5. Discurso sobre la cuestión del lugar del Bund en el POSDR. 20 de julio (2 de agosto)

Me referiré ante todo al discurso de Hofmann y a su expresión «mayoría compacta»{86}. El camarada Hofmann emplea estas palabras como reproche. A mi modo de ver, no debemos avergonzarnos, sino enorgullecernos de que en el congreso haya una mayoría compacta. Y aún más nos enorgulleceremos si todo nuestro partido es una mayoría compacta y lo más compacta posible del 90 %. (Aplausos.) La mayoría ha actuado correctamente al colocar la cuestión de la posición del Bund en el partido en primer lugar: los bundistas demostraron inmediatamente lo acertado de ello al presentar sus llamados estatutos, proponiendo en esencia una federación{87}. Puesto que en el partido hay miembros que proponen la federación y miembros que la rechazan, no se podía proceder de otro modo que colocar la cuestión del Bund en primer lugar. No se puede forzar el cariño, y no se puede hablar de los asuntos internos del partido sin haber decidido firme e inexorablemente si queremos marchar juntos o no.

La esencia de la cuestión en disputa a veces no se exponía del todo correctamente en los debates. La cuestión se reduce a que, en opinión de muchos miembros del partido, la federación es perjudicial, la federación contradice los principios de la socialdemocracia, en su aplicación a la realidad rusa dada. La federación es perjudicial porque legaliza la particularidad y el distanciamiento, los eleva a principio, a ley. Entre nosotros existe realmente un distanciamiento total, y no debemos legalizarlo, ni cubrirlo con una hoja de parra, sino combatirlo, debemos reconocer y declarar resueltamente la necesidad de marchar firme e inexorablemente hacia la más estrecha unidad. He aquí por qué nosotros, en principio, a limine (según la conocida expresión latina), rechazamos la federación, rechazamos toda clase de tabiques obligatorios entre nosotros. En el partido siempre y de todos modos habrá distintas agrupaciones, agrupaciones de camaradas que no piensan totalmente igual sobre cuestiones de programa, de táctica y de organización, pero que en todo el partido haya una sola división en grupos, es decir, que todos los que piensan igual se unan en un solo grupo, y no que primero se formen grupos en una parte del partido, separadamente de los grupos en otra parte del partido, y después se unan entre sí no los grupos de distintas opiniones y matices de opiniones, sino partes del partido que combinan distintos grupos. Repito: no reconocemos ningún tabique obligatorio y por ello rechazamos en principio la federación.

Paso a la cuestión de la autonomía. El camarada Liber decía que la federación es centralismo y la autonomía, descentralismo. ¿Acaso el camarada Liber considera a los miembros del congreso como niños de seis años, a los que se puede obsequiar con semejantes sofismas? ¿Acaso no está claro que el centralismo exige la ausencia de todo tabique entre el centro y las partes más alejadas, las más recónditas del partido? Nuestro centro obtendrá el derecho incondicional de llegar directamente a cada miembro individual del partido. Los bundistas se reirían si alguien les propusiera dentro del Bund semejante «centralismo», que el CC del Bund no pudiera comunicarse con todos los grupos y camaradas de Kovno más que a través del Comité de Kovno. A propósito de los comités. El camarada Liber exclamaba con patetismo: «¿A qué hablar de la autonomía del Bund como organización subordinada a un centro único? ¡Pues no le daréis autonomía a un comité cualquiera, como el de Tula!». Se equivoca, camarada Liber: nosotros, incondicional e indefectiblemente, daremos autonomía también a «algún» comité de Tula, autonomía en el sentido de libertad respecto a la intromisión mezquina del centro, quedando, por supuesto, la obligación de subordinarse al centro. He tomado las palabras «intromisión mezquina» del folleto bundista «¿Autonomía o federación?». El Bund presentó esa libertad respecto a la «intromisión mezquina» como un punto condicional, como una exigencia al partido. El hecho de plantear exigencias tan risibles muestra por sí mismo hasta qué punto se presenta confusa al Bund la cuestión en disputa. ¿Acaso el Bund piensa que el partido tolerará la existencia de un centro que se inmiscuya «mezquinamente» en los asuntos de cualquier organización o grupo del partido? ¿Acaso esto no se reduce precisamente a esa «desconfianza organizada» de la que ya se ha hablado en el congreso? Tal desconfianza se trasluce en todas las propuestas y en todos los razonamientos de los bundistas. En efecto, ¿acaso, por ejemplo, la lucha por la plena igualdad de derechos e incluso por el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación no constituye una obligación de todo nuestro partido? Por consiguiente, si cualquier parte de nuestro partido no cumpliera esta obligación, estaría sujeta incondicionalmente a condena en virtud de nuestros principios, debería provocar incondicionalmente una corrección por parte de las instituciones centrales del partido. Y si esta obligación no se cumpliera consciente y deliberadamente, a pesar de la plena posibilidad de cumplirla, el incumplimiento sería una traición.

A continuación, el camarada Liber nos preguntaba con patetismo: ¿cómo demostrar que la autonomía está en condiciones de asegurar al movimiento de los obreros judíos la independencia que le es absolutamente necesaria? ¡Pregunta extraña! ¿Cómo demostrar que es acertado uno de los caminos propuestos? El único medio es emprender ese camino y probarlo en la práctica. A la pregunta del camarada Liber respondo: marchad con nosotros, y nos comprometemos a demostraros en la práctica que todas las reivindicaciones legítimas de independencia se satisfacen plenamente.

Cuando se discute sobre el lugar del Bund, siempre me vienen a la memoria los mineros del carbón ingleses. Están magníficamente organizados, mejor que los demás obreros. Y por eso quieren hacer fracasar la reivindicación general de la jornada de 8 horas, presentada por todos los proletarios{88}. Los mineros del carbón entienden la unidad del proletariado de forma tan estrecha como nuestros bundistas. ¡Que el triste ejemplo de los mineros sirva de advertencia a los camaradas del Bund!

Cotejado con el manuscrito