«Libertad de crítica» es, sin duda, la consigna más de moda en la actualidad, la más empleada en las disputas entre socialistas y demócratas de todos los países. A primera vista, cuesta imaginar algo más extraño que esas solemnes apelaciones de una de las partes en litigio a la libertad de crítica. ¿Acaso desde el seno de los partidos de vanguardia se han alzado voces contra esa ley constitucional de la mayoría de los países europeos que garantiza la libertad de la ciencia y de la investigación científica? «¡Aquí hay gato encerrado!», tendrá que decirse cualquier persona ajena que haya oído la consigna de moda, repetida en todas las esquinas, pero que aún no haya penetrado en la esencia del desacuerdo entre los contendientes. «Esta consigna es, evidentemente, una de esas frases convencionales que, a fuerza de usarlas, como los apodos, se legalizan y se convierten casi en nombres genéricos».

En efecto, para nadie es un secreto que en la socialdemocracia internacional[4] contemporánea se han formado dos tendencias, cuya lucha ora se enciende y estalla en brillante llama, ora se apaga y arde sin llama bajo la ceniza de imponentes «resoluciones de tregua». En qué consiste la «nueva» tendencia, que se sitúa «críticamente» frente al «viejo, dogmático» marxismo, lo dijo Bernstein con suficiente claridad y lo mostró Millerand.

La socialdemocracia debe transformarse de partido de la revolución social en un partido democrático de reformas sociales. Bernstein ha rodeado esta reivindicación política de toda una batería de «nuevos» argumentos y consideraciones bastante armoniosamente concertados. Se negaba la posibilidad de fundamentar científicamente el socialismo y de demostrar, desde el punto de vista de la concepción materialista de la historia, su necesidad e inevitabilidad; se negaba el hecho de la miseria creciente, de la proletarización y de la agudización de las contradicciones capitalistas; se declaraba insostenible el concepto mismo de «fin último» y se rechazaba incondicionalmente la idea de la dictadura del proletariado; se negaba la oposición de principio entre liberalismo y socialismo; se negaba la teoría de la lucha de clases, supuestamente inaplicable a una sociedad estrictamente democrática, gobernada según la voluntad de la mayoría, etc.

Así, la exigencia de un viraje decidido de la socialdemocracia revolucionaria hacia el reformismo social burgués iba acompañada de un viraje no menos decidido hacia la crítica burguesa de todas las ideas fundamentales del marxismo. Y como esta última crítica se venía realizando desde hacía tiempo contra el marxismo, tanto desde la tribuna política como desde la cátedra universitaria, y en multitud de folletos y en una serie de tratados académicos, como toda la generación joven de las clases instruidas fue educada sistemáticamente durante decenios en esa crítica, no es de extrañar que la «nueva tendencia crítica» en la socialdemocracia surgiera de golpe, plenamente acabada, como Minerva de la cabeza de Júpiter{6}. Por su contenido, esta tendencia no necesitó desarrollarse ni formarse: fue directamente trasplantada de la literatura burguesa a la socialista.

Prosigamos. Si la crítica teórica de Bernstein y sus ambiciones políticas seguían sin estar claras para alguien, los franceses se encargaron de hacer una demostración palpable del «nuevo método». Esta vez también Francia justificó su antigua reputación de «país en cuya historia la lucha de clases, más que en ningún otro, se llevó hasta el fin decisivo» (Engels, del prefacio a la obra de Marx: «Der 18 Brumaire»){7}. Los socialistas franceses no se pusieron a teorizar, sino a actuar directamente; las condiciones políticas de Francia, más desarrolladas en el aspecto democrático, les permitieron pasar de inmediato al «bernsteinismo práctico» con todas sus consecuencias. Millerand dio una magnífica muestra de este bernsteinismo práctico, ¡y no en vano tanto Bernstein como Vollmar se lanzaron con tanto celo a defender y ensalzar a Millerand! En efecto: si la socialdemocracia es, en esencia, simplemente un partido de reformas y debe tener la valentía de reconocerlo abiertamente, entonces el socialista no solo tiene derecho a entrar en un ministerio burgués, sino que debe incluso aspirar siempre a ello. Si democracia significa, en esencia, la supresión del dominio de clase, ¿por qué un ministro socialista no habría de seducir a todo el mundo burgués con discursos sobre la colaboración de clases? ¿Por qué no habría de permanecer en el ministerio incluso después de que los asesinatos de obreros por los gendarmes mostraran, por centésima y milésima vez, el verdadero carácter de la colaboración democrática de clases? ¿Por qué no habría de tomar parte personalmente en el homenaje al zar, a quien los socialistas franceses no llaman ahora sino héroe de la horca, del knut y de la deportación (knouteur, pendeur et déportateur)? ¡Y como recompensa por esta infinita humillación y autodegradación del socialismo ante el mundo entero, por la corrupción de la conciencia socialista de las masas obreras —esa única base que puede asegurarnos la victoria—, como recompensa, decimos, los estruendosos proyectos de reformas míseras, tan míseras que de los gobiernos burgueses se había logrado obtener mucho más!

Quien no cierra los ojos deliberadamente no puede dejar de ver que la nueva tendencia «crítica» en el socialismo no es sino una nueva variedad del oportunismo. Y si se juzga a los hombres no por el brillante uniforme que ellos mismos se han colocado, ni por el efectista apodo que ellos mismos se han dado, sino por cómo actúan y por lo que en realidad propagan, resultará claro que la «libertad de crítica» es la libertad de la tendencia oportunista en la socialdemocracia, la libertad de transformar la socialdemocracia en un partido democrático de reformas, la libertad de introducir en el socialismo ideas burguesas y elementos burgueses.

Libertad es una gran palabra, pero bajo la bandera de la libertad de la industria se libraron las más rapaces guerras, bajo la bandera de la libertad del trabajo se despojó a los trabajadores. La misma falsedad interna encierra el uso que hoy se da a la expresión «libertad de crítica». Las personas realmente convencidas de haber hecho avanzar la ciencia no reclamarían la libertad de que coexistan las nuevas concepciones junto a las viejas, sino la sustitución de estas por aquellas. Pero los actuales gritos de «¡viva la libertad de crítica!» recuerdan demasiado la fábula del barril vacío.

Marchamos en un apretado grupo por un camino escarpado y difícil, cogidos firmemente de la mano. Estamos rodeados por todas partes de enemigos y tenemos que marchar casi siempre bajo el fuego de ellos. Nos hemos unido, en virtud de una decisión libremente adoptada, precisamente para luchar contra los enemigos y no caer en el pantano vecino, cuyos moradores, desde el principio, nos reprochaban el habernos separado en un grupo especial y haber elegido el camino de la lucha, y no el camino de la conciliación. Y he aquí que algunos de entre nosotros empiezan a gritar: ¡vayamos a ese pantano!; y cuando se les avergüenza, replican: ¡qué gente tan atrasada sois!, ¡cómo no os da vergüenza negarnos la libertad de invitaros a un camino mejor! ¡Oh, sí, señores, sois libres no solo de invitar, sino de ir a donde os plazca, aunque sea al pantano; incluso pensamos que vuestro verdadero lugar está precisamente en el pantano y estamos dispuestos a prestaros la ayuda posible para que os trasladéis allí! Pero, entonces, soltad nuestras manos, no os agarréis a nosotros y no mancilléis la gran palabra libertad, ¡porque nosotros también somos «libres» de ir a donde queramos, libres de luchar no solo contra el pantano, sino también contra quienes tuercen hacia el pantano!

## b) Nuevos defensores de la «libertad de crítica»

Y es precisamente esta consigna («libertad de crítica») la que ha sido solemnemente enarbolada en los últimos tiempos por «Rabócheie Dielo» (n.º 10), órgano de la «Unión de los Socialdemócratas Rusos»{8} en el extranjero, enarbolada no como un postulado teórico, sino como una reivindicación política, como respuesta a la pregunta: «¿es posible la unificación de las organizaciones socialdemócratas que actúan en el extranjero?». «Para una unificación sólida es necesaria la libertad de crítica» (pág. 36).

De esta declaración se derivan dos conclusiones completamente definidas: 1. «Rabócheie Dielo» toma bajo su protección a la tendencia oportunista en la socialdemocracia internacional en general; 2. «Rabócheie Dielo» exige la libertad del oportunismo en la socialdemocracia rusa. Examinemos estas conclusiones.

A «Rabócheie Dielo» «en especial» no le gusta «la propensión de *Iskra* y de *Zariá*{9} a profetizar la ruptura entre la Montaña y la Gironda{10} de la socialdemocracia internacional»[5].

«A nosotros —escribe el redactor de “Rabócheie Dielo”, B. Krichevski—, en general, la conversación sobre la Montaña y la Gironda en las filas de la socialdemocracia nos parece una analogía histórica superficial, extraña bajo la pluma de un marxista: la Montaña y la Gironda no representaban diferentes temperamentos o corrientes intelectuales, como puede parecerles a los historiadores-ideólogos, sino diferentes clases o capas: la burguesía media, por un lado, y la pequeña burguesía con el proletariado, por el otro. En el movimiento socialista contemporáneo no hay colisión de intereses de clase; él, en su totalidad, en *todas* (cursiva de B. Kr.) sus variedades, incluidos los más empedernidos bernsteinianos, se asienta sobre la base de los intereses de clase del proletariado, de su lucha de clases por la emancipación política y económica» (págs. 32-33).

¡Atrevida afirmación! ¿Acaso no ha oído B. Krichevski hablar de ese hecho, observado desde hace tiempo, de que precisamente la amplia participación en el movimiento socialista de los últimos años de la capa de los «académicos» aseguró una difusión tan rápida del bernsteinismo? Y, lo principal, ¿en qué basa nuestro autor su opinión de que incluso «los más empedernidos bernsteinianos» se asientan sobre la base de la lucha de clases por la emancipación política y económica del proletariado? Se desconoce. La resuelta defensa de los más empedernidos bernsteinianos no se apoya en absoluto en ningún argumento ni consideración. El autor piensa, evidentemente, que, puesto que repite lo que los más empedernidos bernsteinianos dicen de sí mismos, su afirmación no necesita pruebas. Pero ¿puede imaginarse algo más «superficial» que este juicio sobre toda una tendencia basándose en lo que los representantes de dicha tendencia dicen de sí mismos? ¿Puede imaginarse algo más superficial que la subsiguiente «moraleja» sobre dos tipos diferentes e incluso diametralmente opuestos, o caminos, de desarrollo partidario (págs. 34-35 de «Rabócheie Dielo»)? Los socialdemócratas alemanes, ¿lo veis?, reconocen la plena libertad de crítica; en cambio, los franceses no, y precisamente su ejemplo muestra todo el «daño de la intolerancia».

Precisamente el ejemplo de B. Krichevski —responderemos nosotros a esto— muestra que a veces se llaman marxistas personas que contemplan la historia literalmente «según Ilovaiski»[6]. Para explicar la unidad del partido socialista alemán y la fragmentación del francés, no hace ninguna falta hurgar en las peculiaridades de la historia de uno y otro país, contraponer las condiciones del semiabsolutismo militar y del parlamentarismo republicano, analizar las consecuencias de la Comuna y de la ley de excepción contra los socialistas{11}, comparar el régimen económico y el desarrollo económico, recordar cómo el «incremento sin parangón de la socialdemocracia alemana» estuvo acompañado de una energía de lucha sin precedentes en la historia del socialismo, no solo contra las desviaciones teóricas (Mülberger, Dühring[7], los socialistas de cátedra{12}), sino también contra las tácticas (Lassalle), etc., etc. ¡Todo esto es superfluo! Los franceses riñen porque son intolerantes; los alemanes son unidos porque son unos chicos formales.

Y obsérvese que mediante esta insuperable profundidad de pensamiento se «despacha» un hecho que refuta por entero la defensa de los bernsteinianos. La cuestión de si estos se asientan sobre la base de la lucha de clases del proletariado solo puede ser resuelta de manera definitiva e irrevocable por la experiencia histórica. Por consiguiente, el ejemplo de Francia tiene, en este sentido, la máxima importancia, por ser el único país en que los bernsteinianos intentaron sostenerse por sí mismos, con la ferviente aprobación de sus colegas alemanes (y, en parte, también de los oportunistas rusos: cf. «Rabócheie Dielo» n.º 2-3, págs. 83-84). La referencia a la «intransigencia» de los franceses, aparte de su significado «histórico» (en el sentido de Nozdriov), resulta simplemente un intento de acallar con palabras airadas hechos muy desagradables.

Y en cuanto a los alemanes, tampoco tenemos todavía la intención de regalárselos a B. Krichevski y a los demás numerosos defensores de la «libertad de crítica». Si «los más empedernidos bernsteinianos» son aún tolerados en las filas del partido alemán, es solo en la medida en que se someten tanto a la resolución de Hannover, que rechazó resueltamente las «enmiendas» de Bernstein{13}, como a la de Lübeck, que contiene (pese a todo su diplomacismo) una advertencia directa a Bernstein{14}. Se puede discutir, desde el punto de vista de los intereses del partido alemán, hasta qué punto fue pertinente ese diplomacismo, si en aquel caso era mejor una paz mala que una buena riña; se pueden tener divergencias, en una palabra, en la apreciación de la conveniencia de uno u otro modo de apartar el bernsteinismo, pero no se puede dejar de ver el hecho de que el partido alemán apartó dos veces el bernsteinismo. Por lo tanto, pensar que el ejemplo de los alemanes confirma la tesis: «los más empedernidos bernsteinianos se asientan sobre la base de la lucha de clases del proletariado por su emancipación económica y política» significa no comprender en absoluto lo que está sucediendo delante de las narices de todos[8].

Y no es eso solo. «Rabócheie Dielo», como ya hemos señalado, se presenta ante la socialdemocracia rusa con la exigencia de la «libertad de crítica» y con la defensa del bernsteinismo. Evidentemente, ha tenido que llegar al convencimiento de que entre nosotros se ha ofendido injustamente a nuestros «críticos» y bernsteinianos. Pero ¿a cuáles? ¿Quiénes? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿En qué consistió exactamente la injusticia? Sobre esto, «Rabócheie Dielo» guarda silencio, ¡sin mencionar ni una sola vez a un solo crítico y bernsteiniano ruso! No nos queda otra cosa que hacer una de las dos suposiciones posibles. O bien la parte injustamente ofendida no es otra que el propio «Rabócheie Dielo» (esto se confirma por el hecho de que en los dos artículos del décimo número se habla solo de las ofensas inferidas por «Zariá» e «Iskra» a «Rabócheie Dielo»). Entonces, ¿cómo explicar la extrañeza de que «Rabócheie Dielo», que siempre ha renegado tan obstinadamente de toda solidaridad con el bernsteinismo, no haya podido defenderse sin interceder por «los más empedernidos bernsteinianos» y por la libertad de crítica? O bien han sido injustamente ofendidas unas terceras personas. Entonces, ¿cuáles pueden ser los motivos para silenciarlas?

Vemos, pues, que «Rabócheie Dielo» continúa el juego del escondite al que se viene dedicando (como mostraremos más abajo) desde su mismo surgimiento. Y a continuación, presten atención a esta primera aplicación práctica de la tan elogiada «libertad de crítica». En la práctica, se ha reducido de inmediato no solo a la ausencia de toda crítica, sino también a la ausencia de juicio independiente en general. Ese mismo «Rabócheie Dielo», que calla como sobre una enfermedad secreta (según la acertada expresión de Starover{15}) sobre el bernsteinismo ruso, ¡propone para el tratamiento de esta enfermedad, simple y llanamente, copiar la última receta alemana contra la variedad alemana de la enfermedad! En vez de libertad de crítica, ¡un seguidismo servil y, peor aún, simiesco! El idéntico contenido sociopolítico del oportunismo internacional contemporáneo se manifiesta en unas u otras variedades, de conformidad con las peculiaridades nacionales. En un país, un grupo de oportunistas actuaba desde hacía tiempo bajo una bandera especial; en otro, los oportunistas menospreciaban la teoría, aplicando en la práctica la política de los radicales-socialistas; en un tercero, algunos miembros del partido revolucionario se pasaron al campo del oportunismo y tratan de alcanzar sus fines no mediante una lucha abierta por los principios y por una nueva táctica, sino corrompiendo a su partido de manera gradual, imperceptible y, si puede decirse así, impune; en un cuarto, esos mismos tránsfugas emplean los mismos procedimientos en las tinieblas de la esclavitud política y en un entrelazamiento completamente original de la actividad «legal» y la «ilegal», etc. Ponerse a hablar de la libertad de crítica y del bernsteinismo como condición para la unificación de los socialdemócratas rusos, y al mismo tiempo no analizar en qué se ha manifestado exactamente el bernsteinismo ruso y qué frutos particulares ha dado, significa ponerse a hablar para no decir nada.

Intentemos, pues, decir nosotros, aunque sea en pocas palabras, lo que «Rabócheie Dielo» no ha querido decir (o, tal vez, no ha sabido ni comprender).

## c) La crítica en Rusia

La peculiaridad fundamental de Rusia en el aspecto que analizamos consiste en que el inicio mismo del movimiento obrero espontáneo, por un lado, y del viraje de la opinión pública avanzada hacia el marxismo, por el otro, estuvo marcado por la unión de elementos manifiestamente heterogéneos bajo una bandera común y para luchar contra un adversario común (la anticuada concepción sociopolítica del mundo). Hablamos de la luna de miel del «marxismo legal». Fue, en general, un fenómeno extraordinariamente original, en cuya posibilidad misma nadie hubiera podido siquiera creer en los años 80 o a comienzos de los 90. En un país autocrático, con la prensa completamente esclavizada, en una época de desesperada reacción política que perseguía los más minúsculos brotes de descontento y protesta políticos, de repente se abre paso en la literatura sujeta a censura la teoría del marxismo revolucionario, expuesta en lenguaje esópico, pero comprensible para todos los «interesados». El gobierno se había acostumbrado a considerar peligrosa solo la teoría del populismo (revolucionario), sin advertir, como suele ocurrir, su evolución interna, alegrándose de cualquier crítica dirigida contra ella. Para cuando el gobierno cayó en la cuenta, para cuando el pesado ejército de censores y gendarmes descubrió al nuevo enemigo y se abalanzó sobre él, había pasado (según nuestra cuenta rusa) bastante tiempo. Y durante ese lapso, salían uno tras otro libros marxistas, se abrían revistas y periódicos marxistas, todos se volvían marxistas, a los marxistas se les adulaba, se les agasajaba, los editores se entusiasmaban con la extraordinaria salida que tenían los libros marxistas. Es perfectamente comprensible que, entre los marxistas noveles rodeados de este ambiente embriagador, hubiera más de un «escritor que se engrió»…{16}

Actualmente se puede hablar de esta época con calma, como de un pasado. Para nadie es un secreto que la breve prosperidad del marxismo en la superficie de nuestra literatura fue provocada por la unión de personas extremistas con personas muy moderadas. En esencia, estas últimas eran demócratas burgueses, y esta conclusión (reforzada hasta la evidencia por su posterior desarrollo «crítico») se imponía a más de uno ya en los tiempos de la integridad de la «unión»[9].

Pero, si es así, ¿no recae la mayor responsabilidad por la subsiguiente «confusión» precisamente sobre los socialdemócratas revolucionarios que entraron en esa unión con los futuros «críticos»? Tal pregunta, con una respuesta afirmativa, se oye a veces de personas que enfocan el asunto de un modo demasiado rectilíneo. Pero esas personas están completamente equivocadas. Solo quien no confía en sí mismo puede temer las uniones temporales, aunque sea con personas poco fiables, y ningún partido político podría existir sin tales uniones. La unión con los marxistas legales fue una especie de primera alianza realmente política de la socialdemocracia rusa. Gracias a esta unión se alcanzó una victoria asombrosamente rápida sobre el populismo y una grandiosa difusión en amplitud de las ideas del marxismo (aunque en forma vulgarizada). Además, la unión no se contrajo por completo sin «condiciones». Prueba: la recopilación marxista *Materiales para la cuestión del desarrollo económico de Rusia*, quemada por la censura en 1895. Si el acuerdo literario con los marxistas legales puede compararse a una alianza política, este libro puede compararse a un tratado político.

La ruptura se produjo, naturalmente, no porque los «aliados» resultaran ser demócratas burgueses. Por el contrario, los representantes de esta última tendencia son aliados naturales y deseables de la socialdemocracia, en lo que se refiere a sus tareas democráticas, puestas en primer plano por la situación actual de Rusia. Pero condición indispensable de tal alianza es la plena posibilidad de que los socialistas revelen a la clase obrera la hostil oposición entre sus intereses y los intereses de la burguesía. En cambio, el bernsteinismo y la tendencia «crítica», a la que se volcó en masa la mayoría de los marxistas legales, privaba de esta posibilidad y corrompía la conciencia socialista, vulgarizando el marxismo, predicando la teoría del amortiguamiento de las contradicciones sociales, declarando un desatino la idea de la revolución social y de la dictadura del proletariado, reduciendo el movimiento obrero y la lucha de clases al estrecho tradeunionismo y a la lucha «realista» por pequeñas y graduales reformas. Esto equivalía por completo a una negación por parte de la democracia burguesa del derecho del socialismo a su independencia y, por consiguiente, del derecho a su existencia; esto significaba en la práctica la aspiración a convertir el naciente movimiento obrero en un apéndice de los liberales.

Era natural que, en tales condiciones, la ruptura fuera necesaria. Pero la característica «original» de Rusia se manifestó en que esta ruptura significó simplemente la desaparición de los socialdemócratas de la literatura «legal», la más accesible a todos y ampliamente difundida. En ella se afianzaron los «ex marxistas», colocados «bajo el signo de la crítica» y que obtuvieron casi el monopolio de la «demolición» del marxismo. Las consignas: «contra la ortodoxia» y «viva la libertad de crítica» (repetidas ahora por «Rabócheie Dielo») se convirtieron de inmediato en frases de moda, y que ni los censores ni los gendarmes resistieron esta moda se ve por hechos como la aparición de tres ediciones rusas del libro del famoso (famoso como Heróstrato) Bernstein{17}, o como la recomendación por Zubátov de los libros de Bernstein, del Sr. Prokopóvich, etc. (*Iskra* n.º 10){18}. Sobre los socialdemócratas recayó entonces la tarea, difícil de por sí e increíblemente agravada todavía por obstáculos puramente externos, de luchar contra la nueva corriente. Y esta corriente no se limitó a la esfera de la literatura. El viraje hacia la «crítica» estuvo acompañado de una recíproca atracción de los practicantes socialdemócratas hacia el «economismo».

Cómo surgió y creció la relación e interdependencia entre la crítica legal y el «economismo» ilegal es una cuestión interesante que podría ser objeto de un artículo especial. Nos basta aquí con constatar la existencia indudable de esta relación. El famoso «Credo»[10] adquirió una fama tan merecida precisamente porque formuló con franqueza esa relación y soltó la tendencia política fundamental del «economismo»: que los obreros lleven a cabo la lucha económica (sería más exacto decir: la lucha tradeunionista, pues esta abarca también la política específicamente obrera), y que la intelectualidad marxista se fusione con los liberales para la «lucha» política. La labor tradeunionista «en el pueblo» resultaba ser el cumplimiento de la primera mitad de esta tarea; la crítica legal, de la segunda. Esta declaración fue un arma tan magnífica contra el «economismo» que, de no haber existido el «Credo», habría valido la pena inventarlo.

El «Credo» no fue inventado, pero fue publicado al margen de la voluntad y, tal vez, incluso contra la voluntad de sus autores. Al menos, quien esto escribe, que tomó parte en sacar a la luz del día el nuevo «programa»[11], tuvo ocasión de oír quejas y reproches por el hecho de que el resumen de sus puntos de vista, esbozado por los oradores, fuera difundido en copias, recibiera la etiqueta de «Credo» e incluso fuera a parar a la prensa junto con la protesta. Tocamos este episodio porque revela un rasgo muy curioso de nuestro «economismo»: el miedo a la luz pública. Es precisamente un rasgo del «economismo» en general, y no solo de los autores del «Credo»: lo manifestaron tanto «Rabbóchaia Mysl»{19}, el partidario más directo y más honrado del «economismo», como «Rabócheie Dielo» (indignado por la publicación de los documentos «economistas» en el *Vademécum*[12]), y el Comité de Kiev, que dos años atrás no quiso dar permiso para que se publicara su «Profession de foi»{20} junto con la refutación escrita contra él[13], y muchos, muchísimos representantes aislados del «economismo».

Este miedo a la crítica, manifestado por los partidarios de la libertad de crítica, no puede explicarse solo por astucia (aunque alguna que otra vez, indudablemente, no está exenta de astucia: ¡no conviene dejar expuestos al embate de los adversarios los brotes aún no fortalecidos de la nueva tendencia!). No, la mayoría de los «economistas» mira con absoluta sinceridad (y, por la esencia misma del «economismo», debe mirar) con malevolencia toda suerte de discusiones teóricas, divergencias fraccionales, cuestiones políticas amplias, proyectos de organizar a los revolucionarios, etc. «¡Habría que mandar todo esto al extranjero!», me dijo en cierta ocasión uno de los «economistas» bastante consecuentes, y con ello expresó una opinión muy difundida (y, de nuevo, puramente tradeunionista): lo nuestro es el movimiento obrero, las organizaciones obreras aquí, en nuestra localidad; y lo demás son invenciones de doctrinarios, «sobreestimación de la ideología», como se expresaron los autores de la carta en el n.º 12 de *Iskra*, al unísono con el n.º 10 de «Rabócheie Dielo».

Cabe preguntarse ahora: en vista de estas peculiaridades de la «crítica» rusa y del bernsteinismo ruso, ¿en qué debía consistir la tarea de quienes, de hecho y no solo de palabra, querían ser adversarios del oportunismo? En primer lugar, había que preocuparse por reanudar aquella labor teórica que apenas había sido iniciada en la época del marxismo legal y que ahora recaía de nuevo sobre los militantes ilegales; sin tal labor era imposible el crecimiento exitoso del movimiento. En segundo lugar, era necesario lanzarse activamente a la lucha contra la «crítica» legal, que introducía una corrupción redoblada en las mentes. En tercer lugar, había que combatir activamente la dispersión y las vacilaciones en el movimiento práctico, desenmascarando y refutando cualquier intento de rebajar, consciente o inconscientemente, nuestro programa y nuestra táctica.

Es sabido que «Rabócheie Dielo» no hizo ni lo primero, ni lo segundo, ni lo tercero, y más abajo tendremos que explicar detalladamente esta verdad conocida desde los más diversos ángulos. Ahora solo queremos mostrar en qué flagrante contradicción se encuentra la exigencia de «libertad de crítica» con las peculiaridades de nuestra crítica nacional y del «economismo» ruso. Fíjense, en efecto, en el texto de la resolución con la que la «Unión de los Socialdemócratas Rusos en el Extranjero» confirmó el punto de vista de «Rabócheie Dielo»:

«En interés del ulterior desarrollo ideológico de la socialdemocracia, reconocemos que la libertad de crítica de la teoría socialdemócrata en la literatura del partido es absolutamente necesaria, en tanto que la crítica no contradiga el carácter clasista y revolucionario de dicha teoría» («Dos Congresos», pág. 10).

Y la motivación: la resolución, «en su primera parte coincide con la resolución del Congreso de Lübeck a propósito de Bernstein»… En su candorosa simplicidad, los «aliados» ¡ni siquiera reparan en el *testimonium paupertatis* (certificado de pobreza) que se extienden a sí mismos con esta copia!… «pero… en la segunda parte limita más estrechamente la libertad de crítica de lo que lo hizo el Congreso de Lübeck».

Entonces, ¿la resolución de la «Unión» está dirigida contra los bernsteinianos rusos? ¡De otro modo sería un completo absurdo remitirse a Lübeck! Pero no es cierto que «limite estrechamente la libertad de crítica». Los alemanes, con su resolución de Hannover, rechazaron punto por punto precisamente las enmiendas que hacía Bernstein, y con la de Lübeck le declararon una advertencia personal a Bernstein, nombrándolo en la resolución. En tanto que nuestros «libres» imitadores ni con un solo sonido aluden a una sola manifestación de la «crítica» específicamente rusa y del «economismo» ruso; y con este silencio, la escueta referencia al carácter clasista y revolucionario de la teoría deja un margen mucho mayor para interpretaciones falsas, sobre todo si la «Unión» se niega a catalogar como oportunismo el «llamado economismo» («Dos Congresos», pág. 8, respecto al p. I). Esto, no obstante, de pasada. Lo principal es que las posiciones de los oportunistas respecto a los socialdemócratas revolucionarios son diametralmente opuestas en Alemania y en Rusia. En Alemania, los socialdemócratas revolucionarios están, como se sabe, por conservar lo existente: el viejo programa y la vieja táctica, conocidos de todos y explicados en todos sus detalles por la experiencia de muchos decenios. Los «críticos» quieren introducir cambios, y como estos críticos son una minoría insignificante y sus aspiraciones revisionistas son muy tímidas, se pueden comprender los motivos por los que la mayoría se limita a un seco rechazo de las «novedades». En cambio, en Rusia, los críticos y los «economistas» están por conservar lo existente: los «críticos» quieren que se los siga considerando marxistas y que se les garantice esa «libertad de crítica» de la que han gozado en todos los sentidos (puesto que, en esencia, nunca han reconocido vínculo partidario alguno[14], y además no había entre nosotros ningún órgano partidario generalmente reconocido que pudiera «limitar» la libertad de crítica ni siquiera con un consejo); los «economistas» quieren que los revolucionarios reconozcan la «plenitud de derechos del movimiento en el presente» («Rabócheie Dielo» n.º 10, pág. 25), es decir, la «legitimidad» de la existencia de lo que existe; que los «ideólogos» no intenten «desviar» el movimiento del camino que «está determinado por la interacción de los elementos materiales y del medio material» («Carta» en el n.º 12 de *Iskra*); que se reconozca deseable llevar a cabo aquella lucha «que únicamente les es posible librar a los obreros en las circunstancias dadas», y que se reconozca como posible aquella lucha «que libran en realidad en el momento actual» («Suplemento independiente a “Rabóchaia Mysl”», pág. 14). Por el contrario, nosotros, los socialdemócratas revolucionarios, estamos descontentos de esta genuflexión ante la espontaneidad, es decir, ante lo que hay «en el momento actual»; exigimos un cambio de la táctica que ha prevalecido en los últimos años; declaramos que, «antes de unirnos y para unirnos, primero tenemos que deslindarnos resuelta y definidamente» (del anuncio de la edición de *Iskra*)[15]. En una palabra, los alemanes permanecen con lo existente, rechazando los cambios; nosotros exigimos un cambio de lo existente, rechazando la genuflexión ante eso existente y la conciliación con ello.

¡Esta «pequeña» diferencia es la que no han notado nuestros «libres» copistas de las resoluciones alemanas!

## d) Engels sobre la importancia de la lucha teórica

«Dogmatismo, doctrinarismo», «osificación del partido: castigo inevitable del encorsetamiento forzado del pensamiento»: estos son los enemigos contra los que se alzan caballerescamente los paladines de la «libertad de crítica» en «Rabócheie Dielo». Nos alegramos mucho de que se ponga sobre el tapete esta cuestión, y solo sugeriríamos completarla con otra pregunta:

¿Y quiénes son los jueces?

Tenemos ante nosotros dos anuncios de una empresa editorial literaria. Uno: «Programa del órgano periódico de la Unión de los Socialdemócratas Rusos *Rabócheie Dielo*» (separata del n.º 1 de «Rabócheie Dielo»). El otro: «Anuncio de la reanudación de las publicaciones del grupo “Emancipación del Trabajo”»{21}. Ambos están fechados en 1899, cuando la «crisis del marxismo» figuraba desde hacía tiempo en el orden del día. Y bien, en el primer documento en vano buscaríamos una alusión a este fenómeno y una definida exposición de la posición que el nuevo órgano se propone adoptar respecto a este problema. Sobre la labor teórica y sus tareas perentorias en el momento actual, ni una palabra, ni en este programa ni en las adiciones al mismo que aprobó el tercer congreso de la «Unión» en 1901{22} («Dos Congresos», págs. 15-18). Durante todo ese tiempo, la redacción de «Rabócheie Dielo» dejaba de lado los problemas teóricos, a pesar de que estos preocupaban a todos los socialdemócratas de todo el mundo.

El segundo anuncio, por el contrario, señala ante todo el debilitamiento en los últimos años del interés por la teoría, exige imperiosamente «una vigilante atención al aspecto teórico del movimiento revolucionario del proletariado» y llama a una «crítica despiadada de las tendencias bernsteinianas y de otras tendencias antirrevolucionarias» en nuestro movimiento. Los números aparecidos de *Zariá* muestran cómo se cumplió este programa.

Vemos, pues, que las altisonantes frases contra la osificación del pensamiento, etc., encubren despreocupación e impotencia en el desarrollo del pensamiento teórico. El ejemplo de los socialdemócratas rusos ilustra con particular evidencia ese fenómeno paneuropeo (señalado hace tiempo también por los marxistas alemanes) de que la famosa libertad de crítica no significa la sustitución de una teoría por otra, sino la libertad respecto a toda teoría íntegra y meditada, significa eclecticismo y ausencia de principios. Quien esté un poco al corriente del estado real de nuestro movimiento no puede dejar de ver que la amplia difusión del marxismo estuvo acompañada de cierto rebajamiento del nivel teórico. Al movimiento se adherían, atraídos por su significado práctico y por sus éxitos prácticos, no pocas personas muy poco o nada preparadas teóricamente. Se puede juzgar, en consecuencia, qué falta de tacto demuestra «Rabócheie Dielo» cuando enarbola, con aires triunfales, la sentencia de Marx: «cada paso del movimiento real es más importante que una docena de programas»{23}. Repetir estas palabras en una época de dispersión teórica es como gritar «¡llorad, que no dejaréis de llorar!» a la vista de un cortejo fúnebre. Y además, estas palabras de Marx están tomadas de su carta sobre el Programa de Gotha{24}, en la que censura acremente el eclecticismo admitido en la formulación de los principios: si ya era necesario unirse —escribía Marx a los dirigentes del partido—, concertad acuerdos para satisfacer los fines prácticos del movimiento, pero no admitáis el mercadeo con los principios, no hagáis «concesiones» teóricas. Así pensaba Marx, ¡y hay entre nosotros quienes, en su nombre, tratan de debilitar la importancia de la teoría!

Sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario. Nunca se insistirá bastante en esta idea en un momento en que a la prédica de moda del oportunismo se une la afición por las formas más estrechas de la actividad práctica. Y para la socialdemocracia rusa, la importancia de la teoría se acrecienta aún más por tres circunstancias que a menudo se olvidan, a saber: primero, porque nuestro partido no hace más que formarse, no hace más que elaborar su fisonomía y está aún muy lejos de haber ajustado cuentas con otras tendencias del pensamiento revolucionario que amenazan con desviar al movimiento del camino correcto. Por el contrario, precisamente los últimos tiempos se han caracterizado (como ya predijo hace tiempo Axelrod{25} a los «economistas») por un resurgimiento de las tendencias revolucionarias no socialdemócratas. En tales condiciones, un error «sin importancia» a primera vista puede acarrear las más deplorables consecuencias, y solo personas miopes pueden considerar inoportunas o superfluas las discusiones fraccionales y el deslinde riguroso de matices. De la consolidación de uno u otro «matiz» puede depender el futuro de la socialdemocracia rusa por muchos, muchísimos años.

En segundo lugar, el movimiento socialdemócrata es internacional por su propia esencia. Esto no significa solo que debemos combatir el chovinismo nacional. Significa también que un movimiento que comienza en un país joven solo puede ser exitoso a condición de que asimile la experiencia de otros países. Y para semejante asimilación no basta el simple conocimiento de esa experiencia o el simple copiado de las últimas resoluciones. Para ello es necesario saber adoptar una actitud crítica hacia esa experiencia y verificarla por cuenta propia. Quien simplemente imagine cuán gigantescamente ha crecido y se ha ramificado el movimiento obrero contemporáneo, comprenderá qué reserva de fuerzas teóricas y de experiencia política (así como revolucionaria) es necesaria para cumplir esta tarea.

En tercer lugar, las tareas nacionales de la socialdemocracia rusa son tales como no las ha tenido ante sí ningún otro partido socialista del mundo. Más abajo tendremos que hablar de las obligaciones políticas y organizativas que nos impone esta tarea de liberar a todo el pueblo del yugo de la autocracia. Ahora solo queremos señalar que el papel de combatiente de vanguardia solo puede desempeñarlo un partido dirigido por una teoría de vanguardia. Y para imaginarse siquiera un poco concretamente lo que esto significa, recuerde el lector a predecesores de la socialdemocracia rusa como Herzen, Belinski, Chernyshevski y la brillante pléyade de revolucionarios de los años 70; piense en la significación mundial que adquiere hoy la literatura rusa; piense… ¡y basta con esto!

Citaremos las observaciones de Engels sobre la cuestión de la importancia de la teoría en el movimiento socialdemócrata, referentes a 1874. Engels reconoce no dos formas de la gran lucha de la socialdemocracia (la política y la económica) —como suele hacerse entre nosotros—, sino tres, colocando junto a ellas la lucha teórica. Su exhortación al movimiento obrero alemán, fortalecido práctica y políticamente, es tan instructiva desde el punto de vista de las cuestiones y las disputas contemporáneas, que el lector no nos guardará rencor, esperamos, por la larga cita del prefacio al folleto *Der deutsche Bauernkrieg*[16], que desde hace tiempo es una gran rareza bibliográfica:

«Los obreros alemanes poseen dos ventajas esenciales respecto a los obreros del resto de Europa. La primera es que pertenecen al pueblo más teórico de Europa y que han conservado en sí ese sentido teórico que las llamadas clases “cultas” de Alemania han perdido casi por completo. Sin la filosofía alemana que la precedió, en particular la filosofía de Hegel, jamás se habría creado el socialismo científico alemán, el único socialismo científico que haya existido nunca. Sin el sentido teórico de los obreros, este socialismo científico jamás habría entrado hasta tal punto en su carne y su sangre como vemos ahora. Y cuán inmensamente grande es esta ventaja, lo muestra, por un lado, la indiferencia hacia toda teoría, que es una de las causas principales de por qué el movimiento obrero inglés avanza tan lentamente, pese a la magnífica organización de oficios aislados, y por otro lado, lo muestra la confusión y las vacilaciones que sembró el proudhonismo, en su forma inicial entre los franceses y los belgas, y en su forma caricaturesca, dada por Bakunin, entre los españoles y los italianos.

La segunda ventaja consiste en que los alemanes han tomado parte en el movimiento obrero casi que los últimos de todos. Así como el socialismo teórico alemán nunca olvidará que se sostiene sobre los hombros de Saint-Simon, Fourier y Owen —tres pensadores que, pese a toda la fantasía y todo el utopismo de sus doctrinas, pertenecen a las más grandes inteligencias de todos los tiempos y que genialmente prefiguraron un sinnúmero de verdades cuya corrección estamos demostrando ahora científicamente—, así también el movimiento obrero práctico alemán no debe olvidar nunca que se ha desarrollado sobre los hombros del movimiento inglés y francés, que pudo simplemente aprovechar en su beneficio su cara experiencia, evitar ahora sus errores, que entonces, en la mayoría de los casos, eran inevitables. ¿Dónde estaríamos ahora sin el modelo de las tradeuniones inglesas y de la lucha política francesa de los obreros, sin el colosal impulso que dio en particular la Comuna de París?

Hay que hacer justicia a los obreros alemanes de que han sabido aprovechar con rara habilidad las ventajas de su situación. Por primera vez, desde que existe el movimiento obrero, la lucha se libra de manera planificada en sus tres direcciones, concertadas y vinculadas entre sí: la teórica, la política y la práctico-económica (resistencia a los capitalistas). En este ataque, por así decirlo, concéntrico, radica precisamente la fuerza y la invencibilidad del movimiento alemán.

Por un lado, en virtud de esta ventajosa situación suya, y por otro, en virtud de las peculiaridades insulares del movimiento inglés y de la violenta represión del movimiento francés, los obreros alemanes están colocados en este momento a la cabeza de la lucha proletaria. No se puede predecir cuánto tiempo les permitirán los acontecimientos ocupar este puesto de honor. Pero, mientras lo ocupen, cumplirán, así lo esperamos, como es debido, las obligaciones que se les imponen. Para ello se requiere una tensión redoblada de fuerzas en todos los dominios de la lucha y de la agitación. En particular, el deber de los dirigentes consistirá en ilustrarse cada vez más en todas las cuestiones teóricas, en liberarse cada vez más de la influencia de las frases tradicionales, pertenecientes a la vieja concepción del mundo, y tener siempre presente que el socialismo, desde que se ha convertido en ciencia, exige que se le trate como una ciencia, es decir, que se le estudie. La conciencia, cada vez más esclarecida, así adquirida, es necesario difundirla entre las masas obreras con un celo cada vez mayor, y cohesionar cada vez más firmemente la organización del partido y la organización de los sindicatos obreros…

…Si los obreros alemanes continúan marchando así, no es que desfilarán a la cabeza del movimiento —no está en absoluto en los intereses del movimiento que los obreros de una nación cualquiera desfilen a su cabeza—, pero ocuparán un puesto de honor en la línea de combate; y estarán pertrechados de todas armas cuando pruebas inesperadamente duras o grandes acontecimientos exijan de ellos mayor valor, mayor decisión y energía»{26}.

Las palabras de Engels resultaron proféticas. A los pocos años, los obreros alemanes se vieron sometidos a pruebas inesperadamente duras, en forma de la ley de excepción contra los socialistas. Y los obreros alemanes las afrontaron realmente pertrechados de todas armas y supieron salir victoriosos de ellas.

Al proletariado ruso le aguardan pruebas todavía inmensamente más duras, le aguarda la lucha contra un monstruo, en comparación con el cual la ley de excepción en un país constitucional parece un auténtico pigmeo. La historia ha planteado ahora ante nosotros la tarea inmediata que es la *más revolucionaria* de todas las tareas inmediatas del proletariado de cualquier otro país. El cumplimiento de esta tarea, la destrucción del más poderoso baluarte no solo de la reacción europea, sino también (podemos decirlo ahora) de la reacción asiática, haría del proletariado ruso la vanguardia del proletariado revolucionario internacional. Y tenemos derecho a contar con que conquistaremos ese título honorífico, ya merecido por nuestros predecesores, los revolucionarios de los años 70, si sabemos animar nuestro movimiento, mil veces más amplio y más profundo, con idéntica decisión abnegada y energía.