La autocracia vacila. El propio autócrata lo reconoce públicamente ante el pueblo. Tal es la inmensa importancia del manifiesto del zar del 26 de febrero, y ninguna frase condicional, ninguna de las reservas ni de los pretextos que atiborran ese manifiesto, podrá cambiar la significación histórica del paso que se ha dado.

El zar comienza a la vieja usanza —todavía a la vieja usanza—: «Por la gracia de Dios...» y concluye con un llamamiento, medio cobarde, medio hipócrita, en demanda de ayuda a personas que gozan de la confianza social. El zar siente ya por sí mismo que se van para no volver los tiempos en que podía sostenerse en Rusia un gobierno por la gracia de Dios, y que, en lo sucesivo, el único gobierno estable que puede existir en Rusia es un gobierno por la voluntad del pueblo.

El zar reafirma su sagrado voto de preservar los cimientos seculares del imperio ruso. Traducido del lenguaje oficial al ruso, esto significa: preservar la autocracia. En otro tiempo, cuando el movimiento revolucionario declinaba y se extinguía, Alejandro III lo declaró sin ambages y directamente (en el manifiesto del 29 de abril de 1881). Ahora, cuando el grito de combate «¡abajo la autocracia!» resuena cada vez más fuerte y es cada vez más imponente, Nicolás II prefiere encubrir su declaración con una pequeña hoja de parra, remitiéndose con pudor a su inolvidable padre. ¡Argucia insensata y despreciable! La cuestión está planteada directamente y ha sido lanzada a la calle: ser o no ser la autocracia. Y toda promesa de «reformas» —¡con perdón de la palabra, «reformas»!)— que comience con la promesa de preservar la autocracia, es una mentira flagrante, una burla al pueblo ruso. Pero no hay mejor ocasión para desenmascarar ante todo el pueblo el poder gubernamental que el hecho de que ese mismo poder se dirija al pueblo entero con promesas hipócritas y falaces.

El zar se refiere (una vez más, con hoja de parra) al movimiento revolucionario, quejándose de que «la inquietud» estorba la labor encaminada a mejorar el bienestar del pueblo, de que agita las mentes, de que aparta al pueblo del trabajo productivo, de que arruina fuerzas queridas para el corazón del zar, de que destruye fuerzas jóvenes, necesarias para la patria. Y he aquí que, como los militantes del movimiento revolucionario que perecen son queridos para el corazón del zar, éste promete acto seguido reprimir severamente todo lo que se aparte del curso normal de la vida social; es decir, perseguir con saña la palabra libre, las huelgas obreras, las manifestaciones populares.

Bástele esto. Le sobra esto. El discurso jesuítico habla por sí solo. Nos atreveremos únicamente a expresar la certeza de que esta «palabra del zar», al difundirse por todos los rincones y apartados lugares de Rusia, será la más magnífica de las agitaciones en favor de las reivindicaciones revolucionarias. En quien conserve siquiera una gota de honor, esta palabra del zar no podrá suscitar más que una respuesta: la exigencia de la liberación incondicional e inmediata de todos los que cumplen —sometidos a proceso o sin él, después de la sentencia o antes de ella— penas de prisión, destierro o arresto por causas políticas y religiosas, y por asuntos de huelgas y resistencia a la autoridad.

Hemos visto qué lenguaje de dos caras habla el zar. Miremos ahora de qué habla.

Habla, principalmente, de tres cosas. En primer lugar, de la tolerancia de cultos. Deben ser confirmadas y consolidadas nuestras leyes fundamentales, que aseguran la libertad de conciencia a todas las doctrinas religiosas. Pero la confesión ortodoxa debe permanecer como dominante. En segundo lugar, el zar habla de la revisión de las leyes que conciernen a la situación rural, de la participación en esta revisión de personas que gozan de la confianza de la sociedad, del trabajo conjunto de todos los súbditos para fortalecer los principios morales en la familia, la escuela y la vida social. En tercer lugar, de la facilitación de la salida de los campesinos de sus comunidades, de la liberación de los campesinos de la gravosa responsabilidad mutua.

A estas tres declaraciones, promesas y propuestas de Nicolás II, la socialdemocracia rusa responde con tres exigencias que desde hace mucho ha planteado, ha defendido siempre y ha difundido con todas sus fuerzas, y que, ahora, en relación con el manifiesto del zar y como respuesta a él, es necesario confirmar con especial contundencia.

En primer lugar, exigimos el reconocimiento inmediato e incondicional por la ley de la libertad de reunión, la libertad de prensa y la amnistía para todos los «políticos» y para todos los sectarios. Mientras esto no se haga, toda palabra sobre tolerancia, sobre libertad de conciencia, seguirá siendo un juego miserable y una mentira indigna. Mientras no se declare la libertad de reunión, de palabra y de prensa, no desaparecerá la vergonzosa inquisición rusa que persigue la confesión de una fe no oficial, de opiniones no oficiales, de doctrinas no oficiales. ¡Abajo la censura! ¡Abajo la custodia policiaca y de gendarmes de la Iglesia «dominante»! Por estas reivindicaciones luchará el proletariado consciente ruso hasta la última gota de sangre.

En segundo lugar, exigimos la convocatoria de una Asamblea Constituyente de todo el pueblo, que deberá ser elegida por todos los ciudadanos sin excepción y que deberá instaurar en Rusia un régimen electivo de gobierno. ¡Basta ya de este juego de los conciliábulos de gentes locales, de los parlamentos latifundistas adjuntos a los gobernadores, del gobierno representativo de los señores mariscales de la nobleza (¿y acaso también de los delegados de ésta?)! ¡Basta ya de que el todopoderoso funcionariado se haya entretenido con todo tipo de zemstvos como el gato con el ratón, ora soltándolos, ora halagándolos con sus patitas de terciopelo! Mientras no se convoque una asamblea popular de diputados, serán mentira y más mentira cualesquiera palabras acerca de la confianza en la sociedad y de los principios morales de la vida social. Hasta entonces no cejará la lucha revolucionaria de la clase obrera rusa contra la autocracia rusa.

En tercer lugar, exigimos el reconocimiento inmediato e incondicional por la ley de la plena igualdad de derechos de los campesinos respecto a los demás estamentos, y la convocatoria de comités campesinos para liquidar todos los vestigios del derecho feudal en el campo y adoptar medidas serias que mejoren la situación del campesinado.

La falta de derechos del campesinado, que constituye las nueve décimas partes de la población de Rusia, no puede tolerarse ni un solo día más. De esta falta de derechos sufre toda la clase obrera y todo el país; en esta falta de derechos se sostiene toda la barbarie asiática de la vida rusa; a causa de esta falta de derechos transcurren sin dejar huella (o en perjuicio de los campesinos) todas y cada una de las comisiones y conciliábulos. El zar también ahora quiere salir del paso con los acostumbrados «conciliábulos» de funcionarios y nobles; el zar habla incluso de una «fuerte autoridad» para dirigir las labores de esas gentes locales. Los campesinos, con el ejemplo de los jefes del zemstvo, saben muy bien qué significa esa «fuerte autoridad». No en vano han vivido los campesinos cuarenta años de miseria, indigencia y hambres constantes después de la merced de los comités nobiliarios. Los campesinos comprenderán ahora que todas las «reformas» y mejoras no serán más que un engaño si no son efectuadas por los propios campesinos. Los campesinos comprenderán —y nosotros les ayudaremos a comprender— que sólo los comités campesinos son capaces de suprimir de verdad no una mera responsabilidad mutua, sino todos y cada uno de los vestigios de la corvea y del derecho feudal que oprimen, bien entrado el siglo veinte, a decenas de millones de personas. A los obreros de la ciudad les basta con la libertad de reunión y la libertad de prensa: ¡sabremos muy bien aprovechar esas libertades! Pero a los campesinos, desparramados por apartados lugares, sumidos en el abatimiento y el embrutecimiento, esto no les basta; y los obreros deben ayudarlos, deben explicarles que inevitable e ineluctablemente seguirán siendo míseros esclavos mientras no tomen en sus propias manos su propio destino, mientras no consigan, como primer paso fundamental, la institución de comités campesinos para una liberación real, y no engañosa, del campesinado.

Hace tiempo que gente experimentada e inteligente ha observado que no hay momento más peligroso para el gobierno en la época revolucionaria que aquel en que empiezan las concesiones, en que comienzan las vacilaciones. La vida política rusa de los últimos años lo ha confirmado de manera brillante. El gobierno mostró vacilación en la cuestión del movimiento obrero, dando pábulo a la zubatovschina, y quedó en ridículo, haciendo perfectamente el juego a la agitación revolucionaria. El gobierno quiso hacer una concesión en el problema estudiantil y quedó en ridículo, acelerando a pasos agigantados la revo¬lucio¬nari¬zación de los estudiantes. El gobierno repite ahora el mismo procedimiento en amplia escala, en relación con todos los problemas de la política interior, y quedará inevitablemente en ridículo, ¡facilitará, fortalecerá y desarrollará de modo inevitable la arremetida revolucionaria contra la autocracia!

Necesitamos detenernos aún en la cuestión práctica de cómo aprovechar el manifiesto del zar del 26 de febrero para la agitación. Los socialdemócratas rusos dieron hace ya tiempo esta respuesta al problema de los medios de lucha: organización y agitación, y no se dejaron turbar por las burlas de gentes ingenuas que encontraban que esto era «indeterminado» y consideraban como medios «determinados» sólo los disparos. Y he aquí que en momentos como el actual, cuando surge de improviso ante nosotros un motivo tan propicio para la agitación en todo el pueblo, que con tanta urgencia reclama la tensión de todas las fuerzas, en estos momentos se siente con especial intensidad la carencia en esto, en lo mismo de siempre, en esto precisamente: la capacidad de organización, la capacidad de desplegar con rapidez la agitación.

¡Pero ya recuperaremos —y más de una vez— el tiempo perdido!

Ante todo, debemos responder al manifiesto del 26 de febrero con hojas volantes, tanto de carácter panruso como local. Si hasta ahora las hojas volantes se editaban en toda Rusia por decenas de miles de ejemplares, que ahora se difundan por millones, para que todo el pueblo conozca la respuesta del proletariado consciente ruso al llamamiento del zar al pueblo, para que todos vean nuestras reivindicaciones concretas y prácticas en contraposición con el discurso del zar sobre el mismo tema.

Además, no debemos permitir que tan sólo las reuniones legales de bienintencionados miembros de los zemstvos y nobles, comerciantes y profesores, etc., etc., contesten con devoto entusiasmo al manifiesto del 26 de febrero. Tampoco bastan aquellas respuestas que den en hojas volantes las organizaciones de los socialdemócratas. Que cada círculo, que cada reunión obrera elabore su propia respuesta, que confirme de modo formal y solemne las reivindicaciones de la socialdemocracia. Que los acuerdos de esas reuniones obreras (y, si se consigue, también de las campesinas) se publiquen en las hojas volantes locales y se comuniquen a nuestros periódicos. Que todos sepan que nosotros sólo consideramos respuesta popular a las respuestas de los propios obreros y campesinos. Que ya todos los círculos empiecen a prepararse para apoyar con su fuerza nuestras reivindicaciones fundamentales.

Seguidamente, no debemos permitir que se redacten mensajes de agradecimiento al zar en toda clase de reuniones sin oposición. ¡Ya han falseado bastante la opinión del pueblo ruso estos señores liberales! ¡Ya han mentido bastante, diciendo no lo que piensan, diciendo no lo que piensa toda la parte del pueblo que piensa y que está dispuesta a luchar! Hay que esforzarse por penetrar en sus reuniones, por exponer también ahí, del modo más amplio, público y abierto posible, nuestras opiniones, nuestra protesta contra el agradecimiento lacayuno, nuestra auténtica respuesta al zar; exponerlas tanto mediante la difusión de hojas volantes como, en la medida de lo posible, con discursos públicos en toda reunión de esa índole (incluso aunque los señores presidentes intenten atajar esos discursos).

Por último, debemos esforzarnos por sacar también a la calle la respuesta de los obreros, por proclamar nuestras reivindicaciones mediante una manifestación, por mostrar abiertamente el número y la fuerza de los obreros, su conciencia y su determinación. ¡Que la próxima celebración del Primero de Mayo, junto con la proclamación general de nuestras reivindicaciones proletarias, sea también una respuesta particular, específica y concreta al manifiesto del 26 de febrero!

«Iskra» n.º 35, 1 de marzo de 1903