El célebre programa mínimo agrario de nuestros socialistas revolucionarios (cooperación y socialización) enriqueció el pensamiento socialista ruso y el movimiento revolucionario ruso en junio de 1902. El libro alemán del conocido oportunista (es decir, bernsteiniano{64}) Eduard David, «Socialismo y agricultura», apareció en febrero de 1903. Por lo visto, ni siquiera cabe hablar de que la obra posterior del pensamiento oportunista contenga el original de los anteriores ejercicios del pensamiento «socialista revolucionario». Pero ¿cómo explicar entonces el asombroso y saltante parecido, e incluso la identidad de principio, entre el programa de los socialistas revolucionarios rusos y el de los oportunistas alemanes? ¿Acaso el «original» es ya «Rusia Revolucionaria», y la copia, la obra «capital» (según el juicio del corresponsal de «Rússkie Védomosti»{65}) de David? Dos ideas básicas, y en correspondencia con ellas dos puntos principales del programa, recorren como un hilo rojo toda la «obra» de David. Ensalza las cooperativas agrícolas, espera de ellas todos los bienes, exige que la socialdemocracia contribuya a su desarrollo y no advierte (exactamente igual que nuestros socialistas revolucionarios) el carácter burgués de estas asociaciones de pequeños propietarios con pequeños y grandes capitalistas en la agricultura. David exige la transformación de las grandes explotaciones agrícolas en pequeñas, entusiasmándose con la ventaja y la racionalidad, la economía y la productividad de las explotaciones «des Arbeitsbauern» —en ruso, literalmente: «campesino trabajador»—, y enarbolando el derecho supremo de propiedad de la sociedad sobre la tierra y el usufructo de la tierra de esos pequeños «campesinos trabajadores». ¡Decididamente, el oportunista alemán ha plagiado a los «socialistas revolucionarios» rusos! Ni el oportunista pequeñoburgués alemán, ni los pequeñoburgueses «socialistas revolucionarios» rusos ven, por supuesto, nada del carácter pequeñoburgués del «campesino trabajador» en la sociedad actual, de su posición intermedia, de transición, entre la burguesía y el proletariado, de su empeño en «abrirse paso» (es decir, en convertirse en burgués hecho y derecho) mediante el ahorro, la diligencia, la desnutrición y el trabajo excesivo, de su afán por explotar el trabajo de los «trabajadores» agrícolas.

Sí, sí, les beaux esprits se rencontrent, y en ello reside la clave de una tarea tan difícil a primera vista: determinar dónde está la copia y dónde el original. Las ideas que expresan las necesidades, los intereses, las aspiraciones y las codicias de una clase determinada flotan en el aire, y ninguna diversidad de vestimenta, ninguna variante de frase oportunista ora «socialista revolucionaria», puede ocultar la identidad de esas ideas. No se puede esconder una aguja en un saco.

En todos los países europeos, incluida Rusia, avanza de manera inexorable tanto el «acorralamiento» como la decadencia de la pequeña burguesía, que no siempre se expresa en su desplazamiento directo e inmediato, pero que en la enorme mayoría de los casos conduce a la restricción de su papel en la vida económica, al empeoramiento de sus condiciones de existencia, al aumento de su inseguridad. Todo se vuelve contra ella: el progreso técnico de las grandes explotaciones en la industria y en la agricultura, el desarrollo de las grandes tiendas, el crecimiento de las asociaciones empresariales, cárteles y trusts, e incluso el crecimiento de las cooperativas de consumo y de las empresas municipales. Y junto a este «acorralamiento» de la pequeña burguesía en la agricultura y en la industria, se produce el surgimiento y el desarrollo de un «nuevo estrato medio», como dicen los alemanes, una nueva capa de pequeña burguesía, la intelectualidad, a la que también le resulta cada vez más difícil vivir en la sociedad capitalista, y que en su mayoría mira esa sociedad desde el punto de vista del pequeño productor. Es completamente natural que de aquí surja con plena inevitabilidad la amplia difusión y el constante renacimiento, en las formas más variadas, de ideas y doctrinas pequeñoburguesas. Es completamente natural que el «socialista revolucionario» ruso, enteramente cautivado por las ideas del populismo pequeñoburgués, resulte «hermano a su pesar» del reformista y oportunista europeo, el cual, cuando quiere ser consecuente, llega ineludiblemente al proudhonismo{66}. Precisamente con este último término ha caracterizado Kautsky, con plena justeza, el programa y el punto de vista de David.

Hemos dicho: «cuando quiere ser consecuente», y así hemos llegado a ese rasgo esencial —que distingue a los actuales socialistas revolucionarios tanto del viejo populista ruso como, por lo menos, de ciertos oportunistas europeos— que no puede sino llamarse aventurerismo. El aventurerismo no se preocupa de la coherencia, y sólo procura atrapar el momento, aprovechar la lucha de ideas para justificar y preservar el vacío ideológico. El viejo populista ruso quería ser consecuente y defendía, predicaba y profesaba su programa particular. David quiere ser consecuente y se alza resueltamente contra toda la «teoría agraria marxista», predica y profesa resueltamente la transformación de las grandes explotaciones en pequeñas, sin miedo, al menos, a tener el valor de su opinión, sin miedo a presentarse abiertamente como partidario de la pequeña explotación. Nuestros socialistas revolucionarios… ¿cómo decirlo con suavidad?… son mucho más «cautos». Ellos nunca se alzan resueltamente contra Marx —¡Dios nos libre!—. Por el contrario, prodigan a cada paso citas tanto de Marx como de Engels, asegurando con lágrimas en los ojos que están de acuerdo con ellos en casi todo. No arremeten contra Liebknecht y Kautsky —al contrario, están profunda y sinceramente convencidos de que Liebknecht era un socialista revolucionario, ¡pardiez que lo era!—. No se presentan como partidarios de principio de la pequeña explotación —al contrario, defienden a capa y espada la «socialización de la tierra», y ni siquiera por descuido se les escapa que esta omnímoda socialización ruso-holandesa significa cualquier cosa: tanto el paso de la tierra a propiedad de la sociedad y al usufructo de los trabajadores (¡exactamente igual que en David!), como el simple traspaso de la tierra a manos de los campesinos, y, por fin, ya por completo «simplemente»: un recorte gratuito…

Los «cautos» procedimientos de nuestros socialistas revolucionarios nos resultan ya tan familiares, que nos permitimos, para concluir, darles un buen consejo.

Habéis caído en una situación no muy airosa, señores, no cabe duda. Todo el tiempo afirmabais no tener nada en común ni con el oportunismo y el reformismo de Occidente, ni con las simpatías pequeñoburguesas por la «ventajosa» pequeña explotación, y he aquí que aparece un libro de un reconocido oportunista y partidario de la pequeña explotación, el cual «copia» con conmovedora escrupulosidad vuestro programa «social revolucionario». La situación, como quien dice, es peor que la del gobernador. Pero no os turbéis: de ella se sale fácilmente. Basta con… citar a Kautsky.

Que no piense el lector que se trata de un lapsus. En absoluto. Kautsky arremete contra el proudhonista David, y por eso mismo los socialistas revolucionarios, solidarios con David, deben citar a Kautsky exactamente igual que ya citaron una vez a Engels. Tomad el n.º 14 de «Rusia Revolucionaria» y leeréis allí, en la página séptima, que «el cambio de táctica» de los socialdemócratas respecto al campesinado «fue legalizado» (!!) por uno de los padres del socialismo científico, Engels, ¡por el mismo Engels que arremetió contra los camaradas franceses que cambiaban de táctica!{67} ¿Cómo se puede demostrar esta postura de prestidigitador? Muy sencillo. Hay que, primero, «citar» las palabras de Engels de que él está decididamente del lado del pequeño campesino (¡y callar que precisamente esta misma idea la expresa el programa de los socialdemócratas rusos, que llama a todos los trabajadores al lado del proletariado!). Hay que, segundo, a propósito de las «concesiones al bernsteinianismo» de los camaradas franceses que cambiaban de táctica, decir: «véase la excelente crítica que hace Engels de estas concesiones». Ese mismo y probado procedimiento es el que aconsejamos emplear ahora a los señores socialistas revolucionarios. El libro de David ha legalizado el cambio de táctica en la cuestión agraria. Ahora ya no se puede dejar de reconocer que es posible permanecer en las filas del partido socialdemócrata con la «cooperación y la socialización» programáticas; sólo los dogmáticos y los ortodoxos pueden no verlo. Pero, por otro lado, hay que reconocer que David, a diferencia de los nobles socialistas revolucionarios, hace ciertas concesiones al bernsteinianismo. «Véase la excelente crítica que hace Kautsky de estas concesiones».

En verdad, señores, probadlo. Tal vez salga bien una vez más.

«Iskra» n.º 38, 15 de abril de 1903.

Publicado según el texto del periódico «Iskra».