Escribo bajo la fresca impresión de su carta, que acabo de leer. Me ha indignado por su cháchara irreflexiva, tanto que no puedo contener el deseo de expresar francamente mi opinión. Haga el favor de transmitir mi carta a su autor y dígale que no hay motivos para ofenderse por palabras duras. Esto no es para publicar.

La carta merece respuesta, en mi opinión, porque pone especialmente de relieve un rasgo característico en el estado de ánimo de muchos revolucionarios actuales. Esperar instrucciones, exigirlo todo desde arriba, de fuera, alzarse de hombros impotentemente ante los fracasos sufridos localmente por la inactividad, quejas y más quejas, inventar recetas que remediarían el mal de manera barata y sencilla.

¡No lo inventarán, señores! Con su propia inactividad, si permiten escisiones delante de sus narices y luego se lamentan y se quejan, ningún remedio les ayudará. Y no es nada inteligente colmarnos de quejas por ello. No piensen que nos ofendemos por sus acusaciones y ataques: nos hemos acostumbrado, sabe, terriblemente acostumbrado a ellos, ¡de modo que ya no nos afectan!

La literatura «de masas», «decenas de puds»: esa consigna de guerra suya no es más que una receta inventada para curarles desde fuera de su propia inactividad. ¡Créanme que ninguna de esas recetas surtirá efecto jamás! Si ustedes mismos no son enérgicos y diligentes, nadie les ayudará en nada. Clamar: dennos esto y aquello, tráigannos esto y lo otro es muy irrazonable, porque ustedes mismos deben tomar y traer. Escribirnos acerca de esto es inútil, ya que desde aquí no podemos hacerlo, y ustedes desde donde están pueden y deben: me refiero a la distribución de la literatura de que disponemos y que editamos.

Algunos «activistas» locales (que reciben ese nombre de su inactividad), al ver apenas unos pocos números de «Iskra» sin trabajar activamente en su recepción y difusión masivas, se inventan una excusa fácil: esto no es lo que necesitamos. ¡Denos literatura de masas, para la masa! Mastíquennosla, póngannosla en la boca, y a lo mejor nos la tragamos nosotros mismos.

Cuán fenomenalmente absurdos parecen esos gritos a quien sabe y ve que ellos, esos «activistas» locales, no saben organizar la difusión ni de lo que hay. ¿No es ridículo leer: dennos decenas de puds, cuando no son capaces de tomar y repartir ni cinco puds? Háganlo primero, respetabilísimos «fantasadores de una hora» (¡pues el primer fracaso les desmonta por completo, incluso todas sus convicciones!). Háganlo, y cuando lo hayan hecho no una vez, sino decenas de veces, la editorial también crecerá al compás de la demanda.

Digo que crecerá, porque sus gritos sobre la literatura de masas (copiados acrítica e insensatamente de los socialrevolucionarios, de los de «Libertad» y de toda clase de «inactivos» desconcertados) se basan en olvidar una pequeña... muy pequeña minucia: en olvidar que ustedes no saben tomar ni difundir siquiera una centésima parte de la literatura de masas que ahora editamos. Tomo una de las últimas listas de uno de los pocos (míseramente, lastimosamente, vergonzosamente pocos) transportes nuestros. Los discursos de Nizhni Nóvgorod, la lucha de Rostov, el folleto sobre las huelgas, Dikshtéin*. Me limito a esto. ¡Cuatro, solo cuatro cositas! ¡Qué poco!

Sí, ¡muy poco! Sí, necesitamos cuatrocientos, no cuatro.

* «¡Eso es viejo!», gritan ustedes. Sí, todos los partidos que tienen buena literatura popular difunden cosas viejas: Guesde y Lafargue, Bebel, Bracke, Liebknecht, etc., durante decenios. ¿Oyen?: ¡durante decenios! Y la literatura popular solo es buena y solo sirve cuando dura decenios. Porque la literatura popular es una serie de manuales para el pueblo, y los manuales exponen los rudimentos que no cambian en medio siglo. Esa literatura «popular» que les «cautiva» y que... 

«Libertad» y los socialrevolucionarios editan puds al mes, hay papelucho y charlatanería. Los charlatanes siempre son bulliciosos y hacen más ruido, y algunas personas ingenuas lo toman por energía.

Pero permítanme preguntarles: ¿han sido capaces de difundir siquiera esos cuatro entre decenas de miles? No, no han sabido hacerlo. No han sabido difundirlos ni entre centenares. Por eso gritan: ¡dennos decenas de puds! (Nadie les dará nunca nada si no saben tomarlo: recuérdenlo.)

¿Han sabido utilizar esos centenares que se les entregaron, se les llevaron, se les pusieron en la boca? No, no han sabido hacerlo. No han sabido, ni siquiera con esta minucia, vincular a las masas con la socialdemocracia. Nosotros recibimos mensualmente decenas y centenares de octavillas, comunicados, correspondencias y cartas de todos los rincones de Rusia, y no hemos tenido ni una sola (¡piensen bien en el sentido exacto de estas palabras exactas: «ni una sola»!) comunicación sobre la difusión de esos centenares entre la masa, sobre la impresión causada en la masa, sobre las respuestas de la masa, sobre las conversaciones en la masa acerca de estas cosas. Ustedes nos dejan en una situación en la que el escritor escribe y el lector (intelectual) lee, ¡y luego ese mismo lector bobalicón lanza rayos y centellas contra el escritor porque este (¡el escritor!!!) no da «decenas de puds» en todas partes! La persona cuya misión entera consiste en vincular al escritor con la masa se está sentada, como un pavo encrespado, gritando: dennos literatura de masas, sin saber al mismo tiempo utilizar ni una centésima parte de lo que hay.

Ustedes dirán, por supuesto, que «Iskra», por ejemplo, ese producto principal nuestro, no se puede, en general no se puede vincular a las masas. Sé que dirán eso. Lo he oído centenares de veces y siempre he respondido que no es verdad, que es un subterfugio, una evasiva, impericia y flojedad, el deseo de recibir ya cocinadas las perdices en la boca.

Sé por los hechos que personas activas han sabido «vincular» «Iskra» (esa archiintelectualizada, según la opinión de los malos intelectuales, «Iskra») con la masa incluso de obreros tan atrasados, poco desarrollados, como los de las provincias industriales de los alrededores de Moscú.

He conocido obreros que ellos mismos difundían entre la masa (de allí) «Iskra» y solo decían que era poca. Hace muy poco escuché el relato de un «soldado del campo de batalla» sobre cómo en uno de esos rincones fabriles del centro de Rusia se leía «Iskra» de inmediato en muchos círculos, en reuniones de 10 a 15 personas, y que previamente el comité y los subcomités leían ellos mismos cada número, acordando en común cómo utilizar exactamente cada artículo en una comunicación de agitación. Y supieron utilizar incluso esos miserables 5-8 (máximo: ¡ocho!!) ejemplares que recibían solo gracias a la manca inactividad de los activistas apostados cerca de las fronteras (¡incapaces jamás de organizar ni siquiera puntos de recepción para los transportistas y que esperan que el escritor les para no solo artículos, sino también personas con manos!).

Díganme, con la mano en el corazón: ¿muchos de ustedes han utilizado así cada uno de los ejemplares de «Iskra» que han recibido (que se les ha entregado, que se les ha traído)? ¿Callan? Bueno, entonces se lo diré: apenas uno de cada cien ejemplares que llegan a Rusia (por voluntad del destino y por la inactividad de los «lectores») se utiliza así, discutiendo cada breve artículo en su significación de agitación, leyendo cada breve artículo en el círculo de obreros, en todos los círculos de todos los obreros que tienen por costumbre reunirse en una ciudad dada. ¡Y he ahí que personas que no saben asimilar ni una centésima parte del material que les llega gritan: dennos decenas de puds! La fórmula de Shchedrín (el escritor escribe) aún ve al «lector» con un optimismo muy, muy excesivo.

El lector contemporáneo (de entre los intelectuales socialdemócratas) ha llegado al extremo de quejarse de los escritores porque los intelectuales locales son flojos y «mandan» a los obreros, sin hacer nada por ellos. La queja es justa, mil veces justa, pero... ¿va dirigida a la dirección correcta? ¿No nos permitirían ustedes devolver esta queja al remitente y cobrarle una multa doble? ¿Y ustedes qué están mirando, respetabilísimos señores quejosos? Si sus amiguetes no saben utilizar «Iskra» para leerla en los círculos obreros, no saben designar personas para la entrega y distribución de la literatura, no saben ayudar a los obreros a formar ellos mismos círculos para esto, ¿por qué no echan de una patada a esos amiguetes mancos? ¡Piensen ustedes nada más en la bonita situación en que quedan cuando nos presentan quejas sobre su propia manquedad!

Es un hecho que los «prácticos» no utilizan ni una centésima parte de lo que pueden tomar. Y no es un hecho menos indudable que solo un subterfugio y una evasiva constituye el inventar por parte de esos prácticos clases especiales de literatura «de masas». En la carta del 7 ts. 6 f., por ejemplo, se recomiendan tres clases «para nosotros» (por supuesto, ya para nosotros):

1) Un periódico popular. Mastiquen cada hecho de modo que pueda ser asimilado sin digestión. De tal manera que a nosotros, los «activistas», no nos haga falta tener estómago en absoluto.

No importa que hasta ahora el mundo no haya visto siquiera tal «periódico» «popular», pues el periódico responde a todo, mientras que la literatura popular e n s e ñ a algo poco. No importa que todos nuestros modelos de tal literatura, comenzando por «Pensamiento Obrero», siguiendo con «Adelante», «La Causa Obrera», «La Bandera Roja», etc., resultaran inevitable e irremediablemente unos engendros, no periódicos populares ni nada. No importa que todas las tentativas de periódicos «obreros» solo alimentaran y alimentarán siempre la absurda división del movimiento intelectual y obrero (división provocada por la mezquindad mental y la manquedad de los intelectuales, que llegan al extremo de mandar quejas desde la otra esquina del mundo sobre su propia manquedad). No importa que todas las tentativas de periódicos «obreros» engendraran hasta ahora y engendrarán siempre entre nosotros el arte sanalismo y teorías especiales, profundas, de Kazán y de Járkov. Nada de eso importa. ¡Pues la cautivadora «Libertad» y los cautivadores (deja sin aliento) eseristas editan —y vaya, ¡qué cantidad!— periódicos y periódicos-revistas populares! «La Causa del Pueblo» nº 227, «La Bandera Roja», «Libertad» —revista para obreros, «Ecos» —periódico y revista para obreros, «La Tea» —para los campesinos, «Pensamiento Obrero» —periódico ginebrino de los obreros de Petersburgo!! No importa que todo eso sea porquería, pero al menos es porquería de masas.

Y entre ustedes todo es una sola «Iskra», ¡qué aburrido! El número 31, y todo «Iskra», mientras que entre la gente cautivadora por cada dos números de un título (porquería) vienen enseguida tres números de otro título (porquería). ¡Eso sí es energía, eso sí es alegre, eso sí es nuevo! Y nuestros socialdemócratas...

2) Y los folletos de «ellos» son siempre nuevos y más nuevos. Y cada separata se hace pasar por un folleto, y todo esto se pregona charlatanescamente, se cuentan los pliegos (un millón de pliegos: véase el núm. 16 de «Rusia Revolucionaria». ¡Batieron el récord! ¡Campeones!).

¡Y entre nosotros! Las separatas no se cuentan como folletos: ¡intelectualismo, literaturismo!

Se reeditan los viejos, requeteviejos Dikshtéin, ¡mientras que todas las señoritas de París y de Chernígov saben que diez folletos nuevos (porquería) valen cien veces más que uno viejo, pero bueno.

Eso solo pasa entre los alemanes, que, por ejemplo, en 1903 reeditan por undécima vez «Nuestros objetivos» de Bebel, escrito ¡hace 34 años! Esto es aburrido. Entre nosotros, los «cautivadores» socialrevolucionarios echan chispas.

Y nuestros «activistas» locales no saben utilizar ni los viejos (de hace 20 años: ¡vejestorio! ¡al archivo!) folletos de Plejánov, ¡ni un «cualquier» (¡uno solo!) folleto sobre las huelgas y el memorándum de Witte!

No hablo ya de que el «activista» local no ha movido un dedo para exprimir buenos folletitos de los escritores que están en el destierro, ni para organizar la colaboración de los literatos locales en «Iskra». ¿Para qué? ¡Quejarse es mucho más fácil que poner en marcha una cosa tan trabajosa! Y el lector contemporáneo, sin ruborizarse, se llama a sí mismo «iskrista» basándose en que escribe quejas a «Iskra». Y no le da ninguna vergüenza que en «Iskra» el 99 por 100 sean siempre las mismas 31/2 personas las que escriben. Y ni siquiera necesita considerar que no se puede suspender «Iskra», que la salida quincenal de 11/2-2 pliegos requiere, sí, trabajo. ¡Y aun así, con una ligereza sencillamente sin igual, exclama: 31 números, y aún hay muchos tontos locales y llorones mancos! Un argumento realmente demoledor... solo que ¿a quién y qué demuele?

3) Octavillas.

¡Dennos octavillas! ¡Los comités no pueden! ¡Escriban, entreguen, traigan (¿y difundan?) octavillas!

A V. D. BONCH-BRUÉVICH. 21 DE FEBRERO DE 1903.

H... sí, esto ya es consecuente, por lo menos. Yo abro la boca, y ustedes echen: ¡he ahí la nueva fórmula de las relaciones entre el «escritor» y el «iskrista»-práctico! Llegar a decir que las octavillas locales están por encima de las fuerzas de las organizaciones locales (¿compuestas de «activistas» bobalicones?), que esas octavillas deben ser suministradas desde el extranjero, es ya el colmo de todo. Es una coronación tan magnífica (desde mi punto de vista) del edificio de toda la carta del 7 ts. 6 f., que puedo terminar solo con esta «corona». Esta corona resplandeciente solo se empañaría con añadidos o comentarios.

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Escrito en febrero, después del 12, de 1903.

Enviado de Londres a Kiev.

Publicado por primera vez en 1924 en la revista «Guardia Joven» núm. 2-3.

Se imprime según el manuscrito.