revolucionaria» le parece que sí (véase n.º 17, pág. 3).

Pero le parece así únicamente como resultado de la confusión que hemos revelado más arriba. La completa delimitación de las orientaciones políticas no significa en absoluto una «ruptura» de los sindicatos profesionales y académicos. El socialdemócrata que se plantee como tarea el trabajo en el estudiantado, inevitablemente se esforzará por penetrar personalmente o a través de sus agentes en el mayor número posible de los círculos «puramente estudiantiles» y de autoformación más amplios posibles, se esforzará por ampliar el horizonte de quien exige sólo la libertad académica, se esforzará por propagar precisamente el programa socialdemócrata entre quienes todavía buscan algún programa.

Resumamos. Una parte conocida del estudiantado quiere forjarse una concepción del mundo socialista definida e íntegra. El objetivo final de este trabajo preparatorio puede ser —para los estudiantes que desean participar prácticamente en el movimiento revolucionario— sólo la elección consciente e irrevocable de una de las dos orientaciones que se han configurado actualmente en el medio revolucionario. Quien protesta contra tal elección en nombre de la unificación ideológica del estudiantado, en nombre de su revolucionización en general, etc., oscurece la conciencia socialista, predica en realidad tan sólo la falta de ideología. La agrupación política del estudiantado no puede dejar de reflejar la agrupación política de toda la sociedad, y el deber de todo socialista es esforzarse por una delimitación lo más consciente y consecuente de los grupos políticamente heterogéneos. El llamamiento dirigido al estudiantado por el partido socialista revolucionario: «proclamad vuestra solidaridad con el movimiento político general y haced total abstracción de las discordias fraccionales en el campo revolucionario» es, por su esencia, nada más que un llamamiento hacia atrás, del punto de vista socialista al punto de vista democrático-burgués. Nada hay de sorprendente en ello, pues el «partido socialista revolucionario» es tan sólo una fracción de la democracia burguesa en Rusia. La ruptura del estudiante socialdemócrata con los revolucionarios y políticos de todas las demás orientaciones no significa en absoluto la ruptura de las organizaciones generales estudiantiles y educativas; al contrario, sólo situándose en el punto de vista de un programa plenamente definido se puede y se debe trabajar en los círculos más amplios del estudiantado en pos de la ampliación del horizonte académico y de la propaganda del socialismo científico, es decir, del marxismo.

P. S. En las próximas cartas quisiera conversar con los lectores de «Student» sobre la importancia del marxismo para la forja de una concepción íntegra del mundo, sobre las diferencias de principio y tácticas del partido socialdemócrata y del partido socialista revolucionario, sobre las cuestiones de organización estudiantil y sobre la actitud del estudiantado hacia la clase obrera en general.

Publicado en septiembre de 1903 en el periódico «Student» n.º 2–3. Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto del periódico