Hemos dicho que nuestro movimiento, mucho más amplio y profundo que el de la década del 70, debe ser animado por la misma abnegada decisión y energía de entonces. En efecto, hasta ahora, al parecer, nadie dudaba de que la fuerza del movimiento actual reside en el despertar de las masas (y, principalmente, del proletariado industrial) y su debilidad, en la falta de conciencia e iniciativa de los dirigentes revolucionarios.

Sin embargo, en los últimos tiempos se ha hecho un descubrimiento sensacional que amenaza con subvertir todas las opiniones hasta ahora dominantes sobre esta cuestión. Este descubrimiento ha sido hecho por *La Causa Obrera* que, al polemizar con *Iskra* y *Zariá*, no se limitó a objeciones parciales, sino que intentó reducir la «divergencia general» a una raíz más profunda: a una «apreciación diferente de la importancia relativa del elemento espontáneo y del elemento conscientemente 'planificado'». La tesis acusatoria de *La Causa Obrera* dice: «subestimación de la importancia del elemento objetivo o espontáneo del desarrollo»[16]. A esto respondemos: aun cuando la polémica de *Iskra* y *Zariá* no hubiese dado ningún otro resultado que el de haber incitado a *La Causa Obrera* a llegar a esta «divergencia general», ya este solo resultado nos daría una gran satisfacción: tan significativa es esta tesis, tan claramente ilumina toda la esencia de las actuales divergencias teóricas y políticas entre los socialdemócratas rusos.

Por esto la cuestión de la relación entre la conciencia y la espontaneidad representa un enorme interés general, y en ella debemos detenernos con todo detalle.

a) Comienzo del ascenso espontáneo

En el capítulo anterior señalamos la pasión generalizada por la teoría del marxismo entre la juventud culta rusa a mediados de la década del 90. Por esos mismos tiempos, adquirió un carácter igualmente generalizado la oleada de huelgas obreras que siguió a la famosa guerra industrial de Petersburgo de 1896{27}. Su difusión por toda Rusia testimoniaba claramente la profundidad del movimiento popular que volvía a levantarse, y si hemos de hablar del «elemento espontáneo», claro está que este movimiento huelguístico deberá ser reconocido ante todo como espontáneo. Pero la espontaneidad varía. Ha habido huelgas en Rusia en las décadas del 70 y del 60 (e incluso en la primera mitad del siglo XIX), acompañadas de la destrucción «espontánea» de máquinas, etc. Comparadas con aquellos «motines», las huelgas de los años 90 pueden incluso ser calificadas de «conscientes»: tan considerable es el paso adelante que dio en ese tiempo el movimiento obrero. Esto nos muestra que el «elemento espontáneo», en esencia, no es otra cosa que una forma embrionaria de conciencia. Ya los motines primitivos expresaban un cierto despertar de la conciencia: los obreros perdían la fe ancestral en la inmutabilidad del orden que los oprimía, comenzaban... no diré a comprender, sino a sentir la necesidad de la resistencia colectiva y rompían decididamente con la sumisión servil ante las autoridades. Pero esto era, sin embargo, mucho más una manifestación de desesperación y venganza que de lucha. Las huelgas de la década del 90 nos muestran muchos más destellos de conciencia: se presentan reivindicaciones determinadas, se calcula de antemano el momento más conveniente, se discuten ciertos casos y ejemplos de otros lugares, etc. Si los motines eran simplemente la sublevación de los hombres oprimidos, las huelgas sistemáticas expresaban ya los gérmenes de la lucha de clases, pero precisamente solo los gérmenes. Tomadas en sí mismas, estas huelgas eran una lucha tradeunionista, pero aún no socialdemócrata; señalaban el despertar del antagonismo entre obreros y patronos, pero los obreros no tenían, ni podían tener, la conciencia de la oposición irreconciliable de sus intereses con todo el régimen político y social moderno, es decir, la conciencia socialdemócrata. En este sentido, las huelgas de la década del 90, a pesar del enorme progreso en comparación con los «motines», seguían siendo un movimiento puramente espontáneo.

Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta solo podía serles aportada desde fuera. La historia de todos los países atestigua que, exclusivamente con sus propias fuerzas, la clase obrera está en condiciones de elaborar solo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de la necesidad de unirse en sindicatos, luchar contra los patronos, obtener del gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc.[17] En cuanto a la doctrina del socialismo, esta surgió de las teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por los representantes cultos de las clases poseedoras, por la intelectualidad. Los fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían ellos mismos, por su posición social, a la intelectualidad burguesa. Exactamente lo mismo ocurrió en Rusia: la doctrina teórica de la socialdemocracia surgió de un modo completamente independiente del crecimiento espontáneo del movimiento obrero, surgió como resultado natural e inevitable del desarrollo del pensamiento en la intelectualidad revolucionario-socialista. Hacia la época de que estamos hablando, es decir, a mediados de la década del 90, esta doctrina no solo era ya el programa plenamente constituido del grupo «Emancipación del Trabajo», sino que había ganado para su causa a la mayoría de la juventud revolucionaria de Rusia.

De este modo, teníamos ante nosotros tanto el despertar espontáneo de las masas obreras, su despertar a la vida consciente y a la lucha consciente, como la existencia de una juventud revolucionaria armada con la teoría socialdemócrata, que anhelaba ir hacia los obreros. Al respecto, importa especialmente señalar el hecho, a menudo olvidado (y relativamente poco conocido), de que los primeros socialdemócratas de este período, dedicándose celosamente a la agitación económica —(y tomando plenamente en cuenta, en este aspecto, las indicaciones realmente útiles del folleto, entonces aún manuscrito, *Sobre la agitación*{28})—, no solo no la consideraban su única tarea, sino que, por el contrario, desde el comienzo mismo plantearon las más amplias tareas históricas de la socialdemocracia rusa en general, y la tarea de derrocar la autocracia en particular. Así, por ejemplo, el grupo de socialdemócratas de Petersburgo que fundó la «Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera»{29} preparó ya a fines de 1895 el primer número de un periódico titulado *La Causa Obrera*. Completamente listo para la imprenta, este número fue confiscado por los gendarmes en una redada realizada en la noche del 8 al 9 de diciembre de 1895 en casa de uno de los miembros del grupo, Anat. Alex. Vanéiev[18], y a la *Causa Obrera* de la primera formación no le fue dado ver la luz. El artículo de fondo de este periódico (que tal vez dentro de unos treinta años alguna *Rússkaya Stariná* extraiga de los archivos del departamento de policía) esbozaba las tareas históricas de la clase obrera en Rusia y, a la cabeza de estas tareas, situaba la conquista de la libertad política{30}. Luego venía un artículo «¿En qué piensan nuestros ministros?»[19], dedicado a la destrucción policial de los Comités de Alfabetización, y una serie de correspondencias no solo de Petersburgo, sino también de otras localidades de Rusia (por ejemplo, sobre la masacre de obreros en la provincia de Yaroslavl{31}). Así pues, este, si no nos equivocamos, «primer ensayo» de los socialdemócratas rusos de la década del 90 era un periódico de carácter no estrechamente local, y mucho menos «económico», que aspiraba a unir la lucha huelguística con el movimiento revolucionario contra la autocracia y a atraer al apoyo de la socialdemocracia a todos los oprimidos por la política de la reacción oscurantista. Y nadie mínimamente familiarizado con la situación del movimiento de aquel entonces dudará de que un periódico así habría encontrado plena simpatía tanto entre los obreros de la capital como entre la intelectualidad revolucionaria y habría obtenido la más amplia difusión. El fracaso de la empresa demostró tan solo que los socialdemócratas de aquel tiempo no estaban en condiciones de satisfacer la demanda perentoria del momento debido a su falta de experiencia revolucionaria y de preparación práctica. Lo mismo debe decirse de la *Hoja Obrera de San Petersburgo*{32} y, en particular, de la *Gaceta Obrera* y del *Manifiesto* del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, constituido en la primavera de 1898{33}. Ni que decir tiene que ni por un momento se nos ocurre culpar de esta falta de preparación a los militantes de entonces. Pero, para aprovechar la experiencia del movimiento y extraer de ella lecciones prácticas, es necesario darse plena cuenta de las causas y el significado de tal o cual deficiencia. Por eso es sumamente importante establecer que una parte (quizá incluso la mayoría) de los socialdemócratas que actuaban en 1895-1898 consideraban, con toda razón, que ya entonces, en los comienzos mismos del movimiento «espontáneo», era posible presentar un programa muy amplio y una táctica combativa[20]. En cuanto a la falta de preparación de la mayoría de los revolucionarios, siendo un fenómeno completamente natural, no podía suscitar ningún temor especial. Puesto que el planteamiento de las tareas era acertado, puesto que había energía para intentar una y otra vez llevarlas a la práctica, los fracasos temporales constituían un mal menor. La experiencia revolucionaria y la habilidad organizativa son cosas que se adquieren. ¡Solo es cuestión de tener el deseo de cultivar en uno mismo las cualidades necesarias! ¡Solo es cuestión de tener conciencia de las deficiencias, lo cual en la labor revolucionaria equivale a más de la mitad de su corrección!

Pero el mal menor se convirtió en un verdadero mal cuando esta conciencia empezó a apagarse (y estaba muy viva entre los militantes de los grupos antes mencionados), cuando aparecieron personas —e incluso órganos socialdemócratas— que se mostraban dispuestos a erigir en virtud las deficiencias, que intentaban incluso fundamentar teóricamente su actitud servil y su inclinación ante la espontaneidad. Es hora de hacer balance de esta corriente, cuyo contenido se caracteriza de modo muy impreciso con el concepto, demasiado estrecho para expresarlo, de «economismo».

b) Inclinación ante la espontaneidad. «Pensamiento Obrero»

Antes de pasar a las manifestaciones literarias de esta inclinación, señalemos el siguiente hecho característico (comunicado por la fuente arriba mencionada), que arroja cierta luz sobre cómo fue surgiendo y creciendo entre los camaradas que actuaban en Petersburgo la escisión de las dos futuras corrientes de la socialdemocracia rusa. A comienzos de 1897, A. A. Vanéiev y algunos de sus camaradas, antes de ser enviados al destierro, participaron en una reunión privada donde se encontraron miembros «viejos» y «jóvenes» de la «Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera»{34}. Se conversó principalmente sobre la organización y, en particular, sobre el mismísimo «Reglamento de la caja obrera», que en su versión definitiva se publicó en los números 9-10 de *Listok «Rabótnika»*{35} (pág. 46). Entre los «viejos» (los «decabristas», como los llamaban en broma por entonces los socialdemócratas de Petersburgo) y algunos de los «jóvenes» (que más tarde participaron activamente en *Pensamiento Obrero*) se manifestó de inmediato una aguda divergencia y se encendió una acalorada polémica. Los «jóvenes» defendían las bases principales del reglamento tal como fue impreso. Los «viejos» decían que, ante todo, no necesitábamos eso, sino el fortalecimiento de la «Unión de Lucha» como organización de revolucionarios a la que debían subordinarse las distintas cajas obreras, los círculos de propaganda entre la juventud estudiantil, etc. De por sí se entiende que los contendientes estaban lejos de pensar que esta divergencia fuese el comienzo de una escisión; al contrario, la consideraban aislada y casual. Pero este hecho demuestra que el surgimiento y la difusión del «economismo» tampoco en Rusia se produjo sin lucha contra los socialdemócratas «viejos» (cosa que los actuales «economistas» olvidan a menudo). Y si esta lucha, en su mayor parte, no dejó huellas «documentales», la única razón de ello es que la composición de los círculos activos cambiaba con increíble frecuencia, no se establecía continuidad alguna y, por tanto, las divergencias no quedaban fijadas en documento alguno.

La aparición de *Pensamiento Obrero* sacó a la luz el «economismo», pero tampoco de golpe. Hay que representarse concretamente las condiciones de trabajo y la corta duración de la masa de círculos rusos (y solo puede representárselo concretamente quien lo haya vivido) para comprender cuánto de casual hubo en el éxito o el fracaso de la nueva corriente en las distintas ciudades, y cuánto tiempo, tanto los partidarios como los adversarios de esta «novedad», no pudieron, literalmente no tuvieron posibilidad alguna de determinar si se trataba realmente de una corriente especial o simplemente de la expresión de la falta de preparación de algunas personas. Por ejemplo, los primeros números hectografiados de *Pensamiento Obrero* quedaron completamente desconocidos para la inmensa mayoría de los socialdemócratas, y si ahora podemos remitirnos al artículo de fondo de su primer número, es solo gracias a su reimpresión en el artículo de V. I—n (*Listok «Rabótnika»*, núms. 9-10, pág. 47 y sigs.), quien no dejó, por supuesto, de elogiar con celo —un celo irracional— al nuevo periódico, que tan marcadamente se distinguía de los periódicos y proyectos de periódico arriba mencionados[21]. Y vale la pena detenerse en ese artículo de fondo, de manera tan plástica expresa todo el espíritu de *Pensamiento Obrero* y del «economismo» en general.

Tras señalar que la mano con bocamanga azul no podrá detener el desarrollo del movimiento obrero, el artículo de fondo prosigue: «...El movimiento obrero debe tal vitalidad a que el propio obrero toma por fin su destino en sus manos, arrancándolo de las manos de los dirigentes», y esta tesis básica se desarrolla en detalle más adelante. En realidad, los dirigentes (es decir, los socialdemócratas, los organizadores de la «Unión de Lucha») fueron arrancados, por así decirlo, de las manos de los obreros por la policía[22], ¡pero la cosa se presenta como si los obreros hubieran luchado contra estos dirigentes y se hubieran liberado de su yugo! En lugar de llamar hacia adelante, hacia el fortalecimiento de la organización revolucionaria y la ampliación de la actividad política, se puso a llamar hacia atrás, hacia la lucha puramente tradeunionista. Se proclamó que «la base económica del movimiento se ve oscurecida por el afán de no olvidar nunca el ideal político», que la divisa del movimiento obrero es «¡la lucha por la situación económica!» (!) o, mejor aún, «los obreros para los obreros»; se declaraba que las cajas de huelga «son más valiosas para el movimiento que cien otras organizaciones» (compárese esta afirmación, correspondiente a octubre de 1897, con la disputa entre los «decabristas» y los «jóvenes» a comienzos de 1897), etc. Frasecillas como que en primer plano no debe ponerse a la «flor y nata» de los obreros, sino al obrero «medio», al obrero de la masa; que «la política sigue siempre dócilmente a la economía»[23], etc., etc., se pusieron de moda y ejercieron una influencia irresistible sobre la masa de la juventud atraída al movimiento, la cual, en la mayoría de los casos, solo conocía fragmentos de marxismo en su exposición legal.

Esto constituía la total represión de la conciencia por la espontaneidad: por la espontaneidad de aquellos «socialdemócratas» que repetían las «ideas» del señor V. V., por la espontaneidad de aquellos obreros que se dejaban convencer por el argumento de que un kopek en el rublo está más cerca y es más valioso que todo el socialismo y toda la política, de que deben librar su «lucha sabiendo que luchan no para unas futuras generaciones, sino para sí mismos y para sus hijos» (artículo de fondo del núm. 1 de *Pensamiento Obrero*). Semejantes frases fueron siempre el arma predilecta de aquellos burgueses de Europa occidental que, odiando el socialismo, trabajaban (como el «social-político» alemán Hirsch) para trasplantar el tradeunionismo inglés a su suelo natal, diciendo a los obreros que solo la lucha profesional[24] es una lucha para sí mismos y para sus hijos, y no para unas futuras generaciones con un futuro socialismo; y ahora los «V. V. de la socialdemocracia rusa» se pusieron a repetir estas frases burguesas. Importa señalar aquí tres circunstancias que nos serán muy útiles más adelante al analizar las divergencias actuales[25].

En primer lugar, la represión de la conciencia por la espontaneidad que hemos señalado se produjo también de manera espontánea. Esto parece un juego de palabras, pero es —¡ay!— una amarga verdad. No se produjo mediante una lucha abierta entre dos concepciones completamente opuestas ni mediante la victoria de una sobre la otra, sino mediante el «arrebatamiento» por los gendarmes de un número cada vez mayor de revolucionarios «viejos» y mediante la aparición cada vez mayor en escena de los «jóvenes» «V. V. de la socialdemocracia rusa». Todo aquel que —no digo haya participado en el movimiento ruso actual, sino que al menos haya respirado su aire— sabe perfectamente que las cosas son exactamente así. Y si, a pesar de todo, insistimos especialmente en que el lector se aclare por completo este hecho archiconocido, si, por así decirlo, para mayor claridad aducimos los datos sobre *La Causa Obrera* de la primera formación y sobre la disputa entre «viejos» y «jóvenes» a comienzos de 1897, es porque especulan con el desconocimiento de este hecho por el gran público (o por la juventud muy joven) las personas que se jactan de su «democratismo». Volveremos sobre esto más abajo.

En segundo lugar, ya desde la primera manifestación literaria del «economismo» podemos observar ese fenómeno sumamente peculiar y extremadamente característico para comprender todas las divergencias en el seno de los socialdemócratas actuales: los partidarios del «movimiento puramente obrero», los adoradores de la más estrecha y más «orgánica» (expresión de *La Causa Obrera*) vinculación con la lucha proletaria, los adversarios de toda intelectualidad no obrera (aunque sea la intelectualidad socialista), se ven obligados a recurrir, para defender su posición, a los argumentos de los burgueses «tradeunionistas puros». Esto nos muestra que *Pensamiento Obrero* desde sus inicios mismos se puso a aplicar —inconscientemente para sí mismo— el programa del *Credo*. Esto demuestra (cosa que *La Causa Obrera* no puede comprender de ningún modo) que toda inclinación ante la espontaneidad del movimiento obrero, toda disminución del papel del «elemento consciente», del papel de la socialdemocracia, significa *eo ipso* —con total independencia de si quien lo disminuye lo desea o no— reforzar la influencia de la ideología burguesa sobre los obreros. Todos los que hablan de la «sobrestimación de la ideología»[26], de la exageración del papel del elemento consciente[27], etc., se imaginan que el movimiento puramente obrero puede por sí mismo elaborar y elaborará una ideología independiente, con tal de que los obreros «arranquen de las manos de los dirigentes su destino». Pero esto es un profundo error. Como complemento a lo dicho más arriba, aduzcamos las siguientes palabras profundamente justas e importantes de K. Kautsky, pronunciadas a propósito del proyecto de nuevo programa del partido socialdemócrata austríaco[28]:

«Muchos de nuestros críticos revisionistas consideran que Marx afirmaba que el desarrollo económico y la lucha de clases no solo crean las condiciones de la producción socialista, sino que también engendran directamente la *conciencia* (cursiva de K. K.) de su necesidad. Y he aquí que estos críticos objetan que el país de más alto desarrollo capitalista, Inglaterra, es el más ajeno a esta conciencia. A juzgar por el proyecto, podría pensarse que la comisión que elaboró el programa austríaco comparte esta visión supuestamente ortodoxo-marxista, refutada del modo indicado. El proyecto dice: "Cuanto más el desarrollo capitalista acrecienta al proletariado, tanto más este se ve obligado y adquiere la posibilidad de luchar contra el capitalismo. El proletariado llega a la conciencia" de la posibilidad y la necesidad del socialismo. En tal contexto, la conciencia socialista aparece como el resultado directo y necesario de la lucha de clases proletaria. Pero esto es completamente falso. Por supuesto, el socialismo, como doctrina, hunde sus raíces en las relaciones económicas modernas en la misma medida que la lucha de clases del proletariado, y al igual que esta última, brota de la lucha contra la pobreza y la miseria de las masas engendradas por el capitalismo; pero el socialismo y la lucha de clases surgen uno junto al otro, y no uno del otro; surgen bajo premisas distintas. La conciencia socialista moderna solo puede surgir sobre la base de un profundo conocimiento científico. En efecto, la ciencia económica moderna es condición de la producción socialista tanto como, digamos, la técnica moderna, y el proletariado, por más que lo desee, no puede crear ni una ni la otra; ambas surgen del proceso social moderno. Y el portador de la ciencia no es el proletariado, sino la *intelectualidad burguesa* (cursiva de K. K.): fue en las cabezas de miembros aislados de esta capa donde surgió el socialismo moderno, y fueron ellos quienes lo comunicaron a los proletarios destacados por su desarrollo intelectual, los cuales lo introducen luego en la lucha de clases del proletariado allí donde las condiciones lo permiten. Así pues, la conciencia socialista es algo introducido desde fuera (*von außen Hineingetragenes*) en la lucha de clases del proletariado, y no algo surgido espontáneamente (*urwüchsig*) de ella. De acuerdo con esto, el antiguo programa de Hainfeld decía con toda razón que la tarea de la socialdemocracia es introducir en el proletariado (literalmente: llenar al proletariado) la conciencia de su situación y la conciencia de su tarea. Esto no sería necesario si dicha conciencia brotara por sí sola de la lucha de clases. Pero el nuevo proyecto ha tomado esta tesis del viejo programa y la ha adherido a la tesis antes citada. Con ello se ha desgarrado completamente el hilo del pensamiento...»

Puesto que no puede hablarse de una ideología independiente, elaborada por las propias masas obreras en el curso mismo de su movimiento[29], la cuestión se plantea solo así: ideología burguesa o ideología socialista. No hay término medio (pues la humanidad no ha elaborado ninguna «tercera» ideología, y además, en una sociedad desgarrada por contradicciones de clase jamás puede existir una ideología fuera de las clases o por encima de las clases). Por eso, toda disminución de la ideología socialista, todo apartamiento de ella, significa ipso facto reforzar la ideología burguesa. Se habla de espontaneidad. Pero el desarrollo *espontáneo* del movimiento obrero marcha precisamente hacia su subordinación a la ideología burguesa, marcha precisamente por el programa del *Credo*, pues el movimiento obrero espontáneo es tradeunionismo, es *Nur-Gewerkschaftlerei*, y el tradeunionismo significa, justamente, el sojuzgamiento ideológico de los obreros por la burguesía. Por eso nuestra tarea, la tarea de la socialdemocracia, consiste en *luchar contra la espontaneidad*, consiste en apartar al movimiento obrero de esa tendencia espontánea del tradeunionismo a cobijarse bajo el ala de la burguesía, y atraerlo bajo el ala de la socialdemocracia revolucionaria. La frase de los autores de la carta «económica» en el núm. 12 de *Iskra*, según la cual ningún esfuerzo de los ideólogos más inspirados puede apartar al movimiento obrero del camino determinado por la interacción de los elementos materiales y del medio material, equivale por completo, por tanto, a *renunciar al socialismo*, y si esos autores fueran capaces de meditar lo que dicen hasta el final, con audacia y consecuentemente, como debe meditar sus pensamientos todo aquel que sale a la palestra de la actividad literaria y social, no les quedaría más remedio que «cruzar sobre el pecho vacío las manos inútiles» y... y dejar el campo de acción a los señores Struve y Prokopóvich, que tiran del movimiento obrero «por la línea de la menor resistencia», es decir, por la línea del tradeunionismo burgués, o a los señores Zubátov, que tiran de él por la línea de la «ideología» popesco-gendarmesca.

Recuérdese el ejemplo de Alemania. ¿En qué consistió el mérito histórico de Lassalle ante el movimiento obrero alemán? En que apartó a este movimiento del camino del tradeunionismo y el cooperativismo progresistas, hacia el cual se encaminaba espontáneamente (con la benévola participación de Schulze-Delitzsch y sus semejantes). Para cumplir esta tarea hizo falta algo completamente distinto a las charlas sobre la subestimación del elemento espontáneo, sobre la táctica-proceso, sobre la interacción de los elementos y el medio, etc. Para ello hizo falta *una lucha desesperada contra la espontaneidad*, y solo como resultado de esta lucha, mantenida durante largos, larguísimos años, se consiguió, por ejemplo, que la población obrera de Berlín, de ser un apoyo del partido progresista, se convirtiera en uno de los mejores baluartes de la socialdemocracia. Y esta lucha no ha concluido en absoluto ni siquiera hoy (como podría parecerles a quienes estudian la historia del movimiento alemán por Prokopóvich y su filosofía por Struve{36}). También hoy la clase obrera alemana está, si puede expresarse así, *escindida* entre varias ideologías: una parte de los obreros está agrupada en los sindicatos obreros católicos y monárquicos; otra, en los sindicatos hirsch-dunckerianos{37}, fundados por adoradores burgueses del tradeunionismo inglés; y una tercera, en los sindicatos socialdemócratas. Esta última parte es inconmensurablemente mayor que todas las demás, pero la ideología socialdemócrata ha podido lograr esta preponderancia y podrá mantenerla solo mediante una lucha incesante contra todas las demás ideologías.

Pero ¿por qué —se preguntará el lector— el movimiento espontáneo, el movimiento por la línea de menor resistencia, conduce justamente al dominio de la ideología burguesa? Por la sencilla razón de que la ideología burguesa, por su origen, es mucho más antigua que la ideología socialista, porque está más elaborada en todos los aspectos, porque posee *medios de difusión* inconmensurablemente mayores[30]. Y cuanto más joven es el movimiento socialista en algún país, tanto más enérgica debe ser, por tanto, la lucha contra todos los intentos de afianzar la ideología no socialista, y con tanta mayor decisión se debe prevenir a los obreros contra esos malos consejeros que vociferan contra la «exageración del elemento consciente», etc. Los autores de la carta «económica» fulminan, al unísono con *La Causa Obrera*, la intolerancia propia del período infantil del movimiento. Nosotros respondemos a esto: sí, nuestro movimiento se encuentra realmente en estado infantil, y para madurar más rápidamente debe precisamente contagiarse de intolerancia hacia las personas que frenan su crecimiento con su inclinación ante la espontaneidad. ¡Nada hay más ridículo ni más perjudicial que hacerse pasar por viejos que ya han superado todos los episodios decisivos de la lucha!

En tercer lugar, el primer número de *Pensamiento Obrero* nos muestra que la denominación «economismo» (de la cual no pensamos, por supuesto, prescindir, pues de una u otra forma este apelativo ya se ha impuesto) no transmite con suficiente exactitud la esencia de la nueva corriente. *Pensamiento Obrero* no niega por completo la lucha política: en el reglamento de la caja, impreso en el núm. 1 de *Pensamiento Obrero*, se habla de la lucha contra el gobierno. *Pensamiento Obrero* solo considera que «la política sigue siempre dócilmente a la economía» (y *La Causa Obrera* varía esta tesis, asegurando en su programa que «en Rusia, más que en ningún otro país, la lucha económica es inseparable de la política»). Estos postulados de *Pensamiento Obrero* y de *La Causa Obrera* son completamente falsos si por política se entiende la política socialdemócrata. Muy a menudo la lucha económica de los obreros está vinculada (aunque no de manera inseparable) con la política burguesa, clerical, etc., como ya hemos visto. Los postulados de *La Causa Obrera* son ciertos si por política se entiende la política tradeunionista, es decir, la aspiración común de todos los obreros a obtener del Estado determinadas medidas dirigidas contra las calamidades propias de su situación, pero que aún no eliminan esta situación, es decir, que no suprimen la sujeción del trabajo al capital. Esta aspiración es realmente común tanto a los tradeunionistas ingleses, hostiles al socialismo, como a los obreros católicos, a los obreros «zubatovistas», etc. Hay política y política. Así vemos que, también en lo tocante a la lucha política, *Pensamiento Obrero* manifiesta no tanto una negación de la misma como una inclinación ante su *espontaneidad*, ante su carácter inconsciente. Aun reconociendo plenamente la lucha política (mejor dicho: las aspiraciones y reivindicaciones políticas de los obreros) que brota espontáneamente del propio movimiento obrero, renuncia por completo a *elaborar de manera independiente* una política *socialdemócrata específica*, que responda a las tareas generales del socialismo y a las condiciones rusas actuales. Más abajo mostraremos que el mismo error comete también *La Causa Obrera*.

c) El «Grupo de Autoemancipación»{38} y *La Causa Obrera*

Hemos analizado tan detalladamente el artículo de fondo del primer número de *Pensamiento Obrero*, poco conocido y casi olvidado en la actualidad, porque él fue el que primero y con mayor relieve expresó esa corriente general que luego afloró a la luz en innumerables arroyuelos. V. I—n tenía toda la razón cuando, elogiando el primer número y el artículo de fondo de *Pensamiento Obrero*, dijo que estaba escrito «con agudeza, con empuje» (*Listok «Rabótnika»*, núms. 9-10, pág. 49). Toda persona convencida de su opinión, que cree aportar algo nuevo, escribe «con empuje» y escribe de manera que expresa con relieve sus puntos de vista. Solo las personas acostumbradas a nadar entre dos aguas carecen de todo «empuje»; solo tales personas son capaces, tras haber alabado ayer el empuje de *Pensamiento Obrero*, de atacar hoy a sus adversarios por su «empuje polémico».

Sin detenernos en el *Suplemento especial de* Pensamiento Obrero (más adelante, por diversos motivos, tendremos que remitirnos a esta obra, que expresa con la mayor consecuencia las ideas de los «economistas»), señalaremos tan solo brevemente la «Proclama del Grupo de Autoemancipación de los Obreros» (marzo de 1899, reproducida en *Nakanune*{39}, núm. 7, julio de 1899). Los autores de esta proclama dicen con mucha razón que «la Rusia obrera todavía está apenas despertando, apenas mira a su alrededor y se aferra instintivamente a los primeros medios de lucha que encuentra», pero extraen de ello la misma conclusión incorrecta que *Pensamiento Obrero*, olvidando que la instintividad es precisamente la inconsciencia (la espontaneidad) a la que deben acudir en ayuda los socialistas; que los «primeros medios que se encuentran» de lucha serán siempre, en la sociedad actual, los medios de lucha tradeunionistas, y la «primera ideología que se encuentre», la ideología burguesa (tradeunionista). Tampoco «niegan» estos autores la política, sino que se limitan a decir (¡solo a decir!), siguiendo al señor V. V., que la política es una superestructura y que, por tanto, «la agitación política debe ser una superestructura sobre la agitación en pro de la lucha económica, debe crecer sobre el terreno de esta lucha e ir tras ella».

En cuanto a *La Causa Obrera*, esta comenzó directamente su actividad por la «defensa» de los «economistas». Tras haber dicho una directa falsedad en su primer número (núm. 1, págs. 141-142), pretendiendo que «no sabía de qué jóvenes camaradas hablaba Axelrod», que había prevenido contra los «economistas» en su conocido folleto[31], *La Causa Obrera*, en la polémica que se entabló a raíz de esta falsedad con Axelrod y Plejánov, tuvo que reconocer que «bajo la forma de perplejidad quería defender a todos los socialdemócratas más jóvenes del extranjero de esa acusación injusta» (la acusación de estrechez hecha por Axelrod a los «economistas»){40}. En realidad, esta acusación era plenamente justa, y *La Causa Obrera* sabía perfectamente que recaía, entre otros, sobre un miembro de su redacción, V. I—n. Señalaré de paso que en la indicada polémica Axelrod tenía toda la razón y *La Causa Obrera* no tenía ninguna en la interpretación de mi folleto: *Las tareas de los socialdemócratas rusos*[32]. Este folleto fue escrito en 1897, antes de la aparición de *Pensamiento Obrero*, cuando yo consideraba y tenía derecho a considerar como dominante la orientación inicial de la «Unión de Lucha» de San Petersburgo, que he caracterizado más arriba. Y por lo menos hasta mediados de 1898, esta orientación era realmente la dominante. Por consiguiente, para refutar la existencia y el peligro del «economismo», *La Causa Obrera* no tenía el menor derecho a remitirse a un folleto que exponía puntos de vista que habían sido desplazados en San Petersburgo en 1897-1898 por los puntos de vista «economicistas»[33].

Pero *La Causa Obrera* no solo «defendía» a los «economistas», sino que también ella misma se deslizaba constantemente hacia sus errores fundamentales. La fuente de esta confusión residía en la interpretación equívoca de la siguiente tesis del programa de *La Causa Obrera*: «Consideramos que el fenómeno más importante de la vida rusa, el que principalmente determinará las tareas (cursiva nuestra) y el carácter de la actividad literaria de la Unión, es el movimiento obrero de masas surgido en los últimos años» (cursiva de *La Causa Obrera*). Que el movimiento de masas es el fenómeno más importante, eso no puede discutirse. Pero la cuestión consiste en cómo entender el que este movimiento de masas «determine las tareas». Esto puede entenderse de dos maneras: o bien en el sentido de la inclinación ante la espontaneidad de este movimiento, es decir, reduciendo el papel de la socialdemocracia a un simple servilismo hacia el movimiento obrero como tal (interpretación de *Pensamiento Obrero*, del «Grupo de Autoemancipación» y demás «economistas»); o bien en el sentido de que el movimiento de masas nos plantea nuevas tareas teóricas, políticas y organizativas, mucho más complejas que aquellas con las que podía uno darse por satisfecho en el período anterior al surgimiento del movimiento de masas. *La Causa Obrera* se inclinaba y se inclina precisamente hacia la primera interpretación, porque no dijo nada concreto acerca de tareas nuevas, sino que razonaba todo el tiempo como si este «movimiento de masas» nos eximiera de la necesidad de tomar conciencia clara y resolver las tareas que él plantea. Basta remitirse a que *La Causa Obrera* consideraba imposible plantear al movimiento obrero de masas, como primera tarea, el derrocamiento de la autocracia, rebajando esta tarea (en nombre del movimiento de masas) al nivel de la lucha por las reivindicaciones políticas inmediatas (*Respuesta*, pág. 25).

Dejando de lado el artículo del redactor de *La Causa Obrera*, B. Krichevski, en el núm. 7, «La lucha económica y la lucha política en el movimiento ruso», artículo que repite los mismos errores[34], pasemos directamente al núm. 10 de *La Causa Obrera*. No vamos, por supuesto, a analizar las objeciones particulares de B. Krichevski y Martínov contra *Zariá* e *Iskra*. Aquí nos interesa únicamente la posición de principio que adoptó *La Causa Obrera* en su núm. 10. No examinaremos, por ejemplo, la curiosidad de que *La Causa Obrera* haya visto una «contradicción diametral» entre el postulado:

«La socialdemocracia no se ata las manos, no restringe su actividad a un plan o procedimiento de lucha política preconcebido, ella reconoce todos los medios de lucha, con tal de que correspondan a las fuerzas actuales del partido», etc. (núm. 1 de *Iskra*)[35]

y el postulado:

«Si no existe una organización fuerte, fogueada en la lucha política en toda circunstancia y en todos los períodos, no se puede ni hablar de ese plan sistemático de actividad, iluminado por principios firmes e inflexiblemente llevado a cabo, que es el único que merece el nombre de táctica» (núm. 4 de *Iskra*)[36].

Confundir el reconocimiento por principio de todos los medios de lucha, de todos los planes y procedimientos con tal de que sean convenientes, con la exigencia, en un momento político dado, de guiarse por un plan inflexiblemente llevado a cabo si se quiere hablar de táctica, equivaldría a confundir el que la medicina reconozca todo sistema de tratamientos con la exigencia de atenerse a un sistema determinado al tratar una dolencia concreta. Pero el quid de la cuestión es que *La Causa Obrera*, que padece ella misma la enfermedad que hemos llamado inclinación ante la espontaneidad, no quiere reconocer ningún «sistema de tratamiento» para esta enfermedad. Por eso ha hecho el notable descubrimiento de que «la táctica-plan contradice el espíritu fundamental del marxismo» (núm. 10, pág. 18), de que la táctica es «un proceso de crecimiento de las tareas del partido, que crecen junto con el partido» (pág. 11, cursiva de *La Causa Obrera*). Esta última sentencia tiene todas las probabilidades de convertirse en una sentencia célebre, en un monumento indestructible de la «orientación» de *La Causa Obrera*. A la pregunta: «¿Adónde ir?», el órgano dirigente responde: el movimiento es un proceso de modificación de la distancia entre el punto de partida y los puntos subsiguientes del movimiento. Esta insuperable profundidad de pensamiento representa, sin embargo, no solo una curiosidad (entonces no valdría la pena detenerse especialmente en ella), sino también el programa de toda una corriente, precisamente: el mismo programa que R. M. (en el *Suplemento especial de* Pensamiento Obrero) expresó con las palabras: es deseable la lucha que es posible, y posible es la que se libra en el momento actual. Esta es justamente la orientación del oportunismo ilimitado, que se adapta pasivamente a la espontaneidad.

«¡La táctica-plan contradice el espíritu fundamental del marxismo!». ¡Pero esto es una calumnia al marxismo, es convertirlo precisamente en la caricatura que nos oponían los populistas en su guerra contra nosotros! Es, precisamente, un rebajamiento de la iniciativa y la energía de los militantes conscientes, mientras que el marxismo, por el contrario, da un impulso gigantesco a la iniciativa y a la energía del socialdemócrata, abriéndole las más amplias perspectivas, poniendo (si puede expresarse así) a su disposición las fuerzas poderosas de los millones y millones de la clase obrera que se alza «espontáneamente» a la lucha. ¡Toda la historia de la socialdemocracia internacional está plagada de planes, presentados tan pronto por uno como por otro dirigente político, que confirmaban la perspicacia y la justeza de las concepciones políticas y organizativas de unos, y revelaban la miopía y los errores políticos de otros! Cuando Alemania experimentó uno de los más grandes virajes históricos —la formación del Imperio, la apertura del Reichstag, la concesión del sufragio universal—, uno era el plan de la política y del trabajo socialdemócratas en general que tenía Liebknecht, y otro, el que tenía Schweitzer. Cuando se abatió sobre los socialistas alemanes la ley de excepción, uno era el plan de Most y Hasselmann, dispuestos a llamar lisa y llanamente a la violencia y al terror; otro, el de Höchberg, Schramm y (en parte) Bernstein, que se pusieron a predicar a los socialdemócratas que ellos mismos, con su irrazonable acritud y su espíritu revolucionario, habían provocado la ley y que ahora debían ganarse el perdón con una conducta ejemplar; y un tercer plan era el de quienes prepararon y llevaron a cabo la publicación de un órgano ilegal{41}. Mirando hacia atrás, muchos años después de que la lucha por la elección del camino hubo terminado y la historia hubo dado su veredicto definitivo sobre la idoneidad del camino elegido, no es difícil, por supuesto, hacer gala de profundidad de pensamiento con la sentencia sobre el crecimiento de las tareas del partido, que crecen junto con el partido. Pero en un momento de desconcierto[37], cuando los «críticos» y los «economistas» rusos rebajan la socialdemocracia al nivel del tradeunionismo, y los terroristas predican con ahínco la adopción de una «táctica-plan» que repite los viejos errores, en semejante momento limitarse a esa profundidad de pensamiento significa expedirse a sí mismo un «certificado de pobreza». En un momento en que muchos socialdemócratas rusos adolecen precisamente de falta de iniciativa y de energía, de falta de «envergadura de la propaganda política, de la agitación y la organización»[38], de falta de «planes» para un planteamiento más amplio del trabajo revolucionario, en semejante momento decir: «la táctica-plan contradice el espíritu fundamental del marxismo», significa no solo envilecer en teoría el marxismo, sino también arrastrar prácticamente al partido hacia atrás.

«El socialdemócrata revolucionario tiene por tarea —nos sigue instruyendo *La Causa Obrera*— solo acelerar con su trabajo consciente el desarrollo objetivo, y no abolirlo ni sustituirlo con planes subjetivos. *Iskra* sabe todo esto en teoría. Pero la enorme significación que el marxismo otorga, con justicia, al trabajo revolucionario consciente, la lleva en la práctica, debido a su concepción doctrinaria de la táctica, a subestimar la importancia del elemento objetivo o espontáneo del desarrollo» (pág. 18).

De nuevo una grandísima confusión teórica, digna del señor V. V. y sus secuaces. Preguntaríamos a nuestro filósofo: ¿en qué puede expresarse la «subestimación» del desarrollo objetivo por parte del autor de planes subjetivos? Evidentemente, en que pase por alto que ese desarrollo objetivo crea o fortalece, arruina o debilita a tales o cuales clases, capas, grupos, a tales o cuales naciones, grupos de naciones, etc., condicionando con ello tal o cual agrupación política internacional de fuerzas, la posición de los partidos revolucionarios, etc. Pero, entonces, la culpa de semejante autor no consistirá en subestimar el elemento espontáneo, sino, por el contrario, en subestimar el *elemento consciente*, pues le faltará «conciencia» para comprender correctamente el desarrollo objetivo. Por eso, el mero hecho de hablar de la «apreciación de la importancia relativa (cursiva de *La Causa Obrera*)» de la espontaneidad y de la conciencia revela una falta total de «conciencia». Si determinados «elementos espontáneos del desarrollo» son, en general, accesibles a la conciencia humana, entonces una apreciación incorrecta de los mismos equivaldrá a una «subestimación del elemento consciente». Y si no son accesibles a la conciencia, entonces no los conocemos y no podemos hablar de ellos. ¿De qué está hablando, pues, B. Krichevski? Si considera erróneos los «planes subjetivos» de *Iskra* (y él precisamente los declara erróneos), entonces debería mostrar qué hechos objetivos son ignorados por esos planes, y acusar a *Iskra* por esa ignorancia de falta de conciencia, de «subestimación del elemento consciente», por expresarlo en su lenguaje. Pero si, descontento con los planes subjetivos, no tiene otros argumentos que la referencia a la «subestimación del elemento espontáneo» (!!), con ello prueba tan solo que él: (1) en teoría, entiende el marxismo a lo Karéiev y a lo Mijáilovski, suficientemente ridiculizados por Béltov; (2) en la práctica, está plenamente satisfecho con los «elementos espontáneos del desarrollo» que arrastraron a nuestros marxistas legales al bernsteinianismo, y a nuestros socialdemócratas al «economismo», y que está «sumamente enojado» con las personas que han decidido a toda costa apartar a la socialdemocracia rusa del camino del desarrollo «espontáneo».

Y luego vienen cosas ya del todo divertidas. «Así como las gentes, a pesar de todos los éxitos de las ciencias naturales, seguirán reproduciéndose a la manera de los viejos abuelos, así también el advenimiento de un nuevo orden social, a pesar de todos los éxitos de las ciencias sociales y del crecimiento de los luchadores conscientes, seguirá siendo en lo sucesivo el resultado principalmente de explosiones espontáneas» (19). Así como la sabiduría de los viejos abuelos reza: ¡para tener hijos, a quién le faltó inteligencia?, así la sabiduría de los «novísimos socialistas» (à la Narciso Tuporílov{42}) reza: para participar en el advenimiento espontáneo de un nuevo orden social, inteligencia le sobra a cualquiera. También nosotros pensamos que a cualquiera le sobra. Para semejante participación basta con dejarse llevar: por el «economismo», cuando reina el «economismo»; por el terrorismo, cuando surge el terrorismo. Así, *La Causa Obrera*, en la primavera de este año, cuando tan importante era prevenir contra la pasión por el terror, permanecía perpleja ante esta cuestión «nueva» para ella. Y ahora, medio año más tarde, cuando la cuestión ha dejado de ser tan candente, nos ofrece al mismo tiempo la declaración: «Pensamos que la tarea de la socialdemocracia no puede ni debe ser contrarrestar el auge de los ánimos terroristas» (*La Causa Obrera*, núm. 10, pág. 23) y la resolución del congreso: «El congreso considera inoportuno el terror ofensivo sistemático» (*Dos congresos*, pág. 18). ¡Qué notablemente claro y coherente! No contrarrestamos, pero declaramos inoportuno, y lo declaramos de tal modo que el terror no sistemático y el defensivo no quedan abarcados por la «resolución». ¡Hay que reconocer que una resolución así es muy segura y está plenamente a cubierto de error, como está a cubierto de error el hombre que hablaba para no decir nada! Y para redactar semejante resolución solo hace falta una cosa: saber agarrarse a la cola del movimiento. Cuando *Iskra* se burló de que *La Causa Obrera* declarara nuevo el problema del terror[39], *La Causa Obrera* acusó airadamente a *Iskra* «de la absolutamente increíble pretensión de imponer a la organización del partido las soluciones de los problemas tácticos dadas por un grupo de escritores emigrados hace más de quince años» (pág. 24). ¡Realmente, qué pretenciosidad y qué exageración del elemento consciente: resolver las cuestiones de antemano en la teoría, para luego convencer de la justeza de esta solución tanto a la organización como al partido y a la masa![40] ¡Cuánto mejor es simplemente rumiar lo que ya todos han dicho y, sin «imponer» nada a nadie, someterse a cada «viraje» tanto hacia el «economismo» como hacia el terrorismo! *La Causa Obrera* incluso generaliza este gran precepto de la sabiduría mundana, acusando a *Iskra* y a *Zariá* de «oponer al movimiento su programa como un espíritu que flota sobre el caos informe» (pág. 29). ¿En qué consiste, pues, el papel de la socialdemocracia, sino en ser ese «espíritu» que no solo flota sobre el movimiento espontáneo, sino que eleva a este último hasta el nivel de «su programa»? ¡No consiste, ciertamente, en ir a remolque del movimiento! En el mejor de los casos, esto es inútil para el movimiento; en el peor de los casos, es muy y muy perjudicial. Pero *La Causa Obrera* no solo sigue esta «táctica-proceso», sino que la eleva a principio, de suerte que su orientación sería más correcto calificarla no de oportunismo, sino (de la palabra: cola) de seguidismo. Y no se puede menos que reconocer que las personas que han decidido firmemente ir siempre tras el movimiento en calidad de cola suya, quedan para siempre y absolutamente a cubierto de «subestimar el elemento espontáneo del desarrollo».

Así pues, nos hemos convencido de que el error fundamental de la «nueva orientación» en la socialdemocracia rusa consiste en la inclinación ante la espontaneidad, en la incomprensión de que la espontaneidad de la masa exige de nosotros, los socialdemócratas, una masa de conciencia. Cuanto más grande es el ascenso espontáneo de las masas, cuanto más se amplía el movimiento, con tanto mayor rapidez, incomparablemente mayor aún, crece la demanda de una masa de conciencia en la labor teórica, política y organizativa de la socialdemocracia.

El ascenso espontáneo de las masas en Rusia se produjo (y continúa produciéndose) con tal rapidez que la juventud socialdemócrata resultó no estar preparada para cumplir estas tareas gigantescas. Esta falta de preparación es nuestra desgracia común, la desgracia de todos los socialdemócratas rusos. El ascenso de las masas marchó y se amplió de manera ininterrumpida y continua, no solo sin cesar allí donde había comenzado, sino abarcando también nuevas localidades y nuevas capas de la población (bajo la influencia del movimiento obrero cobró vida la efervescencia de la juventud estudiantil, de la intelectualidad en general, e incluso del campesinado). Mientras tanto, los revolucionarios se quedaban a la zaga de este ascenso tanto en sus «teorías» como en su actividad, no lograban crear una organización continua y que mantuviera la continuidad, capaz de dirigir todo el movimiento.

En el primer capítulo hemos constatado el rebajamiento por *La Causa Obrera* de nuestras tareas teóricas y su repetición «espontánea» del grito de moda «libertad de crítica»: a quienes lo repetían no les alcanzó la «conciencia» para comprender la oposición diametral entre las posiciones de los «críticos» oportunistas y de los revolucionarios en Alemania y en Rusia.

En los siguientes capítulos examinaremos cómo se expresaba esta inclinación ante la espontaneidad en el terreno de las tareas políticas y en el trabajo organizativo de la socialdemocracia.