El camarada X rechaza los puntos tercero y cuarto de la parte agraria de nuestro proyecto y propone su propio proyecto con la modificación de todos los puntos, así como también de la introducción general al programa agrario. Examinaremos primero las objeciones del camarada X contra nuestro proyecto, y luego su propio proyecto.

Contra el tercer punto objeta el camarada X que la confiscación que proponemos de las propiedades monásticas (gustosamente añadiríamos: y eclesiásticas) y de los latifundios de la Corona significaría el saqueo de las tierras por los capitalistas a precios irrisorios. Precisamente los ladrones de los campesinos, con el dinero robado, comprarían esas tierras, dice. Observaremos a esto que, al hablar de la venta de las propiedades confiscadas, el camarada X saca una conclusión arbitraria que aún no se contiene en nuestro programa. La confiscación significa la enajenación de la propiedad sin indemnización. De tal enajenación es de lo único que hablamos. Sobre si vender esas tierras, a quién y cómo, en qué orden y en qué condiciones venderlas, nuestro proyecto de programa no dice ni una palabra. No nos atamos las manos, nos reservamos la posibilidad de determinar la forma más adecuada de disponer de las propiedades confiscadas cuando éstas hayan sido confiscadas, cuando estén claras todas las condiciones sociales y políticas de tal confiscación. El proyecto del camarada X se diferencia del nuestro en este aspecto, exigiendo no sólo la confiscación, sino también la entrega de las tierras confiscadas «a la posesión del Estado democrático para el uso más conveniente de ellas por la población». En consecuencia, el camarada X excluye una de las formas de disposición de lo confiscado (la venta) y no define con precisión forma alguna determinada (pues queda sin aclarar en qué consiste, o consistirá, o debe consistir el uso «más conveniente» y qué clases precisamente de la «población» y en qué condiciones recibirán el derecho de usufructo). De este modo, el camarada X no introduce, de todas formas, una plena precisión en la cuestión del modo de disposición de las tierras confiscadas (y además es imposible determinarlo de antemano), y excluye sin motivo la venta como uno de los modos. Sería incorrecto decir que, en todas las condiciones y siempre, la socialdemocracia estará contra la venta. En un Estado clasista-policíaco, aunque sea constitucional, la clase de los propietarios puede ser a menudo un bastión mucho más firme de la democracia que la clase de los arrendatarios, que dependen de ese Estado. Esto, por una parte. Y por otra parte, la transformación de la confiscación en un «regalo a los capitalistas» es prevista (en la medida en que, en general, pueda hablarse de previsión de ello en la formulación del programa) mucho más por nuestro proyecto que por el del camarada X. En efecto, supongamos lo peor: supongamos que el partido obrero, a pesar de todos sus esfuerzos, no ha podido frenar la arbitrariedad y la codicia de los capitalistas[49]. En este caso, la formulación del camarada X da plena libertad al uso «más conveniente» de las tierras confiscadas por parte de la clase capitalista de la «población». Por el contrario, nuestra formulación, sin vincular la exigencia principal con la forma de su realización, prevé, sin embargo, un destino estrictamente determinado de las sumas obtenidas de tal realización. Cuando el camarada X dice que «el partido socialdemócrata no puede asumir la tarea de predecir de antemano en qué forma concreta la representación popular utilizará el fondo de tierras que esté en sus manos», confunde dos cosas distintas: el modo de realización (o sea, la «forma de utilización») del fondo y el destino de las sumas obtenidas de la realización. Dejando completamente indeterminada la cuestión del destino de esas sumas y atándose, aunque sea en parte, las manos en cuanto al modo de realización, el camarada X introduce un doble empeoramiento en nuestro proyecto.

Asimismo, a nuestro juicio, está equivocado el camarada X cuando nos objeta: «tampoco se puede recuperar los pagos de redención de los nobles, ya que muchos de ellos los han dilapidado todos». Esto, propiamente hablando, no es en absoluto una objeción, pues nosotros no proponemos simplemente «recuperar», sino que proponemos un impuesto especial. El propio camarada X aduce en su artículo datos de que los grandes terratenientes recortaron una parte especialmente grande de la tierra campesina en su favor, apoderándose a veces hasta de tres cuartas partes de la tierra campesina. Es absolutamente natural, por consiguiente, la exigencia de gravar con un impuesto especial precisamente a los grandes terratenientes nobles. Es también absolutamente natural dar a las sumas así obtenidas precisamente ese destino especial que exigimos, pues, además de la tarea general de devolver al pueblo todos los ingresos que percibe el Estado (tarea realizable plenamente sólo bajo el socialismo), ante la Rusia liberada se alzará ineludiblemente una tarea especial y particularmente perentoria: la de elevar el nivel de vida de los campesinos, la tarea de prestar una ayuda seria a esa masa de pordioseros y hambrientos que tan desmesurada y rápidamente crece bajo nuestro régimen autocrático.

Pasemos al cuarto punto, que el camarada X rechaza por completo, aunque examina exclusivamente su primera parte – sobre los recortes, y no dice ni una palabra sobre la segunda parte, que prevé la eliminación de los restos del derecho feudal, diversos en las distintas localidades del Estado. Comencemos por una observación formal del autor: él ve una contradicción en que exijamos la supresión de los estamentos y la institución de comités campesinos, es decir, estamentales. En realidad, aquí la contradicción es sólo aparente: para la supresión de los estamentos se requiere la «dictadura» del estamento inferior, oprimido, – exactamente igual que para la supresión de las clases en general, incluida la clase de los proletarios, se requiere la dictadura del proletariado. Todo nuestro programa agrario tiene por objeto la supresión de las tradiciones feudales y estamentales en la esfera de las relaciones agrarias, y para tal supresión sólo es posible apelar al estamento inferior, a los oprimidos por esos restos del orden feudal.

En cuanto al fondo del asunto, la principal objeción del autor es la siguiente: «es apenas demostrable» que los recortes constituyan la base principal del sistema de trabajo en prestación personal, pues la magnitud de esos recortes dependía de si los campesinos, durante el derecho feudal, estaban sometidos al obrok (renta en especie) y, en consecuencia, tenían mucha tierra, o a la barshchina (prestación personal) y, en consecuencia, tenían poca tierra. «La magnitud de los recortes y su importancia están condicionadas por la combinación de las circunstancias históricas» y, por ejemplo, en el distrito de Volsk, en las haciendas pequeñas el porcentaje de recortes es insignificante, y en las grandes, es enorme. Así razona el autor, sin advertir que se desvía de la cuestión. Es indudable que los recortes están distribuidos de manera muy desigual, y en dependencia de la combinación de las más diversas condiciones (incluida la condición de la existencia de la barshchina o del obrok bajo el derecho feudal). Pero, ¿qué demuestra esto? ¿Acaso el sistema de trabajo en prestación personal no está distribuido también de manera muy desigual? ¿Acaso su existencia no está determinada también por la combinación de las más diversas condiciones históricas? El autor se propone refutar la conexión entre los recortes y el sistema de trabajo en prestación personal, pero razona sólo sobre las causas de los recortes y de las diferencias en su magnitud, sin decir absolutamente nada de esa conexión. Sólo una vez el autor enuncia una afirmación que se acerca de lleno a la esencia de su tesis, y precisamente en esa afirmación está completamente equivocado. «Por consiguiente – dice, resumiendo sus razonamientos sobre la influencia del obrok o de la barshchina–, allí donde los campesinos estaban sometidos a la barshchina (principalmente en la región agrícola central), estos recortes serán insignificantes, y allí donde estaban sometidos al obrok, toda la tierra del terrateniente puede constituir «recortes»». Las palabras subrayadas por nosotros encierran un grave error que echa por tierra toda la argumentación del autor. Precisamente en la región agrícola central, ese centro principal de las prestaciones de trabajo y de todo género de restos del feudalismo, los recortes no son «insignificantes», sino enormes; los recortes son mucho mayores que en la zona no chernozémica, con su predominio del obrok sobre la barshchina. He aquí los datos sobre esta cuestión, que me ha proporcionado un camarada, estadístico de profesión{69}. Ha comparado los datos de la «Recopilación de Estadística Militar» sobre la posesión de tierras de los campesinos de la nobleza antes de la reforma con los datos de la estadística de la propiedad territorial de 1878, y ha determinado así la magnitud de los recortes por cada provincia. Resultó que en nueve provincias no chernozémicas[50] los campesinos de la nobleza tenían antes de la reforma 10.421 miles de desiatinas, y les quedaron en 1878 9.746 miles de des., es decir, fueron recortadas 675 miles de des. o el 6,5% de la tierra, recortadas en promedio de 72,8 miles de des. por provincia. Por el contrario, en 14 provincias chernozémicas[51] los campesinos tenían 12.795 miles de des., y les quedaron 9.996 miles de des., es decir, fueron recortadas 2.799 miles de des. o el 21,9%, recortadas en promedio por provincia 199,1 miles de des. La excepción es sólo el tercer distrito, el de la estepa, donde en cinco provincias[52] los campesinos tenían 2.203 miles de des., y les quedaron 1.580 miles de des., es decir, fueron recortadas 623 miles de des. o el 28,3%, recortadas en promedio por provincia 124,6 miles de des.[53]. Este distrito constituye una excepción, pues aquí predomina el sistema capitalista sobre el de trabajo en prestación personal, mientras que el porcentaje de recortes es aquí el mayor. Pero esta excepción más bien confirma la regla general, pues aquí la influencia de los recortes fue paralizada por circunstancias tan importantes como las mayores parcelas de los campesinos, a pesar de los recortes, y la mayor cantidad de fondo libre de tierras para el arrendamiento. De este modo, la tentativa del autor de poner en duda la existencia de una conexión entre los recortes y el sistema de trabajo en prestación personal es completamente fallida. En general y en conjunto, no está sujeto a duda que el centro del sistema de trabajo en prestación personal en Rusia (la región chernozémica central) es al mismo tiempo el centro de los recortes. Subrayamos «en general y en conjunto» para responder a la siguiente perplejidad del autor. A las palabras de nuestro programa sobre la devolución de aquellas tierras que fueron recortadas y sirven de instrumento de servidumbre, el autor pone entre paréntesis la pregunta: «¿y las que no sirven?». Le responderemos que el programa no es un proyecto de ley sobre la devolución de los recortes. Definimos y explicamos el significado general de los recortes, y no hablamos de casos aislados. ¿Y es que acaso se puede todavía, después de toda la literatura populista sobre la situación del campesinado posreforma, dudar de que los recortes, en general y en conjunto, sirven de instrumento de la servidumbre feudal? ¿Acaso se puede aún, preguntaremos más adelante, negar la conexión de los recortes con el sistema de trabajo en prestación personal, cuando esa conexión se desprende de los conceptos más fundamentales sobre la economía posreforma de Rusia? El sistema de trabajo en prestación personal es la combinación de la barshchina con el capitalismo, del «antiguo régimen» y de la economía «moderna», del sistema de explotación mediante la adjudicación de tierras y del sistema de explotación mediante la separación de la tierra. ¿Y qué ejemplo más relevante de la barshchina moderna puede haber que el sistema de economía por las tierras recortadas (sistema descrito, como tal, como un sistema especial y no como una casualidad, por la literatura populista aún en aquellos buenos y viejos tiempos en que de los marxistas esquemáticos y estrechos no se tenía noticia)? ¿Acaso se puede pensar que la moderna adscripción de los campesinos a la tierra se mantiene sólo por la ausencia de una ley sobre la libertad de desplazamiento, y no por la existencia, además (y en parte en la base de ello), de una economía de servidumbre por las tierras recortadas?

Sin haber demostrado en absoluto con nada la fundamentación de su duda sobre la existencia de una conexión entre los recortes y la servidumbre, el autor razona más adelante del modo siguiente. La devolución de los recortes es una adjudicación de pequeñas parcelas de tierra, basada no tanto en las necesidades de la economía campesina, cuanto en la «tradición» histórica. Como toda adjudicación de cantidad insuficiente de tierra (de suficiente ni puede hablarse), no suprimirá, sino que creará servidumbre, pues provocará el arriendo de las tierras que falten, el arriendo por necesidad, el arriendo de subsistencia; será, por consiguiente, una medida reaccionaria.

Razonamiento que, una vez más, yerra el blanco, pues nuestro programa no «promete» en modo alguno en su parte agraria la eliminación de toda necesidad en general (esto lo promete sólo en su parte socialista general), sino sólo la eliminación (aunque sea de algunos) de los restos del derecho feudal. Nuestro programa habla precisamente no de la adjudicación de toda clase de pequeñas parcelas en general, sino de la eliminación siquiera de uno de los tipos de servidumbre, ya formado. El autor se ha desviado del curso de pensamiento que está colocado en la base de nuestro programa, y arbitraria e incorrectamente le ha atribuido un significado distinto. En efecto, examínese su argumentación. Desplaza (y en este aspecto tiene, por supuesto, razón) la interpretación de los recortes en el sentido de una mera intercalación de franjas y dice: «si los recortes constituyen una adjudicación suplementaria de tierra, es necesario examinar si los recortes son suficientes para suprimir las relaciones de servidumbre, ya que desde este punto de vista las relaciones de servidumbre son el resultado de la escasez de tierra». En absoluto en ninguna parte afirma nuestro programa que los recortes sean suficientes para suprimir la servidumbre. Toda y cualquier servidumbre puede ser suprimida solamente por la revolución socialista, mientras que nosotros, en el programa agrario, nos mantenemos en el terreno de las relaciones burguesas y exigimos ciertas medidas «con el fin de eliminar» (ni siquiera decimos que esto pueda ser una eliminación completa) los restos del derecho feudal. Toda la esencia de nuestro programa agrario consiste en que el proletariado rural debe, junto con el campesinado rico, luchar por la supresión de los restos del feudalismo, por los recortes. Quien examine atentamente esta tesis, comprenderá la incorrección, la impertinencia y la falta de lógica de objeciones como: ¿por qué sólo los recortes, si esto no es suficiente? Porque, junto con el campesinado rico, el proletariado no podrá ni deberá ir más allá de la supresión del feudalismo, más allá de los recortes, etc. Más allá de esto, el proletariado en general y el rural en particular irá solo, no junto con «el campesinado», no junto con el mujik rico, sino contra él. No vamos más allá de los recortes no porque no queramos el bien para el mujik o temamos asustar a la burguesía, sino porque no queremos que el proletario rural ayude al mujik rico por encima de lo necesario, por encima de lo necesario para el proletario. De la servidumbre feudal sufre tanto el proletario como el mujik rico; contra esta servidumbre pueden y deben ir juntos, mientras que contra la restante servidumbre el proletariado irá solo. Por eso, la separación de la servidumbre feudal de cualquier otra es en nuestro programa un resultado necesario de la estricta observancia de los intereses de clase del proletariado. Habríamos quebrantado esos intereses, habríamos abandonado el punto de vista de clase del proletariado, si hubiéramos admitido en nuestro programa que «el campesinado» (es decir, los ricos más los pobres) iría junto más allá de la supresión de los restos del derecho feudal; habríamos frenado con ello el proceso, absolutamente necesario y el más importante desde el punto de vista socialdemócrata, de la separación definitiva del proletariado rural respecto del campesinado agricultor, el proceso de crecimiento de la conciencia de clase proletaria en la aldea. Cuando los hombres de la vieja fe, los populistas, y los hombres sin fe alguna y sin convicción alguna, los socialistas-revolucionarios, se encogen de hombros a propósito de nuestro programa agrario, ello ocurre porque ellos (por ej., el Sr. Rudin y Cía.) no tienen ni idea de la real estructura económica de nuestra aldea y de su evolución, no tienen ni idea de las relaciones burguesas que se están configurando y casi ya se han configurado dentro de la comuna, de la fuerza del campesinado burgués. Con viejos prejuicios populistas, o más a menudo con fragmentos de esos prejuicios, abordan nuestro programa agrario y comienzan a criticar puntos aislados o su formulación, sin comprender siquiera qué objetivo persigue nuestro programa agrario, para qué relaciones económico-sociales está calculado. Cuando se les dice que en nuestro programa agrario no se trata de la lucha contra el régimen burgués, sino de introducir a la aldea en las condiciones del régimen burgués, se limitan a refregarse los ojos, sin darse cuenta (por la despreocupación teórica que les es propia) de que su perplejidad es un simple eco de la lucha entre la concepción del mundo populista y la marxista.

Para el marxista que se dispone a elaborar un programa agrario, la cuestión de los restos del feudalismo en la aldea rusa, burguesa y en desarrollo capitalista, es ya una cuestión resuelta, y sólo la completa falta de principios de los socialistas-revolucionarios les impide ver que, para hacer una crítica de fondo, deben contraponer siquiera algo coherente y de conjunto a nuestra solución de esta cuestión. Para el marxista, la tarea consiste únicamente en evitar dos extremos: por un lado, no incurrir en el error de aquella gente que dice que, desde el punto de vista del proletariado, no nos importan nada las tareas inmediatas y temporales no proletarias, y, por otro lado, no permitir que la participación del proletariado en la solución de las tareas democráticas inmediatas pueda conducir a la ofuscación de su conciencia de clase y de su peculiaridad de clase. En la esfera de las relaciones propiamente agrarias, esta tarea se reduce a lo siguiente: dar una consigna determinada de tal transformación agraria sobre la base de la sociedad existente, que barra del modo más completo los restos del derecho feudal y libere con la mayor rapidez al proletariado rural de la masa compacta del campesinado indiscriminado.

Creemos que nuestro programa ha resuelto esta tarea. Y no nos perturba en absoluto la pregunta del camarada X: ¿qué hacer si los comités campesinos exigen no los recortes, sino toda la tierra? Nosotros mismos exigimos toda la tierra, sólo que, naturalmente, no «con el fin de eliminar los restos del orden feudal» (fines a los que se limita la parte agraria de nuestro programa), sino con el fin de la transformación socialista. Y nosotros siempre y en todas las circunstancias señalaremos y seguiremos señalando incansablemente a los «pobres de la aldea» precisamente este objetivo. No hay error más burdo que pensar que el socialdemócrata puede ir a la aldea sólo con la parte agraria de su programa, que el socialdemócrata puede, aunque sea por un minuto, arriar su bandera socialista. Mas si la exigencia de toda la tierra es una exigencia de nacionalización o de paso de la tierra al actual campesinado agricultor, nosotros evaluaremos esa exigencia desde el punto de vista de los intereses del proletariado, tomando en consideración todas las circunstancias del caso; no podemos decir de antemano, por ej., si nuestro campesinado agricultor, cuando la revolución lo despierte a la vida política, actuará como partido democrático-revolucionario o como partido del orden. Debemos elaborar nuestro programa de tal modo que estemos preparados también para lo peor, y la realización de las combinaciones mejores sólo facilitará nuestro trabajo y le dará un nuevo impulso.

Nos queda aún, sobre esta cuestión, detenernos en el siguiente razonamiento del camarada X. «A esto – escribe a propósito de su tesis de que la adjudicación de los recortes consolidará el arriendo de subsistencia–, a esto puede hacerse la objeción de que la adjudicación de los recortes tiene significado como medio para suprimir las formas de servidumbre del arriendo de esos recortes, y no como aumento y consolidación de la pequeña economía de subsistencia. Sin embargo, no es difícil advertir que en esta objeción hay una contradicción lógica. La adjudicación de pedazos de tierra es una adjudicación de tierra en cantidad insuficiente para llevar una economía progresiva y suficiente para consolidar la economía de subsistencia que arrienda. Por consiguiente, con la adjudicación de una cantidad insuficiente de tierra, la economía de subsistencia se hace más sólida. Pero si con ello se suprimen las formas de servidumbre del arriendo, es algo que aún hay que demostrar. Nosotros hemos demostrado que se consolidan, pues aumentarán el número de pequeños propietarios – competidores en el arriendo de la tierra terrateniente».

Hemos transcrito íntegramente todo este razonamiento del camarada X para que al lector le sea más fácil juzgar dónde se halla la verdadera «contradicción lógica». Por regla general, los campesinos utilizan actualmente los recortes en condiciones de servidumbre feudal. Una vez devueltos los recortes, los utilizarán como propietarios libres. ¿Acaso «es necesario aún demostrar» que esa devolución suprimirá la servidumbre feudal por medio de esos recortes? ¡Se trata de lotes especiales de tierra que han creado ya una forma especial de servidumbre, y el autor pone en lugar de este concepto particular la categoría general de «cantidad insuficiente de tierra»! Esto significa saltar por encima de la cuestión. Esto significa suponer que los recortes no engendran actualmente ninguna servidumbre especial: entonces, verdaderamente, su devolución sería simplemente «adjudicación de una cantidad insuficiente de tierra»; entonces, verdaderamente, no podríamos estar a favor de esta medida. Pero cualquiera ve perfectamente que no es así. Además. El autor mezcla en vano la servidumbre feudal (el sistema de trabajo en prestación), engendrada por los recortes, con el arriendo de subsistencia, con el arriendo por necesidad en general. Este último arriendo existe en todos los países europeos: bajo la economía capitalista, en todas partes y siempre, la competencia de los pequeños propietarios y de los pequeños arrendatarios infla los precios de venta y de arriendo de la tierra hasta proporciones «de servidumbre». De este tipo de servidumbre no lograremos librarnos de ninguna manera[54] hasta que no nos libremos del capitalismo. Pero, ¿acaso esto es una objeción contra las medidas especiales de lucha contra los tipos especiales, puramente rusos, de servidumbre? El camarada X razona como si objetara contra la reducción de la jornada de trabajo aduciendo el aumento de la intensidad del trabajo a consecuencia de tal reducción. La reducción de la jornada de trabajo es una reforma parcial que suprime sólo uno de los tipos de servidumbre, precisamente la servidumbre mediante la prolongación del trabajo. Otros tipos de servidumbre, por ej., la servidumbre mediante el «acicateo» de los obreros, no es eliminada por esta reforma, y en general todos los tipos de servidumbre no pueden ser eliminados por reforma alguna sobre la base del capitalismo.

Cuando el autor dice: «la adjudicación de los recortes es una medida reaccionaria que consolida la servidumbre», enuncia una tesis que se encuentra en tan flagrante contradicción con todos los datos sobre la economía campesina posreforma, que él mismo no se mantiene en esa posición. Él mismo se contradice al decir un poco más arriba: «… implantar el capitalismo, por supuesto, no es asunto del partido socialdemócrata. Esto, al margen del deseo de cualquier partido, ocurrirá si el usufructo campesino de la tierra se amplía...». Pero si la ampliación del usufructo campesino de la tierra en general conduce al desarrollo del capitalismo, tanto más inevitable es ese resultado con la ampliación de la propiedad campesina de la tierra a costa de los lotes especiales que engendran la servidumbre especial-feudal. La devolución de los recortes elevará el nivel de vida del campesinado, aumentará el mercado interior, incrementará la demanda de obreros asalariados en las ciudades, así como de obreros asalariados en las economías de los campesinos ricos y de los terratenientes, que pierden cierto apoyo del sistema de trabajo en prestación. En cuanto a la «implantación del capitalismo», es ésta una objeción ya de todo punto extraña. La devolución de los recortes sería implantación del capitalismo sólo si fuera necesaria y útil exclusivamente para la burguesía. Pero no es así. Es necesaria y útil no menos, si no más, para los pobres de la aldea, que sufren a causa de la servidumbre y de las prestaciones de trabajo. El proletario rural, junto con el burgués rural, está oprimido por la servidumbre feudal, basada en grado considerable precisamente en los recortes. Por ello, el proletario rural no puede liberarse de esta servidumbre sin liberar con ello también al burgués rural. Ver aquí «implantación» del capitalismo sólo pueden los Sres. Rudin y socialistas-revolucionarios semejantes, que no recuerdan su parentesco con los populistas.

Aún menos convincentes son las consideraciones del camarada X sobre la cuestión de la factibilidad de la devolución de los recortes. Sus datos sobre el distrito de Volsk hablan contra él: casi una quinta parte de las haciendas (18 de 99) permaneció en manos de los viejos propietarios, es decir, los recortes podrían pasar directamente y sin redención alguna a manos de los campesinos. Una tercera parte más de las haciendas pasó enteramente a otras manos, es decir, aquí habría que redimir los recortes a cuenta del gran latifundio nobiliario. Y sólo en 16 casos de 99 habría que redimir a los propios campesinos y a otros propietarios que compraron la tierra por partes. Nos negamos rotundamente a comprender la «inejecutabilidad» de la devolución de los recortes en semejantes condiciones. Tomemos los datos sobre la misma provincia de Sarátov. Tenemos delante los novísimos «Materiales para la cuestión sobre las necesidades de la industria agrícola en la provincia de Sarátov» (Sarátov, 1903). La magnitud de todos los recortes de los antiguos campesinos de la nobleza se determina en 600 mil desiatinas o el 42,7%[55]. Si los estadísticos de los zemstvos en 1896 pudieron determinar la magnitud de los recortes mediante extractos de los estatutos de redención y otros documentos, ¿por qué no habrían de determinar esta magnitud aún con mayor precisión los comités campesinos en algún, digamos, año 1906? Y si se tomara la norma del distrito de Volsk, resultaría que alrededor de 120 mil des. podrían ser devueltas a los campesinos de inmediato y sin redención alguna, luego alrededor de 200 mil des. redimidas (a cuenta de las tierras nobiliarias) de inmediato de las haciendas que pasaron enteramente a otras manos, y sólo respecto de las restantes tierras el procedimiento de redención (a cuenta de la propiedad territorial nobiliaria), canje, etc., sería algo más complejo, pero en todo caso no presentaría nada de «inejecutable». Qué significado tendría para los campesinos la devolución de sus 600 mil des., se ve, por ej., del hecho de que toda la suma de arriendo de tierra de propiedad privada en la provincia de Sarátov constituía a fines de los años 90 alrededor de 900 mil desiatinas. No pretendemos, por supuesto, afirmar que todas las tierras recortadas se arrienden en la actualidad; queremos sólo mostrar gráficamente la relación entre la cantidad de tierra sujeta a devolución en propiedad y la tierra que se toma hoy en día con frecuencia en condiciones de servidumbre y de servidumbre feudal. Esta comparación testimonia de modo muy elocuente qué sensible golpe asestaría la devolución de los recortes a las relaciones de servidumbre feudal, qué impulso daría a la energía revolucionaria del «campesinado» y, –lo que es más importante desde el punto de vista socialdemócrata–, en qué enormes proporciones aceleraría la ruptura ideológica y política entre el proletariado rural y la burguesía campesina. Pues el resultado inmediato e inevitable de la labor expropiatoria de los comités campesinos sería precisamente esta ruptura decisiva e irrevocable, y de ningún modo la unificación de todo «el campesinado» sobre las reivindicaciones «semisocialistas» e «igualitarias» de toda la tierra, como se les antoja a los actuales epígonos del populismo. Cuanto más revolucionariamente actúe «el campesinado» contra los terratenientes, tanto más rápida y profunda será esta ruptura, que surgirá entonces no de los cálculos estadísticos de la investigación marxista, sino de las acciones políticas de la burguesía campesina, de la lucha de partidos y clases dentro de los comités campesinos.

Y obsérvese: al plantear la reivindicación de devolver los recortes, limitamos deliberadamente nuestra tarea a los marcos del régimen existente: estamos obligados a hacerlo si hablamos de un programa mínimo y si no queremos caer en ese desvergonzado proyectismo, rayano en la charlatanería, cuando se ponen «en primer plano», por un lado, las cooperativas, por otro lado, la socialización. Damos respuesta a una cuestión que no ha sido planteada por nosotros[56], a la cuestión sobre las reformas del día de mañana, discutidas tanto por la prensa ilegal, como por la «sociedad», por el zemstvo y, tal vez, incluso por el gobierno. Seríamos anarquistas o simples charlatanes si nos apartáramos de esta cuestión perentoria, pero en absoluto no socialista, planteada por toda la historia posreforma de Rusia. Debemos dar una solución correcta, desde el punto de vista socialdemócrata, a esta cuestión no planteada por nosotros; debemos definir nuestra posición con respecto a esas reformas agrarias que toda la sociedad liberal ha exigido ya y sin las cuales ni una sola persona razonable se imagina la liberación política de Rusia. Y definimos nuestra posición en esta reforma liberal (en el sentido científico, es decir, marxista, de la palabra liberal), manteniéndonos incondicionalmente fieles a nuestro principio de apoyo al movimiento verdaderamente democrático, junto con el desarrollo infatigable y constante de la conciencia de clase del proletariado. Damos una línea práctica de conducta en una reforma semejante que, de un día para otro, deberán emprender el gobierno o los liberales. Damos una consigna que empuja hacia un desenlace revolucionario la reforma realmente planteada por la vida, y no inventada por la fantasía de un vago y humanitario socialismo «Allerwelts»[57].

Precisamente de este último pecado adolece el proyecto de programa del camarada X. A la pregunta de cómo conducirse en las futuras transformaciones liberales de las relaciones agrarias, no hay respuesta alguna. En cambio, se nos da (en los puntos 5 y 7) una formulación empeorada y contradictoria de la reivindicación de la nacionalización de la tierra. Contradictoria, porque la abolición de la renta se proyecta ora mediante un impuesto, ora mediante la transferencia de la tierra a la sociedad. Empeorada, porque con el impuesto no se abolirá la renta, y la transferencia de la tierra (en general hablando) es deseable a manos del Estado democrático, y no de pequeñas organizaciones sociales (como el zemstvo actual o futuro). Los argumentos contra la inclusión en nuestro programa de la reivindicación de la nacionalización de la tierra ya se han aducido más de una vez, y no vamos a repetirlos.

El punto octavo no se refiere en absoluto a la parte práctica del programa, y el punto 6 el camarada X lo ha formulado de tal modo que en él no ha quedado nada «agrario». Por qué elimina los tribunales y la reducción de la renta de arrendamiento sigue siendo desconocido.

El punto primero el autor lo formula menos claramente de lo que está hecho en nuestro proyecto, y el añadido: «en interés de la defensa de los pequeños propietarios (y no del desarrollo de la pequeña propiedad)» es de nuevo no-«agrario», impreciso (a los pequeños propietarios que contratan obreros no hay por qué defenderlos) y superfluo, ya que, en la medida en que defendemos la persona, y no la propiedad del pequeño burgués, lo hacemos mediante la reivindicación de reformas sociales, financieras, etc., definidas con precisión.

Escrito en junio-julio, antes del 15 (28) de julio de 1903.

Publicado en julio de 1903 en el folleto: X. Sobre el programa agrario. Lenin, N. Respuesta a la crítica de nuestro proyecto de programa. Ginebra, ed. de la «Liga en el Extranjero de la Socialdemocracia Revolucionaria Rusa»

Se imprime según el texto del folleto